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lunes, 25 de diciembre de 2017

El Tito Leo canta (Nucci en el Ciclo de Lied del Teatro de la Zarzuela)




El Tito Leo canta. Es una estrella famosa de la ópera. Cantaba por todo el mundo y lo hacía muy bien. Ahora todavía canta, para su familia. Sale el Tito Leo y empieza a cantar y la familia se divierte, se alegra mucho. Cante lo que cante. Tiene momentos mejores, como cuando canta algunas canciones lentas y largas que no tienen ni muchos agudos ni muchos graves. Entonces se crece, se le escucha y emociona mucho. En las demás también, cantando a Rossini, por ejemplo, el Largo al factotum de Il barbiere di Siviglia, que se ahoga y no se le escucha demasiado, y se lía con las palabras... Pero a la familia le encanta, y le aplauden a rabiar; y el Tito Leo canta y canta y canta y no para de cantar. Y su familia enfervorecida truena, grita, vitorea, y muere de placer. A veces, esas piezas que ha cantado tanto, recupera algún esplendor y a todos nos parece estar ante una estrella de la ópera en plenas facultades. Como cuando hizo Cortigiani, vil razza dannata de Rigoletto.

Realmente lo que pasa es que al Tito Leo ya no le hace falta cantar, basta conque esté. Lo mismo le pasaba a mi Tita Montserrat cuando todavía podía ponerse de pie al lado de un piano. O al Tito Plácido. Existen, están, llevan a su familia al éxtasis porque les recuerdan un tiempo dorado que ya terminó. Los Titos de la ópera no saben retirarse nunca a tiempo. 

El problema es cuando no eres de la familia y acudes a una de las fiestas en las que el Tito Leo termina cantando. Te pasa, como a mí el otro día, que no lo escuchaba nada bien, especialmente al final de los versos. También me costaba entenderlo, y yo recordaba las arias con otros textos, aunque a lo mejor el equivocado era yo. Sufrí mucho al sentir su ahogo, su bamboleo en la escena, sus tropiezos. Su aspecto de anciano en una fiesta loca que ya debería haberse ido a acostar. 

Pero yo no soy de la familia. Por eso no lo disfruté tanto. Por eso quise irme, pero me quedé, y cuando cantó un aria de I due foscari estuve a punto de morir de dolor de oídos. 



¿Debe seguir cantando el Tito Leo? Sí. Mientras sea para su familia, para los suyos, para los que lo aplauden porque ya no lo escuchan, porque no les hace falta. Advirtiendo bien a todo el mundo qué tipo de concierto es. Desde luego, no me lo imagino, por ejemplo, como concierto fuera de abono del XXIV Ciclo de Lied del Teatro de la Zarzuela de Madrid. Allí no pintaría nada. Ni el Tito Leo, ni un repertorio fundamentalmente operístico. 

lunes, 19 de julio de 2010

Ian Bostridge en el Teatro de la Zarzuela de Madrid.

Si repasas las dos entradas que he dedicado en este blog a Ian Bostridge, la primera hablando de su calidad como cantante, y la segunda sobre su concierto anterior en Madrid (pincha en cada una de esas frases y las verás), entenderás que me queda poco o nada que decir de Bostridge. Creo que es la mejor voz que hoy en día pulula por los escenarios del mundo. Y me tirarán muchos los trastos a la cabeza porque si no tiene volumen si la voz es pequeña si no podría cantar Radamés. La respuesta a todo eso es ¿y qué más dará? Vocalmente, es un tenor inteligentísimo, que no hace nada que no pueda y sobre todo que no haya estudiado hasta la saciedad. Ahí están sus Britten, absolutamente arrebatadores, como en Otra vuelta de tuerca, donde nadie ha hecho lo que él. Dramáticamente impecable. No le sobra nada, no le falta nada. Para lo que hace y quiere hacer, lo posee todo. No cantará nunca Radamés, claro, pero no creo que le interese, ni le importe. A mí, desde luego, me da lo mismo. Porque ningún Radamés, y lo afirmo con rotundidad, podrá cantar lied y las óperas que Bostridge canta, como él. Poesía, lirismo, timbre... La voz es hermosísima, bien proyectada, inteligente. Me gusta tanto el lied, disfruto tanto, que he llegado a la conclusión de que cantarlo es el acto más supremo del canto, muy por encima de la ópera. Por favor, repásate las entradas que le he dedicado, no quiero repetirme una vez más.Verlo en La Zarzuela siempre es maravilloso. ¡Ojo! para que no pienses que soy un adorador, te diré que en la primera parte, el Winterraise de Schubert, estuvo distraido, y es una partirura que se sabe de memoria, pero no llegó a los niveles que yo le conozco. Posiblemente por la alergia que arrastraba, posiblemente porque era 30 de junio con un calor asfixiante y al final de la temporada, pero no lo logró, le faltó fuerza. También he de decir que su manera lánguida de moverse en el escenario a veces me pone nervioso, esa altura desgarbada que a veces se deja caer desmayado sobre el piano... No me gusta demasiado. Pero en la segunda parte, dedicada íntegramente a Britten, fue espectacular. Como tiene la voz tan parecida a Sir Peter Pears, para quien Britten escribió gran parte de su producción, la voz se adapta a estas partituras como la de nadie. Lo conoce, lo domina, y nos llevó al éxtasis. Es lo mejor que ha venido a Madrid este año. Con timidez y cansancio, me atendió al salir del Teatro, y me firmó su foto. No es muy dado a hablar con el público, se nota, pero estuvo atento, y su foto está ya colgada en mi pared de fotos recuerdo que siempre veo nada más entrar en mi casa. Escuchar a Bostridge es siempre un placer, un honor, y los años que pueda hacerlo yo estaré allí para verlo. No puedo dejar de nombrar al gran Julius Drake, su acompañante habitual, que es posiblemente el mejor pianista de acompañamiento que hay ahora en el mundo.

miércoles, 24 de febrero de 2010

Bernarda Fink, mezzo, en el Teatro de la Zarzuela.

Esta entrada es más cercana, puesto que este recital del XVI Concierto Lied de La Zarzuela fue hace escasamente dos días. No iba yo muy convencido, y si bien no me desagradó, mantengo ciertas reservas y opino que es el más flojo de cuantos ha programado este año el Teatro. La mezzo argentina Bernarda Fink, acompañada, notablemente bien, por el pianista Anthony Spiri, hizo en la Zarzuela un recital poco comprometido, casi autocomplaciente, que comenzó con una primera parte dedicada al Schumann más facilón, con los horribles temas con letra de la Reina María Estuardo incluídos, puesto que salvo las 5 primeras piezas, algo más sesudads el resto se consagró a las referidas canciones con textos de la Reina de Escocia y a una breve selección de Myrthen, canciones de ambiente escocés un tanto abigarradas. La segunda parte fue enteramente hispana, con el ripioso Granados de La Maja Dolorosa, de música excepcional, seis coplas del argentino Luis Giannéo, populares y poco más; lo mejor del concierto, las Quattro Liriche basadas en poemas de Antonio Machado escritas en español por el italiano Luigi Dallapiccola; para finalizar con los Cuatro Madrigales Amatorios de Joaquín Rodrigo. La voz es bella, una cantante correcta y con buena técnica, sin problema alguno de afinación, aunque el volumen es pequeño, no sé qué haría esta cantante en un gran teatro con una orquesta detrás. Sus grandes problemas surgen en los agudos, y muy especialmente en aquellos que tiene que emitir en forte, donde se abre demasiado, los hace fibrosos, e incluso hacen un poco de daño en el oído. Entonces, ¿qué es lo que no me gusta de la Fink? Que es cursi, tremendamente cursi, tanto que no paró de recordarme a María Bayo, aunque no es tan cursi como la navarra ni tiene sus graves problemas de afinación. Pero no se puede cantar todo como si fueras una señorita de provincias. Incluso cuando intentó ser arrabalera, con las canciones populares de Giannéo, lo que quedaba era una señorita bien imitando a una arrabalera. Esperaba yo con fruición el famoso De los álamos vengo de Rodrigo, obrilla que me encanta y a la que tengo un gran cariño, y que se saldó con una decepción: no se puede cantar algo así de una forma tan aburrida y monótona, sin ardor, sin alegría, con una sonrisa algo tontaina, y en resumen tan sosamente. Lo mejor, ya lo dije, las Quattro Liriche, basadas en poemas de Antonio Machado, donde la cantante demostró de lo que puede ser capaz y la amplitud de su voz, repertorio comprometido, muy actual, y difícil. Pero eso fue un pequeño oasis en un recital, por lo general, aburrido.

Joyce DiDonato en el Teatro de La Zarzuela.

Retomo este blog tras muchísimo tiempo porque debido a diversas cuestiones, casi todas profesionales, ha sido imposible entrar aunque fuera un minutito. Y lo hago con algo que ha pasado hace tiempo, pero que no quiero dejar de reseñar. Se trata de la intervención de la mezzo americana Joyce DiDonato en el Teatro de La Zarzuela, dentro del XVI Ciclo de Lied. Sigue con buen paso este ciclo, aunque desgraciadamente hay dos conciertos a los que por problemas de salud no pude asistir, Christian Gerhaher y Matthias Goerne, que se saldaron, por lo que me cuentan, con sendos exitazos.Joyce DiDonato no es mezzosoprano, es una soprano corta, y sobre eso personalmente me quedan pocas dudas. La cuerda de mezzo la mueve con cierta tranquilidad, pero se nota que no está en ella de manera natural. La zona grave es dubitativa y le cuesta, la evita todo cuanto puede, y la salda con cierto oficio, y la zona aguda le es mucho más cómoda, aunque si fuera soprano tendría que ir hacia lugares que no está posibilitada para transitar. Como mezzo se vende, le resulta fácil, pero ciertamente no lo es, no por cualidad, ni por cantidad, ni por color vocal.Es una cantante con cierta tendencia a la frialdad, aunque sus intervenciones están bien pensadas. Poseedora de una buena técnica y mucha capacidad actoral, creo que basa su trabajo sobre todo en lo segundo, aunque su línea de canto no es mala. Pero en líneas generales, pareciera un poco más famosa por cuestiones de marketing que por sus verdaderas capacidades. El público de La Zarzuela, uno de los más raros y divertidos que conozco, no le granjeó a lo largo del concierto el nivel de aplausos que uno cabría esperar, como sucedió en su recital en el Teatro Real el pasado año. Porque es una cantante que no enciende. Puede gustar, se la puede apreciar, es correcta, lo que hace lo hace bien, pero no es un gran músico, y está lejos de ser una cantante excepcional. El concierto era comprometido, con una primera parte dedicada a Arias Antiguas de compositores italianos, de los siglos XVII y XVIII, y piezas de Beethoven y Rossini, y una segunda parte que se adentró en compositores de un XIX tardío o un XX más pleno, aunque, eso sí, con una cerrada y limpia línea melódica, sin excesos debidos a la modernidad. Demostró cierta versatilidad y conocimiento de lo que hace, pero le costó que el público se metiera en el concierto. No cabe duda que se vende bien, es simpática, lo demuestra, y su gama de gestos y de interpretación le ayuda. Pero lo curioso es que realmente no se llevó el gato al agua hasta el final, como cabría pensar que ella misma había calculado. Después del sesudo repertorio de la primera parte, y el más complaciente de la segunda, pero siempre moviéndose con piezas poco conocidas, que permiten evitar la comparación, terminó con piezas como La spagnola de Vincenzo Di Chiara, en la que con cierta pantomima de lo español y mucha simpatía se metió al público en el bolsillo. El remate lo consiguió con los dos bises: Voi chi sapete, de La Nozze di Figaro de Mozart, para el que se puso una pajarita y mostró una buena bis cómica, y sobre todo el Rondó final de La Donna del Lago de Rossini, que he de decir me pareció de los mejor cantados que he tenido la suerte de escuchar, y cuando uno lo ha hecho con Montserrat Caballé y con June Anderson, está diciendo mucho. La coloratura divertida y bien colocada, y la dicción perfecta, ahí estaba la DiDonato metiéndose al público, hasta entonces sólo correcto, en el bolsillo. Pero sin embargo, en su versión durante el concierto de la Canción del Sauce del Otello de Rossini, no logró despuntar y uno no podía dejar de pensar en Federica Von Stade o la propia Caballé, que han hecho grandes cosas con esa pieza.Un concierto pensado, no decepcionante pero en el que sí se me aclararon algunas ideas sobre esta cantante, a la que se puede ir a ver, y que tiene tonos de estrella, pero no ha llegado a serlo. Para terminar, una mención a David Zobel, el más flojo de los acompañantes que han pasado este año por La Zarzuela, preocupadísimo por el metrónomo, podías sentir como contaba el compás con la cabeza mientras tocaba. Le falta aún mucho tiempo.

lunes, 9 de noviembre de 2009

Gerarld Finley en La Zarzuela. Sigue con buen pie el ciclo de lied.

El barítono canadiense Gerald Finley llegó, vio y venció en su debut madrileño, ante un público entregado, exigente, y ruidoso (qué asco de toses en el peor momento), como es el de los Ciclos de Lied del Teatro de la Zarzuela. Se trataba de la segunda entrega de esta XVIª edición, y el cantante estaba acompañado de un viejo conocido de la casa, el pianista Julius Drake, que en nuestro pequeño y encantador teatrillo ha actuado junto a grandes figuras como Ian Bostridge, de hecho volverá en junio para cerrar el ciclo con el famoso tenor inglés.Finley comenzó con Dichterliebe, de Schumann (Amor de poeta) un magnífico conjunto de poemas musicados con una duración total de unos 40 minutos, sin apenas pausas, todo un reto para cualquier cantante y cualquier pianista. Desde que comenzó, aparecieron las virtudes del barítono: una voz rotunda, fuerte, pesada, grave, de esas que algún aficionado a la ópera diría qué pena que no cante Verdi sin darse cuenta no sólo de que está diciendo una bobada sino perdiéndose algo tan maravilloso como el lied, ante el cual yo tiraría toda la ópera italiana que existe (y soy un amante de la ópera). Una buena entonación, afinación casi perfecta (sólo siendo puntilloso le sacaremos problemas a eso), una línea de canto excelente, buena técnica aunque con alguna sombra, quizás debida a una formación un poco tardía, dicción, fraseo inmaculado. Lo que tiene un buen cantante. Desgranaba cada poema con emoción, pues es un magnífico actor que sabe introducirse en el texto y transmitir una buena gama de emociones.Pero al mismo tiempo que estas virtudes, aparecieron los problemas, que para mí son cuatro: dificultad para matizar a media voz y en piano; problemas serios con el agudo, al que siempre llegaba apoyando levemente desde media nota, o un cuarto apenas, más abajo, ninguno salía libremente a no ser que fuera en ataque y en forte; problemas, muy serios también, con el volumen, pues tenía dificultades para graduarlo y de ahí derivaban los problemas de agudo, que en forte desaparecían; y una cierta falta de elegancia. No quiero decir que fuera basto, que no lo era, sino que le faltaba la elegancia, el estilo, la vulnerabilidad que exigía la pieza. Es un verdadero coñazo, permíteme la expresión pero esta es mi casa, hacer siempre alusiones a Fischer Dieskau, a Bostridge, a Baar, o a otros grandes liederistas, pero lo que a ellos les sobra a Finley le faltaba, ese punto intermedio en que el cantante debe ser más frágil para evocar con todo su significado el texto de Heinrich Heine y la música de Schumann, tan inspirada. Así, cuando Finley dice ¡florecillas, florecillas!, parece que las está pisando, más que contemplando. No quiero ser exagerado, pero si bien no me dejó frío, fue una eficiente interpretación y la obra es difícil y Finley la defendió con notable alto, le faltó ese punto que un género tan metido en el Romanticismo alemán necesita. Aún así el público agradeció y aplaudió a rabiar, y a mí me gustó aunque me causó cierto excepticismo.En la segunda parte, Finley se lanzó con canciones de Ravel, francamente difíciles, las Histories Naturelles en las que los protagonistas son animales, y aquí, que no necesitaba esa vulnerabilidad, estuvo a sus anchas, divertido, con talento, inspirado, varonil y con una intencionalidad que empapaba su voz. Me gustó especialmente la dulzura de El martín pescador. Lo mismo con las canciones de Charles Ives, que no necesitaban de un gran maestro para sacarlas adelantes, y con las, para mí, tediosas piezas finales de Samuel Barber, de las que sólo salvo las basadas en poemas de James Joyce, por lo buenísimo del texto, muy bien interpretado por Finley, que se está especializando en los compositores norteamericanos. El público, al final, estaba arrobado, y si bien yo no participaba de los bravos, creo que Finley aún puede dar más de sí y que en el futuro sí que lo bravearé si no se convierte en flor de un día. Finley regaló 4 bises, populares y divertidos, cerrando con una canción escocesa. Julius Drake, como siempre, impecable y un excelente pianista de acompañamiento. Me apetece mucho indagar en su carrera en solitario.Seguiré a Gerald Finley con mucho interés, aunque reconozco que lo que no me gusta de él me pesa demasiado, pero quizás se corrija en un futuro. ¡Ah! el cantante aprovechó para vender sus discos, anunciando que los firmaría a la salida del concierto, y había que ver lo lanzados que fueron muchos en comprar todo lo que se nos ofrecía. Nunca me ha gustado esa costumbre, la hizo Didonato el año pasado en el Real y me pareció una vulgaridad. Un video de youtube para que escuches a este buen cantante, en este caso de ópera, pues Finley ha ido desgranando a Mozart y el repertorio barroco intensamente, Tchaikowsky, Britten, Stravinsky, Debussy, y además, loable para mí, numerosas piezas contemporáneas, como un estreno absoluto de Saariaho.

miércoles, 7 de octubre de 2009

Anne Sophie Von Otter en el Teatro de la Zarzuela. Y se hizo el milagro.

En un oscuro tren, el oficial de las SS Kurt Gerstein, que había descubierto el gas Zyklon B y presenciado lo que los nazis estaban haciendo con él en los campos de concentración, coincide con un diplomático sueco. Destrozado por los remordimientos, Gerstein le pide hablar con él y le cuenta lo que está sucediendo. El diplomático, horrorizado, escribe un largo informe al respecto, esperando que surta efecto internacionalmente y poder frenar el Holocausto. Desgraciadamente, no hubo reacción oficial ante la noticia, y otros intentos, alrededor de la Santa Sede, también fracasaron. De parte de esta historia se ocupó Costa Gavras en el film Amen.
El diplomático sueco, secretario de la embajada de su país en Berlín, era el barón Göran Von Otter. Casi sesenta años después, su hija, Anne Sophie Von Otter, una de las mejores mezzosopranos de la historia, decide grabar un disco y hacer una serie de actuaciones en recuerdo del Holocausto y de los intentos de su padre por detenerlo.
Todo ello nos lleva a Theresienstadt, o Terezín, una ciudad fortaleza al norte de Praga fundada por José II de Austria en honor de su madre, María Teresa entre 1780 y 1790. En 1940, los nazis lo convierten en un asentamiento judío, el lugar donde tratan de lavar su imagen y convencer a la opinión pública internacional de que lo que estaban haciendo con esa minoría étnica no tenía nada que ver con un genocidio. No era un campo de concentración para el exterminio, sino un lugar de paso hacia el exterminio, principalmente Auschwitz. ¿Quiénes fueron deportados a Terezín? Fundamentalmente élites judías: personas pertenecientes a los ámbitos científicos y artísticos, así como veteranos de guerra judíos que habían luchado de parte de Alemania y Austria-Hungría. Incluso se permitió una visita de la Cruz Roja Internacional que pudo contemplar cómo los judíos vivían en un aparente ambiente de tranquilidad, y sin abusos. Los nazis permitían actividades culturales de todo tipo: conciertos, exposiciones, lecturas literarias, cabaret nocturno, todo en medio de la miseria, y todo a cargo de los reclusos. Y, por supuesto, todo arte degenerado. A tal punto llegó el afán nazi por demostrar lo que no era, que incluso llegaron a filmar una película, encargada al cineasta judío Kurt Gerron, bajo el título El Führer regala una ciudad a los judíos, de la que quedan unos 25 minutos me metraje pululando por internet. Informa Miguel Huertas, de cuyo espléndido programa para el concierto que nos ocupa me baso para estos datos históricos, que todos los participantes en dicho filme fueron premiados con un rápido viaje a Auschwitz, donde fueron ejecutados inmediatamente. Lo mismo ocurrió con el compositor de la ópera El Emperador de Atlántis, que se quiso montar en Terezin, pero que fue censurada por los nazis al entender las evidentes citas a Hitler. No sólo él, todos los participantes del proyectos fueron deportados y exterminados.
Nos ha llegado un breve legado de la música compuesta en Terezín, por parte de músicos fallecidos, casi todos, en el breve lapso transcurrido entre 1940 y 1945, por las razones que ya te imaginarás, salvo Emmerin Kálman, muerto en 1953 a resultas de la experiencia vivida, y el verdaderamente único superviviente del horror, Karel Berman, fallecido en 1995. Ese legado musical ha sido recuperado por y para Anne Sophie Von Otter, que junto con el pianista Bengst Forsberg, el violinista Daniel Hope, y el acordeonista, guitarrista y contrabajo Bebe Risenfors (normalmente dedicado al pop, muy especialmente a la música de Waits y de Costello); han grabado un disco excepcional titulado Terezín y editado por Deutsche Grammophon. Gracias a este disco, el ciclo de concierto programados por los tres músicos que el lunes 5 de octubre recaló en Madrid como primer concierto del XVI Ciclo de Lied del Teatro de la Zarzuela. No defraudó. La música, de Ilse Weber, Karel Svenk, los citados Kálman y Berman, Robert Dauber, Viktor Ullman, Erwin Schulhoff, Pavel Haas y Carlo Sigmund Taube, amén de un interludio dedicado a Bach que a muchos nos sorprendió pero que tuvo su cómo y su por qué, además de convertirse en uno de los momentos más emocionantes de la noche.
No fue un concierto típico del ciclo de lied, fue imposible contener al público a la hora de aplaudir. Además, los participantes, en algún momento, explicaban las piezas que iban a tocar y su historia, creando una atmósfera mágica. De las partes vocales, hubo de todo, más popular, como la canción de cabaret Terezin Lied compuesta por Kálman y que arrancó una de las ovaciones de la noche, y otras de un gran nivel de exigencia. Los textos, en general, giran alrededor de la idea del horror, el desarraigo, la lucha por vivir, la muerte siempre expectante, el horror, o, como escribe Huertas ¿cuándo tocará a su fin este sufrimiento? Bellísimas canciones de cuna para que los niños olviden lo que están pasando, canciones de huída, de resignación, de humor, de esperanza... Todas esas sensaciones se fueron desgranando en una noche madrileña excesivamente cálida, y ante un público excéptico de entrada que terminó ovacionando a los participantes con fervor.
Anne Sophie Von Otter tiene ya la edad que tiene, y eso significa que debe tener cuidado con los agudos, y que el volumen ya no es lo que era. Pero el resto, que es un tesoro, permanece intacto. Sigue siendo una cantante inteligentísima, que ha hecho su carrera muy al margen de los intereses musicales habituales en los cantantes de ópera, sin salirse jamás de una senda: Barroco, Mozart, Gluck, algo, muy escogido, de Strauss, una pequeña veleidad con Offenbach y sobre todo con la Carmen de Bizet, algo de repertorio francés, como la Charlotte del Wherter de Massenet, y música contemporánea en general. Además, un par de divertidísimos discos dedicados a Elvis Costello y a ABBA. Una versatilidad que la ha mantenido al márgen del repertorio italiano más manido, y que últimamente la acerca a Wagner. Siempre acompañada por los mejores directores, y siempre en las mejores salas. No podemos olvidar, por supuesto, su formidable carrera como liederista, donde se ha convertido, por derecho propio, en una de las cantantes referenciales de Schubert, Schumann, Strauss, Korngold, y compositores escandinavos como Grieg. Una voz hermosa, con una técnica excepcional, un manejo formidable de la cabeza, la cara, para empujar la voz, y, sobre todo, un estilo interpretativo impecable, viviendo, sintiendo, lo que canta, ayudando al espectador a meterse en la música y sentirla. Todo eso sigue ahí, y salimos del concierto con la seguridad de haber escuchado a una de las grandes en un gran concierto. La belleza de su voz, de las más hermosas de cuantas ha dado la ópera y el lied, convenció y venció. No lo interesa ser una gran estrella, es un músico, en toda la extensión de la palabra.
Las partes instrumentales a algunos les sobraron, a mí no, y fueron interesantísimas. Por fin llegó la explicación a Bach: era el compositor empleado muchas veces en el campo para relajarse, para acompañar las actividades diarias, y para los traslados a los campos de exterminio. El violinista Daniel Hope logró uno de los momentos mágicos de la noche: sin pausa, enlazando la nota final de la Sonata para violín de Schulhoff con una selección de la Sonata para violín y contínuo número 4 de Bach, creando un momento intimista y circunspecto, lo que uno espera de un concierto de lied, y emocionó tremendamente al público. También el pianista, Bengt Forsberg, un gran conocedor del repertorio contemporáneo y de su difusión, tuvo su momento mágico interpretando varios temas del ciclo de Karel Berman Reminiscencias de Terezín, donde una gama de sentimientos y sensaciones se desgranaron virtuosísticamente.
Para finalizar, Anne Sophie Von Otter estuvo simplemente increíble en las dos piezas finales, El niño judío, de Taube, y, sobre todo, Wiegala, una canción de cuna de Ilse Weber, con la que llegó a un nivel tan elevado de maestría y de profundidad, que simplemente se convirtió en lo más increíble que yo he escuchado en un teatro en mucho tiempo. El silencio del público, sólo roto por la tos de un imbécil que no sabe taparse la boca con un pañuelo, se mantuvo en tensión durante varios segundos después de terminar la pieza, surgiendo entonces un aplauso atronador. Había que escucharlo para entender la belleza, la intensidad, y la hermosura de lo que escuchamos en ese momento. Anne Sophie Von Otter triunfó en Madrid, y perderse ese concierto hubiera sido un error irreparable. Vamos con un vídeo para celebrar su bella voz.


sábado, 21 de febrero de 2009

Matthias Goerne en el Teatro de la Zarzuela

El XV Ciclo de Lied del Teatro de la Zarzuela de Madrid continúa su andadura este año consolidándose como una de las citas más importantes de la música española. El nivel de calidad es excepcional, y las figuras invitadas no defraudan, es más, aseguran un gran futuro a estos ciclos. El lied, se ha dicho tantas veces que ya casi es un lugar común, un mito cultural, es el más difícil de los géneros musicales creados exclusivamente para la voz. En un corto espacio de tiempo, el cantante debe asegurar no sólo una impecable interpretación técnica, pues se espera de él el mayor nivel, sino una concreta lección dramática e interpretativa, en textos a veces más intensos, a veces más sutiles, que exigen un conocimiento del estilo y de la composición por encima de toda duda. En el lied no existen los errores, el más mínimo puede dar al traste con la leve atmósfera de concentración que el público necesita. Dentro de este género, Schubert es la cima, el más difícil, el más prolijo, y el más intelectual de todos. Será por eso que los grandes liederistas se cuentan con los dedos de las manos, y que no siempre los cantantes consagrados pudieron o supieron hacer nada notable con el lied.Matthias Goerne es uno de los más destacados cantantes de lied de estos momentos. Después de haber escuchado hace poco a Ian Bostridge, de quien ya he dicho es uno de los más interesantes artistas del panorama internacional, sería un error por mi parte decir que Goerne estuvo a su altura: es al revés, Bostridge logró en su comparecencia llegar a niveles de ejecución similares s los de este barítono, que sin embargo, desde mi punto de vista, logra ser incluso más impecable que el británico. Goerne es alemán, nacido en Weimar, y ha estudiado con los grandes del género: Beyer, Fischer Dieskau, Schwarkopf. Dotado de un inteligente sentido del estilo, desgrana sus interpretaciones con una tensión expresiva como no se ha escuchado en Madrid en mucho tiempo. Por supuesto, ha cantado por todo el mundo, con los mejores pianistas (Brendel, por ejemplo) y se ha cimentado un nombre que ya brilla con luz propia y se convierte, poco a poco, en referencial. En su carrera operística, que lleva con la misma fina inteligencia que demuestra en sus interpretaciones, destacan Mozart, Wagner y Berg. Por ahora, no le conozco incursiones en el repertorio italiano más habitual. Además, comparte sus compromisos como intérprete con la docencia, siendo hasta hace poco profesor de lied del al celebrada Schumann Hochschule de Düsseldorf.Con esa carta de presentación ante un público que ya lo conoce, actuó en Madrid el pasado 16 de febrero, y nos rendimos ante su trabajo. La voz es potente, poderosa incluso, que sabe matizarla hasta conseguir inflexiones de una bellísima emisión. La zona grave está ahí, y no le plantea dificultades, lo mismo que la aguda, a la que llega sin dificultades ni trampas, pasando de modo natural a las alturas del pentagrama manteniendo volumen y emisión intactos. Y la zona media, que diferencia a los grandes cantantes y que es el 80% de un lied, es excepcional. La técnica vocal parece depurada, sin dejar nada a la improvisación, y al menos esa noche no hubo dudas ni problemas en ninguno de los momentos del enjundioso programa. La voz llegaba clara, el fraseo que dota de significado a todo lo que se escucha, impecable, y Goerne no mostró ni cansancio ni perturbación alguna: es una auténtica máquina de cantar. La voz, sin embargo, no es especialmente hermosa, y creo que pertenece Matthias Goerne a ese Olimpo de cantantes que con disciplina, técnica, trabajo y dominio estilístico puede conseguir que nos olvidemos de que el sonido no es bello de manera natural. Está en buena compañía, sólo basta recordar al que ha sido uno de los más inteligentes y prolíficos cantantes del siglo XX, Jon Vickers, o incluso al maestro de maestros, Carlo Bergonzi, y entendemos exactamente lo que quiero decir. Cantar es algo que está por encima, incluso de la belleza de la voz. Por suerte, está grabando la integral de Schubert para Harmonia Mundi, habrá que estar pendiente, será una de las grandes grabaciones del siglo XXI.Estuvo el barítono acompañado por el pianista alemán nacido en Colonia Eric Schneider, que es uno de los mejores acompañantes que han pasado este años por Madrid, no se puede poner un pero a su ejecución y su talento, al servicio del cantante y de Schubert.El programa tuvo una primera parte dedicada a canciones de Schubert escritas en un amplio lapso de tiempo, entre 1814 y 1824, periodo que define la vida del autor, entre la juventud de estudiante y esa primera mitad de la década de los veinte en la que el compositor está sumido en una profunda melancolía y sensación de soledad. Salvo uno, de Hell, los textos son de su amigo Johann Mayhofer, y dan vueltas alrededor de la nostalgia, la muerte, la noche evocadora de tristezas, los rayos de esperanza, la sublimación del espíritu: el Romanticismo en estado puro (este de verdad, que luego por los foros lee uno cada cosa con el Romanticismo que pone los pelos de punta). Goerne paseaba por estas canciones creando un clima de melancolía y de tensión que nos embargó a todos, sólo roto por las toses de los miles de tísicos que esa noche poblaban el Teatro de la Zarzuela (¡qué plaga!). Me gustó especialmente el lied Secreto cuya primera estrofa dice Dime, ¿quién canciones te enseña/ tan amables y tiernas?/ Ellas provocan un cielo/ en la mísera Tierra.. Y el que cerró esta primera parte, Nocturno que habla de la muerte de un anciano con una dulzura y una serenidad de un potente valor lirico, me llevó al arrobo. Goerne, dulce, nostálgico, viril, melancólico, no caía jamás en el patetismo, y creo que dio en la diana del estilo y de la intención, con una lectura inteligentísima de los textos.La segunda parte fue para un puñado de composiciones de Schubert dedicadas a Goethe, primero la serie de Mignon, el suave lamento amoroso, y a partir de ahí el Canto del arpista y una conjunto de poemas contenidos, ligeramente lastimeros, y de una impresionante calidad literaria, como se espera de Goethe, y se traduce en su musicalización. El último lied de la serie Bienvenida y adiós resumió perfectamente el tema de la noche: el hombre ante la soledad, aún rodeado de amigos, la dicotomía entre la felicidad y la desolación. Goerne, impecable, les hizo una enorme justicia. Si tienen la oportunidad, no dejen de escuchar a este artista, quizás el mejor liederista del momento. Dos horas de sensaciones, de elevación, de equilibrio, y para cuando todo terminó un público entregado que, como yo, salían a la fría noche madrileña con la sensación de haber asistido a un banquete para los sentidos. Terminamos con un vídeo.

lunes, 24 de noviembre de 2008

Olga Borodiná en Madrid: uná mantxá le caiojojojo



Sirva el título de simple ironía para el que ha sido un magnífico concierto, dentro del XV Ciclo de Lied del Teatro de la Zarzuela. La excepcional mezzosoprano rusa Olga Borodiná deleitó al público madrileño con un muy buen concierto, bastante pensado y equilibrado, en el que derrochó su talento y su voz con gallardía. Fue un éxito en general, a juzgar por los interminables aplausos (de ahí vendrá una solapada crítica que haré a la mezzosoprano). Éscuché por primera vez a Borodiná hace ya más de 15 años, en aquella memorable representación de Samson et Dalila, de Massenet, en la que cortó el pelo y dió la réplica a un impresionante Plácido Domingo, pero reconozco que poco después le perdí la pista. Ahora ha sido mi reencuentro, no lleno de sorpresas, entre las que destaca su rotunda fisonomía (toma eufemismo). Las voces del este son muy especiales, con un mordiente generoso, y un brillo magnético en los agudos. Posee, además Borodiná, un sobresaliente volumen, que hace que nos demos cuenta de cómo muchas de las voces que escuchamos hoy en día realmente poseen muy poco peso específico. Pero, hay que decir a los nostálgicos, en este caso el tamaño no importa, y si bien Borodiná estuvo magnífica, Bostridge es un genio pese a tener la mitad de su volumen vocal. Expresivamente es correcta, no sobrada, y aunque matiza y tiene una media voz y un piano más que dulce, lo cierto es que acusa, de tanto en tanto, cierta frialdad. Quizás su actual dieta vocal, consistente en la masacrante -y horrenda- Gioconda de Ponchielli, tenga algo que ver (de una vez, sopranos y mezzos del mundo, Gioconda le quitó diez años de carrera a Callas, acabó con Cerquetti, y no ayudó a Caballé... aprended y escarmentad en cabeza ajena).El programa que escogió no es de mis favoritos: Tchaikovschi y Rajmaninov. Son dos músicos que realmente no me apasionan, muy sobrados en emotividad, pero hay que reconocer que sus canciones, aunque muy dulces y efectistas, no se encuentran entre lo más antidiabético de su producción. Hombre, no fue un programa enjundioso desde el punto de vista de la dificultad, aunque facilón tampoco era; y al ser dos compositores tan desmedidamente emotivos, haciéndolo bien y tornando la voz con las inflexiones necesarias, realmente te permite ganarte al público sobradamente, como Borodinà hizo esta noche. Si además optas por las propinas (lo explicaré luego) por las que ella optó, pues es un éxito clamoroso casi asegurado. La primera parte, dedicada a Tchaikovski, constó de lo siguiente: . Nam zvjozdy krotkije sijali Op. 60, n.º 12, Net, tolko tot kto znal Op. 6, n.º 6, Otchevo Op. 6, n.º 5, To bylo ranneiou vesnoi Op. 38, n.º 2, Notchi bezoumnye Op. 60, n.º 6, Pervoe svidanie Op. 63, n.º 4, Kolybel"naya Op. 16, n.º 1, Serenada Op. 65, n.º 3, Zakatilos solntse Op. 73, n.º 4, Snova kak prezhde odin Op. 73, n.º 6S. Aquí hubo un problema: un miembro del público tuvo un enorme ataque de tos y tuvo que salir corriendo hacia el foyer a mitad de la cuarta canción. Así que se perdió parte de el programa, molestó mucho, hasta la cantante lo miró con furia, y se mantuvo fuera hasta que los aplausos le permitieron, ya recuperado, volver, aunque ya no pudo recuperar la intensidad ni la concentración en toda esa primera parte... Obvio decir que fui yo, primera vez en la vida que eso me ocurre, y no he pasado mayor vergüenza jamás, ni mayor ataque de paranoia. Algunas de las canciones las había escuchado uno ya en grandes voces como Nicolai Ghiaurov: Borodiná les hace justicia. Realmente, con un instrumento como el suyo, y una técnica tan personal y depurada, casi todo lo demás no importa. Hablando de técnica, me sorprendí al comprobar que cuando tiene que atacar un agudo en forte, Borodiná toma aire exclusivamente por la nariz, lo que parece incongruente dado que con ese acto la garganta se tensa, y cabría esperar que necesita tenerla relajada para poder llegar a esas alturas. Caballé, Kraus, Pavarotti, y otros muchos grandes sin ir más lejos preferían tomar aire por la boca, salvo que estuvieran en momentos de línea melódica reposada y poco comprometida. Creo que es la primera vez que escucho o veo hacer algo como lo que ha hecho hoy Borodiná (realmente sus inspiraciones nasales se escuchaban furiosamente), y si a ella le funciona, y son más de veinte años cantando y una voz que no muestra signos de cansancio, pues es que sin duda ha sabido encontrar una técnica muy adecuada a sus capacidades. Las grandes voces operísticas muchas veces no consiguen el suficiente nivel de intimismo y de interpretación cuando se pasan al lieder o a la canción en general, como en este caso las romanzas rusas. A Borodiná le pasa hasta cierto punto, y si bien salió airosa, y lo pasamos bien, uno echó de menos una prestación operística para alcanzar cierto clímax.
En la segunda parte, integramente dedicada a Rajmaninov, quizás ese clímax si devino de las propias romanzas. Se trató de la siguiente selección de las mismas: Utro Op, 4, n.º 2, Ditya, kak tsvetok ty prekrasna Op. 8, n.º 2, Son Op. 8, n.º 5, V moltchanyi notchi tainoi Op. 4, n.º3, Rechnaia lileya Op. 8 n.º 1, Zdes khorosho Op. 21, n.º 7, Ona kak polden" horosha Op. 14, n.º 9, Siren Op. 21, n.º 5, Ya zjdu tebya Op. 14, n.º 1 . Aquí las interpretaciones de Borodiná llegaron a lo excepcional, y yo estaba más relajado y, aunque con miedo a repetir el incidente de la tos, pude lograr mayor concentración y tranquilidad. La última romanza, que traducida al español significa ¡Te espero! fue emocionante hasta el arrobo. La brillante y vibrante zona grave de la que la cantante puede alardear jugó muchos puntos a favor del placer de escuchar estas interpretaciones.
Terminado con ovaciones el programa oficial, Borodiná regaló dos propinas, escasas, ambas de... ¡¡¡Manuel de Falla!!! Que tras un recital de romanzas rusas te rematen con esto, es como mínimo curioso, y aunque habría mucho que decir desde el punto de vista teórico sobre la idoneidad de la elección, realmente si no te metes en grandes disquisiciones intelectuales, el salto fue un tanto extravagante. La primera propina fue El paño moruno, donde descubrimos que, sin llegar a orientativo o dudoso, el español del que hizo gala Borodiná fue un tanto eslavo, oyéndose cosas como "uná mantxá lé caio ojojojó". El público agradeció el esfuerzo, y Borodiná regaló un segundo Falla, de nuevo las Siete Canciones Populares Españolas, en concreto Nana en la que el "lucerrito dela maiana" venció y convenció... El público obligó a Borodiná a salir al menos 3 veces más a saludar, pero se mantuvo la rusa inflexible en cuanto a cantar una sola nota más... Debió haberlo hecho, fue un error por su parte cuando estaba teniendo un éxito clamoroso y cuando con menos grandes cantantes del pasado como Berganza o Caballé se lanzaban con quince propinas para arrobo de su público. Lo que me recuerda que le echó narices Borodiná con semejantes propinas, correctas y basta, eso sí tengo que decirlo, a un público acostumbrado a las antes señaladas Caballé o Berganza, y sobre todo a Victoria de los Ángeles.
Quiero hacer una mención especial al pianista acompañante Dmitri Yefímov, uno de los que más me ha sorprendido y gustado en los últimos años: magnífico trabajo (a veces tan poco valorado), máxima compenetración con la cantante, apoyo constante y verdadero pergeñador de que todo saliera redondo, en calidad, cualidad e intensidad. Realmente bueno. En fin, una gran noche, pese a la tos, y pese al frío intenso de la noche madrileña. Vamos con un vídeo para recordar a la mezzosoprano, y si ella fue capaz de coronar un recital de repertorio ruso con Falla, yo por la misma regla de tres la pongo cantando una de mis arias favoritas, la muy cursi Mon coeur s'ouvre a ta voix de Samsom et Dalila, compuesta por Saint Saens.

viernes, 7 de noviembre de 2008

El privilegio de escuchar a Ian Bostridge en Madrid

Si recordáis, hace tiempo escribí una entrada dedicada a Ian Bostridge, el excelente tenor inglés de 44 años. Para los que no la conozcan, aquí os dejo el enlace:
Esta semana he tenido el enorme privilegio de escuchar a Ian Bostridge en directo, en el Teatro de la Zarzuela de Madrid, dentro del XV Ciclo de Lied. Acompañaro al piano por Graham Johnson, Bostridge desgranó un magnífico recital dedicado a Schubert:
1ª parte
Widerschein
Der Winterabend
Die Sterne
2ª parte:
Schwanengesand (textos de Rellstab)
3ª parte:
Schwanengesand (textos de Heine).

Miren, si quisieran leer un artículo de erudito aficionado (es decir, un coñazo pedante y el 90% de las veces equivocado, inexacto o directamente ignorante) bastaría con echar un vistazo a algunos foros de ópera de por aquí, donde he llegado a leer cosas que no sólo son estupideces, sino que llegan al invento, y me refiero específicamente a Bostridge... Así que hablemos de otras cosas.

Ian Bostridge es uno de los grandes intérpretes del la historia de la lírica. Con una pose de languidez melancolía victoriana y afectada, perfectamente estudiada y escogida, posee la mayor expresividad que yo he escuchado a un cantante en mi vida; y la sensación que tenía al salir sólo la he tenido antes con Montserrat Caballé o Birgit Nilsson. Para empezar, es un músico excepcional, y sabe perfectamente lo que está cantando y cómo debe de cantarse, con una magnífica musicalidad y una interpretación que conjuga la perfección técnica con un estudiadísimo sentido del mensaje. No hay matiz musical que no nos llegue, y siempre va unido a una necesidad expresiva, pues Bostridge sabe sacar el jugo a todo el texto que interpreta. Sus apoyos son Dietrich Fischer Dieskau (del que es seguidor, o continuador, no imitador como cacarean algunos que no saben que en interpretación musical también existen escuelas y corrientes), pero sobre todo, me mantengo en lo que ya dije una vez, es Peter Pears. Pero es que cuando está en el escenario tiene una capacidad de embelesar, de llevarnos a los puntos más elevados de nuestras sensaciones -siempre intelectualizadamente- que consigue unas atmósferas de tensión dramática en el público poco habituales.

La formación intelectual de Bostridge tiene mucho que ver con sus resultados (yo hace años que dejé de creer en las capacidades de natura, porque donde esté la formación que se quite todo lo demás). Porque lo mejor de todo es que no tiene una gran voz, es una voz pequeña en cuanto a su amplitud, con un volumen que va justo para llenar el teatro y nada más; y sobre todo es una voz muy trabajada, muy entrenada, que sube a las cumbres más altas del pentagrama porque hay una gran concentración técnica y un control impecable de sus posibilidades. Se dosifica con un estudiadísimo equilibrio en los esfuerzos, tanto físicos como emocionales. Al término del recital, tras una escasa hora casi sin pausa, estaba exahusto, como pudimos notar sobre todo en la segunda propina, Du bist Die Ruh, donde un pianísimo lo cogió tan desprevenido que terminó convirtiéndose en falsete perfectamente emitido. Porque los grandes músicos rectifican en los errores también con maestría. Aparte de ese ligero error, debido al agotamiento pero del que supo salir airoso, en el lied Ständchen caló una nota, pero se dio cuenta rápidamente (no todos los cantantes se dan cuenta, no se crean, y sobre todo, no todos los que se dan cuenta rectifican con éxito), y supo aumentar la intensidad del volumen lo suficiente como para alcanzar el tono requerido. Cuando tuvo que repetir la melodía, repitió el traspiés, pero sin que fuera tan perceptible (un ligero temblor en la emisión), así que a la tercera decidió no arriesgarse, y empujó la voz con fuerza y volumen, suficiente para que el agudo apareciera impecable, pero sin excederse como para salirse de estilo. Pues alguien que es capaz de hacer eso y de estar midiendo continuamente el resultado expresivo, aunando tan magistralmente técnica y expresividad, consigue todo lo que se propone. Y el público, conmigo como partícipe en este caso, está ante una de las experiencias vocales de sus vidas. Ian Bostridge es uno de los grandes. Como en su día escribió Terenci Moix, un genio se levanta cada mañana siendo un genio, pase lo que pase... Pero un reventador sólo es un reventador.

Os recomiendo que lo escuchéis. El próximo 20 de noviembre Radio Clásica emitirá el concierto en diferido. Yo pienso repetir. Ahora un video: