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miércoles, 7 de enero de 2009

Recomendando lecturas: Retorno a Brideshead, la alegre decadencia del engaño.

Me pide un buen amigo que haga una crónica con mi opinión acerca de la novela Retorno a Brideshead de Evelyn Waugh, escritor británico que vive entre 1903 y 1966. Un pillo, Waugh, me la dio con queso, luego describiré por qué. Creo que a veces mis amigos ven en mí más aptitudes intelectuales que yo mismo, y estoy casi convencido de que ven más de las que hay, sólo así se entiende la amabilidad y persistencia de Quino en que haga esta reseña. Bueno, soy de los pocos, poquísimos, que no vio nunca la serie de televisión basada –ahora sé que filológicamente– en esta novela. Tampoco leí el libro en su día, aunque me seducía la idea. Debí leerlo hace años, me hubiera gustado más, estoy casi seguro. Por supuesto que lo que escribo en este blog nunca es pontifical, bien al contrario sólo es mi opinión. Una vez leí una definición de la voz de Montserrat Caballé que me gustó mucho: es una perla exquisita y perfecta deslizándose por un suave paño de fino terciopelo. Vale, esta novela es exactamente eso… con un pero… La perla está ajada y vieja, ha recibido golpes y se ha mellado, no llega a ser un aljofar, pero ya no es una esfera perfecta. El paño de terciopelo se ha apolillado, tiene claros y agujeros, no es de muy buena calidad, e incluso se ha resecado y podrido por parte. En esas condiciones, el discurrir de la perla es de todo menos placentero y continuo, más bien tortuoso e irregular, con interrupciones que hay que superar con brucos empujones… Toda esta cursi boutade me sirve para decir que Retorno a Brideshead es una excelentísima historia, una historia magnífica, brillante, excepcional, en manos de un escritor de oficio. Waugh no es un escritor mediocre, pero tampoco es excepcional. Su carrera, como de tapetito –expresión que usaba Fernando Rey para hablar de la suya– lo parece demostrar. Famoso en su generación, hoy muchas de sus obras han caído en el olvido, incluso no se encuentran editadas, y sobrevive esta principalmente. Pero la potencia de la historia es tal que se sobrepone incluso a su propio escritor, y brilla por encima de éste. Uno se pregunta que habría sido de esta historia en manos de un maestro de la escritura. Logra superar al autor, ponerse por encima, y al final Waugh casi es el impedimento que te impide ver todos los matices o ir todo lo rápido que querrías. Algunos ejemplos de cosas que echo en falta: los protagonistas pasan un verano en Venecia, el primero para Charles Ryder, y es despachado en dos páginas, sin casi alusión a la huella que ese escenario tendría que dejar en el alma del joven pintor. Lo mismo con París, con Tánger… Ryder pasa dos años perdido entre América del Sur y África y no hay ni una alusión a las impresiones que pueden generarse en cualquier espíritu. Más bien, Ryder parece pasar por todo ello con cierta limpieza, impoluto, a dos palmos del suelo… tremendamente británico. Waugh sólo tiene interés en dos elementos, y los explota machaconamente, haciendo que todo lo demás pase alrededor de los personajes como un vano escenario. En la serie de televisión, que estoy viendo en estos días y de la que ya hablaré –cuando cojo un tema lo agoto– esta lejanía hacia lo que no sea el objeto mismo de la historia se supera, y al fin vemos a un Ryder extasiado en San Marcos. El exceso de sofisticación es algo que también me carga, pero Waugh lo explica perfectamente en su prólogo, y hay que aceptárselo en tanto es un mito, un paraíso perdido más con un estilo arcadiano o edad de oro perdida que a lo miltoniano. Asume Waugh que es cargante, pero también que es exactamente así como lo quiere, y como lo asume el lector. Al final, parece un relato que le da la vuelta a Voltaire, como si fuera un calcetín, lo cual dice mucho del autor al que sin embargo no acabó de cuajarle la idea. La homosexualidad ¿latente? de los personajes principales es una de las razones del éxito actual de la novela y de que no haya sección gay de librería en el mundo, o librería gay en sí misma, que no la tenga en sus anaqueles. A mí me parece un poco excusa. Un guiño de Waugh, que intenta hacernos creer que Charles o Sebastian son íntimos amigos a la manera inglesa, arcadianos jóvenes en los que el profundo amor es simplemente espiritual, y que no hay nada físico entre ellos. Pareciera que sí, que se quiere dar a Sebastian esta categoría homosexual, sobre todo en su relación con el bruto alemán Kurtz, pero el propio Waugh hace que Ryder diserte sobre eso, y llegue a la conclusión de que no hay nada de vicioso (sic) en ese comportamiento. Bueno, allí estuvo al quite Foster con Maurice para poner las cosas en su sitio: el coqueteo con la homosexualidad de los jóvenes cachorros británicos victorianos y post victorianos es un hecho, y por mucho que Waugh quiera enmascararlo de otra cosa, hoy, que nos gusta mucho más hacer outing y llamar a las cosas como hay que llamarlas, no cuela. A lo mejor es porque son tristes los tiempos que corren y no podemos admitir ese tipo de intensa relación sin pensar en la sexualidad, a lo mejor porque realmente todo es un eufemismo, y Charles y Sebastian serían tremendamente felices si se fueran a la cama. Pero Waugh, viejo bribón, esconde el secreto hasta las últimas 30 páginas. Y por mucho que leí su biografía, donde estaba la clave, yo, que ando muy espeso, de ahí mi perplejidad porque Quino insista tanto en que comente esta novela, no caí hasta que lo tuve delante de mis narices. El hecho religioso esta onerosamente presente en toda la novela. Con esa flema británica protestante tan marcada, pues la actitud de Ryder, siempre crítica con el catolicismo, parecía ser la única razón de que ese tema estuviera ahí. Eso y que realmente nos creíamos que los vicios y problemas de la familia Flyte (los Brideshead, los Marchmain… ¡qué lío los apellidos ingleses y los títulos nobiliarios!) son indefectiblemente debidos a su catolicismo. Es en los últimos dos capítulos cuando descubrimos que realmente la religión es el tema del libro. El hecho religioso, las relaciones religiosas, y sobre todo la grandeza del catolicismo (algo menos intenso que Chauteaubriand, pero ahí está). El catolicismo será indulgente con los últimos años de Sebastian, al cuidado de unos frailes en Marruecos… El catolicismo es lo que romperá la unión entre Julia y Charles. El catolicismo da la paz a Lord Marchmain, que en un último acto de fe acepta la extremaunción. Charles se arrodilla finalmente para pedir que esa misma extremaunción, en la que no cree, no se convierta en un espectáculo vano e hipócrita. Es la vela encendida que informa de la presencia del santísimo en el sagrario, y lo glorifica, de la capilla de Brideshead lo que conforta, finalmente, a Charles, y lo que, en su vida acabada, parece darle una razón de vivir. Sí, en el último párrafo, Charles Ryder nos informa de que su pasado anticristiano, anticatólico, es ahora sólo un recuerdo, y que sólo en la fe ha encontrado una razón para existir, en su retorno a Brideshead… Al releer la biografía de Waugh, una vez más, me doy cuenta de que la clave estaba delante de mis narices y no había caído, porque había pasado por el dato casi tan de puntillas como quien redactó la breve semblanza: Evelyn Waugh se convirtió al catolicismo en 1930, y dedicó enormes esfuerzos en escribir la biografía del mártir jesuita Edmund Champion. Al final, todas las puyas, los ataques y las despectivas líneas dedicadas al catolicismo no eran más que el lustre con el que éste brillaría al final de la novela. La frase del primo Jasper "Cuidado con los anglocatólicos, son todos sodomitas con desagradable acento" se torna al final una divertida paradoja, que unifica los dos temas, el real y el sutil, de la novela: religión versus homosexualidad. No podía ser de otra manera. La pureza en los sentimientos de Sebastian hacia Charles, o de Charles hacia Sebastian, se convierte, entonces, en reivindicación fervorosa. A nosotros nos corresponde decidir con qué nos quedamos. Además, las ediciones españolas han obviado el subtitulo con que la novela se presentó en su primera edición inglesa: A sacred & profane Memories of Captain Charles Ryder. Un apunte más, sobre la traducción de Caroline Phipps… No es mala, pero tampoco buena. Peca de erudita, con notas a pie de página que no sólo no ayudan sino que significan menosprecio del lector y su capacidad intelectual, y a veces cae en errores. Lo echaron a Mercurio no es lo mismo que Lo echaron de Mercurio. La edición, de Argos Vergara, es antigua, supongo que no existirá ya en las librerías, pero a veces tiene demasiados errores de impresión, eso que se llamaba duendes de las linotipias. Yo probaría con una buena edición actual y a ser posible, si existe, otra traducción. Ahora Quino que se moje.

lunes, 5 de enero de 2009

Recomendando libros: Los hombres del Triángulo Rosa. Memoria de la barbarie

Hans Neumann es un escritor austriaco que firma bajo el pseudónimo de Heinz Heger. Es interesante lo de la nacionalidad porque los de La Casa del Libro no se han enterado y lo tiene clasificado como literatura francesa… En fin. Este escritor y documentalista conoció en los años sesenta a un homosexual que presenta con el sobrenombre de Joseph K. (un guiño a Kafka), y que vivió el horror de los campos de concentración nazi, del que Neumann escribe una biografía autorizada. Se titula Los hombres del triángulo rosa, Memorias de un homosexual en los campos de concentración nazi. El triángulo rosa es el distintivo que en la solapa y en una pernera del pantalón debían llevar los homosexuales en la Alemania de Hitler, así como en los territorios ocupados. Durante la barbarie que la Alemania Nacionalsocialista generó en Europa en los años 30 y 40, los homosexuales fueron, junto con los judíos y los gitanos, los que más sufrieron la descerebrada acción del terror. Sé que me van a entender, si leen esto como quiero expresarlo exactamente, si además añado que quizás los homosexuales fueron aún peor parados. ¿Por qué? Entre los propios detenidos en los campos, los homosexuales eran los parias, y todos, absolutamente todos, se sentían con derecho a maltratarlos y humillarlos. Encima, terminada la guerra, los pocos que habían sobrevivido no tuvieron derecho a reparación alguna, y ha sido exclusivamente desde la década de los 80 que se ha empezado, poco a poco, a recuperar su memoria, homenajearlos, y entregarles las pensiones que les correspondían. ¿Por qué? Porque eran homosexuales, un delito en Alemania y en la mayor parte de Europa cuando acabó la guerra. De alguna forma, se estaba diciendo que lo que se había hecho con los demás era horrible, pero que los homosexuales eran delincuentes comunes. Vale, de acuerdo, se había sido un poco duro con ellos, pero no se podía darles reparación alguna dado que su delito era real. ¿A que es repugnante? Por razones más o menos obvias, el tema me afecta y me interesa. Siempre he sentido un especial interés por el Holocausto, casi desde que siendo un niño mi madre me permitió ver la serie de televisión con ese nombre protagonizada, entre otros, por Vanesa Redgrave y Marisa Berenson. En cuanto a testimonios escritos que existen, este es de los pocos, junto con el libro de Pierre Seele titulado Yo, Pierre, Deportado Homosexual. El libro tiene algunas ventajas y muchas desventajas. La ventaja: es descarnado, y nos muestra el horror nazi en toda su extensión, acercándonos además a cómo es la vida cotidiana en un campo de concentración y cómo se organiza, lo cual lo convierte en un documento histórico excepcional. La desventaja, está narrado con demasiada frialdad, con demasiado desapasionamiento, con demasiada lejanía, y cuando trata de ser reivindicativo casi molesta, las reflexiones acerca de la inmoralidad del hecho resultan infantiles y fatuas. Cuando el protagonista reflexiona acerca de su situación, parece como si quisieran cargar las tintas sobre lo que no tiene ya tinta que cargar. Frases del tipo ¿Cómo me podían hacer eso por simplemente amar a una persona de mi mismo sexo? resulta tan vacía y lejana ante lo que se está contando, que a menudo sobran. El hecho del Holocausto, en sí, es tan terrible, el salvaje bestiario que representaron los alemanes que se dejaron seducir por el horror es tan despreciable, que nada de lo que se diga puede acentuar la onerosa sensación de asco que todo el proceso de los campos de concentración significa. Acrecienta el horror la sensación de desprecio que supone no haber reparado a estas víctimas durante más de cuarenta años. La mayor parte de los homosexuales que fueron recluidos en campos de concentración y sobrevivieron han fallecido sin ver reconocida en vida su calidad de víctimas. Hoy por fin se les reconoce. Hace poco se inauguró un monumento en su recuerdo en Berlín, donde ahora mismo sólo había una pequeña lápida en forma de triángulo rosa. Holanda acogía desde los 90 el que hasta ahora era el único existente. Sin embargo, lo recomiendo. En España está editado por Amaranto y viene avalado por el Ministerio de Cultura Austriaco. Termino con la foto de Erwin Schimitzek, preso gay en Auschwitz, muerto a los 23 años, para que le pongamos cara al horror. Hoy tendría aproximadamente 88 años. Se entiende que el triángulo rosa sea, ahora, el símbolo, en positivo, de la lucha del colectivo gay.

domingo, 4 de enero de 2009

Estampas berlinesas... El Museo del Pueblo Judío.

Un concurso internacional le dio a Daniel Libeskind, arquitecto polaco, la posibilidad de construir la sede del Museo del Pueblo Judío, en Berlín. Este interesante, obsesivo y compulsivo edificio es hoy una de las muestras más vibrantes de una ciudad que se empeña en nacer y renacer continuamente, de una ciudad que ha debido volver a ser en un plazo de apenas veinte años. Lo primero que sorprenderá del edificio es su planta, en forma de rayo, y su macizo alzado cubierto de zinc del que de vez en cuando surgen ventanas de diversas formas y tamaños que vienen a reflejar, en su irregularidad y asimetría, las heridas y bandazos que el pueblo judío ha vivido a lo largo de su historia. De esa combinación no surge un espacio interior, sino muchos, con diferentes luces, sonidos, formas… Un viaje que trata de ser tan iniciático, tan envolvente, como la colección que alberga.

Otra de las cosas que sorprenderá es que el edificio no tiene acceso, es una caja hermética, secreta, una suerte de cáliz oculto, un nuevo símbolo… ¿De una cultura tan cercana y tan poco conocida? ¿De una sorpresa? ¿De una historia de dolor?

Si quieres más datos, aquí te dejo las páginas oficiales del arquitecto y del museo:
http://www.juedisches-museum-berlin.de/site/DE/00-Metanavigation/01-Besucherinfo/07-Espanol/espanol.php?meta=TRUE
Es un edificio, ya he dicho, obsesivo y compulsivo, y con una tremenda carga semántica… ¿Qué edificio no es así en Berlín? Realmente la potencia de la nueva ciudad es, a veces, agobiante. Es un escenario telúrico en el que se representa un drama, uno con miles de matices, desde el más amable al más sanguinario. Es curioso, pensé que las salas dedicadas al Holocausto serían espectaculares y casi sangrantes, pero no, el edificio, en sí mismo, es un enorme vistazo al oneroso recuerdo, las salas dedicadas al mismo son mucho más discretas (agradablemente). La Topografía del Horror, en el mismo Berlín, es más impactante.

… Se echa de menos la existencia de una exposición dedicada a la reconciliación con los palestinos… El museo, en sí mismo, no me interesa demasiado, porque nunca me han gustado los museos etnográficos ni antropológicos, y este al fin y al cabo lo es. Pero es muy interesante su arquitectura, así como su jardín inclinado, creo que el Jardín de los Ausentes, un lugar donde no hay nada en vertical ni en horizontal, y por tanto –lo comprobé por mi mismo– es muy fácil caerse.

El patio del Holocausto es una gran sala fría y negra, con una ligera abertura en la parte superior, que se estrecha (la planta es triangular) hasta hacerse de una angostura impracticable. No pude sentirme demasiado impresionado, porque ese sitio necesita de soledad y silencio, y un grupo de turistas jovenzuelos, creo que americanos, nos lo impidieron, preguntándonos cosas como si en España había mujeres bonitas.

Pero sí me impactó, y casi es la razón de esta entrada, el Patio de los Desaparecidos (o de los Olvidados). Se trata de un patio cubierto de caras de acero con rictus de dolor. Para poder visitarlo, tienes que pisar esas cara, lo que ya de por sí es desagradable. Pero además es que las mismas, al chocar, chirrían escandalosamente, y dada la naturaleza del espacio en que se encuentran, ese sonido halla rápidamente un fuerte eco. Al final, pareciera que esas caras te gritan de dolor y espanto mientras caminas sobre ellas. Es una experiencia desazonadora, y uno de mis diálogos con un espacio artístico contemporáneo más intenso. Te dejo un vídeo que he publicado en youtube, pálido reflejo de lo que te quiero expresar.



Si pasas por Berlín, debes visitar este edificio…

domingo, 7 de diciembre de 2008

Que 30 años no es nada...


Berlín es una ciudad maravillosa, pero hace mucho frío. Madrid estaba gris, lluviosa, perdida... Hace días que no veo el sol... Cuando pedí un café en el Starbucks, el dependiente que tuteaba a todos el mundo, incluso a hombres mayores que yo, me trató de usted. Llevo todo el día pensando ¿por qué?. ¿En qué momento me convertí en un señor mayor? ¿Realmente aparento tal seriedad? ¿me he equivocado en algo?. El gris me disipa, me entristece, y hace que todo de lo que disfruto pierda un poco de brillo, un poco de realidad, pues se engarza en una gota de melancolía (hay que ver qué jodidamente cursi me ha quedado este comentario). Debe ser eso, y nada más que eso. No estoy solo, vivo solo, disfruto de mi soledad... ¿Por qué demonios hoy no? ¡Qué día de mierda sin que exista una razón real para ello?
El miércoles hizo 30 años de la muerte de mi padre. Es curioso, aunque llevaba recordándolo toda la semana, lo cierto es que justo ese día no lo recordé hasta bien entrada la tarde. 30 años sin padre, es decir, casi toda mi vida. Mis hermanos ya han vivido más que lo que nuestro padre vivió. Yo llegaré a ese puerto dentro de 10 años. Ha sido una vida extraña. Apenas recuerdo a mi padre, su voz, algo, su presencia... Pero recuerdo sobre todo su olor, y hay cosas que me lo evocan a menudo. Era tan niño, y estuve tan arropado, que no fue en la niñez, ni en la adolescencia, cuando eché de menos su presencia, sino ahora. Desde que cumplí los 30 años añoro al padre que se fue, al que no tuve. Pero ¡ojo!, no al símbolo de algo, sino al de carne y hueso, a Ginés José, mi padre, nacido en 1929 en Mugardos, La Coruña, Galicia, España. ¿Cómo habría sido mi vida con él? ¿Qué le diría hoy si pudiera tenerlo delante?
30 años, toda mi vida, y es una semana gris, y hace frío, y ayer paseé solitario por las calles de Madrid, hoy acompañado pero sintiéndome singular y anónimo por las calles de Berlín, que está frío, que es maravilloso, pero no tiene aromas concretos. Acostumbrado ya a ser un descastado, no importará que lo diga: no hecho de menos, en concreto, a nadie de mi familia, a ninguno de los que tengo, a los existentes, corpóreos y reales. Hoy echo de menos a mi padre, que se murió una mañana de domingo de hace 30 años. Y, sólo hoy, me gustaría poder decírselo a alguien. A alguien que fuera sólo mío.
Mañana se me quitará, y posiblemente en unos días borraré esta entrada, jajaja, ya está bien de exhibiciones. Ahora Montserrat cantará algo, que falta nos hace. Mientras la Caballé cante, el mundo será un lugar mejor.

Joyce DiDonato en el Teatro Real de Madrid


El pasado miércoles 3 de diciembre, la mezzosoprano americana, nacida y criada en Kansas (no sé por qué el programa de mano ponía exactamente eso, ¿qué importará lo de criada en Kansas?) Joyce DiDonato dio un recital dedicado a Haendel. No a cualquier Haendel, sino a las llamadas "Arias de Furor" (al menos llamadas así por ella) que coincidían, curiosamente, con el último disco que ha grabado la divette (un paso por debajo de diva) y que firmó a quien quiso comprárselo al final del recital. No pasa nada, es lícito si el producto es bueno... ¿El producto es bueno? A ver cómo lo expreso. Yo lo pasé bien, y no fue un mal recital, pero fue frío en exceso. Para empezar, el público no está demasiado metido en este repertorio, al menos el público mayoritario, con lo que mucha gente se apeó de la representación y no asistió. Los entendidos no acabaron de disfrutarlo porque prefieren otro tipo de voces y de preparaciones... ¿Que nos pasa a los que algo sabemos pero estamos más versados en otros repertorios? Lo contaré más abajo, jejeje.


Además de frío por lo escogido del repertorio y la respuesta de los espectadores, fue frío porque el teatro estaba más o menos al 50%, cosa que la divette pudo comprobar, y nos pidió, en inglés, que fuéramos bajando por favor cerca de ella... cosa que los acomodadores se encargaron cumplidamente de impedir, aunque no a mí ni a los que estaban conmigo, dado que cuando trataron de evitar que nos cambiáramos de sitio, con nuestra mejor sonrisa dijimos que tururú, y que vinieran a desalojarnos con las fuerzas de orden público... creo que al final sopesaron el asunto (eternizar el concierto y no llegar a casa para cenar o dejar que cinco personas se cambiaran de sitio) y pudimos cambiarnos. No entiendo muchas cosas de la política de entradas y trato al espectador del Teatro Real, pero como no es lo que nos ocupa, lo dejaremos para otro día.

Por último, la mezzo, muy buena técnicamente con peros que luego diré, no acabó de meterse en lo que estaba haciendo. en absoluto estaba distraída, pero quizás esperaba uno algo más de entrega, sobre todo en la primera parte, que llegó a ser fría de solemnidad, y apagada en aplausos. Las arias de furor, dicho así con todo el tono coloquial del mundo, son aquellos pasajes de las óperas de Haendel, arias de capo por supuesto, en las que el personaje expresa ira, cólera, furia, enfado... Lo que hace que la pieza esté jalonada de maravillosas y dificilísimas coloraturas. Joyce DiDonato se vino de su Kansas natal con esas coloraturas bien aprendidas, y en ese sentido las resolvió mejor que Viviva Genaux, a quien sufrimos en "Il trionfo del tempo e il disenganno" semanas atrás y que sin embargo es requerida como eximia intérprete del estilo. DiDonato tiene una voz bonita, con una buena gama de colores que sabe usar con profusión en todo momento, una agilidad suficiente para no quedar atrás, y un volumen un poco mayor, y más agradecido, que los habituales de Haendel. Aún no domina el estilo, pero aún así es una cantante preciosista, preocupada por la emisión, lo que la emparenta con la Fleming, lo que la emparenta con la Caballé, lo que la emparenta con la Tebaldi, y suma y sigue (que la emparenta no significa que sea una seguidora ni quiero decir nada más que eso). ¿Dónde falla? Primero en la afinación. Empezó calando, y en general la afinación dubitativa fue la tónica general del concierto, aunque ella corregía continuamente y a veces ni se notaba, pero hay zonas del pentagrama que a la primera no le salen, y no le salen, y no le salen. El segundo error está en la intensidad dramática: o se pasa o le falta, pero no consigue, en los momentos más comprometidos, un lógico equilibrio. Su Scherza infida de la ópera de Haendel Ariodante estuvo bien cantada, llegó incluso a conmover al público en parte, pero resultó más cargada de patetismo que de el verdadero sentido dramático que necesita, y simplemente cumplió, pero no fue excepcional, lo que cabría esperar de quien se atreviera (esta aria es como para otros repertorios la entrada de la Casta Diva en la Norma de Bellini, o la haces para matarnos de placer a quienes te escuchamos, o no la hagas). La segunda parte del concierto, que empezó con esa Scherza Infida, mejoró en intensidad, pero fue al final, en las partes que interpretó de la ópera Hércules, cuando la mezzosoprano consiguió demostrar que podrá ser una gran estrella. Aún así, el clímax fue un poco forzado. Aplausos y vítores, y tres propinas de una cantante generosa y que se metió al público en el bolsillo más por su caracter que por su línea de canto. Por supuesto, cantó de regalo el Ombra mai fù, podíamos haber esperado más.

Muy bien la la orquesta, Les Talens Lyriques, aunque hubo un problema puntual de afinación, pero sonaron bien, conjuntados, y con un sonido muy bonito y ligero, sin asperezas. Esta vez (segunda que lo escucho), Christophe Rousset sí me gustó, estuvo correcto y muy solícito a las necesidades de la mezzosoprano. En fin, que esperamos que vuelva, que seguiremos su carrera, y que por ahora va por buen camino, aunque es una cantante que puede caer en la ñoñería al más genuino estilo María Bayo en cualquier momento. Esperemos que no lo haga. Un video para no perder las costumbres:


martes, 25 de noviembre de 2008

El pintor de su deshonra en el Teatro de Rojas de Toledo

Dentro del ciclo de Teatro Clásico, el maravilloso (salvo la tapicería y las cortinas) Teatro de Rojas de Toledo presentó este drama del honor de Calderón de La Barca, El Pintor de su deshonra. Y una vez más, a cargo la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Bueno, no es una de las obras que más me ha gustado, debido a que este tipo de dramas del honor suelen ser no sólo ideológicamente execrables (desde el punto de vista de la contemporáneidad, por supuesto, pues de acuerdo a la época son perfectamente normales), sino normalmente muy similares unos a otros, e incluso algo absurdos desde el punto de vista de la acción. Aquí sucede lo de siempre: una mujer es deshonrada por un amante secuestrador, que se la lleva en contra de su voluntad, pero con ello realmente el que pierde su honor es el marido, que no puede hacer menos que matarla. A esta tremenda y trágica trama se le yuxtapone una segunda, los amores del Príncipe de Ursino y Porcia, de corte cómico.
En fin, si la obra en sí misma no me gustó del todo, y casi me pareció un ladrillito, lo cierto es que el montaje, el vestuario, y el trabajo de los actores me pareció bastante bueno, como es habitual en nuestra Compañía Nacional. Además, la escena era acompañada por tres músicos femeninos que con instrumentos de época (clave y violas de gamba) remarcaban la acción. Un lujo, además muy bien interpretado por Agathá René Bosch y Alba Fresno a las violas de gamba, y Mercedes Torres en el teclado del clave. El vestuario y la escenografía, que tanto me gustaron, se debieron a Pedro Moreno y Carolina González, respectivamente. Versionada, a su vez, por Rafael Pérez Sierra, la dirección corre a cargo de Eduardo Vasco.Del elenco de actores, destacaría a Francisco Merino, como Don Luis, a Arturo Querejeta como Don Juan Roca, a Eva Trancón como Porcia y a Fernando Sendino como el Príncipe de Urbino. Realmente memorables, con un dominio del verso y del texto (a menudo agobiante) que demostraba la calidad y la clase. El resto del elenco muy bien, especialmente José Ramón Iglesias como Juanete. Algo menos Muriel Sánchez, como Serafina (normalmente el papel lo interpreta la actriz Nuria Mencía, que curiosamente comparte nombre con una de mis compañeras de trabajo) y Daniel Albadalejo como Don Álvaro (conocido por su papel de Benito el segurata en Camera Café). A la primera había muchos momentos que no se le escuchaba, y está muy verde, al fin y al cabo es una cover, pero una cover floja, y el papel es protagonista. El segundo, siendo un buen actor, aún no tiene la calidad suficiente, o la formación, para enfrentarse al teatro clásico... Quedó muy descolgado de sus compañeros.En fin, un buen trabajo dramático y una buena propuesta escénica, pero un texto realmente, al menos en mi opinión, que tampoco es para tirar cohetes, aunque a decir de algunos entendidos es de los más hermosos dramas del Siglo de Oro (yo disiento)... Quién ame el teatro disfrutará, quien quiera acercarse para conocer el teatro clásico, mejor que se espere. Aún así, el trabajo de los actores merece la pena terminar con lo que ya es un clásico en este blog: ¡Aprende Botto!

lunes, 24 de noviembre de 2008

Olga Borodiná en Madrid: uná mantxá le caiojojojo



Sirva el título de simple ironía para el que ha sido un magnífico concierto, dentro del XV Ciclo de Lied del Teatro de la Zarzuela. La excepcional mezzosoprano rusa Olga Borodiná deleitó al público madrileño con un muy buen concierto, bastante pensado y equilibrado, en el que derrochó su talento y su voz con gallardía. Fue un éxito en general, a juzgar por los interminables aplausos (de ahí vendrá una solapada crítica que haré a la mezzosoprano). Éscuché por primera vez a Borodiná hace ya más de 15 años, en aquella memorable representación de Samson et Dalila, de Massenet, en la que cortó el pelo y dió la réplica a un impresionante Plácido Domingo, pero reconozco que poco después le perdí la pista. Ahora ha sido mi reencuentro, no lleno de sorpresas, entre las que destaca su rotunda fisonomía (toma eufemismo). Las voces del este son muy especiales, con un mordiente generoso, y un brillo magnético en los agudos. Posee, además Borodiná, un sobresaliente volumen, que hace que nos demos cuenta de cómo muchas de las voces que escuchamos hoy en día realmente poseen muy poco peso específico. Pero, hay que decir a los nostálgicos, en este caso el tamaño no importa, y si bien Borodiná estuvo magnífica, Bostridge es un genio pese a tener la mitad de su volumen vocal. Expresivamente es correcta, no sobrada, y aunque matiza y tiene una media voz y un piano más que dulce, lo cierto es que acusa, de tanto en tanto, cierta frialdad. Quizás su actual dieta vocal, consistente en la masacrante -y horrenda- Gioconda de Ponchielli, tenga algo que ver (de una vez, sopranos y mezzos del mundo, Gioconda le quitó diez años de carrera a Callas, acabó con Cerquetti, y no ayudó a Caballé... aprended y escarmentad en cabeza ajena).El programa que escogió no es de mis favoritos: Tchaikovschi y Rajmaninov. Son dos músicos que realmente no me apasionan, muy sobrados en emotividad, pero hay que reconocer que sus canciones, aunque muy dulces y efectistas, no se encuentran entre lo más antidiabético de su producción. Hombre, no fue un programa enjundioso desde el punto de vista de la dificultad, aunque facilón tampoco era; y al ser dos compositores tan desmedidamente emotivos, haciéndolo bien y tornando la voz con las inflexiones necesarias, realmente te permite ganarte al público sobradamente, como Borodinà hizo esta noche. Si además optas por las propinas (lo explicaré luego) por las que ella optó, pues es un éxito clamoroso casi asegurado. La primera parte, dedicada a Tchaikovski, constó de lo siguiente: . Nam zvjozdy krotkije sijali Op. 60, n.º 12, Net, tolko tot kto znal Op. 6, n.º 6, Otchevo Op. 6, n.º 5, To bylo ranneiou vesnoi Op. 38, n.º 2, Notchi bezoumnye Op. 60, n.º 6, Pervoe svidanie Op. 63, n.º 4, Kolybel"naya Op. 16, n.º 1, Serenada Op. 65, n.º 3, Zakatilos solntse Op. 73, n.º 4, Snova kak prezhde odin Op. 73, n.º 6S. Aquí hubo un problema: un miembro del público tuvo un enorme ataque de tos y tuvo que salir corriendo hacia el foyer a mitad de la cuarta canción. Así que se perdió parte de el programa, molestó mucho, hasta la cantante lo miró con furia, y se mantuvo fuera hasta que los aplausos le permitieron, ya recuperado, volver, aunque ya no pudo recuperar la intensidad ni la concentración en toda esa primera parte... Obvio decir que fui yo, primera vez en la vida que eso me ocurre, y no he pasado mayor vergüenza jamás, ni mayor ataque de paranoia. Algunas de las canciones las había escuchado uno ya en grandes voces como Nicolai Ghiaurov: Borodiná les hace justicia. Realmente, con un instrumento como el suyo, y una técnica tan personal y depurada, casi todo lo demás no importa. Hablando de técnica, me sorprendí al comprobar que cuando tiene que atacar un agudo en forte, Borodiná toma aire exclusivamente por la nariz, lo que parece incongruente dado que con ese acto la garganta se tensa, y cabría esperar que necesita tenerla relajada para poder llegar a esas alturas. Caballé, Kraus, Pavarotti, y otros muchos grandes sin ir más lejos preferían tomar aire por la boca, salvo que estuvieran en momentos de línea melódica reposada y poco comprometida. Creo que es la primera vez que escucho o veo hacer algo como lo que ha hecho hoy Borodiná (realmente sus inspiraciones nasales se escuchaban furiosamente), y si a ella le funciona, y son más de veinte años cantando y una voz que no muestra signos de cansancio, pues es que sin duda ha sabido encontrar una técnica muy adecuada a sus capacidades. Las grandes voces operísticas muchas veces no consiguen el suficiente nivel de intimismo y de interpretación cuando se pasan al lieder o a la canción en general, como en este caso las romanzas rusas. A Borodiná le pasa hasta cierto punto, y si bien salió airosa, y lo pasamos bien, uno echó de menos una prestación operística para alcanzar cierto clímax.
En la segunda parte, integramente dedicada a Rajmaninov, quizás ese clímax si devino de las propias romanzas. Se trató de la siguiente selección de las mismas: Utro Op, 4, n.º 2, Ditya, kak tsvetok ty prekrasna Op. 8, n.º 2, Son Op. 8, n.º 5, V moltchanyi notchi tainoi Op. 4, n.º3, Rechnaia lileya Op. 8 n.º 1, Zdes khorosho Op. 21, n.º 7, Ona kak polden" horosha Op. 14, n.º 9, Siren Op. 21, n.º 5, Ya zjdu tebya Op. 14, n.º 1 . Aquí las interpretaciones de Borodiná llegaron a lo excepcional, y yo estaba más relajado y, aunque con miedo a repetir el incidente de la tos, pude lograr mayor concentración y tranquilidad. La última romanza, que traducida al español significa ¡Te espero! fue emocionante hasta el arrobo. La brillante y vibrante zona grave de la que la cantante puede alardear jugó muchos puntos a favor del placer de escuchar estas interpretaciones.
Terminado con ovaciones el programa oficial, Borodiná regaló dos propinas, escasas, ambas de... ¡¡¡Manuel de Falla!!! Que tras un recital de romanzas rusas te rematen con esto, es como mínimo curioso, y aunque habría mucho que decir desde el punto de vista teórico sobre la idoneidad de la elección, realmente si no te metes en grandes disquisiciones intelectuales, el salto fue un tanto extravagante. La primera propina fue El paño moruno, donde descubrimos que, sin llegar a orientativo o dudoso, el español del que hizo gala Borodiná fue un tanto eslavo, oyéndose cosas como "uná mantxá lé caio ojojojó". El público agradeció el esfuerzo, y Borodiná regaló un segundo Falla, de nuevo las Siete Canciones Populares Españolas, en concreto Nana en la que el "lucerrito dela maiana" venció y convenció... El público obligó a Borodiná a salir al menos 3 veces más a saludar, pero se mantuvo la rusa inflexible en cuanto a cantar una sola nota más... Debió haberlo hecho, fue un error por su parte cuando estaba teniendo un éxito clamoroso y cuando con menos grandes cantantes del pasado como Berganza o Caballé se lanzaban con quince propinas para arrobo de su público. Lo que me recuerda que le echó narices Borodiná con semejantes propinas, correctas y basta, eso sí tengo que decirlo, a un público acostumbrado a las antes señaladas Caballé o Berganza, y sobre todo a Victoria de los Ángeles.
Quiero hacer una mención especial al pianista acompañante Dmitri Yefímov, uno de los que más me ha sorprendido y gustado en los últimos años: magnífico trabajo (a veces tan poco valorado), máxima compenetración con la cantante, apoyo constante y verdadero pergeñador de que todo saliera redondo, en calidad, cualidad e intensidad. Realmente bueno. En fin, una gran noche, pese a la tos, y pese al frío intenso de la noche madrileña. Vamos con un vídeo para recordar a la mezzosoprano, y si ella fue capaz de coronar un recital de repertorio ruso con Falla, yo por la misma regla de tres la pongo cantando una de mis arias favoritas, la muy cursi Mon coeur s'ouvre a ta voix de Samsom et Dalila, compuesta por Saint Saens.

lunes, 10 de noviembre de 2008

El triunfo del Tiempo y el Desengaño, en el Teatro Real.


El Teatro Real de Madrid ha tenido a bien representar escénicamente este bello oratorio de Haendel. El resultado, para mí, un solemne fiasco. De hecho me marché al terminar la primera parte de la representación, y no recomendaría este montaje ni esta versión a nadie.

¿Qué ha fallado?
  1. Los cantantes han estado irregulares, con gravísimos problemas de afinación y volumen. Quizás por no contar con auténticos especialistas en todo el reparto. La triunfadora de la noche, Vivica Genaux, está absolutamente sobrevalorada, su coloratura es muy sucia, y la mayor parte de las veces la aspira.
  2. El montaje era ininteligible, y muy soso, muy aburrido, en un oratorio sin coros y que no es más que una sucesión de recitativos y arias, con algún dúo muy de tarde en tarde, la puesta en escena no puede ser tan estática. Por otro lado, desentrañar los símbolos se hacía a veces imposible, y cuando deja de interesar hacerlo, te aburres soberanamente.
  3. La orquesta no estuvo mal del todo, pero para este repertorio hacen falta orquestas especializadas, e incluso otros instrumentos más acordes a lo que se está interpretando. Musicalmente la obra es un pequeño joyerito, pero interpretada así, se convierte en un ladrillo infumable.
  4. Una vez más tengo que decir que este tipo de óperas no debe representarse en el Real, porque es un teatro demasiado grande, y el sonido se pierde hasta la desesperación. La Zarzuela, u otro coliseo que haya de buscarse, serían más adecuados.
  5. Un oratorio es un oratorio, y representarlo es una memez. En versión de concierto hubiera estado infinitamente mejor. Vaya manía de inventar la rueda cada cinco minutos.

¿Por qué me fui? Porque me dormía, porque era incapaz de meterme en la historia, y porque los cantantes me estaban llevando al límite de la indignación. Nada de todo eso, con estos mimbres, iba a mejorar en la segunda parte, porque la concepción misma de la representación era un soberano error, así que personalmente un chocolate caliente me iba a ser de más provecho que un muy mal representado Haendel.

Recomiendo escuchar la versión de Minkowsky. Entonces encontraremos la verdadera dimensión de esta obra.

domingo, 9 de noviembre de 2008

El Mercader de Venecia en el Teatro de Rojas

Continúa la temporada del Teatro de Rojas de Toledo, y continua el Festival de Teatro Clásico. En este caso, la sociedad Darek Teatro S.L., o diciéndolo a la antigua, la Compañía de Fernando Conde, presenta El Mercader de Venecia de William Shakespeare...

... y lo presenta muy bien...

Grandes sorpresas durante la noche, pero vayamos por partes. Primero el elenco:

Antonio: Juan Gea.
Salerio / Juez: Ángel García Suárez.
Solanio / Baltasar /Cofre / Juez: Carlos Ibarra.
Basanio: Luis Rallo.
Lorenzo: Jorge Lucas.
Graciano: Camilo Rodríguez.
Porcia: Natalia Millán.
Nerisa: Luz Nicolás.
Shylock: Fernando Conde.
Príncipe de Marruecos / Tubal / Carcelero / Juez: Dritan Biba.
Launcelot/ Cofre / Juez: David Fernández (fabu).
Gobo / Dux: José Hervás.
Yésica / Cofre: Ruth Salas.
Príncipe de Aragón / Juez: Carlos Moreno.

Director de Escena: Denis Rafter.
Escenografía: Javier Roselló / Pedro Moreno.
Figurines: Pedro Moreno.
La puesta en escena muy bonita y preciosista. Basada en cuadros reconocidos del Quatroccento Italiano, por allí pudimos ver propuestas plásticas que recordaban claramente a Piero della Francesca o a los Bellini, entre otros. Un vestuario rico, de colores vivos, variado y elegante. Ni una atribulada concesión a la dramaturgia modernizante o descontextualizante (que también está bien, pero decidieron hacerla de corte tradicional, porque quizás los experimentos que los pague el dinero público, y las manos privadas que conjuguen saber hacer con negocio, o el invento del teatro libre y de calidad se nos viene abajo). La idea general es presentar a los personajes como son, miembros de una fábula, intentando despojarlos de descarnadas lecturas actuales (sí, es un texto antisemita, pero no se regodea en ello, aunque finalmente reivindica el amor de un padre y de una hija). En general una propuesta ideológica sencilla que funciona y se agradece, pues encumbra un texto encantador y genial.
Los actores van de bien a muy bien, y de ahí a excepcional, así que si me perdonáis no me iré deteniendo en cada uno de ellos. Sólo decir que Fernando Conde está inmenso, con una concepción de Shylock impecable, magistral, aunque le pongo un pero: cuando baja el volumen de voz y llega a niveles de franca circunspección debería cuidar más la proyección de la voz pues hay momentos en los que no se le escucha. Un actos de su talla no debería de permitirse ese lujo, y el Teatro de Rojas es más pequeño que el más pequeño de los teatros de Madrid. Su monólogo "si nos pincháis, ¿no sangramos?" ha sido de lo más emocionante que he visto en tiempos, un verdadero ejercicio de estilo, con un dominio escénico total.
Quiero detenerme muy especialmente en Natalia Millán, a quien tuve el placer de saludar al salir del Teatro. Esta actriz, esta magnífica actriz, una de las mejores que he visto en mi vida en un escenario, suele provocarme la mayor abulia, aburrimiento y hasta rechazo cuando la veo en series de televisión. Quizás por su físico delgado y sus facciones la han encasillado en papeles tortuosos donde necesita mucha pose, mucho gesto roto y mucha lágrima, además de suspiros, aspiraciones elocuentes, y mucho pathos. Así estaba en UPA, y así está en El internado, que casi nunca veo y esta semana vi, curiosamente. Pues la Natalia Millán del teatro es otra, simplemente es perfecta. Domina la escena, tiene una voz exquisita (incluso yo diría que algo más aguda que la que ofrece en TV, aunque quizás eso es un requerimiento del personaje de Shakespeare por el travestismo del que hace gala durante el juicio a Antonio), entona y frasea con nitidiez y una buenísima expresividad; y sobre todo me encandiló la elegancia que tiene en sus movimientos corporales, domeñando un vestuario rico pero incómodo sin duda alguna, especialmente con los brazos. No hay que olvidar que es bailarina, con lo cual esa elegancia refinada viene de alguna parte. Es una de las estrellas de la noche, y merece la pena ir a verla sólo por disfrutar de su interpretación. Alguien debería darse cuenta y darle a esta impecable actriz (que hasta hoy un servidor tenía por una starlette de televisión bastante sosa y del montón) la oportunidad de seguirse luciendo. ¿Cómo? A lo mejor con más comedia y menos dramón. Su carisma en la comedia sofisticada queda con este montaje demostrado (y eso en la historia del cine español lo han tenido muy pocas, porque comedia sofisticada no ha habido demasiada, y en el cine americano creo que han dominado este género sobre todo Carole Lombard y Katharine Hepburn). Y cn un texto dramático inteligente es capaz de hacer maravillas. Natalia, por favor, en la tele, más comedia, que eres una diosa en ese registro. Y que cante algo más, que las dos veces que lo hizo durante la función de esta noche nos embelesó.Y ya digo que no voy a seguir uno a uno, porque cometería injusticas (¿qué decir a estas alturas de Juan Gea?), aunque permítanme un apunte: me encantó Dritan Biba, a quien támbien sólo lo había visto luciendo espectacular físico en Los novios búlgaros, y algo más venido a menos en ese sentido en la serie La Tira de La Sexta.
En fin, que salimos encantados. Una nueva propuesta de teatro clásico en España que me sirve, una vez más, para decir: ¡¡¡aprende, Botto!!!

viernes, 7 de noviembre de 2008

El privilegio de escuchar a Ian Bostridge en Madrid

Si recordáis, hace tiempo escribí una entrada dedicada a Ian Bostridge, el excelente tenor inglés de 44 años. Para los que no la conozcan, aquí os dejo el enlace:
Esta semana he tenido el enorme privilegio de escuchar a Ian Bostridge en directo, en el Teatro de la Zarzuela de Madrid, dentro del XV Ciclo de Lied. Acompañaro al piano por Graham Johnson, Bostridge desgranó un magnífico recital dedicado a Schubert:
1ª parte
Widerschein
Der Winterabend
Die Sterne
2ª parte:
Schwanengesand (textos de Rellstab)
3ª parte:
Schwanengesand (textos de Heine).

Miren, si quisieran leer un artículo de erudito aficionado (es decir, un coñazo pedante y el 90% de las veces equivocado, inexacto o directamente ignorante) bastaría con echar un vistazo a algunos foros de ópera de por aquí, donde he llegado a leer cosas que no sólo son estupideces, sino que llegan al invento, y me refiero específicamente a Bostridge... Así que hablemos de otras cosas.

Ian Bostridge es uno de los grandes intérpretes del la historia de la lírica. Con una pose de languidez melancolía victoriana y afectada, perfectamente estudiada y escogida, posee la mayor expresividad que yo he escuchado a un cantante en mi vida; y la sensación que tenía al salir sólo la he tenido antes con Montserrat Caballé o Birgit Nilsson. Para empezar, es un músico excepcional, y sabe perfectamente lo que está cantando y cómo debe de cantarse, con una magnífica musicalidad y una interpretación que conjuga la perfección técnica con un estudiadísimo sentido del mensaje. No hay matiz musical que no nos llegue, y siempre va unido a una necesidad expresiva, pues Bostridge sabe sacar el jugo a todo el texto que interpreta. Sus apoyos son Dietrich Fischer Dieskau (del que es seguidor, o continuador, no imitador como cacarean algunos que no saben que en interpretación musical también existen escuelas y corrientes), pero sobre todo, me mantengo en lo que ya dije una vez, es Peter Pears. Pero es que cuando está en el escenario tiene una capacidad de embelesar, de llevarnos a los puntos más elevados de nuestras sensaciones -siempre intelectualizadamente- que consigue unas atmósferas de tensión dramática en el público poco habituales.

La formación intelectual de Bostridge tiene mucho que ver con sus resultados (yo hace años que dejé de creer en las capacidades de natura, porque donde esté la formación que se quite todo lo demás). Porque lo mejor de todo es que no tiene una gran voz, es una voz pequeña en cuanto a su amplitud, con un volumen que va justo para llenar el teatro y nada más; y sobre todo es una voz muy trabajada, muy entrenada, que sube a las cumbres más altas del pentagrama porque hay una gran concentración técnica y un control impecable de sus posibilidades. Se dosifica con un estudiadísimo equilibrio en los esfuerzos, tanto físicos como emocionales. Al término del recital, tras una escasa hora casi sin pausa, estaba exahusto, como pudimos notar sobre todo en la segunda propina, Du bist Die Ruh, donde un pianísimo lo cogió tan desprevenido que terminó convirtiéndose en falsete perfectamente emitido. Porque los grandes músicos rectifican en los errores también con maestría. Aparte de ese ligero error, debido al agotamiento pero del que supo salir airoso, en el lied Ständchen caló una nota, pero se dio cuenta rápidamente (no todos los cantantes se dan cuenta, no se crean, y sobre todo, no todos los que se dan cuenta rectifican con éxito), y supo aumentar la intensidad del volumen lo suficiente como para alcanzar el tono requerido. Cuando tuvo que repetir la melodía, repitió el traspiés, pero sin que fuera tan perceptible (un ligero temblor en la emisión), así que a la tercera decidió no arriesgarse, y empujó la voz con fuerza y volumen, suficiente para que el agudo apareciera impecable, pero sin excederse como para salirse de estilo. Pues alguien que es capaz de hacer eso y de estar midiendo continuamente el resultado expresivo, aunando tan magistralmente técnica y expresividad, consigue todo lo que se propone. Y el público, conmigo como partícipe en este caso, está ante una de las experiencias vocales de sus vidas. Ian Bostridge es uno de los grandes. Como en su día escribió Terenci Moix, un genio se levanta cada mañana siendo un genio, pase lo que pase... Pero un reventador sólo es un reventador.

Os recomiendo que lo escuchéis. El próximo 20 de noviembre Radio Clásica emitirá el concierto en diferido. Yo pienso repetir. Ahora un video: