Según blogger, nos han visitado todas estas personas

viernes, 24 de octubre de 2008

Thomas Tallis, compositor inglés


Hace unas semanas estaba yo enganchado a la serie de TV americana The Tudors donde realidad y ficción se mezclan para dar resultados curiosísimos. Me encanta, casi me fascina, esa capacidad de los guionistas para con hechos objetivamente reales hacer mezclas e interpretaciones subjetivas que dan explicaciones a la historia las más veces ñoñas por intereses de audiencia. En esa serie aparecía Thomas Tallis, músico inglés que vivió entre 1505 y 1585, al que lían primero con un buen amigo del Rey Enrique que resulta ser el contagiado 0 de una epidemia que asola el país, y después cuando no saben muy bien que hacer con él lo lían con dos hermanas ninfómanas de las cuáles una muere pero se le sigue apareciendo a la otra en forma de espectro. Luego desaparece de la acción, y no sabemos si volverá a aparecer en otra temporada. Entonces estuve, a raíz de lo que se contaba en la serie, refrescando (es un eufemismo, en realidad aprendiendo) algunas cosas de la historia de Inglaterra, y decidí comprobar la veracidad de los personajes y de su acción. En esas estaba yo investigando el de Tallis cuando me topé con algunas de sus obras, que estaban en internet, y me interesó un poco más. Comencé a conseguirme algunas de las grabaciones que hay de su obra, y estoy absolutamente arrobado con ellas. De hecho llevo días escuchándolo con fruición, porque además cuando yo me pongo obsesivo compulsivo no tengo límites. Este es el prólogo prosáico a una música exquisita.

Me gusta la música anterior al siglo XIX, y si queremos bajar la frontera, anterior a Mozart, pero no me adentro demasiado en ella porque creo que me va a significar un esfuerzo intelectual notable. Ya sé, creo, todo lo que tengo que saber para disfrutar de la música desde 1800 en adelante, y en el último año he hecho grandes esfuerzos para adentrarme de lleno en Wagner y en la música del siglo XX. Cuando abres una puerta en la música culta, y quieres disfrutarlo como experiencia estética y ética, necesitas de una formación, y de una información, que lleva tiempo. Ahora, bajar por debajo de la frontera de 1700 me produce esa sensación de agobio, esa sensación de que son demasiados siglos de música y que no voy a ser capaz de asimilarlo como se merece, que además estoy muy mayor. Al conocimiento de los lenguajes, las escuelas, la estructura y la teoría musical, hay que unirle las exigencias de la interpretación (la discusión entre historicistas y el resto del mundo), y si bien con 18 años ese reto me lo comía con patatas, reconozco que ahora me causa más pereza.

Y entonces llegó Thomas Tallis, y me obligó a empezar ese esfuerzo, porque su música me ha impresionado mucho. Para empezar, algunas de sus melodías, todavía en unos modos que no dudaré en denominar de tardomedievales, rondando abiertamente el gregoriano, son muy conocidas, e incluso populares, sobre todo por difusión televisiva y cinematográfica. Estoy seguro que si digo Gregoriano muchos tararearán una melodía que ahora sé fue compuesta por Tallis (no diré cual, lo dejo para que al que le interese lo descubra). Pero esa tradición tardomedieval, como lo era en todo el arte inglés de la época de Enrique IV (recuérdese la arquitectura, sobre todo) evoluciona en Tallis hacia otros lenguajes ya plenamente renacentistas de una singular belleza y complicación disfrazada de simplicidad. Sus obras para teclado son interesantísimas, pero las obras vocales simplemente llegan a lo impresionante, por el nivel de exigencia, de pureza melódica, de destreza a la que deben de llegar los intérpretes, y de estructura formal novedosa.

Desde el punto de vista sensitivo, lo que me evoca Tallis, que también es válido porque no todo va a ser el análisis formal, es una gran quietud y serenidad, realmente generada por el fuerte espíritu religioso y místico de las composiciones (no hay que ser creyente para captar eso).

Thomas Tallis nació en 1505 y murió en 1585. No se sabe demasiado de sus primeros años, aunque sabemos que en 1531 está en Dover, concretamente al frente del órgano en el Priorado. De allí pasó a Londres, donde en 1538 ya sabemos que ejerce como músico en la Abadía agustina de la Santa Cruz de Waltham. De ahí pasó a la Catedral de Canterbury, y por último fue nombrado gentilhombre de la Capilla Real en 1543, al parecer con magníficas relaciones tanto con el Rey Enrique VIII, que apreciaba mucho su labor, como con la Reina Catalina de Aragón. Es muy curiosa su posición como músico para dos corrientes del cristianismo: para la Iglesia Católica en sus inicios, luego para el Anglicanismo, y en ambos credos supo crear una estética diferenciada. Si nueva era la Iglesia de Inglaterra (más clara en la cabeza del Arzobispo de Canterbury que en la del muy pragmático Enrique VIII), nueva debería ser también su tradición musical, embebida de las corrientes nacionales. Sin embargo, Tallis supo mantenerse al margen de toda controversia, y contrariamente a otros grandes hombres de su periodo, no acabó con sus huesos en la Torre de Londres ni con la cabeza cortada (esto es una exageración irónica que se permite un servidor). Conoció a toda la línea sucesoria de Enrique, hasta Isabel I, y murió a una edad francamente avanzada.

Como antes dije, el grueso de su obra se cimenta en la música sacra, y es conocido como el padre de la música religiosa inglesa. En sus primeros años, aún bajo la inspiración católica, realizó composiciones litúrgicas de una gran riqueza, que se tornaron más adustas con la llegada de la Iglesia de Inglaterra: tendencia al estilo silábico y abundancia de acordes. Pero la novedad, en Tallis, reside en intentar hacer confluir texto y música, es decir, establecer ritmos y estructuras bien diferenciadas según las características de lo que se dice, impregnando el significado de las palabras de contenido musical. También destaca por su empleo del inglés y del latín, alternativamente, en sus textos. Con Isabel I, un mayor estoicismo inundó el arte inglés, y con ello también la música, y Tallis no fue ajeno: abandono paulatino de la polifonía y composiciones preñadas de un fuerte misticismo.

Así pues, Thomas Tallis es un compositor que, bien asentado en dos tradiciones, la inglesa y la cristiana, sabe, además, experimentar y buscar nuevos caminos. Cada uno de sus periodos tiene grandes obras, pero personalmente me han impresionado, ya en la Inglaterra Isabelina, el motete Spem in allium de una pasmosa simpleza pese a su grandiosidad (ocho coros de cinco personas cantando al unísono) y las impresionantes Lamentaciones de Jeremías.

A su muerte había generado un enorme caudal de composiciones, y toda una escuela había crecido a su alrededor. William Byrd escribió en una de sus canciones: Tallis ha muerto, y con él muere la música lo que dice mucho del éxito que Thomas Tallis tuvo entre sus colegas contemporáneos. Su influencia llega incluso a compositores del siglo XX, como Vaugahn Williams.

Hay unos treinta discos publicados con la obra de Tallis. Incluso existe un grupo, la Tallis Scholars, especializado en interpretar sus composiciones. De todos modos, no son demasiados discos, dada la ingente obra que dejó; ni al parecer, aquí dejo hablar plenamente a los expertos, están todos grabado en las mejores condiciones de interpretación. Raro en los ingleses, aporto yo. Las composiciones que he ido desgranando desde youtube son sólo una muestra de su trabajo. Espero que os guste y os animéis a escucharlo. Aquí os dejo un enlace para que conozcais sus discos: http://www.goldbergweb.com/es/busquedas/?words=Tallis&restrict=/es/discography/.

Dos arquitecturas alemanas 1949 - 1989. Excelente propuesta.

No me gusta hacer comentarios o reseñas de exposiciones o eventos que ya no pueden ir a ver los pocos amigos que se pasan por este blog, salvo en el caso de la ópera, donde por cuestiones de entradas ya suele estar todo el pescado vendido. Por falta de tiempo y exceso de trabajo no he podido contaros antes la magnífica exposición que pude ver en Madrid, concretamente en la Arquería de Nuevos Ministerios, titulada Dos Arquitecturas Alemanas: 1949 – 1989. Ha sido una de las grandes exposiciones del año en Madrid, lástima que aún la arquitectura no suela llamar a grandes cantidades de personas cuando se realizan estos eventos. Por ejemplo, se celebró la Semana de la Arquitectura, que incluía visitas a numerosos edificios y acceso a perspectivas urbanas de Madrid casi desconocidas, y no fue exactamente muy publicitado. Esta exposición se mantuvo pocos días, y terminó el 12 de octubre. Yo la pude contemplar la semana anterior, y salí muy contento. ¿Qué pudimos conocer? Cómo dos naciones que se erigían en “la verdadera Alemania” realizaron dos sistemas arquitectónicos diferenciados, debidos a un programa, en principio, y a unas tesis constructivas muy diferenciadas. La Alemania Federal, con más medios y posibilidades, iniciaba en 1949 un camino estético que la alejaba en todo lo posible de la tradición, que entendían contaminada por el nazismo del que era necesario distanciarse, como si eso le hubiera sucedido a otros o hubiera sido una mala gripe. Ese camino estético pasaba por echarse en manos de las tendencias americanas y norteuropeas, para muy poco después (apenas una década) conformar una corriente estética y un estilo contemporáneo independiente, una suerte de Escuela Alemana de Arquitectura. La Alemania del Este (me cuesta tanto poner eso de Democrática), sin embargo, decidía no romper con esa tradición –Stalin estaba ahí, y esa tradición en la que se había regodeado el nazismo era también la que a él le interesaba, dicho muy a la ligera, lo sé- sino valerse de ella, para conformar con mucha más dificultad una estética propia, pues la onerosa presencia de la estética soviética acompañó al país hasta el final. En ese camino, aciertos y desaciertos. La Alemania Federal parece ganar por goleada, pero cuando se trata de espacios públicos, funcionales o grandilocuentes, o por la arquitectura docente, la Alemania de Este, fiel a su programa de colectivización, triunfa claramente, o el excepcional ejemplo de la Sede de la Filarmónica. Dos estéticas contrapuestas, dos estilos nacionales que optaban por ser el más puro ejemplo de germanicidad, que se ven aquí, por fin, las caras, en una exposición clarificadora que ya se ha visto en otros lugares de España y creo seguirá paseando por nuestra geografía, si los organizadores no se terminan enfadando porque en la exposición de Madrid se rompieron de manera sangrante dos de los paneles, que de igual sangrante forma intentaron ser escondidos con cinta adhesiva oscura y cutredad. Por lo demás, muy bueno el diseño de la exposición, que si bien es demasiado grande (no puede ser menos) se distribuye por tipologías, en enormes paneles, y si quieres ver más al detalle unos planeros en los que toda una serie de imágenes, a las que tú accedes abriendo el mueble, están impresas sobre planchas metálicas (o sobre otro material perfectamente adherido al metal hasta parecer lo primero). Además excelentes maquetas que nos daban una clarísima muestra de lo que allí se cocía.

Ahora sería interesante que mis amigos del joven estudio Aroca & Baudet Arquitectos ilustraran esta entrada con un comentario.

jueves, 16 de octubre de 2008

Un ballo in maschera en el Teatro Real... Triunfo de Marcelo Álvarez

Ha comenzado la Temporada en el Teatro Real de Madrid, y además ha empezado con buen pie (ya era hora, ejem, ejem). Un Verdi como dios manda, y además para disfrutar pese a las irregularidades. Lo pasé muy bien. La escena a cargo de Mario Martone (director), Sergio Tramonti (escenógrafo), Bruno Schwengl (Figurinista) y Duncan Macfarland (coreógrafo), coproducción del Real con el Covent Garden, estreno en la plaza. No es mala, de hecho hay cuadros fantásticos, como toda la escena de Ulrica, pero hay otros, de más baja intensidad (una buena idea para armonizar los clímax) que se pasaron de austeros... Tanto, tanto, que parecía un reflejo de la crisis económica y daban algo de estupor. El acto final, en el baile, muy bueno, con ese espejo que previamente había servido de fondo y que giraba hacia el techo ofreciendo un espectáculo visual muy hermoso (y seco, porque yo he visto cosas en esa escena auténticamente circenses). Buena, con reservas, pero muy sencilla, sin mayores pretensiones, sin intentar "enseñar" al espectador lo que el autor quiso decir (normalmente cuando los directores de escena hacen eso nos hallamos ante la medriocridad intelectual disfrazada de otra cosa).

Un Ballo in maschera es una ópera de Verdi, como antes dije, con libretto de Antonio Somma, que interpreta un libretto anterior de Eugene Scribe para una ópera de similar argumento compuesta por Daniel Auber, y que yo no conozco. Muchos la sitúan como la respuesta italiana a Tristan und Isolde de Wagner, aunque yo creo que esa categoría le calza mejor a Aida. ¿De qué va? Pues de un tenor y una soprano que quieren acostarse y un barítono que se lo impide... que es lo que dijo Bernard Shaw del argumento de todas las óperas... Riccardo (el tenor), gobernador de Boston, está enamorado en secreto de Amelia, esposa de su fiel amigo Renato (la soprano y el barítono). Al pobre Gobernador le crecen los enemigos, y hay unos malos muy malos que lo quieren matar. Riccardo tiene que firmar la orden de destierro de una bruja, Ulrica, pero antes de hacerlo, y no tanto para mostrar su magnanimidad sino para echar unas risas, decide visitarla disfrazado de pescador. La bruja pica, no adivina que es el gobernador, pero cuando lee la mano de Riccardo se asusta y tiembla... Vaticina que va a ser asesinado por un amigo. Concreta aún más, a los requerimientos de Riccardo, que lo matará el primero que lo salude dándole la mano. Riccardo se rie de la profecía, dado que la bruja no ha adivinado que es el gobernador, pero algunos de los conspiradores, que están en la escena, se asombran de que la bruja esté tan cerca de la verdad... Nadie quiere darle la mano al gobernador, por miedo a la profecía, y en eso que entra Renato, Riccardo piensa esta es la mía, y le da la mano: no hay problema, es su más leal amigo y servidor, jamás habría pendencia entre ambos, y menos un asesinato. ¡Ah! se me ha olvidado que previamente, Riccardo había sido testigo de cómo en secreto la bruja Ulrica ha aconsejado a Amelia unas hierbas que crecen bajo la horca para alejar un amor prohibido que ésta siente, y que no es otro que el gobernador. Amelia decide ir a buscar las hierbas esa misma noche pues está consumida por los remordimientos, y Riccardo promete seguirla, declararle su amor e impedir que tome las hierbas que acabarían con tal pasión. Y así llegamos al siguiente acto: en el tremendo paraje de la horca, Amelia busca los hierbajos aleja amores (¡quién los hubiera tenido!) y Riccardo aparece, cantando ambos uno de los dúos de amor más hermosos de la ópera italiana. De pronto llega Renato, marido de Amelia, para avisar a Riccardo que unos conspiradores andan buscándolo por la ciudad para matarlo y que se dirigen hacia allí (total que era un encuentro secreto, pero se ha enterado hasta el gato). Amelia se ha ocultado bajo un velo, y Riccardo decide huir, no sin antes hacer jurar a Renato que acompañará a esa mujer hasta la entrada de la ciudad, que no la mirará ni escuchará, que no indagará en quién es, y que cuando la deje a las entradas de la urbe se marchará dando un rodeo por otro camino... Renato jura, pero cuando está cumpliendo su cometido, es detenido por los conspiradores, que obligan a descubrirse a Amelia, dejando la vergüenza de Renato a la vista. Empieza el pandemonium: Renato se une a los conspiradores y decide matar a su mujer, a Riccardo, al apuntador, y a dos señoras que pasaban por allí y no tenían nada que ver ni con la ópera ni con Boston... Amelia se salva pues pide unas horas para poder despedirse de su hijo. Justo entonces el alegre matrimonio es invitado a un baile de disfraces en el palacio del gobernador (que vaya momento elige para hacer una fiesta, y además que gracioso invitando a un baile de disfraces de ahora para después, a ver quién encuentra disfraz en Boston tan deprisa). Ese es el momento que los conspiradores eligen para matar al titular de dicho palacio. El azar hace que el encargado de cumplir la tarea sea el propio Renato. Con algún que otro avatar de por medio, nos enteramos de que Riccardo, para no ser infiel a su amigo y caer en la tentación de tarle un toquecito por aquí, un toquecito por allá, a Amelia, decide enviarlo, junto con su ésta, a Inglaterra, ascendiéndolo además con honores. En el baile, Amelia, que ha descubierto los planes de asesinato, intenta prevenir a Riccardo, pero finalmente Renato lo pilla, y le asesta una cuchillada. Mientras muere, el gobernador confiesa que no ha habido infidelidad (lo que antes le había dicho ya su la soprano, pero está claro que a las mujeres no hay que hacerles caso cuando dicen esas cosas y que la palabra de un hombre, además moribundo, vale más en esto de la ópera), descubre su plan para enviarlos a Europa, y en su último acto como Gobernador, perdona a los conspiradores. Arrebatados de dolor, todos los presentes asisten a la muerte de Riccardo, que ha sido algo pendoncete, pero menos. Musicalmente está muy bien, muy verdiana, y las arias de todos los protagonistas son espectaculares. Si no la has escuchado, ya tardas. Versiones comerciales en cd, como Pavarotti y Freni (dudo con esta última, pero no tengo ganas de buscarlo), Di Stefano con Callas o la muy recomendable Carreras - Caballé (el tenor en estado de gracia, ella magnífica como siempre), serían recomendables. Tampoco desdeñemos a Domingo. Ni otras que circulan en vivo por esos mundos de dios. En cuanto a los participantes, empiezo por la señora que tienen más arriba, de nombre Elena Zaremba, mezzosoprano, que hace el muy grave papel de Ulrica, otrora confiado a contraltos (Marian Anderson, por ejemplo). Estuvo bien, con momentos titubeantes, un vibrato muy del este, una dicción algo confusa, pero una magnífica presencia escénica. Es muy mona, y lucía terrible sin embargo. Bien en la zona aguda, correcta en los graves, a veces problemas de volumen, pero tampoco tiene mucho tiempo de calentar la voz, todo sea dicho. Provocó una de las anécdotas de la noche: como ahora vamos a la ópera acojonados porque se nos ocurre aplaudir y empiezan los rectores de la etiqueta a mandar a callar (una moda como otra cualquiera, ahora no se aplaude durante la representación) pues las intervenciones de Ulrica no fueron celebradas pese a merecerlo; pero a medida que la noche avanzó el público perdió timidez y fue ovacionando otras intervenciones. Zaremba no salió a saludar al término de la representación, lo que yo creo fue debido a esta falta de sensibilidad del público con su magnífico trabajo. O eso o que tenía la tortilla enfriándose y esperarse más de hora y media para unos aplausos es demasiado tiempo. En todo caso, no fue bonito, no.

Esta chica es Alessandra Marianelli, que me asombró porque la anterior vez que la escuché me había dejado frío, además de que sospeché de alguna que otra trampilla en la emisión. No sé si hubo trampa o no, pero esta soprano hizo un excelente Óscar, con una buena afinación, mejor agilidad, e interpretación entregada. Óscar es un personaje que detesto, pero estuvo encantadoramente interpretado por Marianelli, un lujazo.


Lo más irregular de esta noche (o regular según se mire) fue Marco Vratogna, barítono, en el papel de Renato. Vamos a ver, es un sustituto, y ya está, no le demos más vueltas, y si en lugar de sustituto hace de segundo reparto y a veces de primero, es por los tiempos que corren. Pero engola, cubre en demasía, se estrangulan los agudos y a veces parece bulgaro porque no se le entiende nada de su lengua materna. Hizo lo que pudo. El primer aria un fiasco, y la segunda, mi tan querida Eri tu.. simplemente correcta con todas las reservas del mundo para un cover. El Renato inicial, Carlos Álvarez, canceló por enfermedad, y este cantante hizo lo que pudo en un papel que le viene enorme. Una pena. Escénicamente con cierta tendencia al marmolillo.

Una de las estrellas de la noche, Violeta Urmana, como Amelia. Estuvo maravillosa, cantó muy bien, con una enorme potencia. Uno, en su afán de perfección, pediría algo más de matices, un poco más de apianamiento de la voz, pero cuando se tiene esté océano vocal, pues debe costar un poco. Se ha puesto un poco cachorrona, lo que provocó un momento algo irónico en la puesta en escena (que se tapara con el velo y Renato no reconociera a su orondisima esposa disfrazada de tal forma de mesa camilla): con Caballé, que era el doble de la Urmana en cuanto a volumen, no habría habido esa ironía... No digo más, pero a buen entendedor... Violeta Urmana es una destacadísima cantante, de lo mejor del panorama internacional, pero a mí me resulta algo fría, y si quieres ser fría y cantar Verdi o te apellidas Tebaldi, o Sutherland, o Caballé (que no eran frías, pero si querían podían permitirse el lujo de serlo) o no te sale. Agudos perfectos, afinación correctísima, buena interpretación en general. Lo de la frialdad es problema mío, eso seguro, cualquiera que escuche a esta mujer disfrutará mucho, yo también, pero es que hay papeles que una vez pisados por las olímpicas de los 50, 60 y 70 no ha vuelto a crecer la hierba, y uno es nostálgico. Jopé, no quiero ser burro. Brava Violeta! que siga cantando mucho, por favor, que con lo que hay en estos momentos para elegir si encima nos falla ella la hemos jorobado. Maravillosa en sus dos arias, especialmente en Morrò, ma prima in grazia..!
El triunfador de la noche fue Marcelo Álvarez, tenor del cono sur, concretamente Argentina, con quien dicen que me parezco. Ojo, igual en el pasado, pero ahora él está demasiado gordo (Marcelo, haz dieta que no cuesta tanto y saldrías ganando en soltura escénica) y yo demasiado delgado. En fin, ¡qué decir! Una gozada verlo y escucharlo. Sólo una pega, por la que empiezo, que en las grandes escenas a mucho volumen se reserva demasiado, quedando su voz muy escondida en el conjunto, y uno hubiera querido que destacara ahí un poco más. Pero es muy poca crítica comparado con lo que nos ofreció. Matices, todos los del mundo, unos agudos rutilantes, con eso que los entendidos llaman squillo y que yo estoy convencido que es una chufla y que no existe (lo que pasa con los cantantes es lo siguiente: un violinista tiene mil recursos y figuras perfectamente definibles y repetibles con técnicas muy precisas, pero un cantante no tiene esas posibilidades, lo que hace que entre eruditos -dios nos libre de ellos- freelances, y cantantes orgullosos se hayan inventado toda una terminología técnica para definir cosas y establecer parámetros que muchas veces no son más que tontunas que no existen, pero quedan muy bien... a ti, que no ves el squillo por ninguna parte, te dejan con cara de besugo pensando lo insensible que eres, y da para una conversación de varias horas tan ricamente, el problema es cuando te dicen que el squillo es fundamental para que la voz corra por un teatro, pero que si no tienes squillo corre tambien... una memez). Álvarez convenció. Canto legato, fraseo inmaculado, dicción perfecta, lirismo, voz bella, virilidad, volumen adecuado con aquellos peros que puse al principio... Es uno de los mejores, a años luz de otros que parecen más mejores y que circulan por ahí... Lo tiene todo para hacernos disfrutar, con una zona media (lo que de verdad diferencia a los grandes cantantes) finísima, elegante y certera. Lo mejor de una gran noche.

Hubo otros intérpretes de papeles menores, como Borja Quizá como Silvano... El gallego ha ganado volumen desde que lo escuché en La Boheme en A Coruña, espero que de forma éticamente no reprobable, y su presencia escénica (alzas incluídas porque lo he tenido al lado y me llegaba a la cintura, así que tan alto como luce no es) ha mejorado, siendo ahora más viril. Por cierto que estaba aparcado a mi lado en el parking y su otrora encantadora sonrisa ha sido sustituida por un rictus de mala hostia importante.

La orquesta del Real llegó a estar correcta, y el plumbeo y aburrido López Cobos tuvo momentos importantes. A mí este señor no me gusta, creo que vino al Real en plan ya estoy mayor, unos añitos aquí en casa y luego me marcho, sin más algaradas. Nunca ha sido uno de los grandes, pero si fue un director correcto. Ahora sólo lo es en lo que le interesa. Mediocre su paso por el Real. Algunos lo defienden. La mediocridad siempre encuentra adeptos, sobre todo entre los semejantes. Yo no voy a llorar su marcha, aunque lo que venga sea peor, jamás caigo en eso. El coro también algo mejor que otras veces, así que un pequeño aplauso para su director, Peter Burian. Todo ello referido, eso sí, a la representación del lunes 13 de octubre. Si otras noches fue mejor o peor, servidor no tiene la culpa y no puede hablar de lo que no ha escuchado.

lunes, 6 de octubre de 2008

Jóvenes Arquitectos Españoles en La Arquería de Nuevos Ministerios... con trampa...


Esta vez sí que voy a ser breve, pese a lo que me criticáis algunos de los que os acercáis a leer este blog. He estado en esta exposición en la Arquería de Nuevos Ministerios de Madrid. Bueno, es irregular, hay cosas mejores, y cosas peores. En general, me dio la sensación de periodo de crisis, de un arte, la arquitectura, que no sabe muy bien dónde está ni a dónde va. Y cuando eso pasa ¿qué hay que hacer? Mirar atrás, y rebuscar en la tradición. Los sesenta, los cincuenta, Le Corbusier... Estos son algunos referentes que se me metían en la cabeza con la mayor parte de los proyectos que veía.

Es una muestra interesante, que nos dice que la arquitectura española está en un buen momento, con alguna mirada de interés hacia los Países Bajos, pero en general sabiendo algo de lo que quiere producir: edificios baratos y sostenibles, arquitectura funcional, formas de la sencillez.

Digo en el título de esta crónica que la exposición tiene trampa. Pues sí, porque no es una exposición de jóvenes arquitectos españoles, sino una exposición de jóvenes arquitectos que le gustan a Campo Baeza (arquitecto y profesor) y a sus amigos (hasta el comisario de la exposición, Aparicio, es su discípulo y amigo). El jurado internacional está plagado de amigos, seguidores y discípulos de Campo Baeza, y se nota en los edificios escogidos y en las personas que los firman (algunos de los cuáles también son discípulos o cercanos al brillante arquitecto con Estudio en Madrid). Es un grupo monocolor, y no cupo, creo yo, el debate.
Aparte de los arquitectos de línea estética y ética cercana a Campo Baeza, aparece algún que otro nombre extraño, quizás el precio que hay que pagar, quizás la devolución de un favor, quizás algo más raro todavía, o todo lo contrario. Uno de los casos más sangrantes es Izaskun Chinchilla, arquitecta que desde que acabó la carrera no se ha parado de ponderar (y ya hace años) y todavía no tiene nada de interés levantado. Ni un sólo proyecto que podamos presentar, salvo la reforma interior de su propio estudio, y algunos stands en exposiciones... Es decir, una porquería para lo que debe ser la actuación de un arquitecto. De resto, nada, ni una imagen, ni una pared, muchos proyectos y menciones, pero ninguna realidad. Y a esta chica la seleccionan en esta exposición con, como no, un proyecto, el de rehabilitación del Castillo de garcimuñoz. Se vende bien, eso sí, haciendo maquetas muy chics (ya no, la que está en esta exposición es vergonzosa, y me parece que alguien debería ver por qué se le ha dado a semejante enjendro dinero público para rehabilitar un edificio) donde emplea materiales de deshecho (vi la de su proyecto de fin de carrera en la sede de la revista Croquis, y había hasta medias viejas rotas (limpias, eso sí). La pregunta es, una chica que no tiene obra terminada, ¿qué pinta en esta exposición? La segunda es ¿qué padrinos tiene? La tercera ¿sabe ella que las jóvenes promesas en algún momento tienen que dejar de prometer y hacer algo?. Seguiré con atención la carrera de esra chica, de hecho llevo años siguiéndola, desde que vergonzosamente la incluyeran en otra exposición hace muchos años sobre la mesa del arquitecto... Espero, alguna vez, poder criticar, ya sea en positivo o en negativo, aunque sea una mísera pared levantada por ella...

... Al margen quedan grandes arquitectos jóvenes como Ecosistema 2000 (que le ganó a Chinchilla en el concurso para boulevard en Vallecas) y que serán los únicos representados en el Pabellón de Madrid de la Expo de Shangai... Estos chicos que están haciendo verdadera arquitectura interesante, ¿por qué no están?

No es que la expo no merezca la pena, no es que los arquitectos escogidos sean malos, es que no son una selección de lo que realmente hoy se está haciendo en España. Aquí os dejo una de las maquetas, no es la de Chinchilla, que aún era más patética. Ésta, por lo menos, es cachonda.

martes, 30 de septiembre de 2008

Hamlet en Toledo... Fiasco!


Me he estrenado en el coquetísimo Teatro de Rojas de Toledo, un joyerito que me ha encantado, vamos, una bombonera. No tengo ni idea de cuántas plazas tiene, pero es el teatro más pequeño en el que yo he estado, y debe andar por el mismo tamaño que el de Ourense, que tanto me gustó hace un año cuando lo pude visitar.

Dentro del ciclo de teatro clásico, que presenta interesantísimas obras, la pieza escogida para comenzar ha sido Hamlet, de William Shakespeare. La compañía Centro de Nuevas Creaciones firma una producción dirigida por Juan Diego Botto, con Dramaturgia de Borja Ortíz de Gondra y el mismo Juan Diego Botto. Por la razón que sea, en lugar de usar una traducción crítica actual, que las hay y muy buenas, se decantan por la firmada en el siglo XVIII por Leandro Fernández de Moratín. Se nota, le falto cierta exactitud.

Trataré de ser muy breve. La puesta en escena me gustó, pero resultaba algo anticuada: toda la escena en gris con la sola presencia de dos tronos al fondo y un contínuo juego con una sábana de seda que se utiliza para varias cosas. Bueno, está visto, pudieron haber picado algo más alto. En algún momento los personajes aparecían desordenados, sin un sentido claro del espacio, pero fueron los menos. EL diseño de producción, basado en una extrapolación del drama al siglo XIX, ya la conocemos, es más, es burdamente parecida en lo que a vestuario se refiere a la presentada por Kenneth Branagh para el cine, pero sin aquella voluptuosidad visual.

Los actores estuvieron irregulares. Ninguno de ellos es un gran especilista en teatro clásico inglés, y se nota. Lució por encima de todos Luis Hostalot como Polonio, realmente el más de teatro de todos, y con casi toda la parte joven pudimos aseverar que las nuevas generaciones de actores y actrices no se preocupan casi nada por dicción, vocalización, cadencia o proyección. Así pues me abstengo de nombrarlos a todos y hacerles críticas, algunos mejores, otros peores, en general irregulares. La jovencísima Marta Etura no estuvo bien del todo, hablaba demasiado deprisa, se atropellada, a veces perdía el texto, pero tiene algo... Con el tiempo despuntará, eso se nota. Tiene una buena presencia escénica y pese a que su Ofelia era más una niña malcriada que la heroína de Shakespeare, lo cierto es quen firmando una interpretación mediocre logró interesarme.
Nieve de Medina hizo una buena Gertrudis, con una hermosísima voz, que si bien no acaba de conseguir el tono adecuado a este tipo de obras, salió airosa. Lo mismo cabe predicar de José Coronado como Claudio. Tiene tablas y presencia escénica. Y en un teatro tan pequeño sabe que no necesita proyectar con demasiado esfuerzo, logrando a veces introspecciones que no puede repetir en un teatro de grandes dimensiones a no ser que la técnica se ponga a su servicio. Supo salir airoso.

Me hizo gracia el uso de un mismo actor para varios papeles, al más puro estilo del Siglo XVII.

Bueno, Juan Diego Botto. Este chico lleva años vendiéndose como eximio actor, y está muy lejos de ello. Su cadencia era monótona y espantosa, su proyección puros gritos descarnados, tiene un pequeñísimo repertorio de expresiones de las que abusa hasta la exasperación. No sabe recitar en verso, se pierde, la dicción es penosa, lucha contínuamente con su acento argentino y le sale algo parecido al gallego... Finalmente destacaba entre los demás no por lo que él querría, sino por estar absolutamente fuera de papel y de estilo. Su tono, a veces ridículo, hacía que el público rompiera a carcajadas en momentos muy dramáticos, como cuando rechaza a Ofelia con el conocido ¡Vete a un convento! (el público se rió a gusto). La escena en la que dialoga con el fantasma de su padre fue patética: el actor Jordi Dauder ha grabado la parte, sin necesidad de proyectar la voz. Frente a él, un Botto desgañitándose, a grito puro y casi doloroso, la entonación inexistente. Sus pausas carecen de sentido y no tienen nada que ver con lo que Shakespeare exige, eran a la buena de dios. Uno piensa ¿no tenía un director que lo centrara y frenara? No. Porque el director es él. A eso hay que sumarle una presencia escénica penosa al estar en un grado de delgadez que parece anorexia. Lo peor: olvidaba el texto una y otra vez, y se notaba, y el momento más poco disculpable, en medio del celebérrimo monólogo Ser o no Ser, cuyo resultado fue inenarrable, sin la más mínima emoción. Como dijo Dorothy Azner de Katharine Hepburn en una ocasión, Botto desplegó todo su repertorio de emociones, de la A a la B.

Shakespeare no merecía esto. Espero que si ya han presentado en Madrid, la crítica diga lo que este montaje se merece, aunque como muchos de los implicados, Botto por delante, forman parte del Equipo Médico Habitual (yo me entiendo) sospecho que leeremos grandes elogios. De hecho ya he repasado una en ABC del estreno en Almagro, y tiene la solvencia de cometer dos errores garrafales describiendo la obra y a los personajes... Así que como para creérsela entera... Al final 5 salidas a saludar (inmerecidas y artificiales) dos o tres miembros del público que se fueron durante la representación (yo no porque estaba con amigos y me daba algo de vergüenza dejarlos solos) y algún ocasional pateo, entre ovaciones intensas pero no excesivas.

Por cierto, Horacio es aquí negro... ¿Explicación? Correcto actor, sin embargo, quien lo encarnó, Emilio Buale.

domingo, 21 de septiembre de 2008

Toros: Definitivamente NO.

Me apetecía escribir esto. No voy a poner una sola foto de corridas de toros, no alimentaré el morbo ni sustentaré mis escasas palabras en imágenes sensacionalistas. En Canarias hay pocos toros, la verdad, y poca afición. Que yo recuerde, no ha habido corridas desde finales de los 60. Ahora, creo, están prohibidas por ley (la misma ley que permite las peleas de gallos por tradicionales). Así que siempre he tenido opiniones encontradas al respecto, y nunca he acabado de decantarme. Ahora vivo en un entorno muy taurino, pero muchísimo, incluso tengo alumnos y alumnas que dicen querer ser toreros y toreras. Y he empezado a vivir los toros, desde otro punto de vista. He visto toros embolados, he visto algún encierro, he visto vaquillas... Me falta, lo sé, una corrida, pero ya no quiero ir (hace tiempo sí pensé en hacerlo).
Algunos buenísimos amigos son muy taurinos, y tengo el caso de dos amigas íntimas que siendo de entrada antitaurinas, fueron a una corrida y se metieron en el tema, en lo mitológico, en el rito de la lucha contra la muerte o contra la barbarie, y ahora tienen sentimientos cruzados. Pero aunque pensé que a mí me podría pasar lo mismo, ya sé que no va a pasarme. Conozco todos los argumentos que se me van a dar, desde los del valor de la tradición, a los que intentan crear paradojas: comes carne, a los animales los matan en mataderos de forma tremenda y no te importa; son animales, nosotros seres humanos, no podemos compararnos; te interesas por el bienestar de los animales y luego eres pro-abortista; y un larguísimo etcétera.
A todo ello, desde mi pensamiento, respondo con un ¿y eso qué demonios tiene que ver? Como carne, claro. Mi fisiología animal me obliga, lo necesito para sobrevivir, como un león me comería si me viera. Hay una cadena alimentaria, una cadena trófica, y un orden ecológico. Cuando metemos mano en ese orden, malo del todo. Sí, a los animales no los tratan especialmente bien en los mataderos. Yo puedo pedir que la muerte de un animal para ser comido sea menos dolorosa, más rápida, y minimizando sufrimientos (fíjaos que no uso el término dignidad, pues aunque podría no quiero empezar ese debate, y realmente no me hace falta). Pero eso no significa que, porque como animales, me tiene que gustar torturarlos en público y divertirme con ello.
Tortura. Veamos qué dice el diccionario:
1. f. Grave dolor físico o psicológico infligido a alguien, con métodos y utensilios diversos, con el fin de obtener de él una confesión, o como medio de castigo.
2. f. Causar tormento.
3. f. Dolor o aflicción grande, o cosa que lo produce.
4. f. Desviación de lo recto, curvatura, oblicuidad, inclinación.
Evidentemente, aplicando con rigor el diccionario de la RAE, la posibilidad de llamar tortura a las corridas de toros queda en entredicho. A un toro no se le causa dolor para que dé una confesión. Pero sí se le causa tormento. Y sí se le produce dolor y aflicción grande... Y si el fin no es una confesión, sí lo es la diversión, la risotada, el disfrute, el placer, el morbo... Casi me parece más innoble, creo que habría que inventar otra palabra. No entiendo el causar dolor por diversión de ninguna forma, entendiendo que hay que matar animales y que los matamos. Entiendo la caza, es otra cosa, y el resultado de esa caza se come, alimenta, termina en un valor. Entiendo que matemos ratas, insectos, plagas, pues van en contra de nuestro desarrollo, de nuestra alimentación de nuestro bienestar. Pero no me entra en la cabeza por mucho que lo intento matar lo que sea por diversión, por elevada que ésta sea.
No me atrevo a llamar asesino a un torero, no lo es. Para un asesinato hace falta que el muerto sea un ser humano, seamos serios. No saquemos las cosas de quicio. Pero en general creo que los toreros tienen algo que no me acaba de gustar. Matar un animal no puede ser un acto glorioso, por favor, y desear matar animales tiene que estar motivado por algo no del todo sano.
Miro a mis perros, Mafi y Suerte, y los veo tan desvalidos, me necesitan tanto. Ni se les pasaría por la cabeza un acto violento. Mafi es durísima, sobreviviría a todo. Aún así, es débil. Sin mí no podría vivir, no sería nada. Vive por y para mí, es un acto de supremo egoismo tener una mascota, incluso aunque también sea un acto de amor.
Una vez vi una imagen de un cazador furtivo de tigres de bengala. El poderoso animal atrapado por una pata, extenuado tras horas de permanecer en la misma posición. Llega el cazador, pequeño, que no tendría nada que hacer en un combate cuerpo a cuerpo, y con un fusil lo mata de un tiro. La mirada de ese tigre, que no comprendía nada, y sobre todo, su debilidad, me dejaron muy impresionado.
Seamos serios: los animales son la parte más débil en su relación con nosotros. Sea el bicho que sea, por duro que sea, siempre ganaremos. No tienen ninguna posibilidad. Son como los niños o como los ancianos: débiles e inocentes, no pueden defenderse de lo que les hagamos. La lucha entre un toro y un hombre no es entre iguales, por mucha fuerza física que tenga el toro, no puede compararse a las posibilidades de superviviencia del torero. El hombre posee destreza, inteligencia, entrenamiento, conocimiento, agilidad... El toro sólo posee su instinto, muy depauperado además en una situación de tanto estrés como es una corrida (lo han sacado de su entorno natural, lo han metido en un camión, ha recorrido media España, ha estado encerrado en un chiquero o como se llame, luego lo sueltan a una plaza donde no oye más que gritos y un tipo lo acosa con una tela, y otros le clavan cosas en la espalda).
Una vez oí gemir a un toro, por televisión. Con las banderillas. No cuando lo mataron. Mi perra, Mafi no ha gemido nunca. Para que un animal gima realmente tiene que padecer. En su enfrentamiento con el torero, su posición es tan débil que resulta atronadora. Y la respuesta la tenemos en la estadística: ¿cuántos toreros mueren al año..? Pues algo hay de lo que digo. Son animales, nosotros seres humanos. Pues eso, en la propia formulación del argumento está la respuesta. Como seres humanos, deberíamos de desterrar el dolor gratuito de la existencia. Y quien diga que el dolor es bueno porque si no hacemos tonta a la sociedad, que me cuente cuánto dolor ha soportado desde niño... Porque eso me lo suelen decir personas muy acomodadas... Y sí, me intereso por el bienestar de los animales y soy estoy a favor de que se permita abortar (que no significa que soy abortista). Yo no abortaría, y creo que una mujer mayor y con una vida medianamente hecha no tiene justificación para el aborto... Pero vistas las barbaridades que se cometen, las muertes que había en el pasado por abortos clandestinos, los niños que aparecen en los cubos de la basura, las adolescencias tiradas por el retrete... El aborto me parece un mal menor de una sociedad enferma. El problema es que una corrida de toros también me parece de sociedad enferma, y no es un mal menor. El hecho mitológico... la sociedad cambia, los tiempos cambian... Las tradiciones no son un valor en sí mismo, hay tantas cosas que han desaparecido a lo largo de la historia... ¿Por qué justo esta debe permanecer? No, la tradición no es plastilina que a todo se adapta. Seamos serios, si una tradición que denigra a una mujer, por ejemplo, es mala (que lo es), no podemos usar el argumento de es una tradición, pues queda claro que todas las tradiciones no son buenas. Esta no tiene por qué serlo.
Lo peor de todo es que nunca he visto un pro taurino que argumente con sensatez y tranquilidad, que serenamente exponga sus ideas, o que respete a los que no piensen como él. Cada vez que hay un debate en televisión o en la radio, siempre veo lo mismo: desprecio total hacia el antitaurino, insultos, gritos, no dejar hablar... Joaquín Sabina, traidor a casi todo lo que ha sido, escribió un poema hace poco haciendo una lista con los personajes populares, populacheros, famosillos y realmente de altura que son taurinos. Ahora, los pro taurinos (que por cierto, se ha convertido en algo comodesuperizquierda¿sabes?) lo usan como manifiesto. La respuesta es ¿qué más da? ¿Hacemos la lista de los famosos antitaurinos? La encabezan S.M. La Reina y José Luis Rodríguez Zapatero... luego están muchos otros, como Forges, con quien encabezo este artículo. Pero los famosos dan igual. ¿Es la opinión de Serrat o de Hemmingway mejor que la mía? ¿Por qué? No entiendo nada.
Miro a mis perros, están echados en la cama. Pienso en que ahora yo, a quien conocen, los cojo con violencia y los meto en un cajón. Los transporto sin parar a refrescarlos durante 10 o 12 horas, haga frío o calor, al llegar a mi destino, los encierro en una habitación con muchos más perros, ya no me ven más. Luego los saco a un lugar donde todos gritan, les clavo una divisa. UN desconocido los provoca con un trapo, otro desconocido les clava cinco o seis tachuelas en la espalda, luego cojn un cuchillo de cocina les hago una buena herida en mitad del lomo... y sigo mareándolos mientras sangran, corren, se llenan de arena, se debilitan... Luego les clavan un buen punzón que les atraviese la médula y el corazón, y que debería matarlos en el acto. Pero, seamos serios, los toreros cada vez aciertan menos, y hay que hacerlo varias veces. Mientras agonizan, cinco o seis tipos los agobian con más trapos y más gritos... Sería un acto de absoluta crueldad, de tremenda deshumanización, aunque sea hacia animales. ¿Por qué a un toro nos parece otra cosa?
Junto con las corridas de toros, metan cualquier tradición que signifique dolor o muerte de cualquier animal, y me tendrán enfrente.
Lo peor de todo es que ni siquiera creo que los toreros, los apoderados, los ganaderos, hagan nada por el noble arte sino por dinero, sólo por dinero, en un negocio que da pingües beneficios. Fueron a Europa no a convencer a nadie de que los toros molan, sino a pedir dinero, a mantener un negocio que sin ayudas y subvenciones no existe. Que se mueve en cifras irreales y falsas. Fue un acto vergonzoso, en el que se pedía que aflojáramos todos la pasta para mantener los cortijos y los yates. Ya es suficiente con mantener la fortuna de la Duquesa de Alba o de Mario Conde gracias a las subvenciones europeas (que salen de... ¿dónde?), encima mantener el chiringuito de Mihura, de Jesulín o de Francisco Rivera, o el neurótico de José Tomás, tiene delito. Yo sin llegar a fin de mes y pagando a esos señores su invento. De una vez por todas: si no diera esos rendimientos, no habría toros, y daría lo mismo. Quítenle el dinero, y quizás empiece a creérmelo.
Sólo hay un argumento que es difícil de responder: si no hubiera corridas de toros no habría toros... Bueno, tremenda cuestión. No sé si es cierto, tampoco tengo claro que el argumento sea válido. Me parece un poco fascista, y si lo humanizo pone los pelos de punta, pues justificaría hasta a Pol Pot. Necesita mucha reflexión este argumento, yo aún no le he dedicado el suficiente. Sólo sé que en un mundo cada vez más loco, deshumanizado, y terriblemente cruel, eliminar algo de crueldad no me parece una bagatela. Casi es nuestra superviviencia. En el apartado de links de interés os dejo una de una asociación de veterinarios antitaurinos. Que los hay.

martes, 9 de septiembre de 2008

Tesoros sumergidos de Egipto

He ido a ver en Madrid esta exposición "estrella", una de esas muestras "de alquiler" que van recorriendo Europa y cuyo fin es ser contempladas por decenas de miles de personas. Nada que objetar, ojo. Este sistema de "Exposiciones en Franquicia", como yo las denomino, hace mucho por el desarrollo y la expansión de la cultura, aunque podemos encontrar de todo. Desde la exposición de los instrumentos de tortura, hasta la de Bodies, tan espantosa que he estado un mes dudando si ilustrárosla en el blog o no (ha ganado el no). Es un nuevo negocio, un nuevo sistema de cultura, a veces es más blanco e inocente (este es más o menos el caso) a veces es más despreciable. Pero por principio, no tengo nada en contra.
¿De qué trata? El arqueólogo submarino Franck Goddio lleva una década dedicado a recuperar objetos de la cultura egipcia (y de paso de otras culturas) en la bahía este de Alejandría y en la de Abukir. Su principal fuente de trabajo son barcos hundidos (los pecios como ahora sabemos que se denominan) y las ruínas de algunas ciudades o zonas urbanas desaparecidas por una ola de terremotos que al parecer acaeció, siglo arriba siglo abajo, en la frontera de nuestra Era.
La exposición está bien, quien quiera verla no saldrá defraudado, pero yo salí algo desencantado y con mucho agobio. ¿Por qué? Para empezar, había demasiada gente, y la mayor parte de las 500 piezas expuestas son muy pequeñas. A mí la aglomeración de personas en una exposición o museo me agobia, y me impide la más mínima concentración.
En segundo lugar, otra cuestión más personal que otra cosa, la mayor parte de las piezas debidas a la cultura egipcia datan del periodo Ptolemáico, es decir, un mundo de fusión entre lo griego, lo romano y lo egipcio. Realmente, no es el que más me interesa de la historia de Egipto, yo soy de los Ramsés, los Tutmosis, y toda la parentela; es decir, de los Imperios Antiguo y Medio principalmente. Es la cultura egipcia que más me llama la atención, aquí la presencia de los cánones griegos es demasiado latente.Además, hay demasiadas piezas. No necesito una vitrina con 8 cuencos exactamente iguales, con uno sólo me basta, y así suma y sigue, especialmente con las monedad y las piezas de joyería. Sé que si vas a cobrar 11 euros por la entrada, tienes que hacer una exposición al peso, pero no hace falta, y la museología contemporánea tiende a lo contrario: exposiciones pequeñas, que se puedan disfrutar, bien organizadas. Las que ya he comentado en el Prado sobre el retrato renacentista y sobre todo la dedicada a Joan Miró en el Thyssen son un clarísimo ejemplo.
Por último, la exposición, que insisto merece la pena, no acaba de tener una buena organización. Lo lógico, dada la procedencia de las piezas, es que el tema fuera, en sí misma, la arqueología submarina. Daría mucho juego, se aprendería mucho, y además se podrían ilustrar elementos de la historia egipcia. Pero los organizadores prefieren que sea al revés: la historia y cultura egipcias como hilos narrativos y para ilustrar algunas anotaciones sobre arqueología submarina. Entonces pasa que no tienen suficientes obras para ejemplificar todos los temas que eligen, y se queda corta, teniendo en cuenta además que no se puede hablar, aunque ellos lo hacen, de la cultura egipcia cuando sólo tienes piezas de un periodo muy concreto y algún ejemplillo, por lo demás menor, de otras etapas. Es algo así como si hubieran ido reuniendo las piezas en lotes, y a partir de sus sumilitudes crear los conjuntos expositivos, cuando la cosa debería ser al revés: primero hago el ideograma de la muestra, y luego añado las piezas que lo ejemplifiquen. Hacia el final de la exposición, un mercadillo de piezas bizantinas, árabes, etc.; con las que no saben qué hacer, y uno no entiende que pintan allí, y el área final simplemente de grandes piedras que nos sobran.
Por cierto que tengo algo que decir del lugar, el Matadero de Legazpi. Si bien la recuperación de entornos arquitectónicos me parece en general muy buena y beneficiosa, algunos elementos conceptuales, muy muy modernos (o como diría Forges, modelnos, y sé que me entendéis), molestan al espectador y no dicen ni aportan nada. Así que los graffitis que podemos ver en las paredes interiores, anodinos por su reiteración, inaguantables por su suciedad, vacuos por su falta de significado, deberían de desaparecer. No todo en el arte es bueno, y eso también se aplica a los graffitis, estos son espantosos y no tienen el más mínimo valor, ni siquiera testimonial. Sólo las ínfulas de los que gestionan el entorno les han dado protagonismo, pero sospecho que el sustrato intelectual que da base a esa concepción es miserable y mediocre.

Amélie Nothomb (2): A veces las personas con talento pinchan en hueso.




Es de rigor que, tras dedicar la semana pasada una entrada a la magnífica escritora belga Amélie Nothomb, ahora haga esta segunda parte, pues en este lapso de tiempo he leído otro de sus libros, y francamente no me ha gustado. Se trata de Antichrista, publicado en nuestro país, España, por Anagrama, en su colección Panorama de Narrativas. La historia trata de una adolescente, Blanche, con una gran capacidad intelectual, que conoce a Christa en la Universidad. Si en un primer momento se siente atraída por su nueva y única amiga, a medida que la conoce y analiza su comportamiento sufre un fuerte rechazo hacia ella: Christa la ha vampirizado, invadiendo la totalidad de su vida.


¿Cuál es el problema? En primer lugar que la historia es floja y a menudo carece de interés: una adolescente neurótica y otro psicópata que se encuentran y comienzan una relación tortuosa y torturante... Situaciones que se salvarían con un buen grito o un plantón, y la protagonista nos demuestra a lo largo de toda la historia que es capaz de hacerlo y que no carece de capacidades para reconducir toda la caótica situación... Entonces ¿por qué no lo hace antes? No lo sabemos. Para la dramaturgia de la historia, la resolución de la misma es muy efectista, pero carece de sentido.

Otro pero es que no siempre se pueden resolver las historias en 100 páginas. Ésta es a ratos muy prolija, pero no son los momentos esenciales; cuando llegamos a uno de ellos, se resuelve con demasiada celeridad. Al final uno comprende la historia, pero hace aguas por todos lados, realmente, es algo absurda. Los personajes son estereotipos, y en conjunto aportan a la ya de por sí maltrecha historia una onerosa falta de credibilidad. Ese intento de Nothomb de moverse, como siempre, en los límites de lo realista y lo no realista le falla ostensiblemente: aquí la historia es demasiado terrena, y por eso todo lo que sucede, así como las soluciones que Nothomb propone, resultan incoherentes.


Los grandes, de lo que sea, a veces también fallan, y Nothomb, que sigue siendo una de las grandes de la actual literatura europea, no acaba de perfilar una buena novela, ni siquiera una correcta.


lunes, 1 de septiembre de 2008

Amélie Nothomb, escritora (¡y cuanto!)


Os presento a una escritora que hace poco menos de un año que conozco, y cuya lectura me ha dejado francamente impresionado. Se trata de Amélie Nothomb (nacida el 13 de agosto de 1967 en Kobe, Japón) una escritora belga en lengua francesa. Su padre es diplomático, con lo cual la infancia de Nothomb se desarrolla entre Japón, China, Laos, Birmania, Estados Unidos, Bangladesh… Ello le ha servido no sólo de formación, sino también de base para muchas de sus historias, puesto que sus vivencias de niña en esos mundos exóticos se han ido convirtiendo, poco a poco, en novelas autobiográficas más o menos veraces.


Hasta los diecisiete años no regresa a Europa, y siendo belga se siente extranjera en su país. Su paso por la Universidad Libre de Bruselas no es fácil, dado que por su apellido es identificada con una familia altoburguesa y católica, además con un bisabuelo vinculado a la extrema derecha… De ahí sale el argumento de “Anticrista”. Regresa a Tokio tras licenciarse, y de su experiencia laboral en esa ocasión surge “Estupor y Temblores”, Gran Premio de Novela de la Academia Francesa. Pero es con “Higiene del Asesino” con la novela que comienza su éxito más fulgurante. Pedante cuando quiere, misteriosa, un poco altiva, diferente… Lo que me gusta de Amèlie Nothomb es la calidad de sus imágenes, con historias que muchas veces responden a un mismo esquema: dos personajes, una confrontación. Magnífica “empleadora” del idioma, domina la narrativa y tiene un léxico apabullante, así como una cultura sobresaliente. Brillante, compulsiva, diferente, se está convirtiendo, por derecho propio, en una de las grandes de las letras europeas del comienzo de siglo.


Bibliografía:

Hygiène de l’assassin, 1992 (Higiene del asesino, Circe Ediciones, 1996)
Le Sabotage amoureux, 1993 (El sabotaje amoroso, Anagrama, 2003)
Légende un peu chinoise 1993
Les Combustibles, 1994
Les Catilinaires, 1995 (Las catilinarias, Circe Ediciones, 1997)
Péplum, 1996
Attentat, 1997 (Atentado, Circe Ediciones, 1998)
Mercure, 1998
Stupeur et tremblements, 1999 (Estupor y temblores, Anagrama, 2004)
Le Mystère par excellence, 1999
Métaphysique des tubes, 2000 (Metafísica de los tubos, Anagrama, 2001)
Brillant comme un casserolle, 2000
Cosmétique de l'ennemi, 2001 (Cosmética del enemigo, Anagrama, 2003)
Aspirine, 2001
Sans Nom, 2001
Robert des noms propres, 2002 (Diccionario de nombre propios, Anagrama, 2004)
Antéchrista, 2003 (Antichrista, Anagrama, 2005)
L’Entrée du Christ à Bruxelles, 2004
Biographie de la faim, 2004 (Biografía del hambre, Anagrama, 2006)
Acide Sulfurique, 2005 (Ácido sulfúrico, Anagrama, 2007)
Journal d’Hirondelle, 2008 (Diario de Golondrina, Anagrama, 2008)
Ni d’Ève, ni d’Adam , (Aún no traducida al español, publicada en francés por Ed. Albin Michel, 2007).


Ahora una referencia a alguna de sus obras:

Estupor y Temblores, Anagrama (Panorama de narrativas). Una novela intensa de esta joven escritora belga que ahora mismo está muy de moda, y con razón. Literatura ágil, culta cuando quiere, con un dominio endiablado del idioma y una gran maestría para describir sensaciones y atmósferas. Semi biográfica, la joven Amélie regresa al Japón del que se enamoró siendo niña, pues había nacido allí como hija del Cónsul General de Bélgica. Aunque ha vivido en muchos lugares, Japón es el sitio con el que se siente más identificada, y de hecho durante sy juventud se sentía realmente japonesa. En su reencuentro con el país, decide pedir trabajo en una gran empresa como traductora. A partir de ahí, va bajando peldaños, en lugar de subirlos, hasta llegar a ser encargada de los cuartos de baño, pues por una serie de problemas, inadecuaciones, e intrigas, va siendo fulminantemente degradada, aunque todos saben, a cuenta de un informe que nunca debió escribir, que estaba más que cualificada para trabajar en el departamento comercial de la empresa. Pinta la autora una visión de Japón menos idealista y poética a las que estamos acostumbrados, y usando la empresa como un universo (no cuenta nada de su vida habitual fuera del trabajo, y además en una parte del libro expone que no es de ese Japón agradable donde todo el mundo la quiere del que le apetece hablar en este libro, sino del otro, más siniestro), expone las diferencias culturales entre occidente y oriente, el racismo con el que suele ser tratada, los contrastes en cuanto a tradición y modernidad, y en definitiva deja claro que es muy difícil para unos y otros entendernos, lo mejor es soportarnos y tolerarnos. Copio una crítica que he leído por ahí, y con la que estoy de acuerdo: El libro pone de manifiesto la gran diferencia entre las culturas de oriente y occidente, sobre todo en el mundo empresarial, que es descrito de forma despiadada: la penalización de la iniciativa propia de los empleados (tomar una iniciativa sin consentimiento del jefe es algo indigno); el control absoluto de los sentimientos; las fórmulas burocráticas que exigen incluso que se repita ante cada uno de los superiores jerárquicos la petición de renuncia. Pero no solo la empresa japonesa es puesta en la picota; también se dedican muchas páginas a criticar su cultura en general, las grandes exigencias sociales hacia el ciudadano, especialmente si es mujer, y que llevan a que Japón sea el país con mayor índice de suicidios del mundo. Sobre este particular la autora reflexiona mediante una digresión terrorífica que explica las pocas expectativas de "felicidad" que le quedan a la mujer japonesa (aunque al hombre tampoco le quedan muchas que digamos). Aquí añado yo que la clave de humor es fundamental, y hay momentos en los que puede surgir una carcajada gracias a un humor inteligente. Como cuando la autora se muestra perpleja de que el índice de suicidios, especialmente el femenino, no sea mayor en el país del sol naciente. Políticamente incorrectísima, el que busque un Japón bucólico, que pase de largo por este libro.

Metafísica de los tubos, Anagrama. Esta novela es arrasadora, impresionante, divertidísima y llena de sentido. Ahora tomo totalmente prestados los comentarios de una página de críticas amateur porque no tengo tiempo de escribir mucho más y los suscribo de pe a pa: Según explica en una parte del relato, los japoneses tratan a sus bebés como pequeños dioses más o menos hasta los tres años: Rápidamente me di cuenta de que mi edad me confería un estatus especial. En el país del Sol Naciente, desde el nacimiento hasta el parvulario inclusive, uno es Dios... Yo era un Okosana: una honorable excelencia infantil, un señor niño. En esta historia Nothomb establece un claro paralelismo entre ella misma, Dios y Jesús, y consigue hacerlo perfectamente creíble utilizando un par de escenas que acercan a la vida de Jesucristo y la suya. Después de llegar a los dos años y medio en estado de tubo, la pequeña Amèlie despierta al mundo por obra y gracia de un "milagro" propiciado por su abuela que le descubre el sentido de la vida, el placer. Desde ese momento comienza a observarlo todo con mirada prudente, irónica, midiendo cada paso que da (oculta a su familia que sabe hablar y les regala sus primeras palabras en etapas fríamente meditadas), meditando sobre la vida y la muerte, el mar, aprende a leer sola... También a esa edad decide ser japonesa, mostrando el profundo amor que siente hacia un país que no es el suyo. En parte parece ser por la adoración que le muestra su aya: Nishio-san se prosterna cuando aparece, le da la comida de su plato, la adora: y entre unos padres que la trataban igual que a los demás y una aya que la divinizaba no había duda. Sería japonesa. Aunque puede hablar en los dos idiomas y para ella no hay diferencias entre ellos, decide lanzarse a hablar en japonés, comunicándose así con su adorada Nishio-san (y con sus fieles), gracias a la cual descubre algunos de los grandes temas de la vida, como la pérdida, en contraposición con Kashima-san, una japonesa aristocrática y amargada que culpa a los occidentales de todo lo que ha sido malo en su vida. Parece difícil, pero en esos seis meses de su vida, Amèlie aprende mucho de lo que necesita para desenvolverse en la vida, y lo expresa con su habitual crudeza e ingenio, rematando una obra autobiográfica conmovedora y sorprendente. El libro es mucho más que eso. La metáfora del tubo es muy buena, y su identificación con Dios, aún mayor. Es semi biográfica, más que autobiográfica, hay cosas que simplemente no nos podemos creer, pero ¡es tan lúcida!, llega a un nivel de análisis cuajado de cultismo y envuelto en sentido del humor y diafanidad. Para leer, releer y disfrutar, con muchos matices dando vueltas por ahí. Una novela que, de ser escrita en un tono más solemne, sería terrible, por su crudeza.

Cosmética del enemigo, Anagrama. Un ejecutivo que espera la salida de su vuelo retrasado en el aeropuerto es asaltado por un hombre de una edad similar empeñado en que conversen. Por mucho que el primero lo intenta, se tiene que rendir pues la perseverancia del segundo, amenazando con perseguirlo por todo el aeropuerto, es enfermiza y hostil. Una conversación obligada y desequilibrada entre dos desconocidos da comienzo: el asaltante se presenta y desgrana una vida llena de atroces momentos, de asesinatos cruéles y de actos viles... A partir de ahí, todo se desarrolla en muy pocas páginas (es poco más que un cuento largo) hasta un inesperado desenlace. No puedo desvelar absolutamente nada, y dar una opinión sobre cuál es el tema o de qué trata el libro sería una pista que fastidiaría el final. Les prometo que es apasionante e incluso genera ansiedad por momentos. Inquietante. Magistral por crear una atmósfera tan atractiva en tan poco espacio.

Higiene del asesino, Circe. Primera novela publicada de Nothomb, magnífica pero con una edición pésima en castellano, hasta 5 faltas ortográficas en las primeras 54 páginas. Un escritor, ganador del Nobel que jamás da entrevistas, anuncia que va a morir en menos de dos meses de una extraña enfermedad y consiente en recibir a un puñado de periodistas de todo el mundo. Uno a uno, los periodistas son despachados con una violencia verbal certera y lesiva. Pero la entrevista final pone al escritor contra las cuerdas obligándolo a enfrentarse a su triste realidad. Como en el anterior, desvelar algo más fastidiaría el desenlace. Es una primera novela, es muy brillante, muy cruda, muy metafórica (está plagada de metáforas, sobre la condición femenina, por ejemplo, lo que por otro lado es hilarante, cuando lean la novela me entenderán). Los personajes son tremendos, desagradables, a ratos desdibujados, y bien es verdad que Nothomb no había alcanzado aún madurez como escritora y le falla un poco la capacidad de dar realismo a la situación, a veces oyes el engranaje de las ruedas girar. Pero sigue siendo muy recomendable.

Sabotaje Amoroso, Anagrama. De nuevo la niña Amélie en el Pekín comunista de la Banda de los Cuatro, a mediados de los setenta. La niña que se enfrenta a un nuevo país, a una nueva realidad, y al descubrimiento del amor. Continuación lógica de “Metafísica de los tubos”, Nothomb desgrana el desdén y la vitalidad de una niña que, como todos los niños, se cree el centro del universo, y como tal no puede soportar ser desplazada, o que algo inquietante le de a entender que no está en ese privilegiado puesto. Con una premisa sencilla, y su habitual maestría, Nothomb llega, como siempre, más allá.

Pon a Amèlie Nothomb en tu vida... Es francamente buena.

sábado, 23 de agosto de 2008

De Exposiciones por el Museo del Prado

Antonello de Messina: Retrato de un hombre.


Desde que se inauguró la ampliación del Museo del Prado, he leído con atención casi todas las críticas que he podido acerca del mismo. Se dividen en dos: las hagiográficas hacia Moneo, o las que glosan la tipología del edificio, y su concepto, pero apenas van más allá. Adolecen, todas ella, de una cosa: casi ninguna de las que he leído hablan directa o exactamente del edificio, pasan por él casi de puntillas. Así, Calvo Serraller dedicó una página entera de El País a admirarse de un edificio concebido para no tener personalidad propia, como ideal de una forma de entender la arquitectura al servicio de una idea y no de sí misma. Precioso artículo, y magnífica argumentación, que sin embargo nada decía de la edificación en sí. A partir de ahí, me he ido encontrando ese tipo de cosas: el edificio que no intenta ser un hito en sí mismo sino nimbar a la institución que alberga (lo contrario, parecen decir, que la excelente ampliación del Reina Sofía). Por otro lado, artículos que dicen que Moneo es dios, y en su grandeza ha hecho una maravilla más, pero a la que dedican, realmente, muy poco tiempo y espacio. ¿Por qué? No voy a ser yo el que resuelva el enigma. Tampoco voy a hablar demasiado del edificio, que uno no sabe lo que va a depararle el futuro ni qué ojos ávidos leen este blog. Lo único que quiero decir es que casi todo lo que esperaba del edificio, al que conocía en proyecto y en obra, se ha cumplido. Y más allá. Voy a añadir, nada más, que la mano de obra ha sido espantosa, y los acabados por tanto se han resentido. Eso puede verlo cualquiera: un vistazo a las juntas, a los churretes de silicona, al corte de las placas metálicas, y me entenderéis.


Cy Twombly: Lepanto (detalle). Vale, tenía que poner un ejemplo para que me entendiérais.



Pero esta entrada era para glosar las exposiciones temporales que actualmente pueden verse en esa ampliación. Empezaré por la peor, sin duda alguna, a la que voy a dedicar muy poco espacio. Se trata de Lepanto, de Cy Twombly, pintor americano que empezó a ser conocido en los 50, en pleno apogeo del Expresionismo Abstracto, y que nació en Lexington, Virginia, en 1928. Su estilo es peculiar, con una manera de entender el espacio y la forma tremendamente personal. Si bien ha tenido obras que me han interesado, esta exposición no es una de ellas. Se supone que es una lectura diferente, desdibujada, más allá de lo que significó la propia batalla de Lepanto, como mito y como hecho, para nuestro país. Una visión incluso irónica. Vale, puede ser, pero finalmente, en realidad, no es sino la repetición sin consecuencias ni solución de continuidad de dos ideas pictóricas: barcazas apenas dibujadas con grandes trazos en negro, ora más cerca, ora más lejos; o manchas de color, rojas y amarillas, que se enfocan y desenfocan, se derriten y se hunden… Lo mismo cuadro a cuadro, idea a idea. El intento del folleto explicativo por introducir esta exposición como un nuevo eslabón en la fabulosa secuencia de la “tradición veneciana” (sic) me parece presuntuoso, extremo, hablar por hablar, y justificación de lo injustificable. La exposición es mala, no hay que darle más vueltas, y la propuesta de Twombly carece de interés, por lo repetitiva y por lo ocasional, insubstancial y oportunista. La presencia como prólogo a la muestra del retrato del Bufón conocido como Don Juan de Austria, de Velázquez, es rizar el rizo del dislate, y buscar una ligazón forzada donde no la hay. No creo que nadie, leyendo este blog, pueda acusarme de anticontemporanista, porque esa es mi formación, y ese mi perfil.



Callot: El sitio de Breda (detalle).



La segunda muestra es muy pequeña, y está dedicada a las Representaciones de Batallas de Jacques Callot y de Pieter Snayers. Callot (1592-1635) es uno de los creadores de todo un género, la pintura de batallas. Normalmente, sus obras responden a una misma composición: un primer plano que nos muestra a la soldadesca y su vida cotidiana, una ascensión paisajística, y por encima, coronándolo todo, una visión de las zonas en conflicto y de las maniobras de las partes que luchan en el mismo. Así, se convierten en propaganda, pero también en difusión de las artes militares y de las técnicas logísticas. Artísticamente son más flojas, aunque su dificultad técnica es manifiesta. Una de las piezas más importantes de Callot es su Sitio de Breda, que consta de seis partes.



Pieter Snayers: El Sitio de Gravelinas.



Pieter Snayers es uno de sus seguidores, y trabaja en la Flandes española. Con un esquema compositivo similar, aunque en mi opinión un poco más de calidad artística, nos legó importantes escenas de batallas, como el Sitio de Gravelinas. Es una exposición muy coqueta, y francamente bonita, pero exigua, apenas una sala con un puñado de cuadros de gran tamaño. Es un complemento, se supone de la anterior (¿o viceversa?).



Jan Van Eyck: Retrato de su esposa.



Tras un vistazo a las esculturas de los Leoni que pueden verse ya permanentemente en la Sala del Claustro (salvo Carlos V venciendo al furor, que se integró en la exposición estrella del momento en el Prado), me introduje en el verdadero motivo de mi visita, aparte de conocer el edificio: la exposición El Retrato del Renacimiento. Últimamente estoy volviendo a mis orígenes contemporáneos, por lo que debo reconocer que la exposición me daba algo de pereza. Asimismo, algunas cosas que no me estaban gustando de la política expositiva de Museo del Prado me hacían tener reticencias ante la exposición. Pero todas se disiparon enseguida. Sólo tengo una crítica, funcional, y otra conceptual. La primera la diré rápidamente: demasiada obra y poco espacio, yo habría optado por eliminar algunos ejemplos (que se podía) o por desechar el espanto de Lepanto y hacer la muestra algo más llevadera.



Antonio Moro: Retrato de Felipe II



La exposición es excepcional, y el Prado sale no sólo bien parado sino que puede vanagloriarse de darnos la posibilidad de ver una exposición de una notable calidad artística. Si la exposición del momento en Madrid sigue siendo la de Joan Miró en el Thyssen, esta no le va a la zaga. El prólogo: el retrato medieval. A partir de ahí, un estudio complejo y sagaz de un género que realmente renació y se reescribió en el siglo XV: el retrato. Hombre, muy exagerado, como he leído, sería decir que realmente en el XV nació el retrato como concepto artístico en pintura… No me atrevería yo a decir algo parecido con las siglos de arte antiguo que todos podemos tener en la mente.



Tiziano: Carlos V a caballo.



La muestra es muy seria en cuanto a sus conclusiones, y francamente interesante. De un lado, Flandes, de otro Italia, como las dos vertebradoras del género (Antonello de Messina, un híbrido de ambas, es uno de los primeros en aparecer, quizás yo habría expuesto otro de sus retratos).



Este es el retrato de Antonello de Messina que yo habría puesto, uno de los mejores, en mi opinión, de la historia.



Poco a poco, el retrato evoluciona, escoge su propia iconografía, sus propios derroteros. Elige sus fuentes, se democratiza (pues llega a todas las clases sociales, eso sí, con notables diferencias entre retratar a un Rey, a un noble, a un burgués o a un hombre de la calle).

Un conocidísimo retrato aúlico debido a uno de mis pintores favorito: Sánchez Coello.

Sobre todo, se convierte en psique reflejada y perseguida más allá de un físico minuciosamente elaborado. Establece unas claves de expresión, y evoluciona rápidamente, aumenta el tamaño, la importancia, desaparecen los fondos, regresan, se hacen oníricos (de ahí la presencia del Caballero de la Mano en el Pecho de El Greco.

El Greco: Caballero de la Mano en el pecho.

Un género redescubierto que se ve pronto invadido por decenas de tipologías. Una de las más sobresalientes, y que está presente también en la exposición, es el autorretrato, donde el pintor da rienda suelta a su oficio y a su vanidad. La exposición termina con el retrato de corte, que va poco a poco perfilándose, de modo que cuando vemos la secuela, un retrato de Rubens ya en pleno barroco, entendemos que la idea, la forma, ya está hecha, terminada, y difundida. Por cierto, que las piezas dedicadas a explicar la difusión de los modelos me parecieron excepcionales, y que la muestra se ocupara de ello fundamental.



Ghirlandaio: Anciano con su nieto, no sabía que era post mortem



Muy interesante el cuadro de un Niño mostrando un dibujo infantil pintado por Caroto, a quien no conocía. No es más que un bosquejo, pero es curioso y delicado.



Caroto: Niño mostrando un dibujo infantil.



Están todos los grandes: Moro, Tiziano, Ghirlandaio, Van Eyck, Lotto, El Greco, el ya referido Messina, mi admiradísimo Sánchez Coello, el colofón de Rubens… ¿Quién falta? Ahí está mi crítica conceptual. Falta Velázquez. Y dado que no hay argumento teórico posible, y la cronología no es una opción puesto que está Rubens; y tampoco es que el Prado ande falto de retratos de Velázquez, me lleva a pensar que ha sucedido una de estas tres cosas:


El Velázquez que falta lo pongo yo: El famoso retrato de las mariposas.


O es que a los organizadores ya les cansaba que todo lo que se haga en el Prado pase por exponer algo de Velázquez, hasta el punto de que Prado y Velázquez ya parecen sinónimos (y yo encantado, que conste); o que tras el Velázquez mitológico del año pasado nos espera otra exposición sobre Velázquez y el retrato o una continuación de esta con el Retrato Barroco; o que las obras de Velázquez llevan un año dando demasiadas vueltas por el edificio y por Europa y ya toca dejarlas tranquilas una temporada. En todo caso, sea cual sea la razón, el agujero dejado por Velázquez es insalvable incluso para una muestra de una calidad tan extraordinaria como esta. Hay que felicitar al Museo del Prado: el faro sigue dando luz.

Lorenzo Lotto: Retrato de mujer inspirado en Lucrecia.