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viernes, 20 de marzo de 2020

Cosas de música: "La Traviata" durante la cuarentena.

Mi recomendación musical de hoy es "La Traviata", de Verdi. Me parece la ópera perfecta para iniciarse en este mundo, si a alguien le apetece, y también si simplemente sientes curiosidad.
Además hoy la fui escuchando camino del trabajo, y reconozco que me hizo el día, llegué muy contento tras escuchar el alegre, y redondo, primer acto.
Resumiendo mucho, el papel de Violetta, la protagonista, tiene una gran dificultad para la soprano porque exige una gran agilidad en el primer acto (una ligera o coloratura podría ser perfecta) pero en los dos actos siguientes la tesitura se hace más pesante, y entran en juego las líricas spinto, sopranos de más peso vocal. Por eso es muy raro que una soprano mantenga el papel en su repertorio toda su vida, normalmente es para sopranos jóvenes y en la primera mitad de su carrera. Es un papel difícil y lucido, porque es sobre quien recae el peso de la representación. Canta muchísimo, y puedes tener un Alfredo y un Germont fabulosos, pero si Violetta falla, la representación va a ser un auténtico aburrimiento.
Hay cierta unanimidad en el mundo - cierta, he dicho cierta - al señalar que en el campo de las óperas grabadas las grandes Violetta del S. XX fueron, por orden cronológico, Maria Callas, Joan Sutherland, y Montserrat Caballé. Sin desmerecer a la gran Mirella Freni, por ejemplo, o a otras muy notables. 
Curiosamente, una de las Violetta que menos se ponen como ejemplo es Renata Tebaldi, y a decir de muchos, yo incluido, es la que mejor dio con el perfil interpretativo del personaje: Violetta es una cortesana de mediados del S. XIX, así que su aspecto debería ser un poco más mundano que la señorita bien como suele representársele. Y eso la Tebaldi lo consiguió con creces: su Violetta es una mujer de mundo con cierto grado de refinada vulgaridad. Pero musicalmente el acto I sel e escapa del todo. 
La Violetta de Maria Callas tiene un mordiente dramático notable, y se maneja bien en los tres actos, especialmente en el segundo, algo pasada de rosca en el tercero. Su Violetta es de alto voltaje. 
- Por supuesto, joven, música y drama, yo soy una actriz vibrante que siente lo que canta, sin olvidar nada de la partitura, el drama es lo que me inspira. 
- Bueno sí, Señora Callas, pero sus recitativos a veces son un poco de Gracita Morales, y en la escena de la carta parece usted Lady Macbeth.
- Errrr... ¡Hum! Mire, yo estoy directamente en la Gloria, y esto no son más que palabras de loco que se le ocurren en la mente, a mí me deja en paz, mentecato.
Anda con la mofletes, qué carácter..!

En el caso de Joan Sutherland, el Acto I es perfecto para su lucimiento, y tiene una voz bella y limpia, con tendencia al agudo, que la hace absolutamente placentera. Eso sí, el drama en el acto II se le escapa un poco, y hasta el dúo con Alfredo, el acto III le queda un poco frío. Las notas están todas, y ella es una máquina musical inmensa. Su Violetta es memorable.
- Por supuesto, joven, no hay partitura que se me resista y mi Violetta responde perfectamente a la partitura y su dificultad, que yo ataco sin vacilación.
- Vale, Dame Joan, pero es que esos diptonguitos australianos y esas erres imposibles, 50 años cantando en italiano y no logró aprenderlo jamás. Cuando lee la carta parece que está analizando la factura del gas...
- Esto... ¡Hum! Mire, yo estoy en la Gloria, como ha dicho aquí la Tita María, y no estoy para locuras de un zumbado que tras una semana de cuarentena se inventa diálogos con divas que solo están en su cabeza. Así que a mí me deja en paz, litlle bastard!
Anda con la mentones, menudos humos..!
En el caso de Montserrat, responde con solvencia al Acto I, y en el II y el III funciona perfectamente, redondeando bastante el personaje, aunque no esperemos ni un sobreagudo ni ninguna floritura que no esté en la partitura. Va de menos a más, y cierra el personaje con bastante calidad. Su Violetta es impecable.
- Por supuesto, joven, ni sobreagudos ni añadidos, la música suena mejor cuando se hace como la escribieron los compositores, y yo solo soy el vehículo del autor.
- Bueno, Montserrat, pero en "Don Carlo" bien que alargaban el agudo final hasta lo imposible saltándote la partitura a la torera, o convertías en pianísimos, a veces, lo que no aparecía tan delicadamente escrito en la partitura...
- ¿Cómo se atre..? ¡Hum!, mire, como ya le han dicho la Tita Maria y la prima Joan, yo estoy en la Gloria tan ricamente y no tengo el día para aguantar fans acérrimos que enloquecen por el confinamiento y tienen que hacerse los guays en redes sociales. Le recomiendo que salga y se ventile... ¡Huy perdón! si no puede, ¡mamarracho!
Anda con la michelines, qué mala hostia!
Vale pues, mi favorita es la de Montserrat, primera ópera que me compré en mi vida, y segunda que escuché completa. Tenía yo 18 añitos... Con un Carlo Bergonzi espectacular (el mejor Alfredo que yo conozca) y un Sherrill Milnes a veces denostado pero que a mí siempre me embelesó. Lástima de director, Prêtre, que se le va la mano un poco con el rubato, especialmente en el dúo de Violetta con su suegro.
Espero que la disfrutéis si os animais!








sábado, 27 de octubre de 2018

Montserrat Caballé a través de sus interpretaciones (2)

Siguiendo con la idea que expuse hace un par de semanas, intento explicar algunos de los aspectos que más me interesan de la figura de Montserrat Caballé, a través de algunas de mis grabaciones predilectas. Esta quizás extrañe a muchos, porque ni es la mejor de sus grabaciones, aunque es excepcional, ni desde luego está entre los grandes papeles de Montserrat. Se trata del personaje de Amalia de la ópera "I masnadieri" de Verdi. Una de las obras de juventud del maestro, compuesta expresamente para la Royal Opera House, que fue un pequeño fracaso en su momento, y que desde luego no está entre sus obras más inspiradas. Un argumento algo delirante y de cartón piedra, personajes que tienen escondidos puñales por todos lados, y momentos de auténtico "chumba chumba pum pum pum", sobre todo en los dúos entre los protagonistas. Lamberto Gardelli dirigió para Philips una producción con un elenco de campanillas: Montserrat Caballé, Carlo Bergonzi (qué pena que sus dúos sean tan rematadamente malos cuando ellos están formidables), Piero Cappuccilli y Ruggiero Raimondi. Las intervenciones de Montserrat en solitario son formidables, aunque a lo largo de la grabación hay momentos en los que pareciera que está cantando de un modo un tanto frío. La partitura no da para más. El primer aria, "Lo sguardo..." es de una belleza indescriptible. ¿Por qué, entonces, me quedo con esta segunda aria? Porque creo que resume muchos de los elementos esenciales de Caballé. Para empezar canta toda el aria en un hilo de voz que está al 60% de su capacidad (el porcentaje no me lo invento, realmente lo he leído en algún sitio y me gusta la idea y la cifra). En segundo lugar los acabados son preciosistas, elegantes, llenos de intencionalidad emocional. El control del sonido, asociado al fiato, es impecable, los pianísimos que tanto se esperan de Caballé están ahí, sin excesos. Pero sobre todo, desde mi punto de vista, son un reflejo de una de las obsesiones de Caballé: cumplir con la partitura. El tempo y el ritmo se mantienen de principio a fin sin que nada varíe para ayudar a la soprano, que no tiene ninguna dificultad en someterse a la batuta incluso forzando una pequeña floritura (minuto 2:54) final sin exigir que la orquesta se detenga. Tampoco es que Gardelli imponga un metrónomo estricto, hay fluidez, pero no caprichos. Para que se me entienda, habría que comparar esta grabación con la de otras sopranos, como Joan Sutherland, que sin embargo impone el ritmo adecuado a sus peculiaridades vocales. Luego viene la cabaletta, y Caballé, que no es una soprano de agilidad pero tiene la capacidad suficiente para atacar esta pieza, la canta de una forma prístina, sin fuegos artificiales, limpiamente y con un final espectacular. De nuevo propongo escuchar a Sutherland, donde la coloratura es el cómo y el por qué de su interpretación. Sutherland siempre cantará mejor las coloraturas, especialmente las muy veloces, pero aquí Caballé hace un cambio de registro dramático tan brutal, y expone la música con tanta claridad, que nos permite entender algo: una intérprete puede tomar una partitura casi olvidada, llena de telarañas, a ratos aburrida, y hacerla revivir e incluso elevarla gracias a sus facultades vocales, su técnica y su sentido de la musicalidad; sin sobrecargarla, forzarla ni excederse. Es una escena que me ha acompañado desde hace 30 años. La primera vez que la escuché me pareció de una belleza incomparable, luego entendí que era Caballé el vehículo de esa belleza, convirtiendo con rigor la partitura en un sonido lleno de sentido y de emoción. Sigue siendo, para mí, una de las prestaciones más bellas que Caballé ha dado en disco, por su simpleza, su sencillez y su humildad. De la triste melancolía serena del aria a la alegría de la cabaletta hay interpretación, del mayor nivel. Espero que te guste.



viernes, 7 de noviembre de 2014

Montserrat Caballé como Violeta Valery, en "La Traviata" de Verdi. Dallas, 1965.

Muchos de los aficionados a la ópera creen que el éxito internacional de Montserrat Caballé fue fruto de una casualidad, cuando fue llamada a toda prisa para sustituir a Marilyn Horne en el Carnegie Hall de Nueva York. Pero lo cierto es que, si bien esa sustitución la convirtió en estrella al más puro estilo americano, Montserrat se había ganado una sólida reputación en centroeuropa, y ya tenía cerrados importantísimos contratos en el circuito internacional: Festival de Glyndebourne y una "Traviata" en Dallas.  De otro modo no habría sido llamada para cantar en Nueva York sustituyendo a una de las divas más grandes de la historia de la ópera. 

Ya como estrella, encaró esos contratos, y por suerte tenemos grabación de ellos. Aquí está "La Traviata" de 1965 en Dallas, para que la disfrute el que quiera. Es curioso, también, constatar como Caballé hace una serie de guiños, en ese debut, a la gran dominadora del rol por entonces, que era Maria Callas. Excesos melodramáticos en unos cuantos momentos que no son nada normales en la catalana (atención al "Amami Alfredo!" y lo entenderás) y en un tempo inusual. No pasó un año y esos aspavientos cesaron: Caballé asumió el papel tal y como ella quería y sabía: más cerca de la partitura, más puro musicalmente, más hermoso en lo vocal. Aún así, es un pedazo de documento y vais a disfrutarlo mucho. 

Gracias a "Onegin", el fantasma desaparecido (¿por qué?) por publicarlo en youtube.


sábado, 26 de julio de 2014

El maestro de canto. Carlo Bergonzi, in memoriam.

La primera vez que escuché a Carlo Bergonzi fue en la mítica grabación de "La Traviata" para la RCA en la que compartía cartel con Montserrat Caballé. La registraron alrededor de 1968, y en ese momento, aunque parezca mentira, era de las primeras grabaciones integrales de ese título verdiano. También fue la primera ópera que escuché completa, y la primera que me compré en CD (unos años después). Yo debía estar en 2º o 3º de BUP, y no era ni mucho menos un melómano. Ni siquiera sabía demasiado de ópera, pero me estaba adentrando en ese género, de la mano Montserrat.
 
Por supuesto tampoco tenía ni idea de quién era Carlo Bergonzi. Mis conocimientos acerca de cantantes de ópera se limitaban a Plácido Domingo, José Carreras, Victoria de los Ángeles, Teresa Berganza, Alfredo Kraus, Maria Callas, Renata Tebaldi, Joan Sutherland, Birgit Nilsson  y Luciano Pavarotti.  No sabía de nadie más, y a estos los conocía o por los medios de comunicación o porque en mi afán por saberlo todo de Montserrat Caballé leía artículos en los que aparecían. También por conciertos o representaciones a los que me llevaron a rastras en mi infancia y adolescencia. No sabía de muchos más. Pocos años después mis horizontes eran más amplios. La pasión sustituyó a la curiosidad, la ópera se convirtió en la música que más me interesaba, y aprendí, estudié, comprendí y asimilé. El horizonte de cantantes que me interesaban y gustaban creció, también mi capacidad crítica. Mi gusto se asentó y se fijó. Empecé a disfrutar de la ópera desde el conocimiento. El arte se puede disfrutar de cualquier manera, siendo un auténtico analfabeto y no conociendo ni sabiendo nada sobre lo que se observa, lee o escucha; pero también desde el conocimiento que da el estudio y el análisis. Antes hubiera dicho que son dos formas "igualmente válidas y placenteras". Hoy no lo tengo tan claro, con los años me radicalizo. Creo que saber de arte permite disfrutar más. Lo que se hace más difícil es satisfacer tu criterio, que se torna más exigente o, dicho de otro modo, se eleva. 
Vuelvo a Carlo Bergonzi. Lo escuché sin saber nada de él, ni de canto, y me impresionó. Yo elegí esa grabación de "La Traviata" por Montserrat Caballé, evidentemente, el tenor me resultaba accesorio. Sin embargo sentí algunas cosas que eran nuevas para mí: una voz hermosa, dulce, que paladeaba cada palabra y, sobre todo, que empastaba perfectamente con la soprano. Empecé a investigar quién era ese cantante, busqué fotos, su historia... No era tan fácil, a mis 17 o 18 años no existía  internet. Así que buscar información sobre un tenor significaba irte a una biblioteca y bucear en enciclopedias musicales, revistas... En fin que fue un proceso lento, que sin embargo hoy anhelo.
Descubrí, por ejemplo, que se le consideraba el mejor cantante verdiano del siglo XX. También que había una dicho que afirmaba que no se podía apreciar la ópera hasta que se escuchaba a Bergonzi cantando en italiano y a Kraus en francés.  Leí una entrevista con el gran tenor Richard Tucker en la que acusaba a Bergonzi de tacaño, pesetero y aburrido, con una frase que casi recuerdo literalmente "Bergonzi sale, canta, y regresa corriendo a su casa con la maleta llena de dinero". Conocí que también se semejaba a Kraus por su seriedad y su especial dedicación a la técnica del canto; algo que, créeme, no era muy habitual en otros tenores de su época o inmediatamente anteriores (del Mónaco, Corelli, Di Stefano... tenían tanta idea de música como de física cuántica, aunque, ojo, eran grandes cantantes). Supongo que cuando tu voz no es especialmente grande, ni ancha, ni poderosa, tienes que aprender a usarla si quieres convertirte en estrella. Bergonzi, como Kraus, era un gran cantante sin una gran voz. Aquí entra mi propio criterio personal: siempre he preferido las voces académicas, estudiadas, de técnica solvente. Me da igual si el cantante tiene tal océano vocal que es capaz de despeinar a un espectador que se siente en lo alto del quinto piso del teatro. Si no veo técnica, ni siento musicalidad, me deja bastante frío. En definitiva, me gustan los cantantes que son, además, grandes músicos. Disfruto mucho más con ellos que con cualquier otro. Es, hoy en día, toda una declaración de principios. Me importa tres rábanos que Birgit Nilsson no tenga italianidad o carezca de los elementos básicos que debería tener una soprano para cantar Verdi porque, amigo mío, ¿te has detenido a pensar en lo bien que está cantada su "Aida", pese a todo? En la disputa entre Renata Tebaldi y Maria  Callas, para mí siempre ganará Tebaldi. No es cosa de belleza, cuidado: John Vickers poseía una voz que podía denominarse como fea, pero es un gran cantante. ¡Cómo disfruto escuchándolo!
  
El gusto musical, especialmente el operístico, está lleno de tics, de esnobismo y de estereotipos, y tiene también un fuerte componente emocional. Cuando un cantante te ha hecho vibrar y lo relacionas con una experiencia superior, tiendes a ponderarlo siempre por delante de otros, y encuentras en sus actuaciones los argumentos necesarios para ello. Lo mismo con los cantantes que detestas por la razón que sea. Ya no suelo meterme en discusiones sobre cantantes, porque lo he comprendido. Tampoco creo a ninguna persona que me afirme estar por encima de la "contaminación emocional". Es mentira. Nadie se deshace de ella jamás.
¿Esto es una entrada sobre Bergonzi o sobre mí? Pues las dos cosas. Ni tengo ganas, ni me parece práctico, llenar este post de datos discográficos y biográficos sobre Carlo Bergonzi. Eso lo puedes encontrar en unas doce mil páginas webs. Prefiero contarte lo que Bergonzi significa para mí. Y ya he dicho una gran parte, porque toda esa declaración de principios sobre lo que me gusta o no de un cantante lo aprendí de Montserrat Caballé, Carlo Bergonzi y Dietrich Ficher Dieskau. Luego se sumaron otros, como John Vickers, Nicolai Ghiaurov, Kathleen Ferrier o Elisabeth Schwarkopf. Pero esos tres cantantes fueron los primeros. Los tres con el mismo denominador común: grandes músicos. Por ende, grandes cantantes. 
Para mí Carlo Bergonzi es canto. Belleza en la voz, sin que sea su principal característica (Carreras, por ejemplo, posee, para mí, la voz más hermosa de tenor que conozco). Dominio del canto, de sus matices, de la técnica. Una proyección que atraviesa el auditorio. Un preciosista fraseo en el que cada palabra recibe una clara singularización relacionada con la música que la sustenta y está perfectamente silabeada. La pronunciación académica de un italiano solemne. Impecable conocimiento del estilo y sus exigencias. El valor musical de la partitura, que es lo que da sentido al significado de las palabras, al personaje que se interpreta. Hay cantantes que lo hacen de otra forma: primero el drama, y de él nace el canto. Yo prefiero a los que hacen el viaje al revés, porque nos recuerdan que la ópera no es una obra de teatro en la que casualmente se canta. La palabra está sujeta a la música. La música pone en relieve todas las características del significado de las palabras que el drama necesita. También del carácter del personaje que se interpreta. Decía una gran actriz shakespeariana, creo que Vanessa Redgrave, que no era capaz de entender como Montserrat Caballé podía cantar en un concierto la gran escena de Desdémona en "Otello" de Verdi dotándola de toda su fuerza dramática e intensidad sin necesidad de interpretar la ópera desde el principio, porque ella sería incapaz de hacerlo en un teatro.  No es que Montserrat sea mejor actriz shakespeariana, por supuesto, sino que tiene un apoyo fundamental: la música, que da sentido a todo lo que expresa. Aparte de, como no, la maestría, la genialidad y el oficio
Carlo Bergonzi representa todo eso. No lo escuchas y dices "qué gran voz" sino "qué gran cantante". Completo, casi soberbio en su canto, merece el apodo que le dio el público: "El Catedrático". Porque era eso, un maestro del canto, alguien capaz de plantarse en escena, bajito, barrigón, con un pelo imposible, vestido con una armadura que le sobraba por todos lados, y en el mismo momento en que cantaba "Se quel guerrier io fossi..." hasta el final de la ópera se convertía para el espectador, sin género de dudas, en el más joven, guapo y musculoso capitán de los ejércitos del Faraón; como Montserrat Caballé fue, en escena, una de las más creíbles "Salomé" de la historia de la música, pese a sus más de cien kilos y a su incapacidad para bailar la danza de los siete velos. Recuerdo una gala, creo que en honor del muy bruto director James Levine en el Metropolitan Opera House de Nueva York, en el que  Carlo Bergonzi, con muchos años, y más que retirado, se atrevió con una serie de páginas de "Luisa Miller", incluida el aria principal para tenor; e hizo palidecer a los demás participantes, todos ellos jóvenes y maduros cantantes en activo. 
He disfrutado siempre muchísimo con Carlo Bergonzi. Sus grabaciones de "Don Carlo" y de "Rigoletto", acompañado de Dietrich Fischer Dieskau, me resultan memorables, increíbles e inalcanzables; como sus dúos con Montserrat en "La Traviata", "Aida", la pésima "I masnadieri" y "Tosca". Ahora que hemos conocido la noticia de su muerte, y para recordarlo como se merece, pienso escuchar el cofre de Phillips que recopila todas las arias de Verdi que grabó. Si tuviera que elegir un único tenor que salvar para la posteridad, en un improbable escenario de pérdida total de la memoria humana; sería él, sin pensarlo dos veces. Ya no está entre nosotros, pero por suerte siempre contaremos con su presencia sonora. 

lunes, 26 de julio de 2010

Plácido Domingo - Simon Boccanegra en el Teatro Real de Madrid.

No pasarán por históricas las representaciones en Madrid de la ópera de Verdi Simon Boccanegra por su especial calidad o interés musical, pero sí serán unas representaciones a recordar porque en ellas vimos y escuchamos a Plácido Domingo realizando un papel de barítono. Él lo considera un peldaño importante en su carrera, que no un broche final, y lo anima, según se cuenta, a abordar más papeles baritonales en el futuro... No lo tengo tan claro, pero él, que es un animal escénico aparte de un gran cantante, sabrá.Como barítono, Plácido Domingo suena "raro". Las notas bajas le cuestan, salen a veces con cierto ensanche, otras con algo de gola, pero en ningún caso de forma natural, aunque tampoco importa demasiado, no molesta. El problema es que, conocedores como somos de la voz de Plácido, uno, cuando empieza a subir, está esperando esos fortes brillantes que le caracterizan, y aquí, claro, por la tesitura, no aparecen. No es, además, Simon Boccanegra, un papel de lucimiento al uso. No hay arias, ni grandes solos, sino que la mayor parte de la calidad y cualidad de la partitura reside en la fuerza y dramatización. Es un papel, no me malinterpretes, muy exigente, y duro, casi diría que áspero. Y en el terreno de la dramatización a Plácido, hoy en día, no le gana nadie. Es un buen artista, un animal escénico, que si bien tiene tics y a veces me pone nervioso como actor, se entrega y trabaja como nadie. Musicalmente, hace el papel con dignidad y nervio, con oficio, y sale bien parado, bien lejos de convertirse en un Simon referencial. Es "suyo", el "suyo", sin más. Me interesó mucho su enrega escénica y cómo comprendió al personaje, humanizado, verdaderamente entregado a eso que dice al final de primer acto, la paz y el amor. Personaje que lo ha vivido todo, que lo ha sufrido todo, que no le interesa el poder por el poder, sino hacer algo con ese poder, conseguir una meta, una unidad, una patria común (idea que realmente Verdi explota con interés político e ideológico evidente debidos los tiempos que le tocan vivir, no obstante el famoso Viva Verdi se había convertido en grito de guerra para los unificadores de una patria que aún estaba en pañales). Ese, el hombre, con sus tristezas, grande por su propia vida y por su propio ideario más que por sus hechos, entregado a la melancolía de no conocer el paredero de su hija, doliente por la pérdida de la mujer amada y los rencores que había generado su amor ilícito. Ese es "su" Simon. El que no tiene miedo de morir una vez encuentra a su hija y se reconcilia con sus enemigos. Pero también el fiero, impresionante, Dux de Génova que reconoce al traidor Paolo y dirige la terrible escena de la maldición. Me puso los pelos de punta. Sin desfallecer, sin un sólo momento de descanso, el muy estudiado Simon de Plácido Domingo comenzó y terminó con nervio y brío, desgranándose, sabiendo su cómo, su qué, y su por qué. Increíble, también, la manera en que cae al suelo, a sus 70 años, como un fardo, a la hora de morir. Entrega total, y eso lo supo agradecer el público.
Otra noche de similar calidad no habría cosechado 25 minutos de aplausos, que a todas luces son exagerados, pero se estaba aplaudiendo algo más, no sólo una noche, ni una entrega, ni siquiera una carrera. Se estaba aplaudiendo para dar las gracias a Plácido y perdirle que siga ahí, que Madrid lo espera siempre. Nunca he sido dominguista. Me parece un gran tenor, un cantante más que correcto y dotado de una técnica sui generis. Pero por muy buenas que me parezcan sus interpretaciones, siempre encuentro otro tenor que me gusta más. Si es Otello, que representa con indudable calidad, ahí está Jon Vickers, que me llena mucho más. Si es Don Carlo, lo encuentro mejor terminado por Bergonzi. Y así suma y sigue, salvo quizás el Des Grieux, de Manon Lescaut de Puccini, donde si me parece referencial... Aunque esa ópera me resbala un poco. Pero pese a eso, cada vez que escucho en vivo a Domingo me parece un cantante espectacular, por su entrega, y disfruto mucho con sus representaciones. No llegó la de Madrid a la altura de las Die Walküre del Liceo hace dos años, pero aún así, su magnífico trabajo llegó a impresionarme. Hay que darle las gracias por noches así. Aunque he de decir que Simon Boccanegra me parece un tostonazo. Prólogo y primer acto, salvo la última escena, para no repetir jamás. Segundo acto ya mucho mejor.La impresentable Angela Gheorghiu dio la espantada, una vez más. Esta chica siempre cancela, salvo en Londres, donde no tiene narices para hacerlo. Lo que no entiendo es por qué siguen contratándola. Es una diva en el sentido más aborrecible del término. Vaga y mala profesional, porque las divas (Callas, Caballé, Freni, Schwarkopf, Nilsson, Sutherland, etc.) se distinguen no por sus caprichos sino por su seriedad. Madrid la va a recibir de uñas la próxima vez. Que no creo que sea, y lo escribo dos días antes, el próximo 28 de julio. Esa no canta más en el Real este año. Un día después de escribir esta entrada puedo confirmar que la Gheorghiu no cantará la función que le queda... Del Moral tuvo que salir a informarnos (todo tuvo que ser muy súbito), y se le notó que decía lo que pensaba. La mala noticia es que la Señora Gheorghiu no cantará por una indisposición, pero la buena es que en su lugar saldrá la Señora Inva Mula. Es decir, estoy harto de la caprichosa esa, y os ofrezco algo igual o mejor. Con dos narices. Inva Mula es una soprano demasiado ligera para el papel, cursi hasta la saciedad, muy mala actriz y con poca capacidad de expresión, y sobre todo fría hasta el témpano. No me convenció nada, o más bien poco, como siempre que la escucho, y además su dicción es tan penosa que no logré entender una palabra de lo que decía. Además, esos momentos en los que anuncia, claramente atended, atended, que voy a hacer una cosita en plan Caballé y tres minutos más tarde ahora voy a hacer otra, ahora otra, atentos... Aunque a la segunda no le salió. Pero se llevó el gato al agua, sobre todo de un público harto de la Gheorghiu, que además cuentan las crónicas no se sabe el papel. Inva Mula es muy seria, acostumbrada ya a ser casi la cover oficial de Angelita, pues ha tenido que sustituirla más de una vez en las espantadas de la Sra. o Ex Sra. de Alagna, y hay que agradecerle el esfuerzo que hizo. Triunfó, y se consagró en una noche especial: con toda la presencia mediáticas, con la Plaza de Oriente llena de espectadores que seguían la retrasmisión en una pantalla gigante, y en presencia de Su Majestad la Reina Doña Sofía. Es una profesional, y no tiene mala voz, pero a mí no me convence.Para mí las sorpresas de la noche fueron Ferrucio Furlanetto, bajo que no me gusta demasiado pero que estuvo impresionante, sobre todo al final de la ópera (en el prólogo más discutible), con una voz hiriente y terrible que supo dulcificarse en el perdón; y sobre todo Ángel Ódena como Paolo, a quien si bien critiqué en el pasado en alguna función, esta noche me gustó a rabiar. Fue el traidor perfecto, con una presencia escénica imponente, y una voz que se a oscurecido y ensanchado para tomar cuerpo. Un hallazgo, lo seguiré en el futuro con fruición.Ya he hablado alguna vez de Marcello Giordani en este blog, si quieres pincha aquí y lo podrás comprobar. Es un tenor inusual hoy en día, de voz potente y amplia, pero no me acaba de gustar porque creo que matiza poco, es sucio en la resolución de los versos, tiene problemas de afinación y francamente no me gusta su línea de canto. Aunque, como dice una amiga mía, tiene una italianidad inmensa (esto sea leido entre carcajadas).La puesta en escena, de Giancarlo del Monaco, fue correcta, con momentos muy poéticos, ese escenario en mármol blanco sobre el que se mueven personajes en rojo y gris, la idea de la pantalla con el mar de fondo... Ayudaba a la acción, no entorpecía, era plástica, pero tampoco aportaba mucho más para lo que se cacareó en su momento. La orquesta, irregular. Poco fina de volumen, sobre todo en los vientos. Dirigía ese que por fin se despide del Real, otro vago a la par que soberbio que además para despedirse ha hecho una entrevista poniendo a parir a sus dirigidos, especialmente al coro. Hay que ser de una pasta especial para hacer algo así, desde mi punto de vista. Y lo llamo vago porque si esta orquesta suena bien con otros directores, y con él siempre pifia, por algo será. Muy aplaudido, ojo, yo creo que más bien por lo que de despedida tienen estas representaciones.Las anécdotas de la noche las protagonicé yo, por partida doble. Primero porque estaba la Ministra de Cultura, Seña Sinde, en el vestíbulo y dije a media voz "La ministra, cuidado con la cartera" y hubo ciertas risas a mi alrededor (creo que la ministra me oyó, por suerte no me mandó un guardaespaldas, porque estos la libertad de expresión la entienden como la entienden). La segunda parte fue que cuando estábamos en el segundo piso esperando, al final de la ópera, que el elenco pasara hacia la terraza, donde iban a saludar al público congregado en la Plaza de Oriente, vi barullo, creí que era Plácido Domingo, empecé a aplaudir y grité ¡Bravo!... Y resultó que en ese momento pasaba... ¡¡¡López Cobos!!! Los que me conocen se morían de la risa. Sí, yo braveé a López Cobos. Lo que me faltaba.Una noche emocionante, diferente, divertida y de las que se sale con franca emoción. Añadido, además, la presencia de Su Majestad la Reina. Para un monárquico como yo, poder ver a Su Majestad pasar por tu lado a medio metro en dos ocasiones, e incluso sentir que te mira y te sonríe, fue muy bonito. Gracias, Majestad, por acompañarnos una noche así. Como una campeona, resistió en el Palco Real hasta que se apagaron los últimos aplausos, y salió a saludar al público de la Plaza con dignidad y humildad, a petición de Plácido Domingo, y sin querer, en ningún caso restarle protagonismo. En los tiempos que corren, cuando tanta gente absurda dice tantas cosas absurdas de nuestra monarquía (¡ojo! no me refiero a los Republicanos de buena fe), fue fantástico ver a Su Majestad entrar y salir del Teatro entre los aplausos de su pueblo.
Pero hasta en el Paraiso hubo una serpiente. La Señora de Zapatero, una vez más, en el escenario porque no llega a fin de mes y le quita el puesto a un músico que a lo mejor lo necesita más que ella. Pero eso no fue lo peor, sino cuando las cámaras internas del Teatro, esas que están para que las personas sin visibilidad o que tienen su entrada en las plazas más altas puedan seguir la escena, la enfocaron directamente y la tuvimos que ver a gran pantalla. No se hizo con nadie más del coro. Vergonzoso. Lo pongo en letra pequeña porque a mí esta señora no me mancha la entrada en el blog.

lunes, 22 de junio de 2009

Rigoletto en el Teatro Real... Irregular pero interesante.


Asistí a la representación del domingo 21 de “Rigoletto” en el Teatro Real de Madrid. No había leído una sola palabra sobre esta representación, si digna de leer, ni indigna, porque me apetecía enfrentarme a todo ello un poco “virgen”, sin prejuicios. Hoy me he atrevido a mirar no sólo las críticas especializadas, sino también he echado un vistazo por los foros, y me he encontrado cosas muy irregulares. Parece que no es un “Rigoletto” que pasará a la historia, en eso estoy de acuerdo, lo cierto es que parece que en general también ha habido enormes diferencias entre los diferentes días de representación.

Personalmente, la dirección de escena de Monique Wagemakers y la escenografía de Michael Levine, salvo algún elemento discutible, me gustó y me convenció, por su aparente sencillez, por su división en planos, e incluso por su frialdad, que contrastaba con el dramatismo de todo lo que sucedía a mi alrededor. Conmigo en el teatro varias personas que no habían ido jamás a una ópera, y todos salieron bastante contentos con la puesta en escena, quizás debería ser un elemento que muchos habrían de tener en cuenta antes de criticar, por criticar, cualquier cosa que huela a nuevo o cualquier escenografía que no pase por cumplir a la rajatabla lo que un señor de hace siglo y medio puso en un libreto. Al menos cuatro personas, no habituales de un teatro de ópera, disfrutaron con la función entre otras cosas gracias a la puesta en escena, y quizás se animen a regresar. Eso es mucho más que desempolvar a la abuela (la abuela es Maria Callas, of course). A mí, a estas alturas, nadie me convence de que las cosas, en el arte, como en cualquier otro aspecto de la vida, no evolucionan, y desde luego con un título como el que yo tengo colgado en la pared de mi casa, nadie me dice que incluso para la belleza hay cánones. Y como sé que los papanatas me leen ávidamente, pues ahí queda eso, pongamos más leña a la pira donde quieren quemarme, que ya me buscaré yo el traje ignífugo.
Una de las cosas que más agradecí de la escenografía es que su posición en planos las más veces superiores a la línea del escenario permitía que aquellos que teníamos entradas de baja visibilidad viéramos bien, parece mentira de las tonterías con las que se contenta uno en el Teatro Real. Me gustaron mucho los figurines, los colores escogidos, y en general el movimiento que se generaba sobre el escenario, con sus ritmos y sus cadencias. La presencia del coro durante toda la tortuosa escena final, como convidados de piedra de una conciencia colectiva que semejaba una asfixiante presión social, era inquietante en todo momento. Acechan desde la oscuridad, desde la tormenta, en la bruma, siempre acechan, parece querernos decir Wagemakers. ¿Quiénes? Cada uno tendrá su respuesta. Lo peor, como siempre, la orquesta. No tiene suerte esta formación, porque salvo raras ocasiones, siempre está bajo batutas que son o han devenido en mediocres. En este caso, Roberto Abbado, con tempi muy extraños y extravagantes, y un sentido del volumen a veces más que discutible. Ciertos desbarajustes en algunas escenas, y pocos, por no decir ninguno, momentos recordables. Roberto Abbado, no confundir nunca con Carlo, por favor, no supo mantener la tensión, y su dirección fue errática, estuvo perdida, y, sobre todo, actuaba más como el enemigo de los cantantes que como su apoyo. López Cobos ha tenido años para intentar solucionar esto, pero no ha querido ni ha tenido la más mínima intención. A ver si un nuevo director musical del Real logra obtener mejores resultados. Cuando la soldadesca no funciona, miren hacia los generales, suele ser el mejor lugar donde encontrar al culpable. Con batutas plúmbeas o gastadas, esto no se arregla. El Coro Intermezzo, traído para la ocasión, estuvo simplemente en la línea del oficio, sin más, mejor a veces, regularcillo otras, pero también le falto cierta garra, cierto mordiente, acobardados a veces con el enorme volumen orquestal y las alucinaciones de Roberto Abbado. No diré que estuvieron mal, porque no lo creo, pero desde luego para un resultado así no hacía falta traer un coro de fuera. Vale que el coro del Real no es ninguna maravilla, pero cuando prescindamos de su mediocridad, que sea para obtener un resultado más espectacular. Eso sí, escénicamente supieron estar a la altura, y ayudaron mucho a clarificar la acción.
De los cantantes… No fue una noche redonda, aunque tampoco fue lamentable. No todas las noches de ópera son espectaculares, ni todos los cantantes están siempre bien, pero tampoco fue una noche para la indignación. Ahora la moda es decir, por cierto, que el público aplaude inmerecidamente. Es una manera de decir “esta panda de borregos sabe tan poco con respecto a mis grandes conocimientos que aplauden por aplaudir porque no tienen ni idea”… ¿Cuándo aprenderá la contumacia papanatas que los demás tienen derecho a disfrutar, aplaudir, aceptar, valorar, y sobre todo apreciar o depreciar lo que les da la gana?

Yo braveé a Mariola Cantarelo, la Gilda de la noche, porque se llevó el gato al agua. ¿Con algunos trucos? Sí, con los que se sabe de su formación como belcantista (como sus ilustres abuelas, ni más ni menos). ¿A veces abusando de los filados? Bueno, el término no creo que sea abusar, pero sí regodearse en ello… Pues yo lo agradecí por la delicadeza que imprimía a su interpretación frente a la frialdad de Ciofi o la inadecuación de Mula, otras ilustres a las que he visto en el papel. Espléndida en su actuación, con una lectura muy intensa de un personaje tan pobre desde el punto de vista psicológico. Arrolló al Duca en su dúo de amor, el “Caro nome”, de una lentitud asfixiante, fue realmente bonito, y ella supo mantener el tempo tan exasperante que le imponía Roberto Abbado desde el foso. Brilló especialmente al final del segundo acto (un servidor exclamó “¡hostias!” al oír notas tan bien proyectadas y con tal caudal de potencia). Pero vamos a ver, ¿esto de qué va? De ir al teatro, disfrutar, y pasarlo bien, ¿no? Pues Cantarero lo consiguió. “Con qué poco os contentáis” dirá la contumacia papanatas. Pues sí, con una diferencia, yo salí contento. Mariola Cantarero, anoche, dibujó una grandísima Gilda, y puso toda su belleza vocal, su técnica, sus trucos, y su fraseo inmaculado, para que disfrutáramos. Es una gran profesional y una excelente cantante.
“Maddalena” es el otro gran personaje femenino de esta ópera, aquí interpretado por Nino [sic] Surguladze, mezzo georgiana, muy mona y con buena figura, pero como casi no le escuchábamos nada, pues vocalmente poco se puede hablar de ella, muy floja para un personaje de cierto peso dentro de esta ópera, que tiene que participar en el magnífico cuarteto “Bella figlia del’amore”. Ahí supo solucionar el asunto con oficio, poco más.
Esperaba mucho más de Josep Bros como Duque de Mantua. Demasiado contenido al comienzo, muy irregular en su dúo con Cantarero, una “La Dona è mobile” perfectamente olvidable… Mejoró hacia el final, pero un tenor con su belleza vocal debería escoger mejor sus roles, y yo francamente creo que el Duca no acaba de perfilarlo.

Acabaré con Roberto Frontali, en el rol de Rigoletto, diciendo que su momento culminante, “Cortiggiani, vil razza…” fue absolutamente decepcionante, y su interpretación extremadamente irregular, por momentos fría, y no logró convencerme siquiera en el final. Muy comedido dramáticamente, prefiriendo uno cantantes que vivan más el personaje y lo doten de un mayor contenido, en lo vocal tampoco estuvo especialmente fino, porque aunque las posibilidades estaban ahí, muchas veces la partitura, y acaso la orquesta, parecían tenerlo acobardado. Pese a todo, se pudo disfrutar de este Rigoletto, puesto que pese a los errores y lo francamente mejorable, es una obra maravillosa que logra reponerse, incluso, a los desastres más absolutos. Yo la recomendaría, aunque no pasará a los anales del Real, que este año, con Verdi, ganó sólo con “Un Baile de Máscaras”.

jueves, 16 de octubre de 2008

Un ballo in maschera en el Teatro Real... Triunfo de Marcelo Álvarez

Ha comenzado la Temporada en el Teatro Real de Madrid, y además ha empezado con buen pie (ya era hora, ejem, ejem). Un Verdi como dios manda, y además para disfrutar pese a las irregularidades. Lo pasé muy bien. La escena a cargo de Mario Martone (director), Sergio Tramonti (escenógrafo), Bruno Schwengl (Figurinista) y Duncan Macfarland (coreógrafo), coproducción del Real con el Covent Garden, estreno en la plaza. No es mala, de hecho hay cuadros fantásticos, como toda la escena de Ulrica, pero hay otros, de más baja intensidad (una buena idea para armonizar los clímax) que se pasaron de austeros... Tanto, tanto, que parecía un reflejo de la crisis económica y daban algo de estupor. El acto final, en el baile, muy bueno, con ese espejo que previamente había servido de fondo y que giraba hacia el techo ofreciendo un espectáculo visual muy hermoso (y seco, porque yo he visto cosas en esa escena auténticamente circenses). Buena, con reservas, pero muy sencilla, sin mayores pretensiones, sin intentar "enseñar" al espectador lo que el autor quiso decir (normalmente cuando los directores de escena hacen eso nos hallamos ante la medriocridad intelectual disfrazada de otra cosa).

Un Ballo in maschera es una ópera de Verdi, como antes dije, con libretto de Antonio Somma, que interpreta un libretto anterior de Eugene Scribe para una ópera de similar argumento compuesta por Daniel Auber, y que yo no conozco. Muchos la sitúan como la respuesta italiana a Tristan und Isolde de Wagner, aunque yo creo que esa categoría le calza mejor a Aida. ¿De qué va? Pues de un tenor y una soprano que quieren acostarse y un barítono que se lo impide... que es lo que dijo Bernard Shaw del argumento de todas las óperas... Riccardo (el tenor), gobernador de Boston, está enamorado en secreto de Amelia, esposa de su fiel amigo Renato (la soprano y el barítono). Al pobre Gobernador le crecen los enemigos, y hay unos malos muy malos que lo quieren matar. Riccardo tiene que firmar la orden de destierro de una bruja, Ulrica, pero antes de hacerlo, y no tanto para mostrar su magnanimidad sino para echar unas risas, decide visitarla disfrazado de pescador. La bruja pica, no adivina que es el gobernador, pero cuando lee la mano de Riccardo se asusta y tiembla... Vaticina que va a ser asesinado por un amigo. Concreta aún más, a los requerimientos de Riccardo, que lo matará el primero que lo salude dándole la mano. Riccardo se rie de la profecía, dado que la bruja no ha adivinado que es el gobernador, pero algunos de los conspiradores, que están en la escena, se asombran de que la bruja esté tan cerca de la verdad... Nadie quiere darle la mano al gobernador, por miedo a la profecía, y en eso que entra Renato, Riccardo piensa esta es la mía, y le da la mano: no hay problema, es su más leal amigo y servidor, jamás habría pendencia entre ambos, y menos un asesinato. ¡Ah! se me ha olvidado que previamente, Riccardo había sido testigo de cómo en secreto la bruja Ulrica ha aconsejado a Amelia unas hierbas que crecen bajo la horca para alejar un amor prohibido que ésta siente, y que no es otro que el gobernador. Amelia decide ir a buscar las hierbas esa misma noche pues está consumida por los remordimientos, y Riccardo promete seguirla, declararle su amor e impedir que tome las hierbas que acabarían con tal pasión. Y así llegamos al siguiente acto: en el tremendo paraje de la horca, Amelia busca los hierbajos aleja amores (¡quién los hubiera tenido!) y Riccardo aparece, cantando ambos uno de los dúos de amor más hermosos de la ópera italiana. De pronto llega Renato, marido de Amelia, para avisar a Riccardo que unos conspiradores andan buscándolo por la ciudad para matarlo y que se dirigen hacia allí (total que era un encuentro secreto, pero se ha enterado hasta el gato). Amelia se ha ocultado bajo un velo, y Riccardo decide huir, no sin antes hacer jurar a Renato que acompañará a esa mujer hasta la entrada de la ciudad, que no la mirará ni escuchará, que no indagará en quién es, y que cuando la deje a las entradas de la urbe se marchará dando un rodeo por otro camino... Renato jura, pero cuando está cumpliendo su cometido, es detenido por los conspiradores, que obligan a descubrirse a Amelia, dejando la vergüenza de Renato a la vista. Empieza el pandemonium: Renato se une a los conspiradores y decide matar a su mujer, a Riccardo, al apuntador, y a dos señoras que pasaban por allí y no tenían nada que ver ni con la ópera ni con Boston... Amelia se salva pues pide unas horas para poder despedirse de su hijo. Justo entonces el alegre matrimonio es invitado a un baile de disfraces en el palacio del gobernador (que vaya momento elige para hacer una fiesta, y además que gracioso invitando a un baile de disfraces de ahora para después, a ver quién encuentra disfraz en Boston tan deprisa). Ese es el momento que los conspiradores eligen para matar al titular de dicho palacio. El azar hace que el encargado de cumplir la tarea sea el propio Renato. Con algún que otro avatar de por medio, nos enteramos de que Riccardo, para no ser infiel a su amigo y caer en la tentación de tarle un toquecito por aquí, un toquecito por allá, a Amelia, decide enviarlo, junto con su ésta, a Inglaterra, ascendiéndolo además con honores. En el baile, Amelia, que ha descubierto los planes de asesinato, intenta prevenir a Riccardo, pero finalmente Renato lo pilla, y le asesta una cuchillada. Mientras muere, el gobernador confiesa que no ha habido infidelidad (lo que antes le había dicho ya su la soprano, pero está claro que a las mujeres no hay que hacerles caso cuando dicen esas cosas y que la palabra de un hombre, además moribundo, vale más en esto de la ópera), descubre su plan para enviarlos a Europa, y en su último acto como Gobernador, perdona a los conspiradores. Arrebatados de dolor, todos los presentes asisten a la muerte de Riccardo, que ha sido algo pendoncete, pero menos. Musicalmente está muy bien, muy verdiana, y las arias de todos los protagonistas son espectaculares. Si no la has escuchado, ya tardas. Versiones comerciales en cd, como Pavarotti y Freni (dudo con esta última, pero no tengo ganas de buscarlo), Di Stefano con Callas o la muy recomendable Carreras - Caballé (el tenor en estado de gracia, ella magnífica como siempre), serían recomendables. Tampoco desdeñemos a Domingo. Ni otras que circulan en vivo por esos mundos de dios. En cuanto a los participantes, empiezo por la señora que tienen más arriba, de nombre Elena Zaremba, mezzosoprano, que hace el muy grave papel de Ulrica, otrora confiado a contraltos (Marian Anderson, por ejemplo). Estuvo bien, con momentos titubeantes, un vibrato muy del este, una dicción algo confusa, pero una magnífica presencia escénica. Es muy mona, y lucía terrible sin embargo. Bien en la zona aguda, correcta en los graves, a veces problemas de volumen, pero tampoco tiene mucho tiempo de calentar la voz, todo sea dicho. Provocó una de las anécdotas de la noche: como ahora vamos a la ópera acojonados porque se nos ocurre aplaudir y empiezan los rectores de la etiqueta a mandar a callar (una moda como otra cualquiera, ahora no se aplaude durante la representación) pues las intervenciones de Ulrica no fueron celebradas pese a merecerlo; pero a medida que la noche avanzó el público perdió timidez y fue ovacionando otras intervenciones. Zaremba no salió a saludar al término de la representación, lo que yo creo fue debido a esta falta de sensibilidad del público con su magnífico trabajo. O eso o que tenía la tortilla enfriándose y esperarse más de hora y media para unos aplausos es demasiado tiempo. En todo caso, no fue bonito, no.

Esta chica es Alessandra Marianelli, que me asombró porque la anterior vez que la escuché me había dejado frío, además de que sospeché de alguna que otra trampilla en la emisión. No sé si hubo trampa o no, pero esta soprano hizo un excelente Óscar, con una buena afinación, mejor agilidad, e interpretación entregada. Óscar es un personaje que detesto, pero estuvo encantadoramente interpretado por Marianelli, un lujazo.


Lo más irregular de esta noche (o regular según se mire) fue Marco Vratogna, barítono, en el papel de Renato. Vamos a ver, es un sustituto, y ya está, no le demos más vueltas, y si en lugar de sustituto hace de segundo reparto y a veces de primero, es por los tiempos que corren. Pero engola, cubre en demasía, se estrangulan los agudos y a veces parece bulgaro porque no se le entiende nada de su lengua materna. Hizo lo que pudo. El primer aria un fiasco, y la segunda, mi tan querida Eri tu.. simplemente correcta con todas las reservas del mundo para un cover. El Renato inicial, Carlos Álvarez, canceló por enfermedad, y este cantante hizo lo que pudo en un papel que le viene enorme. Una pena. Escénicamente con cierta tendencia al marmolillo.

Una de las estrellas de la noche, Violeta Urmana, como Amelia. Estuvo maravillosa, cantó muy bien, con una enorme potencia. Uno, en su afán de perfección, pediría algo más de matices, un poco más de apianamiento de la voz, pero cuando se tiene esté océano vocal, pues debe costar un poco. Se ha puesto un poco cachorrona, lo que provocó un momento algo irónico en la puesta en escena (que se tapara con el velo y Renato no reconociera a su orondisima esposa disfrazada de tal forma de mesa camilla): con Caballé, que era el doble de la Urmana en cuanto a volumen, no habría habido esa ironía... No digo más, pero a buen entendedor... Violeta Urmana es una destacadísima cantante, de lo mejor del panorama internacional, pero a mí me resulta algo fría, y si quieres ser fría y cantar Verdi o te apellidas Tebaldi, o Sutherland, o Caballé (que no eran frías, pero si querían podían permitirse el lujo de serlo) o no te sale. Agudos perfectos, afinación correctísima, buena interpretación en general. Lo de la frialdad es problema mío, eso seguro, cualquiera que escuche a esta mujer disfrutará mucho, yo también, pero es que hay papeles que una vez pisados por las olímpicas de los 50, 60 y 70 no ha vuelto a crecer la hierba, y uno es nostálgico. Jopé, no quiero ser burro. Brava Violeta! que siga cantando mucho, por favor, que con lo que hay en estos momentos para elegir si encima nos falla ella la hemos jorobado. Maravillosa en sus dos arias, especialmente en Morrò, ma prima in grazia..!
El triunfador de la noche fue Marcelo Álvarez, tenor del cono sur, concretamente Argentina, con quien dicen que me parezco. Ojo, igual en el pasado, pero ahora él está demasiado gordo (Marcelo, haz dieta que no cuesta tanto y saldrías ganando en soltura escénica) y yo demasiado delgado. En fin, ¡qué decir! Una gozada verlo y escucharlo. Sólo una pega, por la que empiezo, que en las grandes escenas a mucho volumen se reserva demasiado, quedando su voz muy escondida en el conjunto, y uno hubiera querido que destacara ahí un poco más. Pero es muy poca crítica comparado con lo que nos ofreció. Matices, todos los del mundo, unos agudos rutilantes, con eso que los entendidos llaman squillo y que yo estoy convencido que es una chufla y que no existe (lo que pasa con los cantantes es lo siguiente: un violinista tiene mil recursos y figuras perfectamente definibles y repetibles con técnicas muy precisas, pero un cantante no tiene esas posibilidades, lo que hace que entre eruditos -dios nos libre de ellos- freelances, y cantantes orgullosos se hayan inventado toda una terminología técnica para definir cosas y establecer parámetros que muchas veces no son más que tontunas que no existen, pero quedan muy bien... a ti, que no ves el squillo por ninguna parte, te dejan con cara de besugo pensando lo insensible que eres, y da para una conversación de varias horas tan ricamente, el problema es cuando te dicen que el squillo es fundamental para que la voz corra por un teatro, pero que si no tienes squillo corre tambien... una memez). Álvarez convenció. Canto legato, fraseo inmaculado, dicción perfecta, lirismo, voz bella, virilidad, volumen adecuado con aquellos peros que puse al principio... Es uno de los mejores, a años luz de otros que parecen más mejores y que circulan por ahí... Lo tiene todo para hacernos disfrutar, con una zona media (lo que de verdad diferencia a los grandes cantantes) finísima, elegante y certera. Lo mejor de una gran noche.

Hubo otros intérpretes de papeles menores, como Borja Quizá como Silvano... El gallego ha ganado volumen desde que lo escuché en La Boheme en A Coruña, espero que de forma éticamente no reprobable, y su presencia escénica (alzas incluídas porque lo he tenido al lado y me llegaba a la cintura, así que tan alto como luce no es) ha mejorado, siendo ahora más viril. Por cierto que estaba aparcado a mi lado en el parking y su otrora encantadora sonrisa ha sido sustituida por un rictus de mala hostia importante.

La orquesta del Real llegó a estar correcta, y el plumbeo y aburrido López Cobos tuvo momentos importantes. A mí este señor no me gusta, creo que vino al Real en plan ya estoy mayor, unos añitos aquí en casa y luego me marcho, sin más algaradas. Nunca ha sido uno de los grandes, pero si fue un director correcto. Ahora sólo lo es en lo que le interesa. Mediocre su paso por el Real. Algunos lo defienden. La mediocridad siempre encuentra adeptos, sobre todo entre los semejantes. Yo no voy a llorar su marcha, aunque lo que venga sea peor, jamás caigo en eso. El coro también algo mejor que otras veces, así que un pequeño aplauso para su director, Peter Burian. Todo ello referido, eso sí, a la representación del lunes 13 de octubre. Si otras noches fue mejor o peor, servidor no tiene la culpa y no puede hablar de lo que no ha escuchado.