Según blogger, nos han visitado todas estas personas

domingo, 4 de octubre de 2009

Camboya en el Caixaforum... ¿Tierra de esperanza?

Camboya es uno de esos países en los que se ha producido quizás la mayor tragedia del siglo XX. Superior incluso al horror del Holocausto, por una razón estadística. Durante el corto periodo de su historia en el que vivió bajo la férrea disciplina de una dictadura comunista, al frente del cual estaba Pol Pot, más de una tercio de su población fue aniquilada. ¿Imaginas? Es como si en menos de diez años desaparecieran 13 de los 40 millones de españoles. El país, además, fue sembrado de minas que han causado la friolera de un 90 por mil de la población discapacitada por desmembración, lo que es el índice de minusvalía más alto, espantósamente más alto, de la historia. Estas minas, además, siguen en el subsuelo camboyano causando estragos, y eliminarlas cuesta millones de dólares y una gran inversión en tiempo.Además, la mayor parte de la población está en la edad joven, y se calcula que más de un tercio accederá al mundo laboral en la próxima década. Es lo que sucede con países en los que la selección de sus habitantes se ha realizado de manera artificial, horrible eufemismo que habla del aniquilamiento. Ancianos, mujeres, niños de hasta 6 años, todos fueron parte de los terribles campos de exterminio de los Jemeres Rojos, la secta comunista más sangrienta de la historia (las versiones asiáticas del comunismo han sido extremadamente eficientes).Lo más difícil, sin duda, es la reconciliación nacional, debido a los fuertes rencores que se han ocasionado entre los habitantes del pequeño país, y la recuperación económica con un índice de paro galopante y tantos jóvenes esperando para entrar en un mercado laboral que no será capaz de recibirlos.Con estos mimbres aparece esta preciosa exposición en el Caixaforum de Madrid, que cerrará el próximo 31 de octubre, con lo cual aún estás a tiempo de ir a verla. Se trata de una bella colección de fotos de Gervasio Sánchez y un espléndido vídeo de Oriol Gispert, que, lo digo sin estar seguro, creo que también se hace cargo de toda la información escrita que aparece en la exposición. Es muy interesante, las imágenes son hermosísimas, hacen mucho énfasis en la labor de los voluntarios y misioneros, con Kike Figaredo a la cabeza, pero pierde un poco de objetividad al intentar hablar sólo de los horrores del pasado con respecto a la esperanza del futuro, pero sin fijarse en que esa esperanza, que existe, está plagada de peligros, como los que yo expuse antes. Por ejemplo, dan un gran valor a la juventud de la población, pero esa juventud es un arma de doble filo, porque como advierten otros, no va a haber posibilidad alguna de dar trabajo a todas esas personas. Además, pasa de puntillas por el enorme poder de las grandes familias y las escasas posibilidades de los más desfavorecidos. En general, el vídeo, pieza clave de la exposición, es más realista y claro que el resto, y pone más los puntos sobre las íes.Sin embargo, yo iría a verla, no se tarda más de media hora en contemplarlo todo, y es necesario que veamos lo que ha pasado en ese pequeño rincón del mundo, y nos enfrentemos con horror a la maldad de un régimen absolutamente maligno, y de las atrocidades que esos regímenes de iluminados pueden llegar a hacer. El mismo comunismo que asoló parte de Asia, que asoló Vietnam, la antigua Unión Soviética, o que asola la tan simpática, para algunos, Cuba castrista, o la China post Mao. Estados Unidos, Nixon a la cabeza, tuvo mucho que ver en esto, pero no sólo eso, no voy a caer en el peripatético antiamericanismo. Lo cierto es que, ahora, estoy convencido de que el comunismo es la mayor lacra del siglo XX, incluso algo mayor que la segunda, el fascismo, su primo hermano.

Henry Matisse en Madrid

A causa del mes tan absurdamente liado que he tenido, no he podido comentarte la maravillosa exposición que el Museo Thyssen-Bornemisza dedicó a Henry Matisse durante todo el largo y cálido verano. Desgraciadamente, cerró el 20 de septiembre, con lo cual llego tan tarde que no puedo animarte a ir a verla. Apenas diré unas ideas, porque reseñar una exposición que ya no está es trampa.Sin embargo merece un comentario. Henry Matisse es uno de los más grandes pintores del siglo XX, constante como pocos, y un exponente claro de figura artística relevante. La exposición se dedica fundamentalmente a su larguísima segunda etapa, entre 1917 y 1941, periodo convulso para el artífice en el que estableció las pautas de su lenguaje, dialogó con otros estilos y decidió cuál sería su camino, y se hundió varias veces en crisis creativas de las que salió reforzado.Matisse se esforzó por entender la pintura desde el punto de vista del espectador, lo que se denominó pintura de intimidad, regresando para ello a conceptos como volumen o espacio, que había abandonado en toda su primera época, y que además eran desdeñados por una buena parte de la pintura de su época. Henry Matisse se mantuvo siempre al margen, conocedor de lo que lo rodeaba, pero dispuesto a una fuerte singularidad que, sin embargo, lo relacionaba activamente con la tradición, encarnada esta por una cadena que terminaba en Cezanne y al que se anudó el resto de su vida (no obstante guardaba algunos de los cuadros del maestro en su casa, que una vez estudiados hasta la saciedad cedió a un museo, y que pudimos ver en esta exposición).Lo que más costaba entender en la muestra era donde quería llegar Matisse, era una de las frases que más repetíamos mi acompañante y yo, pues Matisse se desdibujaba, daba saltos, parecía un eterno investigador, y era difícil encontrar esa línea de comunicación que forma un discurso estético. Pero poco a poco, ayudados por las cartelas y las explicaciones, fuimos dando con ese discurso, y finalmente Matisse nos cautivó. La obsesión por mostrar, por la forma, porque el espectador entendiera y captara las ideas más allá de la forma, por expresar el máximo de contenido con el mínimo de líneas, bosquejar apenas aquello que sin embargo es clave en el cuadro, detener el tiempo, congelándolo en una realidad puntual para desde ahí abarcar un universo general... Las claves y las ideas principales se iban desgranando, y Matisse se abría a nuestros ojos como uno de los pintores claves del siglo, con un intenso discurso pictórico, eminentemente estético, poco interesado en elementos sociales u oníricos, lo que le valió el rechazo de sus contemporáneos y el desdén de la otra cara de la moneda, Picasso; dos pintores que sin embargo nunca pudieron desasirse el uno del otro.Me gustó especialmente su Odalisca de pie con brasero, una revisión de un evidente tema clásico encarnado por Ingres, por su claridad, su sencillez compositiva y su sensualidad, alejado totalmente del relamido neoclasicismo francés. También el peculiar uso de la luz y el juego de manchas con el que las más veces se conforma el conjunto. Sin duda, Matisse es uno de los grandes pintores a descubrir, y a recrear, si aún no lo has hecho. Es probable que esta exposición se repita en algún sitio, harás bien en ir a verla si tienes la ocasión.

sábado, 3 de octubre de 2009

Henry James: La maestría de los clásicos

O nos pasamos el día leyendo las más rabiosas novedades, y olvidamos así a autores de siempre que nos hacen falta, o hacemos lo contrario, y se nos escapa la actualidad literaria. Hablo en primera persona del plural, pero en realidad es una reflexión en voz alta que me hago a mí mismo.Henry James era una de mis asignaturas pendientes, y por suerte este verano la he aprobado, y con nota. De Nothomb a James, sólo algunas incursiones en otros escritores, pocas, y al final mucha satisfacción. No voy a haceros ahora una biografía ni un estudio de Henry James, porque para eso hay miles de páginas en internet o en enciclopedias, y en todo caso lo único que haría serían corta y pegas. Pero sí quiero reseñar el placer que varios libros de Henry James me han causado en estos meses de verano. Ya he hablado de alguno de ellos, voy ahora con el resto. Como decía, salvo algún cuento suelto en antologías literarias, no me había enfrentado nunca a Henry James, y eso a año y poco de cumplir cuarenta, como diríamos hoy en día, ya me vale. Así que este verano, y del tirón, me hice con algunos de sus libros, otro me lo recomendó Quino, y me puse más o menos al día. Y digo más o menos porque James es tan prolífico que parece imposible abarcarlo todo.El primero, tras los cuentos fantásticos que ya reseñé en este blog, fue Otra vuelta de tuerca, un clásico en toda la extensión de la palabra que llevaba años queriendo devorar. No sólo conocía la película protagonizada por Deborah Kerr en los cincuenta, que lleva por título Suspense, y que está basada en este libro, sino también alguna otra versión, como otra española, en la que el personaje de la institutriz se convierte en un preceptor, Pedro María Sánchez, y la relación entre este y el niño protagonista contiene tintes evidentemente homosexuales. No es el caso de la novela de James. ¿Qué fue lo que más me sorprendió? En primer lugar, lo corta que es, y lo poco, o lo casi nada, que Henry James se ocupa de grandes descripciones. Bien al contrario, las escenas más tensas se desarrollan en pocas páginas, apenas se presentan y se dibujan, pero la atmósfera, puesta en boca de la protagonista, está tan claramente definida, y las sensaciones que pasan por la cabeza del personaje son tan claras, que el ambiente turbio y mágico que el escritor recrea queda perfectamente claro al lector. Tortuosa a veces, impactante, siempre con el alma en vilo, nos encontramos con la sensación contínua de qué va a pasar ahora. Henry James es uno de los mejores hacedores de atmósferas que yo he tenido el placer de leer, y con una cortedad de medios expresivos consigue más que cualquier otro embebido en largas descripciones. También me sorprendió el final: la institutriz sin duda queda malparada, una niña huye de su lado, el niño protagonista tiene un momento trágico, y todo queda ahí, flotando, dejándonos claro qué es lo importante del asunto. De la institutriz ya sabemos que tuvo una vida serena y murió anciana, así que el bache que supone la historia de este libro afectó a su vida profesional en un grado más o menos controlable, pero lo importante estaba en su honda impresión emocional.El mundo del más allá, el mundo del más acá, mezclados en una historia de momentos extaviados y de situaciones extravagantes: dos niños abandonados al mundo por un padrino que decide hacerse cargo de ellos pero no dedicarles nada más que dinero, exiliándolos al olvido porque no desea tener mayor contacto con ellos que le separe de sus obligaciones. Dos mujeres diferentes en clase, edad, condición, que se ven hermanadas rápidamente en el horror y una situación que las sobrepasa. Dos niños inquietantes, querubines y acaso demonios, y un largo paseo de fantasmas de pasado violento. En algunos momentos venía a mi memoria Cumbres borrascosas, de Emily Brönte, porque había elementos en las dos historias que se me antojaban paralelos. Y esa angustia, no liberada, esa historia que mezcla inocencia con mal, seres ocultos y perversos con la candidez de la infancia, va atrapándonos y nos vemos envueltos en sus oníricos pasajes. ¿Queremos ver algo más? Sin duda lo hay, y la rígida moral, las formas, de la sociedad victoriana, una inamovible realidad en medio de los cambios propios del final del siglo XIX, aparecen también ahí, dándonos un ejemplo de realidades pasadas. Henry James consigue, además, hacerse cronista de una época. El bien, el mal, la eterna dualidad del hombre, la corrupción de la inocencia, el paso a la vida adulta extorsionado por la oscuridad, la impotencia del hombre frente a los hechos supraterrenales, que siempre parecen vencer, el cuento de hadas de James llevado a una expresión tan suprema como no diletante.
Tras este repaso por una de sus grandes novelas, pasé a otra, más corta, de tema menos fantástico: la relación del creador con el arte. Se trata de La lección del maestro, al parecer considerada una de sus mejores novelas. Aquí la historia, y el paisaje, es diferente. Un joven escritor se encuentra con uno de los grandes autores de su tiempo, que además de ser el espejo en el que se mira es también un referente contínuo acerca de los logros sociales de la literatura. En un ambiente de clases elevadas, de círculos intelectuales, y de una Inglaterra exclusiva que ya no existe, ambos creadores comparten una inquietanto conversación, en la que el mayor reconoce estar agotado como creador y considerarse un farsante porque pese a lo que pueda parecer a sucumbido a lo mundano y abandonado la soledad, el egoismo, el sacerdocio que significa consagrar la vida a la literatura. El joven, sin negar ni afirmar porque es cierto que ha reconocido ese agotamiento en su admirado mentor, recibe entonces una serie de lecciones que pasan, entre otras cosas, por consagrarse al trabajo, olvidar las futilidades, y por supuesto renunciar al amor. Entre ellos hay una jovencita por la que ambos se sienten definitivamente atraídos, y que se convierte en la clave de todo el asunto. Finalmente, hondamente impresionado, el joven autor se marcha de Inglaterra y comienza un largo viaje tanto físico como espiritual, abominando de parte de su obra, estableciendo los cimientos de su carrera, y creándose a sí mismo. A su regreso, un cúmulo de situaciones que culmina en una situación que lo deja perplejo, da lugar a la verdadera lección del maestro, con su miseria y con su grandeza, y que anuda, además, las pasiones de lo real y lo cotidiano al discurso, ahora más gastado, del espíritu creativo. Estamos, por tanto, ante una novela que trata de ser un tratado acerca del compromiso del artista con el arte, que pone en guardia frente a los elementos que separen al autor de su sagrado camino, que pueden ser discutibles desde nuestro actual punto de vista, pero que fueron una realidad en el pensamiento de su época. Pero James no lo deja aquí: la divergencia entre el discurso intelectual del autor maduro y sus actos mundanos es tan grande, que con verdadera maestría presenta tesis y antítesis, y nos deja colgada una pregunta: ¿Debe el arte convertirse en un catalizador de normas de conducta para el artista, o todo eso no son más que majaderías? En una época tan marcada por los manifiestos artísticos y el fervor creativo, James no deja títere con cabeza. Sólo una cosa parece quedar clara: el individualismo y la libertad de acción deben de ser los únicos condicionantes en la labor del artista. Desde el punto de vista formal, lo mismo que en la anterior, y que parece ser el leit motiv de James: parquedad de recursos, rapidez narrativa, no extenderse más allá de lo meramente necesario. Pero eso sólo lo pueden hacer los buenos maestros.Los mismos recursos, salvo que en este caso narrada en primera persona como también lo está la primera novela reseñada, aparecen en La figura de la alfombra, que bien podría subtitularse retrato de una obsesión. Está editada por una pequeña editorial, Impedimenta, que hace un buen producto pero que aparece manchado por un error garrafal que yo no había visto antes: al final de uno de los capítulos, se repiten enteras dos páginas de un capítulo anterior, gazapo propio del corta y pega que debió ser subsanado previo a la impresión, y que un buen corrector habría tenido que detectar. Y si no se detecta, como tuvo que saltar sin duda alguna nada más ponerlo a la venta, una fe de erratas no hubiera venido mal. Pero no es más que un detalle. Esta vez, James vuelve a filosofar sobre el hecho artístico, en una obra a caballo entre el realismo y lo fantástico por algunos de sus detalles. Pero esta vez no es sólo el autor frente a lo creativo, con la quimera de un secreto especial detrás de la obra de un notable escritor que se niega a explicar a los demás, sino que más bien pone en solfa cuál debe de ser la relación entre el lector y aquello que lee. El famoso escritor anuncia a uno de sus críticos que nadie ha descubierto el secreto de su proceso creativo, lo que lo hace sentirse superior a todos los que se enfrentan a su obra, despreciando las opiniones de todos porque no han sido capaces de darse cuenta de la verdad. Comienzan entonces dos procesos: el receptor de la confidencia se debate entre la posibilidad de que esto sea verdad o una mera majadería del autor, pero un segundo intelectual, más imbuido de la necesidad de dotar al arte de un componente casi místico, se lanza a descubrir este secreto, que al final logra desvelar. Pero todos los que son partícipes de esa realidad terminan muriendo, y al final el secreto queda en manos de una mujer que no lo revelará jamás. Al final, el secreto carece de todo sentido, no es sino una anécdota que conforma la obsesión del primero de los críticos, y que lo corroe durante años sin obtener respuesta. No es importante descubrirlo, sólo es importante que parezca que existe, y que algunos son capaces de desvelarlo... ¿Es ese un resumen de una declaración de intenciones?¿Debe el espectador desvelar verdades ocultas y consagrar su proceso lector a encontrarlas?¿O una vez escrita la obra deja de pertenecer a quien la escribe y todas las lecturas que de ella puedan encontrarse son válidas? Me parece recordar a Buñuel cuando afirmó que le importaba poco que su obra fuera entendida, le bastaba con que el espectador sintiera algo, y pudiera afirmar, aún sin comprender, me gusta o no me gusta. Lo que está claro es que a James sí le preocupa el hecho intelectual de la creación desde todas sus vertientes, y esta novela, que mantiene la tensión del espectador, angustiado por ese secreto que nunca se revela, y un estilo narrativo directo y rápido, se ve envuelto en una discusión en la que debe tomar parte, y de la que James deja algunas pistas para poder seguir. Una obra sorprendente, y que yo no dejaría de recomendar a todo el que quiera enriquecer su visión hacerca de este gran escritor americano, sin duda uno de esos autores imprescindibles en cualquier biblioteca.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Seguimos con libros, y seguimos con Nothomb

Ahora que puedo hacer un alto en el camino de este espantoso mes (por el trabajo) de septiembre, voy a comentaros dos libros más de la belga Ameliè Nothomb que he podido leer. Como sigamos así Nothomb va a convertirse en una de las principales protagonistas de este blog. Pero vayamos de uno en uno.
La primera obra es una colección de cuatro cuentos para jóvenes (esta recomendada para un intervalo de edad entre 8 y 14 años) que se titula Brillante como una cacerola. El fabuloso estilo de Nothomb se pone a funcionar para darnos cuatro perlas, que como mínimo harán sonreir de satisfacción al lector. Cuentos que, siguiendo las formas y la estructura de los cuentos infantiles tradicionales, dan un giro, se tuercen, y terminan con una moraleja muy actual y defendible. Destaco especialmente el primero de ellos, dedicado a un príncipe que vive rodeado de belleza en el lugar más hermoso del mundo, y que desea casarse con una mujer fea. Las intrigas de un pintor corrupto, la accción reaccionaria de una corte que se resiste a dar el paso, y la inercia estúpida de las candidatas nos darán un final sorprendente que, tras un preludio algo violento, termina convirtiéndose en el triunfo del relativismo. Yo lo obligaría a leer en las escuelas. El segundo cuento que me enterneció cuenta el viaje de un gris hombre de mediana edad, en un tren, donde conoce a un portentoso personaje capaz de hablar cualquier idioma y adaptarse a cualquier circunstancia. Las ilustraciones en forma de grabado que realiza para esta edición Kikie Crêvecoeur acrecientan el placer de esta lectura.
La segunda, y espectacular, novela, se titula Las Catilinarias, y es, para mí, la mejor obra que hasta ahora he leído de Ameliè Nothomb, y sin duda la que refleja que es una estupenda escritora, una historia definitiva, clara, ingeniosa, satírica, imaginativa, y casi mágica. Una pareja de jubilados se retira a la casa de sus sueños en el interior del paisaje boscoso belga. Allí esperan vivir una existencia feliz y tranquila hasta el fin de sus días. Se conocen desde niños, se casaron jóvenes, han vivido siempre juntos, y viven para adorarse. Pero instalados en su paraíso terrenal, una visita diario y pertinaz de un vecino pelmazo, siempre de 4 a 6, y siempre casi sin mediar diálogo alguno, perturbará su intrascendente pero feliz retiro, y torturará al narrador (el marido) hasta límites insospechados. La pareja se enfrenta a su sentido de la educación, idean una y otra estrategias para quitarse al vecino de encima, tratarán de aburrirlo, de abrumarlo, de cansarlo, pero no les servirá para nada.

La historia es tan brillante, y tiene tantos matices y lecturas, toca tantos palos, que es de las que uno se inclina a pensar ¿Le ha salido así porque es una escritora brillante o es pura casualidad? En muy pocas páginas, apenas un cuento grande o una novela corta como queramos definirla y que es la línea general de la autora, surge una más que válida sátira no sólo sobre algunos de los principales valores de nuestra sociedad actual, sino que incluso va más allá, analizando las miserias del hombre moderno, y derribando incluso pilares que desde tiempo inmemorial se han convertido en básicos para la convivencia. Es su mejor obra, sin duda alguna, y los que conocen a Nothomb disfrutarán enormemente de ella. Los no iniciados, pedirán más. Eso sí, como en la línea comenzada con Cosmética del enemigo e Higiene del asesino, o como sucedía en Diario de Golondrina, personajes extremos, situaciones inexplicables, y muertes violentas surcan la historia. No os la pódéis perder.

viernes, 28 de agosto de 2009

Más de libros y más Nothomb: Diario de Golondrina

Tres ideas previas: La primera, empieza a molestarme que Amélie Nothomb salga retratada en las portadas de sus novelas, al menos en las ediciones españolas. Demasiado petulante, incluso para ella. La segunda: una novela es una novela cuando tiene una estructura. Estas 105 páginas, 100 en realidad, son un cuento, aunque Anagrama se empeñe en decir que no y en publicarlas con la letra más grande posible sin que parezca un libro infantil. La tercera: Todos sabemos que Nothomb tiene una gran cultura filosófica y literaria, o al menos a los que no la tenemos tan amplia, nos la cuela. Pero no hay que demostrarlo tanto ni tan reiteradamente, o se puede hacer de otras formas. No todos los personajes pueden mezclar a Rousseau con los presocráticos en una misma reflexión acerca de lo culinario. Un mensaka reconvertido en asesino, tampoco.
Dicho lo cual: gran entrega de Amélie Nothomb. Un joven, del que no conocemos su nombre pero que se autodenominará consecutivamente Urbano e Inocencio, decide tras un desengaño amoroso, deshacerse de toda su dimensión sentimental y emocional, que recupera poco a poco gracias a la música, primero, a los asesinatos, después, y al asumir finalmente el tremendo error de conocer íntimamente a una de sus ejecutadas, rompiendo una regla de oro de todo asesino a sueldo. La historia está servida. Trepidante y rápida, sin dejarte respirar ni un sólo momento, se enmarca esta obra en la serie de la masacre tan propia de Nothomb, donde la constante sórdida, la hemoglobina, los comportamientos psicopáticos, el amor y la muerte, la alienación, son el pan nuestro de cada día. Junto con Higiene del asesino y Cosmética del enemigo, plantea la realidad más oscura y denigrante del ser humano, aunque trate de vendérsenos como liberadora.

El problema aparece cuando el lector ávido de Nothomb no puede dejar de establecer vasos comunicantes entre esta serie narrativa y las novelas biográficas que la autora ha desarrollado: Metafísica de los tubos, Estupor y temblores, Sabotaje Amoroso, Ni de Eva ni de Adán... ¿Por qué lo digo? Porque este hombre, que cuenta su historia en primera persona, no acaba de parecer creíble y, sobre todo, no deja de recordarnos a alguien. Nó sólo porque a Nothomb le cuesta meterse en la piel de un hombre -está bien acompañada, hay muchos autores que resultan artificiosos al tratar de ahondar en la psique de un personaje de sexo contrario- sino porque a medida que avanzamos, las reflexiones, las referencias, las ideas, las citas, por muy extremas, por muy denostables que no parezcan, no dejan de esconder la realidad de que estamos leyendo a Amélie Nothomb tratando de disfrazarse de hombre, y además de asesino. Pero es ella. Cada página rebosa, evoca, supura y es Amélie Nothomb. Por mucho que lo intenta, oímos las ruedas girar, y la autora aparece por encima de todas las palabras. Y vuelve a aparecer en la segunda gran protagonista, Golondrina, de la que tampoco conocemos su nombre real y es así bautizada por su asesino. El diario de la jovencita de 18 años es lo que uno esperaría del diario íntimo de una adolescentemente madura -y entiéndase la ironía de esta expresión- y desapegada Amélie Nothomb. Un diario estilizado y magnética, construído con un fin epatante pese a su intimidad, una gran mentira autística.

Pero es un buen libro, que engancha y sacude, por su premura y su descorazonador final, por su paciente desequilibrio y su frontera psicopática. Los seguidores de Nothomb, y quien nunca la ha leído, se sentirán contentos, y disfrutarán con esta historia en el borde del abismo. Pero, aviso a navegantes, si Nothomb sigue por este camino, corre el riesgo de caer en la redundancia y cansarnos. Aunque en Diario de Golondrina se atisba una literatura que va a madurar, que renuncia a ciertos artificios, y que se desarrollará más plenamente en Ni de Eva ni de Adán. Espero con muchas ganas una nueva entrega de Amélie Nothomb, para ver si ese camino hacia la madurez como autora se convierte en una realidad, aunque sospecho que Nothomb tiene cientos de manuscritos en la carpeta que va sacando poco a poco, con lo cual es difícil establecer una cronología de los hechos. Mientras, como soy seguidor fiel, en la recámara tengo Ácido Sulfúrico y Diccionario de nombres propios.

jueves, 27 de agosto de 2009

Los mundos del Islam... Una fascinante exposición en el Caixaforum de Madrid

Sigue el Caixaforum de Madrid regalándonos magníficas exposiciones. En este caso, una que cierra en apenas dos semanas, el 6 de septiembre, titulada como esta entrada, Los mundos del islam. De trata de 180 obras que pronto estarán englobadas en el Aga Khan Museum de Toronto, y por supuesto forman parte de la colección privada del primero, gran mecenas de las artes y de la arquitectura. La muestra, a la que sólo puede criticársele cierta confusión para el espectador en cuanto a lo organizativo, ya que ha sido empleado un sistema que auna espacios geográficos y cronología, es de una gran belleza, dentro de un arte que siempre intentó llegar a lo sublime desde la sencillez de materiales, hilando hermosísimas formas geométricas rara vez acompañadas de alguna figuración; no obstante ésta está expresamente prohibida por el Corán. No soy yo, en absoluto, experto ni en Islam ni en su arte, pero la exposición me ha servido para corroborar la grandeza de una cultura que, de la mano de los extremismos, está ahora tan devaluada tanto en su concepción social, como ética, como intelectual.
Dejemos eso aparte, pues habría mucho que decir, y no soy yo un amante de la multiculturalidad ni de lo políticamente correcto, y no vamos a manchar estas impresiones con la subjetividad de un plantemiento ideológico que, no lo niego, en mi caso es muy Eurocentrista.
Resumir mil años de historia es difícil, y resumir tantos espacios geográficos, aún más. Pero lo exposición lo consigue. Desde un espectacular capitel del periodo Omeya de Al Andalus, que resumen en sí mismo lo que significa el concepto de compuesto, hasta dulcísimas y delicadas miniaturas y manuscritos como el del Hadit, proveniente de Irán, pasando por esmeradas filigranas, de una orfebrería imposible que sin bien yo no querría para mi casa es de una grandilocuencia y de una belleza en su complicación sugerente.
La muestra comienza en Al Andalus y el Magreb, para continuar por el Egipto Fatimí y la Anatolia Otomana. De ahí, sigue hacia Irán, con las dinastías safaví, zandí y qayarí, es decir, desde vidrios soplados de delicada factura hasta barbudos retratos de monarcas qayaríes. Todo termina en la India del Imperio Mogul, con una presencia de figuración y realismo que, nos explican las cartelas, proviene de la influencia europea. Una sala dedicada a las peregrinaciones, otra al Corán, culminán un recorrido que no deja indiferente: es un arte encargado de embellecer, de cultivar, de sublimar, y de conquistar. Hay muchos tipos de expresiones: desde hierro forjado a papel, pasando por cerámica, porcelana, de entre las que destacan las de influencia y factura china, así como telas, vigas, mensulas, puertas, arcos... No falta de nada, y permiten al espectador recuperar la elocuencia de un mundo tan cercano como lejano, y que convive con nosotros y acaso incluso nos atemoriza. Me gustó especialmente, y a mi acompañante también, un vaso y un plato blancos con una levísima decoración en negro, que me dicen que es Bauhaus y soy capaz de creérmelo. Inútil de mí, no anoté los datos identificativos, con lo cual no puedo ponerle nombre ni fecha, ni espacio.
Esta exposición paseará por España y por Europa en los próximos meses. No dejéis de verla, no habrá nada que no os guste. Se complementa, además, con un espléndido video dedicado a la arquitecura islámica.

miércoles, 26 de agosto de 2009

Sigo con los libros: Los amigos de los amigos y otros relatos de Henry James

Esta entrada también va por Quino, y para resolver el viejo equívoco (Henry James, Henry Miller) que tuvimos hace unos años y que con una carcajada recordará ¡Cuánto cunde el verano para leer! Páginas y páginas pasan delante de nosotros entre el asueto y la tranquilidad, reflejo mismo de lo que significan las vacaciones. Acabo de terminar este libro de Henry James, editado por Siruela, magnífica empresa de publicaciones que sigue pensando que la calidad es mejor que la cantidad. Empiezo por unas palabras del propio James: "Cuando queremos asombrarnos, no hay para ello terreno mejor que el de lo maravilloso (...) El ideal de este género de cosas, obviamente, es el cuento de hadas puro y simple, el caso que se ha purgado en el crisol de todas sus bêtises sin dejar de conservar toda su gracia. Puede parecer extraño que, yendo en busca de lo entretenido, se intente esquivar el escollo de lo disparatado arrimándose a lo 'sobrenatural'; pero lo que a éste le entretiene es, aun poniéndose en lo mejor (...) lo que a aquél otro le sume en la desolación; y yo confieso sin reparo que de siempre la 'historia de fantasmas', como conveniencia la llamamos, ha sido para mí la forma más posible del cuento de hadas".
Con esa carta de presentación, Henry James nos descubre la clave de mucho de lo que hizo en su literatura. Y de paso nos ayuda a acercarnos a estos fabulosos cuentos, en su día distinguidos y seleccionados por Jorge Luis Borges. El librillo, de apenas 165 páginas incluída la introducción y el epílogo, es una delicia. Consta de 3 cuentos que podemos denominar de fantásticos y un cuarto que, sin realmente serlo, no deja de tener la estructura, y acaso la formulación, de aquellos, sin mediar hecho sobrenatural alguno. James es el rey de las atmósferas, de la introspección, del estudio psicológico, de la burla sutil a un mundo que se viene abajo, y de los finales tan abiertos como perfectos, inexplicados, trascendentes y que, como un calderón en una partitura, alargan inexplicablemente el placer del lector, que podría, sin embargo, sentirse anonadado ante puntos finales tan poco concluyentes.
El primero de los cuentos, La vida privada, presenta a un grupo de VIPs, cuando los VIPs eran VIPs de verdad, juntos en un hospedaje estival en Los Alpes. Allí, un personaje desdoblado en dos yoes opuestos y complementarios, y un hombre que en realidad no es más que su mitad, centran las intenciones y los hechos vividos por los protagonistas, en la que no podemos dejar de ver un elemento satírico hacia aquellos hombres de mundo que se sostienen sobre la nada y un ligero tufillo a naftalina. Redunda la idea en el segundo, Owen Wingrave, nombre de un joven y valiente aspirante a la carrera militar que decide abandonar su destino por rechazo completo a la cultura, y la política, de la guerra. Sigue el fuerte rechazo que causa a su familia y a los de su clase, hasta convertir al que debería ser su principal oponente, su formador en la carrera militar, en el único de sus aliados ante la presión de su familia. Aparece una de las frases más ingenuamente geniales y disparatadas, pese a su lucidez, que yo he leído en tiempos, al poner James en boca del joven Wingrave la manera definitiva de acabar con las guerras: Eso es el problema de los que mandan, de los gobiernos y de los consejos de ministros. Ellos encontrarían una segunda alternativa [a las guerras] en cada caso particular, si se les diera a entender que de no encontrarla acabarían en la horca... y cortados en cuatro. Que lo hagan delito capital; íbamos a ver si no se les aguzaba el ingenio a los ministros. Sencillo y sensible, tímido incluso, clamor pacifista que venía precedido de otro, más vigoroso aún, que da al cuento un sentido aún superior al entretenimiento de las historias de fantasmas: [Wingrave] Habla de la 'misera insondable' de las guerras, y pregunta por qué las naciones no despedazan a los gobiernos, a los gobernantes que las sostienen. ¿Hay una manera más lúcida de lo que muchos han llamado alienación? La tercera historia, Los amigos de los amigos, es un canto a una historia de amor tan imposible como absurda, de dos seres que en la vida no lograron encontrarse, aún anhelando hacerlo, dos almas gemelas que no consiguen, hasta que uno de ellos cruza el umbral de la muerte, conocerse de verdad. La más poética, melancólica y hermosa de las tres historias fantásticas. Por último, el cuarto cuento, que sin bien no es de este género no desentona en absoluto presentado con los tres anteriores, se titula La humillación de Northmore, y en palabras de Borges es el mejor de los cuentos de James. Yo no llego a tanto, pues no conozco la totalidad de la obra de Henry James, pero es cierto que es de una suma brillantez. Una vez más, James quiere causar un leve escozor en el áspero mundo de la alta sociedad victoriana, animándose a mostrar algunas de sus mayores miserias. Una lenta y procelosa venganza que se dibuja, finalmente, ajena a los esfuerzos de su protagonista. Un excelente juego de contención y de inmediatez, una soberbia muestra de creación de las más perfectas imágenes y atmósferas, en un escaso puñado de páginas.
Un libro más que recomendable, y que nos recuerda que siempre hay tiempo para mirar atrás en la literatura, y no quedarnos sólo con lo inmediato ni lo reciente. Los clásicos nunca desesperan, ni desaniman, ni dejan mal sabor de boca. Sólo le voy a poner un pero: el epílogo, que revisa un texto escrito en su día por James para explicar su cariño al género fantástico, que por engorroso y a veces atildado deja un poco frío a quien lo lee. Obviable, desde mi punto de vista.

domingo, 9 de agosto de 2009

Más de libros: Ni de Eva ni de Adán de Amélie Nothomb

Otro libro que quiero reseñar, una buena novela, de la corriente o vertiente biográfica, de la belga Amélie Nothomb. Como dijo un crítico, en ella nadie quiere masacrar a nadie. Y así es. Una historia tierna, difícil, de contraposiciones entre oriente y occidente, la otra cara de la moneda de la fabulosa Estupor y Temblores: ahora conocemos cuál era la vida de Nothomb antes y durante su trabajo en la multinacional japonesa cuyo impacto le llevó a escribir aquella magnífica historia (hay que recordar que en Estupor y Temblores, la propia autora dice que tenía una vida muy satisfactoria al margen de la empresa, pero que no quería hablar de ella en esa obra, y se guardaba el secreto para más adelante). Aquí está: la joven belga regresa a Japón ávida de redescubrir y reencontrarse con el mundo de su infancia, con la tierra que tanto le apasiona, y allí vive un romance con Rinri, un joven y acaudalado japonés que la adora, y con el que, por una trampa del idioma unida al cansancio, está a punto de casarse (una anécdota, por cierto, que hará desternillarse de risa al lector). Escritora de la alienación, de lo diferente, del choque, Nothomb se nos muestra aquí con una fina ironía que nos hace reir en varias ocasiones, sin olvidar muchos de sus principios, pero más relajada y madura, capaz de expresar la totalidad de sus sentimientos, e incluso de hacernos comprender las vicisitudes del choque cultural entre dos modos de entender la vida tan diferentes. Analiza Nothomb lo que le rodea con certera visión, es capaz de mostrarnos realidades que de otros modos quedarían ocultas, muestra la grandeza del país del Sol Naciente con la misma mitomanía de otros antes que ella (Marguerite Yourcenar, por ejemplo) y sin embargo también es capaz de ponerlo todo a ras de tierra, de limpiar lo esencialmente estereotipado de la realidad. Adora Japón y los japoneses, y nos permite adorarlos, pero no pierde la objetividad de la investigadora ávida de otras culturas, e incluso nos permite reirnos de lo que nos parezca tonto o extraño sin sentirnos eurocentristas intolerantes. Ser capaz de hacernos entender eso, es importantísimo, y parte de su brillantez. Pero no se queda ahí. Amélie Nothomb, además, nos hace un recorrido por un mundo de sensaciones, de soledades, de interioridad, de íntima reflexión, de miedos, de silencios, de trampas, de acceso a la vida adulta, al fin y al cabo, que es universal. Una historia sensual, delicada, bella que bascula entre lo puntual o unidireccional -Japón, su cultura, su cotidianeidad, sus costumbres- hasta una cosmografía de la vida actual y las relaciones humanas en el cambio de siglo. La huída final, y su resolución, no deja de ser el cierre de un paréntesis en el que una persona que no es de ningún sitio acierta a ver, con lucidez, lo mejor y lo peor de todos los mundos. Los seguidores de Nothomb podemos estar contentos, es una pequeña gran obra, una joya, un paso adelante en una autora que empieza a buscar su sitio, no intenta epatarnos ni fascinarnos, y simplifica su narración consiguiendo incluso más resultados expresivos que en sus obras anteriores. No hay grandes imágenes ni enormes metáforas, todo es más comedido, y sin embargo el resultado se me antoja más perenne. Hay que leerlo. La cita, de este libro, es: Poco a poco, las llamadas de teléfono se espaciaron hasta cesar. Me ahorré este episodio, siniestro entre todos, bárbaro y falaz, llamado ruptura. Salvo en caso de crimen innoble, no entiendo que se rompa. Decirle a alguien que algo se ha terminado es feo y falso. Nunca se termina. Incluso cuando ya no piensas en alguien ¿cómo dudar de su presencia dentro de ti? Un ser que ha contado para ti, siempre cuenta.

De libros: Contra Natura de Álvaro Pombo

Me dice Quino que me deje de tanta música y de tanto cine y haga más reseñas de libros. A veces creo que mis amigos me tienen en demasiada estima intelectual, porque yo, que soy más bien burro, no doy para tanto. Pero allá vamos. Acabo de terminar de leer Contra Natura, de Álvaro Pombo, y es uno de los libros que más extrañeza me ha causado de cuántos he leído últimamente. Me han pasado varias cosas leyéndolo que me han resultado muy interesantes pos mis propias reacciones. El libro me planteaba un problema desde el principio, al que no pude sustraerme en ningún momento. Tengo miedo de ser demasiado prolijo, y trataré de ser todo lo breve que pueda. El problema es Álvaro Pombo. No pienso decir que no es un buen escritor ni nada parecido, es un intelectual poderoso y contundente, y ya quisiera yo tener siquiera un cuarto de sus conocimientos. Pero me resulta un problema porque no me gusta su manera de escribir. Para empezar, tengo dudas sobre su uso de la gramática y sintaxis castellana, que retuerce y estira hasta llegar a límites que, si bien siempre están dentro de la corrección lingüística, lo cierto es que hace engorrosa la lectura. Podría poner miles de ejemplo, pero hay uno que me causó especial impacto, la frase “¿En que ha, durante toda la tarde, Juanjo pensado bastante?”. Es una construcción correcta pero, a todas luces, recargada, pensada, un ejercicio de escritor, pero cuando un libro de 560 páginas es un continuo de este tipo de oraciones, que si andas despistado tienes que leer dos o tres veces, al final resulta tremendamente cansado. Pasa continuamente. El segundo problema que tengo con la narrativa de Pombo está en los diálogos, pues su intento de personalizar a cada personaje hace que al final, realmente, todos hablen igual, sea cual sea su momento, su lugar, su edad, todos terminan hablando un estilizado lenguaje que trata de imitar lo coloquial, a veces, pero no es coloquial, sólo una imitación. La planitud de las palabras de los distintos protagonistas me resulta exasperante a veces. De igual forma, el exceso de intelectualización de la mayor parte de las conversaciones, estilización de nuevo al fin, desapega al lector de lo que lee. Por cierto que el lector es invocado continuamente, costumbre esta que nunca me ha gustado en ningún literato. Por último, guiones, paréntesis, yuxtapuestas, coordinadas inmensas, subordinadas, todo en medio de un auténtico ejercicio de estilo, como en muchas ocasiones ocurre con García Márquez, pero lo que en el colombiano resulta sencillo, dulce, amable, en Pombo pone nervioso. No creo que en ese sentido tenga mucho más que argumentar. El otro problema, no narrativo, viene dado por el exceso de citas y referencias filosóficas. Eso hace de esta historia, que tendría un gran valor para los jóvenes, algo muy complicado, para auténticos iniciados o más allá. No puedo negar que a veces me perdía, entre citas, filósofos, escritores, ideas prestadas, referencias continuas a otros autores. El filósofo que es Pombo no puede evadirse de su propia intelectualidad. ¿Petulante? ¿Vanidosa? No lo sé, pero en momentos no deja de resultar pedante. En medio de una escena tensa que debe desarrollarse y tener aire y ritmo, un engorroso párrafo que mezcla a Sartre con los tomistas lo echa todo por tierra.
Por último, la historia es demasiado previsible, y eso deja a los personajes convertidos en estereotipos que todos conocemos, al menos todos los que desarrollamos sentimientos que se relacionan y expresan en la novela. Desde la página 30 sabía más o menos como iban a terminar 3 de los 4 personajes principales, y así acabó, y si no sabía cómo acabaría el 4º es porque no había aparecido aún. Y, suma y sigue, la aparición del personaje de Emilia, circunstancial, hacia el último tramo de la historia, abotarga más su lectura por esa manía de Pombo de presentar a todos y cada uno de los actores de la historia. Emilia podría haber sido más anónima, no necesitaba tantas explicaciones, y su labor en la historia habría sido la misma. En fin, que son 560 páginas que uno sospecha podrían haberse desarrollado en mucho menos, y Pombo ha perdido una oportunidad única que desarrollar su historia y su tesis de una manera más sencilla que la hubiera convertido en piedra de toque indispensable para muchas personas que, a causa de los problemas que antes he expresado, no podrán nunca leerlo.
Pero estos son los contras, sin embargo, el libro logró interesarme, sobre todo a partir de la página 250, y desde luego las doscientas últimas las leí del tirón sin poder parar. ¿Por qué? Porque pese a ser estereotipados, Javier Salazar, Paco Allende, Ramón Durán y Juanjo Gargancho eran cuatro hombres con existencia entrelazada cuyo destino realmente, al final me atrapaba. Poco importaba que la evolución de Juanjo fuera artificiosa e irreal, que el Salazar de las primeras páginas y el que luego se nos presenta no nos parezca el mismo, o que <Ramón Durán sea demasiado bonito para ser cierto (Allende, alter ego de Pombo, es el más real y tangible de todos los personajes). Me importaba saber qué pasaría y como recibiría cada personaje su ración de justicia divina y poética (tampoco puede Pombo sustraerse a su educación nacional católica, y los personajes al final merecen castigo o redención, pero nunca son perdonados).
Lo malo del caso, terminado el libro, es que realmente me ha afectado, porque me he visto retratado, en diferentes momentos, en cada uno de los personajes principales. El insidioso y horrible Salazar tiene comportamientos –puntuales, todo hay que decirlo- que yo he tenido en alguna ocasión, es decir, yo he sido así, en algunos momentos, aunque no soy así. También hay algo del hedonismo interesado de Juanjo en escenas o tapices de mi pasado, partes de Allende, sobre todo ahora que camino hacia la madurez, y en mis 20 años había un rastro de Ramón Durán –sin su físico rutilante. Son, por tanto, estereotipaciones en las que muchos de muchos podemos vernos retratados. Cuatro homosexuales, cuatros historias que se encadenan, un final esperado pero casi imposible, un retrato de varias generaciones o, quizás a Pombo se le ha pasado por alto, cuatro modos de comportarse que muchos llevamos dentro. No me agrada reconocerme en comportamientos de Salazar o de Juanjo, pero ahí estoy. Más amable es Allende, al que todos querríamos parecernos, pero es demasiado perfecto para ser real. Todo eso me enganchó al libro y me hizo esperar el final con ansia, y no creas que no me causó algunos problemas al verme sinceramente retratado –insisto en que parcialmente retratado- en algunos comportamientos. Por supuesto que es gratificante leer historias que hablan de tu propia sensibilidad, que cuentan cosas que has vivido, y que expresan tus propias emociones, es lo que las mayorías no suelen entender de las necesidades expresivas y comunicativas de las minorías.
Curioso el sentido del tiempo, si creemos en la simbología de las cosas, que no es mi caso. Tengo ese libro en mi mesa de noche hace meses, puede que un año, y nunca me animaba a leerlo. Para mi sorpresa, decido leerlo cuando me traslado a vivir a Madrid, y resulta que la mayor parte de la historia se sucede en mi Madrid: el distrito de Argüelles – Moncloa. Los personajes comparten mis paisajes diarios, toman mis autobuses y mis metros, se mueven por mi calle y por las adyacentes, disfrutan del Templo de Debod como yo disfruto, con la impronta del Palacio Real al fondo. ¿A que es curioso? Es un libro con epílogo explicativo. Desconfío de los libros con explicación, epílogo o prólogo, sobre todo cuando quieren decirme qué significa lo que he leído. No es el caso de Marguerite Yourcenar, que en sus epílogos explica las fuentes y los documentos con los que ha elaborado la historia o elementos culturales que debemos conocer. No, Pombo nos explica de qué va la historia, aunque lo sepamos, aunque no, y aunque encontremos otras lecturas. No me gusta, me parece tramposo, y me parece insultante para el lector.
¿Lo recomiendo? No lo sé, pero me gustaría que otros lo leyeran y compartir nuestros comentarios. ¿Me ha gustado? Aún no lo sé. Una cita que me gustó mucho: cualquiera puede sentir o pensar que ama a cualquier otro, con independencia de lo que más tarde la realidad confirme o desconfirme… ¡Cuántas veces me ha pasado!

lunes, 20 de julio de 2009

De cine: Vacaciones de ferragosto


He ido a ver esta deliciosa película italiana, dirigida y protagonizada por Gianni di Gregorio, que apenas dura una hora y cuarto, y ha recibido numerosos premios. El resumen, hasta donde se puede contar, es muy simple: un cuarentón acuciado por las deudas vive con su madre anciana, a la que cuida, y por la que no puede conseguir un trabajo estable. Cerca del 15 de agosto, en pleno ferragosto romano, el administrador de la comunidad de propietarios en la que vive, primero, y su médico, después, se ofrecen a pagarle y así cancelar parte de sus deudas si se queda unos días al cuidado de sus respectivas madres y de una señora más, la Zia Maria. A regañadientes, el protagonista accede, y el resto del film transcurre contando los conflictos que le surgen en esta guardería de ancianas improvisada.

Destaco de la película su sencillez, su dulzura, y su finísima ironía. Una película sin grandes pretensiones que sin embargo te atrae y logra convencerte y encantarte. Rodada en un estilo casi cercano al documental, con actores y actrices que quizás no lo sean pero parecen simples personas de la calle, tanto la cercanía de la historia que cuenta como los paisajes en los que transcurre son un verdadero placer para la vista. La recomiendo encarecidamente.


lunes, 22 de junio de 2009

Rigoletto en el Teatro Real... Irregular pero interesante.


Asistí a la representación del domingo 21 de “Rigoletto” en el Teatro Real de Madrid. No había leído una sola palabra sobre esta representación, si digna de leer, ni indigna, porque me apetecía enfrentarme a todo ello un poco “virgen”, sin prejuicios. Hoy me he atrevido a mirar no sólo las críticas especializadas, sino también he echado un vistazo por los foros, y me he encontrado cosas muy irregulares. Parece que no es un “Rigoletto” que pasará a la historia, en eso estoy de acuerdo, lo cierto es que parece que en general también ha habido enormes diferencias entre los diferentes días de representación.

Personalmente, la dirección de escena de Monique Wagemakers y la escenografía de Michael Levine, salvo algún elemento discutible, me gustó y me convenció, por su aparente sencillez, por su división en planos, e incluso por su frialdad, que contrastaba con el dramatismo de todo lo que sucedía a mi alrededor. Conmigo en el teatro varias personas que no habían ido jamás a una ópera, y todos salieron bastante contentos con la puesta en escena, quizás debería ser un elemento que muchos habrían de tener en cuenta antes de criticar, por criticar, cualquier cosa que huela a nuevo o cualquier escenografía que no pase por cumplir a la rajatabla lo que un señor de hace siglo y medio puso en un libreto. Al menos cuatro personas, no habituales de un teatro de ópera, disfrutaron con la función entre otras cosas gracias a la puesta en escena, y quizás se animen a regresar. Eso es mucho más que desempolvar a la abuela (la abuela es Maria Callas, of course). A mí, a estas alturas, nadie me convence de que las cosas, en el arte, como en cualquier otro aspecto de la vida, no evolucionan, y desde luego con un título como el que yo tengo colgado en la pared de mi casa, nadie me dice que incluso para la belleza hay cánones. Y como sé que los papanatas me leen ávidamente, pues ahí queda eso, pongamos más leña a la pira donde quieren quemarme, que ya me buscaré yo el traje ignífugo.
Una de las cosas que más agradecí de la escenografía es que su posición en planos las más veces superiores a la línea del escenario permitía que aquellos que teníamos entradas de baja visibilidad viéramos bien, parece mentira de las tonterías con las que se contenta uno en el Teatro Real. Me gustaron mucho los figurines, los colores escogidos, y en general el movimiento que se generaba sobre el escenario, con sus ritmos y sus cadencias. La presencia del coro durante toda la tortuosa escena final, como convidados de piedra de una conciencia colectiva que semejaba una asfixiante presión social, era inquietante en todo momento. Acechan desde la oscuridad, desde la tormenta, en la bruma, siempre acechan, parece querernos decir Wagemakers. ¿Quiénes? Cada uno tendrá su respuesta. Lo peor, como siempre, la orquesta. No tiene suerte esta formación, porque salvo raras ocasiones, siempre está bajo batutas que son o han devenido en mediocres. En este caso, Roberto Abbado, con tempi muy extraños y extravagantes, y un sentido del volumen a veces más que discutible. Ciertos desbarajustes en algunas escenas, y pocos, por no decir ninguno, momentos recordables. Roberto Abbado, no confundir nunca con Carlo, por favor, no supo mantener la tensión, y su dirección fue errática, estuvo perdida, y, sobre todo, actuaba más como el enemigo de los cantantes que como su apoyo. López Cobos ha tenido años para intentar solucionar esto, pero no ha querido ni ha tenido la más mínima intención. A ver si un nuevo director musical del Real logra obtener mejores resultados. Cuando la soldadesca no funciona, miren hacia los generales, suele ser el mejor lugar donde encontrar al culpable. Con batutas plúmbeas o gastadas, esto no se arregla. El Coro Intermezzo, traído para la ocasión, estuvo simplemente en la línea del oficio, sin más, mejor a veces, regularcillo otras, pero también le falto cierta garra, cierto mordiente, acobardados a veces con el enorme volumen orquestal y las alucinaciones de Roberto Abbado. No diré que estuvieron mal, porque no lo creo, pero desde luego para un resultado así no hacía falta traer un coro de fuera. Vale que el coro del Real no es ninguna maravilla, pero cuando prescindamos de su mediocridad, que sea para obtener un resultado más espectacular. Eso sí, escénicamente supieron estar a la altura, y ayudaron mucho a clarificar la acción.
De los cantantes… No fue una noche redonda, aunque tampoco fue lamentable. No todas las noches de ópera son espectaculares, ni todos los cantantes están siempre bien, pero tampoco fue una noche para la indignación. Ahora la moda es decir, por cierto, que el público aplaude inmerecidamente. Es una manera de decir “esta panda de borregos sabe tan poco con respecto a mis grandes conocimientos que aplauden por aplaudir porque no tienen ni idea”… ¿Cuándo aprenderá la contumacia papanatas que los demás tienen derecho a disfrutar, aplaudir, aceptar, valorar, y sobre todo apreciar o depreciar lo que les da la gana?

Yo braveé a Mariola Cantarelo, la Gilda de la noche, porque se llevó el gato al agua. ¿Con algunos trucos? Sí, con los que se sabe de su formación como belcantista (como sus ilustres abuelas, ni más ni menos). ¿A veces abusando de los filados? Bueno, el término no creo que sea abusar, pero sí regodearse en ello… Pues yo lo agradecí por la delicadeza que imprimía a su interpretación frente a la frialdad de Ciofi o la inadecuación de Mula, otras ilustres a las que he visto en el papel. Espléndida en su actuación, con una lectura muy intensa de un personaje tan pobre desde el punto de vista psicológico. Arrolló al Duca en su dúo de amor, el “Caro nome”, de una lentitud asfixiante, fue realmente bonito, y ella supo mantener el tempo tan exasperante que le imponía Roberto Abbado desde el foso. Brilló especialmente al final del segundo acto (un servidor exclamó “¡hostias!” al oír notas tan bien proyectadas y con tal caudal de potencia). Pero vamos a ver, ¿esto de qué va? De ir al teatro, disfrutar, y pasarlo bien, ¿no? Pues Cantarero lo consiguió. “Con qué poco os contentáis” dirá la contumacia papanatas. Pues sí, con una diferencia, yo salí contento. Mariola Cantarero, anoche, dibujó una grandísima Gilda, y puso toda su belleza vocal, su técnica, sus trucos, y su fraseo inmaculado, para que disfrutáramos. Es una gran profesional y una excelente cantante.
“Maddalena” es el otro gran personaje femenino de esta ópera, aquí interpretado por Nino [sic] Surguladze, mezzo georgiana, muy mona y con buena figura, pero como casi no le escuchábamos nada, pues vocalmente poco se puede hablar de ella, muy floja para un personaje de cierto peso dentro de esta ópera, que tiene que participar en el magnífico cuarteto “Bella figlia del’amore”. Ahí supo solucionar el asunto con oficio, poco más.
Esperaba mucho más de Josep Bros como Duque de Mantua. Demasiado contenido al comienzo, muy irregular en su dúo con Cantarero, una “La Dona è mobile” perfectamente olvidable… Mejoró hacia el final, pero un tenor con su belleza vocal debería escoger mejor sus roles, y yo francamente creo que el Duca no acaba de perfilarlo.

Acabaré con Roberto Frontali, en el rol de Rigoletto, diciendo que su momento culminante, “Cortiggiani, vil razza…” fue absolutamente decepcionante, y su interpretación extremadamente irregular, por momentos fría, y no logró convencerme siquiera en el final. Muy comedido dramáticamente, prefiriendo uno cantantes que vivan más el personaje y lo doten de un mayor contenido, en lo vocal tampoco estuvo especialmente fino, porque aunque las posibilidades estaban ahí, muchas veces la partitura, y acaso la orquesta, parecían tenerlo acobardado. Pese a todo, se pudo disfrutar de este Rigoletto, puesto que pese a los errores y lo francamente mejorable, es una obra maravillosa que logra reponerse, incluso, a los desastres más absolutos. Yo la recomendaría, aunque no pasará a los anales del Real, que este año, con Verdi, ganó sólo con “Un Baile de Máscaras”.