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lunes, 3 de agosto de 2020

De libros: "Dios Salve el Arte Contemporáneo" de Óscar García García.

Cuando un historiador del arte, un profesor de historia, un especialista, un académico de cualquier pelaje, o un cuñado con estudios; se enfrenta a las obras de divulgación, normalmente lo hace con demasiados prejuicios. Es relativamente normal. Estamos acostumbrados a estudiar nuestra disciplina a través de libros de investigación formales, con sus notas a pie de página, sus referencias, sus tesis y propuestas, su camisilla y su canesú. Cae en nuestras manos una obra de divulgación y, ya desde el principio, la recibimos con cierto mohín de soberbia indiferente o falta de curiosidad. Es cierto que muchas obras de divulgación son malas. Mienten, engañan, falsean la realidad, o, algo que siempre me ha molestado muchísimo, trata al espectador como un imbécil al que se le esconden parte de las dimensiones de un tema porque "no va a poderlo entender". O lo explica "de andar por casa" porque eres un pobre idiota. Ese ha sido mi caballo de batalla como profesor desde hace 25 años, porque nunca entendí por qué, en historia, como en otras disciplinas, a los niños o a los adolescentes, por eso de "adaptar los contenidos a su edad" les falseamos algunos de ellos, o no entramos en lo realmente importante. Cuando me he lanzado de lleno a contenidos que, teóricamente, mis alumnos no iban a entender, me ha fascinado no solo que lo entiendan, sino que lo hacen con total normalidad.


Entonces aparece Óscar García García, director de la PAC (Plataforma de Arte Contemporáneo) y escribe este libro, "Dios Salve el Arte Contemporáneo" (las versales son mías), y demuestra que se puede hacer divulgación sin mentir, siendo coherente, siendo muy preciso y certero, siendo académicamente intachable y, además, con un magnífico sentido del humor. Cuando terminé este pequeño ensayo, estuve un buen rato dándole vueltas al propio concepto de "divulgar". ¿Es este un libro de divulgación? ¿Por qué? ¿Porque no tiene notas a pie de página, ni ha bebido de archivos ni, realmente, presenta una sesuda investigación? Créanme que aún no he acabado de responderme a mí mismo esa pregunta. Porque lo que hace Óscar García García con su libro es sistematizar, ordenar, presentar y exponer con una perspectiva intelectualmente perfecta un pedazo, muy grande, del arte contemporáneo, y lo hace en 200 páginas, construyendo un discurso sólido y bien estructurado que nos pide más, como lectores. Nos empuja a entender y a colaborar. 

©Planeta

Óscar García García escribe muy bien, y eso es lo primero que se agradece. Parece una perogrullada que todo el que escriba y edite, sobre todo en una gran casa como es "Planeta", a través del mítico sello "Paidós", lo deba hacer bien. Pero últimamente es menos normal de lo que parece. Hay mucha gente que edita y publica pero no escribe bien. Eso no quiere decir que no haya coherencia sintáctica o gramatical, o que en suma la redacción sea incorrecta. Pero sucede que ni tienen estilo, ni consiguen mantener la tensión, ni saben diferenciar entre un clímax narrativo y una alcachofa. Obras que te ahogan desde el principio hasta el final con una solemnidad y una tensión que excede totalmente la historia, o, por el contrario, que te aburren hasta llevarte al borde del coma. Así que el hecho de que aparezca un tipo con estilo, con sentido de la escritura y con estructura formal, se agradece sobremanera, y eso Óscar García García lo cumple casi canónicamente. Sintético, preciso y claro, disecciona el arte más actual con un fino lenguaje irónico que mantienen el pulso (he leído el libro en apenas una tarde, no podía soltarlo). Pero es que además de escribir bien y con un gran sentido del humor, el sistema que elige para exponer la realidad del arte más actual (con cierta reverencia por el arte urbano, se le nota), es paradójico: los pecados capitales y los artistas de hoy (un hoy relativo, algunos llevan años criando malvas). Se me antoja un sistema al uso, tradicional desde el punto de vista conceptual, para sin embargo zambullirse en propuestas novedosas, arriesgadas y, a veces, muy difíciles de entender para el gran público. Pero sucede que Óscar García García, porque se dedica a ello y porque sin duda se sumerge a diario en el arte más inmediato, no solo lo comprende muy bien, sino que sabe explicárnoslo con total esmero. ¡Ay! cuántas conferencias y cuántos textos sobre autores actuales he tenido que tragarme desde mi juventud en los que para comprender una palabra había que hacer un auténtico ejercicio de fe y poner toda tu carne intelectual en el asador. Pero en este libro no. Aquí, discursos estéticos que pueden resultar difíciles de explicar, como es el caso de Ángela de la Cruz o Takashi Murakami, por elegir dos de ellos, se nos presentan diáfanos, limpios y libres de polvo y paja (sobre todo de paja, no es un libro nada complaciente consigo mismo). Es un don, es muy difícil, y hay que aplaudir a Óscar García García por ello, porque ha escrito un libro de arte que podría ser muy difícil de aceptar o asumir por el espectador, pero lo ha hecho con una claridad tan exacta que no deja indiferente. Conceptos como performance, happening, instalación, etc., aparecen tan bien definidos como situados en el contexto artístico. Por cierto, también hay pinceladas, sin sumergirse demasiado pero generando un discurso paralelo, a la visión femenina y feminista del arte; no estaría mal que el autor se plantee un libro al respecto con los mismos mimbres que ha tejido éste. 


Pero no es una mera descripción expositiva de artistas y artes a través de un hilo conductor que puede resultar extravagante (al fin y al cabo, es un método analítico, y resulta tan certero e interesante como muchos otros). Es también un ensayo sólido, aunque escondido, sobre el propio discurrir del Arte Contemporáneo. El prólogo, la introducción y el epílogo son textos independientes dignos de aparecer en cualquier revista especializada, y de eso sí que entiendo algo porque me pasé década y media de mi vida publicando y trabajando alrededor de esas revistas. Si fuera un catedrático al uso, Óscar García García habría llenado esos tres apartados de su libro de mucha decoración filosófica, alta estética, hermenéutica, cuarto y mitad de palabrería en latín o griego, algo de Platón, por supuesto los existencialistas y dos o tres filósofos más de relleno; pero no lo hace, ni falta que le hace, y con ello consigue algo que es, créanme, muy difícil: escribir un texto sobre arte contemporáneo con un sólido arranque y un cierre conceptual preciso que además puede entender con solvencia cualquier lector. Pero sin bajar la guardia, sin disfrazarlo de "si no lo explico así, no lo vais a entender". Personalmente, pienso usar esa introducción y ese epílogo en mis clases el próximo curso con mis alumnos, y me estoy planteando incluso un proyecto que gire alrededor de este libro. En un marco académico en el que empleamos meses, años, para exponer y explicar al arte hasta principios del S. XIX y nunca logramos difundir el arte posterior con la misma intensidad, creo que hacen falta más libros como este. 

En cuanto a la edición, un señor mayor, que es lo que yo soy, echa de menos que aparezcan muchas más ilustraciones e imágenes de las que tiene. Es curioso que un libro de arte no tenga ni una imagen fotográfica de las obras o los artistas que desgrana. No sé si es una cuestión de editorial, pues un libro de arte ilustrado es evidentemente más caro; o si es una decisión formal del autor, porque es cierto que me he visto a mí mismo leyendo sobre los diferentes artistas y usando google a la vez para buscar imágenes que me permitieran entender mejor lo que leía. En algún lugar al comienzo del libro, Óscar García García hace ese guiño, y lo dice abiertamente, sugiriendo al espectador que busque y googlee. Eso lo conecta con una generación acostumbrada a ello, los famosos nativos digitales. No significa que yo no sea capaz, que lo soy perfectamente, pero aún así la pereza (ese pecado capital de tan alto rendimiento artístico) y la perspectiva me hacen soñar con una edición de "Dios Salve el Arte Contemporáneo" ilustrada con profusión. 

Quiero terminar esta reseña no solo recomendando encarecidamente leer este libro, sino también glosar un poco la labor de Óscar García García al frente de una institución de gran importancia para la difusión artística, la Pac o "Plataforma de Arte Contemporáneo" que sin duda es, hoy por hoy, el punto de encuentro y difusión artístico más importante de nuestro país, un espacio en el que confluyen estudios, propuestas, informaciones y convocatorias; pero también iniciativas y proyectos propios que la convierten no solo en un agente difusor sino también creador de arte y de discusión estética. Aquí tienes el enlace:


Conocí a Óscar García García muy brevemente al final de la primavera de 2019 porque ambos fuimos invitados a participar de un evento artístico, él en serio, yo creo que en broma porque estoy bastante lejos de los demás participantes. Luego lo volví a ver cuando presentó este libro. Apenas hemos cruzados un par de conversaciones amables y poco más. Pero tanto en esos breves encuentros como en su actividad en redes, que sigo con fruición, se desprende algo que esta obra refleja desde la primera a la última palabra: Óscar García García ama el arte contemporáneo, lo vive, se desvive, y se ha propuesto trabajar por y para él, con un entusiasmo que sin duda será capaz de contagiar hasta al lector más escéptico, Me emocionó que entienda, como yo, el arte como la única actividad que realmente diferencia al ser humano con el resto de animales, porque es algo que siempre he defendido en mis clases, a veces con poco éxito (los filólogos siempre dicen que es el lenguaje el verdadero hecho diferencial). "Dios Salve el Arte Contemporáneo" (ojo al matiz "el" no "al", que tiene más enjundia de lo que parece) está publicada por Paidós para Planeta, y se puede encontrar en cualquier librería. 

jueves, 13 de junio de 2019

Mi presentación del libro "Susanita no perdió su ratón" de Julia Martínez en la editorial Libros Indie.



Discurso de presentación del libro de Julia Martínez Fernández "Susanita no perdió su ratón", editado por Libros Indie en Madrid el pasado mes de mayo. El acto de presentación, en "La Bicicleta Café" se desarrolló con mucho éxito el pasado 11 de junio de 2019.

Se indica qué fotos son propiedad de Julia Martínez y están publicadas en su instagram @jul_mtz. También puedes encontrarla en Twitter como @jul_mf , y en Facebook como Julia Martínez Fernández. Nos ha autorizado para la puiblicación en este blog.

Si quieres adquirir el libro puedes hacerlo a través de Libros Indie (https://librosindie.com/), ponerte en contacto con la autora a través de redes o puedes enviarme un comentario.

Este es el libro de una mujer agazapada. Se desarrolla en una pequeña terraza llena de cadáveres vegetales, con ella sentada en una silla minúscula ante una mesita aún más diminuta, si cabe. No es casual, es el escenario mínimo de una mujer que nunca quiere estar ni aparecer. Allí, un café humeante, uno, dos o tres cigarrillos compulsivos; unos vecinos que resultan historias fascinantes cuando no tienes que vivir con ellos, y un cáncer.


Porque el ratón de Susanita tiene cáncer. No una “penosa enfermedad”. Cáncer que tendrá que operarse, que implicará extirpaciones, y una angustiosa recuperación.

El cáncer y la muerte son dos temas tabú para nuestra sociedad. No nos gusta mirarlos ni reflejarnos en su espejo. Nos incomoda. A veces incluso lo sacralizamos y le damos un valor que no tiene. El cáncer no es más que una enfermedad. Difícil de tratar, genera ansiedad, miedo y rechazo. No sabemos cómo actuar cuando alguien nos cuenta que lo está padeciendo. Somos tan hipócritas con el asunto que no queremos hablar de él ni asumirlo, y damos respingos cuando alguien lo banaliza: un chiste, una ilustración o un comentario. A este respecto, aunque Julia es fotógrafa y es lógico que lo que ilustre este libro sean fotos, lo cierto es que en origen llevaba acompañando unas lindísimas ilustraciones, hechas al tiempo que se escribía el diario, algo naif, algo infantiles, que han desaparecido de la edición final pero espero se puedan recuperar en un futuro. Llevaban a la sonrisa y a la reflexión. Habrá quien piense que ilustrar como si fuera un libro infantil un diario de guerra contra el cáncer sea macabro. Pero se equivocan, sin paliativos. Ante el cáncer, ante la muerte, no somos más que niños pequeños, vulnerables y que balbucean; pero sin inocencia ni ingenuidad. Me gustan los dibujos que Julia diseñó junto a este diario porque acercaban una tierna sonrisa cabal a un periodo de intensa perturbación.

Porque cuando el cáncer, la muerte, toca a tu puerta, lo que sigue es un cataclismo de brutal perturbación. Esa mujer escondida en su rinconcito hace recuento cada día de lo sucedido y de lo que va a suceder, porque el resto de su tiempo le toca dejarse llevar y entrar en el torbellino que la agenda del cáncer impone.
Foto de Julia Martínez Fernández
Te sirves un café, te vas a un rincón, fumas, y organizas el día sin tiempo para nada más. De todo esto va la historia que nos cuenta Julia Martínez, agazapada en la terraza. Por eso yo he agradecido tanto este libro, porque espero que con su tímida poesía sirva para hacer reflexionar a alguien sobre la necesidad de un apoyo efectivo y profesional hacia los enfermos y sus familias, porque el post cáncer puede ser arrasador y el estrés muchas veces se cronifica.

Julia y su ratón llevaron en silencio el cáncer y no nos hicieron partícipes del mismo hasta que pasó, o casi. Por lo menos hasta que se atisbó el final. No solo fue un acto de calculada intimidad, que todos comprendemos. También fue una reacción común. Las familias que viven el cáncer rara vez lo visibilizan porque tienen miedo de la reacción de los otros, que la mayor parte de las veces son más agobiantes que la soledad. No sabemos reaccionar ante el cáncer, e incluso huimos de él. Te ahorras las caras, la forzada amabilidad y los silencios incómodos. Callas y actúas.
Por eso este libro es un diario de soledades. No nos engañemos. Por mucha compañía, mucho tuit solidario, pañuelo rosa o maratón de apoyo, lo cierto es que los enfermos de cáncer están bastante solos, y así han de pasar su enfermedad. Son prioritarios, y su ansiedad, su dolor y su pánico se sitúan por encima de todos los demás. ¿Y quiénes son los demás? Los que los acompañan. Esos vivimos una doble soledad, porque nadie nos hace caso, nadie nos consulta ni nos pregunta cómo estamos. Ponemos a nuestro enfermo por delante de cualquier otra necesidad, y si te quejas o lo comentas parece que eres un desalmado. “Joder, su marido con cáncer y ella quejándose de lo mal que lo pasa”. Así que nos callamos y aguantamos. Meditamos, o no, en silencio. Lloramos, o no, cuando nadie nos ve. Somos el acompañante, el que coge de la mano, el que consuela, el que organiza todo para encajar la agenda del cáncer en la vida familiar; y muchas veces somos el sparring silencioso, porque nuestro enfermo dirige hacia nosotros su frustración y su miedo. Y tú te aguantas.

Por todo ello, esta es también una historia de amor, de lealtad y de amistad. De dos que caminan juntos por el puente que les ha tocado cruzar, dando traspiés, pero juntos y cogidos de la mano. La cita en el médico, las horas que pasan, la espera mientras están extirpando, la insensibilidad de los sanitarios, que necesitan insensibilizarse; el miedo, los gritos, la injusticia y la esperanza. Julia narra en este diario, en tan pocas páginas, todas las dimensiones posibles de un viaje, incierto, que hoy podemos celebrar porque casi ha llegado a su fin.

Ha escrito un libro que refleja su sentido del arte. Mínimo, sin elementos añadidos, sin rocallas. Simple y blanco, lírico y luminoso. Menos es más. Si ya está ahí, ¿para qué lo repites? Si una hoja seca expresa lo mismo que 20, ahórrate 19.
Foto de Julia Martínez Fernández
Pero Julia es una excepcional artista. Como fotógrafa tiene pocos rivales en su dominio profesional. Como artista de performance sabe dar siempre exactamente en el clavo y limpiar de chatarra ideas que se perderían de otra forma. Sabe poner límites, procesar, y cree poco en las musas y mucho en el trabajo.  Este libro es un ejemplo de ese menos es más con el que Julia practica su oficio. Intensos sentimientos, intenso relato, expresado aquí con austeridad de medios, como una gramática precisa. Simpleza y concreción para expresar un universo de sentimientos y sensaciones que a veces asfixian.
Foto de Julia Martínez Fernández
Ahí está Julia sola, escondida tras su mesa en la terraza. Observa y analiza. Como ha hecho siempre. Detrás de su guardapolvos negro, o de García Alix, o de algún cantante desolado, y últimamente a la espalda de Omar Jerez. Incluso hoy quiso esconderse detrás de mí. Pero hoy no puede. Es la única escritora del mundo enfadada por tener que presentar su libro. Ella habría preferido no estar aquí y ahora, cuando hable, va a pasar un mal rato. No es el foco, ni la notoriedad, lo que le interesa, es lo que le sobra. Pero ya va siendo hora de que salga a la luz. Este libro es el ejemplo talentoso de un gran espíritu artístico, de los mejores que pululan por Madrid. Un talento que llega a la excelencia, con un discurso coherente y rico en matices, poco condescendiente, nada abandonado al pensamiento único o a las tendencias. Quiero y espero que Julia se muestre ya delante de todos reafirmando una personalidad artística que necesitamos. Solo me resta darle las gracias por este regalo, animar a todos a leerlo porque sin duda les enriquecerá, y quiero terminar poniendo a Julia en un aprieto con una pregunta con cuya respuesta me gustaría que iniciara su intervención. Julia ¿para cuándo esa ansiada exposición individual de fotografía en una galería especializada?

Muchas gracias.


viernes, 5 de enero de 2018

De exposiciones: Giorgio de Chirico en Madrid.


El Caixaforum de Madrid presenta la que es sin duda una de las grandes exposiciones de la temporada en la capital: El mundo de Giorgio de Chirico. Y lo hace muy bien. Un espacio de exposición bien organizado, con guiños arquitectónicos a la obra de Chirico, como son los arcos de las plazas romanas; y una enorme cantidad de obras. Este es el único “pero” que le pongo: me parece que se exceden en el número de piezas, y que un 10% menos no habría menoscabado el mensaje. Pero son cuestiones personales, cada vez me gustan menos las exposiciones monumentales e inalcanzables. Tampoco esta pretende serlo, pero cuando con dos o tres obras ya dejas clara una idea, no entiendo la necesidad de poner doce. 


La exposición se articula en torno a 6 espacios: Retratos y autorretratos, Interiores metafísicos, Plazas de Italia y maniquíes, Historia y Naturaleza, Baños misteriosos y Mundo Clásico y gladiadores. No se puede negar que es completa y que con esos simples 6 títulos resumen la obra de un pintor que falleció con 90 años y que estuvo pintando incansablemente durante al menos 70 de los mismos. 
Retratos y autorretratos es posiblemente uno de los capítulos que mejor describe las habilidades técnicas del pintor. Cambia totalmente su paleta, su manera de entender la pintura, su imaginario personal, y se lanza al género desde el respeto a sus cánones, a su tradición, pero añadiendo un componente personal, que es la obsesión por mostrar la intimidad del personaje a través, las más veces, de un sentido irónico que refleja el gesto, la mirada, o la postura. El Chirico que en sus interiores metafísicos o sus maniquíes resulta frío, descarnado, se vuelve en el retrato íntimo y expresivo, usando una paleta de colores y un conjunto de recursos que sin embargo no están en el resto de su obra. Para eso sirven estas retrospectivas, para entender a un artista en la amplitud de su obra. Porque personalmente conocía poco a Chirico, apenas lo que aprendí de él en la carrera, y desde luego las imágenes que tenía de él eran las propias de su pintura metafísica. 


Y eso es lo que aparece en la sección Interiores metafísicos, que Chirico explotó en dos periodos de su carrera: en los años 10 y 20 del S. XX y en el final de su vida, desde 1969 en adelante. Los interiores metafísicos funcionan todos de la misma forma: una habitación con un punto de fuga muy acusado, en cuyo centro se distribuyen una serie de objetos sin relación aparente, algunos de los cuales no deberían estar allí: utensilios de pintor, como escuadras y cartabones, junto a templos romanos, una playa, un barco… Es una idea propia de la pintura de Chirico que repitió hasta el final de sus días: introducir el exterior en interior, y el interior en el exterior. Una ventana al fondo nos lleva a un paisaje diferente, de ciudad, de campo, que se contrapone al caótico interior y que recuerda el recurso del cuadro dentro del cuadro, a veces intencionado. No podemos olvidar que otras vanguardias se estaban desarrollando por Europa en esos momentos, en un mundo que se agitaba entre dos grandes traumas, que fueron las Guerras Mundiales. Frente a la rapidez y la máquina de los Futuristas aparecen las escenas subyugantes, misteriosas y “detenidas” de Chirico. Frente a las “naturalezas muertas” de la tradición italiana, española, e incluso de Cezanne, las “vidas silenciosas”, contraposición casi ideológica que se desarrolla plenamente en estos interiores. 



Así continua en Plazas de Italia y maniquíes, donde aparecen dos de sus símbolos más reconocibles. Esas perspectivas centralizadas donde arcos de medio punto limpios y esquemáticos nos llevan hacia un punto de fuga donde podemos encontrar una fuente, una torre, que recuerda siempre a la de Pisa, una escultura sin ojos… Todo nimbado por un maravilloso cielo que se degrada en verde hasta convertirse en amarillo en la línea de horizonte… Y en medio de esa nada, con un recurso que recuerda a Dalí, seres humanos diminutos que pasean y proyectan una larga sombra o un tren que cruza la línea de horizonte antes citada y del que mana una nube de vapor. Es la ciudad renacentista de Perugino y Rafael revisitada, deshumanizada, perturbadora, y a decir de Chirico, nietzschiana. Esa misma idea es la de los maniquíes, seres sin rostro, con muñones que recuerdan apliques metálicos como brazos, y que se prestan en los cuadros a ser trovadores, héroes mitológicos, seres vacíos de expresión y en la nada. Apuesta misma por la frontera entre la realidad y la irrealidad, entre la vida y la muerte, personajes sin sentimientos, deshumanizados, de espaldas, y finalmente, grotescos. Pienso, luego existo, dijo el filosofo. La existencia es anterior al pensamiento, respondió otro. Nietzsche desmenuza al ser humano, al yo. Chirico trata de darle una respuesta pictórica. Cuando contraponemos los maniquíes a los retratos, parecen dos pintores, dos discursos, diferentes. 


En los Baños misteriosos surge un hombre desnudo sumergido/incrustado en un parquet. En paisajes abiertos, donde incluso aparece agua “real”, azul y sin forma, los hombres desnudos se sumergen en el parquet siempre contenido en recipientes pequeños y cerrados, más cisternas que piscinas. A su alrededor, objetos típicos de playa: casetas, flotadores, juguetes, entre los cuales se sientan hombres pulcramente vestidos con traje. Una diálogo entre pasado y presente, entre mito y realidad. 


En plena Segunda Guerra Mundial, Chirico redescubre el Clasicismo bajo los prismas renacentista y barroco, con especial mención a Rubens. Colores hasta ahora vedados al autor, una luminosidad diferente, acogen reflexiones pictóricas basadas en mitos, donde una evolución de sus maniquíes se convierte en personaje reconocible, como por ejemplo Edipo, y se mueve en un espacio con referentes arquitectónicos clásicos y paisajes rocosos. A veces, reflejos arquitectónicos de civilizaciones perdidas aparecen en el regazo de los personajes, idea que derivará en los “arqueólogos”, personajes representados con una gran sensación de autoridad que portan en su interior esos pueblos perdidos y que han de rescatar para nosotros. 

Por último, el apartado de la exposición que personalmente más me interesó fue el del Mundo clásico y gladiadores. Según Chirico, los gladiadores eran un enigma. Verlos luchar denodadamente en escenas congeladas dentro de apartamentos burguesas se convierte en una imagen perturbadora. El Mundo clásico redescubierto a partir de escenas con caballos que trotan en playas plagadas de ruinas grecolatinas, evocaciones de Alejandro, de una tradición mediterránea que Chirico quiere recuperar para sus obsesiones. Esos paisajes, esos movimientos, esos hombres y esos caballos, significaron para mí, junto a los retratos, lo más interesante de la muestra.
Junto a los cuadros, diversas esculturas, muchas de las cuales son transposiciones en tres dimensiones de personajes pictóricos. Muy interesantes sobre todo las de bronce plateado, que aumenta la sensación de deshumanización e inexpresividad, y los arqueólogos monumentales, que recuerdan de lejos la escultura etrusca. 

El problema es que salí decepcionado. Recordaba a Chirico de otra forma, en las lecciones que me dieron mis viejos profesores de la universidad. Pensaba en un pintor que no me encontré. Formas repetidas hasta la saciedad, fruto de obsesiones artísticas e intelectuales pero también de la comercialización del arte que muchas veces provoca que si una idea funciona y se vende, se multiplica más allá de lo debido. Entendido el discurso intelectual más o menos rápidamente, la repetición de los mismos motivos agota al espectador más que lo agita. Al final de la exposición tuve la sensación de haber estado conociendo a un pintor repetitivo, constante, lleno de invariantes, que pintó lo mismo, la misma idea, durante 70 años. Tampoco me convenció desde el punto de vista técnico, pues salvo sus retratos su pintura me pareció limitada en recursos. Obviamente es lo que pretendía, porque alguien capaz de desarrollar su expresividad del modo que lo hace en los retratos no tiene por qué resultar tan naif en el resto de sus obras si no es por un acto consciente. En líneas generales, me pareció un discurso intenso y misterioso, pero basado en conceptos que se reiteran sin grandes evoluciones formales, ni intelectuales. Sin duda un gran pintor, pero no el que yo esperaba ni el que más me llena. El resumen final, el viejo y agotado caballo - collage que nos despide en la exposición, obra de 1975. La exposición termina el 18 de febrero y no debes perdértela. 

Caixaforum.
Paseo del Prado 36
28014, Madrid












De exposiciones: "Arts & Crafts" en Madrid.


La Fundación Juan March nos invita a la exposición “William Morris y compañía: el movimiento Arts & Crafts en Gran Bretaña”, en su sede de Madrid. En líneas generales, me ha parecido una muestra excelente, que recorre muy bien la andadura de Morris y sus colaboradores y amigos, y que resume un periodo en el que arte, artesanía y proceso Industrial se dieron de la mano para engalanar las viviendas de la burguesía capitalista, aunque con intenciones, muchos de ellos eran abiertamente socialistas o comunistas, de extenderlo a toda la sociedad; que por otro lado no podía permitírselo. Era la primera paradoja: intentando huir de la serialización impuesta por la industria, genera un producto de calidad pero imposible de adquirir para las clases más desfavorecidas, que sólo se podrán hacer con este tipo de objeto si se fabrica a gran escala, relegando el proceso artesanal. 

         Como siempre, la Fundación Juan March se caracteriza por hacer un magnífico diseño de la exposición, que se recorre con facilidad y con comodidad, permitiendo gozar de las piezas expuestas y de reflexionar sobre ellas. Desde la “Red House” hasta la internacionalización del movimiento, la muestra no se deja casi nada en el tintero. Y todo eso con 300 piezas, que son muchísimas, pero que se presentan al espectador sin agotarlo (cosa que me ha sucedido en otras exposiciones que he visitado estos mismos días). 
Desde la influencia del neogótico de Pugin, pasando por Walter Scott, Ruskin, los prerrafaelistas y, como no, las nuevas tecnologías, “Arts & Crafts” terminó definiéndose como uno de los movimientos más fácilmente reconocibles y cuya influencia más perdura en el tiempo. Morris, Burne - Jones, Dante Gabriel Rossetti, entre otros, generaron un universo de formas que luego la compañía “Morris, Marshall, Faulkner & Co.” supo explotar en un conjunto de diseños y artículos decorativos que los hicieron inmensamente populares. Todo empezó con telas bordadas, azulejos pintados a mano y vidrieras; pero pronto siguieron jarrones, bandejas, relojes, objetos humildes pero bellísimos para la vida cotidiana, muebles; y al fin estancias completas y edificios. 


           Renovaron los oficios que la industria y los nuevos materiales estaban postergando, dotándolos de unos nuevos estándares de calidad e incluyéndolos otra vez en la sociedad europea. Desde el cuero hasta la tipografía, pasando por escayolas, cristales, bordados, esmaltados… Un intento novedoso y exitoso de renacimiento cultural que se ramificó en la enseñanza con las Escuelas de Artes y Oficios. Curiosamente, la melancolía que Morris y compañía mostraban con respecto a la vida rural y el campesinado , los paraísos perdidos, no tiene nada que ver con la expansión de sus ideas y de su movimiento, que es un fenómeno netamente urbano. Una paradoja más de Morris. Socialista influido por Marx que trabaja para engalanar la sociedad burguesa, renovador de los oficios que consolidó la industrialización de las artes decorativas, un nostálgico del campo que debía su éxito al desarrollo de la ciudad. E incluso ayudó a la expansión económica de algunas de ellas. Morris es un exponente de la encrucijada que fue el S. XIX, en el que Romanticismo e industria peleaban por el corazón mismo de las artes y del pensamiento.


De ahí, al mundo, a través del Art Nouveau, Sezession, Mackintosh, Wright… Los ideales de Morris alcanzaron el corazón del diseño industrial en occidente, y ahí se han quedado, para siempre. La exposición de la Fundación Juan March nos muestra todo esto, y muchísimo más, bien organizada, bien ordenada, en un espacio diáfano y aprovechado. Termina el 21 de enero, espero que no te la pierdas, porque merece la pena, así como su excepcional catálogo, que tiene un precio razonable de acuerdo a la calidad de su diseño, encuadernación e impresión. 

Fundación Juan March, Calle Castelló 77, Madrid, 28006. 


martes, 3 de marzo de 2009

Zonas de riesgo en el Caixaforum de Madrid

Con este título presenta el Caixaforum de Madrid una exhibición con un puñado de obras pertenecientes a la Colección de Arte Contemporáneo de la Fundación La Caixa, y que estará en Madrid entre el 11 de febrero y el 3 de mayo. La muestra se explica como un intento de mostrar el arte de frontera, aquel que se mueve entre la globalización y los conflictos que ésta produce. Pero no se refiere a conflictos bélicos, como el título parece proponer, sino que se trata de las zonas de riesgo de la existencia, de la deshumanización, de una sociedad en peligro por focos multicasuales que polarizan y atomizan la realidad con un único denominador común: el tránsito desde la contemporáneidad a lo que sea que nos toca vivir. Fundamentalismos, sinergías Norte - Sur, liberalización u opresión de la mujer, subcultura de masas, inmigración (entendida como flujos de seres humanos sin destino), cambio, permanencia, soledad, interacciones e incongruencias.
Los artistas que componen la propuesta son heterogéneos, y así es también la diferencia de lenguajes y vehículos utilizados para la expresión; aunque el videoarte (hoy infoarte, dvdarte, o como quieras llamarlo) es una parte fundamental en casi todos ellos (no es tan importante el arte objeto, sino la expresión del mismo ante el espectador en forma de relato filmado). Alguna de las obras expuestas, como todo lo que rodea estas exposiciones a caballo entre el arte conceptual y el arte objeto (homenaje tantos años después a Simón Marchán), son un poco espúreas, o como a mí me gusta decir, un poco "pues vale", porque esa es la cara que se te queda después de verlas. Pero en general no es mala exposición y el espectador no saldrá indiferente, ni defraudado, ni con cara de tonto. Casi todas las obras tienen un cómo y un por qué, y se llega a conclusiones concretas. Otra cosa es que el producto de esas conclusiones nos interese. A mí sí, en líneas generales.
De toda la exposición, que no voy a resumir porque no tengo tanta memoria, destaco sobre todo tres obras que me gustaron mucho. La primera es la video obra de la finlandesa Elija-Liisa Ahtila, titulada "Servicio de consolación", a caballo entre el documental y el cortometraje dramático, gira alrededor de la ruptura en una pareja y el reflexivo - racional - emocional proceso que se establece, con la ayuda de una consultora - asesora, que dirige los pasos de la pareja para facilitar el tránsito hacia la soledad. Se mueve entre la perplejidad y la tristeza, muy escandinava en su frío retrato de la inanidad del ser contemporáneo, con un final anunciado entre justicia poética y realismo mágico. Se proyecta en dos pantallas con puntos de vista diferentes. Aquí tenéis un fotograma casi del final.
La segunda obra que me gustó es del albanés Adrián Paci, y tiene un título que es en sí mismo una realidad pero también una incongruencia: Centro di permanenza temporanea. Permanencia y temporalidad, por separado, parecen conceptos opuestos, en el mundo de la emigración son una realidad que convive. Es un video montaje de unos cinco minutos en los que un tropel de hombres y mujeres de piel tostada y multiétnicos (ningún blanco europeo o anglosajón) van subiendo la escalerilla de un avión, en medio de un aeropuerto. Tras una incesante marcha, descubrimos que al final de la escalerilla no hay aeronave, con lo cual un conjunto de inmigrantes se queda encerrado en esa escalerilla, al aire libre, lejos del suelo, sin poder moverse, mientras a su alrededor más y más aviones despegan y aterrizan. La contraposición de ideas del título se convierte en contraposición de imágenes en la frontera entre dos mundos, en la incongruencia que ocupa hoy casi esquizofrénicamente, las relaciones entre el mundo desarrollado y el subdesarrollo, entre esos hombres y mujeres encerrados en una escalerilla mientras tú y yo, nosotros, nos movemos libremente en aviones seguros y confortables.


La tercera de las obras que me gustó es A morir del mexicano Miguel Ángel Ríos. El autor reunió a una veintena de los mejores lanzadores de peonza de México (una tradición muy arraigada en ese país) y dontándolos de peonzas negras y marcando un tablero blanco en el suelo, los invita a jugar. Sin entender muy bien las reglas del juego, lo único que tenemos es la filmación de las peonzas girando, entrando una y otra vez en el tablero, proyectadas sobre tres paredes con tres ángulos de cámara distintos. Se termina convirtiendo en muchas cosas: la propia sensualidad del movimiento y del sonido de las peonzas, y una clara metáfora sobre la salvaje y futil (a la vez que rápida) expresión actual de las relaciones sociales. Es la más estética de todas las ideas que vi en la exposición, aunque no la más extravagante. También es la más sencilla y, ¿por qué no usar ese adjetivo?, la más hermosa.
Yo no dudaría en ir si andara por Madrid. Esta exposición merece la pena.