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lunes, 26 de julio de 2010

Plácido Domingo - Simon Boccanegra en el Teatro Real de Madrid.

No pasarán por históricas las representaciones en Madrid de la ópera de Verdi Simon Boccanegra por su especial calidad o interés musical, pero sí serán unas representaciones a recordar porque en ellas vimos y escuchamos a Plácido Domingo realizando un papel de barítono. Él lo considera un peldaño importante en su carrera, que no un broche final, y lo anima, según se cuenta, a abordar más papeles baritonales en el futuro... No lo tengo tan claro, pero él, que es un animal escénico aparte de un gran cantante, sabrá.Como barítono, Plácido Domingo suena "raro". Las notas bajas le cuestan, salen a veces con cierto ensanche, otras con algo de gola, pero en ningún caso de forma natural, aunque tampoco importa demasiado, no molesta. El problema es que, conocedores como somos de la voz de Plácido, uno, cuando empieza a subir, está esperando esos fortes brillantes que le caracterizan, y aquí, claro, por la tesitura, no aparecen. No es, además, Simon Boccanegra, un papel de lucimiento al uso. No hay arias, ni grandes solos, sino que la mayor parte de la calidad y cualidad de la partitura reside en la fuerza y dramatización. Es un papel, no me malinterpretes, muy exigente, y duro, casi diría que áspero. Y en el terreno de la dramatización a Plácido, hoy en día, no le gana nadie. Es un buen artista, un animal escénico, que si bien tiene tics y a veces me pone nervioso como actor, se entrega y trabaja como nadie. Musicalmente, hace el papel con dignidad y nervio, con oficio, y sale bien parado, bien lejos de convertirse en un Simon referencial. Es "suyo", el "suyo", sin más. Me interesó mucho su enrega escénica y cómo comprendió al personaje, humanizado, verdaderamente entregado a eso que dice al final de primer acto, la paz y el amor. Personaje que lo ha vivido todo, que lo ha sufrido todo, que no le interesa el poder por el poder, sino hacer algo con ese poder, conseguir una meta, una unidad, una patria común (idea que realmente Verdi explota con interés político e ideológico evidente debidos los tiempos que le tocan vivir, no obstante el famoso Viva Verdi se había convertido en grito de guerra para los unificadores de una patria que aún estaba en pañales). Ese, el hombre, con sus tristezas, grande por su propia vida y por su propio ideario más que por sus hechos, entregado a la melancolía de no conocer el paredero de su hija, doliente por la pérdida de la mujer amada y los rencores que había generado su amor ilícito. Ese es "su" Simon. El que no tiene miedo de morir una vez encuentra a su hija y se reconcilia con sus enemigos. Pero también el fiero, impresionante, Dux de Génova que reconoce al traidor Paolo y dirige la terrible escena de la maldición. Me puso los pelos de punta. Sin desfallecer, sin un sólo momento de descanso, el muy estudiado Simon de Plácido Domingo comenzó y terminó con nervio y brío, desgranándose, sabiendo su cómo, su qué, y su por qué. Increíble, también, la manera en que cae al suelo, a sus 70 años, como un fardo, a la hora de morir. Entrega total, y eso lo supo agradecer el público.
Otra noche de similar calidad no habría cosechado 25 minutos de aplausos, que a todas luces son exagerados, pero se estaba aplaudiendo algo más, no sólo una noche, ni una entrega, ni siquiera una carrera. Se estaba aplaudiendo para dar las gracias a Plácido y perdirle que siga ahí, que Madrid lo espera siempre. Nunca he sido dominguista. Me parece un gran tenor, un cantante más que correcto y dotado de una técnica sui generis. Pero por muy buenas que me parezcan sus interpretaciones, siempre encuentro otro tenor que me gusta más. Si es Otello, que representa con indudable calidad, ahí está Jon Vickers, que me llena mucho más. Si es Don Carlo, lo encuentro mejor terminado por Bergonzi. Y así suma y sigue, salvo quizás el Des Grieux, de Manon Lescaut de Puccini, donde si me parece referencial... Aunque esa ópera me resbala un poco. Pero pese a eso, cada vez que escucho en vivo a Domingo me parece un cantante espectacular, por su entrega, y disfruto mucho con sus representaciones. No llegó la de Madrid a la altura de las Die Walküre del Liceo hace dos años, pero aún así, su magnífico trabajo llegó a impresionarme. Hay que darle las gracias por noches así. Aunque he de decir que Simon Boccanegra me parece un tostonazo. Prólogo y primer acto, salvo la última escena, para no repetir jamás. Segundo acto ya mucho mejor.La impresentable Angela Gheorghiu dio la espantada, una vez más. Esta chica siempre cancela, salvo en Londres, donde no tiene narices para hacerlo. Lo que no entiendo es por qué siguen contratándola. Es una diva en el sentido más aborrecible del término. Vaga y mala profesional, porque las divas (Callas, Caballé, Freni, Schwarkopf, Nilsson, Sutherland, etc.) se distinguen no por sus caprichos sino por su seriedad. Madrid la va a recibir de uñas la próxima vez. Que no creo que sea, y lo escribo dos días antes, el próximo 28 de julio. Esa no canta más en el Real este año. Un día después de escribir esta entrada puedo confirmar que la Gheorghiu no cantará la función que le queda... Del Moral tuvo que salir a informarnos (todo tuvo que ser muy súbito), y se le notó que decía lo que pensaba. La mala noticia es que la Señora Gheorghiu no cantará por una indisposición, pero la buena es que en su lugar saldrá la Señora Inva Mula. Es decir, estoy harto de la caprichosa esa, y os ofrezco algo igual o mejor. Con dos narices. Inva Mula es una soprano demasiado ligera para el papel, cursi hasta la saciedad, muy mala actriz y con poca capacidad de expresión, y sobre todo fría hasta el témpano. No me convenció nada, o más bien poco, como siempre que la escucho, y además su dicción es tan penosa que no logré entender una palabra de lo que decía. Además, esos momentos en los que anuncia, claramente atended, atended, que voy a hacer una cosita en plan Caballé y tres minutos más tarde ahora voy a hacer otra, ahora otra, atentos... Aunque a la segunda no le salió. Pero se llevó el gato al agua, sobre todo de un público harto de la Gheorghiu, que además cuentan las crónicas no se sabe el papel. Inva Mula es muy seria, acostumbrada ya a ser casi la cover oficial de Angelita, pues ha tenido que sustituirla más de una vez en las espantadas de la Sra. o Ex Sra. de Alagna, y hay que agradecerle el esfuerzo que hizo. Triunfó, y se consagró en una noche especial: con toda la presencia mediáticas, con la Plaza de Oriente llena de espectadores que seguían la retrasmisión en una pantalla gigante, y en presencia de Su Majestad la Reina Doña Sofía. Es una profesional, y no tiene mala voz, pero a mí no me convence.Para mí las sorpresas de la noche fueron Ferrucio Furlanetto, bajo que no me gusta demasiado pero que estuvo impresionante, sobre todo al final de la ópera (en el prólogo más discutible), con una voz hiriente y terrible que supo dulcificarse en el perdón; y sobre todo Ángel Ódena como Paolo, a quien si bien critiqué en el pasado en alguna función, esta noche me gustó a rabiar. Fue el traidor perfecto, con una presencia escénica imponente, y una voz que se a oscurecido y ensanchado para tomar cuerpo. Un hallazgo, lo seguiré en el futuro con fruición.Ya he hablado alguna vez de Marcello Giordani en este blog, si quieres pincha aquí y lo podrás comprobar. Es un tenor inusual hoy en día, de voz potente y amplia, pero no me acaba de gustar porque creo que matiza poco, es sucio en la resolución de los versos, tiene problemas de afinación y francamente no me gusta su línea de canto. Aunque, como dice una amiga mía, tiene una italianidad inmensa (esto sea leido entre carcajadas).La puesta en escena, de Giancarlo del Monaco, fue correcta, con momentos muy poéticos, ese escenario en mármol blanco sobre el que se mueven personajes en rojo y gris, la idea de la pantalla con el mar de fondo... Ayudaba a la acción, no entorpecía, era plástica, pero tampoco aportaba mucho más para lo que se cacareó en su momento. La orquesta, irregular. Poco fina de volumen, sobre todo en los vientos. Dirigía ese que por fin se despide del Real, otro vago a la par que soberbio que además para despedirse ha hecho una entrevista poniendo a parir a sus dirigidos, especialmente al coro. Hay que ser de una pasta especial para hacer algo así, desde mi punto de vista. Y lo llamo vago porque si esta orquesta suena bien con otros directores, y con él siempre pifia, por algo será. Muy aplaudido, ojo, yo creo que más bien por lo que de despedida tienen estas representaciones.Las anécdotas de la noche las protagonicé yo, por partida doble. Primero porque estaba la Ministra de Cultura, Seña Sinde, en el vestíbulo y dije a media voz "La ministra, cuidado con la cartera" y hubo ciertas risas a mi alrededor (creo que la ministra me oyó, por suerte no me mandó un guardaespaldas, porque estos la libertad de expresión la entienden como la entienden). La segunda parte fue que cuando estábamos en el segundo piso esperando, al final de la ópera, que el elenco pasara hacia la terraza, donde iban a saludar al público congregado en la Plaza de Oriente, vi barullo, creí que era Plácido Domingo, empecé a aplaudir y grité ¡Bravo!... Y resultó que en ese momento pasaba... ¡¡¡López Cobos!!! Los que me conocen se morían de la risa. Sí, yo braveé a López Cobos. Lo que me faltaba.Una noche emocionante, diferente, divertida y de las que se sale con franca emoción. Añadido, además, la presencia de Su Majestad la Reina. Para un monárquico como yo, poder ver a Su Majestad pasar por tu lado a medio metro en dos ocasiones, e incluso sentir que te mira y te sonríe, fue muy bonito. Gracias, Majestad, por acompañarnos una noche así. Como una campeona, resistió en el Palco Real hasta que se apagaron los últimos aplausos, y salió a saludar al público de la Plaza con dignidad y humildad, a petición de Plácido Domingo, y sin querer, en ningún caso restarle protagonismo. En los tiempos que corren, cuando tanta gente absurda dice tantas cosas absurdas de nuestra monarquía (¡ojo! no me refiero a los Republicanos de buena fe), fue fantástico ver a Su Majestad entrar y salir del Teatro entre los aplausos de su pueblo.
Pero hasta en el Paraiso hubo una serpiente. La Señora de Zapatero, una vez más, en el escenario porque no llega a fin de mes y le quita el puesto a un músico que a lo mejor lo necesita más que ella. Pero eso no fue lo peor, sino cuando las cámaras internas del Teatro, esas que están para que las personas sin visibilidad o que tienen su entrada en las plazas más altas puedan seguir la escena, la enfocaron directamente y la tuvimos que ver a gran pantalla. No se hizo con nadie más del coro. Vergonzoso. Lo pongo en letra pequeña porque a mí esta señora no me mancha la entrada en el blog.

lunes, 9 de noviembre de 2009

Una grabación de Tristán e Isolda, de Wagner.

EMI decidió cerrar un ciclo de óperas en disco (desde entonces sólo edita DVDs) de varias décadas con una grabación de Tristan und Isolde, de Richard Wagner, emulando aquella gloriosa e histórica primera gran grabación dirigida por Furtwängler y con las interpretaciones estelares de Kirsten Flagstad, Ludwig Suthaus, Blanche Thebom, Dietrich Fischer Dieskau y Josef Greindl, de los primeros años cincuenta del siglo pasado. Para este capítulo final, un reparto de campanillas del que sobresalía el reclamo de Plácido Domingo, que se atrevía a grabar un papel que, honestamente, él mismo ha dicho que jamás podría haber hecho en escena. Hace un par de años que esta grabación circula por mi discoteca, y nunca me había atrevido a escucharla: siento una gran admiración por Plácido Domingo, que se ha labrado, con sudor y trabajo, una reputación y un nombre en la historia de la ópera mal que pese a muchos, aunque no sea mi tenor favorito. Disfruté como nunca la última vez que lo vi sobre un escenario, cantando La Walkiria en Barcelona, en la que tuve un coraje admirable y lo que le faltaba de voz le sobraba de presencia y poder escénico.Nunca he hecho una reseña de un disco, y si me atrevo a hacerla de este, es porque hoy, por fin, me lo he puesto, y en tres horitas largas lo he escuchado con total interés. Es una de mis óperas favoritas, la que más veces he visto en escena y con la que siempre disfruto. La música es tan buena, tan intensa, tan real, que la cante quien la cante, o por torpe que sea la interpretación, siempre me electriza. Hoy ha pasado algo parecido, la fuerza de la partitura me ha podido, a veces hasta el límite de la emoción y de las lágrimas, pero al final creo que me rindo a una evidencia: no sólo no es, no lo esperaba, una grabación referencial, sino que creo que pasará a la historia como una curiosidad.El gato al agua se lo lleva Nina Stemme, una de las grandes Isoldas del momento, que hace una interpretación intensa, impecable, emocionante hasta el dolor, con un Liebstod arrasador al final. Pero... Cuando uno escuchaba la vieja grabación de Furtwangler, con los mencionados Flagstad y Suthaus, o las de Bohm o Solti con Birgit Nilsson y Wolfgan Windgassen, había algo que te transportaba, que te llevaba más allá, especialmente en el maravilloso dúo de amor, auténtico coito musical. Eso me faltó en esta grabación, ese momento, este transporte, y es debido a tres cosas, fundamentalmente. La dirección, de Pappano, es fría, y no tiene los matices necesarios, ni parece haber acabado de dominar la obra, aunque está en camino. La técnica de grabación es impecable, pero le falta brío, fiereza, fuerza y mordiente. Y finalmente está Plácido Domingo. Vamos a ver, suena impecable, no se deja una sola nota, y puede con el papel (en grabación, claro está) pero uno intuye que ha sido demasiado ayudado desde la producción, porque le falta fuerza, tensión, fiereza, ese brío con el que Domingo suele apabullarnos no está por ningún lado, y su Tristán, más heróe de cartón piedra que humano, se pierde en un canto impecable, un esfuerzo por resultar creíble, y una depurada pronunciación del alemán, pero no está vivo. A veces me decía mentalmente, venga Plácido, sube, saca fuerza, échale narices, pero no, el tenor no lo hacía, leía su partitura, atacaba en forte donde debía, pero parecía cantar demasiado relajado e incluso tranquilo y sereno. La falta de germanicidad es absoluta. Estoy convencido de que un planteamiento inicial mejor habría hecho que Domingo diera más de sí, y también una década menos. Las campanillas del reparto, la dirección solícita de Pappano, la expectación pública por esta grabación, hacen que Plácido Domingo se pase de impecable, de elegante y de cauto, y finalmente da lugar a una grabación en la que uno dice sí, lo ha hecho, pero el resultado es aburrido. ¿Debes escucharla? Por Stemme, por Bostridge, por Pape o por Fujimura sí, pero no esperes un clímax, porque no lo hay.

lunes, 14 de julio de 2008

Ni mi casa es ya mi casa... 10 días de vacaciones.

Me voy, diez días de vacaciones a Tenerife, ¿a mi casa?, a ver a los míos, a la playa, a aburrirme... Diez días para poner algunas ideas en claro, tener un par de enfrentamientos más claros todavía, claudicar cobardemente en algún asunto y sobre todo aburrirme como una ostra... Pero tengo que cumplir, que madre no hay más que una...

En fin, que no escribiré nada en ese tiempo, pero no desesperemos. Tengo algunos sorpresones para cuando volvamos, como sendos conciertos de Caballé impresionantemente buenos, y algunas ideas para reseñar.

A lo mejor me da tiempo de poner algo estos días desde la casa de mi amigo Quino, al que por cierto he invitado a participar en este blog, a ver si se anima y nos cuenta cosas.

Un año muy raro, muy diferente, un ciclo que se cierra. Atrás quedan muchas cosas, algunas necesitaba quitármelas, me lastraban, otras no, pero igualmente han desaparecido. Duele. Cuando, como yo, te acercas a los 40, hay cosas que son difíciles de perder. Pero tengo todo el tiempo del mundo para recuperar otras cosas, o para encontrarme otras nuevas. Al sol de Tenerife veremos qué recuerdo, qué anhelo, y qué decido. Esta noche estoy tremendamente melancólico, nostálgico, y a la vez con un punto de esperanza en el horizonte. Una noche extraña, siempre, la anterior a regresar a ¿casa?

"Pero yo ya no soy yo, ni mi casa es ya mi casa"

Bueno, unos regalos de vacaciones, para que disfrutéis: Las grandísimas Joan Sutherland y Marilyn Horne en el "Dúo de las Flores" de la ópera "Lakmé" de Delibes... Para todos y para ti...



Y otro más: Grandes entre los grandes, Montserrat Caballé y Plácido Domingo, una de las grandes parejas de la ópera del siglo XX, en un dúo memorable: "Tu! Tu! amore!" del "Manon Lescaut" de Puccini (saltaros a la presentadora americana con doblaje japonés)... desgraciadamente no está entero, falta la introducción:



Y ella, sola, la más grande, de las miles de veces que cantó "Casta Diva", posiblemente esta fue una de las mejores... Atención a la reacción del público, yo me habría muerto, simplemente, allí mismo... Moscú, 1974, gracias a Onegin, como siempre.



¡¡¡Felices vacaciones a todos!!!