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martes, 15 de agosto de 2017

Comparaciones odiosas.

Hace unos días estuve leyendo críticas de las funciones de "Aida" que se está representando en Viena, con dirección de Muti y con Ana Netrebko como protagonista. Me chirriaron por una cosa, y es porque al menos dos de ellas se empeñaban en comparar a la soprano con Maria Callas, Montserrat Caballé y ¡Birgit Nilsson! Y lo hacían, claro, para minusvaloración de la rusa. En plan "lo hace bien pero le falta la potencia de la Nilsson, el dramatismo de la Callas y la elegancia de Caballé".
Yo hace tiempo solía hacer lo mismo, pero yo no soy musicólogo o crítico de música. Y me di cuenta del error a medida que maduré intelectualmente.
Montserrat Caballé, Birgit Nilsson o Joan Sutherland son las voces de un siglo. Son genios de la música. Poseían un instrumento maravilloso y una técnica depurada; hacían música, y sabían lo que hacían, con unas dotes irrepetibles. Callas es la renovadora de la ópera, la cantante que por sí misma creó una nueva forma de entender el género y elevó a las divas a la categoría de estrellas. Callas y Caballé, además, traspasaron la audiencia habitual de este tipo de música y consiguieron darse a conocer al gran público, y convertirse en iconos.
Ni Ana Netrebko, ni nadie, puede enfrentarse a ninguna de ellas porque son mitos. Es una excepcional cantante, posiblemente la más grande, la reina de la actualidad. Con sus dotes, sus capacidades, y sobre todo con su momento histórico. Siempre saldrá malparada de la comparación contra leyendas y contra cantantes irrepetibles e irrebatibles.
Si hay que hacer comparaciones, hay que hacerlas limpias. Hay que hacerlas con cantantes de su generación y que compitan en igualdad de condiciones. Las últimas "Aida" que Caballé cantó en público fueron hace 40 años. Dudo mucho que los críticos que han reseñado la de Netrebko las hayan visto. Así que de Nilsson y de Callas ni hablamos, pues fueron aún mucho antes. Están haciendo competir a una debutante en el papel con grabaciones en estudio o en vivo envueltas en la niebla de la leyenda, contra las que la rusa poco puede hacer.
¿Es Netrebko referencial hoy en día? Sin duda. ¿Es una leyenda de la ópera? No lo sé, posiblemente no. Pero porque las leyendas no nacen cada año, ni siquiera hay una cada generación. En los 40, 50, 60 y 70 pulularon por los teatros de ópera del mundo cantantes que no se han repetido, tuvimos esa suerte. En el futuro las habrá, quizás las haya hoy mismo y a mí me cuesta reconocerlas.
Hay muchas cosas que han cambiado. El lobby de las discográficas, la presión de los directores de escena, los cánones físicos impuestos sobre los cánones vocales... Caballé, Callas, Nilsson, Sutherland, son leyendas de la ópera, pero posiblemente hoy, por gordas, por bajitas, por feuchas, no habrían llegado a donde llegaron. Eso también hay que recordarlo.

miércoles, 2 de agosto de 2017

Autobiopsia, de Eduardo González Rodríguez.

Hace ya varios meses, Eduardo González Rodríguez, mi compañero de instituto y amigo recuperado, tantos años después, publicó su cómic “Autobiopsia”, una suerte de colección de historietas - como creo que a él le gusta llamarlas - que ilustran episodios de su vida; y del que puede ser, por lo visto por ahí, que haya segunda parte tarde o temprano. Espero que temprano. Un cómic cortito, apenas 32 páginas y un total de 8 historias ordenadas cronológicamente, más una como prólogo y otra como epílogo. Lo edita Santi Suárez y pertenece a la colección “Underground”.
Eduardo y yo pasamos juntos cuatro largos años de instituto, entre los 14 y los 18 años. No fuimos amigos íntimos, pero nos llevábamos muy bien, y podíamos parar juntos en los recreos, charlar bastante, y compartir tiempo en las excursiones o en las salidas esporádicas que hacíamos como “clase”. No recuerdo haber quedado con él para ir al cine o algo parecido. Éramos unos críos que nos comíamos el mundo y que luego nos llevamos todas las hostias posibles. Hay cosas del Eduardo que recuerdo que están presentes en este cómic. Aparte de su sensibilidad y cierta introspección (sin pasarse, tampoco era un futuro artista torturado ni nada parecido, era un tío divertido y jovial que dibujaba muy bien); a Eduardo le gustaban los temas de parapsicología o extraterrestres, que aparecen también en estas historietas. 
Terminamos el instituto, yo me fui a Geografía e Historia y a librar toda una serie de batallas personales, y él se fue a Bellas Artes y a librar las suyas. No nos volvimos a ver, y yo no tuve noticias suyas hasta 28 años después. Increíble. Viviendo los dos, al menos 19 de esos 28 años, en una isla, entre dos poblaciones que juntas no llegaban a 350.000 habitantes, no nos encontramos jamás. Ni un día en el bus, la guagua, ni en el cine, ni de discoteca… Nada de nada.  Bueno, no es del todo cierto porque yo leía sus viñetas de las series Becarios o En la venta de Floro, si no recuerdo mal en el periódico La Opinión, pero no sabía que eran suyas. Quizás, estúpido de mí, que las firmara Eduardo González debía haberme dicho algo, pero yo soy así. Nunca lo relacioné. Nos reencontramos virtualmente 28 años después, maravilla de las redes, y en carne y hueso un año más tarde. No éramos dos desconocidos, pero habían pasado esos 29 años. Me encontré con un hombre irónico, más introspectivo aún, divertido y que sabe divertirse, y con una sonrisa arrebatadora (no recordaba yo esa sonrisa).
Hasta aquí nuestra historia común, que se salda además con un maravilloso pato.
Llevo, creo, desde abril queriendo escribir esta reseña, y se me hacía un mundo. Lo mismo sucedió cuando leí el cómic. Cada una de esas 32 páginas se iba clavando en algún lugar dentro de mí, de modo que tardé en leerlo 3 meses. Porque tuve que parar y dejar un intervalo largo de tiempo antes de poder continuar su lectura. 
¿Qué es?¿Qué me pasó con este librito de historietas? Lo primero fue la dedicatoria. Eduardo me hizo un dibujo para dedicarme mi ejemplar que rememoraba una de las historias de su pasado y que era, además, uno de mis mayores terrores como adolescente: el rechazo social. ¿Lo eligió pensando en mí? Él dice que no, de hecho cuando nos vimos ni siquiera recordaba muy bien qué había dibujado en su dedicatoria en una tarde en la que había estado dibujando y firmando decenas de ejemplares. Pero claro, no sé si en el fondo miente, porque hace relativamente poco leí otra de sus historias, no incluida en este volumen pero que supongo verá la luz pronto, y me afectó bastante. Cuando se lo comenté, me dijo - lo tengo por escrito - que sabía que me iba a afectar especialmente a mí. Así que, finalmente, ese pequeño dibujante cabrón sabía cosas de mí 29 años después. Así que, finalmente, es posible que la dedicatoria, aunque lo niegue, fuera totalmente intencionada. 
A partir de esa entrada en el cómic, todo lo demás fue muy sencillo: un hombre de mi edad rememoraba cosas de su infancia, adolescencia y primera juventud, y mostraba un paralelismo inquietante, en los hechos y en los sentimientos, con lo que había sido mi vida. No es difícil, nacimos el mismo año, vivíamos en los mismos sitios, y compartimos recuerdos. 
Ahí esta la grandeza de esta colección de historietas: que araña el alma. A toda una generación, que se sentirá muy identificada, a mí en particular, porque removió cosas que no quería remover y que acaso tengo menos resueltas de lo que creía; y a todos los demás porque son de una cercanía aplastante. En la alegría, en la tristeza, en la ansiedad y en el miedo. Cercanas en todos los sentidos, y al mismo tiempo singulares y excepcionales. Dibujadas en un riguroso blanco y negro, sin contemplaciones, con un trazo seguro, rápido, geometrizado las más veces, nada relamido, parco y, en resumen, perfecto. Una explosión de talento contenido y que te susurra en los oídos y se pasea ante tus ojos lijándote las neuronas. 
Estoy intentando ser breve, porque sería incapaz de terminar si me lanzo a escribir todo lo que me pasa por la cabeza sobre Eduardo, su libro y nuestro reencuentro, que se enmarca además en un gran encuentro que ha sobrevolado el último año de mi vida. Terminaría escribiendo además sobre cosas que no tendrían mucho que ver.
Es una edición limitada, creo que apenas 200 ejemplares, esperemos que tenga reediciones y que continue aún más allá y pueda llegar a un gran público. Le voy a poner un pero, un único pero, a lo que me parece una pequeña obra de arte magistral (sabes que el arte me lo tomo muy en serio, no exagero, digo lo que pienso). El título. Autobiopsia. Es verdad que el análisis que Eduardo hace de su historia, de nuestras historias, es como el de un entomólogo describiendo un hormiguero. Pero hay un poso moribundo en ese título que creo que contradice lo mucho de vida que la obra ofrece. Ese título, unido a la perturbadora portada, predice algo que, felizmente, no fue, al menos para mí. Pese a lo mucho que me afectó leer, y releer, estas historietas. 

Eduardo es un artista de dilatada carrera, en la que ha cosechado numerosos éxitos y generado multitud de obra publicada. No me corresponde a mí glosarlo, pero he encontrado un artículo en internet que resume bastante lo que es y significa para la ilustración española, actualmente. http://www.grancanariacomicfest.com/?p=235


Además, está en wikipedia!

lunes, 31 de julio de 2017

Nuestra experiencia con piensos naturales para perros



Una reflexión que me apetece hacer aquí, a ver si logro revitalizar este blog. Se trata de lo que nos ha pasado con los piensos naturales sin aditivos para perros... Bueno, hace unos meses decidimos cambiar la alimentación de nuestros perros y pasarnos a esos piensos de gama alta. Esta información es por si estás pensando en hacer lo mismo y para que estés atento. No voy a decir las marcas, pero empiezan ser famosas. También tenemos claro que nuestra experiencia no tiene por qué ser igual a la de otros. Pensábamos que deben ser mejores, al menos sobre el papel, al garantizar que están realizados exclusivamente con partes comestibles del tipo de carne escogida (en nuestro caso cordero o pollo) y en el proceso no se han usado conservantes. El caso es que todo empezó bien. Pero han pasado 6 meses desde entonces y hemos notado que a dos de nuestros perros les cuesta más comer, y que en general los tres han tenido episodios de diarreas (más de dos cada uno). Unos perros que rara vez enfermaban y muy de tarde en tarde habían tenido problemas digestivos. Además no notamos ninguno de los efectos en el cabello o la piel que nos contaban (es más, a Goloso le ha salido una pequeña calva en un codo). Entonces fue cuando consulté con el veterinario (muy mal, parezco novato, debí empezar por ahí), y el caso es que me dice que los piensos naturales están de "moda", pero no son más (ni menos) recomendables que los clásicos de gama alta; y que el problema de las diarreas no tiene por qué ser por el pienso en sí, sino que los perros se van haciendo menos tolerantes a otros alimentos (extras, premios, etc.), como sucede cuando te acostumbras a la leche sin lactosa, por ejemplo. Así que al final hemos decidido volver a una gama alta normal de marca conocida, que permite una alimentación más flexible y de la que ya conocemos sus efectos, y la aventura "naturalista" la dejamos por ahora aparcada. Espero que te sirva esta opinión y si estás pensando en cambiar la alimentación a tus perros los vigiles y consultes con tu veterinario.
No entro en el debate sobre piensos sí o piensos no, porque me parece absurdo. Lo de que "los veterinarios están comprados por las multinacionales de piensos" y ahorradas así. La dieta de barf, o barch o como demonios se diga no me parece nada del otro mundo, y es igual de aburrida que los piensos. Eso de que "antes los perros comían sobras y no tenían tantas enfermedades como ahora", es otra tontería, puesto que la esperanza de vida de los perros ha aumentado, la atención a los mismos también, y no es que ahora aparezcan más enfermedades por cualquier causa conspiranoica: es simple estadística.

domingo, 9 de octubre de 2016

De libros: "Nostalgia" de Mircea Cartarescu.


Mircea Cartarescu es uno de los mejores escritores rumanos de la actualidad. Posiblemente ganará un merecidísimo Premio Nobel de Literatura en los próximos años. Acabo de terminar un conjunto de relatos que, tras haber aparecido en solitario en diversas ediciones, son recopilados por el autor en este volumen, que titula “Nostalgia”. Lo compré el pasado mes de junio, incluso lo llevé conmigo en mis vacaciones limeñas, pero no lo pude terminar hasta hace muy escasas fechas. Y hay un por qué no achacable a mi pereza al leer, ni a la extensión, 375 páginas.
Comienza el libro con una historia espectacular, “El ruletista”, que narra la existencia de un hombre que dedica su vida jugar a la “ruleta rusa” por dinero. Y siempre, siempre, gana. Hasta que se enfrenta a una pistola con el tambor repleto de balas. Hasta ahí puedo contar. Es una historia impactante, directa, plagada de imágenes bellas y de un lenguaje florido y recargado. Pero tan original y sugerente que se gana al espectador sin remedio.
La historia que cierra el volumen es igualmente atractiva, muy en la línea del anterior. Se llama “El arquitecto”, y aunque tiene una gran incongruencia narrativa, es tan extraña, siniestra y rica que de nuevo encandila a quien la lee. Hablar de incongruencia en una historia que casi es de ciencia ficción parece un poco raro, pero incluso cuando dejas que el surrealismo desborde tus narraciones, tienes que atar todos los cabos prosódicos.
… y queda el corazón del volumen. Que, según Cartarescu, son realmente “Nostalgia”, dado que “El ruletista” y “El arquitecto” aparecen catalogados por el autor como prólogo y epílogo. Así que “Nostalgia” está formada por tres relatos más, “El mendébil”, “Los gemelos” y “REM”, largos y muy complicados. Aquí es donde está el problema. Cartarecu es brillante, inteligente, y domina el idioma y la escritura como nadie, pero si alguna vez se leyó aquel ensayo de Italo Calvino en el que desgrana cuál debe ser el oficio del escritor, no le hizo mucho caso a las lecciones más importantes del italiano. Las historias se pierden entre metáforas, historias cruzadas, imágenes mágicas  y un lenguaje terriblemente recargado y barroco. Páginas y páginas de oraciones subordinadas que nos alejan, a veces, del mensaje, y nos despistan como lectores. Historias que parecen lo que no son, pero que en algún momento se revuelven con tanta rocalla que incluso dejan de interesar. Sucede en “El mendébil”, donde nada es lo que parece y donde la perturbadora imagen de dos niños enfrentándose a sus cuerpos desnudos se pierde entre adjetivos y atmósferas cargadas. Una escritura que resulta terrible, y retrasa la comprensión y la lectura, sobre todo en “Los gemelos”. Sólo hubo un instante de la historia, casi al final, con los protagonistas vagando por un mundo subterráneo e inventado de Bucarest, en el que logré engancharme. Pero no más, ni siquiera me interesó la conclusión. Personajes travestidos no se sabe bien por qué que culminan en un sucio hospital. En esas llegamos a “REM”, que como su nombre indica va a tratar de sueños y soñadores. La más larga de todas las narraciones, la empecé con mucho miedo. Y aunque tiene los mismos mimbres, ese lenguaje brillante pero recargado y extremadamente poliédrico, consigue dotarlo de un ambiente mágico y bello que logra captar la atención de principio a fin. El problema son las muchas historias alternativas. Hay pasajes, imágenes, ideas, que si desaparecieran no tendría la más mínima importancia ni afectarían a la historia. Quizás Cartarescu necesita un “montador”, como si de un director de cine se tratara, que podara su inmensa arboleda de todo aquello que realmente ni ayuda ni explica la trama. Una mujer ya en la treintena, cuenta a su joven amante tras un encuentro sexual un largo capítulo de su niñez, en una Rumanía que ya no existe, con personajes diversos, multidimensionales, y a veces raros, encerrando a la protagonista en un espacio tan real y cercano como onírico y vaporoso. 
 
¿Lo recomiendo? Desde luego sí, pero léelo con cuidado, con calma, con tiempo, y despacio. Tendrás que releer algunos párrafos, alguna vez te aburrirás, pero el destino final interesa, porque Cartarescu posee una poética finalmente hermosa en la que nuestra vida, nuestra propia historia, aparecerá, en cada rincón, sin darnos cuenta. Ahí está su interés, en contarnos como nadie lo hace hoy una verdad que a veces duerme en lo más alejado de nuestra memoria. Especialmente de los que nos criamos en la segunda mitad del siglo pasado. Está publicado por la Editorial Impedimenta, con una fabulosa introducción de Edmundo Paz Soldán que nos ayuda a conocer más a este escritor rumano.

domingo, 17 de abril de 2016

Presentación del libro "Yo estoy loco" de Vicente Torres, Araña editorial.

A petición, este es el discurso de presentación de la novela "Yo estoy loco", de Vicente Torres, el pasado 13 de abril en Madrid. La fotografía es de Hans Olo, http://hans-olo.net


Es curioso que me inviten a presentar un libro que se titula “Yo estoy loco”. Sobre todo cuando quién lo hace es una persona de la aparente salud mental de Vicente Torres. Y digo aparente, y digo bien. Nos engaña, Vicente. Nos da a entender con sus escritos y con sus actos, que es una persona coherente y equilibrada, pero créanme si les digo que es falso. Podemos afirmar que Vicente está loco, aunque solo sea por atreverse a publicar una novela recurriendo incluso al micromecenazgo, sin distribuidor que coloque su libro en los grandes puntos de venta. Una novela, ni más ni menos, ni un libro de autoayuda ni la biografía casposa de una petarda televisiva, que eso al parecer, si que vende. Por si esto no fuera suficiente para demostrar su locura escoge para presentar su libro en Madrid a una persona más o menos anónima que nunca ha presentado ni la hoja parroquial. Tendrían que haber sido testigos de la conversación, reflexiva, argumentada y propia de dos intelectuales en la que se gestó este acto de hoy. Como curiosamente la tenía guardada, maravilla de la técnica, la voy a reproducir. Un día cualquiera por la tarde. Inicia el diálogo por whassap Vicente Torres.

  • Hola, Eugenio. ¿Me presentas el libro en Madrid?
  • ¡Por supuesto! Será un honor.
  • Creo que será el 13 de abril en el Centro de Arte Moderno.
  • Vale, me hace mucha ilusión, pero debería leer el libro antes, ¿no crees? (CARITA SONRIENTE).
  • Bueno, es que aún está en la imprenta, en cuanto salga te lo mando. Será para Semana Santa.
  • ¡Ok Vicente! Pues allí estaremos el 13 de abril. Te paso mi dirección por email para que me mandes el libro.

Total: dos botarates y un destino. Vicente por confiar en mí, que ya nos dirá por qué, y yo por aceptarlo sin dudar un momento. ¡Qué quieren que les diga! En mi vida he presentado un libro, no creo que nadie me lo vuelva a pedir, y hay que aprovechar el momento.
En fin, hasta aquí hablar del presentador, que los protagonistas hoy son Vicente y su libro, aunque yo no sería yo si no me tomara mi plus de gloria de tanto en tanto.
“Yo estoy loco” es la historia intensa, contada muy brevemente, de un muchacho, un hombre joven, muy cuerdo, que ni siquiera tiene nombre. Si le preguntan a Vicente por qué, les va a responder que es un recurso literario, que lo han hecho otros autores, y escurrirá el bulto para no mojarse y para que lo decidamos nosotros. A mí me lo ha hecho. Sin embargo, este recurso tiene una carga simbólica que me resulta apabullante. Las mujeres romanas no tenían nombre, no sé si lo saben. Cuando una mujer romana nacía, era registrada por el apellido, con una lacónica cita “Ha nacido una Julia” o “Ha nacido una nueva Flavia”. El nombre era el apelativo por el que se la conocía familiar y socialmente, pero carecían de identidad oficial. Con ello, el Imperio Romano dejaba clara, con toda la fuerza de su burocracia, la posición exacta que una mujer ocupaba dentro de su sociedad: ninguno, ya que no tenían derecho ni a existir con su propio nombre, no tenían identidad más allá de su familia.
Pues eso es exactamente lo que sucede con el protagonista de esta novela. Pocos personajes literarios reivindican con tanta persistencia su yo, su derecho a tener una identidad personal más allá de las difíciles circunstancias de su vida. Y sin embargo, no tiene derecho a un nombre, no tiene derecho a definir esa identidad singular. Carece de un yo, de una existencia propia. Nos vemos obligados a llamarlo “el protagonista”, “el chico”, o “el cubano”.
Ese cubano perplejo por sufrir la sucesión de discriminaciones que lo azotan. No solo su creador le ha arrebatado la singularidad de un nombre, sino que es homosexual, es inmigrante, es cubano disidente, es un hombre capacitado en un entorno mediocre, sufre una disfunción mental. Es ingenuo y es honesto. Y es muchas más cosas. No creo que tenga que detallar el efecto discriminatorio que cada una de esas cualidades personales significan. Como ciudadanos y lectores tenemos que darlo por hecho, y a través de párrafos ágiles y bien estructurados Vicente lo desgrana sin compasión. Somos una sociedad de etiquetas, y nuestro protagonista tiene tantas, que termina desbordado. Hasta tres veces da con sus huesos en un hospital psiquiátrico. La locura, la enfermedad mental, no es más que la forma de etiquetar al desetiquetado.
¡Y mira que le pasan cosas a nuestro cubano! Utilizando un término un tanto castizo, es el pupas. El problema no es la ironía que yo le ponga cuando lo describo, el problema no es la celeridad casi frenética con la que Vicente Torres nos lo cuenta. El verdadero problema es que todas esas cosas que le ocurren, una tras otra, pueden pasar. A la vez o de manera intermitente, pero no es raro que pueda sucederle a alguien. Si lo pensamos con detenimiento, es terrible. Todos los homosexuales han vivido, alguna vez, la discriminación, ya sea de baja o de alta intensidad. Todo depende de hasta donde estás dispuesto a ofenderte o hasta donde quieres que te afecte. También todos los inmigrantes. Aunque jamás sientan la discriminación, sucede. Discriminación de baja intensidad como "a lo mejor en tu país se hace así, pero aquí no" referido a la estupidez más grande, como la forma de atarse los cordones de los zapatos. Un inmigrante con estudios superiores tiene que enviar muchos más curricula que un español para acceder a entrevistas de trabajo, y no digamos para conseguir un puesto. Un fisioterapeuta entrega su expediente, en el que consta que es Licenciado por la Universidad Cayetano Heredia de Lima, y en un 80% de los casos ni siquiera se le considera para el puesto, actúa el estereotipo intelectual. Curiosamente, un fisioterapeuta español desearía tener la formación de sus colegas peruanos. En los países europeos donde la fisioterapia es algo, Holanda o Francia, sus fisioterapeutas van a Perú a hacer prácticas. ¿Lo sabían? Seguro que no. Pues es así. Nuestro protagonista sin nombre lo sufre. Es un ingeniero más que capacitado, bien formado, y cuando consigue un trabajo en España no le perdonan que no sea lo que se espera de él, un pobre panchito con un título de vete a saber tú qué universidad. Y como destaca, como es autosuficiente y resuelve los más difíciles asuntos, recibe el rencor, el resquemor, y el desprecio de los mediocres. De los pelotas que medran para ascender.
Sufre nuestro protagonista otro de los sacrificios del emigrante: no saben ustedes lo difícil que es abandonar conscientemente a los seres queridos, y no estar incluso en el momento de su muerte. Es la mayor de las renuncias. Nuestro protagonista sin nombre lo descubre muy pronto.
Y él transita por todo ello con honestidad. ¡Qué gran error! Mira que la vida nos enseña una y otra vez que la honestidad no nos lleva a ninguna parte mientras que su contraria llega incluso a Panamá y más allá. Pues nuestro protagonista sin nombre decide ser honesto, lo que junto a su ingenuidad provocan un incidente en un foro de internet. Debo decir que me vi reflejado en esa historia por partida doble. Como he sido muy activo en las redes sociales y en los foros, a veces he sido víctima de los ataques de las hienas de la red, aquellos que usan el ordenador para hacer salir la maldad que ni por asomo osarían tener en su vida “real”, dicho esto con todas las comillas del mundo. Lo que pasa es que no sería honesto si no les dijera que alguna vez fui atacante, sin llegar a esa maldad, en esos foros, arropado por otros internautas que perdían el sentido de la realidad, como yo, en determinados momentos. Las relaciones por internet muestran a veces lo peor de nosotros. No me gustó lo que sacaba de mí y por eso me retiré. Además descubrí que le sucede a muchas personas sensatas, a muchos de mis amigos que han sido víctimas y verdugos. Internet significó una vuelta de tuerca en las relaciones sociales, que causa los efectos que Vicente describe. A nuestro protagonista el ataque de las hienas virtuales lo lleva por primera vez a un hospital psiquiátrico.
Perdonen que me detenga pero no quiero seguir destripando el argumento de esta novela de Vicente. Quiero hacer algunas consideraciones más sobre su oficio de escritor. Les van a sorprender muchas cosas cuando lean la historia. La primera, ya lo he dicho, lo reamente corta que es para todo lo que pasa en ella y la cantidad de temas que se tratan. Para lograrlo, Vicente se deshace de algunos recursos narrativos. Para empezar, las descripciones. Apenas las hay, o son muy secundarias. Nuestros protagonista, aparte de no tener nombre, no tiene cara, ni cuerpo, ni sabemos si es rubio o moreno. Así sucede tanto con los personajes como con los escenarios donde se mueven. Sólo hay uno, Veremundo, el gran Veremundo, de quien tenemos más referencias físicas. Ya sea por adjetivos ocasionales, ya sea por sus propios actos, entendemos que Veremundo, el hombre bueno, era grande, fornido e infundía respeto físico. Sus cualidades son tantas que el autor se permite mimarlo. Sin descripciones, el lector activa su mente y Vicente le introduce sus inquietudes. Para ello se deshace de otro recurso literario. Una novela, en la que los personajes no paran de decir lo que piensan de mil y una situaciones y temas diferentes, no posee diálogos. Todas las conversaciones son narradas a través de la voz del protagonista. Hay quien dice que el recurso del diálogo es una trampa narrativa porque en realidad se convierte en un ejercicio de estilo en el que el autor tiene que ponerse en la piel de diversas personalidades y esconder sus propias ideas. Otros, sin embargo, consideran que el diálogo es un recurso difícil, pues si el escritor no sabe hacerlo, al final todos los personajes se expresan exactamente igual, y eso los aplana. Vicente ni siquiera entra en esa discusión, sus personajes dicen muchas cosas, pero lo dicen a través de las reflexiones, las impresiones y los recuerdos del protagonista sin nombre. Sabemos lo que éste entendió de lo que le dijeron los demás, su querida amiga Celia, por ejemplo, o lo que sintió cuando escuchaba las reflexiones del delicioso personaje que es Romuá, que me gustaría que renaciera en otra novela o relato. Surge así una suerte de narración en primera persona en la que el prisma mental del protagonista nos sirve de filtro de la realidad. Una circunloquio continuo que lo emparenta con Joyce, pero un Joyce humilde y nada pretensioso, si obsesión por la inmortalidad, ni experimentos lingüísticos, lo que se agradece. Tampoco nuestro protagonista sin nombre es Leopold Bloom.
Esa narración, rápida y siempre interior, es analítica. A veces parece una autopsia. A nuestro protagonista sin nombre le suceden cosas, sí, y sufre, claro, e incluso termina en un hospital psiquiátrico varias veces, como ya les he dicho. Pero como nos lo está contando en un hipotético “después” temporal, lo cierto es que lo hace con desapasionamiento, como el entomólogo que clasifica insectos o como el forense que pesa un cerebro y dice a la grabadora el resultado. Me ha sorprendido y motivado mucho ese método narrativo en el que pareciera que el protagonista nos contara la película que vio ayer. A medida que avanzaba en la lectura recordaba al recientemente fallecido Imre Kertesz, que era capaz de contar la historia de un adolescente preso en un campo de exterminio nazi sin mostrar la más mínima emoción. ¿Qué se consigue con ello? Captar aún más si cabe el interés del lector, y sobre todo mostrarnos lo más desalmado del comportamiento humano sin excusas ni distracciones. Kertesz hace que el horror de los asesinos nazis nos cause aún más pavor porque lo descarna. Vicente demuestra que el acoso moral y la discriminación que sufre nuestro protagonista sin nombre es maldad, por socialmente aceptada e históricamente forjada que esté. Nos cuesta enfrentarnos a la maldad de los actos humanos. Quizás por eso tiene que existir Veremundo, y por eso mismo no es casual sea el único poseedor de una voz en un libro en el que tantos personajes se expresan a traves de otro. Efectivamente, Veremundo habla, desde que aparece en la historia hasta el final de la misma. Habla con su acento andaluz, dice muchas cosas y tiene un modo curioso de hacerlo, su propia sintaxis y su propia gramática. Es la bondad en medio de tantas mezquindades, y también se lleva su cuota de pesadumbre. Por eso brilla, por eso tiene identidad y voz propia. Pero, en este libro de Vicente parece que siempre hay un pero, un personaje tan rotundo, el único con voz real, muere muy pocas páginas después de aparecer, cuando no hemos llegado ni a la mitad de la historia. Seguirá apareciendo, y comunicando en forma de recuerdo o ensoñación de otros. Así, el autor parece más despiadado de lo que pensábamos. Veremundo muere, y con él el cimiento rocoso de la historia. Es un auténtico héroe, así se comporta, con arrojo y principios. Si hacemos un esfuerzo con la memoria, y nos remontamos a todos los que lo han sido en la literatura, en la épica y en la epopeya, la mayor parte de los héroes terminan mal. Como el querido Veremundo.
Al otorgarle el título de héroe, parece que se lo arrebatara al protagonista. Pues efectivamente, se lo arrebato. Y lo hago porque así lo han creado. No es un héroe. Le pasan muchas cosas, y tiene que salir de ellas, pero no lo hace como un héroe mítico. Lo hace con tesón, con esfuerzo, con unos principios que se tambalean. Incluso evoluciona y a través de su experiencia y de lo que le aportan los demás crece y supera las depresiones convertido en mejor persona. Posee poco de héroe, porque no tiene la más mínima intención de serlo. Está demasiado ocupado en sobrevivir para permitirse el lujo de sacrificarse por causa alguna. Lo describí antes irónicamente como el pupas. Y el pupas, por definición, no es un héroe. Los héroes son de una pieza, no son poliédricos ni multidimensionales. Los héroes no dudan. Nuestro pobre protagonista sin nombre duda, reflexiona, yerra, gira, cambia, se sublima y se transforma. Evoluciona. Los héroes no suelen hacerlo. Nuestro protagonista es tan héroe como cada uno de nosotros en el acto de existir.
Me contaba el otro día Vicente su preocupación por el personaje femenino principal de la novela, Celia. Me decía que no sabía si había logrado dibujarlo, hacer una mujer y meterse en su alma. Lo consigue sin problemas por el propio método narrativo que emplea. Ojo, que no le estoy quitando mérito, al contrario, es un método difícil porque hay que tener mucha seguridad para no resultar de cartón piedra, y Vicente sale victorioso. Al ser el protagonista el que nos cuenta sus impresiones acerca de los demás y de lo que estos dicen, lo cierto es que Celia es una mujer vista por los ojos de un hombre, de un hombre que además es homosexual. Posee una personalidad tamizada, o engalanada, por el filtro mental de otro. Da un poco igual, porque lo que Celia significa es el anclaje en la realidad, la conexión entre dos mundos. La delgada cuerda que ata a la tierra y salva al protagonista del desconcierto. No importa si es más o menos real, porque lo real es lo que ambos forjan, una relación a veces extravagante, que les impide perderse.
El último personaje al que quiero referirme es Romuá. ¡Qué delicia de tipo! Lo tiene todo para que lo detestemos. Viene y va, como una marea. Es el más facetado de los personajes, y da un poco de pena que aparezca poco o no tenga una gran escena de enfrentamiento con el protagonista. Un personaje tan detestable que el mejor castigo es que no se le permita erigirse en estrella, ni siquiera de un pequeño minuto. A mí me recordó en cada una de sus apariciones a uno de los protagonistas de la novela de Álvaro Pombo “Contra Natura”. El de Pombo termina mal, le lanzo la idea a Vicente por si decide retomar a Romuá en otra historia. Ejerce en mí la fascinación de los malos absolutos, como las pérfidas de las telenovelas. Hay otros malos en el libro, pero son todos tontos mediocres. No debemos olvidar que un buen malo sostiene por sí mismo cualquier argumento por largo que sea, mientras que los buenos encuentran más dificultades para hacerlo.
Todos estos personajes, y los demás, hablan. Sobre todo hablan. A través de la voz de otro, de acuerdo. ¿Y de qué hablan? De todo. Es increíble el catálogo de temas que Vicente expone. Todos esbozados, ninguno concluido. Deja al lector esa tarea. Hay una continua referencia a la historia de España, como causa y motor de muchos de los hechos que suceden al protagonista. España como método analítico. Por supuesto la política, desde la discusión ideológica superior entre comunismo y democracia, hasta la política práctica de cada día. Terrorismo de ETA, represión, populismo, corrupción, Aldolfo Suárez... Pero hay más. Los personajes reflexionan sobre el aborto, la religión, el acoso moral, que se convierte en piedra angular de parte de la historia, las negligencias médicas, del trato a los que sufren disfunciones mentales... Hablan de las traiciones. Hablan de honradez. Hablan de arte y discuten la dialéctica entre forma, expresión y mercado. Siempre tiene tiempo, Vicente, para introducir una coletilla, una simple frase, en la que se presenta un tema nuevo, como el periodismo o la nostalgia. Porque sí, sin orden aparente, obligándonos a reflexionar y poniéndonos frente al espejo.
Lo difícil es decidir cuál es el objetivo, o qué es lo que Vicente Torres nos propone en su maraña perfectamente intrincada de temas, personajes, acciones, momentos y desconciertos. Pues seguramente son muchas cosas, y todas serán reales. Hoy, sobrepasado Hegel, sabemos que al final no importa demasiado la intención del artista al poner una obra frente al público. La novela tiene entidad propia e independiente, y surge de la relación íntima que va a establecer con el lector. Lo que yo sienta es igualmente válido con respecto a lo que sientan otros, y cualquier lectura enriquece y fomenta un debate esclarecedor.
Para mí, fíjense qué sencillo, las vertiginosas 141 páginas de esta novela tratan de manera principal acerca de las relaciones humanas en multitud de variantes. Las relaciones entre extranjeros y no extranjeros, con todos sus matices. Las relaciones laborales, entre iguales y en jerarquía vertical. Las relaciones grupales tradicionales y las virtuales. Las relaciones del ser y la entidad política. Las relaciones humanas, y la amistad, con sus principios inamovibles de honestidad y sinceridad. Por último, más delicado y sutil, la relación del individuo con su propia forja, con su personalidad y con su mente. El complicado marco de la madurez, cuando la vida va en serio y no hay demasiadas Ítacas a las que llegar. Somos lo que proyectamos, somos fruto de la dialéctica con los que nos rodean, presentamos tantas dimensiones como ámbitos de relación. Ser humano implica que esas relaciones sean difíciles y a veces den al traste con nuestra propia singularidad, obligándonos a un fortísimo ejercicio de superación continua y adaptación casi darwiniana al medio social que nos rodea.
No puedo terminar sin citar el leit motiv de esta novela, al que podríamos dedicar esta y tres presentaciones más. El protagonista innombrado de la historia recurre, una y otra vez, a la imagen de Don Quijote y Sancho Panza para ilustrar los hechos de su vida y los pensamientos a los que se enfrenta. No es casual, y mucho menos en un libro que se titula “Yo estoy Loco”. Un Quijote que reconociera su locura es un Quijote muerto. Para que Quijote pueda existir necesita de la locura y de un Sancho que lo baje a la tierra. Para que Sancho crezca y evolucione debe creer las locuras de Quijote. Esta novela está llena de Quijotes y de Sanchos. O mejor, de personajes que son ahora uno y ahora otro. Es otro de los secretos de esta caja de sorpresas, al que con total intención no quiero dedicar demasiado tiempo en estas palabras, porque es una de las preguntas que quiero que Vicente responda al inicio de su intervención. Vicente, apúntatela, y cuéntanos ¿por qué el Quijote tan machaconamente, por qué interesa tanto a tu análisis?
Con estos mimbres, el final de la historia puede ser tan terrible como nos imaginamos a medida que la lectura avanza. O quizás no. Dependerá de Vicente decidir si esta es la historia del optimismo que se deja desbordar por el pesimismo o del pesimismo plagado de esperanzas optimistas. Eso no se lo voy a desvelar ahora, prefiero que lean el libro, y sobre todo que lo compren para que Vicente pueda escribir muchos más y deleitarnos cada cierto tiempo con estas agradables convocatorias. Termino aquí agradeciendo a todos el que nos hayan acompañado y a Vicente el honor de permitirme presentar su magnífica novela, no sin antes lanzarle una pregunta más: Vicente, ya he dicho yo muchas cosas que me ha evocado tu historia, ahora te toca contarnos cuál era tu intención, por qué escribiste esta novela, y por qué quieres que la leamos.

Muchas gracias.



Y aquí en youtube


martes, 30 de junio de 2015

Por qué creo que Tsipras es un irresponsable.

¿Por qué creo que el referéndum griego es una irresponsabilidad? Si tuviéramos que hacer un puente, se podría preguntar a los ciudadanos si lo hacemos o no. También se le puede preguntar por la estética o el color. ¿Le podemos preguntar a los ciudadanos cómo hay que hacer los cimientos, cuál es la carga que deben soportar, o cuántas vigas de acero deben utilizarse?

No.

Con el referendum de que cambiará la relación de Grecia con la U.E. pasa lo mismo. Votamos a los políticos para que, entre otras cosas, tomen decisiones que nosotros no podemos ni sabemos tomar. Porque, no nos engañemos, si el acuerdo debe o no firmarse no está, ahora mismo, a la altura de los conocimientos del 90% de los ciudadanos europeos. Ni los que tengamos una formación media, ni media-alta, tenemos esa capacidad. ¡Ah! Está Krugman. Es un economista, un premio Nobel. No es el único. No sé por qué es el referente de la economía actual, ni siquiera ganó su premio Nobel por las cuestiones que nos ocupan (un físico puede obtener el premio Nobel por sus magníficos trabajos en electricidad y no tener ni idea de física cuántica). Cuidado, repasemos la hemeroteca: desde el comienzo de la crisis ha fallado en infinidad de vaticinios. Sospecho que ahora se sonríe: si Grecia vota No y sale del euro por fin conseguirá que una predicción se cumpla. Ni Portugal, ni España ni Italia hemos salido del euro, y se tiró dos años escribiendo una columna semanal al respecto. Me recuerda al hijo de Nostradamus, que harto de vaticinar que Toulousse iba a arder en un pavoroso incendio y que no ardiera, se fue una mañana con unas antorchas y algo de brea y trató de incendiarla él. Juega al despiste, porque quiere hacer creer que la crisis es por culpa del monetarismo (muy keynesiano él), aunque sabe de sobra que las razones fueron financieras. También esconde una realidad: el sistema económico griego va a tener que sufrir una profunda reforma con U.E. o sin ella. Hay más economistas. Y sobre todo poco tiempo, porque cuando se hace un referéndum el gobierno que lo convoca debe claramente pedir un voto y vincularlo a unos efectos. 

Ni uno sólo de los amigos que tengo en las redes sociales y que están hablando a favor y en contra del más que probable No griego tienen, como yo, la más mínima idea, en realidad. No sabemos cuáles serán los efectos. Y sobre todo, nos afecta menos, más indirectamente.

Los gobiernos están para tomar una serie de decisiones. Tsipras debió decidir si aceptaba el acuerdo o no, y trasladar su respuesta al pueblo griego. Todo lo demás es transferencia de funciones, y carece de responsabilidad. Eso no se hace. Como primer ministro debió decir "no, ciudadanos, no he aceptado el acuerdo por esto, aquello, y lo de más allá; y ahora nos va a pasar esto y lo otro y vamos a tomar aquellas medidas". No, optó por un discurso melodramático que ha hecho babear a muchos, pero que no aportaba absolutamente nada. Les apasiona, a muchos, el referéndum. El pueblo decidiendo por encima de los grandes centros del poder, los mercados y todo eso que nos encanta. Pero no es el caso. Ese señor que ayer estaba llorando sentado en el suelo ante un banco, por supuesto que va a votar que No. Pero carece de información al respecto. No sabe que un gran sector de los economistas del mundo piensan que si vota que no va a llorar más. No sabe cuál es el plan B que tiene Tsipras, porque lo tiene. Y no tiene tiempo material para decidir al respecto, como ciudadano responsable. Esta decisión es una putada que le hace su gobierno, y además si todo sale mal, encima tendrá la culpa.

Europa, con su insensibilidad, muestra que no es responsable. Estoy seguro de que las mentiras del gobierno griego en la convergencia no colaron al 100%, se les permitió pensando que no pasaría nada sustancial. El gobierno griego, dejando a los griegos la decisión, que puede ser un suicidio, también. Decid lo que queráis, pero es un error, y sé que todos, en vuestro fuero interno, lo sabéis.

domingo, 28 de junio de 2015

Rogier van der Weyden en el Museo del Prado. El padre de la pintura.


Antes de empezar una anécdota personal. Yo era un jovencísimo historiador del arte de visita en Madrid en julio de 1993. Decidí ir al Museo del Prado, que había recorrido entero por primera y única vez en febrero de 1989. En esa primera visita, no había podido contemplar el Descendimiento, de Rogier van der Weyden; y debo decir que tampoco podría haberle sacado demasiado partido: apenas estaba empezando la carrera, no era más que un niño con interés en el arte, e ínfulas, pero sin conocimiento ni sensibilidad. Aunque yo creía que de ambos tenía a raudales. En la segunda visita me encontré de pronto, en una sala, con ese maravilloso cuadro, y he de reconocer que fue un flechazo. Estuve ante él más de 50 minutos, lo recuerdo bien, porque, licenciado y todo, historiador en ciernes y todo, no recordaba haber pasado nunca más de 5 o 10 minutos ante una obra de arte. La tabla estaba recién restaurada, y me subyugó. Todavía hoy me apasiona.
Leí mucho, entonces, de van der Weyden, y se convirtió en uno de mis pintores predilectos. Hoy estoy ya lejos de ser un historiador del arte, lo dejé hace más de 10 años. Ahora soy un profesor de secundaria, y mi labor es docente. Dejé de investigar, que no de aprender o estudiar. Pero sigo guardando un cierto ojo clínico con van der Weyden: reconozco sus cuadros en cuanto los veo, aún sin saber nada, ni leer las cartelas. La primera vez que me di cuenta fue en el Museo Thyssen. Luego ha pasado en más ocasiones. Es el único pintor que reconozco sin género de dudas. Es curioso que me siga sucediendo años después de dejar de ser un historiador del arte, y más aún cuando realmente a lo que dediqué toda mi vida como investigador fue al patrimonio y a la arquitectura.


Espero siempre el momento en que, en el temario de Historia del Arte de 2º de bachillerato, llegan los primitivos flamencos, que en dicha programación apenas ocupa un pequeño espacio que yo dilato todo lo posible. Y cuando aparece el Descendimiento pienso "aquí empieza el temario de verdad", lo cual es una boutade. Intento que mis alumnos lleguen a emocionarse con Rogier van der Weyden como me emociono yo. A veces lo consigo. Tengo que pelear conmigo mismo para no ponérselo sistemáticamente en los exámenes. Por eso, como comprenderás, descubrir que el Prado le dedicaba una exposición fue realmente excitante para mí. Visitarla ha sido arrasador. No he podido durante horas dejar de pensar en todo lo que he visto. En la auténtica dimensión que Rogier van der Weyden tiene para la pintura universal y en el puesto que debe ocupar. Muchísimo más importante de lo que yo incluso sabía o pensaba.


La muestra nos daba la ocasión de ver los tres grandes cuadros de Rogier van der Weyden juntos. Hay otros, claro, pero sucede que de todo el catálogo atribuido con mejor o peor fortuna al genio de Tournai, lo cierto es que sólo 3 tablas están perfectamente documentadas y certificadas como suyas. Y las tres estaban en la exposición: el ya referido Descendimiento, obra maestra del Museo del Prado, el Tríptico de Miraflores, que vuelve a España, aunque sólo sea de visita; y el Calvario del Monasterio de San Lorenzo del Escorial. Por primera vez en una pinacoteca se reunían estas tres enormes piezas, que además contaba con la presencia del Tríptico de los siete sacramentos y la  Virgen Durán, dos pinturas de enorme valor. Igualmente un retrato de Isabel de Portugal, una iluminación para un manuscrito, algunas obras de taller y un tapiz posiblemente diseñado por él. Para ayudarnos a entender la labor del flamenco como productor de repertorio, como artista fundamental, varias obras de pintores notables que muestran la huella que dejó en el arte europeo, como Juan de Flandes (el único cuya copia resiste la comparación con el original), Egas Cueman o el Maestro de don Álvaro de Luna. Además dibujos y bocetos de otros autores sobre la obra de van der Weyden. Y algunas esculturas.
Virgen Durán
No voy a hacer una análisis de la obra de Rogier van der Weyden. Si pones su nombre en Google recibirás más y mejor información de la que yo puedo darte. Te comento sólo algunas ideas que me han quedado claras al ver la muestra. Creo que van der Weyden es uno de los primeros pintores de los que tenemos noticias que era consciente de su propia identidad artística y que creyó en la necesidad de generar un discurso estético. Lo hizo a través de unas constantes. Primero, el diálogo con la escultura. Sus personajes en numerosas ocasiones parecen realmente representaciones de esculturas. Aparte de las decenas que, en los marcos arquitectónicos por ejemplo, son realmente eso. Es curioso que en esa frontera en la que siempre se mueve es donde finalmente consigue generar un discurso propio e identitario para la pintura.
El Descendimiento.
La segunda constante de Rogier van der Weyden es que le interesa el realismo, pero la verosimilitud, o la veracidad, le importan muy poco. Es un pintor que tuvo perfectamente claro que podía representar la realidad con todo lujo de detalle, pero que no tenía por qué hacerlo. Me recordó al Picasso que con 16 años ya podía pintar usando todos los elementos propios de la historia de la pintura figurativa y se lanza a buscar otros caminos porque en caso contrario... ¿hacer una y otra vez eso el resto de su vida? La realidad, y su plasmación, no tiene secretos para Rogier van der Weyden desde muy temprana edad. Su técnica es impecable. Y llegado ahí ¿ahora qué? Pues hacer de cada obra un avance personal y universal.

Tríptico de Miraflores
La tercera constante evidente es su obsesión por la geometría euclidiana y por la proporción. Sus obras son compositivamente perfectas. Es más, en el Calvario la cuadrícula que se forma con el telón rojo de fondo no es más que 8:5 el número áureo. No hay más que ver, además, el Tríptico de los siete sacramentos y darse cuenta de la especial atención a la perspectiva de cada una de las tablas y su relación entre sí. Atentos porque es perceptiblemente distinta al resto de representaciones.
Tríptico de los Siete Sacramentos
La cuarta constante es la perfección técnica. Es increíble como es capaz de plasmar con tanta perfección la influencia de la luz en los tejidos, los materiales, las superficies y la vegetación. Esos brocados hermosísimos que cambian de iridiscencia según la luz incide en ellos. Esas lágrimas que cruzan los rostros con la perfección de su transparencia. Las gotas de sangre, a veces imperceptibles, que brillan con una ligerísima pincelada blanca.  La tridimensionalidad de los objetos. Los detalles de una vidriera en lo alto de una iglesia. La puerta entreabierta de una catedral por la que se ve (en un espacio de poco más de dos centímetros de ancho) no sólo las casas en la lejanía sino a los mendigos que piden limosna en la entrada. La pregunta, que siglos después se harán otros pintores es ¿para qué?. Pues para convertir un cuadro en un enigma, una caja de secretos que una vez abierta esconde otra en su interior, y así sucesivamente y hasta el infinito. En van der Weyden nada es obvio, nada es casual, todo tiene un sentido. Dirige la mirada del espectador, obligándolo a ir del todo al detalle. Regodeándose en su brillantez técnica, pero sin futilidad. El magistral nivel de detallismo no deviene en el cómo y el por qué. Cumple una función importantísima. Detallismo con el que cuida incluso que los modelos para la Virgen, San Juan o el propio Cristo sean siempre los mismos. No cambian ni de apariencia, ni de atuendo, ni de actitud. Pero ni el detallismo es frío ni la forma es la clave del pintor. En esta pequeña exposición pudimos ver, por ejemplo, un catálogo de la expresión del dolor. Sólo en el Descendimiento cada personaje se enfrenta al mismo de un modo diferente y singularizado. En el resto de las obras, encontramos esa expresión de sentimientos infinitamente matizada. A Rogier van der Weyden le interesaba el drama, tanto como la forma.

El Calvario
Aunque hay más constantes, me detendré en una quinta: La simbología, inmensa y difícil, de su obra. Juega con el espectador y lo obliga a un esfuerzo visual e intelectual, como en los marcos del Tríptico de Miraflores, que poseen un programa iconográfico que se lee en dirección contraria a las agujas del reloj y desde el centro de la representación. Sus obras son complejas, incluso las más evidentes como el Calvario. ¿Qué es ese telón rojo?¿Son personajes reales?¿Por qué los mantos de la Virgen y de San Juan son blancos?¿Qué significa la grieta al pie de la cruz?¿Qué significan las lágrimas de Cristo? En fin: ¿Qué me enseña, qué me cuenta, qué hay ahí? La potencia simbólica es tan fuerte que uno acaba por entender otras cosas, y por ejemplo El Bosco deja de ser extravagante.

Isabel de Portugal
A partir de ahí surge todo su discurso pictórico y estético. Y triunfa, vaya si lo hace. Un rastro legible y clarísimo que sigue la estela de van der Weyden recorre toda Europa mucho antes de su fallecimiento. Desde Flandes hasta la Península Ibérica, Francia, centroeuropa, hasta la propia Italia. La sombra del pintor, como sucede con Van Eyck, invade el Viejo Continente. Lo vamos a ver directa o indirectamente relacionado con multitud de obras y autores. Hasta en Durero. Todo ello convierte a Rogier van der Weyden en uno de los padres de la pintura como escribí más arriba. Porque generó repertorio visual y creó una iconografía propia, como los crucificados de brazos muy extendidos, con poco ángulo con respecto a la cruz, y de tronco ensanchado por el esfuerzo físico que supone esa forma de martirio.  


La exposición es todo eso, y más. Uno no puede por menos que echar de menos una serie de gestos que habrían dado, si cabe, más contenido. Hay unos cuantos cuadros que me hubiera gustado ver enfrentados a Rogier van der Weyden, como la Anunciación de Fra Angelico. O alguna obra de Van Eyck. También habría sido interesante que no hubieran optado por la parquedad: frente al exceso de explicaciones de otras muestras, los comisarios de ésta han decidido sólo bosquejar ideas y que el espectador reflexione por sí mismo. Así, la relación de van der Weyden y la escultura se afirma, pero no se desarrolla. Creo que deciden centrarse más en el concepto mismo de realidad. Por otro lado, lo comprendo. Es una exposición pequeña pero cada cuadro merece y necesita de un gran esfuerzo. Si la exposición hubiera introducido más piezas, o más niveles de reflexión, verla habría sido cosa de horas. Ya es muy intensa en sí misma como para complicarlo más.



Por último, la muestra también sirve para difundir una restauración, la del Calvario. Se presenta con un video que describe el arduo oficio del restaurador, y que nos sirve para entender que una obra reintegrada lo más fielmente posible a su estado original permite una lectura  completa que de otra forma se pierde. ¿Cuántos de nosotros no habíamos visto esa enorme tabla en El Escorial con una inmensa grieta central, descoloramiento, manchas, pérdidas de pintura..? Con la restauración, esta obra ha pasado de ser "un notable cuadro de Rogier van der Weyden" a una de las obras maestras más complejas y geniales de la historia de la pintura. El taller de restauración del Museo del Prado nos ha devuelto, así, la grandeza renovada del que voy a calificar, posiblemente con mucha hipérbole, el primer pintor moderno de la historia. Ex aqueo con Giotto, mi otro viejo amor de juventud.