Continúa la temporada del Real, y continúa para mí brillantemente, con una de las sensaciones del año, que era la esperadísima Jenufa que se ha desarrollado entre el 4 y el 22 de diciembre. Me instaba Miguel, en un comentario a mi entrada sobre Cecilia Bartoli, a escribir algo sobre esta ópera, y me descubría porque realmente me estaba costando escribir esta entrada dados las dudas intelectuales que a mí mismo me surgían cuando pensaba en ello. El problema, para mí, es Janacek. Ahora está de moda en Europa, como bien dice alguien a quien quiero y respeto mucho en todos los planos, pero también en el intelectual, y como está de moda, se hace en todos lados y parece que tiene que gustar. Jenufa no es una mala ópera, cuidado, aunque como siempre los argumentos de Janacek me resultan tremendamente oscuros y complicados, no como El caso Makrópulos, pero es de todo menos gratificante. En este caso, con infanticidio incluído.
Pero Leos Janacek, para mí, tiene un problema: nunca sé, musicalmente, a dónde quiere ir, y cuando pongo sus óperas una detrás de la otra no entiendo cuál es su discurso estético. Me parecen todas demasiado diferentes, muy poco personalizadas, y sin un rumbo coherente. Ahí está, ya lo he dicho. El magnífico montaje de Lulu con el que se inició la temporada cosechó el desprecio, estoy seguro de que orquestado, de gran parte del público, y la pregunta sigue siendo ¿y por qué Janacek no?. Quizás es eso: la moda. Con Berg yo sí tengo esa sensación de saber de dónde viene y a dónde quiere ir, con Janacek todo me parece mucho más casual, más causal, y a veces aburrido. Jenufa es una buena ópera, muy lírica, y complicada para los personajes, con un argumento, ya lo he dicho, oscuro y a ratos endiablado. Una joven despreciada por el amante que la he dejado embarazada, desfigurada por el quien la ama de verdad, y con una madrastra tremenda que no duda en asesinar al niño del pecado para salvar la honra de su proahijada. Todo bastante duro y difícil. La orquesta es una de las grandes protagonistas, con un volumen pastoso y cruento a ratos, y las voces están especialmente cuidadas en todo el proceso.

El montaje, en coproducción con la Scala de Milán, basada al parecer en el montaje original del Chatelet de París, es bastante interesante, por su sencillez, y por sus momentos estéticos francamente impactante, como cuando la cuna del niño empieza a ser azotada por la nueve mientras que su abuelastra reflexiona sobre la necesidad de matarlo. Algo más absurdo me pareció, por lo complicado y lo extrevagante, la presencia de las aspas del molino, pues la acción pudo haber funcionado perfectamente sin que aparecieran, pero parece que tratándose de Janacek siempre tiene que haber algo espectacular sobre la escena (en Makrópulos fue la gigantesca esfigie de King Kong). La firma Stephane Braunschweig, con Thibault Vancraenenbroeck como figurinista, y qué gran trabajo hizo este último, con un vestuario tan parco como efectivo y potente. Un escenario enmarcado por enormes tabiques amaderados, de los que a veces simbólicament surgía un hueco de un potente color rojo (en forma de cruz durante todo el tercer acto), que se movían para adecuarse a cada momento de la acción, y un uso admirable de la iluminación, eran la base de todo el proceso, que nos recordaba a veces la tortuosa atmósfera en la que se movían los protagonistas, a veces la esperanza, y otras simplemente, la tristeza. No se puede negar que todos los implicados en el montaje lo habían pensado, y además mucho.

La Orquesta titular del Real estuvo bien dirigida por Ivor Bolton, pero son grandes momentos, creo que Bolton es un director de oficio, pero no una de esas grandes batutas, aunque defendió el puesto con dignidad y logró que los problemas habituales de la orquesta con el joven director titular del Teatro no aparecieran. Silbo mirando para otro lado (el tema López Cobos ya me cansa). También anduvo bien el coro del Real, dirigido aquí por Peter Burian, acompasado y conjuntado, que es lo mínimo que puede pedirse a un coro, aunque a veces no pasa.
Un reparto interesantísimo en el que, por primera vez en tiempos, todo el mundo estuvo bien. Yo vi el primer reparto, porque por esas fechas apenas pude permitirme el lujo de llegar a la función que había comprado, se me hacía imposible ir al segundo reparto, aunque quien lo vio dice que la inmesa Ana Silja, como la Madrastra de Jenufa (me niego a escribir Kostenilnosequé, que se me esguinzan los dedos) demostró que quien tuvo retuvo y aunque cantar ya canta poco, hizo las delicias del público.
En mi caso, la titular para ese papel, que es la verdadera protagonista de la obra, para qué nos vamos a engañar, fue otra de las grandes voces del pasado, Deborah Polaski, que evidentemente, dada su edad, ya no tiene la voz de antaño, ni nadie lo espera, pero en este personaje supo brillar con luz propia. Estuvo espectacular, si bien en las zonas agudas ya evidentemente chilla más que canta, y hay pasajes que se le resisten, su fuerza escénica y su caudal de recursos técnicos bastan para sacar adelante el personaje con sobresaliente. En sus grandes monólogos (me niego a llamarlos arias) la tensión subía varios enteros, y especialmente cuando decide asesinar al hijo de Jenufa a mí se me pusieron los pelos de punta. Alta, espigada, con unas manos de una fuerza expresiva sin límites, y unos ojos poderosísimos, había que ver lo que este animal escénico era capaz de regalarnos.
En la parte masculina estuvieron muy bien Miroslav Dvorský como Laca, con una voz no especialmente poderosa pero sí con un elegantísimo fraseo,
y francamente muy bien Nikolai Sukoff como Steva, cuya comprensión escénica del personaje me pareció perfectamente trazado.
Mette Ejsing como la Abuela Buryja es una gran cantante que cumplió más que satisfactoriamente con su cometido en un papelito minúsculo.
Quiero dedicar unas líneas a una debutante en el Real, la soprano catalana Marta Matheu, que como mujer del Alcalde demostró que es uno de los grandes valores actuales de la lírica española. El papel no daba para mucho, pero su voz, desde que yo la escuché hace un par de años, se ha ensanchado y tomado cuerpo, y corría por el Real con el color y la potencia que uno espera de una gran cantante. Atención a la Matheu, que además es una chica adorable y divertida, y por la que sé que el elenco estuvo muy unido y animado durante todas las funciones, lo que ayudó a la magia de cada noche. Especialmente la del 22 creo que fue memorable. Esta soprano está llamada a grandes papeles. Y algunos dirán que como es amiga mía, aunque amiga es una palabra excesiva pero nos conocemos y tenemos respeto y cariño mutuo, por eso hablo así, pero no, puedo asegurarte que si pensara otra cosa pasaría de puntillas por ella.
No voy a detenerme en todos los personajes, aunque también quiero recordar a la jovencísima Marta Ubieta como Karolka a la que también auguro un gran futuro en la ópera.
Por último, la titular de la ópera, Amanda Roocroft, como Jenufa, un papel un poco pavisoso pero muy difícil desde el punto de vista musical, algo menos intenso escénicamente desde mi punto de vista. La soprano estuvo simplemente perfecta, lo tiene todo: línea de canto, elegancia, sentido del estilo, técnica, potencia adecuada, elegancia. Si el papel fuera algo más lucido habría sido un triunfo aún más clamoroso del que fue. Es otra de esas jóvenes y grandes voces que nos dicen que los que cacareamos por la crisis de las voces estamos algo sordos, o algo influídos por el pasado.
Una noche de éxito y para disfrutar de un compositor que aún no ha logrado llenarme del todo, pero que sí merece, por esta obra, un lugar singular en la historia de la ópera.
Un reparto interesantísimo en el que, por primera vez en tiempos, todo el mundo estuvo bien. Yo vi el primer reparto, porque por esas fechas apenas pude permitirme el lujo de llegar a la función que había comprado, se me hacía imposible ir al segundo reparto, aunque quien lo vio dice que la inmesa Ana Silja, como la Madrastra de Jenufa (me niego a escribir Kostenilnosequé, que se me esguinzan los dedos) demostró que quien tuvo retuvo y aunque cantar ya canta poco, hizo las delicias del público.
En mi caso, la titular para ese papel, que es la verdadera protagonista de la obra, para qué nos vamos a engañar, fue otra de las grandes voces del pasado, Deborah Polaski, que evidentemente, dada su edad, ya no tiene la voz de antaño, ni nadie lo espera, pero en este personaje supo brillar con luz propia. Estuvo espectacular, si bien en las zonas agudas ya evidentemente chilla más que canta, y hay pasajes que se le resisten, su fuerza escénica y su caudal de recursos técnicos bastan para sacar adelante el personaje con sobresaliente. En sus grandes monólogos (me niego a llamarlos arias) la tensión subía varios enteros, y especialmente cuando decide asesinar al hijo de Jenufa a mí se me pusieron los pelos de punta. Alta, espigada, con unas manos de una fuerza expresiva sin límites, y unos ojos poderosísimos, había que ver lo que este animal escénico era capaz de regalarnos.
En la parte masculina estuvieron muy bien Miroslav Dvorský como Laca, con una voz no especialmente poderosa pero sí con un elegantísimo fraseo,
y francamente muy bien Nikolai Sukoff como Steva, cuya comprensión escénica del personaje me pareció perfectamente trazado.
Mette Ejsing como la Abuela Buryja es una gran cantante que cumplió más que satisfactoriamente con su cometido en un papelito minúsculo.
Quiero dedicar unas líneas a una debutante en el Real, la soprano catalana Marta Matheu, que como mujer del Alcalde demostró que es uno de los grandes valores actuales de la lírica española. El papel no daba para mucho, pero su voz, desde que yo la escuché hace un par de años, se ha ensanchado y tomado cuerpo, y corría por el Real con el color y la potencia que uno espera de una gran cantante. Atención a la Matheu, que además es una chica adorable y divertida, y por la que sé que el elenco estuvo muy unido y animado durante todas las funciones, lo que ayudó a la magia de cada noche. Especialmente la del 22 creo que fue memorable. Esta soprano está llamada a grandes papeles. Y algunos dirán que como es amiga mía, aunque amiga es una palabra excesiva pero nos conocemos y tenemos respeto y cariño mutuo, por eso hablo así, pero no, puedo asegurarte que si pensara otra cosa pasaría de puntillas por ella.
No voy a detenerme en todos los personajes, aunque también quiero recordar a la jovencísima Marta Ubieta como Karolka a la que también auguro un gran futuro en la ópera.
Por último, la titular de la ópera, Amanda Roocroft, como Jenufa, un papel un poco pavisoso pero muy difícil desde el punto de vista musical, algo menos intenso escénicamente desde mi punto de vista. La soprano estuvo simplemente perfecta, lo tiene todo: línea de canto, elegancia, sentido del estilo, técnica, potencia adecuada, elegancia. Si el papel fuera algo más lucido habría sido un triunfo aún más clamoroso del que fue. Es otra de esas jóvenes y grandes voces que nos dicen que los que cacareamos por la crisis de las voces estamos algo sordos, o algo influídos por el pasado.
Una noche de éxito y para disfrutar de un compositor que aún no ha logrado llenarme del todo, pero que sí merece, por esta obra, un lugar singular en la historia de la ópera.