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domingo, 28 de julio de 2019

Exposición "Balenciaga y la pintura española" en el Museo Thyssen de Madrid.

La exposición "Balenciaga y la pintura española", del Museo Thyssen, me ha parecido un ejemplo más de una tendencia actual que no acabo de entender. Se trata de relacionar la obra de grandes zapateros, modistos, diseñadores de joyas, etc., con la de artistas o géneros de las, todavía hoy, consideradas socialmente como "Bellas Artes". Así, en la muy exitosa exposición dedicada a Manolo Blanik hace uno o dos años, el empeño de los comisarios era conseguir que este apareciera como "algo más" que un diseñador de zapatos, y así comienzan relacionándolo con Fidias, de cuyo estudio obtuvo Blanik su pasión por los pies - lo que analizado es de una basteza fetichista singular; para luego evidenciar que muchos de los motivos de sus zapatos se basaban en los de grandes pintores. Ahora, con Balenciaga, ocurre lo mismo. Se escogen algunos diseños, junto al rumor o certeza, no lo sé, de que el modisto había estudiado la pintura española, de todas las épocas, y que ahí había obtenido la inspiración para los mismos. Se exponen, entonces, una larga colección de trajes y complementos acompañados de los cuadros que les dieron origen. El Greco, Velázquez, Ribera, Zurbarán, Murillo, Sánchez Coello, Pantoja de la Cruz, Goya, Madrazo, Maella, Zuloaga... En algunos casos, la inspiración es muy tenue, parece solo relacionada con los colores; en otros hay más evidencia, aunque en el caso más representativo, un retrato de Zuloaga de los años 10, parece más un plagio que una inspiración: el traje de la retratada y el diseñado por Balenciaga dos décadas o tres después son casi idénticos. El problema no es que yo pueda negar esa relación, que no lo hago, sino la sensación de que si quitas esos cuadros y pones otros, flamencos y holandeses, por ejemplo, el publico iba a apreciar las mismas conexiones. Por otro lado, y esto es lo mollar del asunto, es que parece que no se puede reivindicar a Blanik, o Balenciaga, o a los diseñadores de Bulgari, como artistas relevantes por sí mismos. Parece que  las entidades que organizan esas muestras sugieren que su labor creativa, en el campo de las que siempre se consideraron artes aplicadas, decorativas o suntuarias, va en menoscabo de su trascendencia. Así que hay que dar un paso. Si Balenciaga era un cultísimo erudito en pintura española, vale más que si es un mero diseñador de ropa. Curiosamente, lo que hacen es reducir por el procedimiento de tratar de amplificar. Una conclusión posible es: modistas, zapateros, joyeros, son una suerte de artesanos que solo se ven ennoblecidos cuando se ungen en el Arte en mayúsculas, que sigue siendo, parecen querernos decir, pintura, escultura y arquitectura. Sólo la siempre acertada Funcación Juan March, con su brillante exposición de la obra de William Morris y el Arts and Crafts, ha puesto en su justo lugar, como artistas relevantes, a estos diseñadores, sin necesidad de relacionarlos con nada que no fuera su propio proceso creativo. 
Un retrato de Zuloaga de los años 10 del S. XX y un traje diseñado por Balenciaga décadas después...
Desgraciadamente, pasó con Manolo Blanik, pasó con Bulgari, y pasa ahora con Balenciaga. Una exposición que mostrara su trabajo, su evolución, y su proceso creativo, se hurtan al espectador para glorificarlos por lo que me parece un camino equivocado. Creo que la una exposición sobre Balenciaga sin mostrar su proceso creativo, y su evolución artística, adolece de contenido. Ocurre, desgraciadamente en esta ocasión. Y como daño colateral se agotan temas, pues pasará mucho antes de que se dedique otra exposición sobre este modisto en Madrid, y la que se está desarrollando deja más sinsabores que aciertos. 

Espectacular retrato de Ana de Austria realizado por Sánchez Coello.
Otra cosa que me resultó chocante fue la auténtica avalancha de espectadores extasiados ante los trajes de Balenciaga, singularizados en sí mismos sin mayor explicación conceptual, y que apenas mostraban interés por pinturas superlativas, algunas de ellas venidas de lejos; y que eran meros decorados para trajes expuestos como esculturas de tela sin contexto. No creo que sea el camino de defender y difundir la labor de los grandes diseñadores, es más, considero que se consigue, a la larga, lo contrario.  

domingo, 14 de julio de 2019

De libros: "La poeta y el asesino", de Simon Worrall.



La editorial "Impedimenta" presenta esta obra de 2002, que no ha tenido edición es España hasta 2019 (si hubo edición anterior en castellano, pero en Argentina), con traducción de Beatriz Anson. Se trata de uno de los mejores libros que he leído en mucho tiempo, y que narra en 348 páginas, del modo más apasionante, la historia de uno de los más grandes falsificadores que han existido: Mark Hofmann, dotado de una personalidad psicopática que lo convirtió, también, en asesino. Hofmann era un modesto anticuario de libros y monedas de Sant Lake City, miembro de la Iglesia Mormona, que en los años ochenta descubrió y vendió importantísimos textos originales mormónicos a su iglesia, pero también a una facción crítica de la misma. Todos esos textos tenían algo en común: ponían en duda los orígenes de la organización y pintaban a su fundador, John Smith, más cerca de ser un forajido borracho, mentiroso, depredador sexual y pendenciero que de un profeta. A parte de ello, a lo que dedicó gran parte de su vida, también vendió manuscritos originales de Daniel Boone, Mark Twain, Abraham Lincoln, Emily Dickinson, y un sinfín de autores y personalidades más. Se calcula que unos 127. También consiguió y trató de vender un ejemplar del primer texto impreso en Estados Unidos, "El Juramento del Ciudadano", de valor incalculable y que se creía perdido. 
Mark Hofmann durante el juicio.
La clave de todas estas piezas, que le consiguieron una indudable reputación, es que eran falsificaciones, salidas, todas, de sus manos. No quiero desvelar muchos elementos del libro, porque es una suerte de novela de misterio, pero un falsificador normalmente se especializa en uno, o a lo sumo, y muy raramente, dos autores. Se mimetiza con él y logra generar obras indistinguibles del original. Hofmann lo hizo con muchos, sin dificultades, copiando a la perfección su caligrafía y dominando hasta el último detalle de lo que rodea una falsificación: papel, tinta, efectos del tiempo, hongos, defectos y desperfectos. Antes de que lo desenmascararan, las obras de Hofmann pasaron incluso el filtro de los expertos del FBI o la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos. Sólo cuando se desveló su reputación, se empezaron a rechazar sus hallazgos. Por meses, la citada Biblioteca del Congreso no adquirió el "Juramento de los ciudadanos" por más de un millón de dólares. Y lo rechazó exclusivamente porque aparecieron dudas sobre Hofmann, no sobre la veracidad del documento. Habría sido un escándalo indudable.
Mark Hofmann y los principales dirigentes de la Iglesia Mormona.
El problema es que Mark Hofmann llevaba una vida muy por encima de sus posibilidades, y empezó a acumular una colección de primeras ediciones, especialmente de obras infantiles, que llegó a ser notable, pero que lo dejaron inmerso en un océano de deudas. Para pagarlas, generó un negocio piramidal alrededor de sus falsificaciones, pagaba una deuda generando otra, y cuando las dudas comenzaron a caer sobre él, y se cortó el crédito y los acreedores, algunos muy peligrosos, comenzaron a reclamar su dinero, trató de evadirse asesinando a dos personas y simulando un atentado contra sí mismo, diseñando un plan criminal que finalmente no funcionó. 
Mark Hofmann de joven y en fechas recientes.
Más de diez años después de que Hofmann fuera detenido y condenado, y se conociera el catálogo de obras que falsificó, la casa de subastas Sotheby's saca a la venta un original manuscrito de Emily Dickinson, posiblemente la mayor poeta de los Estados Unidos, generadora de un lenguaje propio y libre, que apenas había publicado durante su extraña y escurridiza vida. Poco después de la venta, Sotheby's, discretamente, tiene que devolver el dinero de los compradores por tratarse de una falsificación de Hofmann. 
Única imagen autentificada de Emily Dickinson, con 16 años, en un daguerrotipo.
Simon Worrall escribe este excepcional libro desgranando en sus 348 páginas un absoluto ejercicio de erudición. Cuando lo terminas, resulta que has recibido una información de gran calidad y profundidad sobre Mark Hofmann y sus razones para tratar de dinamitar el credo mormón desde dentro. Para entender eso, nos hacen una clara exposición de lo que es la Iglesia Mormona y cuáles fueron sus orígenes, así como su actual organización. De igual forma, para asimilar el talento brutal de Hofmann, Worrall nos introduce en el concepto de falsificación y su historia en Europa, Asia y América, así como en la fabricación del papel, las tintas y el proceso técnico y mecánico de la escritura. Cómo escribimos y por qué. También  del envejecimiento de un documento y sus patologías. Incluso nos informa con detalle sobre el mercado bibliófilo y documental, la moral flexible de las casas de subastas (al fin y al cabo Sotheby's vendió un documento del que tenía claros indicios de falsedad) y muchísimos aspectos técnicos y comerciales alrededor del tema. Como no, además, hace una biografía sustancial de Emily Dickinson y explica tanto su proceso creativo como los principios fundamentales de su literatura. Mark Hofmann intentó generar una relación paralela y moral con Dickinson. Al final del libro, Worrall expone su opinión acerca de la imposibilidad ese paralelismo. 
Daguerrotipo de reciente aparición que puede corresponder con Dickinson (a la izquierda).


Lo que hace muy grande esta obra es que ese nivel de erudición y la cantidad de temas que tiene que desarrollar para que entendamos la trascendencia de Hofmann, se expone con una total amenidad, aplicando severamente el principio de "más es menos"; o como ya indicó Italo Calvino que debía ser la literatura del S. XXI,  empleando el mínimo de palabras necesario para expresar la idea adecuadamente. Al final, asistimos al funcionamiento de una mente brillante y psicopática, estéril y destructiva, que queda perfectamente descrita y desgranada, sin que, sin embargo, Worrall nos sumerja en las raíces y estructura del concepto psiquiátrico de psicopatía. La estafa de Hofmann va de la mano de la estafa del credo mormón, de la estafa del mercado de subastas, de la estafa de las antigüedades; y, al final, de la estafa cultural de una civilización. Recomiendo intensamente la lectura de este libro. Te enganchará desde un primer momento y no podrás soltarlo hasta que lo termines. Lo tiene todo a la vez, una novela de misterio, un ensayo sesudo y un alegre divertimento. Es una auténtica obra maestra.

domingo, 7 de julio de 2019

De libros: biografías de políticos. "Mi historia" de Michelle Obama


Me gusta mucho el género de la biografía, las memorias o la autobiografía. Políticos, artísticas, personas que han protagonizado momentos de la historia: todos los que puedan significar una enseñanza. Dentro de ellas, los presidentes de los Estados Unidos, como sus homólogos de Europa, suelen escribir memorias más o menos interesantes, pero que hay que leer. Normalmente, este tipo de personajes, que tienen su punto de vanidad e incluso su caudal de iluminación, están convencidos de que todos los hechos de su vida son relevantes y van a dejarnos boquiabiertos. Desde el primer azote de la abuela Mae hasta el día que se pusieron su primer reloj. El problema es que no suele ser para tanto, y las memorias se convierten en una enumeración prolija, y a veces aburridísima, de hechos poco atractivos. Recuerdo con horror las memorias de uno de los presidentes de los Estados Unidos que más me interesan, Bill Clinton, que tenía como mil páginas, y que tuve que abandonar como en la página 300 cuando el presidente aún contaba con unos 12 años. Era horrorosamente aburrida, describía con todo lujo de detalle el hecho vital más nimio y falto de cualquier singularidad. Otros personajes tratan de decir "qué normal soy" pero cuando lees esos párrafos en los que rezuma la "normalidad" te das cuenta de que son forzados,, por falsos. En ese sentido me gustaron mucho los libros de recuerdos de la actriz Katharine Hepburn, porque los escribió en plan "soy la hostia, siempre he sido la hostia, sabes que soy la hostia, y te voy a contar exactamente lo que me de la gana". Las memorias y biografías serias intentan huir del cotilleo común, lo que se agradece, aunque un poco tampoco viene mal. Y los grandes líderes políticos, supongo que en aras de mantener versiones oficiales o no levantar polémica, cuentan muy por encima los momentos clave de sus mandatos, de los que rara vez ahondan en su análisis. Hay una excepción, y he leído muchísimas memorias de expresidentes y líderes de todo tipo, y son las memorias de Harry S. Truman, porque están escritas con una enorme humildad. Ese hombre ante la decisión de lanzar la primera bomba atómica, o cuando se vio sentado en el despacho oval y no sabía muy bien de qué iba eso; el martirio de una administración que murió entre constantes escándalos de corrupción, siendo él, la clave de esa pirámide, un hombre honesto. Recomiendo leerlas, porque son francamente reveladoras. Las de Churchill, por contra, son un soberano coñazo de varios tomos camuflados y muy bien escritos, eso sí.


Así que, un poco predispuesto por la fuerte campaña mundial de publicidad, me apetecía mucho leer "Mi historia", de Michelle Obama. "Becoming", el título original inglés, se entiende un poco mejor, por lo que ella pretende con el libro. No hay un solo cotilleo, eso ya lo advierto de antemano, ni ningún hito del gobierno de su marido o momento histórico que ella se detenga a describir, salvo lo que significó el asesinato / ejecución de Osama Bin Laden, y aun así pasa de puntillas. La primera parte, infancia y adolescencia, es muy aburrida por lo que conté antes. Michelle Obama, que es una mujer influyente y poderosa, cree que numerosísimos hechos de su crianza son realmente inauditos y enriquecedores. Que si el primer concierto de piano, que si el primer día de escuela, que si no supo deletrear una palabra y exigió que le repitieran el examen (con 4 años)... En fin, el mensaje es: mujer, negra, de un barrio difícil, lo tiene mucho más complicado para salir adelante, y tiene que romper uno, dos, tres y hasta mil techos de cristal. El problema es que los explica muy bien en su propio prólogo, así que cuando machaconamente nos los "demuestra" una y otra vez llega un momento en que "chica-negra-que-lo-consigue-con-esfuerzo" te harta bastante. Lo mismo pasa con su primer periodo universitario, que detalla hasta la nausea, dando una trascendencia brutal al más simple de los gestos. Sin embargo, de los años de Harvard no cuenta absolutamente nada. Una mujer tan prolija en todo el libro, de Harvard no hace el más mínimo comentario, que sin embargo parecería muy interesante, a priori. Luego viene su desarrollo profesional, su noviazgo con Barack Obama, a quien admira, expone y defiende a lo largo de todo el libro; y los dos mandatos en la Casa Blanca. Es interesante que Michelle Obama intente dar a toda esa narración un sesgo de género, pero con verdadero conocimiento, lejos de cualquier frivolidad o arranque de cuarta, quinta o sexta ola (tengo un poco despistadas las olas feministas ya). Una mujer que sabe de lo que habla y expresa lo que significó quedar a espaldas del hombre con poder y relegada a una figura decorativa y madre que un día descubre la verdadera dimensión de su poder y lo utiliza. Todos los capítulos que reflejan su obsesión porque sus hijas fueran niñas "normales" y que se hicieran su propia cama resultan un tanto artificiales, por increíbles, y me vino a la cabeza cierto paralelismo que no voy a contar aquí por si acaso. Hay pasajes del libro que parecen poco creíbles, otros un tanto vengativos, pero se perdonan porque no son trascendentales. No es un gran libro de memorias pero deja perlas interesantes y creo que puede servir a muchos, especialmente mujeres y personas pertenecientes a minorías. Hay un momento en el prólogo que me encantó, porque va a ser el leitmotiv de la biografía: "Desde mi reticente incursión en la vida pública he sido aupada como la mujer más poderosa del mundo y también apeada a la categoría de 'mujer negra malhumorada'. A veces he sentido la tentación de preguntar a mis detractores qué parte de esa frase les molestaba más: ¿Malhumorada, negra o mujer?". Ahí está la clave, y Michelle Obama la desarrolla: mujer, ¿y qué?, negra, ¿y qué?, malhumorada, ¿y qué? Eso, que se convierte en una lectura feminista de un periodo histórico, bastante más humilde de lo que esperaba pese a la potencia intelectual del personaje, con una formación académica y laboral inmensa, resulta francamente de interés. Y luego otra dimensión de la biografía, que es el sentimiento acerca de su país, totalmente bipolar, y que asomará  entre las 100 últimas páginas. Algo que uno sospecha Michelle Obama quería hacer desde el principio pero decidió dosificar muy inteligentemente: "Pido un poco de paciencia, porque lo que sigue no será necesariamente más llevadero. Ojalá Estados Unidos fuese un lugar sencillo, con una historia sencilla; ojalá pudiese narrar mi parte en ella tan solo a través el cristal de lo que era ordenado y grato; ojalá no hubiese pasos atrás y cada pena, cuando llegase, al menos resultara ser, en última instancia, redentora. Pero Estados Unidos no es así, ni yo tampoco. Y no voy a intentar retorcer eso hasta darle una forma perfecta". Y ahí están los atentados, los tiroteos, los asesinatos sin sentido, las crisis sociales, una tras otra, desde la perspectiva de una primera dama que tuvo que asistir a demasiados entierros debidos a la violencia social en las calles del país, mientras los políticos de todo signo están más interesados por conseguir prebendas de la Asociación Nacional del Rifle que por limitar el uso de las armas. Lo mejor es que lo dice, tal cual, sin filtros, porque ahora, Michelle Obama, ha decidido defender lo que quiere sin que la responsabilidad de su marido implique prudencia. Va a decir lo que piensa y cómo lo piensa, y además deja claro que no tiene intención de entrar en política, pero sí seguir haciendo política. Creo que este libro es un prólogo a lo que está por venir, y desde ese punto de vista, sus reflexiones políticas, escondidas entre historias de mamá perfecta y puntillosa, pueden motivar, aún no estando de acuerdo, porque son genuinas. Realmente uno agradece su campaña a favor de la educación de las mujeres en todo el mundo, porque se antojan gestos más coherentes y válidos que gritar consignas en las calles contra machirulos una o dos veces al año. 

jueves, 20 de junio de 2019

Andrè Schuen: volver a creer en el canto.



No quiero dejarme cosas en el tintero, pero tampoco me voy a detener en tecnicismos que ni domino ni son la clave de lo que quiero contar: para más información, busca en google y tendrás todo lo que quieras. Yo quiero contar lo que sentí y lo que me emociona de este cantante italiano que últimamente escucho a todas horas. 

Antes de comenzar a contar por qué estoy tan fascinado con Andrè Schuen, hasta el punto de que creo que es el cantante que más me ha impresionado en 20 años, una pequeña explicación inicial sobre aquel tipo de canto con el que me siento más cómodo. Si doy un repaso a mis cantantes favoritos, con Montserrat Caballé a la cabeza, Joan Sutherland, Renata Tebaldi, Nicolai Ghiaurov, Kirsten Flagstad, Birgitt Nilsson… Todos tienen algo en común. Lo primero: la voz es bella, pero no es suficiente. A ello hay que añadirle que son excepcionales músicos, tienen técnicas depuradas hasta el dominio y control más absoluto de su instrumentos, y se preocupan muy especialmente por la emisión, la proyección y la calidad del sonido. Aunque hacen circo, a veces, por lo que sea, es cierto que suelen ceñirse a la partitura y dejan poco margen a la inventiva. No es que una cantante como Callas no me guste, sino que prefiero un sonido más puro y otra concepción interpretativa. Renata Tebaldi era tan buena actriz como una alcachofa, pero ¡amigo mío! se sentaba en su butaquita, comenzaba a cantar el “Vissi d’arte” y hasta el más escéptico salía encandilado. O llegaba Montserrat Caballé con sus 150 kilos y se hacía la “Salomé” de Strauss completa, y ni dios ahogaba una risita por lo extraño de que una niña de 15 años estuviera siendo interpretada por una señora mayor de ese peso. Es la fuerza de la música. Ojo, que ser buenos actores no está reñido con lo que cuento. Si además lo son, bienvenidos. Tebaldi y Sutherland no lo eran, a Caballé no le hacía la más mínima falta, Nilsson era espectacular, Ghiaruv era una presencia escénica imponente.

Andrè Schuen es exactamente ese tipo de cantante. Un gran músico, que se formó desde pequeño en casa porque toda su familia es de músicos (incluso tienen un grupo muy conocido en el Tirol y centroeuropa), y se ha criado actuando con ellos, haciendo canciones folclóricas y otros repertorios con mucha seriedad. El muchacho empezó como violonchelista, pero cuando llegó al conservatorio de Hamburgo lo escucharon cantar y la cosa derivó, para el bien de todos. Su dominio técnico, siendo tan joven, es muy bueno. Esa técnica, que le permite trabajar con solvencia las partituras, se conjuga con una voz baritonal de verdad. Eso es muy raro hoy en día. Las cuerdas se han movido tanto que hay sopranos cortas cantando de mezzo como Joyce DiDonato, mezzos altas haciendo de sopranos, Plácido Domingo destrozando los papeles baritonales de Verdi… Cuesta encontrar un barítono con el tono oscuro, broncíneo y profundo que uno espera. Y este muchacho lo tiene con 35 años. Fue lo primero que me admiró cuando lo fui a escuchar, sin conocerlo de nada, en el Teatro de la Zarzuela. La verdad es que llegué pensando “un guaperas seguro que sin volumen, que tiene que dar zapatazos para subir o bajar en el pentagrama”. Empezó a cantar, y teoría a la porra. La voz es de barítono, cuando baja en el pentagrama lo hace sin dificultad, y sube todo lo que tiene que subir. La emisión es inmaculada, y la proyección clara y potente. Me sorprendieron sus fortes, temibles, pero también su capacidad de apianar. Creo que llega con facilidad a los pianísimos que hicieron famoso a Miguel Fleta. Así, su canto no es bronco, es matizado, bello, y sus interpretaciones muy cuidadas. Al ser italiano del Tirol, tiene la suerte de dominar varios idiomas, y es capaz de pasar del alemán al italiano sin que haya acentos descuidados, igual que canta en idioma ladino. No me pareció que hubiera una gran agilidad, y aunque hace algunos papeles de Donizzetti, lo suple con técnica y respiración, que es igual a lo que hacía Caballé, que nunca fue una soprano de agilidad y sin embargo salía airosa de donde quería. Pues el muchacho igual, le cuesta, pero sale adelante sin pestañear. La afinación no es un problema, en todo lo que le he escuchado le he sentido solo un pequeño titubeo de la afinación en una pieza. En resumen: belleza de sonido, emisión, técnica y respeto a la música, junto una notable capacidad interpretativa que no es la obsesión primera con la que esconder defectos vocales. 



Faltaba ver como se desenvolvía en un gran teatro con orquesta en foso, así que fui a escucharlo en “Capriccio” de Strauss en el Teatro Real, estaba sentado en la penúltima fila de paraiso (un piso 7º), y lo oía perfectamente; es más hubo cantantes a los que escuché menos. Fuera cual fuera el volumen o el lugar del pentagrama, llegaba perfectamente, sin problemas. La presencia escénica, es mocetón, imponente. Además es buen actor. 

Pero me falta tratar un punto que llama mucho la atención, porque aunque parezca mentira no hay mucho hoy en día entre los cantantes. Masculinidad. Andrè Schuen canta con una masculinidad y una virilidad que ha venido faltando mucho a los cantantes desde hace un tiempo. Languidez y cierto desfallecimiento interpretativo que aparecen en grandes cantantes. Aquí no sucede. Schuen hace un sello con esa virilidad que aporta el propio tono de su voz, y lo emplea de manera natural, porque cuando tiene que ser delicado y frágil lo es, incluso si ha de mostrar vulnerabilidad, pero no deja nunca ese sello viril. Cuando salí del primer concierto se lo comenté a mi querida amiga Ana García Urcola, pianista, doctora en música, excelente profesional y crítica en “Scherzo”, que se rió y me dijo que en la crítica que había escrito para esta revista sobre el último disco de Schuen, una serie de lieders de Schubert, ya lo había dicho claramente “Además, la robusta y hermosa voz de Schaun conquista de inmediato el oído. Esa sensación de fortaleza y de poderío podría entrar en colisión con la idea de fragilidad que asociamos indefectiblemente a la música del vienés. Sin embargo, nada más seductor que la virilidad (con perdón) cuando es capaz de mostrar vulnerabilidad, y así es la concepción de Schaun y Heide: muy terrenal, nada etérea, pero con profundos acentos de dolor y de lamento que provienen de una atenta lectura del texto poético y la prosodia musical”. Nos reímos por el paréntesis del “(con perdón)”. Yo no lo pongo. Andrè Schuen tiene un canto viril y poderoso que no desaparece cante lo que cante. En La Zarzuela lo escuchamos en el “Sueño de Amor” de Liszt, pieza en la que se puede caer en la cursilería y el amaneramiento vocal con facilidad, y sin embargo ahí estaba ese joven enamorado pero tajantemente hombre que nos dejó embelesados. Luego, en los “Sechs Monologe aus Jedermann” de Frank Martin, la sensación fue aumentando, hay cantante, hay inteligencia, hay voz, hay carrera. 

Como liederista, es posiblemente el mejor intérprete joven del momento. Tiene lo que hay que tener, sentido de la introspección, domina los estilos, y es capaz de solucionar cualquier partitura con solvencia y credibilidad. Se nota que hay mucho trabajo detrás, y un fuerte aprendizaje. En ese sentido, decir que entre los liederistas era casi un sello de calidad relacionarse, como fuera, con el grandísimo Diestrich Fischer Dieskau. Ser “hijo”, “nieto” o “bisnieto” musical de Fischer Dieskau jugaba a favor en el currículo. Schuen no lo tiene, ni aparece en sus textos promocionales. No es que no beba las fuentes de Fischer Dieskau, escuchar a los grandes es necesario para el aprendizaje, pero en la formación de Schuen están Olaf Bär (¿de ahí esa masculinidad introspectiva?) o Thomas Allen, y eso le imprime ese carácter diferenciado que se está dejando sentir en tantos teatros. El próximo concierto de Schuen en Madrid va a ser multitudinario y apoteósico, eso tenlo por seguro. 

Como un grupie me he comprado todos sus discos y los disfruto con fruición. Son tres, tampoco es mucho, aunque tiene alguno con su familia que no me interesan demasiado y una ópera completa en estreno que tampoco me llama la atención. Un disco de Schumann, Wolf y Martin. Otro de Schubert, ya citado, que se titula Wanderer, y en el que le acompaña, como en el anterior, el gran Daniel Heide, pianista excepcional. También ha grabado canciones de Beethoven francamente curiosas: una serie de canciones populares escocesas y otras irlandesas, que se coronó con un pequeño EP con cuatro canciones populares de Britten. En "Wanderer" hay piezas como “Fischers Liebesglück” que me parecen simplemente una obra maestra sin objeciones. Es un magistral cantante que además está haciendo su carrera despacio, sin haber todavía llamado la atención de los grandes sellos, lo que juega a su favor; paso a paso, y sin moverse de lo que puede y debe cantar. Creo que tiene intuición y está bien asesorado. Además sospecho que su propia crianza musical hace que no descarrile, ni quiera. Canta con humildad, y no tiene problema en pasar del Convent Garden a acompañar a sus hermanas tocando el violonchelo en una teatro de provincias. También es un cantante generoso, hasta 6 bises nos regaló en el Teatro de la Zarzuela, abrumado por los braveos de un público exigente. Yo desde una Caballé gloriosa que escuché hace más de 20 años en una de las grandes noches de su periodo final, y un Plácido Domingo excepcional en “La Valquiria” en el Liceu de Barcelona, no me había vuelto a poner en pie a aplaudir a ningún cantante, y los he escuchado grandes y espectaculares. Con Schuen lo hice porque me lo pidió el cuerpo.






Por último indicar que, como los grandes cantantes, como Kraus, cuando asume y comprende un personaje, es capaz de usar esa experiencia para el siguiente. Como también dijo mi amiga Ana, “nos ha cantado una napolitana de Tosti como debe cantarla quien primero ha hecho al Conde Almaviva (de Mozart)”. En un mundo operístico de poco razonamiento, poca maduración y mucha improvisación en lo que a nuevas voces se refiere (¿donde está Skohvus? ¿dónde está Cura? ¿dónde está Flórez?), Andrè Schuen va a hacer una carrera larga y exitosa. Espero el momento de que comience a cantar los grandes papeles baritonales de Verdi, porque ese Posa de “Don Carlo” va a ser referencial. 






jueves, 13 de junio de 2019

Mi presentación del libro "Susanita no perdió su ratón" de Julia Martínez en la editorial Libros Indie.



Discurso de presentación del libro de Julia Martínez Fernández "Susanita no perdió su ratón", editado por Libros Indie en Madrid el pasado mes de mayo. El acto de presentación, en "La Bicicleta Café" se desarrolló con mucho éxito el pasado 11 de junio de 2019.

Se indica qué fotos son propiedad de Julia Martínez y están publicadas en su instagram @jul_mtz. También puedes encontrarla en Twitter como @jul_mf , y en Facebook como Julia Martínez Fernández. Nos ha autorizado para la puiblicación en este blog.

Si quieres adquirir el libro puedes hacerlo a través de Libros Indie (https://librosindie.com/), ponerte en contacto con la autora a través de redes o puedes enviarme un comentario.

Este es el libro de una mujer agazapada. Se desarrolla en una pequeña terraza llena de cadáveres vegetales, con ella sentada en una silla minúscula ante una mesita aún más diminuta, si cabe. No es casual, es el escenario mínimo de una mujer que nunca quiere estar ni aparecer. Allí, un café humeante, uno, dos o tres cigarrillos compulsivos; unos vecinos que resultan historias fascinantes cuando no tienes que vivir con ellos, y un cáncer.


Porque el ratón de Susanita tiene cáncer. No una “penosa enfermedad”. Cáncer que tendrá que operarse, que implicará extirpaciones, y una angustiosa recuperación.

El cáncer y la muerte son dos temas tabú para nuestra sociedad. No nos gusta mirarlos ni reflejarnos en su espejo. Nos incomoda. A veces incluso lo sacralizamos y le damos un valor que no tiene. El cáncer no es más que una enfermedad. Difícil de tratar, genera ansiedad, miedo y rechazo. No sabemos cómo actuar cuando alguien nos cuenta que lo está padeciendo. Somos tan hipócritas con el asunto que no queremos hablar de él ni asumirlo, y damos respingos cuando alguien lo banaliza: un chiste, una ilustración o un comentario. A este respecto, aunque Julia es fotógrafa y es lógico que lo que ilustre este libro sean fotos, lo cierto es que en origen llevaba acompañando unas lindísimas ilustraciones, hechas al tiempo que se escribía el diario, algo naif, algo infantiles, que han desaparecido de la edición final pero espero se puedan recuperar en un futuro. Llevaban a la sonrisa y a la reflexión. Habrá quien piense que ilustrar como si fuera un libro infantil un diario de guerra contra el cáncer sea macabro. Pero se equivocan, sin paliativos. Ante el cáncer, ante la muerte, no somos más que niños pequeños, vulnerables y que balbucean; pero sin inocencia ni ingenuidad. Me gustan los dibujos que Julia diseñó junto a este diario porque acercaban una tierna sonrisa cabal a un periodo de intensa perturbación.

Porque cuando el cáncer, la muerte, toca a tu puerta, lo que sigue es un cataclismo de brutal perturbación. Esa mujer escondida en su rinconcito hace recuento cada día de lo sucedido y de lo que va a suceder, porque el resto de su tiempo le toca dejarse llevar y entrar en el torbellino que la agenda del cáncer impone.
Foto de Julia Martínez Fernández
Te sirves un café, te vas a un rincón, fumas, y organizas el día sin tiempo para nada más. De todo esto va la historia que nos cuenta Julia Martínez, agazapada en la terraza. Por eso yo he agradecido tanto este libro, porque espero que con su tímida poesía sirva para hacer reflexionar a alguien sobre la necesidad de un apoyo efectivo y profesional hacia los enfermos y sus familias, porque el post cáncer puede ser arrasador y el estrés muchas veces se cronifica.

Julia y su ratón llevaron en silencio el cáncer y no nos hicieron partícipes del mismo hasta que pasó, o casi. Por lo menos hasta que se atisbó el final. No solo fue un acto de calculada intimidad, que todos comprendemos. También fue una reacción común. Las familias que viven el cáncer rara vez lo visibilizan porque tienen miedo de la reacción de los otros, que la mayor parte de las veces son más agobiantes que la soledad. No sabemos reaccionar ante el cáncer, e incluso huimos de él. Te ahorras las caras, la forzada amabilidad y los silencios incómodos. Callas y actúas.
Por eso este libro es un diario de soledades. No nos engañemos. Por mucha compañía, mucho tuit solidario, pañuelo rosa o maratón de apoyo, lo cierto es que los enfermos de cáncer están bastante solos, y así han de pasar su enfermedad. Son prioritarios, y su ansiedad, su dolor y su pánico se sitúan por encima de todos los demás. ¿Y quiénes son los demás? Los que los acompañan. Esos vivimos una doble soledad, porque nadie nos hace caso, nadie nos consulta ni nos pregunta cómo estamos. Ponemos a nuestro enfermo por delante de cualquier otra necesidad, y si te quejas o lo comentas parece que eres un desalmado. “Joder, su marido con cáncer y ella quejándose de lo mal que lo pasa”. Así que nos callamos y aguantamos. Meditamos, o no, en silencio. Lloramos, o no, cuando nadie nos ve. Somos el acompañante, el que coge de la mano, el que consuela, el que organiza todo para encajar la agenda del cáncer en la vida familiar; y muchas veces somos el sparring silencioso, porque nuestro enfermo dirige hacia nosotros su frustración y su miedo. Y tú te aguantas.

Por todo ello, esta es también una historia de amor, de lealtad y de amistad. De dos que caminan juntos por el puente que les ha tocado cruzar, dando traspiés, pero juntos y cogidos de la mano. La cita en el médico, las horas que pasan, la espera mientras están extirpando, la insensibilidad de los sanitarios, que necesitan insensibilizarse; el miedo, los gritos, la injusticia y la esperanza. Julia narra en este diario, en tan pocas páginas, todas las dimensiones posibles de un viaje, incierto, que hoy podemos celebrar porque casi ha llegado a su fin.

Ha escrito un libro que refleja su sentido del arte. Mínimo, sin elementos añadidos, sin rocallas. Simple y blanco, lírico y luminoso. Menos es más. Si ya está ahí, ¿para qué lo repites? Si una hoja seca expresa lo mismo que 20, ahórrate 19.
Foto de Julia Martínez Fernández
Pero Julia es una excepcional artista. Como fotógrafa tiene pocos rivales en su dominio profesional. Como artista de performance sabe dar siempre exactamente en el clavo y limpiar de chatarra ideas que se perderían de otra forma. Sabe poner límites, procesar, y cree poco en las musas y mucho en el trabajo.  Este libro es un ejemplo de ese menos es más con el que Julia practica su oficio. Intensos sentimientos, intenso relato, expresado aquí con austeridad de medios, como una gramática precisa. Simpleza y concreción para expresar un universo de sentimientos y sensaciones que a veces asfixian.
Foto de Julia Martínez Fernández
Ahí está Julia sola, escondida tras su mesa en la terraza. Observa y analiza. Como ha hecho siempre. Detrás de su guardapolvos negro, o de García Alix, o de algún cantante desolado, y últimamente a la espalda de Omar Jerez. Incluso hoy quiso esconderse detrás de mí. Pero hoy no puede. Es la única escritora del mundo enfadada por tener que presentar su libro. Ella habría preferido no estar aquí y ahora, cuando hable, va a pasar un mal rato. No es el foco, ni la notoriedad, lo que le interesa, es lo que le sobra. Pero ya va siendo hora de que salga a la luz. Este libro es el ejemplo talentoso de un gran espíritu artístico, de los mejores que pululan por Madrid. Un talento que llega a la excelencia, con un discurso coherente y rico en matices, poco condescendiente, nada abandonado al pensamiento único o a las tendencias. Quiero y espero que Julia se muestre ya delante de todos reafirmando una personalidad artística que necesitamos. Solo me resta darle las gracias por este regalo, animar a todos a leerlo porque sin duda les enriquecerá, y quiero terminar poniendo a Julia en un aprieto con una pregunta con cuya respuesta me gustaría que iniciara su intervención. Julia ¿para cuándo esa ansiada exposición individual de fotografía en una galería especializada?

Muchas gracias.


martes, 30 de abril de 2019

“Los Rostros del Hombre” o cómo perdí la cabeza y me sentí artista por un instante. Sobre la exposición "Somos o no somos"

“Un soneto me manda hacer Violante, 
que en mi vida me he visto en tanto aprieto; 
catorce versos dicen que es soneto, 
burla burlando van los tres delante (…)

Lope de Vega


Cuando Omar me propuso formar parte de la exposición “Somos o no somos” se me plantearon muchas dudas desde el primer instante, pero no fueron lo suficientemente intensas para responderle que no. Se me ocurrieron dos o tres ideas, aunque al final la escogida se me dibujó en la mente en unos segundos, y lo tuve claro. Un mosaico de retratos en primerísimo plano de diversas personas, sin demasiado orden ni concierto, entre los que habría una pequeña broma gamberra. 
        Participarían, y participaron, en la exposición Sara Torres Sifón, Ricardo Recuero, J.R. Camacho, Marta Martínez, Elvira Rilova, Óscar García, y un servidor. Todos con un curriculum en el mundo del arte que daba vértigo, porque lo mío fue cosa de hace muchos años ya. ¿Dónde vas, chaval? me decían mis neuronas. Se trataba de que seis comisarios de exposiciones, ya fuera hace muchos años como yo, pero que jamás han hecho arte, se lanzaran, sin conocerse, a una exposición colectiva con un artista como comisario. Los papeles invertidos. 
Soy bastante torpe haciendo cualquier tipo de actividad manual que implique precisión. Si fuera carnicero, yo sería de los del tajo gordo, pero no de filetear. En mi infancia y juventud lo pasé bastante mal en clase con el asunto de los trabajos manuales. El ordenador fue para mí la panacea, pues los programas de diseño me permitían disfrazar lo que es una auténtica ineptitud técnica para cualquier tipo de arte. 
Nunca he querido ser artista, si acaso, como mucho, escritor. 
Con la idea clara, me resultó curioso que el discurso, la forma y el concepto surgieran poco a poco después. Por mi propia inoperancia manual, y mi falta total de formación en cualquiera de las Bellas Artes, como me gusta esa expresión decimonona, tenía que ser algo con más contenido conceptual que objetual. 
Yo convertido en un artista conceptual, con lo que he renegado del arte concepto.  Pero ahí estaba la primera gamberrada: el arte conceptual es para torpes. 
Decidí que las fotos debían ser automáticas. No tengo ni idea de técnicas fotográficas. A estas alturas no estoy para aprender y menos para hacer retratos. ¿Hay algo más difícil que el retrato? Me vi a mí mismo calculando el tiempo de exposición, la luz, y todo lo demás. Me parecía una auténtica desfachatez siquiera intentarlo. Así que tendrían que ser fotos muy primarias, casuales, en las que el aparato decidiera todo. De ahí a usar una cámara de fotos instantáneas Polaroid solo hubo un paso. Podía acceder a una, y generaba una agradable sensación de libro de viaje, de diario en forma de retratos, de instantes que se quisieron guardar más allá de la frontera digital. Era el medio perfecto. 
Entonces se me ocurrió el título. Hace años estuvieron muy de moda las exposiciones de ¨Las Edades del Hombre”. Fueron un hito expositivo. Pero poco a poco adquirieron cierta organización seriada, de franquicia, y empezaron los problemas. Acudí a un par de ediciones, una de ellas en Ponferrada, que dejaban mucho que desear. No en cuanto al entorno o las piezas escogidas, sino a la torpeza a la hora de presentarlas. Recuerdo cartelas en las que asomaba el pegamento “Imedio”, y no estaban muy regularmente cortadas; piezas sujetas con alambres o nylon mal anudado y una fina capa de polvo sobre las vitrinas. Un sinónimo de decrepitud, de trabajo mal hecho y de chapuza. Justo por eso se me ocurrió llamar a mi pieza “Los Rostros del Hombre”. Una idea que podía ser ambiciosa, o incluso interesante, pero se daba de bruces con la realidad: carezco de talento artístico. Así que todo iba a ser del estilo de los trabajos de pretecnología, que estudiábamos en EGB, y que tanto me hicieron sufrir. Papel cartón pluma DIN A3, fotos instantáneas en papel Zero Zink hechas con Polaroid, o al menos impresas en Polaroid. Mientras se ajustara al formato, deseché pronto la idea de hacer los 30 retratos con la cámara: es dificilísimo contar con 30 personas en un plazo de un par de semanas, así que finalmente no me importó hacer las fotos con el móvil y luego imprimirlas a través de la cámara instantánea. Y como ya Duchamp nos enseñó que no hace falta hacer el arte para crear el arte, a algunas personas que quería que estuvieran en el mosaico, pero con las que era imposible quedar, les pedí que se hicieran un retrato, a ser posible no selfie, y que me lo enviaran. También valía, me di cuenta, para lo que pretendía hacer. 
Cuando empecé a pensar en las personas que quería que formaran parte del mosaico, creí que lo hacía por sus rasgos o por su semblante. Me di cuenta enseguida de que aunque había algo de eso, la verdad es que quería que todos tuvieran una conexión emocional conmigo, de variada intensidad, pero que por alguna razón mi vida estuviera en contacto con ellos. No soy persona de grandes gestos amistosos, lo sé, pero si forjo una amistad, la mantengo aunque pasen años sin vernos o hablándonos más bien poco. Cuando hice fotos a personas por las que tengo alguna forma de rechazo, caí en la cuenta de que necesitaba sentir afecto genuino y positivo por todos los protagonistas de la pieza. 
Así pues, las obras de arte a veces tienen una razón de ser que uno mismo no descubre hasta que se pregunta “¿por qué estoy haciendo o sintiendo esto?
Siguiendo el aspecto “manualidad”, pensé en pegamentos industriales para adherir la foto al soporte, pero al final opté por las puntas adhesivas, ese método que usaban nuestros abuelos para poner las fotos a los álbumes, que antaño no eran autoadhesivos. Daba más aire de viaje y de memoria, mientras seguía jugando con los materiales pobres y baratos propios del alumno de primaria. 
No voy a negar que llamar a la obra “Los Rostros del Hombre” pero retratar indistintamente a hombres y mujeres formaba parte del juego. En la norma de la inclusividad, era un pequeño guiño, un juego ideológico que no necesito reflexionar ni razonar. Muchas de las mujeres a las que fotografié me decían “pero yo no soy un hombre”, y una de ellas me confesó que era curioso como ahora, cuando no se usaba el lenguaje “inclusivo”, tendía a sentirse excluida, algo que no le había pasado nunca. Surgió una línea de reflexión: ¿Las mujeres se sentían excluidas o les han enseñado a sentirse excluidas? Tengo muchas dudas con el lenguaje inclusivo, pero como es algo a lo que no doy la más mínima importancia en mi vida, tampoco he perdido mucho el tiempo con ello. 
Mi obra tenía por tanto otro elemento “gamberro”, nada transgresor, que era ser conceptualmente exclusiva pero objetualmente inclusiva. Pero aún no era un discurso intelectual. Ese llegó con el primer y único “no”. Estaba preparado para que algunas personas se negaran a salir en mi mosaico por pudor, por cautela o por lo que fuese. Pero no había contado con que alguien se negara por cuestiones ideológicas. Y salió. Una amiga se negó a participar indicando que no se sentía cómoda porque el nombre no era inclusivo y ella, que tiene que producir muchos textos, se empeñaba en hacerlos inclusivos sin caer en la inoperancia. No hubo discusión, puesto que el que no quisiera estar no iba a estar, no pensaba presionar ni insistir a nadie. Me llamó la atención, sin embargo, que se sintiera excluida por el título, pero no cuando yo le dije que “quería solo fotos de amigos”. Y cuando irónicamente se lo hice ver, me dejó claro que no se había sentido excluida por usar la palabra “amigos” en lugar de “amigos y amigas”.
De pronto la obra se llenó de discurso. No hay exclusión en la conversación informal de dos personas, usando el masculino como género neutro, pero sí la hay cuando lo usas en un contexto que va a ser público, y por tanto, exponerte. Reconozco que entonces la reflexión que me habían hecho acerca de sentirse excluidas “ahora” donde no lo habían sentido “antes” tenía mucho que ver con no sentirse excluida en un contexto doméstico o intrascendente, pero sí en un contexto público. Lo que unido a la idea del feminismo y los espacios tradicionales estaba liando una madeja demasiado divertida como para dejarla correr.
Entonces se me ocurrió otra lectura, otra forma de encarar el tema. ¿No puede el rostro de una mujer, o un rostro femenino, ser a la vez el rostro de un hombre, o mejor, uno de los rostros que puede poseer un hombre? No me hizo falta dedicarle demasiado esfuerzo. Me puse en los extremos. 
Una persona conservadora, que considere que todo eso del género son zarandajas, de las que dicen “no soy machista ni feminista”, ¿aceptará que una mujer pueda simbolizar el rostro de un hombre? La respuesta es tajante: Sí. Por supuesto. Si usamos los papeles tradicionales y rancios empleados para definir a la mujer como madre, como complemento o como perpetuadora de una estirpe, claro que una mujer puede ser una forma de los rostros del hombre; dado que para surgir el hombre necesita la concurrencia de una mujer en el sentido más biológico del término, que luego deriva en moral. Ideas tantas veces escuchadas, del tipo “respeta a las mujeres porque tu madre es mujer”; “el matrimonio solo puede definir el vinculo entre hombre y mujer que implica la fundación de una familia”; o una de mis favoritas, “un niño necesita un padre y una madre para poder desarrollarse”; se llenan aquí de sentido. Así que por el extremo de la derecha, un mosaico titulado “Los Rostros del Hombre” puede contar con retratos de mujer. 
En el caso del otro extremo, la izquierda, una persona convencida hasta sus últimas consecuencias de la llamada “ideología de género”, empapada del activismo LGTBI, en brazos de la última ola del feminismo, que no contabilizo porque ya he perdido la cuenta, aceptaría, promovería, aplaudiría e incluso obligaría a que entre “Los Rostros del Hombre” hubiera retratos de mujeres. El sexo pertenece a la “psique”, el género es “constructo”, hay hombres con cuerpo de mujer y mujeres con cuerpo de hombre. Se ha terminado la frontera entre géneros, algo en lo que estoy razonablemente de acuerdo. Así que no sólo un rostro femenino puede ser parte de “Los Rostros del Hombre” sino que puede ser el rostro de un hombre. 
¿Sucedería lo mismo al revés? En el papel, como idea abstracta, sí. Como realidad presentada ante la sociedad, sospecho que no. 
Así iba la obra, pues, con discurso intelectual, con discurso formal, incluso con transgresión conceptual y objetual. Esa idea inicial, volátil, epidérmica, de pronto adquiría forma y era “presentable”. La puntilla final al discurso “manualidad pretecnológica” lo iba a dar el enmarcado, total y absolutamente industrial y pret a porter
El proceso de crear comenzó a convertirse en algo serio, divertido, gratificante, vivificador, y absolutamente imprescindible para mí. En unos días especialmente estresantes por proyectos laborales, que al final se tornan también en vitales; hacer la obra de arte fue una válvula de escape, algo en lo que me sorprendía pensando en mis tiempos muertos, que desplazaba mi mente hacia algo diferente y agradable. Convencer a los amigos, difundir la exposición, pedir consejos, ir haciendo las fotos e imprimiéndolas, una a una, la compra de los materiales… Todo me produjo una gran sensación de realidad, y sobre todo, se hizo trascendente, pese a que me lo planteé desde el comienzo como un divertimento, y no pienso dedicarme jamás al arte. Obsesionado por no hacer un producto técnicamente deplorable: que estuviera, al menos, bien presentado. Me da igual que me digan que el concepto o la idea no son buenos. Lo que me negaba es a que el objeto estuviera mal acabado. 
Cada decisión, cada momento de la obra, ha sido al final objeto de reflexión. Más o menos rápida, pero de reflexión al fin. Nada ha sido casual. 
Usar cartón pluma de 5 mm. ¿blanco o negro? ¿autoadhesivo o mantener la idea de las puntas? Si las fotos van en color, el blanco era lo mejor para servir de soporte. Así que fue blanco. El autoadhesivo restaba a la idea una porción de originalidad, así que fueron, definitivamente, las puntas el procedimiento elegido para fijar las fotos al soporte. Tengo los suficientes conocimientos en conservación como para saber que la mejor forma de enmarcar una foto, o un conjunto de fotos, y también a causa del soporte en cartón, es necesario usar paspartú. Caso contrario, el papel entra en contacto con el cristal y al final la humedad condensada hacia el centro de la pieza iría arruinándola. Es para sonrojarse: estaba pensando en la obsolescencia, de una obra de arte menor hecha por un aficionado, como si tuviera que resistir cien años; porque ese proceso de condensación de humedad y deterioro de la obra desde el centro hacia el exterior es a largo plazo. Así que yo, ¡oh artista!, me preocupaba por la permanencia, por la conservación, por la posteridad. Esa idea que renació en el arte allá por el S. XIV., en Italia. 
No soy artista, pero hacer esa obra me estaba obligando a plantearme como pensaría un artista. Corrijo, como pensaría la imagen romántica que uno intuye que es un artista, y que en mi caso tiene que ver con un ideal anticuado. 
Lo siguiente fue elegir paspartú. De nuevo el color, y de nuevo se impuso el blanco. Pero ningún paspartú prefabricado tiene las dimensiones de hueco exactas que yo necesitaba. No tenía tiempo de un enmarcado profesional, además se alejaba de mi idea de arte barato y pret a porter, que exigía un enmarcado hágaselo usted mismo. Las empresas de enmarcación no cortan paspartús que no monten ellos, lo que me pareció, por cierto, absurdo. Así que allí estaba yo, con un paspartú prefabricado que entraba como un guante en el marco escogido, de aluminio dorado muy discreto, pero que no se adecuaba a las dimensiones de la pieza. 
Debo retrasar un momento la resolución de tal arduo problema, para hablar de cómo se dispusieron las fotos en el soporte. Por un cálculo equivocado tanto mío como de la amiga que me asesoró, en un formato DIN A3 pesamos que cabían 30 fotos de 5 x 7,6 cm., que es el tamaño de las fotos instantáneas. Lo que pasa es que hicimos el calculo en bruto, de manera geométrica, sin darnos cuenta de que yo planeaba dejar un espacio entre retrato y retrato. Así solo cabían 25. Pero ya había comprometido a 30 personas, y no podía quitar a nadie: me parecía traición. Otra vez vuelta a pensar. ¿Servirá? Una pequeña prueba, con una línea sobre un simple folio, dio la respuesta: ¡sí!. Además incluso quedaba mejor que la idea original. Lo que pasaba es que sobraban dos centímetros de soporte por el lado superior y otros dos por el inferior. Para que no quedara mal, se escondería con el paspartú. Con mucho miedo, trazando dos leves lineas en el cartón pluma con un lápiz, a dos centímetros de los bordes superior y e inferior, comenzó el pegado de las fotos. Fue lento, para que ninguna se torciera, para que todo estuviera regulado, para que las puntas no se montaran unas sobre otras y quedara irremediablemente mal. Pero salió. 
Debo añadir que el orden también fue motivo de reflexión. ¿Cómo ordenar las fotografías? Fue curioso, pero cada vez que elegía un criterio, me sentía más encorsetado e incómodo. Así que al final decidí que las fotos aparecieran en el mosaico en el orden estricto en el que las había hecho o recibido. Tenía sentido y forma. Además, pasaron cosas curiosas. Personas de la misma familia quedaron en eje vertical u horizontal, y la persona más anciana quedó entre los dos más jóvenes. Como una regresión del Omega hacia el Alfa, mi madre, anciana de 86 años, está junto a Jaime, un chaval de 18. Hay que fijarse en esas dos fotos y en esas dos expresiones. La fina ironía de la anciana, de vuelta de todo, que mira con sorna al objetivo. El muchacho que comienza a ser hombre, con tanta vida y tanto talento por delante, que mira a la cámara con vergüenza adolescente. Todo de forma casual, porque mi capacidad como retratista es inexistente. 
Llegó el momento de cortar el paspartú manualmente. Si con el pegado de las fotos ya sufrí, porque mis miedos de niño torpe en EGB se sucedieron uno tras otro, nadie puede imaginar el terror que supuso cortar el paspartú. Con escuadra, cartabón, recordando lo que me habían enseñado mis profesores de plástica, tracé el recuadro a cortar. Con dos gruesos cristales sirviendo de soporte y de guía para la cuchilla del cúter, adquirido en el chino de la esquina, realicé la operación. Intenté hacerlo con seguridad y sereno. Sorprendentemente para mí, no fue mal. No se arruinó el paspartú, no me corté un dedo, no rajé la mesa. Hay un pequeño, muy pequeño, fallo, pero lo arreglé limando el cartón y es casi imperceptible. Ahora que lo estoy contando, supongo que alguien lo encontrará. Limpié el cristal, el marco, y monté la pieza. Quedaba perfecta. La colgué en la pared. Pedí opiniones. Omar Jerez dijo sí. Julia Martínez dijo sí. Reconozco,  espero que Omar no se moleste, que confío plenamente en Julia: si me salía una porquería, iba a decírmelo, y yo le iba a agradecer la sinceridad. Omar es incapaz de hacer ese tipo de actos, le cuesta decirle a cualquiera, y más a un amigo “esa obra no vale ni para exponer en una guardería junto al mural hecho con macarrones”. Julia sí lo diría, por eso me sentí especialmente orgulloso cuando con gesto serio me dijo “ha quedado muy bien, bien escogidos todos los elementos” y, sobre todo, cuando remató con “¿sabes que siguiendo con esta idea podrías hacer una serie?”. 
Había obra. De aficionado, pero había obra. Y yo me sentía orgulloso.

Quiero contar que durante el proceso conocí a otra de las invitadas a exponer, Marta Martínez, y descubrí que estaba tan entusiasmada e inmersa en el proyecto como yo. Así que esto era contagioso. Y pude ver antes que nadie la obra de otro de los autores, Óscar García, privilegio que mi amistad con Omar y Julia y me pareció sinceramente buena. 

De todas las ideas que bullen en la mente artística de Omar Jerez, ciclotímica, caótica, a ratos paranoide, brutalmente creativa y sobre todo elevada y libre; ordenadas pacientemente por la ortodoxia necesaria de Julia Martínez; una de ellas estaba confirmándose. Por el mero hecho de no ser artistas, pero vivir o haber vivido por y para el arte desde muy diversas dimensiones, los participantes de “Somos o no somos” nos estábamos tomando el trabajo muy en serio, para que el resultado final fuera digno, estuviera bien acabado, fuera merecedor de ser exhibido. Quede claro que no me refiero a mi obra a la hora de hacer la siguiente afirmación: Va a haber más coherencia y respeto por el espectador en esta exposición que en algunas a las que he ido a lo largo de mi vida ejecutadas por artistas profesionales. 
         Vergüenza, sentido del ridículo, honestidad y sobre todo, amor por el arte.  

       He dejado para el final el motivo gamberro que fue origen de la obra. Entre todos los hombres y mujeres que aparecen en el mosaico, se iba a colar, con total intención, el retrato de Goloso, uno de los perros que conviven con mi esposo Gian Carlo y conmigo. Omar y Julia siempre describen a Goloso como el animal con más expresión humana que han visto. Otras personas lo habían dicho antes. Yo también lo pienso. Hay unas claves objetivas: sus orejas, que usa de un modo especialmente peculiar según su estado de ánimo; el pelo de adolescente alborotado; pero sobre todo los ojos, que ya a sus 8 años se han vuelto naranjas, pero que en su infancia eran totalmente amarillos. Esas dos llamas anaranjadas en ese rostro son capaces de expresar tanto o más que una persona. Si nos fijamos fuinciona, como uno más, retrato a retrato. Expresa, dice, habla. No trato de humanizar al animal, no es esa la intención de mi discurso; aunque habrá quien lo piense así y será igualmente válido. Sólo era un juego. Que el espectador vaya paseando por los retratos, uno a uno, y que en un momento exclame “¡un perro!”, y se pregunte qué hace allí, y busque una explicación, y lo relacione con el título, “Los Rostros del Hombre”, y tome una decisión. Que se divierta. No he humanizado al animal, porque no hay nada que me parezca más engreído, petulante y deshonesto por parte del ser humano. Si acaso me interesara ir por ahí, animalizaría al ser humano. Pero, lo prometo, no ha sido por eso. Sólo son un pequeño juego y una pequeña gamberrada, para cerrar a su vez el  enorme juego y la enorme gamberrada en los que Omar Jerez y Julia Martínez me zambulleron. 
Los Rostros del Hombre” es un mosaico de fotos instantáneas hechas en papel Zero Zink para Polaroid adheridas con puntas plásticas Hoffman a un soporte de cartón pluma DIN A3 de 5 mm. de grosor. Presentado en marco de aluminio dorado con cristal y paspartú de cartón, todo también marca Hoffman. El coste total ha sido de 105,5 €. Como Omar Jerez y Julia Martínez quieren que el asunto llegue hasta sus últimas consecuencias, había que ponerle un precio. Calculé el tiempo invertido en horas, decidí “pagármelas” alrededor de 5 € cada una, y para obtener un pequeño beneficio final, condición sine qua non impuesta por el comisario, está a la venta por 200 €. Hasta ahí me obligaron a pensar, y reconozco que no fue fácil. De hecho el precio inicial que pensé le pareció a todo el mundo tan ridículo que me vi a mí mismo regateando con Omar, Julia y mi esposo, Gian Carlo, alma del proyecto a quien necesito dedicárselo; porque ellos me proponían cifras astronómicas con las que no me sentía, en absoluto, cómodo. Es una cantidad de consenso, no la que me gustaría. 

Los retratados, a los que debo una inmensa gratitud, y que se lanzaron con entusiasmo a ayudarme, son los siguientes, por orden de aparición, leído de izquierda a derecha y de arriba a abajo. 

  1. Juan Carlos González del Valle Silva
  2. Jazmín Alejandra Ibarrola Luján
  3. Julieta Viñas Arjona
  4. Victor Méndez Álvarez
  5. Nacho Blas Alonso  
  6. Cecilia Gallego de Torres 
  7. Ramón Villahoz Castrillejo
  8. David López Hernando 
  9. Javier Pertíñez Moreno
  10. David Delgado Baudet
  11. Omar Jerez
  12. Julia Martínez
  13. Gian Carlo Paoli
  14. Goloso
  15. Eugenio A. García de Paredes Pérez
  16. Eduardo González García
  17. Mónica Gómez Panés
  18. Martín Sánchez Nuñez
  19. Rosalía González López
  20. Héber García Fernández
  21. Joaquín Carrasco Muñoz Rodríguez
  22. Paloma Escuriola Llorens
  23. Francisco Barbery Tortosa
  24. Jorge Luis Paoli
  25. Carmen Yi Dolores
  26. John Steven Duque Martínez
  27. Raquel Vallejo Porras
  28. Antonio Rosales Salvo
  29. Mency Pérez Fernández
  30. Jaime Sánchez Gallego


Son mis rostros del hombre, 10 mujeres, 19 hombres, 1 perro. Desde los 18 a los 86 años, cubren casi todas las décadas de una vida, salvo el intervalo de 71 a 80. Son amigos, familia, conocidos, pero importantes por razones que me callo. Están todos los escenarios de mi vida, están muchos de mis afectos, y casi todas mis dimensiones.