Según blogger, nos han visitado todas estas personas

domingo, 19 de abril de 2015

La derrota de los ciudadanos.

Es alucinante. En algún lugar del País Vasco han aparecido carteles, que nadie va a quitar, del tipo "El compañero de mi hijo en el colegio hace cada viernes 800 km. para visitar a su madre" o "Fulanita después de trabajar 10 horas diarias tiene que hacer cada viernes el recorrido hasta Algeciras para ver a su pareja tras un cristal". 

La respuesta es: el señor o la señora que la mamá del primer niño o la pareja de la Fulanita mataron o ayudaron a matar también tenía familia, que estaría encantada de hacer 800, 8.000 u 80.000 km. para ver a su padre, hermano, hijo, marido, abuelo, amigo, madre, hermana, hija, esposa, abuela, amiga... Al menos una vez más... Pero no es posible.

ETA dando clase de moral en unos carteles que nadie quitará. Sí quitaron las lápidas que recordaban a las víctimas. 

Igual habría que enseñar a esos niños que hacen 800 km. que la reconciliación no empieza por ser generosos con los asesinos. La reconciliación empieza porque los asesinos dejen de serlo, entreguen las armas, se disuelvan y esclarezcan los más de 400 casos de asesinato que siguen sin resolver. Entonces ese niño hará, consciente del por qué, los 800 km. para ver a su madre. Y los familiares de las víctimas tendrán un lugar al que ir a honrar a los que fueron salvajemente asesinados. Nunca los recuperarán, pero al menos la tristeza no estará llena, además, de soledad, incertidumbre, ansiedad y traición. 

Lo que más me entristece es que hay gente que leerá esto pensando "ya está Eugenio con sus cosas fachas". O que volverán a bromear con el nombre de ETA por unos like en Facebook. E incluso seguro que siguen ahí los que piensan que todos y cada uno de esos muertos de ETA no eran inocentes. Que algo habían hecho. O se pondrán equidistantes y dirán "lo importante es que hayan dejado de matar". Incluso que "las víctimas no pueden marcar la política del gobierno". Conozco casi todos los argumentos. 

Me siento, a veces, tan derrotado como ciudadano español...

miércoles, 1 de abril de 2015

Rosa Díez, Claudio el Dios, y Luis XIV.

No suelo mojarme demasiado en cuestiones políticas en este blog, pero este tema me subleva desde el sábado, y quiero compartir mis reflexiones. Son las mismas que me hice tanto cuando leí en El Mundo la afirmación de Rosa Díez  "dimitir sería lo más fácil, igual que habría sido fácil abandonar la lucha contra ETA". Robert Graves en  "Yo Claudio" y "Claudio el Dios y su esposa Mesalina" dibuja un emperador inexistente que se declaraba republicano y defendía que el poder ha de basarse en la voluntad del pueblo. No le gusta el sistema imperial creado por su abuelo, Augusto. El problema es que cuando la Guardia Pretoriana lo erige como emperador, pese a que el Senado ha proclamado la República, se ve obligado a aceptar el puesto porque es o la corona o su cuello. No tiene ningún problema en abandonar sus principios y elegir la vida. Nadie muere por cuestiones ontológicas, ya lo formuló Albert Camus en "El mito de Sísifo" de un modo tremendamente irónico y basándose en Galileo.

Pero pasado el tiempo, el republicano Claudio, que sigue definiéndose como demócrata, o todo lo demócrata que puede ser un Romano del S. I, empieza a encontrar excusas para no abandonar el poder. Podría hacerlo sin problemas: ha afianzado su trono y le sería posible una transición republicana. Mirando los planos de varios proyectos de ingeniería para la mejora de Roma,  piensa "¡qué razón tenía Augusto! ¡hay tanto por hacer!"... Es cierto, Augusto no dejaba de decir, y así nos ha llegado por diversas fuentes, que el poder le pesaba mucho pero tenía obligaciones que cumplir por el bien de Roma que le impedían retirarse, como era su deseo.

En ese momento, Claudio deviene por fin en verdadero emperador, y a la vez en hipócrita. Robert Graves le quita, de un plumazo, la dignidad intelectual que le había otorgado hasta ese momento, lo humaniza en la mezquindad, y lo castiga más tarde con el comportamiento de su esposa, Mesalina. Claudio es un dictador más, encandilado por el poder y escondido bajo la mentira, tal vez autística, de que "tiene mucho por hacer y si no lo hace los ciudadanos saldrán perdiendo". Así han actuado todos los dictadores del S. XX, y algunos políticos como Churchill, Rooselvet, De Gaulle u otros que, desde la legalidad demócrata, han luchado por eternizarse en el poder. Estoy convencido de que era intención de Robert Graves incidir en esta cualidad de Claudio, y establecer un claro paralelismo con el  momento político en el que escribió su obra.

Rosa Díez no abandonó la lucha contra ETA porque era su deber. Era lo que le exigía el mandato popular, pero pudo haberlo dejado, y nadie le habría reprochado nada. No es tampoco un comportamiento excepcional: muchos lucharon contra ETA y no abandonaron. No vio crecer a sus hijos y ahora, por esa aventura política que es UPyD, sacrifica ver crecer a sus nietos. Lo mismo que muchos de sus colegas, por no decir casi todos. Incluso dice que sus hijos se lo han pedido. Pero ella se debe a una idea, se debe a una vocación, a una misión, y por eso no abandona, no puede abandonar.

Me parece una declaración miserable, por lo que pretende.

Lo siento, de todo corazón, a quien pueda ofenderse, pero con esa declaración Rosa Díez ha perdido, para mí, todo respeto intelectual e ideológico. Desde mi punto de vista son mezquinos el argumento, la narración de su sacrificio y la doliente actitud. Es utilizarlo en voz alta para derivar la responsabilidad de lo que sucede en su partido hacia las voces que la están criticando. Es tratar de singularizar lo que han vivido, sufrido y sentido cientos de servidores públicos españoles en los últimos 50 años, que son los años de ETA. Me parece deplorable, y una cortina de humo que no puedo aceptar como ciudadano y como votante. No necesito políticos que me digan lo mucho que sacrifican su vida personal por mí, ni por una idea, ni por un proyecto.  Acaso olvidamos, y esta es una vieja reflexión del Dr. Carlos Rodríguez Braun, que Hitler, Mussolini, o el Che, sacrificaron su vida personal por un proyecto, e incluso perdieron la vida por el mismo. Eso no es un valor en sí mismo. Que el auditorio al que se dirigía Rosa Díez se emocionara con esas palabras dice mucho, para mí, de donde está el error. "El Estado Soy Yo", dijo Luis XIV, y vaya si lo era. UPyD soy yo, parece repetir Rosa Díez... Sólo falta la música de Webber y aquella vieja canción, "No llores por mí, Argentina", que no es más que un canto a la hipocresía con mayúsculas...

lunes, 30 de marzo de 2015

Rosa Díez: todo era falso. UPyD se despide de ustedes.

Ayer cuando leí la intervención de Rosa Díez en el Consejo Político de UPyD (la D, curiosamente, no es de Díez, sino de democracia, aunque parecen olvidarlo), me llamaron poderosamente la atención dos afirmaciones, por su desdén y su hipérbole. Pensé que está mujer se ha vuelto loca y que su supuesta coherencia intelectual quedaba en entredicho. Las afirmaciones fueron:

1- "El problema es que creamos un partido para Dinamarca y estamos en España"... Vamos, lo de "el pueblo se equivocó" de Alfonso Guerra. ¿Se puede insultar peor a sus votantes pasados, presentes y futuros?

2- "Dimitir sería lo más fácil, igual que habría sido fácil abandonar la lucha contra ETA". Esta comparación es, en sí misma, repulsiva. Me encendió

Y resulta que lo clavé. Como uno tiene capacidades argumentativas, pero limitadas, me remito al artículo de hoy de Santiago González Díez​, excepcional, cuyo pensamiento transcurre en paralelo al mío, pero lo expresa mucho mejor. Leedlo, porque analiza como yo quisiera analizar esas dos afirmaciones en concreto.


Dos detalles. Artículo de Santiago González hoy en su blog.

sábado, 24 de enero de 2015

De exposiciones: El Retrato en las Colecciones Reales. Palacio Real.

La exposición El retrato en las Colecciones Reales que se ha organizado en el Palacio Real es una de las muestras más interesantes de cuantas se llevan a cabo ahora mismo en Madrid. Cuidada con esmero, muy bien elegidas las piezas y del tamaño adecuado, recorre cinco siglos de retratística asociada a la monarquía española, que formó parte activa en la conformación del retrato como género pictórico. Ya sea atrayendo a los grandes maestros, ya sea por la rígida conformación de la iconografía asociada a la imagen Real, la aportación española es indiscutible. Es una exposición recomendable, encontramos cuadros bellísimos y curiosidades que  muchos no conocíamos, y debes ir (estará hasta mediados de abril).
 
Aunque son formalmente más, la exposición se divide en 3 partes bien diferenciadas. La primera, dedicada a los Austrias, desde los Reyes Católicos hasta Carlos II. Para mí, la parte más interesante, de mayor calidad, y que presenta algunos de los mejores ejemplos de retratistas españoles y europeos desde el gótico tardío hispanoflamenco hasta el barroco. Van der Weyden, Juan de Flandes, Antonio Moro, Pantoja de la Cruz, Rubens, Ribera,  Coello, Giordano y un largo etc. jalonan esta parte de la muestra, que nos hace sentir no sólo la calidad de la pintura asociada a la Corona española, sino también la rigidez de la imagen y la potencia protocolaria que se asociaba a ellos. 
  
Aunque está presente, uno echa de menos algún retrato más del gran Sánchez Coello, sin duda a la cabeza de los retratistas de corte durante el renacimiento; y hay dos notabilísimas excepciones: Tiziano y Velázquez, padres del retrato real de la Corte Española, que sin embargo están presentes en espíritu, esencia y en forma de una pequeña miniatura en el caso del segundo: Diego Velázquez. Creo que no exponer ningún retrato de Felipe IV de Velázquez o de Carlos V de Tiziano es un error notable y sensible; el mayor "pero" a la muestra, y más aún cuando su influencia impregna a gran parte de los pintores que sí tienen un lugar en la misma. No sé a qué se debe la ausencia, si es por una razón práctica, política, estética o ética, pero no hay nada que lo explique desde el punto de vista formal. También faltaban ejemplos notables de Los Leoni (el expuesto era menor).
Por razones de gusto personal, con la llegada de los Borbones aparece también la pintura que deja de interesarme, y es la segunda parte de la exposición. No es culpa de ellos y no se vea en mis palabras una mayor intencionalidad, realmente la pintura del S. XVIII, salvo notables excepciones, no me interesa demasiado. Sin embargo los ejemplos son interesantísimos, especialmente aquellos de Carlos III y Carlos IV que menos se parecen a la "imagen habitual" que tenemos de ambos monarcas. De nuevo los grandes nombres, de entre los que destaca, como no, Francisco de Goya, a quien no se dejó de lado, por suerte. 
La tercera parte comienza con Isabel II y termina con Alfonso XIII. Variada, curiosa, encontramos retratos románticos interesantísimos como el que Esquivel hace a la joven reina y su hermana como dos amigas disfrutando de una tarde en el jardín, hasta los más recientes que Lazlo hizo de Alfonso XIII y de la Reina Victoria Eugenia, pasando por Madrazo, por Benlliure y un excepcional busto de los mismos monarcas; y por un sensible y modernísimo retrato que también para Alfonso XIII realiza el cada vez más recuperado Sorolla. Aquí las ausencia, más que de artistas, son de monarcas. Ni rastro de Fernando VII y sólo un retrato infantil, escultórico y más curioso que trascendente de Alfonso  XII (gran Rey que, salvo por su afición a  la vida nocturna, creo que es el más parecido a S.M. Felipe VI de todos sus antecesores: inteligente, formado, demócrata y culto).
Termina la exposición, todos pensaríamos que la excusa perfecta, por el retrato de la Familia de Juan Carlos I que por fin entregó Antonio López a la Casa Real tras quince años de retraso. No soy un gran seguidor del hiperrealismo ni de Antonio López, pero siempre he reconocido la maestría y la destreza técnica del pintor, por encima de todos los de su generación. Es un pintor consumado, y maneja su profesión como nadie. Por eso me sorprende el plúmbeo y definitivamente aburrido retrato de la anterior familia real que nos ha presentado.  Se entienden los guiños iconográficos al pasado, se entiende la obsesiva presencia de la luz; pero no que los personajes parezcan figuras de cera, sin vida, incluso con una dudosa proporción. No me va nadie a salir con que es una intención temática, política e ideológica.  Lo que hay es desgana, un cuadro al que creo que Antonio López no supo hincarle el diente, quizás por presión, quizás porque no le apetecía, pero el resultado es definitivamente irregular y, desde mi punto de vista, decepcionante. No está a la altura del artista, de los retratados. Muy buen la idea del comisariado de la exposición de enfrentarlo, en la misma sala, a un retrato de D. Juan Carlos realizado por Salvador Dalí, a partir de una foto oficial y con técnicas copiadas de las novedades del momento. Si tengo que elegir entre ambos, me quedo con el surrealismo de un Dalí decadente frente al hiperrealismo de un López desganado e insustancial.  La figura de Juan Carlos, y su reinado, merece más al primero que al segundo. 
 

sábado, 17 de enero de 2015

Sufrir la presencia de niños maleducados en espacios para adultos.

Los padres, desde mi punto de vista, pueden y deben llevar a sus hijos a exposiciones, conciertos, etc. Pero también deben enseñarles a saber estar en esos sitios. No pueden desentenderse, poner sonrisa bobalicona, y decir el clásico "son niños" mientras se encogen de hombros. Y si no, ir sólo a actividades "para niños", pero si quieren que sus hijos vayan a recintos normalmente para adultos, hay que enseñarles urbanidad. Hoy en la exposición del Círculo de Bellas Artes de Madrid sobre Francisco Ibáñez (por cierto, muy floja, le dedicaré una entrada), había decenas de críos. Para empezar: Los padres por un lado, los niños por otro. Es decir, los niños mirando cosas sin entenderlas y nadie que los guiara y enseñara a comprender. Sentándose en las vitrinas, acercándose peligrosamente a los originales expuestos, sáltando entre la gente... Vi a uno pasar su coche de juguete por la silueta del Botones Sacarino (que debe costar una pasta). Gritos, carreras, empujones... Así no es. Esos niños parecían asilvestrados, no moviditos ni traviesos, sino verdaderamente salvajes; y nadie hacía nada por controlarlos. Es la segunda vez que me marcho de una exposición a causa de la presencia de niños maleducados. A eso encima hay que unir a los adultos tontos, porque eso es lo que son, que sacan fotos de todo. ¡Pero si nunca vas a hacer nada con esas fotos! ¡Si las terminarás borrando! ¡Si las puedes encontrar en internet de mejor calidad! ¡Si con el fogonazo del flash la foto va a ser una porquería! De verdad, la falta de educación, urbanidad y respeto a los demás me hizo salir huyendo. Me fui a la Sala Minerva del mismo Círculo, donde había una discreta exposición sobre perfumes, asociada a corrientes artísticas. Allí había un padre con su niña, además discapacitada psíquica. Lo mismo, dejó a la niña a sus anchas. Había unas semiesferas de cristal con una abertura para que acercaras la nariz y olieras diferentes perfumes. La niña literalmente se encaramó a uno, lo vapuleó, lo zarandeó, metió la cabeza dentro de la urnilla hasta que logró hacer caer el perfume que estaba dentro sin que el padre hiciera nada. Me acerqué a la empleada de seguridad para quejarme, y me dijo "pobrecita es que es una niña, y además se ve disminuida" (usó otro adjetivo). Vamos, que si la niña tira abajo la exposición completa, hubiera dado igual... Y échale narices y llama la atención a ese padre, que se sentirá ofendidísimo porque su hija es igual a las demás y tiene los mismos derechos y cómo te atreves tú a decirle nada... Pues sí, tiene los mismos derechos: los mismos que yo a disfrutar con tranquilidad de una exposición... Estuve tentado de ponerme a zarandear uno de los recipientes de perfume a ver qué pasaba... Luego, cuando proliferen los lugares con "niños no permitidos", que no se quejen. Pagan justos por pecadores, mis sobrinos y los hijos de mis amigos, por ejemplo, que no tienen ese comportamiento.

viernes, 7 de noviembre de 2014

Montserrat Caballé como Violeta Valery, en "La Traviata" de Verdi. Dallas, 1965.

Muchos de los aficionados a la ópera creen que el éxito internacional de Montserrat Caballé fue fruto de una casualidad, cuando fue llamada a toda prisa para sustituir a Marilyn Horne en el Carnegie Hall de Nueva York. Pero lo cierto es que, si bien esa sustitución la convirtió en estrella al más puro estilo americano, Montserrat se había ganado una sólida reputación en centroeuropa, y ya tenía cerrados importantísimos contratos en el circuito internacional: Festival de Glyndebourne y una "Traviata" en Dallas.  De otro modo no habría sido llamada para cantar en Nueva York sustituyendo a una de las divas más grandes de la historia de la ópera. 

Ya como estrella, encaró esos contratos, y por suerte tenemos grabación de ellos. Aquí está "La Traviata" de 1965 en Dallas, para que la disfrute el que quiera. Es curioso, también, constatar como Caballé hace una serie de guiños, en ese debut, a la gran dominadora del rol por entonces, que era Maria Callas. Excesos melodramáticos en unos cuantos momentos que no son nada normales en la catalana (atención al "Amami Alfredo!" y lo entenderás) y en un tempo inusual. No pasó un año y esos aspavientos cesaron: Caballé asumió el papel tal y como ella quería y sabía: más cerca de la partitura, más puro musicalmente, más hermoso en lo vocal. Aún así, es un pedazo de documento y vais a disfrutarlo mucho. 

Gracias a "Onegin", el fantasma desaparecido (¿por qué?) por publicarlo en youtube.


sábado, 26 de julio de 2014

El maestro de canto. Carlo Bergonzi, in memoriam.

La primera vez que escuché a Carlo Bergonzi fue en la mítica grabación de "La Traviata" para la RCA en la que compartía cartel con Montserrat Caballé. La registraron alrededor de 1968, y en ese momento, aunque parezca mentira, era de las primeras grabaciones integrales de ese título verdiano. También fue la primera ópera que escuché completa, y la primera que me compré en CD (unos años después). Yo debía estar en 2º o 3º de BUP, y no era ni mucho menos un melómano. Ni siquiera sabía demasiado de ópera, pero me estaba adentrando en ese género, de la mano Montserrat.
 
Por supuesto tampoco tenía ni idea de quién era Carlo Bergonzi. Mis conocimientos acerca de cantantes de ópera se limitaban a Plácido Domingo, José Carreras, Victoria de los Ángeles, Teresa Berganza, Alfredo Kraus, Maria Callas, Renata Tebaldi, Joan Sutherland, Birgit Nilsson  y Luciano Pavarotti.  No sabía de nadie más, y a estos los conocía o por los medios de comunicación o porque en mi afán por saberlo todo de Montserrat Caballé leía artículos en los que aparecían. También por conciertos o representaciones a los que me llevaron a rastras en mi infancia y adolescencia. No sabía de muchos más. Pocos años después mis horizontes eran más amplios. La pasión sustituyó a la curiosidad, la ópera se convirtió en la música que más me interesaba, y aprendí, estudié, comprendí y asimilé. El horizonte de cantantes que me interesaban y gustaban creció, también mi capacidad crítica. Mi gusto se asentó y se fijó. Empecé a disfrutar de la ópera desde el conocimiento. El arte se puede disfrutar de cualquier manera, siendo un auténtico analfabeto y no conociendo ni sabiendo nada sobre lo que se observa, lee o escucha; pero también desde el conocimiento que da el estudio y el análisis. Antes hubiera dicho que son dos formas "igualmente válidas y placenteras". Hoy no lo tengo tan claro, con los años me radicalizo. Creo que saber de arte permite disfrutar más. Lo que se hace más difícil es satisfacer tu criterio, que se torna más exigente o, dicho de otro modo, se eleva. 
Vuelvo a Carlo Bergonzi. Lo escuché sin saber nada de él, ni de canto, y me impresionó. Yo elegí esa grabación de "La Traviata" por Montserrat Caballé, evidentemente, el tenor me resultaba accesorio. Sin embargo sentí algunas cosas que eran nuevas para mí: una voz hermosa, dulce, que paladeaba cada palabra y, sobre todo, que empastaba perfectamente con la soprano. Empecé a investigar quién era ese cantante, busqué fotos, su historia... No era tan fácil, a mis 17 o 18 años no existía  internet. Así que buscar información sobre un tenor significaba irte a una biblioteca y bucear en enciclopedias musicales, revistas... En fin que fue un proceso lento, que sin embargo hoy anhelo.
Descubrí, por ejemplo, que se le consideraba el mejor cantante verdiano del siglo XX. También que había una dicho que afirmaba que no se podía apreciar la ópera hasta que se escuchaba a Bergonzi cantando en italiano y a Kraus en francés.  Leí una entrevista con el gran tenor Richard Tucker en la que acusaba a Bergonzi de tacaño, pesetero y aburrido, con una frase que casi recuerdo literalmente "Bergonzi sale, canta, y regresa corriendo a su casa con la maleta llena de dinero". Conocí que también se semejaba a Kraus por su seriedad y su especial dedicación a la técnica del canto; algo que, créeme, no era muy habitual en otros tenores de su época o inmediatamente anteriores (del Mónaco, Corelli, Di Stefano... tenían tanta idea de música como de física cuántica, aunque, ojo, eran grandes cantantes). Supongo que cuando tu voz no es especialmente grande, ni ancha, ni poderosa, tienes que aprender a usarla si quieres convertirte en estrella. Bergonzi, como Kraus, era un gran cantante sin una gran voz. Aquí entra mi propio criterio personal: siempre he preferido las voces académicas, estudiadas, de técnica solvente. Me da igual si el cantante tiene tal océano vocal que es capaz de despeinar a un espectador que se siente en lo alto del quinto piso del teatro. Si no veo técnica, ni siento musicalidad, me deja bastante frío. En definitiva, me gustan los cantantes que son, además, grandes músicos. Disfruto mucho más con ellos que con cualquier otro. Es, hoy en día, toda una declaración de principios. Me importa tres rábanos que Birgit Nilsson no tenga italianidad o carezca de los elementos básicos que debería tener una soprano para cantar Verdi porque, amigo mío, ¿te has detenido a pensar en lo bien que está cantada su "Aida", pese a todo? En la disputa entre Renata Tebaldi y Maria  Callas, para mí siempre ganará Tebaldi. No es cosa de belleza, cuidado: John Vickers poseía una voz que podía denominarse como fea, pero es un gran cantante. ¡Cómo disfruto escuchándolo!
  
El gusto musical, especialmente el operístico, está lleno de tics, de esnobismo y de estereotipos, y tiene también un fuerte componente emocional. Cuando un cantante te ha hecho vibrar y lo relacionas con una experiencia superior, tiendes a ponderarlo siempre por delante de otros, y encuentras en sus actuaciones los argumentos necesarios para ello. Lo mismo con los cantantes que detestas por la razón que sea. Ya no suelo meterme en discusiones sobre cantantes, porque lo he comprendido. Tampoco creo a ninguna persona que me afirme estar por encima de la "contaminación emocional". Es mentira. Nadie se deshace de ella jamás.
¿Esto es una entrada sobre Bergonzi o sobre mí? Pues las dos cosas. Ni tengo ganas, ni me parece práctico, llenar este post de datos discográficos y biográficos sobre Carlo Bergonzi. Eso lo puedes encontrar en unas doce mil páginas webs. Prefiero contarte lo que Bergonzi significa para mí. Y ya he dicho una gran parte, porque toda esa declaración de principios sobre lo que me gusta o no de un cantante lo aprendí de Montserrat Caballé, Carlo Bergonzi y Dietrich Ficher Dieskau. Luego se sumaron otros, como John Vickers, Nicolai Ghiaurov, Kathleen Ferrier o Elisabeth Schwarkopf. Pero esos tres cantantes fueron los primeros. Los tres con el mismo denominador común: grandes músicos. Por ende, grandes cantantes. 
Para mí Carlo Bergonzi es canto. Belleza en la voz, sin que sea su principal característica (Carreras, por ejemplo, posee, para mí, la voz más hermosa de tenor que conozco). Dominio del canto, de sus matices, de la técnica. Una proyección que atraviesa el auditorio. Un preciosista fraseo en el que cada palabra recibe una clara singularización relacionada con la música que la sustenta y está perfectamente silabeada. La pronunciación académica de un italiano solemne. Impecable conocimiento del estilo y sus exigencias. El valor musical de la partitura, que es lo que da sentido al significado de las palabras, al personaje que se interpreta. Hay cantantes que lo hacen de otra forma: primero el drama, y de él nace el canto. Yo prefiero a los que hacen el viaje al revés, porque nos recuerdan que la ópera no es una obra de teatro en la que casualmente se canta. La palabra está sujeta a la música. La música pone en relieve todas las características del significado de las palabras que el drama necesita. También del carácter del personaje que se interpreta. Decía una gran actriz shakespeariana, creo que Vanessa Redgrave, que no era capaz de entender como Montserrat Caballé podía cantar en un concierto la gran escena de Desdémona en "Otello" de Verdi dotándola de toda su fuerza dramática e intensidad sin necesidad de interpretar la ópera desde el principio, porque ella sería incapaz de hacerlo en un teatro.  No es que Montserrat sea mejor actriz shakespeariana, por supuesto, sino que tiene un apoyo fundamental: la música, que da sentido a todo lo que expresa. Aparte de, como no, la maestría, la genialidad y el oficio
Carlo Bergonzi representa todo eso. No lo escuchas y dices "qué gran voz" sino "qué gran cantante". Completo, casi soberbio en su canto, merece el apodo que le dio el público: "El Catedrático". Porque era eso, un maestro del canto, alguien capaz de plantarse en escena, bajito, barrigón, con un pelo imposible, vestido con una armadura que le sobraba por todos lados, y en el mismo momento en que cantaba "Se quel guerrier io fossi..." hasta el final de la ópera se convertía para el espectador, sin género de dudas, en el más joven, guapo y musculoso capitán de los ejércitos del Faraón; como Montserrat Caballé fue, en escena, una de las más creíbles "Salomé" de la historia de la música, pese a sus más de cien kilos y a su incapacidad para bailar la danza de los siete velos. Recuerdo una gala, creo que en honor del muy bruto director James Levine en el Metropolitan Opera House de Nueva York, en el que  Carlo Bergonzi, con muchos años, y más que retirado, se atrevió con una serie de páginas de "Luisa Miller", incluida el aria principal para tenor; e hizo palidecer a los demás participantes, todos ellos jóvenes y maduros cantantes en activo. 
He disfrutado siempre muchísimo con Carlo Bergonzi. Sus grabaciones de "Don Carlo" y de "Rigoletto", acompañado de Dietrich Fischer Dieskau, me resultan memorables, increíbles e inalcanzables; como sus dúos con Montserrat en "La Traviata", "Aida", la pésima "I masnadieri" y "Tosca". Ahora que hemos conocido la noticia de su muerte, y para recordarlo como se merece, pienso escuchar el cofre de Phillips que recopila todas las arias de Verdi que grabó. Si tuviera que elegir un único tenor que salvar para la posteridad, en un improbable escenario de pérdida total de la memoria humana; sería él, sin pensarlo dos veces. Ya no está entre nosotros, pero por suerte siempre contaremos con su presencia sonora. 

domingo, 20 de abril de 2014

De libros (y de amistades): Seis propuestas para el próximo milenio, Italo Calvino.

A veces quedan libros en la estantería que, por la razón que sea, languidecen porque te has olvidado de ellos. Un amigo íntimo me regaló en diciembre de 2002 el libro que voy a reseñar, como celebración de nuestro primer año de amistad. Posiblemente por tener muchos libros pendientes, en un mes lleno de compromisos vitales y profesionales, el libro fue guardado y quedó en una estantería. Luego pasó por tres mudanzas, donde volvió a quedar relegado. Posiblemente primero sucedió que pensé que lo había leído. Luego incluso olvidé que lo tenía. El amigo que me lo regaló, uno de los mejores, no me lo tendrá en cuenta, nos conocemos lo suficiente como para saber que no hubo ninguna otra razón que las expresadas.
 
Hace unos meses leí la última novela de Mario Vargas Llosa (la reseñaré, es una gran obra), y en ella uno de los personajes reflexionaba sobre diversos aspectos de la vida y el acto creativo, citando de fondo el ensayo de Italo Calvino "Seis propuestas para el próximo milenio". Entonces se encendió una luz en mi memoria. Yo tengo ese libro, me dije, creo que lo leí, pero no recuerdo nada de él. Así que lo busqué, y efectivamente, en el lugar adecuado al apellido del autor, allí estaba. Claro que lo recordé, y no, no lo he leído pensé cuando lo tuve en mis manos. Entonces lo abrí. Había una dedicatoria,: "Chuang Tzu dibujó un cangrejo... ¿Qué haremos nosotros en los próximos diez años? Esperemos que sea bello... (ni rico [?] ni leches)". Me emocionó. Han pasado doce años, amigo mío, y mira que hemos vivido cosas. Pero aquí seguimos los dos, amigos después de tantas cosas. No recuerdo una sola vez que nos hayamos enfadado el uno con el otro. Tu dedicatoria, además, resultó predictiva respecto al libro, como descubrirás algo más abajo.
Por supuesto, leí el ensayo. Tenía dos elementos de interés añadido: confío enormemente en la capacidad intelectual de mi amigo, y además causó honda impresión a uno de los grandes escritores del último tercio del S. XX y principios del S. XXI. Un libro publicado en 1988, que debemos entender como "póstumo", y que analiza cómo deberá ser la literatura del segundo milenio. Ahí es nada. Realmente concebido como un conjunto de seis conferencias que Italo Calvino debió haber dictado en la Universidad de Harvard, dentro de la Cátedra "Charles Eliot Norton Poetry Lectures" que fue invitado a ocupar en el curso 1985 - 1986, el primer italiano que recibía tal encargo. Esta Cátedra tiene como peculiaridad que cada año es ocupada por un gran creador e intelectual (entre otros Stravinsky, Borges, Octavio Paz, Panofsky, Hindemit, Baremboin... y sólo un española: Jorge Guillén), que debe elegir un tema y desarrollarlo en seis sesiones. Casi todas ellas han sido publicadas, desde 1926 en adelante.
 
Pero Italo Calvino falleció una semana antes de trasladarse a Harvard, y nunca llegó a escribir la última conferencia, que había decidido completar durante su estancia en la Universidad. Sin embargo, las otros cinco, inmaculadamente mecanografiadas y archivadas, fueron encontradas intactas, y a decir de Esther Calvino y de otros grandes estudiosos del autor italiano, lo más probable es que las hubiera publicado tal cual se encontraron, con pocas correcciones. Cada una lleva como conciso título una característica que para Italo Calvino ha de tener la literatura del S. XXI: Levedad, Rapidez, Exactitud, Visibilidad y Multiplicidad. Por supuesto, el contenido de las mismas desarrolla cada concepto. La sexta sabemos que debería titularse "Consistency", que en español puede traducirse como Consistencia, pero también como Consecuencia e incluso como "Lista de componentes"; así que si los editores de la obra no se atreven a traducir el concepto, yo tampoco lo voy a hacer. Calvino emplea en cada conferencia diversos ejemplos de la historia de la literatura para reforzar sus ideas: Ovidio, Bocaccio, Cavalcanti, Gadda, Musil, Mann, Borges... De las notas que dejó, se sabe que esta última conferencia iba a emplear, entre otros, a Melville, y en concreto a su obra Bartleby. A partir de la edición de 1998, se añadió una conferencia que se encontró entre sus papeles ocho años después de la muerte del escritor, "El arte de empezar y el arte de acabar". Al parecer, Calvino había dicho que tenía material para escribir ocho conferencias, pero la cátedra le exigía cerrar el tema en seis. Incluso llegó a decir que había escrito una más que nunca se encontró y que quizás sea esta, aunque Esther Calvino no se atreve a afirmarlo. Sea lo que sea, está perfectamente encajada en el conjunto, aunque no tenga el acabado perfecto de sus cinco compañeras de edición.
 
No voy a desarrollar cada capítulo, imagino que de una obra editada en 1988 debe haber decenas de reseñas, críticas, reflexiones e incluso ensayos que expliquen mucho mejor que yo cada uno de los contenidos, con los que me he sentido muy identificado como escritor (incluso para reconocer mis defectos, caso de Rapidez). Sólo quiero decir que me parece un libro indispensable para quien desee escribir actualmente, y también para quien desee enfrentarse a los estudios literarios. Es de una gran contundencia, con ideas difícilmente refutables: es Alta Cultura con mayúsculas y surge de un proceso vital, literario e intelectual profundo, exhaustivamente comprendido y analizado. Además es un texto bello en su concepción y su calidad.
Sólo quiero detenerme en algo que me impresionó desde el principio de mi lectura. Mi amigo se preguntaba en su dedicatoria qué nos depararían los siguientes diez años. Curiosamente, esa pregunta tiene mucho que ver con lo que me admiró de las propuestas del libro. Italo Calvino ni conoció, ni se imaginó, la existencia de internet, buscadores y navegadores, redes sociales, teléfonos móviles, procesadores de texto, correctores o editores informáticos. Cuando fallece, en 1985, todavía eso del "ordenador personal" era algo que sonaba a quimera futurista. Nunca se enfrentó a las tecnologías de la información y la comunicación que hoy inundan nuestra realidad y que sin duda han revolucionado nuestra vida y nuestra sociedad hasta límites que aún ni siquiera sospechamos. Insisto en la idea, no sólo no las conoció, sino que ni siquiera las intuyó.
 
Sin embargo, sus propuestas para una literatura del segundo milenio encajan, una a una, en el panorama actual. No hay nada de lo sucedido gracias a la tecnología y a internet que pueda hacer variar un ápice lo reflexionado por el autor. Las propuestas de Italo Calvino parecen haber sido formuladas pensando en la celeridad que hoy en día se exige al texto escrito, motivada por los email, las entrada en facebook o en un blog, los chats como whassap, los casi fallecidos sms, Google e incluso los tuits; en una sociedad en la que el bombardeo informativo audiovisual puede llegar a ser asfixiante. Piensa sólo en el significado de las palabras levedad, rapidez, exactitud, visibilidad, multiplicidad y consistency... ¿Las aplicarías o no a la nuevas formas de comunicación y, por ende, de creación? Pues sí, una tras otra. Otrosí, si estas nuevas formas de expresión quieren ser sustanciales y tener consistencia para convertirse en un proceso creativo trascendente, deberán cumplir estas premisas, o no serán nada.
Ahí está la grandeza de los grandes intelectuales, en la trascendencia de su pensamiento, en la perdurabilidad de sus ideas, en la aplicación de sus análisis incluso cuando las cosas han cambiado tanto. No pasa todos los días, ni siquiera hay muchos ejemplos en la historia. Italo Calvino se convierte, con este libro, no en un visionario, como escribirá algún curso, sino en uno de los indispensables pensadores del S. XX, dejando atrás a otros que aún hoy parecen tener más renombre, pero que el tiempo dejará atrás, tarde o temprano. Te dejo este video encontrado en youtube, de la serie de televisión mexicana "Imaginantes" dedicado a Italo Calvino.

sábado, 19 de abril de 2014

Riccardo Muti en el Teatro Real: "Messa da Requiem".

 
La Fundación "El Greco", con motivo de los actos conmemorativos del IV Centenario del pintor, programó un concierto excepcional que tuvo como escenario la Catedral de Toledo, el pasado 12 de abril. Se trataba de una interpretación de la "Messa da Requiem" de Giuseppe Verdi, dirigida por  Riccardo Muti al frente del Coro de la Comunidad de Madrid y la Orchestra Giovanile Luigi Cherubini. Dos días después, en virtud de la colaboración entre dicha Fundación y el Teatro Real, se repitió en el coliseo operístico madrileño. Las circunstancias, además, hicieron que se dedicara a la memoria de Gerard Mortier, recientemente fallecido.
 
Salvo por el escenario, lo cierto es que no creo que hubiera grandes diferencias entre ambas convocatorias. La madrileña, a la que pude asistir, fue magnífica. No llegó a representación histórica por razones que luego comentaré. Pero para mí fue como escuchar la obra por primera vez, pues tales fueron las novedades que el director imprimió a su interpretación. Acaso no tantas, dado que conocemos la obsesión de Muti por las lecturas limpias de las partituras en su edición original, y quizás lo que a un espectador acostumbrado a esta pieza le pareció diferente no era más que el retorno al valor genuino de la partitura.
 
Empecemos por lo que falló para hacer de la noche una representación "histórica", aunque fue sin duda memorable. Un coro bien empastado al que en algún momento le faltó algo de cuerpo. Una orquesta delicada de músicos en formación (entre 18 y 27 años) con una calidad evidente pero sin la historia y tradición de las grandes formaciones;  ya que no podemos olvidar que fue fundada en 2004 por el propio Muti y tiene una gran movilidad entre sus componentes. Por último, los solistas no alcanzaron, en grupo, ese punto de excepcionalidad más allá de la interpretación solvente, incluso brillante.
 
Pero Riccardo Muti es posiblemente el mejor director verdiano de la actualidad, y también posiblemente el mejor director de ópera. Lo sabemos todos, y ello añadió ese plus de emoción que sentíamos los que estábamos esa noche en el Teatro Real.
 
Quiero indicar algunas de las cosas que más me interesaron. Lo dije brevemente en mi facebook. En primer lugar, sin duda alguna, los tempi, muy vivos, que el director imprimió a la partitura. Acostumbrados a interpretaciones históricas más pausadas, Muti jugó con el tempo con ductilidad y flexibilidad, sin un metrónomo clavado en las meninges, como sucede a otros directores que han trabajado, y mucho, en el Teatro Real.  Para empezar, desaparecieron casi todos los silencios entre los siete movimientos, salvo, si no recuerdo mal, entre el "Sanctus" y el "Agnus Dei", donde creo que además la pausa estuvo motivada por un detalle que espero no olvidarme de comentar al final de esta entrada. Pero, por ejemplo, entre el sexto y el séptimo movimiento ("Lux Aeterna" y "Libera me") no hubo ni el más mínimo momento de pausa, apenas acababa de diluirse el último sonido precedente, la soprano  Tatjana Serjan empezaba su parte. Pero incluso tras la bellísima estrofa "Requiem aeternam dona eir, Domine, et lux perpetua luceat eis", tan leve y reposada, Muti exigió de la cantante comenzar de nuevo un vociferante "Libera me, Domine, de morte aeterna, in die illa tremenda" sin darle más tiempo que el necesario para respirar. Aunque no te lo creas, lo comprobé por el reloj: Muti rebajó en casi medio minuto las duraciones habituales de este movimiento. Eso, en música, es mucho tiempo. Lo suficiente como para que nos diéramos cuenta de la viveza del tempo y de la ausencia de pausas. Pero reflejo de esa ductilidad estuvo justo en la estrofa final del coro, que empezó con un Muti conteniendo el tempo para dejarlo segundos después fluir a mayor velocidad. Eso, yo, en grabaciones y en directo, no lo había escuchado jamás, y hay que tener una gran comunicación con tu orquesta para conseguirlo con tanta perfección.
Pero si el tempo fue una de las novedades de la noche, no lo fue menos la belleza del sonido, la claridad con la que cada una de las secciones orquestales realizaba su trabajo, con una especial mención de los metales y la percusión; y como la coordinación era absoluta, sin concesiones: el sonido llegaba perfecto, interpretable, reconocible, limpio, sin incoherencias ni rupturas. Ese sonido analítico que siempre ha caracterizado, para mí, a los grandes directores y cuya ausencia evidencia a los mediocres.
La tercera novedad que quiero destacar está referida al tenor. No a Francesco Meli, en sí mismo, que es un cantante serio y cuidadoso, sino al tipo de voz. ¿Qué nos ha dejado habitualmente la tradición interpretativa del "Requiem"? Tenores que cantan con toda heroicidad, que comienzan su "Kyrie eleison" casi como Siegmund encuentra su espada vencedora. Sucede así cuando el tenor es un lírico spinto o un dramático (Vickers, Domingo, Di Stefano, Gigli), pero también podemos sentir como los directores más reputados se lo exigen a tenores líricos o incluso líricos - ligeros (Karajan a Carreras y a Pavarotti,  Abbado a Merrit o a Alagna, Solti también a Pavarotti...) . Muti, sin embargo, escoge un tenor lírico y lo hace actuar como un tenor lírico. Su entrada fue la más recogida, pese a la vibrante fuerza, que yo he escuchado nunca. Verdaderamente un pecador pidiendo piedad a Dios, que es al fin y al cabo lo que "Kyrie eleison" significa.  Francesco Meli apiana con facilidad, es una de las características de su voz, tiene una gran dulzura en la emisión, y carece de un volumen heróico, por supuesto, aunque su proyección sea más que solvente. Riccardo Muti aprovecha estas cualidades de la voz, hasta el punto que el "Ingemisco" y el "Lux Aeterna" tuvieron una enorme belleza gracias a su intervención.
 
Aquí está, yo creo, la clave. Aprovecho unas declaraciones, días antes, del propio director, que se quejaba de cómo el "Requiem" era interpretado, las más veces, como una partitura operística, incluso con cierta ramplonería. Defendía que había que leer claramente la partitura, muy exigente en matices, y conocer perfectamente el texto para no caer en incongruencias musicales, quizás muy expresivas, pero que no hacen justicia a la música. Cumplió, porque su interpretación fue exactamente eso: una Misa de Requiem, por mucho que se celebrara en un teatro y al final aplaudiéramos hasta hacer salir a los interpretes un total de siete veces a saludar. Pero no fue otra cosa que música religiosa. De ahí muchos de sus matices, de ahí su ductilidad y, sin duda, la espiritualidad que se sintió en todo momento. Hubo momentos en los que uno de los Teatros más grandes de España parecía una pequeña ermita recoleta y anónima. En ese sentido, el objetivo Muti estaba cumplido. Como por suerte podemos comparar esta interpretación con otras del mismo director, vemos como Muti ha ido variando su concepción global de la obra a lo largo de los últimos años. Nada que ver este "Requiem" con el que dirigió, por ejemplo en Verona en 1980 con Caballé, Fassbaender, Luchetti y Raimondi, y que puedes encontrar en youtube. Ahí pesaba el sentido más operístico de la tradición. Personalmente siento el mayor respeto por los intérpretes musicales que evolucionan en su propio criterio musical y puedes sentir perceptiblemente cómo a lo largo de los años la madurez y el mayor conocimiento intelectual, así como práctico, de su trabajo, lo hacen arañar nuevas interpretaciones y riquezas expresivas en la misma partitura. Lo he sentido con Muti, con Abbado, con Karajan, Solti, Bernstein, Arrau, Larrocha, Caballé, Sutherland y tantos otros... A veces he notado involuciones (el mismo Solti con Wagner o Puccini); y otras veces intérpretes planos, que llegan a un punto y se detienen en él por los siglos de los siglos (no pienso citar a nadie).
 
La citada soprano Tatjana Serjan se ha generado una sólida reputación, basada en una brillante carrera que incluye papeles como "Tosca" y, sobre todo, la "Lady Macbeth" verdiana, en la que algunos consideran se convertirá en referencial. Se presenta, sin embargo, tanto en el programa como en internet, como "soprano coloratura". Tengo mis serias dudas. No la he escuchado en vivo en ninguno de los dos papeles citados, pero me pareció un poco dura, a veces excesiva en dramatismo; aunque no puedo negar que su intervención en este "Requiem" fue excelente pese a algunos problemas de proyección. Pero debería tener un poco más de cuidado con su zona aguda, porque a veces se pierde en la afinación y en el volumen (el terrible agudo final que debe romper la muralla de sonido de la orquesta y el coro no llegó a las filas altas del Teatro, y creo que tampoco a las más bajas). 
Más elegante me resultó la mezzosoprano Ekaterina Gubanova, acostumbrada a la "Princesa de Eboli" del "Don Carlo" de Verdi y a la "Adalgisa" de "Norma" de Bellini, como muchas de sus ilustres antecesoras. Se notaba esa formación italiana y belcantista, aunque a veces se peleaba con el italiano y también con el volumen. La orquesta y el coro la anulaban mucho más de lo deseable. El bajo Ildar Abdrazakov estuvo correcto, impecable, pero no llegó a emocionarme, perdido a veces en el volumen (sus principales papeles son de Bellini, Cherubini, Donizetti y Rossini). Todo ellos son habituales de Muti, y están más que acostumbrados a la disciplina del director.
Entonces, con los problemas que he expresado, ¿dónde estuvo lo memorable del concierto? Pues en algo muy sencillo: que con Muti, como casi siempre, la que gana es la música, la partitura y el compositor. En ellos se centra su trabajo, y no en la preeminencia de intérpretes olímpicos. Es la música, en estado puro, es el interés del compositor, lo más sincero posible, esa vieja pelea de Muti con la tradición que le ha dado grandísimo momentos, y también algún que otro fiasco. Su grabación de "I Puritani" de Bellini por ejemplo lo tiene todo para ser histórica: Montserrat Caballé, Alfredo Kraus, Mateo Manuguerra, Agostino Ferrin... Pero la férrea disciplina que el director impone, sin margen alguno al canto a piacere o a las variaciones en las coloraturas la convierten en un experimiento tan fallido como aburrido que sólo brilla parcialmente justo por lo contrario que el director quería: varios momentos de las interpretaciones de Caballé y Kraus. Estoy convencido de que hoy lo habría hecho de otra forma.
Fue una gran noche, y yo la recordaré como una de los grandes momentos musicales que he vivido.
No puedo terminar sin añadir que el Teatro Real cada vez tiene a un público más maleducado, que no duda en hablar, abrir caramelos o toser a todo volumen en los momentos más insospechados, y que fue sin duda la razón por la que Muti hizo una pausa entre movimientos. Llegó a ser insufrible, insoportable. Creo que habrá que pedir al Teatro Real que aparte del asunto de los móviles recuerde a los espectadores meterse el caramelo en la boca antes de que empiece el concierto o que es posible amortiguar el ruido de una tos con un simple pañuelo. En el Liceu, me consta, lo advierten por escrito.
Para disfrutar, una buena interpretación debida al aburrido Zubin Metha al frente del Musica Sacra Chorus y la New York Symphony Orchestra con Caballé, Domingo, Berini y Plishka, que recientemente ha sido editada en CD y de la que tarde o temprano aparecerá el DVD.

martes, 14 de enero de 2014

Algunas cosas que tener claras antes de acoger un animal, 01.

 Sabes que me gustan mucho los animales, y que llevo años conviviendo con alguno. Ahora mismo tenemos 3 mascotas: Esteban Elhurón, nuestro machote favorito; Goloso, un hermoso drattar que al principio me odiaba y ahora me adora, y que sacamos de un refugio; y Celta, la recogida en medio de un monte gallego perdida y casi muerta. Ellos son los que ilustran esta entrada.

Nos gustan mucho los animales, y tenemos cierto nivel de compromiso. Por eso estamos o hemos estado dispuestos a acoger perros temporalmente, mientras se les encuentra una familia. Nuestras condiciones son: perro anciano, al que darle un hogar y una estabilidad en estos tiempos finales de su vida (que pueden ser seis meses como seis años); esterilizados, bien de salud (con achaques de la edad, claro, pero sin enfermedades graves o infecciosas por nuestros otros animales) y mínimamente educados (que hayan vivido alguna vez en una casa).

En los últimos quince días hemos tenido dos experiencias desagradables, y siempre con un mismo denominador común: las personas que nos alertaron y convencieron para hacer una acogida han sido  amantes de los animales, activistas que van un poco por libre, ansiosas por "salvar perros" con cierto complejo de Teresa de Calcuta. En ambos casos la experiencia ha resultado fallida y nos ha dejado decepcionados, impotentes y definitivamente tristes. Dos personas diferentes pero que tuvieron el mismo comportamiento.

El primer caso fue un perro del que nos dieron unos datos que en absoluto se correspondían con la realidad, y además intentaron que lo acogiéramos mientras otra familia ya se había interesado y estaba en proceso de adopción. Dimes diretes, ya va, no viene, al final tuvimos que decir no, y encima llevarnos un pequeño rapapolvo porque la intermediaria no comprendía que no se puede mentir, y decir que un perro tiene 10 años y pesa 20 kilos si tiene 7 y pesa 40. Días después recibí una llamada de la asociación que tenía a ese perro, me pidieron disculpas y se aclaró lo sucedido.

El segundo caso lo hemos vivido hoy. Nos aseguran que un animal de apenas 2 kilos perfectamente educado necesita acogida urgente o lo sacrifican. La realidad: no pesa 2 kilos, no está educado, no hay peligro de sacrificio inminente y sobre todo su historia es una mentira de principio a fin con verdades parciales. Pero cuando te das cuenta ya tienes el perro en casa y decides tirar unos días. No hay forma: el animal no puede vivir contigo, es absolutamente imposible y tiene estrés él, tienen estrés tus otros animales, y lo tenéis tú y tu familia. No voy a contar los detalles, pero al final el pobre animal estaba encerrado en una habitación y mis perros en otra porque no podían convivir (y mis perros son nobles y pueden vivir con un tercero, pero no con éste por su realidad). Y el perrito es maravilloso, en serio, es buenísimo, le encanta jugar y es muy divertido, pero no puede quedarse en casa, desgraciadamente. Entenderéis cómo te sientes en una circunstancia así con un animalito de 11 años.

Otra vez lo mismo: una amante de los animales, ansiosa por salvar al animal, nos mintió piadosamente. Otra vez hemos tenido que ponernos en contacto con la asociación directamente para resolver la situación.
 
Consejo: cuando acojáis o adoptéis un animal, hacedlo a través de una asociación, poneos directamente en contacto con ellos. No lo hagáis a través de un intermediario/a que normalmente es un amante de los animales con muy buena fe, pero os puede liar una importante. A nosotros nos han mentido en lo más básico: tamaño, edad, enfermedades, esterilización, comportamiento 
 
Acoger a un animal es algo maravilloso, eres el puente que lo calma y lo serena mientras llega su hogar definitivo. Pero para hacerlo debes tener todos los datos y dejar claro cuál es tu nivel de compromiso. En caso contrario tendrás un animal en casa que a medida que pasa el tiempo cada vez te da más lástima, pero ni es feliz ni te hace feliz a ti porque es absolutamente incompatible con tus circunstancias. El nivel de ansiedad y de mala conciencia que se crea es duro. Personalmente he decidido salir de todos los foros y páginas en los que estaba inscrito: a partir de ahora algunas asociaciones serias tienen mis datos y mis condiciones para acoger un animal temporalmente, cuando tengan necesidad se podrán en contacto conmigo.        
Pero se acabaron las historias de fulanita de no sé dónde que sabe de un perro de la asociación no sé qué que necesita acogida urgente o lo van a sacrificar. O fulanita que tiene una página de acogidas de perros en facebook y en lugar de dar el email directamente de las asociaciones que tienen a los perros que anuncia, da el suyo, por si acaso. Porque fulanita está tan ansiosa por salvar al animal que te dice exactamente lo que quieres escuchar, pero no la verdad. Si no te ponen directamente en contacto con la protectora, desconfía.

viernes, 6 de septiembre de 2013

De libros: "Las Historias de un bobo con ínfulas", de José Antonio del Pozo.

 
          
           Cumplir 40 años produce una inflexión en la vida. La juventud queda totalmente atrás, pero tampoco eres, o tienes sensación de ser, “mayor”, ni “maduro”. Es la edad más rara. La década anterior es la de formación, en la que diseñas y haces tu vida, consigues tus primeros logros personales y profesionales. Te das forma definitiva tras la locura de la veintena. A partir de los 50, te asientas, sabes quién eres, la vida ha dado sus frutos… La mayor parte de los cincuentañeros que conozco tienen esa placidez de conocer la vida. En los 40 son las renuncias y las equivocaciones. Si no funciona tu pareja o el desgaste acaba con ella, es a los 40 (aunque yo sea una rara avis, que fundé mi familia justo a esa edad). El ímpetu profesional disminuye  y viene los problemas y las renuncias. La soledad pesa más. Te das cuenta, si vas a una discoteca o cualquier lugar de reunión social, que para mucha gente dejas de existir: no es que no te miren, es que no te ven. Te vuelves transparente. Aún no tienes el atractivo de los maduritos, y has perdido la frescura de la juventud. Tus hijos dejan de ser niños y empiezan a ser insoportables adolescentes, o más allá. Cambia tu relación con ellos. En fin, es un periodo de transición en el que cuesta mucho saber qué pasa, quién eres, o a dónde vas. Te lo planteas todo, te da la sensación de que aún tienes tiempo de cambiar. Te angustias o te mata la ansiedad. Y si no has sido un gran deportista ni te has dedicado a la vida sana, el cuerpo empieza a pasarte factura: el dolorcillo en el cuello al levantarte, los comienzos de algunas enfermedades de “viejo” (artrosis, vista cansada…). Prueba a ir al médico, empezarás a escuchar la expresión “normal a su edad”, que te dejará ganas de reventarle la cabeza al galeno. Da un poco de rabia sentirte pleno mentalmente y que el cuerpo no responda a esa plenitud. El cansancio por cualquier esfuerzo que antes hacías sin importarte. Finalmente, te aggiornas. Es una edad de pérdida de rumbo. Quizás esté exagerando un poco, pero más o menos es así: los cuarenta queman mucho.
           ¿Por qué esta introducción tan negra? Porque es, desde mi punto de vista, una de las claves del libro que quiero reseñarte: “Las Historias de un bobo con ínfulas”, de José Antonio del Pozo, sobresaliente escritor y amigo virtual –no nos hemos visto nunca– que presenta con este libro de relatos una hilarante colección de vivencias de su alter ego, Armando, que bucea en las procelosas aguas de la cuarentena después de la ruptura de su matrimonio. Historias divertidas, historias tristes, historias surrealistas que desgranan las vivencias de un personaje que podemos ser muchos de los que vivimos nuestra adolescencia y primero juventud en los ochenta y encaramos ya la madurez en una sociedad tan cambiada como perdida.
          Harto de intentarlo por las vías habituales, José Antonio del Pozo se lió la manta a la cabeza y ha decidido autoeditar su propio libro, a través de la Editorial Círculo Rojo. Él mismo lo distribuye y vende, más abajo te dejaré el contacto por si te animas, que espero que lo hagas. Es una pena que autores que merecen la pena, escriben bien, y tienen cosas que decir no entren en el circuito de las editoriales, en un país en el que hasta el concejal de festejos del pueblo más recóndito de la meseta consigue que le publiquen y distribuyan un libro. No sé si me explico. Pero las cosas están así, y sospecho que manuscritos de calidad que muchos querríamos leer están durmiendo en los cajones o los discos duros de sus anónimos autores.
             Por eso me llamó la atención la propuesta de José Antonio del Pozo, y decidí comprarle un ejemplar y leerlo con fruición. La verdad es que he disfrutado mucho. Una redacción clara, sin ínfulas, pese al título, que desgrana historias en las que muchos nos veremos identificados. A mí me gustaron especialmente varias historias. La primera, titulada “Triste de mí” en la que el protagonista, presa de un ataque de celos y despecho, ingiere litros de agua del grifo en Egipto con el consiguiente resultado intestinal. Fueron mis primeras carcajadas, y me dieron a entender que el libro que tenía entre las manos merecía la pena. O la aventura en “Mari Gloria peluquería Unisex”, que, como reza el autor “Ya empezamos mal”. O la locura adolescente de la “Chica Rubia de Celeste Diadema”, que como siempre prefiere al deportista malote antes que al insignificante empollón. Historias de sexo escondido, con la tía política insatisfecha, con la china que pide dinero en el metro mientras interpreta música, con la gordita que resulta ser deficiente y te cuesta una soberana paliza, o con la vecina de dulce olor, con la camarera... La graciosísima historia de Julius, que se embarca en una cruzada evangelizadora por puro deseo. Al final se queda con la chica y aparcan ambos la fe. En fin, historias con las que sentirse identificado, en un Madrid de todos, con paisajes variables pero no cambiantes, y que se van graduando con maestría: cada vez un poco menos hilarantes, cada vez un poco más oscuras, cada vez más reflexivas. Pero sin perder el sentido del humor, del pobre triunfador del karaoke que se ve perseguido por dos polacos calle abajo hasta terminar desplumado, literalmente, y con el culo al aire en una mañana gélida.
           Es un libro que hay que leer. Si tienes cuarenta, si los has tenido, y si pretendes tenerlos. Vas a disfrutar mucho con las historias porque debajo del surrealismo subyacen realidades con las que te vas a sentir muy identificado. Altamente recomendable, no debes dejar de leer “Las Historias de un bobo con ínfulas”, que no son más que las vivencias ocurridas o no de un tío muy inteligente. Ponte en contacto con él a su correo, josemp1961@yahoo.es. O en su cuenta de twitter, @joseantoniodelp. También te recomiendo encarecidamente su blog http://elblogdejoseantoniodelpozo.blogspot.com.es/ en el que trata de diversidad de temas, como reza su subtítulo: “Política, literatura, cine, sociedad”. Esperemos que haya más entregas, y que las veamos en las librerías. Y si quieres, pincha aquí y tendrás una entrevista con el autor, que nos explica algunas claves de su obra, de ahí robo esta foto de José Antonio.