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lunes, 3 de agosto de 2020

De libros: "Dios Salve el Arte Contemporáneo" de Óscar García García.

Cuando un historiador del arte, un profesor de historia, un especialista, un académico de cualquier pelaje, o un cuñado con estudios; se enfrenta a las obras de divulgación, normalmente lo hace con demasiados prejuicios. Es relativamente normal. Estamos acostumbrados a estudiar nuestra disciplina a través de libros de investigación formales, con sus notas a pie de página, sus referencias, sus tesis y propuestas, su camisilla y su canesú. Cae en nuestras manos una obra de divulgación y, ya desde el principio, la recibimos con cierto mohín de soberbia indiferente o falta de curiosidad. Es cierto que muchas obras de divulgación son malas. Mienten, engañan, falsean la realidad, o, algo que siempre me ha molestado muchísimo, trata al espectador como un imbécil al que se le esconden parte de las dimensiones de un tema porque "no va a poderlo entender". O lo explica "de andar por casa" porque eres un pobre idiota. Ese ha sido mi caballo de batalla como profesor desde hace 25 años, porque nunca entendí por qué, en historia, como en otras disciplinas, a los niños o a los adolescentes, por eso de "adaptar los contenidos a su edad" les falseamos algunos de ellos, o no entramos en lo realmente importante. Cuando me he lanzado de lleno a contenidos que, teóricamente, mis alumnos no iban a entender, me ha fascinado no solo que lo entiendan, sino que lo hacen con total normalidad.


Entonces aparece Óscar García García, director de la PAC (Plataforma de Arte Contemporáneo) y escribe este libro, "Dios Salve el Arte Contemporáneo" (las versales son mías), y demuestra que se puede hacer divulgación sin mentir, siendo coherente, siendo muy preciso y certero, siendo académicamente intachable y, además, con un magnífico sentido del humor. Cuando terminé este pequeño ensayo, estuve un buen rato dándole vueltas al propio concepto de "divulgar". ¿Es este un libro de divulgación? ¿Por qué? ¿Porque no tiene notas a pie de página, ni ha bebido de archivos ni, realmente, presenta una sesuda investigación? Créanme que aún no he acabado de responderme a mí mismo esa pregunta. Porque lo que hace Óscar García García con su libro es sistematizar, ordenar, presentar y exponer con una perspectiva intelectualmente perfecta un pedazo, muy grande, del arte contemporáneo, y lo hace en 200 páginas, construyendo un discurso sólido y bien estructurado que nos pide más, como lectores. Nos empuja a entender y a colaborar. 

©Planeta

Óscar García García escribe muy bien, y eso es lo primero que se agradece. Parece una perogrullada que todo el que escriba y edite, sobre todo en una gran casa como es "Planeta", a través del mítico sello "Paidós", lo deba hacer bien. Pero últimamente es menos normal de lo que parece. Hay mucha gente que edita y publica pero no escribe bien. Eso no quiere decir que no haya coherencia sintáctica o gramatical, o que en suma la redacción sea incorrecta. Pero sucede que ni tienen estilo, ni consiguen mantener la tensión, ni saben diferenciar entre un clímax narrativo y una alcachofa. Obras que te ahogan desde el principio hasta el final con una solemnidad y una tensión que excede totalmente la historia, o, por el contrario, que te aburren hasta llevarte al borde del coma. Así que el hecho de que aparezca un tipo con estilo, con sentido de la escritura y con estructura formal, se agradece sobremanera, y eso Óscar García García lo cumple casi canónicamente. Sintético, preciso y claro, disecciona el arte más actual con un fino lenguaje irónico que mantienen el pulso (he leído el libro en apenas una tarde, no podía soltarlo). Pero es que además de escribir bien y con un gran sentido del humor, el sistema que elige para exponer la realidad del arte más actual (con cierta reverencia por el arte urbano, se le nota), es paradójico: los pecados capitales y los artistas de hoy (un hoy relativo, algunos llevan años criando malvas). Se me antoja un sistema al uso, tradicional desde el punto de vista conceptual, para sin embargo zambullirse en propuestas novedosas, arriesgadas y, a veces, muy difíciles de entender para el gran público. Pero sucede que Óscar García García, porque se dedica a ello y porque sin duda se sumerge a diario en el arte más inmediato, no solo lo comprende muy bien, sino que sabe explicárnoslo con total esmero. ¡Ay! cuántas conferencias y cuántos textos sobre autores actuales he tenido que tragarme desde mi juventud en los que para comprender una palabra había que hacer un auténtico ejercicio de fe y poner toda tu carne intelectual en el asador. Pero en este libro no. Aquí, discursos estéticos que pueden resultar difíciles de explicar, como es el caso de Ángela de la Cruz o Takashi Murakami, por elegir dos de ellos, se nos presentan diáfanos, limpios y libres de polvo y paja (sobre todo de paja, no es un libro nada complaciente consigo mismo). Es un don, es muy difícil, y hay que aplaudir a Óscar García García por ello, porque ha escrito un libro de arte que podría ser muy difícil de aceptar o asumir por el espectador, pero lo ha hecho con una claridad tan exacta que no deja indiferente. Conceptos como performance, happening, instalación, etc., aparecen tan bien definidos como situados en el contexto artístico. Por cierto, también hay pinceladas, sin sumergirse demasiado pero generando un discurso paralelo, a la visión femenina y feminista del arte; no estaría mal que el autor se plantee un libro al respecto con los mismos mimbres que ha tejido éste. 


Pero no es una mera descripción expositiva de artistas y artes a través de un hilo conductor que puede resultar extravagante (al fin y al cabo, es un método analítico, y resulta tan certero e interesante como muchos otros). Es también un ensayo sólido, aunque escondido, sobre el propio discurrir del Arte Contemporáneo. El prólogo, la introducción y el epílogo son textos independientes dignos de aparecer en cualquier revista especializada, y de eso sí que entiendo algo porque me pasé década y media de mi vida publicando y trabajando alrededor de esas revistas. Si fuera un catedrático al uso, Óscar García García habría llenado esos tres apartados de su libro de mucha decoración filosófica, alta estética, hermenéutica, cuarto y mitad de palabrería en latín o griego, algo de Platón, por supuesto los existencialistas y dos o tres filósofos más de relleno; pero no lo hace, ni falta que le hace, y con ello consigue algo que es, créanme, muy difícil: escribir un texto sobre arte contemporáneo con un sólido arranque y un cierre conceptual preciso que además puede entender con solvencia cualquier lector. Pero sin bajar la guardia, sin disfrazarlo de "si no lo explico así, no lo vais a entender". Personalmente, pienso usar esa introducción y ese epílogo en mis clases el próximo curso con mis alumnos, y me estoy planteando incluso un proyecto que gire alrededor de este libro. En un marco académico en el que empleamos meses, años, para exponer y explicar al arte hasta principios del S. XIX y nunca logramos difundir el arte posterior con la misma intensidad, creo que hacen falta más libros como este. 

En cuanto a la edición, un señor mayor, que es lo que yo soy, echa de menos que aparezcan muchas más ilustraciones e imágenes de las que tiene. Es curioso que un libro de arte no tenga ni una imagen fotográfica de las obras o los artistas que desgrana. No sé si es una cuestión de editorial, pues un libro de arte ilustrado es evidentemente más caro; o si es una decisión formal del autor, porque es cierto que me he visto a mí mismo leyendo sobre los diferentes artistas y usando google a la vez para buscar imágenes que me permitieran entender mejor lo que leía. En algún lugar al comienzo del libro, Óscar García García hace ese guiño, y lo dice abiertamente, sugiriendo al espectador que busque y googlee. Eso lo conecta con una generación acostumbrada a ello, los famosos nativos digitales. No significa que yo no sea capaz, que lo soy perfectamente, pero aún así la pereza (ese pecado capital de tan alto rendimiento artístico) y la perspectiva me hacen soñar con una edición de "Dios Salve el Arte Contemporáneo" ilustrada con profusión. 

Quiero terminar esta reseña no solo recomendando encarecidamente leer este libro, sino también glosar un poco la labor de Óscar García García al frente de una institución de gran importancia para la difusión artística, la Pac o "Plataforma de Arte Contemporáneo" que sin duda es, hoy por hoy, el punto de encuentro y difusión artístico más importante de nuestro país, un espacio en el que confluyen estudios, propuestas, informaciones y convocatorias; pero también iniciativas y proyectos propios que la convierten no solo en un agente difusor sino también creador de arte y de discusión estética. Aquí tienes el enlace:


Conocí a Óscar García García muy brevemente al final de la primavera de 2019 porque ambos fuimos invitados a participar de un evento artístico, él en serio, yo creo que en broma porque estoy bastante lejos de los demás participantes. Luego lo volví a ver cuando presentó este libro. Apenas hemos cruzados un par de conversaciones amables y poco más. Pero tanto en esos breves encuentros como en su actividad en redes, que sigo con fruición, se desprende algo que esta obra refleja desde la primera a la última palabra: Óscar García García ama el arte contemporáneo, lo vive, se desvive, y se ha propuesto trabajar por y para él, con un entusiasmo que sin duda será capaz de contagiar hasta al lector más escéptico, Me emocionó que entienda, como yo, el arte como la única actividad que realmente diferencia al ser humano con el resto de animales, porque es algo que siempre he defendido en mis clases, a veces con poco éxito (los filólogos siempre dicen que es el lenguaje el verdadero hecho diferencial). "Dios Salve el Arte Contemporáneo" (ojo al matiz "el" no "al", que tiene más enjundia de lo que parece) está publicada por Paidós para Planeta, y se puede encontrar en cualquier librería. 

sábado, 25 de julio de 2020

De libros: "Los inocentes" de Oswaldo Reynoso.

La editorial "estruendo mudo", que descubrí en mi último viaje a Lima junto con la librería del mismo nombre, reeditó en 2006 el clásico de la literatura peruana "Los inocentes", una colección de cuentos entrelazados escritos por Oswaldo Reynoso (1931 - 2016), cuidadosamente revisados por el autor, que los había publicado originalmente en 1961, causando un notable revuelo. Ha tenido una edición con otro nombre, muy poco adecuado, "Lima en rock". Pero si lo encuentras, debes saber que son la misma obra. No puedo hacer una reseña de este libro al uso, porque sería como reseñar "La Tía Tula" de Unamuno o "Misericordia" de Galdós. Es una obra conocida, sobre todo en Iberoamérica, y ha sido presentada y analizada algunas veces en nuestro país, sobre todo por el gran Luis Antonio de Villena, que lo ha leído y conoce todo. Sería muy petulante por mi parte divulgar una obra conocida, un clásico de la historia de la literatura del Perú, y presentarlo de nuevas. Reynoso es un escritor inmenso, que abrió un camino que luego muchos siguieron. Un realismo social preñado de jerga y de escenas inquietantes que, por supuesto, azoró y molestó a la sociedad peruana, a la que no le gusta nada mirarse en el espejo. 


Nosotros, en España, conocimos gracias a "Los cachorros" y "Los Jefes" ese estilo peruano realista e iconoclasta de la mano de Mario Vargas Llosa, pero no es lo mismo, ni es igual. La capacidad analítica de Reynoso, y sobre todo su investigación filológica, es más intensa, y finalmente más veraz, aunque Vargas Llosa sea un literato más completo. En otras artes como la pintura o la escultura, pasa también mucho que conocemos a un gran artista y por su fuerza y originalidad, pero también por desconocimiento contextual, creemos que es un hito aislado, original en sí mismo, sin raíces. Eso se arregla de un modo fácil no sólo poniendo a cada autor en su lugar, sino por medio de exposiciones que permiten realizar esa contextualización. Así, sabemos que Velázquez, Rubens, Rembrandt, Goya o Picasso tienen un contexto y nacen del mismo. Ahora mismo en el Museo Thyssen de Madrid se puede ver una magnífica exposición sobre Rembrandt y el retrato holandés de los S. XVI y XVII que nos aclara el panorama: Rembrandt tiene un punto de partida y un proceso de singularización dentro de una escuela pictórica excepcional, con autores que muchos, incluso los que hemos estudiado historia del arte, no conocíamos. 


En literatura, como en música, es más difícil hacer ese viaje. Pero si tienes suerte y de pronto cae en tus manos una obra como la que estoy reseñando, entiendes que muchos de los autores iberoamericanos que conocemos, la gran generación que se juntó en Barcelona, por ejemplo, con Vargas Llosa y García Márquez a la cabeza, tuvieron unos antecedentes claros, una tradición que muchas veces no nos ha llegado. Así, las historias que nos escriba Reynoso de un grupos de adolescentes y jovenzuelos de barrio limeño a principios de los 60, con sus alusiones a la prostitución homosexual, sus códigos de conducta, los olores, los ambientes, y la realidad tan poco folclórica, son una revelación de apenas 50 páginas. Esos chicos de pandilla, de billar y de cerveza, esos hombrecillos haciendo un viaje iniciático siniestro, son los mismos que luego nos deslumbraron en la obra de otros. Entonces "Matacabros" de Santiago Galarza se nos antoja un vigoroso homenaje, por no decir otra cosa más concreta (y delictiva), a "Los inocentes", con una salvedad: "Matacabros", publicado originalmente en 1996, no tiene hoy en día el más mínimo interés, ha envejecido desastrosamente mal pese a los intentos de recuperación, mientras que "Los inocentes", publicada en 1961, resiste hoy cualquier lectura, y cualquier análisis. 


Oswaldo Reynoso fue profesor, fue un prolífico autor, y tuvo miles de incidentes en su país debido a lo que la bienpensante sociedad peruana denominaba libertinaje u obscenidad literaria. Por razones políticas tuvo que exiliarse durante la dictadura de Morales Bermúdez, y eligió China para hacerlo. Marxista convencido, refugiarse en China no es, para mí, su mejor decisión, toda vez que su país, Perú, vivió la voraz violencia de Sendero Luminoso, el grupo guerrillero maoísta que dejó tras de sí centenares de miles de muertos y una sociedad destrozada. Pero bueno, eso son historias mías, él se mantuvo marxista hasta el final, lo que además chocaba con su condición homosexual, que habría significado su ruina en cualquier país comunista. Un mes después de su muerte fue publicada una foto en la que en pose de artista señorial luce junto a un modelo desnudo, tan parecido a los mestizos y cobrizos chicos de barrio que nos reveló en su luminosa literatura. Pidió que esa fotografía no viera la luz hasta su muerte: último pudor o última provocación. Eso debemos decidirlo nosotros. 


Si tienes la oportunidad, y este libro cae en tus manos, no dejes de leerlo. La edición revisada de "estruendo mudo" no es de especial calidad, tiene problemas tipográficos y de impresión, y se le han añadido una colección de fotos, que en el caso de un autor consagrado tiene más sentido que cuando lo hacen con autores nóveles o seminóveles; y algunos artículos sobre el autor y su obra escritos por diferentes intelectuales o personalidades relevantes peruanas, que a mí me han interesado menos por su irregularidad. 

jueves, 30 de abril de 2020

De libros: "Electrico ardor" de Dany Salvatierra.

En mi último viaje a Perú volví con un cargamento de libros de autores peruanos comprados más o menos por intuición en la librería y editorial "estruendomudo" en Miraflores, uno de los núcleos de interés creativo que tiene actualmente la ciudad de Lima. Fomenta una literatura, para mí, de enorme interés, de escritores jóvenes de grandísimo talento.
El escritor peruano Dany Salvatierra, a quien yo no conocía, se ha labrado una sólida carrera literaria, pese a su juventud. Aparte del libro que nos ocupa, tiene varias novelas publicadas, la última de ellas, La mujer soviética ha sido editada en 2019 por Planeta y tiene magníficas referencias. No puedo describirlo como autor porque sólo he leído Eléctrico Ardor, que me ha impactado mucho. Una obra transgresora, dotada de un realismo descriptivo y disruptivo, pero que de pronto sorprende con elementos propios de la Ciencia Ficción. La historia es corrosiva ya en su planteamiento inicial: un viejo terrorista, lugarteniente del supremo líder, remedo del monstruo Abimael Guzmán, vive escondido en una casa de uno de los barrios ricos de Lima, como los topos ocultos de la Guerra Civil española. Mantenido y controlado por células durmientes del movimiento Sendero Luminoso que aún están infiltrados en todas las esferas de la sociedad y la administración peruana. Aquí está la primera idea perturbadora, la de un terrorismo que causó una de las cicatrices abiertas más dramáticas del S. XX y que es aún motivo de discordia y dolor en la colectividad peruana, que sin embargo no ha sido derrotado por completo; sino que duerme, como una bestia, como un virus latente pegado al poder y las instituciones. No sé qué hay de real en ello, pero es, ya de por sí, perturbador. Así como las referencias a los "amigos y financiadores" europeos de la causa, cosa que sabemos porque los que vivimos los 80 y los 90 escuchamos a muchos líderes de la izquierda, y en actos públicos, defender como héroes "revolucionarios" los movimientos más sangrientos de América Latina, las guerrillas salvadoreña, guatemalteca, nicaragüense, colombiana y, como no, Sendero Luminoso. Nuestra culpa, yo también lancé vivas a estos movimientos en algún que otro mitin. Al igual que Europa nunca acabó de entender la dimensión trágica de ETA, y así nos fue; nosotros, Europa, nunca vimos realmente lo que unos movimientos que dejaron cientos de miles de muertos hicieron en Iberoamérica. 
El camarada Prudencio vive solo en esa casa burguesa de Lima, envejeciendo, delirando las más veces, poseedor de un tesoro que se le antoja monumental: la obra ideológica del movimiento en forma de cuadernos que acumula por cientos y escribe y revisa continuamente, mientras, además, fabrica artesanías siniestras. Su existencia esconde no solo el secreto de su pasado, sino también la realidad de su depravación, que rebrota cuando el pequeño Rodrigo, de 10 años, se muda junto a su familia a la casa de enfrente. El terrorista que disfrutaba violando niños con la mayor frialdad renace, entonces, en un psicopático relato en el que se conjuga el deseo sexual con el deseo ideológico, mezclándose, hasta hacerse casi inseparable. 
La maestría de Salvatierra es escribir esa historia, de tintes y rincones siniestros, con luminosidad, como el entomólogo que estudia un insecto, con una capacidad descriptiva atroz, y a la vez alejada, fría, que no se entromete. La historia, narrada en primera persona, pasa ante nuestros ojos con serena facilidad, y no hay contemplación ni complacencia. En terrible, engancha en su sordidez, pero no esta escrita de un modo oscuro y agazapado, sino con un estilo que parece una ventana abierta por la que entra la luz a borbotones para iluminar escenas y realidades que no queremos ver. Al meterse en la cabeza del malvado, es capaz de narrar con normalidad lo que sabe que es anómalo. Es magistral, es genial. Los giros finales de la historia, tan realista y nítida al principio, alcanzan una plasticidad simbólica en los dos últimos capítulos que te dejan perplejo. 
Dany Salvatierra es un escritor a conocer, a descubrir, de una generación de creadores peruanos que, como Juan Manuel Robles, me está causando una honda impresión. No se puede escribir mejor, ni con más insolencia. Estoy deseando hacerme con su última novela, porque Electrico Ardor ha venido a perturbar más, si cabe, estos extraños días de confinamiento, e incluso se ha metido en alguna que otra de mis pesadillas. Debes leerlo, si tienes ocasión. Fue editado en Lima por "estruendomudo" en 2014, y está disponible en Amazon. A su autor podéis encontrarlo en Facebook, en Instagram como @d__salvatierra y en Twitter como @danysalvatierra.

viernes, 20 de marzo de 2020

Cosas de música: "La Traviata" durante la cuarentena.

Mi recomendación musical de hoy es "La Traviata", de Verdi. Me parece la ópera perfecta para iniciarse en este mundo, si a alguien le apetece, y también si simplemente sientes curiosidad.
Además hoy la fui escuchando camino del trabajo, y reconozco que me hizo el día, llegué muy contento tras escuchar el alegre, y redondo, primer acto.
Resumiendo mucho, el papel de Violetta, la protagonista, tiene una gran dificultad para la soprano porque exige una gran agilidad en el primer acto (una ligera o coloratura podría ser perfecta) pero en los dos actos siguientes la tesitura se hace más pesante, y entran en juego las líricas spinto, sopranos de más peso vocal. Por eso es muy raro que una soprano mantenga el papel en su repertorio toda su vida, normalmente es para sopranos jóvenes y en la primera mitad de su carrera. Es un papel difícil y lucido, porque es sobre quien recae el peso de la representación. Canta muchísimo, y puedes tener un Alfredo y un Germont fabulosos, pero si Violetta falla, la representación va a ser un auténtico aburrimiento.
Hay cierta unanimidad en el mundo - cierta, he dicho cierta - al señalar que en el campo de las óperas grabadas las grandes Violetta del S. XX fueron, por orden cronológico, Maria Callas, Joan Sutherland, y Montserrat Caballé. Sin desmerecer a la gran Mirella Freni, por ejemplo, o a otras muy notables. 
Curiosamente, una de las Violetta que menos se ponen como ejemplo es Renata Tebaldi, y a decir de muchos, yo incluido, es la que mejor dio con el perfil interpretativo del personaje: Violetta es una cortesana de mediados del S. XIX, así que su aspecto debería ser un poco más mundano que la señorita bien como suele representársele. Y eso la Tebaldi lo consiguió con creces: su Violetta es una mujer de mundo con cierto grado de refinada vulgaridad. Pero musicalmente el acto I sel e escapa del todo. 
La Violetta de Maria Callas tiene un mordiente dramático notable, y se maneja bien en los tres actos, especialmente en el segundo, algo pasada de rosca en el tercero. Su Violetta es de alto voltaje. 
- Por supuesto, joven, música y drama, yo soy una actriz vibrante que siente lo que canta, sin olvidar nada de la partitura, el drama es lo que me inspira. 
- Bueno sí, Señora Callas, pero sus recitativos a veces son un poco de Gracita Morales, y en la escena de la carta parece usted Lady Macbeth.
- Errrr... ¡Hum! Mire, yo estoy directamente en la Gloria, y esto no son más que palabras de loco que se le ocurren en la mente, a mí me deja en paz, mentecato.
Anda con la mofletes, qué carácter..!

En el caso de Joan Sutherland, el Acto I es perfecto para su lucimiento, y tiene una voz bella y limpia, con tendencia al agudo, que la hace absolutamente placentera. Eso sí, el drama en el acto II se le escapa un poco, y hasta el dúo con Alfredo, el acto III le queda un poco frío. Las notas están todas, y ella es una máquina musical inmensa. Su Violetta es memorable.
- Por supuesto, joven, no hay partitura que se me resista y mi Violetta responde perfectamente a la partitura y su dificultad, que yo ataco sin vacilación.
- Vale, Dame Joan, pero es que esos diptonguitos australianos y esas erres imposibles, 50 años cantando en italiano y no logró aprenderlo jamás. Cuando lee la carta parece que está analizando la factura del gas...
- Esto... ¡Hum! Mire, yo estoy en la Gloria, como ha dicho aquí la Tita María, y no estoy para locuras de un zumbado que tras una semana de cuarentena se inventa diálogos con divas que solo están en su cabeza. Así que a mí me deja en paz, litlle bastard!
Anda con la mentones, menudos humos..!
En el caso de Montserrat, responde con solvencia al Acto I, y en el II y el III funciona perfectamente, redondeando bastante el personaje, aunque no esperemos ni un sobreagudo ni ninguna floritura que no esté en la partitura. Va de menos a más, y cierra el personaje con bastante calidad. Su Violetta es impecable.
- Por supuesto, joven, ni sobreagudos ni añadidos, la música suena mejor cuando se hace como la escribieron los compositores, y yo solo soy el vehículo del autor.
- Bueno, Montserrat, pero en "Don Carlo" bien que alargaban el agudo final hasta lo imposible saltándote la partitura a la torera, o convertías en pianísimos, a veces, lo que no aparecía tan delicadamente escrito en la partitura...
- ¿Cómo se atre..? ¡Hum!, mire, como ya le han dicho la Tita Maria y la prima Joan, yo estoy en la Gloria tan ricamente y no tengo el día para aguantar fans acérrimos que enloquecen por el confinamiento y tienen que hacerse los guays en redes sociales. Le recomiendo que salga y se ventile... ¡Huy perdón! si no puede, ¡mamarracho!
Anda con la michelines, qué mala hostia!
Vale pues, mi favorita es la de Montserrat, primera ópera que me compré en mi vida, y segunda que escuché completa. Tenía yo 18 añitos... Con un Carlo Bergonzi espectacular (el mejor Alfredo que yo conozca) y un Sherrill Milnes a veces denostado pero que a mí siempre me embelesó. Lástima de director, Prêtre, que se le va la mano un poco con el rubato, especialmente en el dúo de Violetta con su suegro.
Espero que la disfrutéis si os animais!








sábado, 1 de febrero de 2020

De libros: "Lima Freak" de Juan Manuel Robles.

El libro que nos ocupa es uno más de la colección de literatura peruana que, más o menos al azar, compré en mi último viaje al que se está convirtiendo en mi segundo país. Lima Freak: Vidas insólitas en una ciudad perturbada, es una colección de crónicas que en su momento publicó en prensa el periodista y escritor limeño Juan Manuel Robles, y que fueron editadas como libro originalmente en 2007. En 2019 la Editorial Seix Barral, parte de Planeta, decide reeditar la obra, con prólogo de Juan Pablo Meneses y nota previa del propio autor. 
Portada de la edición de 2019. Magnífica. 
La semana pasada comenté un libro, Matacabros, cuya reedición más de 10 años después de su salida original, le hacía poco favor al autor, Sergio Galarza, porque la obra, bien escrita y notable para un autor novel en los 90, sin embargo no aportaba ya nada, y se había quedado anticuada, aparte de falta de estilo. Sin embargo, Lima Freak no solo no acusa el paso del tiempo, sino que incluso mejora. Desde mi punto de vista, debido a dos cosas. En primer lugar, a que Juan Manuel Robles no era un escritor novel ni una promesa de las letras peruanas cuando publicó cada una de las crónicas y más cuando las recopiló. Sabe escribir muy bien, domina el estilo y el género, y es francamente un escritor con un gran talento. Además lo sabe, pertenece a una generación de escritores de todo el mundo, como Laurent Binet Sacha Batthyany que escriben casi con insolencia porque saben que lo hacen estupendamente. En segundo lugar, porque las crónicas nunca pasan de moda. La crónica periodística, la crónica histórica, siempre permanecen. Hoy leeríamos con fruición una crónica de época de, por ejemplo, las Guerras Napoleónicas, o de la II Guerra Mundial. La crónica es un texto periodístico que no necesita la inmediatez, sino que huye de ella. Reposada, pensada, concluyente, aparece cuando el problema se resuelve, el protagonista está consagrado y tiene poco que esconder, la verdad es conocida por todos. La crónica, mordaz, pujante, analiza, presenta y otorga una vigencia que la urgencia de una noticia no tienen. 

Las crónicas que recopila Lima Freak, en 2019, son historias de un pasado que perdura, y que forma parte de la historia reciente de una sociedad tan cambiante y dislocada como la limeña. Algunos de los protagonistas han muerto: Genaro Delgado Parker y Augusto Polo Campos. Sofía Mulanovich ya no es la flamante campeona mundial de surf, sino que ha engrosado su palmarés, se ha alejado y ha vuelto. Rafael Osterling ya no es un treintañero que sale a ligar por las noches, sino que pasa los 50 y está en la cúspide de la gastronomía peruana como un dios diletante. Laura Bozzo es una caricatura de sí misma, y Cromwell Gálvez ha salido de la cárcel y no sé si vuelto a entrar otra vez. Lo sabemos. Pero las crónicas con las que Juan Manuel Robles los presenta nos atrapan, aunque sepamos que pasó después, porque describen con precisión filológica un momento, un lugar, y una realidad clave en todos y cada uno de ellos. Nos enseñan a entender Perú, que no a comprenderlo, y nos abre el apetito de saber más. 
Portada original de 2007. La actual es mejor. 
La crónica, escribe el propio Robles en su nota preliminar, está casi muerta en la prensa mundial. Internet, las redes, la nueva forma de consumir noticias y actualidad, la han ido dejando olvidada. Sin embargo son fundamentales, y obras de maestría. Quién sabe si, en algún momento, estos tiempos de locura y vértigo vuelven a dar paso a la necesidad de comprender, más que de saber o conocer. Ahí renacerá la crónica, y con ellas el periodismo con mayúsculas. 

Juan Manuel Robles domina el género, compone sus historias con una estructura clara, que repite con éxito, y no pasa desapercibido. Es curioso que hay lugares comunes en todas ellas: los paisajes cenitales, por ejemplo, pero lo notamos porque aparecen varias juntas, si las leyéramos de tanto en tanto en prensa pasarían desapercibidos. Y tienen un leve esbozo de machismo, otro de homofobia, y un tanto de chovinismo. Pero todo ello intentando no ser ninguna de esas cosas. Bien es verdad que en códigos peruanos, por ejemplo, ser levemente homófobo es ser gayfriendly. Y lo gracioso del toque chovinista es que lo es luchando por hacer lo contrario: romper con una de las asfixias más desesperantes de la cultura peruana, como es el nacionalismo ensordecedor. A mí es un autor que me ha gustado mucho, y me da rabia no haberlo conocido antes. Así que me he lanzado a buscar otras de sus obras, como las más recientes Nuevos juguetes de la Guerra Fría (Seix Barral, 2015) y No somos cazafantasmas (Seix Barral 2019). Te invito a seguirlo y a leerlo, es un autor excepcional. Por cierto que la portada me ha parecido genial, y fue el 60% de mi interés inicial por comprarlo, cuando desconocía todo de la obra y del escritor. 



domingo, 26 de enero de 2020

De libros. Sergio Galarza: Matacabros.

"Matacabros" es una colección de cuentos escritos por el autor peruano Sergio Galarza y publicados originalmente en 1996 en la Editorial Asma. 16 años después, la interesantísima Editorial limeña Estruendomudo los reedita, al parecer con ciertos retoques estilísticos por parte del autor. Galarza es un escritor que goza de cierto prestigio y que en 2018 publicó una novela en Alfaguara, donde, por otro lado, publican muchos autores peruanos consagrados. 



Aquí es donde, a mí, me surge el conflicto. Hace mucho tiempo, pues debía correr el año 1994, tuve la suerte de pasar una jornada con, entre otros, Francisco Brines. La historia es sencilla: yo era secretario de un curso de Historia del Arte en la Universidad de La Laguna, donde participaban grandes profesores y catedráticos, entre ellos el recordado Dr. D. Alfonso Pérez Sánchez. Coincidió que Francisco Brines estaba en Tenerife para un recital o acto poético que no logro recordar. Gran amigo de Pérez Sánchez, éste se puso en contacto con él, y conseguimos que nos acompañara a un viaje a La Gomera que servía de colofón al ciclo de conferencias. No puedo negar que para mí fue una experiencia increíble. Apenas recién licenciado compartía horas con algunos de los más míticos historiadores del Arte españoles (Pérez Sánchez, Borrás, Navascués, Yarza...) y encima tenía la oportunidad de conocer a uno de los grandes poetas españoles contemporáneos. Pero vamos al lío. Justo el día de la excursión a La Gomera, ABC publicó que se habían editado una pequeña colección de poemas de juventud de García Lorca. Francisco Brines reaccionó con cierto pesar: esos poemas no debían publicarse para el gran público porque no aportaban nada. De hecho recitó en voz alta alguno de ellos y, efectivamente, eran notables, cargados de talento, pero eran obra de un aficionado que aún no había conseguido un estilo propio. Es más, continuó Brines, si el propio Lorca no los había editado en vida, ¿para qué servía editarlos ahora? En su opinión, ese tipo de ediciones debían ser pequeñas y restringidas al ámbito académico, pero no al público en general, porque podían dar una visión falsa de un grandísimo poeta a los no versados. Guardé esa idea, esa enseñanza, durante años.

La reedición, que me compré en un reciente viaje a Lima, de la primerísima colección de cuentos de Sergio Galarza me hizo recordar, cuando la leí, la anécdota de Francisco Brines. No aportan nada, y desmerecen al autor. Son la obrita de un aficionado, de un esforzado joven que tiene talento y sabe escribir, pero aún no tiene lenguaje. Son suyos porque los ha escrito él, pero realmente pertenecen a otras personas. Así que, una persona como yo, conocedora de la literatura, lector apasionado, y que con los años, además, se ha hecho con una pequeña colección de literatura peruana más allá de Vargas Llosa, Brice Echenique, Roncagliolo o Bayly, lee esta obra por primera vez, y no ve un autor. Es más, incluso puede no interesarle demasiado conocerlo. Yo soy otro tipo de persona, más obsesivo compulsivo, y ya antes de leer los cuentos sabía del escritor y de su historia, así como de sus posteriores triunfos. Aún no es una figura de las letras peruanas, pero podrá serlo, tarde o temprano. 


Reeditar para el gran público esta colección no le hace un favor. Porque dudo mucho que sea un hito cultural peruano que deba ser revisitado (como "Los inocentes", de Oswaldo Reynoso, por ejemplo). Así que no era una reedición conmemorativa ni necesaria. Y habían envejecido mal. 


Ojo, se leen con gusto, con ánimo, y cuando terminas una historia te sumerges en la otra con fruición. No aburre ni nada parecido. Es una obra para leer una tarde de sosiego. Retrata una juventud que se anhela, pero a la que no se pertenece, y están escritos, ya lo he dicho, con talento. Un buen sentido de la narrativa, el ritmo, y la estructura. Finales abiertos, finales imposibles, en historia que intentan ser de un crudo realismo pero están pobladas por personajes que, de principio a fin, son estereotipos. Desde los jefes de bandas que se pelean hasta sus últimas consecuencias (que me llevó a "Rebelde sin causa" automáticamente), hasta la maligna gringa que convirtió una pandilla de jóvenes adolescentes peruanos futboleros y con pocas expectativas en un remedo de grupo outsider limeño dominado por las drogas y el espíritu ¿punk? ¿hippie? Al final no me enteré muy bien. O el asesino de travestis que lo hace porque, al final lo intuimos, uno de ellos lo violó... o no. Estereotipo, estereotipo y estereotipo. Pero además que ya he leído en novelas peruanas antes. Tanto de los grandes autores reconocidos internacionalmente como de otros que quedaron para el consumo interior, no menos grandes por ello. 



A ver: están "Los Jefes" y "Los cachorros" de Vargas Llosa asomando por cada esquina. Una referencia que, cosas de la cultura peruana, no hace ninguno de los que glosa al autor y a su primerísima publicación, pero que es innegable. Posiblemente al propio Galarza no le haga gracia mi comparación. Y también está ahí Bayly, pues no hay que olvidar que su "No se lo digas a nadie" se publicó dos años antes que este libro, y cabe suponer que Galarza, como tantos jóvenes peruanos, la leyó apasionadamente. Y hace tiempo leí una novela de un gran periodista peruano del que no logro recordar el nombre, ni el título de su obra, y que presté y nunca volvió, por lo que no puedo consultarla y por mucho que lo intento en Google no doy con las palabras claves. Y en esa novela salen ya algunos de los personajes que aparecen en esta colección de cuentos, pero reales. También está Oswaldo Reynoso, claro. Y algo de cine. 

Intenta ser la novela de la descripción de una Lima en decadencia y los hijos desarmados de esa madrastra. Pero es que esa descripción de exactamente esa Lima ya estaba escrita. 

Por otro lado me sorprende que esta obrita se haya reeditado con prólogo del autor (¿en serio? ¿una obrita que no llega a las 100 páginas?), epílogo de un notable Jorge Eslava (y ni aún así llega a las 100 páginas); así como un elogioso comentario en la contraportada de Cronwell Jara, que al parecer es un extracto del prólogo a la primera edición, y un poco tramposo porque Galarza es discípulo de Jara, y alumno aventajado de su taller de escritura. Por último, lo que ya me dejó absolutamente desconcertado es que, en una edición que por abaratar costes se emplea un papel deplorable y una encuadernación pobre, no solo haya "camisa" o cubreportada, sino que se añada un anexo en papel satinado de buena calidad de fotos de distintos momentos de la vida del autor. Sobra totalmente, y desconozco la razón de incluirlas, no había visto algo así en mi vida. 

No pierdes nada leyéndola, pero no le hace un favor a su autor y su carrera posterior. Cuando sea un escritor de culto, y se estudie en las universidades, que talento y posibilidades hay, así como una carrera, quizás podría servir para estudiar unos orígenes, pero sacarla a la luz de nuevo no aporta, sino que resta. Y creo que Sergio Galarza es un gran escritor peruano, pero en "Matacabros" aún no lo era. 

sábado, 25 de enero de 2020

De libros. Danilo Kis: Enciclopedia de los muertos.

"Enciclopedia de los muertos" es una colección de cuentos de Danilo Kis (Subótica, Serbia, 1935 - París, Francia, 1989), publicada en 1983. Sin embargo, la primera edición española no llega hasta 2006 en Ediciones El Aleph. Dos años después, la Editorial Acantilado, cuyo esfuerzo por traducir y publicar autores del este de Europa poco o nada conocidos en nuestro país es monumental, encargó a Nevenka Vasiljevic una traducción que vio la luz en 2008 y fue reimpresa en 2013. Esta es la versión que nos ocupa. 



Danilo Kis es un autor de enorme talento y prestigio. Tiene una narrativa que a veces se emparenta con Borges. También un imaginario rico expresado con con parca y adusta severidad. Lo descubrí hace años con "Laud y cicatrices", gracias también a Acantilado, y me conquistó desde el principio.


La muerte desde muchas perspectivas es el hilo conductor de estos 9 cuentos, con un Post scriptum que no se sabe muy bien si es realidad o fantasía. Antiprofetas cuya muerte sirve para ridiculizar a los primeros apóstoles, prostitutas que movilizan a toda una ciudad en sus honras fúnebres; santones resucitados para volver a morir, inmediatamente; videncias siniestras, con el espejo que anuncia el asesinato cruel; el discípulo que traiciona y ensucia la memoria del maestro para que nadie descubra la verdad del fraude; la ejecución del hombre que sonríe feliz, convencido por la imagen de su madre de que no va a morir; el complot antisemita que difunde el bulo del complot sionista; la mujer que narra, de manera epistolar, el amor que nadie sabrá (y que recuerda la "Carta de una desconocida" de Sweig)... Esas son las historias. Muchas veces con unos finales abiertos, otras en las que se nos presentan todas las posibilidades. El protagonista muere, la madre piadosa lo ha convencido de que no morirá, o la madre fue engañada, o la madre está orgullosa de la ejecución. ¿Qué ha sucedido? ¿Acaso importa?

Y, como no, un cuento de gran entidad que da nombre a la colección: la historia de la existencia, en un lejano lugar del norte, de una Enciclopedia de los muertos, que narra la vida de todos los seres humanos, anónimos, que han poblado la tierra, y que el propio autor relaciona, en el post scriptum, con el inventario genealógico que los mormones tienen enterrado bajo unas montañas de Utah. Una hija lee ahí la historia completa de la vida de su padre muerto, descrita con frialdad hasta el último de sus detalles. 


Mi favorito es El libro de los reyes y de los tontos, porque es la historia alambicada de un libro que primero es una cosa, y se convierte en otra, sin que casi ninguno de los que lo tuvieron en las manos y lo manipularon supieran que era un engaño superior creado para motivar actos atroces en las Guerras Mundiales. El complot antisemita que denunció un falso complot judío. Un ejercicio de estilo en un autor con muchas referencias judías (su cultura) en su obra. 

No esperes un libro ligero, que leer en una tarde tranquila. Te va a obligar a pensar, a releer, a buscar claves, te hará enfadar y te obligará a respirar entre una historia y otra. Ese es Danilo Kis. Un estilo que culebrea, que cambia, que se nos presenta a veces oscuro, otras muy diáfano. Pero siempre enriquecido por un potente discurso intelectual en el que tantos detalles se nos escapan a los lectores de a pie. Lo recomiendo, aunque solo sea para obligarnos a pensar en el tabú de la muerte.