lunes, 25 de diciembre de 2017
El Tito Leo canta (Nucci en el Ciclo de Lied del Teatro de la Zarzuela)
lunes, 19 de julio de 2010
Ian Bostridge en el Teatro de la Zarzuela de Madrid.
Si repasas las dos entradas que he dedicado en este blog a Ian Bostridge, la primera hablando de su calidad como cantante, y la segunda sobre su concierto anterior en Madrid (pincha en cada una de esas frases y las verás), entenderás que me queda poco o nada que decir de Bostridge. Creo que es la mejor voz que hoy en día pulula por los escenarios del mundo. Y me tirarán muchos los trastos a la cabeza porque si no tiene volumen si la voz es pequeña si no podría cantar Radamés. La respuesta a todo eso es ¿y qué más dará? Vocalmente, es un tenor inteligentísimo, que no hace nada que no pueda y sobre todo que no haya estudiado hasta la saciedad. Ahí están sus Britten, absolutamente arrebatadores, como en Otra vuelta de tuerca, donde nadie ha hecho lo que él. Dramáticamente impecable. No le sobra nada, no le falta nada. Para lo que hace y quiere hacer, lo posee todo. No cantará nunca Radamés, claro, pero no creo que le interese, ni le importe. A mí, desde luego, me da lo mismo. Porque ningún Radamés, y lo afirmo con rotundidad, podrá cantar lied y las óperas que Bostridge canta, como él. Poesía, lirismo, timbre... La voz es hermosísima, bien proyectada, inteligente. Me gusta tanto el lied, disfruto tanto, que he llegado a la conclusión de que cantarlo es el acto más supremo del canto, muy por encima de la ópera. Por favor, repásate las entradas que le he dedicado, no quiero repetirme una vez más.
Verlo en La Zarzuela siempre es maravilloso. ¡Ojo! para que no pienses que soy un adorador, te diré que en la primera parte, el Winterraise de Schubert, estuvo distraido, y es una partirura que se sabe de memoria, pero no llegó a los niveles que yo le conozco. Posiblemente por la alergia que arrastraba, posiblemente porque era 30 de junio con un calor asfixiante y al final de la temporada, pero no lo logró, le faltó fuerza. También he de decir que su manera lánguida de moverse en el escenario a veces me pone nervioso, esa altura desgarbada que a veces se deja caer desmayado sobre el piano... No me gusta demasiado. Pero en la segunda parte, dedicada íntegramente a Britten, fue espectacular. Como tiene la voz tan parecida a Sir Peter Pears, para quien Britten escribió gran parte de su producción, la voz se adapta a estas partituras como la de nadie. Lo conoce, lo domina, y nos llevó al éxtasis. Es lo mejor que ha venido a Madrid este año. Con timidez y cansancio, me atendió al salir del Teatro, y me firmó su foto. No es muy dado a hablar con el público, se nota, pero estuvo atento, y su foto está ya colgada en mi pared de fotos recuerdo que siempre veo nada más entrar en mi casa. Escuchar a Bostridge es siempre un placer, un honor, y los años que pueda hacerlo yo estaré allí para verlo. No puedo dejar de nombrar al gran Julius Drake, su acompañante habitual, que es posiblemente el mejor pianista de acompañamiento que hay ahora en el mundo.
miércoles, 24 de febrero de 2010
Bernarda Fink, mezzo, en el Teatro de la Zarzuela.
Esta entrada es más cercana, puesto que este recital del XVI Concierto Lied de La Zarzuela fue hace escasamente dos días. No iba yo muy convencido, y si bien no me desagradó, mantengo ciertas reservas y opino que es el más flojo de cuantos ha programado este año el Teatro. La mezzo argentina Bernarda Fink, acompañada, notablemente bien, por el pianista Anthony Spiri, hizo en la Zarzuela un recital poco comprometido, casi autocomplaciente, que comenzó con una primera parte dedicada al Schumann más facilón, con los horribles temas con letra de la Reina María Estuardo incluídos, puesto que salvo las 5 primeras piezas, algo más sesudads el resto se consagró a las referidas canciones con textos de la Reina de Escocia y a una breve selección de Myrthen, canciones de ambiente escocés un tanto abigarradas. La segunda parte fue enteramente hispana, con el ripioso Granados de La Maja Dolorosa, de música excepcional, seis coplas del argentino Luis Giannéo, populares y poco más; lo mejor del concierto, las Quattro Liriche basadas en poemas de Antonio Machado escritas en español por el italiano Luigi Dallapiccola; para finalizar con los Cuatro Madrigales Amatorios de Joaquín Rodrigo. La voz es bella, una cantante correcta y con buena técnica, sin problema alguno de afinación, aunque el volumen es pequeño, no sé qué haría esta cantante en un gran teatro con una orquesta detrás. Sus grandes problemas surgen en los agudos, y muy especialmente en aquellos que tiene que emitir en forte, donde se abre demasiado, los hace fibrosos, e incluso hacen un poco de daño en el oído. Entonces, ¿qué es lo que no me gusta de la Fink? Que es cursi, tremendamente cursi, tanto que no paró de recordarme a María Bayo, aunque no es tan cursi como la navarra ni tiene sus graves problemas de afinación. Pero no se puede cantar todo como si fueras una señorita de provincias. Incluso cuando intentó ser arrabalera, con las canciones populares de Giannéo, lo que quedaba era una señorita bien imitando a una arrabalera. Esperaba yo con fruición el famoso De los álamos vengo de Rodrigo, obrilla que me encanta y a la que tengo un gran cariño, y que se saldó con una decepción: no se puede cantar algo así de una forma tan aburrida y monótona, sin ardor, sin alegría, con una sonrisa algo tontaina, y en resumen tan sosamente. Lo mejor, ya lo dije, las Quattro Liriche, basadas en poemas de Antonio Machado, donde la cantante demostró de lo que puede ser capaz y la amplitud de su voz, repertorio comprometido, muy actual, y difícil. Pero eso fue un pequeño oasis en un recital, por lo general, aburrido.
Joyce DiDonato en el Teatro de La Zarzuela.
Joyce DiDonato no es mezzosoprano, es una soprano corta, y sobre eso personalmente me quedan pocas dudas. La cuerda de mezzo la mueve con cierta tranquilidad, pero se nota que no está en ella de manera natural. La zona grave es dubitativa y le cuesta, la evita todo cuanto puede, y la salda con cierto oficio, y la zona aguda le es mucho más cómoda, aunque si fuera soprano tendría que ir hacia lugares que no está posibilitada para transitar. Como mezzo se vende, le resulta fácil, pero ciertamente no lo es, no por cualidad, ni por cantidad, ni por color vocal.
Es una cantante con cierta tendencia a la frialdad, aunque sus intervenciones están bien pensadas. Poseedora de una buena técnica y mucha capacidad actoral, creo que basa su trabajo sobre todo en lo segundo, aunque su línea de canto no es mala. Pero en líneas generales, pareciera un poco más famosa por cuestiones de marketing que por sus verdaderas capacidades. El público de La Zarzuela, uno de los más raros y divertidos que conozco, no le granjeó a lo largo del concierto el nivel de aplausos que uno cabría esperar, como sucedió en su recital en el Teatro Real el pasado año. Porque es una cantante que no enciende. Puede gustar, se la puede apreciar, es correcta, lo que hace lo hace bien, pero no es un gran músico, y está lejos de ser una cantante excepcional. El concierto era comprometido, con una primera parte dedicada a Arias Antiguas de compositores italianos, de los siglos XVII y XVIII, y piezas de Beethoven y Rossini, y una segunda parte que se adentró en compositores de un XIX tardío o un XX más pleno, aunque, eso sí, con una cerrada y limpia línea melódica, sin excesos debidos a la modernidad. Demostró cierta versatilidad y conocimiento de lo que hace, pero le costó que el público se metiera en el concierto. No cabe duda que se vende bien, es simpática, lo demuestra, y su gama de gestos y de interpretación le ayuda. Pero lo curioso es que realmente no se llevó el gato al agua hasta el final, como cabría pensar que ella misma había calculado. Después del sesudo repertorio de la primera parte, y el más complaciente de la segunda, pero siempre moviéndose con piezas poco conocidas, que permiten evitar la comparación, terminó con piezas como La spagnola de Vincenzo Di Chiara, en la que con cierta pantomima de lo español y mucha simpatía se metió al público en el bolsillo. El remate lo consiguió con los dos bises: Voi chi sapete, de La Nozze di Figaro de Mozart, para el que se puso una pajarita y mostró una buena bis cómica, y sobre todo el Rondó final de La Donna del Lago de Rossini, que he de decir me pareció de los mejor cantados que he tenido la suerte de escuchar, y cuando uno lo ha hecho con Montserrat Caballé y con June Anderson, está diciendo mucho. La coloratura divertida y bien colocada, y la dicción perfecta, ahí estaba la DiDonato metiéndose al público, hasta entonces sólo correcto, en el bolsillo. Pero sin embargo, en su versión durante el concierto de la Canción del Sauce del Otello de Rossini, no logró despuntar y uno no podía dejar de pensar en Federica Von Stade o la propia Caballé, que han hecho grandes cosas con esa pieza.
Un concierto pensado, no decepcionante pero en el que sí se me aclararon algunas ideas sobre esta cantante, a la que se puede ir a ver, y que tiene tonos de estrella, pero no ha llegado a serlo. Para terminar, una mención a David Zobel, el más flojo de los acompañantes que han pasado este año por La Zarzuela, preocupadísimo por el metrónomo, podías sentir como contaba el compás con la cabeza mientras tocaba. Le falta aún mucho tiempo.lunes, 9 de noviembre de 2009
Gerarld Finley en La Zarzuela. Sigue con buen pie el ciclo de lied.
El barítono canadiense Gerald Finley llegó, vio y venció en su debut madrileño, ante un público entregado, exigente, y ruidoso (qué asco de toses en el peor momento), como es el de los Ciclos de Lied del Teatro de la Zarzuela. Se trataba de la segunda entrega de esta XVIª edición, y el cantante estaba acompañado de un viejo conocido de la casa, el pianista Julius Drake, que en nuestro pequeño y encantador teatrillo ha actuado junto a grandes figuras como Ian Bostridge, de hecho volverá en junio para cerrar el ciclo con el famoso tenor inglés.
Finley comenzó con Dichterliebe, de Schumann (Amor de poeta) un magnífico conjunto de poemas musicados con una duración total de unos 40 minutos, sin apenas pausas, todo un reto para cualquier cantante y cualquier pianista. Desde que comenzó, aparecieron las virtudes del barítono: una voz rotunda, fuerte, pesada, grave, de esas que algún aficionado a la ópera diría qué pena que no cante Verdi sin darse cuenta no sólo de que está diciendo una bobada sino perdiéndose algo tan maravilloso como el lied, ante el cual yo tiraría toda la ópera italiana que existe (y soy un amante de la ópera). Una buena entonación, afinación casi perfecta (sólo siendo puntilloso le sacaremos problemas a eso), una línea de canto excelente, buena técnica aunque con alguna sombra, quizás debida a una formación un poco tardía, dicción, fraseo inmaculado. Lo que tiene un buen cantante. Desgranaba cada poema con emoción, pues es un magnífico actor que sabe introducirse en el texto y transmitir una buena gama de emociones.
Pero al mismo tiempo que estas virtudes, aparecieron los problemas, que para mí son cuatro: dificultad para matizar a media voz y en piano; problemas serios con el agudo, al que siempre llegaba apoyando levemente desde media nota, o un cuarto apenas, más abajo, ninguno salía libremente a no ser que fuera en ataque y en forte; problemas, muy serios también, con el volumen, pues tenía dificultades para graduarlo y de ahí derivaban los problemas de agudo, que en forte desaparecían; y una cierta falta de elegancia. No quiero decir que fuera basto, que no lo era, sino que le faltaba la elegancia, el estilo, la vulnerabilidad que exigía la pieza. Es un verdadero coñazo, permíteme la expresión pero esta es mi casa, hacer siempre alusiones a Fischer Dieskau, a Bostridge, a Baar, o a otros grandes liederistas, pero lo que a ellos les sobra a Finley le faltaba, ese punto intermedio en que el cantante debe ser más frágil para evocar con todo su significado el texto de Heinrich Heine y la música de Schumann, tan inspirada. Así, cuando Finley dice ¡florecillas, florecillas!, parece que las está pisando, más que contemplando. No quiero ser exagerado, pero si bien no me dejó frío, fue una eficiente interpretación y la obra es difícil y Finley la defendió con notable alto, le faltó ese punto que un género tan metido en el Romanticismo alemán necesita. Aún así el público agradeció y aplaudió a rabiar, y a mí me gustó aunque me causó cierto excepticismo.
En la segunda parte, Finley se lanzó con canciones de Ravel, francamente difíciles, las Histories Naturelles en las que los protagonistas son animales, y aquí, que no necesitaba esa vulnerabilidad, estuvo a sus anchas, divertido, con talento, inspirado, varonil y con una intencionalidad que empapaba su voz. Me gustó especialmente la dulzura de El martín pescador. Lo mismo con las canciones de Charles Ives, que no necesitaban de un gran maestro para sacarlas adelantes, y con las, para mí, tediosas piezas finales de Samuel Barber, de las que sólo salvo las basadas en poemas de James Joyce, por lo buenísimo del texto, muy bien interpretado por Finley, que se está especializando en los compositores norteamericanos. El público, al final, estaba arrobado, y si bien yo no participaba de los bravos, creo que Finley aún puede dar más de sí y que en el futuro sí que lo bravearé si no se convierte en flor de un día. Finley regaló 4 bises, populares y divertidos, cerrando con una canción escocesa. Julius Drake, como siempre, impecable y un excelente pianista de acompañamiento. Me apetece mucho indagar en su carrera en solitario.
Seguiré a Gerald Finley con mucho interés, aunque reconozco que lo que no me gusta de él me pesa demasiado, pero quizás se corrija en un futuro. ¡Ah! el cantante aprovechó para vender sus discos, anunciando que los firmaría a la salida del concierto, y había que ver lo lanzados que fueron muchos en comprar todo lo que se nos ofrecía. Nunca me ha gustado esa costumbre, la hizo Didonato el año pasado en el Real y me pareció una vulgaridad. Un video de youtube para que escuches a este buen cantante, en este caso de ópera, pues Finley ha ido desgranando a Mozart y el repertorio barroco intensamente, Tchaikowsky, Britten, Stravinsky, Debussy, y además, loable para mí, numerosas piezas contemporáneas, como un estreno absoluto de Saariaho.miércoles, 7 de octubre de 2009
Anne Sophie Von Otter en el Teatro de la Zarzuela. Y se hizo el milagro.
sábado, 21 de febrero de 2009
Matthias Goerne en el Teatro de la Zarzuela
lunes, 24 de noviembre de 2008
Olga Borodiná en Madrid: uná mantxá le caiojojojo
En fin, una gran noche, pese a la tos, y pese al frío intenso de la noche madrileña. Vamos con un vídeo para recordar a la mezzosoprano, y si ella fue capaz de coronar un recital de repertorio ruso con Falla, yo por la misma regla de tres la pongo cantando una de mis arias favoritas, la muy cursi Mon coeur s'ouvre a ta voix de Samsom et Dalila, compuesta por Saint Saens.viernes, 7 de noviembre de 2008
El privilegio de escuchar a Ian Bostridge en Madrid
Si recordáis, hace tiempo escribí una entrada dedicada a Ian Bostridge, el excelente tenor inglés de 44 años. Para los que no la conozcan, aquí os dejo el enlace: Miren, si quisieran leer un artículo de erudito aficionado (es decir, un coñazo pedante y el 90% de las veces equivocado, inexacto o directamente ignorante) bastaría con echar un vistazo a algunos foros de ópera de por aquí, donde he llegado a leer cosas que no sólo son estupideces, sino que llegan al invento, y me refiero específicamente a Bostridge... Así que hablemos de otras cosas.
Ian Bostridge es uno de los grandes intérpretes del la historia de la lírica. Con una pose de languidez melancolía victoriana y afectada, perfectamente estudiada y escogida, posee la mayor expresividad que yo he escuchado a un cantante en mi vida; y la sensación que tenía al salir sólo la he tenido antes con Montserrat Caballé o Birgit Nilsson. Para empezar, es un músico excepcional, y sabe perfectamente lo que está cantando y cómo debe de cantarse, con una magnífica musicalidad y una interpretación que conjuga la perfección técnica con un estudiadísimo sentido del mensaje. No hay matiz musical que no nos llegue, y siempre va unido a una necesidad expresiva, pues Bostridge sabe sacar el jugo a todo el texto que interpreta. Sus apoyos son Dietrich Fischer Dieskau (del que es seguidor, o continuador, no imitador como cacarean algunos que no saben que en interpretación musical también existen escuelas y corrientes), pero sobre todo, me mantengo en lo que ya dije una vez, es Peter Pears. Pero es que cuando está en el escenario tiene una capacidad de embelesar, de llevarnos a los puntos más elevados de nuestras sensaciones -siempre intelectualizadamente- que consigue unas atmósferas de tensión dramática en el público poco habituales.
La formación intelectual de Bostridge tiene mucho que ver con sus resultados (yo hace años que dejé de creer en las capacidades de natura, porque donde esté la formación que se quite todo lo demás). Porque lo mejor de todo es que no tiene una gran voz, es una voz pequeña en cuanto a su amplitud, con un volumen que va justo para llenar el teatro y nada más; y sobre todo es una voz muy trabajada, muy entrenada, que sube a las cumbres más altas del pentagrama porque hay una gran concentración técnica y un control impecable de sus posibilidades. Se dosifica con un estudiadísimo equilibrio en los esfuerzos, tanto físicos como emocionales. Al término del recital, tras una escasa hora casi sin pausa, estaba exahusto, como pudimos notar sobre todo en la segunda propina, Du bist Die Ruh, donde un pianísimo lo cogió tan desprevenido que terminó convirtiéndose en falsete perfectamente emitido. Porque los grandes músicos rectifican en los errores también con maestría. Aparte de ese ligero error, debido al agotamiento pero del que supo salir airoso, en el lied Ständchen caló una nota, pero se dio cuenta rápidamente (no todos los cantantes se dan cuenta, no se crean, y sobre todo, no todos los que se dan cuenta rectifican con éxito), y supo aumentar la intensidad del volumen lo suficiente como para alcanzar el tono requerido. Cuando tuvo que repetir la melodía, repitió el traspiés, pero sin que fuera tan perceptible (un ligero temblor en la emisión), así que a la tercera decidió no arriesgarse, y empujó la voz con fuerza y volumen, suficiente para que el agudo apareciera impecable, pero sin excederse como para salirse de estilo. Pues alguien que es capaz de hacer eso y de estar midiendo continuamente el resultado expresivo, aunando tan magistralmente técnica y expresividad, consigue todo lo que se propone. Y el público, conmigo como partícipe en este caso, está ante una de las experiencias vocales de sus vidas. Ian Bostridge es uno de los grandes. Como en su día escribió Terenci Moix, un genio se levanta cada mañana siendo un genio, pase lo que pase... Pero un reventador sólo es un reventador.
Os recomiendo que lo escuchéis. El próximo 20 de noviembre Radio Clásica emitirá el concierto en diferido. Yo pienso repetir. Ahora un video:





