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viernes, 28 de agosto de 2009

Más de libros y más Nothomb: Diario de Golondrina

Tres ideas previas: La primera, empieza a molestarme que Amélie Nothomb salga retratada en las portadas de sus novelas, al menos en las ediciones españolas. Demasiado petulante, incluso para ella. La segunda: una novela es una novela cuando tiene una estructura. Estas 105 páginas, 100 en realidad, son un cuento, aunque Anagrama se empeñe en decir que no y en publicarlas con la letra más grande posible sin que parezca un libro infantil. La tercera: Todos sabemos que Nothomb tiene una gran cultura filosófica y literaria, o al menos a los que no la tenemos tan amplia, nos la cuela. Pero no hay que demostrarlo tanto ni tan reiteradamente, o se puede hacer de otras formas. No todos los personajes pueden mezclar a Rousseau con los presocráticos en una misma reflexión acerca de lo culinario. Un mensaka reconvertido en asesino, tampoco.
Dicho lo cual: gran entrega de Amélie Nothomb. Un joven, del que no conocemos su nombre pero que se autodenominará consecutivamente Urbano e Inocencio, decide tras un desengaño amoroso, deshacerse de toda su dimensión sentimental y emocional, que recupera poco a poco gracias a la música, primero, a los asesinatos, después, y al asumir finalmente el tremendo error de conocer íntimamente a una de sus ejecutadas, rompiendo una regla de oro de todo asesino a sueldo. La historia está servida. Trepidante y rápida, sin dejarte respirar ni un sólo momento, se enmarca esta obra en la serie de la masacre tan propia de Nothomb, donde la constante sórdida, la hemoglobina, los comportamientos psicopáticos, el amor y la muerte, la alienación, son el pan nuestro de cada día. Junto con Higiene del asesino y Cosmética del enemigo, plantea la realidad más oscura y denigrante del ser humano, aunque trate de vendérsenos como liberadora.

El problema aparece cuando el lector ávido de Nothomb no puede dejar de establecer vasos comunicantes entre esta serie narrativa y las novelas biográficas que la autora ha desarrollado: Metafísica de los tubos, Estupor y temblores, Sabotaje Amoroso, Ni de Eva ni de Adán... ¿Por qué lo digo? Porque este hombre, que cuenta su historia en primera persona, no acaba de parecer creíble y, sobre todo, no deja de recordarnos a alguien. Nó sólo porque a Nothomb le cuesta meterse en la piel de un hombre -está bien acompañada, hay muchos autores que resultan artificiosos al tratar de ahondar en la psique de un personaje de sexo contrario- sino porque a medida que avanzamos, las reflexiones, las referencias, las ideas, las citas, por muy extremas, por muy denostables que no parezcan, no dejan de esconder la realidad de que estamos leyendo a Amélie Nothomb tratando de disfrazarse de hombre, y además de asesino. Pero es ella. Cada página rebosa, evoca, supura y es Amélie Nothomb. Por mucho que lo intenta, oímos las ruedas girar, y la autora aparece por encima de todas las palabras. Y vuelve a aparecer en la segunda gran protagonista, Golondrina, de la que tampoco conocemos su nombre real y es así bautizada por su asesino. El diario de la jovencita de 18 años es lo que uno esperaría del diario íntimo de una adolescentemente madura -y entiéndase la ironía de esta expresión- y desapegada Amélie Nothomb. Un diario estilizado y magnética, construído con un fin epatante pese a su intimidad, una gran mentira autística.

Pero es un buen libro, que engancha y sacude, por su premura y su descorazonador final, por su paciente desequilibrio y su frontera psicopática. Los seguidores de Nothomb, y quien nunca la ha leído, se sentirán contentos, y disfrutarán con esta historia en el borde del abismo. Pero, aviso a navegantes, si Nothomb sigue por este camino, corre el riesgo de caer en la redundancia y cansarnos. Aunque en Diario de Golondrina se atisba una literatura que va a madurar, que renuncia a ciertos artificios, y que se desarrollará más plenamente en Ni de Eva ni de Adán. Espero con muchas ganas una nueva entrega de Amélie Nothomb, para ver si ese camino hacia la madurez como autora se convierte en una realidad, aunque sospecho que Nothomb tiene cientos de manuscritos en la carpeta que va sacando poco a poco, con lo cual es difícil establecer una cronología de los hechos. Mientras, como soy seguidor fiel, en la recámara tengo Ácido Sulfúrico y Diccionario de nombres propios.

jueves, 27 de agosto de 2009

Los mundos del Islam... Una fascinante exposición en el Caixaforum de Madrid

Sigue el Caixaforum de Madrid regalándonos magníficas exposiciones. En este caso, una que cierra en apenas dos semanas, el 6 de septiembre, titulada como esta entrada, Los mundos del islam. De trata de 180 obras que pronto estarán englobadas en el Aga Khan Museum de Toronto, y por supuesto forman parte de la colección privada del primero, gran mecenas de las artes y de la arquitectura. La muestra, a la que sólo puede criticársele cierta confusión para el espectador en cuanto a lo organizativo, ya que ha sido empleado un sistema que auna espacios geográficos y cronología, es de una gran belleza, dentro de un arte que siempre intentó llegar a lo sublime desde la sencillez de materiales, hilando hermosísimas formas geométricas rara vez acompañadas de alguna figuración; no obstante ésta está expresamente prohibida por el Corán. No soy yo, en absoluto, experto ni en Islam ni en su arte, pero la exposición me ha servido para corroborar la grandeza de una cultura que, de la mano de los extremismos, está ahora tan devaluada tanto en su concepción social, como ética, como intelectual.
Dejemos eso aparte, pues habría mucho que decir, y no soy yo un amante de la multiculturalidad ni de lo políticamente correcto, y no vamos a manchar estas impresiones con la subjetividad de un plantemiento ideológico que, no lo niego, en mi caso es muy Eurocentrista.
Resumir mil años de historia es difícil, y resumir tantos espacios geográficos, aún más. Pero lo exposición lo consigue. Desde un espectacular capitel del periodo Omeya de Al Andalus, que resumen en sí mismo lo que significa el concepto de compuesto, hasta dulcísimas y delicadas miniaturas y manuscritos como el del Hadit, proveniente de Irán, pasando por esmeradas filigranas, de una orfebrería imposible que sin bien yo no querría para mi casa es de una grandilocuencia y de una belleza en su complicación sugerente.
La muestra comienza en Al Andalus y el Magreb, para continuar por el Egipto Fatimí y la Anatolia Otomana. De ahí, sigue hacia Irán, con las dinastías safaví, zandí y qayarí, es decir, desde vidrios soplados de delicada factura hasta barbudos retratos de monarcas qayaríes. Todo termina en la India del Imperio Mogul, con una presencia de figuración y realismo que, nos explican las cartelas, proviene de la influencia europea. Una sala dedicada a las peregrinaciones, otra al Corán, culminán un recorrido que no deja indiferente: es un arte encargado de embellecer, de cultivar, de sublimar, y de conquistar. Hay muchos tipos de expresiones: desde hierro forjado a papel, pasando por cerámica, porcelana, de entre las que destacan las de influencia y factura china, así como telas, vigas, mensulas, puertas, arcos... No falta de nada, y permiten al espectador recuperar la elocuencia de un mundo tan cercano como lejano, y que convive con nosotros y acaso incluso nos atemoriza. Me gustó especialmente, y a mi acompañante también, un vaso y un plato blancos con una levísima decoración en negro, que me dicen que es Bauhaus y soy capaz de creérmelo. Inútil de mí, no anoté los datos identificativos, con lo cual no puedo ponerle nombre ni fecha, ni espacio.
Esta exposición paseará por España y por Europa en los próximos meses. No dejéis de verla, no habrá nada que no os guste. Se complementa, además, con un espléndido video dedicado a la arquitecura islámica.

miércoles, 26 de agosto de 2009

Sigo con los libros: Los amigos de los amigos y otros relatos de Henry James

Esta entrada también va por Quino, y para resolver el viejo equívoco (Henry James, Henry Miller) que tuvimos hace unos años y que con una carcajada recordará ¡Cuánto cunde el verano para leer! Páginas y páginas pasan delante de nosotros entre el asueto y la tranquilidad, reflejo mismo de lo que significan las vacaciones. Acabo de terminar este libro de Henry James, editado por Siruela, magnífica empresa de publicaciones que sigue pensando que la calidad es mejor que la cantidad. Empiezo por unas palabras del propio James: "Cuando queremos asombrarnos, no hay para ello terreno mejor que el de lo maravilloso (...) El ideal de este género de cosas, obviamente, es el cuento de hadas puro y simple, el caso que se ha purgado en el crisol de todas sus bêtises sin dejar de conservar toda su gracia. Puede parecer extraño que, yendo en busca de lo entretenido, se intente esquivar el escollo de lo disparatado arrimándose a lo 'sobrenatural'; pero lo que a éste le entretiene es, aun poniéndose en lo mejor (...) lo que a aquél otro le sume en la desolación; y yo confieso sin reparo que de siempre la 'historia de fantasmas', como conveniencia la llamamos, ha sido para mí la forma más posible del cuento de hadas".
Con esa carta de presentación, Henry James nos descubre la clave de mucho de lo que hizo en su literatura. Y de paso nos ayuda a acercarnos a estos fabulosos cuentos, en su día distinguidos y seleccionados por Jorge Luis Borges. El librillo, de apenas 165 páginas incluída la introducción y el epílogo, es una delicia. Consta de 3 cuentos que podemos denominar de fantásticos y un cuarto que, sin realmente serlo, no deja de tener la estructura, y acaso la formulación, de aquellos, sin mediar hecho sobrenatural alguno. James es el rey de las atmósferas, de la introspección, del estudio psicológico, de la burla sutil a un mundo que se viene abajo, y de los finales tan abiertos como perfectos, inexplicados, trascendentes y que, como un calderón en una partitura, alargan inexplicablemente el placer del lector, que podría, sin embargo, sentirse anonadado ante puntos finales tan poco concluyentes.
El primero de los cuentos, La vida privada, presenta a un grupo de VIPs, cuando los VIPs eran VIPs de verdad, juntos en un hospedaje estival en Los Alpes. Allí, un personaje desdoblado en dos yoes opuestos y complementarios, y un hombre que en realidad no es más que su mitad, centran las intenciones y los hechos vividos por los protagonistas, en la que no podemos dejar de ver un elemento satírico hacia aquellos hombres de mundo que se sostienen sobre la nada y un ligero tufillo a naftalina. Redunda la idea en el segundo, Owen Wingrave, nombre de un joven y valiente aspirante a la carrera militar que decide abandonar su destino por rechazo completo a la cultura, y la política, de la guerra. Sigue el fuerte rechazo que causa a su familia y a los de su clase, hasta convertir al que debería ser su principal oponente, su formador en la carrera militar, en el único de sus aliados ante la presión de su familia. Aparece una de las frases más ingenuamente geniales y disparatadas, pese a su lucidez, que yo he leído en tiempos, al poner James en boca del joven Wingrave la manera definitiva de acabar con las guerras: Eso es el problema de los que mandan, de los gobiernos y de los consejos de ministros. Ellos encontrarían una segunda alternativa [a las guerras] en cada caso particular, si se les diera a entender que de no encontrarla acabarían en la horca... y cortados en cuatro. Que lo hagan delito capital; íbamos a ver si no se les aguzaba el ingenio a los ministros. Sencillo y sensible, tímido incluso, clamor pacifista que venía precedido de otro, más vigoroso aún, que da al cuento un sentido aún superior al entretenimiento de las historias de fantasmas: [Wingrave] Habla de la 'misera insondable' de las guerras, y pregunta por qué las naciones no despedazan a los gobiernos, a los gobernantes que las sostienen. ¿Hay una manera más lúcida de lo que muchos han llamado alienación? La tercera historia, Los amigos de los amigos, es un canto a una historia de amor tan imposible como absurda, de dos seres que en la vida no lograron encontrarse, aún anhelando hacerlo, dos almas gemelas que no consiguen, hasta que uno de ellos cruza el umbral de la muerte, conocerse de verdad. La más poética, melancólica y hermosa de las tres historias fantásticas. Por último, el cuarto cuento, que sin bien no es de este género no desentona en absoluto presentado con los tres anteriores, se titula La humillación de Northmore, y en palabras de Borges es el mejor de los cuentos de James. Yo no llego a tanto, pues no conozco la totalidad de la obra de Henry James, pero es cierto que es de una suma brillantez. Una vez más, James quiere causar un leve escozor en el áspero mundo de la alta sociedad victoriana, animándose a mostrar algunas de sus mayores miserias. Una lenta y procelosa venganza que se dibuja, finalmente, ajena a los esfuerzos de su protagonista. Un excelente juego de contención y de inmediatez, una soberbia muestra de creación de las más perfectas imágenes y atmósferas, en un escaso puñado de páginas.
Un libro más que recomendable, y que nos recuerda que siempre hay tiempo para mirar atrás en la literatura, y no quedarnos sólo con lo inmediato ni lo reciente. Los clásicos nunca desesperan, ni desaniman, ni dejan mal sabor de boca. Sólo le voy a poner un pero: el epílogo, que revisa un texto escrito en su día por James para explicar su cariño al género fantástico, que por engorroso y a veces atildado deja un poco frío a quien lo lee. Obviable, desde mi punto de vista.

domingo, 9 de agosto de 2009

Más de libros: Ni de Eva ni de Adán de Amélie Nothomb

Otro libro que quiero reseñar, una buena novela, de la corriente o vertiente biográfica, de la belga Amélie Nothomb. Como dijo un crítico, en ella nadie quiere masacrar a nadie. Y así es. Una historia tierna, difícil, de contraposiciones entre oriente y occidente, la otra cara de la moneda de la fabulosa Estupor y Temblores: ahora conocemos cuál era la vida de Nothomb antes y durante su trabajo en la multinacional japonesa cuyo impacto le llevó a escribir aquella magnífica historia (hay que recordar que en Estupor y Temblores, la propia autora dice que tenía una vida muy satisfactoria al margen de la empresa, pero que no quería hablar de ella en esa obra, y se guardaba el secreto para más adelante). Aquí está: la joven belga regresa a Japón ávida de redescubrir y reencontrarse con el mundo de su infancia, con la tierra que tanto le apasiona, y allí vive un romance con Rinri, un joven y acaudalado japonés que la adora, y con el que, por una trampa del idioma unida al cansancio, está a punto de casarse (una anécdota, por cierto, que hará desternillarse de risa al lector). Escritora de la alienación, de lo diferente, del choque, Nothomb se nos muestra aquí con una fina ironía que nos hace reir en varias ocasiones, sin olvidar muchos de sus principios, pero más relajada y madura, capaz de expresar la totalidad de sus sentimientos, e incluso de hacernos comprender las vicisitudes del choque cultural entre dos modos de entender la vida tan diferentes. Analiza Nothomb lo que le rodea con certera visión, es capaz de mostrarnos realidades que de otros modos quedarían ocultas, muestra la grandeza del país del Sol Naciente con la misma mitomanía de otros antes que ella (Marguerite Yourcenar, por ejemplo) y sin embargo también es capaz de ponerlo todo a ras de tierra, de limpiar lo esencialmente estereotipado de la realidad. Adora Japón y los japoneses, y nos permite adorarlos, pero no pierde la objetividad de la investigadora ávida de otras culturas, e incluso nos permite reirnos de lo que nos parezca tonto o extraño sin sentirnos eurocentristas intolerantes. Ser capaz de hacernos entender eso, es importantísimo, y parte de su brillantez. Pero no se queda ahí. Amélie Nothomb, además, nos hace un recorrido por un mundo de sensaciones, de soledades, de interioridad, de íntima reflexión, de miedos, de silencios, de trampas, de acceso a la vida adulta, al fin y al cabo, que es universal. Una historia sensual, delicada, bella que bascula entre lo puntual o unidireccional -Japón, su cultura, su cotidianeidad, sus costumbres- hasta una cosmografía de la vida actual y las relaciones humanas en el cambio de siglo. La huída final, y su resolución, no deja de ser el cierre de un paréntesis en el que una persona que no es de ningún sitio acierta a ver, con lucidez, lo mejor y lo peor de todos los mundos. Los seguidores de Nothomb podemos estar contentos, es una pequeña gran obra, una joya, un paso adelante en una autora que empieza a buscar su sitio, no intenta epatarnos ni fascinarnos, y simplifica su narración consiguiendo incluso más resultados expresivos que en sus obras anteriores. No hay grandes imágenes ni enormes metáforas, todo es más comedido, y sin embargo el resultado se me antoja más perenne. Hay que leerlo. La cita, de este libro, es: Poco a poco, las llamadas de teléfono se espaciaron hasta cesar. Me ahorré este episodio, siniestro entre todos, bárbaro y falaz, llamado ruptura. Salvo en caso de crimen innoble, no entiendo que se rompa. Decirle a alguien que algo se ha terminado es feo y falso. Nunca se termina. Incluso cuando ya no piensas en alguien ¿cómo dudar de su presencia dentro de ti? Un ser que ha contado para ti, siempre cuenta.

De libros: Contra Natura de Álvaro Pombo

Me dice Quino que me deje de tanta música y de tanto cine y haga más reseñas de libros. A veces creo que mis amigos me tienen en demasiada estima intelectual, porque yo, que soy más bien burro, no doy para tanto. Pero allá vamos. Acabo de terminar de leer Contra Natura, de Álvaro Pombo, y es uno de los libros que más extrañeza me ha causado de cuántos he leído últimamente. Me han pasado varias cosas leyéndolo que me han resultado muy interesantes pos mis propias reacciones. El libro me planteaba un problema desde el principio, al que no pude sustraerme en ningún momento. Tengo miedo de ser demasiado prolijo, y trataré de ser todo lo breve que pueda. El problema es Álvaro Pombo. No pienso decir que no es un buen escritor ni nada parecido, es un intelectual poderoso y contundente, y ya quisiera yo tener siquiera un cuarto de sus conocimientos. Pero me resulta un problema porque no me gusta su manera de escribir. Para empezar, tengo dudas sobre su uso de la gramática y sintaxis castellana, que retuerce y estira hasta llegar a límites que, si bien siempre están dentro de la corrección lingüística, lo cierto es que hace engorrosa la lectura. Podría poner miles de ejemplo, pero hay uno que me causó especial impacto, la frase “¿En que ha, durante toda la tarde, Juanjo pensado bastante?”. Es una construcción correcta pero, a todas luces, recargada, pensada, un ejercicio de escritor, pero cuando un libro de 560 páginas es un continuo de este tipo de oraciones, que si andas despistado tienes que leer dos o tres veces, al final resulta tremendamente cansado. Pasa continuamente. El segundo problema que tengo con la narrativa de Pombo está en los diálogos, pues su intento de personalizar a cada personaje hace que al final, realmente, todos hablen igual, sea cual sea su momento, su lugar, su edad, todos terminan hablando un estilizado lenguaje que trata de imitar lo coloquial, a veces, pero no es coloquial, sólo una imitación. La planitud de las palabras de los distintos protagonistas me resulta exasperante a veces. De igual forma, el exceso de intelectualización de la mayor parte de las conversaciones, estilización de nuevo al fin, desapega al lector de lo que lee. Por cierto que el lector es invocado continuamente, costumbre esta que nunca me ha gustado en ningún literato. Por último, guiones, paréntesis, yuxtapuestas, coordinadas inmensas, subordinadas, todo en medio de un auténtico ejercicio de estilo, como en muchas ocasiones ocurre con García Márquez, pero lo que en el colombiano resulta sencillo, dulce, amable, en Pombo pone nervioso. No creo que en ese sentido tenga mucho más que argumentar. El otro problema, no narrativo, viene dado por el exceso de citas y referencias filosóficas. Eso hace de esta historia, que tendría un gran valor para los jóvenes, algo muy complicado, para auténticos iniciados o más allá. No puedo negar que a veces me perdía, entre citas, filósofos, escritores, ideas prestadas, referencias continuas a otros autores. El filósofo que es Pombo no puede evadirse de su propia intelectualidad. ¿Petulante? ¿Vanidosa? No lo sé, pero en momentos no deja de resultar pedante. En medio de una escena tensa que debe desarrollarse y tener aire y ritmo, un engorroso párrafo que mezcla a Sartre con los tomistas lo echa todo por tierra.
Por último, la historia es demasiado previsible, y eso deja a los personajes convertidos en estereotipos que todos conocemos, al menos todos los que desarrollamos sentimientos que se relacionan y expresan en la novela. Desde la página 30 sabía más o menos como iban a terminar 3 de los 4 personajes principales, y así acabó, y si no sabía cómo acabaría el 4º es porque no había aparecido aún. Y, suma y sigue, la aparición del personaje de Emilia, circunstancial, hacia el último tramo de la historia, abotarga más su lectura por esa manía de Pombo de presentar a todos y cada uno de los actores de la historia. Emilia podría haber sido más anónima, no necesitaba tantas explicaciones, y su labor en la historia habría sido la misma. En fin, que son 560 páginas que uno sospecha podrían haberse desarrollado en mucho menos, y Pombo ha perdido una oportunidad única que desarrollar su historia y su tesis de una manera más sencilla que la hubiera convertido en piedra de toque indispensable para muchas personas que, a causa de los problemas que antes he expresado, no podrán nunca leerlo.
Pero estos son los contras, sin embargo, el libro logró interesarme, sobre todo a partir de la página 250, y desde luego las doscientas últimas las leí del tirón sin poder parar. ¿Por qué? Porque pese a ser estereotipados, Javier Salazar, Paco Allende, Ramón Durán y Juanjo Gargancho eran cuatro hombres con existencia entrelazada cuyo destino realmente, al final me atrapaba. Poco importaba que la evolución de Juanjo fuera artificiosa e irreal, que el Salazar de las primeras páginas y el que luego se nos presenta no nos parezca el mismo, o que <Ramón Durán sea demasiado bonito para ser cierto (Allende, alter ego de Pombo, es el más real y tangible de todos los personajes). Me importaba saber qué pasaría y como recibiría cada personaje su ración de justicia divina y poética (tampoco puede Pombo sustraerse a su educación nacional católica, y los personajes al final merecen castigo o redención, pero nunca son perdonados).
Lo malo del caso, terminado el libro, es que realmente me ha afectado, porque me he visto retratado, en diferentes momentos, en cada uno de los personajes principales. El insidioso y horrible Salazar tiene comportamientos –puntuales, todo hay que decirlo- que yo he tenido en alguna ocasión, es decir, yo he sido así, en algunos momentos, aunque no soy así. También hay algo del hedonismo interesado de Juanjo en escenas o tapices de mi pasado, partes de Allende, sobre todo ahora que camino hacia la madurez, y en mis 20 años había un rastro de Ramón Durán –sin su físico rutilante. Son, por tanto, estereotipaciones en las que muchos de muchos podemos vernos retratados. Cuatro homosexuales, cuatros historias que se encadenan, un final esperado pero casi imposible, un retrato de varias generaciones o, quizás a Pombo se le ha pasado por alto, cuatro modos de comportarse que muchos llevamos dentro. No me agrada reconocerme en comportamientos de Salazar o de Juanjo, pero ahí estoy. Más amable es Allende, al que todos querríamos parecernos, pero es demasiado perfecto para ser real. Todo eso me enganchó al libro y me hizo esperar el final con ansia, y no creas que no me causó algunos problemas al verme sinceramente retratado –insisto en que parcialmente retratado- en algunos comportamientos. Por supuesto que es gratificante leer historias que hablan de tu propia sensibilidad, que cuentan cosas que has vivido, y que expresan tus propias emociones, es lo que las mayorías no suelen entender de las necesidades expresivas y comunicativas de las minorías.
Curioso el sentido del tiempo, si creemos en la simbología de las cosas, que no es mi caso. Tengo ese libro en mi mesa de noche hace meses, puede que un año, y nunca me animaba a leerlo. Para mi sorpresa, decido leerlo cuando me traslado a vivir a Madrid, y resulta que la mayor parte de la historia se sucede en mi Madrid: el distrito de Argüelles – Moncloa. Los personajes comparten mis paisajes diarios, toman mis autobuses y mis metros, se mueven por mi calle y por las adyacentes, disfrutan del Templo de Debod como yo disfruto, con la impronta del Palacio Real al fondo. ¿A que es curioso? Es un libro con epílogo explicativo. Desconfío de los libros con explicación, epílogo o prólogo, sobre todo cuando quieren decirme qué significa lo que he leído. No es el caso de Marguerite Yourcenar, que en sus epílogos explica las fuentes y los documentos con los que ha elaborado la historia o elementos culturales que debemos conocer. No, Pombo nos explica de qué va la historia, aunque lo sepamos, aunque no, y aunque encontremos otras lecturas. No me gusta, me parece tramposo, y me parece insultante para el lector.
¿Lo recomiendo? No lo sé, pero me gustaría que otros lo leyeran y compartir nuestros comentarios. ¿Me ha gustado? Aún no lo sé. Una cita que me gustó mucho: cualquiera puede sentir o pensar que ama a cualquier otro, con independencia de lo que más tarde la realidad confirme o desconfirme… ¡Cuántas veces me ha pasado!

lunes, 20 de julio de 2009

De cine: Vacaciones de ferragosto


He ido a ver esta deliciosa película italiana, dirigida y protagonizada por Gianni di Gregorio, que apenas dura una hora y cuarto, y ha recibido numerosos premios. El resumen, hasta donde se puede contar, es muy simple: un cuarentón acuciado por las deudas vive con su madre anciana, a la que cuida, y por la que no puede conseguir un trabajo estable. Cerca del 15 de agosto, en pleno ferragosto romano, el administrador de la comunidad de propietarios en la que vive, primero, y su médico, después, se ofrecen a pagarle y así cancelar parte de sus deudas si se queda unos días al cuidado de sus respectivas madres y de una señora más, la Zia Maria. A regañadientes, el protagonista accede, y el resto del film transcurre contando los conflictos que le surgen en esta guardería de ancianas improvisada.

Destaco de la película su sencillez, su dulzura, y su finísima ironía. Una película sin grandes pretensiones que sin embargo te atrae y logra convencerte y encantarte. Rodada en un estilo casi cercano al documental, con actores y actrices que quizás no lo sean pero parecen simples personas de la calle, tanto la cercanía de la historia que cuenta como los paisajes en los que transcurre son un verdadero placer para la vista. La recomiendo encarecidamente.


lunes, 22 de junio de 2009

Rigoletto en el Teatro Real... Irregular pero interesante.


Asistí a la representación del domingo 21 de “Rigoletto” en el Teatro Real de Madrid. No había leído una sola palabra sobre esta representación, si digna de leer, ni indigna, porque me apetecía enfrentarme a todo ello un poco “virgen”, sin prejuicios. Hoy me he atrevido a mirar no sólo las críticas especializadas, sino también he echado un vistazo por los foros, y me he encontrado cosas muy irregulares. Parece que no es un “Rigoletto” que pasará a la historia, en eso estoy de acuerdo, lo cierto es que parece que en general también ha habido enormes diferencias entre los diferentes días de representación.

Personalmente, la dirección de escena de Monique Wagemakers y la escenografía de Michael Levine, salvo algún elemento discutible, me gustó y me convenció, por su aparente sencillez, por su división en planos, e incluso por su frialdad, que contrastaba con el dramatismo de todo lo que sucedía a mi alrededor. Conmigo en el teatro varias personas que no habían ido jamás a una ópera, y todos salieron bastante contentos con la puesta en escena, quizás debería ser un elemento que muchos habrían de tener en cuenta antes de criticar, por criticar, cualquier cosa que huela a nuevo o cualquier escenografía que no pase por cumplir a la rajatabla lo que un señor de hace siglo y medio puso en un libreto. Al menos cuatro personas, no habituales de un teatro de ópera, disfrutaron con la función entre otras cosas gracias a la puesta en escena, y quizás se animen a regresar. Eso es mucho más que desempolvar a la abuela (la abuela es Maria Callas, of course). A mí, a estas alturas, nadie me convence de que las cosas, en el arte, como en cualquier otro aspecto de la vida, no evolucionan, y desde luego con un título como el que yo tengo colgado en la pared de mi casa, nadie me dice que incluso para la belleza hay cánones. Y como sé que los papanatas me leen ávidamente, pues ahí queda eso, pongamos más leña a la pira donde quieren quemarme, que ya me buscaré yo el traje ignífugo.
Una de las cosas que más agradecí de la escenografía es que su posición en planos las más veces superiores a la línea del escenario permitía que aquellos que teníamos entradas de baja visibilidad viéramos bien, parece mentira de las tonterías con las que se contenta uno en el Teatro Real. Me gustaron mucho los figurines, los colores escogidos, y en general el movimiento que se generaba sobre el escenario, con sus ritmos y sus cadencias. La presencia del coro durante toda la tortuosa escena final, como convidados de piedra de una conciencia colectiva que semejaba una asfixiante presión social, era inquietante en todo momento. Acechan desde la oscuridad, desde la tormenta, en la bruma, siempre acechan, parece querernos decir Wagemakers. ¿Quiénes? Cada uno tendrá su respuesta. Lo peor, como siempre, la orquesta. No tiene suerte esta formación, porque salvo raras ocasiones, siempre está bajo batutas que son o han devenido en mediocres. En este caso, Roberto Abbado, con tempi muy extraños y extravagantes, y un sentido del volumen a veces más que discutible. Ciertos desbarajustes en algunas escenas, y pocos, por no decir ninguno, momentos recordables. Roberto Abbado, no confundir nunca con Carlo, por favor, no supo mantener la tensión, y su dirección fue errática, estuvo perdida, y, sobre todo, actuaba más como el enemigo de los cantantes que como su apoyo. López Cobos ha tenido años para intentar solucionar esto, pero no ha querido ni ha tenido la más mínima intención. A ver si un nuevo director musical del Real logra obtener mejores resultados. Cuando la soldadesca no funciona, miren hacia los generales, suele ser el mejor lugar donde encontrar al culpable. Con batutas plúmbeas o gastadas, esto no se arregla. El Coro Intermezzo, traído para la ocasión, estuvo simplemente en la línea del oficio, sin más, mejor a veces, regularcillo otras, pero también le falto cierta garra, cierto mordiente, acobardados a veces con el enorme volumen orquestal y las alucinaciones de Roberto Abbado. No diré que estuvieron mal, porque no lo creo, pero desde luego para un resultado así no hacía falta traer un coro de fuera. Vale que el coro del Real no es ninguna maravilla, pero cuando prescindamos de su mediocridad, que sea para obtener un resultado más espectacular. Eso sí, escénicamente supieron estar a la altura, y ayudaron mucho a clarificar la acción.
De los cantantes… No fue una noche redonda, aunque tampoco fue lamentable. No todas las noches de ópera son espectaculares, ni todos los cantantes están siempre bien, pero tampoco fue una noche para la indignación. Ahora la moda es decir, por cierto, que el público aplaude inmerecidamente. Es una manera de decir “esta panda de borregos sabe tan poco con respecto a mis grandes conocimientos que aplauden por aplaudir porque no tienen ni idea”… ¿Cuándo aprenderá la contumacia papanatas que los demás tienen derecho a disfrutar, aplaudir, aceptar, valorar, y sobre todo apreciar o depreciar lo que les da la gana?

Yo braveé a Mariola Cantarelo, la Gilda de la noche, porque se llevó el gato al agua. ¿Con algunos trucos? Sí, con los que se sabe de su formación como belcantista (como sus ilustres abuelas, ni más ni menos). ¿A veces abusando de los filados? Bueno, el término no creo que sea abusar, pero sí regodearse en ello… Pues yo lo agradecí por la delicadeza que imprimía a su interpretación frente a la frialdad de Ciofi o la inadecuación de Mula, otras ilustres a las que he visto en el papel. Espléndida en su actuación, con una lectura muy intensa de un personaje tan pobre desde el punto de vista psicológico. Arrolló al Duca en su dúo de amor, el “Caro nome”, de una lentitud asfixiante, fue realmente bonito, y ella supo mantener el tempo tan exasperante que le imponía Roberto Abbado desde el foso. Brilló especialmente al final del segundo acto (un servidor exclamó “¡hostias!” al oír notas tan bien proyectadas y con tal caudal de potencia). Pero vamos a ver, ¿esto de qué va? De ir al teatro, disfrutar, y pasarlo bien, ¿no? Pues Cantarero lo consiguió. “Con qué poco os contentáis” dirá la contumacia papanatas. Pues sí, con una diferencia, yo salí contento. Mariola Cantarero, anoche, dibujó una grandísima Gilda, y puso toda su belleza vocal, su técnica, sus trucos, y su fraseo inmaculado, para que disfrutáramos. Es una gran profesional y una excelente cantante.
“Maddalena” es el otro gran personaje femenino de esta ópera, aquí interpretado por Nino [sic] Surguladze, mezzo georgiana, muy mona y con buena figura, pero como casi no le escuchábamos nada, pues vocalmente poco se puede hablar de ella, muy floja para un personaje de cierto peso dentro de esta ópera, que tiene que participar en el magnífico cuarteto “Bella figlia del’amore”. Ahí supo solucionar el asunto con oficio, poco más.
Esperaba mucho más de Josep Bros como Duque de Mantua. Demasiado contenido al comienzo, muy irregular en su dúo con Cantarero, una “La Dona è mobile” perfectamente olvidable… Mejoró hacia el final, pero un tenor con su belleza vocal debería escoger mejor sus roles, y yo francamente creo que el Duca no acaba de perfilarlo.

Acabaré con Roberto Frontali, en el rol de Rigoletto, diciendo que su momento culminante, “Cortiggiani, vil razza…” fue absolutamente decepcionante, y su interpretación extremadamente irregular, por momentos fría, y no logró convencerme siquiera en el final. Muy comedido dramáticamente, prefiriendo uno cantantes que vivan más el personaje y lo doten de un mayor contenido, en lo vocal tampoco estuvo especialmente fino, porque aunque las posibilidades estaban ahí, muchas veces la partitura, y acaso la orquesta, parecían tenerlo acobardado. Pese a todo, se pudo disfrutar de este Rigoletto, puesto que pese a los errores y lo francamente mejorable, es una obra maravillosa que logra reponerse, incluso, a los desastres más absolutos. Yo la recomendaría, aunque no pasará a los anales del Real, que este año, con Verdi, ganó sólo con “Un Baile de Máscaras”.

miércoles, 20 de mayo de 2009

Dos propuestas del Museo del Prado: "La bella durmiente" y "La obra invitada"

El Museo del Prado nos sorprende estos días con dos propuestas interesantes, y al menos una de ellas imprescindible. No son magnas exposiciones, sino dos ideas mucho más pequeñas pero que aumentan la calidad de nuestra primera pinacoteca.


La exposición La bella durmiente está compuesta tan sólo por 10 cuadros y 6 dibujos, francamente una minucia que apenas ocupa una pequeña sala, pero permite ver en España una serie de obras de la Hermandad de Pintores Prerrafaelitas, muy poco presentes o difundidos en nuestro país. Además, al menos la calidad de una de estas piezas es excepcional, y merece la pena ir de visita al Prado sólo a ver ese cuadro. No es el prerrafaelismo uno de mis movimientos, lo reconozco, y contemplar esta exposición no me ha hecho cambiar demasiado mi opinión. aunque me gusta su preciosismo, y sobre todo su luz, me molesta un poco su tendencia a la frialdad, el exceso de simbolismo, y su irregularidad. Quiero decir que no todos los que formaron el grupo son realmente pintores relevantes, y esta exposición lo demuestra.

La génesis de la muestra está en el Museo de Arte de Ponce, fundado en Puerto Rico por Luis A. Ferré, y que intenta acercar a la isla caribeña las joyas de la pintura europea. Cedida la colección prerrafaelita al Prado, ¿qué nos vamos a encontrar? Para empezar, los principales nombres del grupo: Millais, Rossetti, Seddon, Holman Hunt, y otros, como Burne-Jones, cuya obra El Sueño del rey Arturo en Avalon para por ser uno de los principales de la muestra, y sin embargo a mí no me acabó de convencer, ni por la temática ni, sobre todo, por el acabado, que me parece a ratos infantil, a ratos artificioso. El mismo autor firma la serie sobre La Bella durmiente, que me pareció algo más llena de encanto.


Encantador también el Retrato de Gladys Holman Hunt, realizado por su padre hacia 1893, donde el detallismo de la pincelada y la luz plena y casi dolorosa contraste con la frialdad del conjunto. Pero, para mí, el mejor cuadro de la muestra, que pasa por ser la joya del Museo de Arte de Ponce, y que me pareció soberbio, es Sol ardiente de junio, de Frederic Leighton. Si yo veía frialdad en general en el prerrafaelismo, aquí se convierte en una fuerte sensación de sensualidad y placer, en una simbólica obra envuelta de luz, color, vapor, y sensaciones. Una joven duerme, en una terraza, cubierta por una túnica de seda naranja, bajo una ligera techumbre que impide que un fuerte sol mediterráneo, que tiñe de dorado el mar que podemos observar en la lejanía, queme su delicada piel. Está durmiendo en una postura casi imposible, pero sin embargo parece relajada, feliz, voluptuosamente serena. A su lado, las adelfas, flores engañosas, nos remiten a la idea de la muerte, con la que tantas veces los prerrafaelistas identifican el acto de dormir. Como ya he dicho, la escena tiene una fuerte impronta sensual y erótica, y finalmente suyuga al espectador ante la belleza, objetivo inicial y final de esta pintura, de todo lo que aparece ante nuestros ojos. Sin duda, hay que enfrentarse a este cuadro.
La segunda propuesta del Museo del Prado es pedagógica y muy interesante. Se trata de traer, de tanto en tanto, obras invitadas, cedidas por otros museos, que permitan llenar un hueco, mejorar la explicación, o comparar obras de un periodo o un artista. En esta ocasión, para contraponer las dos obras del mismo autor que se exponen habitualmente en el Prado, y que pertenecen a otro sentido composicional y lumínico, el Museo del Louvre ha cedido la Magdalena Penitente de Georges de La Tour. Es emocionante poder ver esta obra en nuestra casa, y ha sido expuesta además con gran delicadeza. ¿Qué decir de esta obra? Una de las grandes muestras de la pintura universal, expuesta en el Museo del Prado por primera vez. La melancolía de esa mirada, la gentileza de la postura, la luminosidad que proviene de una triste lámpara de aceite: cumbre del tenebrismo, del ascetismo, de Trento, al fin. Realmente, es una oportunidad única, y una idea del Museo del Prado que esperemos que cunda, y podamos seguir disfrutando de obras que, de otra manera, tendríamos que ir a buscar más allá de nuestras fronteras. La lechera de Burdeos, de Goya, que está en Budapest, podría ser otra idea.

lunes, 18 de mayo de 2009

Paul Auster: El Palacio de la Luna.

Nadie tenía la culpa de lo sucedido, pero eso no hacía que me resultara menos difícil de aceptar. Todo había sido un problema de conexiones fallidas, de mala sincronización, de andar a ciegas. Siempre perdiendo la ocasión de encontrarnos por muy poco, siempre a unos centímetros de descubrirlo todo. A eso se reduce la historia, creo. A una serie de oportunidades perdidas. Teníamos todas las piezas desde el principo, pero nadie supo encajarlas.
Cuando la historia que cuenta Paul Auster en esta fantástica novela llega a poco más de su Ecuador, aparecen estas líneas, que resumen de una manera certera y clara no sólo lo que ya hemos leído, sino lo que habrá de suceder. Mi relación con la literatura estadounidense siempre ha sido un poco extraña: nunca la he enjuiciado como una escuela, o como un sistema expresivo, como podría uno hacer con la literatura iberoamericana o la literatura inglesa. Evidentemente lo es, y tiene una entidad equiparable a cualquier otra, lo que sucede es que en mi proceso de lecturas, más o menos dirigido, más o menos caótico, nunca me he planteado la literatura de los Estados Unidos como una prioridad, siempre he tendido más a la europea, a la citada iberoamericana, incluso a la asiática... Sin embargo, si hago catálogo de las novelas estadounidenses que he leído, se cuentan por cientos, y la verdad es que muy pocas me han disgustado. Bukowsky es uno de mis escritores favoritos, por ejemplo. Y desde luego no han faltado entre mis lecturas ni Hemingway, ni Azner, ni Sontag, y un larguísimo etc. No me gusta el realismo sucio, en general, Leavitt me parece un autor menor, y American Pshyco de Bret Easton Ellis una de las peores cosas que he leído. Desde luego, en la literatura de los Estados Unidos hay constantes, sobre todo generaciones, como esos finales abiertos, esos círculos que se cierran (y que tanto le gusta también al cine de aquel país, en los que un gesto inicial, como que a alguien se le caiga un pañuelo, aparece finalmente como colofón de una historia de telarañas enmadejadas), y ese desapego de la esperanza, melancolía, falsos héroes (los John Done)...
No haber leído nunca a Paul Auster me parece, ahora, una auténtica barbaridad, porque esta novela, publicada en los 80, y editada en España por Anagrama (que tiene la exclusiva de este autor) no sólo me ha gustado sino que me ha parecido, pese a ciertos elementos más o menos artificiales, una bellísima lectura de la realidad insubstancial de una sociedad que se cree en decadencia, pero que ni siquiera puede estar segura de haber llegado a ese estado. Puedo contar poco del argumento, salvo que el protagonista, M.S. Fogg, pasa por situaciones dramáticas y absurdas como un convidado de piedra a su propia existencia: se regodea en su tristeza, en su dolor, en su falta de suerte, pero hace de la inacción y del desinterés las verdaderas claves de sus tribulaciones. Todo le viene rodado, casual, agota un plazo y se lanza al siguiente sin planificación, no parece nunca reflexionar demasiado sobre sí mismo y su futuro sin parar, sin embargo, de reflexionar sobre todo lo que le rodea, de modo sugerente y brillante. El escapismo de la persona que mientras cae desde cinco mil kilómetros de altura y sin paracaídas piensa "bueno, de momento todo va bien" (la idea no es mía, pero no recuerdo dónde la escuché por primera vez).
Un hombre joven, ante un tiempo borroso y extraño. Asiste a una serie de acontecimientos, como el hundimiento de su propia vida, y nos los explica detalladamente sin dejar de sorprendernos por su claridad y concisión. Se sumerge en un mundo de extraños a los que a veces ni siquiera vuelve a ver, y son ellos los que le dan la vida, la identidad, el sentido. La muerte lo rodea, vive marcado por ella: su madre, su tío y mentor, su patrón, su padre, su hijo... Y a su alrededor más historias con muertes y extrañas complicaciones, casualidades demasiado increíbles para resultar ciertas, pero lo suficientemente verosímiles como para dar cabida al mensaje, a la idea, a lo que subyace en el interior de la excelente novela de Auster. Es el sueño americano, esa absurda idea de adolescente, que madura, que se hace mayor, mientras en Vietnam mueren por miles los soldados y un tal Neil Amstrong llega a la simbólica luna que, equidistante y objetiva, subyace impávida sobre todo el relato. Al final, M.S. Fogg, crece, se hace un hombre, pero lo hace a pesar suyo, sin detenerse a aclarar su identidad como ser humano, ni su realidad como persona. Huye de sí mismo gracias a las vidas de los demás, y sin pensar demasiado, con alguna ocupación de más que le evita el trago de enfrentarse a sí mismo, hasta alcanzar la edad suficiente en la que ya no se puede jugar, en la que la vida va en serio (como dijo Gil de Biedma), y entonces tampoco hay tiempo para detenerse demasiado. ¿Acaso no ha sido así la historia social y política de los Estados Unidos en la edad contemporánea?¿Acaso esa acción sin detenerse a pensar demasiado es lo que causó que la Tragedia del 11-S, lejos de sacar a los estadounidenses de su letargo, los empapara de paranoia? Si encuentras este libro, léelo, es imposible que no te impresione.
Por cierto, este cuadro, del poco conocido pintor estadounidense del S. XIX Ralph Albert Blakelock, titulado Moonlight y que se encuentra en el Brooklyn Museum, aparece significativamente en la acción de la novela, y además la descripción que M.S. Fogg-Paul Auster hace del mismo y del proceso por el cual va entendiendo colores y matices hasta llegar a comprender un todo es una obra maestra de la narrativa, y una lectura que debería ser obligatoria para todos los que miran sin observar, oyen sin escuchar, y hablan sin conocer. Aquí os pongo una foto del pintor, tal y como aparece en wikipedia.

lunes, 11 de mayo de 2009

Katharine Hepburn escritora: "La Reina de África o cómo fui a Africa con Bogart, Bacall y Huston y casi pierdo la razón".

Katharine Hepburn ha sido, posiblemente, la actriz de mayor éxito de la historia del cine. No sólo es por sus cuatro premios oscars, ni sus reconocimientos en el teatro, sino porque su carrera abarcó 6 décadas en cada una de las cuáles realizó películas reconocidas por el público y la crítica. Cuando sus contemporáneas, como Joan Crawford, Bette Davies, Norma Shearer, Marlene Dietrich, y tantas otras, languidecían en sus casas o se asomaban a la televisión como "estrellas invitadas", ella seguía haciendo papeles protagonistas sin parar para el cine. En los 30, títulos como "Brig me up baby", "Historias de Filadelfia", "La gran aventura de Silvia", "Mujercitas"... En los 40 "La mujer del año", "Corrientes ocultas", "Sin amor"... En los 50 "La Reina de África", "Larga jornada hacia la noche", "Locura de verano"... En los 60 "De repente, el último verano", "El León en Invierno", "Adivina quién viene a cenar".... En los 70 "Las Troyanas", aparte de las formidables (para televisión) "El trigo está verde" 0 "El zoo de cristal"... y en los 80, como gran colofón, "En el estanque dorado". Luego, por razones de salud sobre todo, va espaciando sus intervenciones, y aparece en algún telefilme, pero ya vive prácticamente retirada hasta su muerte. A principios de los 80, una encuesta nacional entre adolescentes norteamericanos la ponen en segundo lugar, tras Michael Jackson, como respuesta a la pregunta "¿A qué personaje famoso admiras?". En fin, una vida trufada de éxitos en todos los campos, y una carrera legendaria.
Pero también escribió un par de libros. Sus propias memorias, con el soberbio título de "Myself" y este que nos ocupa en la cadena que os he preparado: "La Reina de África o cómo fui a África con Bogart, Bacall y Houston y estuve a punto de perder la cabeza". Es poco más que un diario de viaje, un opúsculo, supongo que con los errores y faltas propias de las ausencias de la memoria, pero es un libro delicioso. Lo conseguí el otro día en el rastro, todo debo decirlo, pero debe estar todavía por ahí en las librerías.
Hepburn se nos presenta a sí misma enseñándonos exactamente lo que nos quiere enseñar: se presenta como una actriz menos intelectual de lo que la gente piensa, soberbia y competitiva, y sabe reirse de sí misma en todo momento. Analiza con ironía y admiración a sus compañeros de aventura, Humprey Bogart, John Houston, Lauren Bacall, Sam Spieguel, y sin tapujos ni falsa corrección describe la realidad de lo que vé en África con inconfundible sentido del humor y cierto sentido crítico, no sin olvidar ese peculiar sentido anglosajón de "cómo deberían de ser las cosas". Sus costumbres diarias, su paranoia por un guión que no acaba de ver claro, su relación de amor y odio con Houston, sus problemas intestinales... todo descrito con inconfundible hilaridad, y un estilo rápido y tajante, poco dado a las veleidades ni las florituras. No es el culmen de la literatura, pero creo que es un libro recomendable para pasar un buen rato con anécdotas e ideas de uno de los personajes artísticos más interesantes e importantes del siglo XX. Si te decides a leerlo, lo pasarás muy bien. Además tiene una magnífica colección de fotos, que hará disfrutar a los más mitómanos.

miércoles, 6 de mayo de 2009

En busca del Barón Corvo, de A.J.A. Symons.


Fijaos lo que "viene siendo" la autocensura, porque tras terminar este magnífico libro pensé en escribir una breve reseña, pero dada su temática y lo que quería decir, y ciertos avatares personales de los últimos días, pensé que algunos de esos que entrar en los blog a dar la lata o buscar la cuerda con la que ahorcarte iban a encontrar extrañas y raras razones para fijarme justo ahora en esta historia. Pero tras días de reflexión personal, he vuelto de convencerme de que esta es mí casa, que aquí escribo lo que me da la gana, que mi hipoteca me la pago yo, y que quien quiera ver maldades en mis palabras las verá aunque diga simplemente "hola". A partir de ahora, todos los que leéis blogs para jorobar y hacer cosas raras, de cualquier signo, mejor que lo dejéis, ya sabéis que nunca pongo vuestros mensajes, y los que entran para buscar noséqué... que os vayáis a la mierda, que han puesto noria y está muy divertida. Los que tenéis blogs y lucháis con los colgados que pululan por internet, me entendéis seguro.

Qué a gusto me acabo de quedar.

Vamos con el Barón Corvo, que es el señor de la foto de arriba. "En busca del barón Corvo" es uno de los mejores libros que he leído últimamente. Se trata de la biografía del autodenominado barón que da título a la obra, y que no es otro que Frederick Rolfe, autor inglés de finales del siglo XIX y principios del XX que ha dejado para la posteridad un puñado de obras que pasan por ser de inmensa calidad (Los cuentos de Toto, Adriano IX...), y grandes críticos las admiran como absolutamente primordiales para la cultura inglesa y europea del siglo XX. Sin embargo, Frederick Rolfe y su barón Corvo apenas son conocidos salvo en círculos extremadamente cultistas, y la mayor parte de las veces por esta obra de A.J.A. Symons, a quien os presento en la foto siguiente:
Lo importante de este libro es que se ha convertido en el modelo de cómo se hace una biografía documentada, consiguiendo Symons establecer una estructura sólida, intelectualmente poderosa y bien construída, mezclada junto con un sistema narrativo interesante y muy ameno. Realmente son dos libros en uno: de un lado, Symons investiga y documenta la historia del Barón, y lo consigue, cerrando perfectamente su biografía con fechas, datos, relaciones, comportamientos, etc. Pero también se empeña en hacernos el retrato psicológico de Rolfe, un hombre obsesivo, paranóico, que cree que todo el mundo lo persigue, que termina enemistado con todas y cada una de las personas que tratan de ayudarlo, que siempre se siente minusvalorado en su brillantez (del todo dudosa, pese a todo). Como he leído en una reseña por ahí: De este modo se puede decir que el libro tiene dos tramas. En la primera Symons cuenta cómo consigue desenterrar los secretos de la vida de Corvo, cómo va hallando los distintos documentos, como busca a amigos y colaboradores, su trato y complicidad con otros coleccionistas y estudiosos, etc.; para descubrirnos de esta manera, el secreto del género, por así decirlo, al negarse, siquiera por un momento, a fingir el acostumbrado alejamiento con respecto al biografiado. Por ello este libro, subtitulado «Un experimento biográfico» es también un notable autorretrato: el estudio de la obsesión y simpatía que despierta el personaje investigado en el biógrafo. La segunda trama, huelga decirlo, sigue la no menos apasionante vida del oscuro y enigmático barón.
Pero desde mi punto de vista Symons va más allá, porque tratando de no juzgar al personaje, apasionante, de vida tan extraña como terrible, termina dibujándolo ante nuestros ojos con compasión. Un ser tan absolutamente horrible como Rolfe es, finalmente, recuperado, e incluso reivindicado, por su calidad como escritor y por las razones que, pese a todo, pudo tener para su errático comportamiento. Rolfe vive mil aventuras, y de todas sale mal parado. También actúa como fotógrafo más o menos profesional, y de ahí los libros de jóvenes desnudos que han sido publicados recientemente. Mentiras, veleidades, miseria extrema, abjuraciones y momentos de gloria. Al final, lo detestamos, lo comprendemos, lo odiamos, lo perdonamos, y aparece incluso la lástima. Pero, cuidado, Rolfe es un ser negativo, odioso, de comportamiento inadecuado e incluso horrible, pero también un genio que hizo algunas de las más brillantes páginas de la literatura inglesa. La biografía que construye Symons apasiona porque entendemos su elección, por qué tras leer casualmente un libro de Rolfe se lanza a dedicarle varios años de su vida. Es impresionante por su contundencia, pero aún más por su inteligentisima forma narrativa y su calidad casi novelesca. Creo que nadie debería perderse este libro, editado por Libros del asteroide.

sábado, 2 de mayo de 2009

Nina Stemme en el Teatro Real... Ruhe..!

Me vuelve a pasar lo de siempre... Uno lee cosas por ahí y se pregunta "yo no estuve en el mismo recital, yo estuve en otro", y como siempre las ganas de destruir hacen escribir auténticos disparates. Bueno, ¿qué decir de la actuación de Nina Stemme? A mí me gustó. Me pareció un concierto difícil y comprometido, y sobre todo, con un handicap terrible, que se llama Orquesta del Real, y que se apellida López Cobos. Empezaré por ello. La orquesta tuvo dos momentos en solitario, la "Suite Orquestal" de "El Caballero de la Rosa", de Richard Strauss, y el "Preludio y Encantamiento del Viernes Santo" de "Parsifal" de Wagner. Estas piezas a esa orquesta le quedan grandes, y a las pruebas me remito. Strauss, cuya riqueza orquestal es inmensa, debe sonar limpio, cada miembro de la orquesta ha de brillar en conjunto y por separado. Nada de eso escuchamos esa noche en el Real. El sonido era sucio, a veces un montón de acordes sin orden ni sentido, y cuando se relaja en el vals, que debería soltarse en el rubatto y dar aire a la orquesta, López Cobos se empeñó en dirigirlo como una marcha militar. Estuve siguiendo el compás con el pie, y el metrónomo, como siempre, funcionaba, rígido y marcial. Sigo siendo muy excéptico sobre el pasado de López Cobos, nunca me gustó, y sobre todo estoy alegre porque se anuncia que se marcha. Fue un suspenso en toda regla. En cuando a "Parsifal"... Una de las piezas más bellas y emocionantes de Wagner se convirtió aquí en un auténtico ladrillo que si dura diez minutos más duerme hasta a las ovejas. Ayer le dije a una amiga algo que no sé si me atrevería a decir en otros foros, pero esta es mi casa, y aquí se puede decir lo que se quiera, jejeje. Había momentos en los que ese Wagner me sonaba a compositor norteamericano de los 40 y 50, a un joven Aaron Coplan, por ejemplo, e incluso hubo "momentos Rachmaninov". No, la orquesta del Real es un desastre, y tras todos los años que lleva dirigiéndola, el culpable se llama Jesús López Cobos, y dejémonos de tonterías.
Se quejan en los foros de que a Nina Stemme a veces no se la escuchaba. Ello se debe a dos cosas, la primera a lo poco que muchos están acostumbrados a escuchar a Wagner en directo, donde eso muchas veces es normal, debido al enorme volumen al que la orquesta puede llegar a sonar. Pero en este caso, el volumen de la orquesta, sobre todo en la segunda parte del concierto, fue tal que a veces los metales hacían daño en los oídos, eso no me había pasado nunca. Sonaba mal, excesivamente fuerte, extremada en volumen, sin ningún matiz... Con eso acompañándote, no puedes hacer mucho más.
Los cuatro últimos lieder de Strauss estuvieron bien, lo que sucede es que a uno le gustan más estos lieder interpretados en voces más líricas. Cuando tienes una voz oceánica, las posibilidades de ese lirismo son más bajas, los matices a veces se pierden, y las sopranos hacen lo que pueden. No hay que olvidar que lo mismo lo ocurrió a la grande entre las grandes, Kirsten Flagstad, cuando estrenó las piezas en Londres. ¿Qué pasó aquí? Que Nina Stemme intentó aligerar su voz en todo lo posible, pero a veces no podía o no lo conseguía, le era muy difícil. Sin embargo, consiguió una interpretación interesante, incluso inteligente, contenida y muy metida en el texto, hermosa por momentos, emocionante en "Im abendrot". La orquesta, a su aire, López Cobos haciendo silencios absurdos y bruscos que no existen, pasó varias veces, y la soprano luchando contra los elementos. Pero dejémonos de tonterías, ella no estuvo mal, y puede con esos lieder, es, en mi caso, cuestión de gustos, pues siempre he preferido a Schwarkopf, Norman o Caballé en esa partitura, y no estamos hablando de voces oceánicas.
La voz de Nina Stemme se soltó mucho más en "La Inmolación de Brunilda" de "El Ocaso de los Dioses". Dice alguien, por ahí, que la cantó con la partitura delante, y que eso no se hace. A muchos conciertos no ha ido, porque yo he visto esa presencia de la partitura no en muchos, sino en casi todos los conciertos a los que he asistido, con nombres como Caballé o Domingo a la cabeza. Victoria de los Ángeles decía que la presencia de la partitura ayuda al cantante a mantener la seguridad durante la interpretación, y se ponía muy nerviosa cuando ella salía partitura en mano y Alicia de la Rocha, por ejemplo, no lo hacía para acompañarla al piano. La presencia, por tanto, de la partitura en el caso de Nina Stemme no es excepcional, ni motivo de crítica, es una tontería más. Creo que es la primera vez que Stemme se lanzaba con esta impresionante pieza, y tuvo de todo. Lo que más, desacuerdo total y falta de apoyo de la orquesta y de su director. Vamos a ver, de una buena vez, que la culpa estuvo ahí, no en ella. Dejémonos de tonterías. Que todos los cantantes que pasan por el Real sufren el mismo problema. Estuvo heróica cuando tuvo que estarlo, melancólica en la segunda parte, absolutamente entregada al final, y a mí me saltaron lágrimas cuando recitó "Ruhe, ruhe, ruhe..!".
La voz es importante en cuanto al volumen, apenas utiliza apoyos, se mueve muy bien en la zona aguda y no tiene problemas con la zona baja. Corrió perfectamente por el Real, digan lo que digan las plañideras, y tuvo algún problema puntual de afinación, pero fue muy puntual, porque por ejemplo, al final de la escena las terribles notas agudas estuvieron allí sin dificultad. Es una voz grande, no especialmente grande, pero sí ancha, engarzada en cierta oscuridad, con un vibrato inteligentemente usado, aunque quizás es el único pero que le pondría. La zona media rutilante, y el fraseo muy bien y elegantemente conseguido. Con un océano vocal como ese, el matiz se dificulta, pero Stemme supo hacerlo en Wagner sin dificultad. Emocionó, y los bravos fueron merecidos. He escuchado a alguien decir que el segundo bis fue porque López Cobos se subió corriendo al podio, porque si no no habría sido. Es mentira, después de ese segundo bis siguieron 10 minutos más de aplausos, la gente quería más. Los bises fueron "Traume" de los Wesendock Lieder de Wagner, difícil y con Stemme algo agotada tras el esfuerzo por la escena que acababa de interpretar, le costó conseguir el tono adecuado, pero es normal. "Cecilia" de Strauss estuvo inmensamente mejor, y aquí recordó a Caballé en algunos momentos. No me gustó la orquestación escogida por López Cobos, prefiero la que ideó en su momento Leonard Bernstein.
Cómo siempre un vídeo para ilustrar la cosa.
Yo aconsejaría seguir la carrera de esta soprano, y desde luego, me pareció de muy alto nivel y un auténtico lujo escucharla. La orquesta, una vez más, lo fastidió todo. Me hubiera gustado saber qué habríamos escuchado con una buena orquesta y un buen director, y si los bobos que pululan por ahí dirían lo mismo. Claro que a alguno de esos la "Suite" de Strauss les pareció bien, y fue con diferencia lo peor, así que... Pero una mujer que canta como lo hace en el video anterior... No se merece lo que se ha dicho de ella