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viernes, 20 de marzo de 2020

Cosas de música: "La Traviata" durante la cuarentena.

Mi recomendación musical de hoy es "La Traviata", de Verdi. Me parece la ópera perfecta para iniciarse en este mundo, si a alguien le apetece, y también si simplemente sientes curiosidad.
Además hoy la fui escuchando camino del trabajo, y reconozco que me hizo el día, llegué muy contento tras escuchar el alegre, y redondo, primer acto.
Resumiendo mucho, el papel de Violetta, la protagonista, tiene una gran dificultad para la soprano porque exige una gran agilidad en el primer acto (una ligera o coloratura podría ser perfecta) pero en los dos actos siguientes la tesitura se hace más pesante, y entran en juego las líricas spinto, sopranos de más peso vocal. Por eso es muy raro que una soprano mantenga el papel en su repertorio toda su vida, normalmente es para sopranos jóvenes y en la primera mitad de su carrera. Es un papel difícil y lucido, porque es sobre quien recae el peso de la representación. Canta muchísimo, y puedes tener un Alfredo y un Germont fabulosos, pero si Violetta falla, la representación va a ser un auténtico aburrimiento.
Hay cierta unanimidad en el mundo - cierta, he dicho cierta - al señalar que en el campo de las óperas grabadas las grandes Violetta del S. XX fueron, por orden cronológico, Maria Callas, Joan Sutherland, y Montserrat Caballé. Sin desmerecer a la gran Mirella Freni, por ejemplo, o a otras muy notables. 
Curiosamente, una de las Violetta que menos se ponen como ejemplo es Renata Tebaldi, y a decir de muchos, yo incluido, es la que mejor dio con el perfil interpretativo del personaje: Violetta es una cortesana de mediados del S. XIX, así que su aspecto debería ser un poco más mundano que la señorita bien como suele representársele. Y eso la Tebaldi lo consiguió con creces: su Violetta es una mujer de mundo con cierto grado de refinada vulgaridad. Pero musicalmente el acto I sel e escapa del todo. 
La Violetta de Maria Callas tiene un mordiente dramático notable, y se maneja bien en los tres actos, especialmente en el segundo, algo pasada de rosca en el tercero. Su Violetta es de alto voltaje. 
- Por supuesto, joven, música y drama, yo soy una actriz vibrante que siente lo que canta, sin olvidar nada de la partitura, el drama es lo que me inspira. 
- Bueno sí, Señora Callas, pero sus recitativos a veces son un poco de Gracita Morales, y en la escena de la carta parece usted Lady Macbeth.
- Errrr... ¡Hum! Mire, yo estoy directamente en la Gloria, y esto no son más que palabras de loco que se le ocurren en la mente, a mí me deja en paz, mentecato.
Anda con la mofletes, qué carácter..!

En el caso de Joan Sutherland, el Acto I es perfecto para su lucimiento, y tiene una voz bella y limpia, con tendencia al agudo, que la hace absolutamente placentera. Eso sí, el drama en el acto II se le escapa un poco, y hasta el dúo con Alfredo, el acto III le queda un poco frío. Las notas están todas, y ella es una máquina musical inmensa. Su Violetta es memorable.
- Por supuesto, joven, no hay partitura que se me resista y mi Violetta responde perfectamente a la partitura y su dificultad, que yo ataco sin vacilación.
- Vale, Dame Joan, pero es que esos diptonguitos australianos y esas erres imposibles, 50 años cantando en italiano y no logró aprenderlo jamás. Cuando lee la carta parece que está analizando la factura del gas...
- Esto... ¡Hum! Mire, yo estoy en la Gloria, como ha dicho aquí la Tita María, y no estoy para locuras de un zumbado que tras una semana de cuarentena se inventa diálogos con divas que solo están en su cabeza. Así que a mí me deja en paz, litlle bastard!
Anda con la mentones, menudos humos..!
En el caso de Montserrat, responde con solvencia al Acto I, y en el II y el III funciona perfectamente, redondeando bastante el personaje, aunque no esperemos ni un sobreagudo ni ninguna floritura que no esté en la partitura. Va de menos a más, y cierra el personaje con bastante calidad. Su Violetta es impecable.
- Por supuesto, joven, ni sobreagudos ni añadidos, la música suena mejor cuando se hace como la escribieron los compositores, y yo solo soy el vehículo del autor.
- Bueno, Montserrat, pero en "Don Carlo" bien que alargaban el agudo final hasta lo imposible saltándote la partitura a la torera, o convertías en pianísimos, a veces, lo que no aparecía tan delicadamente escrito en la partitura...
- ¿Cómo se atre..? ¡Hum!, mire, como ya le han dicho la Tita Maria y la prima Joan, yo estoy en la Gloria tan ricamente y no tengo el día para aguantar fans acérrimos que enloquecen por el confinamiento y tienen que hacerse los guays en redes sociales. Le recomiendo que salga y se ventile... ¡Huy perdón! si no puede, ¡mamarracho!
Anda con la michelines, qué mala hostia!
Vale pues, mi favorita es la de Montserrat, primera ópera que me compré en mi vida, y segunda que escuché completa. Tenía yo 18 añitos... Con un Carlo Bergonzi espectacular (el mejor Alfredo que yo conozca) y un Sherrill Milnes a veces denostado pero que a mí siempre me embelesó. Lástima de director, Prêtre, que se le va la mano un poco con el rubato, especialmente en el dúo de Violetta con su suegro.
Espero que la disfrutéis si os animais!








lunes, 25 de diciembre de 2017

El Tito Leo canta (Nucci en el Ciclo de Lied del Teatro de la Zarzuela)




El Tito Leo canta. Es una estrella famosa de la ópera. Cantaba por todo el mundo y lo hacía muy bien. Ahora todavía canta, para su familia. Sale el Tito Leo y empieza a cantar y la familia se divierte, se alegra mucho. Cante lo que cante. Tiene momentos mejores, como cuando canta algunas canciones lentas y largas que no tienen ni muchos agudos ni muchos graves. Entonces se crece, se le escucha y emociona mucho. En las demás también, cantando a Rossini, por ejemplo, el Largo al factotum de Il barbiere di Siviglia, que se ahoga y no se le escucha demasiado, y se lía con las palabras... Pero a la familia le encanta, y le aplauden a rabiar; y el Tito Leo canta y canta y canta y no para de cantar. Y su familia enfervorecida truena, grita, vitorea, y muere de placer. A veces, esas piezas que ha cantado tanto, recupera algún esplendor y a todos nos parece estar ante una estrella de la ópera en plenas facultades. Como cuando hizo Cortigiani, vil razza dannata de Rigoletto.

Realmente lo que pasa es que al Tito Leo ya no le hace falta cantar, basta conque esté. Lo mismo le pasaba a mi Tita Montserrat cuando todavía podía ponerse de pie al lado de un piano. O al Tito Plácido. Existen, están, llevan a su familia al éxtasis porque les recuerdan un tiempo dorado que ya terminó. Los Titos de la ópera no saben retirarse nunca a tiempo. 

El problema es cuando no eres de la familia y acudes a una de las fiestas en las que el Tito Leo termina cantando. Te pasa, como a mí el otro día, que no lo escuchaba nada bien, especialmente al final de los versos. También me costaba entenderlo, y yo recordaba las arias con otros textos, aunque a lo mejor el equivocado era yo. Sufrí mucho al sentir su ahogo, su bamboleo en la escena, sus tropiezos. Su aspecto de anciano en una fiesta loca que ya debería haberse ido a acostar. 

Pero yo no soy de la familia. Por eso no lo disfruté tanto. Por eso quise irme, pero me quedé, y cuando cantó un aria de I due foscari estuve a punto de morir de dolor de oídos. 



¿Debe seguir cantando el Tito Leo? Sí. Mientras sea para su familia, para los suyos, para los que lo aplauden porque ya no lo escuchan, porque no les hace falta. Advirtiendo bien a todo el mundo qué tipo de concierto es. Desde luego, no me lo imagino, por ejemplo, como concierto fuera de abono del XXIV Ciclo de Lied del Teatro de la Zarzuela de Madrid. Allí no pintaría nada. Ni el Tito Leo, ni un repertorio fundamentalmente operístico. 

viernes, 7 de noviembre de 2014

Montserrat Caballé como Violeta Valery, en "La Traviata" de Verdi. Dallas, 1965.

Muchos de los aficionados a la ópera creen que el éxito internacional de Montserrat Caballé fue fruto de una casualidad, cuando fue llamada a toda prisa para sustituir a Marilyn Horne en el Carnegie Hall de Nueva York. Pero lo cierto es que, si bien esa sustitución la convirtió en estrella al más puro estilo americano, Montserrat se había ganado una sólida reputación en centroeuropa, y ya tenía cerrados importantísimos contratos en el circuito internacional: Festival de Glyndebourne y una "Traviata" en Dallas.  De otro modo no habría sido llamada para cantar en Nueva York sustituyendo a una de las divas más grandes de la historia de la ópera. 

Ya como estrella, encaró esos contratos, y por suerte tenemos grabación de ellos. Aquí está "La Traviata" de 1965 en Dallas, para que la disfrute el que quiera. Es curioso, también, constatar como Caballé hace una serie de guiños, en ese debut, a la gran dominadora del rol por entonces, que era Maria Callas. Excesos melodramáticos en unos cuantos momentos que no son nada normales en la catalana (atención al "Amami Alfredo!" y lo entenderás) y en un tempo inusual. No pasó un año y esos aspavientos cesaron: Caballé asumió el papel tal y como ella quería y sabía: más cerca de la partitura, más puro musicalmente, más hermoso en lo vocal. Aún así, es un pedazo de documento y vais a disfrutarlo mucho. 

Gracias a "Onegin", el fantasma desaparecido (¿por qué?) por publicarlo en youtube.


sábado, 26 de julio de 2014

El maestro de canto. Carlo Bergonzi, in memoriam.

La primera vez que escuché a Carlo Bergonzi fue en la mítica grabación de "La Traviata" para la RCA en la que compartía cartel con Montserrat Caballé. La registraron alrededor de 1968, y en ese momento, aunque parezca mentira, era de las primeras grabaciones integrales de ese título verdiano. También fue la primera ópera que escuché completa, y la primera que me compré en CD (unos años después). Yo debía estar en 2º o 3º de BUP, y no era ni mucho menos un melómano. Ni siquiera sabía demasiado de ópera, pero me estaba adentrando en ese género, de la mano Montserrat.
 
Por supuesto tampoco tenía ni idea de quién era Carlo Bergonzi. Mis conocimientos acerca de cantantes de ópera se limitaban a Plácido Domingo, José Carreras, Victoria de los Ángeles, Teresa Berganza, Alfredo Kraus, Maria Callas, Renata Tebaldi, Joan Sutherland, Birgit Nilsson  y Luciano Pavarotti.  No sabía de nadie más, y a estos los conocía o por los medios de comunicación o porque en mi afán por saberlo todo de Montserrat Caballé leía artículos en los que aparecían. También por conciertos o representaciones a los que me llevaron a rastras en mi infancia y adolescencia. No sabía de muchos más. Pocos años después mis horizontes eran más amplios. La pasión sustituyó a la curiosidad, la ópera se convirtió en la música que más me interesaba, y aprendí, estudié, comprendí y asimilé. El horizonte de cantantes que me interesaban y gustaban creció, también mi capacidad crítica. Mi gusto se asentó y se fijó. Empecé a disfrutar de la ópera desde el conocimiento. El arte se puede disfrutar de cualquier manera, siendo un auténtico analfabeto y no conociendo ni sabiendo nada sobre lo que se observa, lee o escucha; pero también desde el conocimiento que da el estudio y el análisis. Antes hubiera dicho que son dos formas "igualmente válidas y placenteras". Hoy no lo tengo tan claro, con los años me radicalizo. Creo que saber de arte permite disfrutar más. Lo que se hace más difícil es satisfacer tu criterio, que se torna más exigente o, dicho de otro modo, se eleva. 
Vuelvo a Carlo Bergonzi. Lo escuché sin saber nada de él, ni de canto, y me impresionó. Yo elegí esa grabación de "La Traviata" por Montserrat Caballé, evidentemente, el tenor me resultaba accesorio. Sin embargo sentí algunas cosas que eran nuevas para mí: una voz hermosa, dulce, que paladeaba cada palabra y, sobre todo, que empastaba perfectamente con la soprano. Empecé a investigar quién era ese cantante, busqué fotos, su historia... No era tan fácil, a mis 17 o 18 años no existía  internet. Así que buscar información sobre un tenor significaba irte a una biblioteca y bucear en enciclopedias musicales, revistas... En fin que fue un proceso lento, que sin embargo hoy anhelo.
Descubrí, por ejemplo, que se le consideraba el mejor cantante verdiano del siglo XX. También que había una dicho que afirmaba que no se podía apreciar la ópera hasta que se escuchaba a Bergonzi cantando en italiano y a Kraus en francés.  Leí una entrevista con el gran tenor Richard Tucker en la que acusaba a Bergonzi de tacaño, pesetero y aburrido, con una frase que casi recuerdo literalmente "Bergonzi sale, canta, y regresa corriendo a su casa con la maleta llena de dinero". Conocí que también se semejaba a Kraus por su seriedad y su especial dedicación a la técnica del canto; algo que, créeme, no era muy habitual en otros tenores de su época o inmediatamente anteriores (del Mónaco, Corelli, Di Stefano... tenían tanta idea de música como de física cuántica, aunque, ojo, eran grandes cantantes). Supongo que cuando tu voz no es especialmente grande, ni ancha, ni poderosa, tienes que aprender a usarla si quieres convertirte en estrella. Bergonzi, como Kraus, era un gran cantante sin una gran voz. Aquí entra mi propio criterio personal: siempre he preferido las voces académicas, estudiadas, de técnica solvente. Me da igual si el cantante tiene tal océano vocal que es capaz de despeinar a un espectador que se siente en lo alto del quinto piso del teatro. Si no veo técnica, ni siento musicalidad, me deja bastante frío. En definitiva, me gustan los cantantes que son, además, grandes músicos. Disfruto mucho más con ellos que con cualquier otro. Es, hoy en día, toda una declaración de principios. Me importa tres rábanos que Birgit Nilsson no tenga italianidad o carezca de los elementos básicos que debería tener una soprano para cantar Verdi porque, amigo mío, ¿te has detenido a pensar en lo bien que está cantada su "Aida", pese a todo? En la disputa entre Renata Tebaldi y Maria  Callas, para mí siempre ganará Tebaldi. No es cosa de belleza, cuidado: John Vickers poseía una voz que podía denominarse como fea, pero es un gran cantante. ¡Cómo disfruto escuchándolo!
  
El gusto musical, especialmente el operístico, está lleno de tics, de esnobismo y de estereotipos, y tiene también un fuerte componente emocional. Cuando un cantante te ha hecho vibrar y lo relacionas con una experiencia superior, tiendes a ponderarlo siempre por delante de otros, y encuentras en sus actuaciones los argumentos necesarios para ello. Lo mismo con los cantantes que detestas por la razón que sea. Ya no suelo meterme en discusiones sobre cantantes, porque lo he comprendido. Tampoco creo a ninguna persona que me afirme estar por encima de la "contaminación emocional". Es mentira. Nadie se deshace de ella jamás.
¿Esto es una entrada sobre Bergonzi o sobre mí? Pues las dos cosas. Ni tengo ganas, ni me parece práctico, llenar este post de datos discográficos y biográficos sobre Carlo Bergonzi. Eso lo puedes encontrar en unas doce mil páginas webs. Prefiero contarte lo que Bergonzi significa para mí. Y ya he dicho una gran parte, porque toda esa declaración de principios sobre lo que me gusta o no de un cantante lo aprendí de Montserrat Caballé, Carlo Bergonzi y Dietrich Ficher Dieskau. Luego se sumaron otros, como John Vickers, Nicolai Ghiaurov, Kathleen Ferrier o Elisabeth Schwarkopf. Pero esos tres cantantes fueron los primeros. Los tres con el mismo denominador común: grandes músicos. Por ende, grandes cantantes. 
Para mí Carlo Bergonzi es canto. Belleza en la voz, sin que sea su principal característica (Carreras, por ejemplo, posee, para mí, la voz más hermosa de tenor que conozco). Dominio del canto, de sus matices, de la técnica. Una proyección que atraviesa el auditorio. Un preciosista fraseo en el que cada palabra recibe una clara singularización relacionada con la música que la sustenta y está perfectamente silabeada. La pronunciación académica de un italiano solemne. Impecable conocimiento del estilo y sus exigencias. El valor musical de la partitura, que es lo que da sentido al significado de las palabras, al personaje que se interpreta. Hay cantantes que lo hacen de otra forma: primero el drama, y de él nace el canto. Yo prefiero a los que hacen el viaje al revés, porque nos recuerdan que la ópera no es una obra de teatro en la que casualmente se canta. La palabra está sujeta a la música. La música pone en relieve todas las características del significado de las palabras que el drama necesita. También del carácter del personaje que se interpreta. Decía una gran actriz shakespeariana, creo que Vanessa Redgrave, que no era capaz de entender como Montserrat Caballé podía cantar en un concierto la gran escena de Desdémona en "Otello" de Verdi dotándola de toda su fuerza dramática e intensidad sin necesidad de interpretar la ópera desde el principio, porque ella sería incapaz de hacerlo en un teatro.  No es que Montserrat sea mejor actriz shakespeariana, por supuesto, sino que tiene un apoyo fundamental: la música, que da sentido a todo lo que expresa. Aparte de, como no, la maestría, la genialidad y el oficio
Carlo Bergonzi representa todo eso. No lo escuchas y dices "qué gran voz" sino "qué gran cantante". Completo, casi soberbio en su canto, merece el apodo que le dio el público: "El Catedrático". Porque era eso, un maestro del canto, alguien capaz de plantarse en escena, bajito, barrigón, con un pelo imposible, vestido con una armadura que le sobraba por todos lados, y en el mismo momento en que cantaba "Se quel guerrier io fossi..." hasta el final de la ópera se convertía para el espectador, sin género de dudas, en el más joven, guapo y musculoso capitán de los ejércitos del Faraón; como Montserrat Caballé fue, en escena, una de las más creíbles "Salomé" de la historia de la música, pese a sus más de cien kilos y a su incapacidad para bailar la danza de los siete velos. Recuerdo una gala, creo que en honor del muy bruto director James Levine en el Metropolitan Opera House de Nueva York, en el que  Carlo Bergonzi, con muchos años, y más que retirado, se atrevió con una serie de páginas de "Luisa Miller", incluida el aria principal para tenor; e hizo palidecer a los demás participantes, todos ellos jóvenes y maduros cantantes en activo. 
He disfrutado siempre muchísimo con Carlo Bergonzi. Sus grabaciones de "Don Carlo" y de "Rigoletto", acompañado de Dietrich Fischer Dieskau, me resultan memorables, increíbles e inalcanzables; como sus dúos con Montserrat en "La Traviata", "Aida", la pésima "I masnadieri" y "Tosca". Ahora que hemos conocido la noticia de su muerte, y para recordarlo como se merece, pienso escuchar el cofre de Phillips que recopila todas las arias de Verdi que grabó. Si tuviera que elegir un único tenor que salvar para la posteridad, en un improbable escenario de pérdida total de la memoria humana; sería él, sin pensarlo dos veces. Ya no está entre nosotros, pero por suerte siempre contaremos con su presencia sonora. 

viernes, 14 de junio de 2013

Flagstad, Varnay, Nilsson: Tres concepciones, una Brunhilde.

Flagstad Varnay Nilsson
Kirsten Flagstad, Astrid Varnay, Birgit Nilsson
Siempre pensé que para acercarme a Wagner necesitaba un esfuerzo intelectual de comprensión, análisis y estudio  que me daba un poco de pereza, lo reconozco. Pero bueno, todo llega en esta vida, y ese momento llegó hace un par de años. ¿Por qué Wagner supone ese esfuerzo? Porque hay que entender el proyecto intelectual que su música pretendía, renovador y reformista; hay que entender la propia estructura musical empleada, desde las orquestaciones, el famoso leit motiv, el uso de instrumentos de manera extravagante para la época (las trompas, por ejemplo); hay que entender el marco ideológico; y hay que estudiar los libretos en relación con todo eso. No significa que sin saber eso no se pueda apreciar o incluso adorar la música del teutón, pero con las alforjas bien llenas, el disfrute puede ser todavía mayor. ¿La ópera italiana es más sencilla? No exactamente, pero sí es más sincera, deviene en sí misma el cómo y el por qué. Wagner tiene un grado de confusión de ideas, y evito conscientemente usar el término complejidad, que lo hacen a veces menos evidente. Sobre todo en la Tetralogía
Richard Wagner
Este blog, desde siempre, es para explicar sensaciones y proponer ideas. No voy a ponerme aquí a analizar la obra de Wagner y a desentrañarla primero porque no tengo ni idea de cómo hacerlo, segundo porque me faltan conocimientos, tercero porque no es mi estilo y cuarto porque no puedo, y cuando no se puede no se puede. Además (quinto) si pudiera no querría hacerlo. Me he ido zambullendo en la Tetralogía, cada vez con más intensidad, hasta el punto de que me he llegado a escuchar varias versiones seguidas, e incluso las he comparado. No me da vergüenza decirlo: para ser un melómano, he escuchado más Wagner en mi año 42 que en toda mi vida.
Sellos conmemorativos de la Tetralogía, Uruguay.
Tampoco es que os vaya a contar y analizar versiones, porque están tan manidas que estaría asando la manteca: hay cientos de artículos sobre ellas y miles, en serio, entradas de blogs y foros al respecto. Ahí no pinto nada. Posiblemente tampoco en lo que quiero hacer, pero es algo que me apetece porque he reflexionado sobre ello y quiero ponerlo negro sobre blanco. Se trata de interpretaciones vocales, y muy especialmente de analizar las diferencias y confluencias de 3 sopranos referenciales en el papel de Brunhilde, posiblemente junto a Wotan la gran protagonista del Anillo del Nibelungo. La Walkiria amada, la más noble, la más valerosa, la más fastidiada por su propio destino. Masacrada sistemáticamente por cada hombre que se relaciona con ella de una u otra forma, es un personaje atractivísimo para un estudio feminista del trasunto wagneriano, aunque también algo estereotipado y de cartón piedra. Por cierto, gracias a mi amigo Hugo Álvarez descubro que la reciente versión del Anillo ejecutada en la Ópera de Copenhague desarrolla esta idea feminista con Brunhilde como protagonista.
Pero esta entrada de blog, que ya empieza a ser eterna (no es la síntesis una de mis virtudes) tampoco es para analizar personajes. Quiero contaros mis impresiones sobre tres grandes intérpretes del papel y explicaros por qué desde mi punto de vista siguen siendo las referenciales  en el mismo: Kirsten Flagstad, Astrid Varnay y Birgit Nilsson. A veces fastidia un poco que pese a los esfuerzos de muchísimos, y notabilísimos, intérpretes, haya unos pocos que se alzan con el podio de ser referentes. Ha habido grandes Brunhildes en los 70, en los 80, en los 90 e incluso ahora mismo. Sin embargo, estas tres olímpicas siguen estando a unos niveles por ahora igualados (Irene Teorin, por citar una de las más recientes) pero no superados. Es como si con sus tres visiones del personaje lo hubieran clavado, desde todos los puntos de vista, y aún hoy nadie hubiera sumado un centímetro a la imagen que nos dieron de la Walkiria. Es un poco extraño, porque la Nilsson hizo sus últimas grandes interpretaciones del rol en la primera mitad de los 70, es decir, hace 40 años. El hecho de que algo parecido suceda con muchos roles de la ópera italiana (Norma, sin ir más lejos, que no ha tenido una intérprete referencial desde que Caballé abandonó el rol en los 80) ¿podría llevarnos a colegir que la generaciones de cantantes de los 90 hasta la actualidad adolece de cierto nivel? Pues yo antes pensaba que eso era un cuento de “viejecitos” pero empiezo a pensar que si bien hoy hay grandes especialistas en diversos repertorios, faltan grandes figuras, y faltan grandes figuras porque se ha perdido algo en la enseñanza y tradición musical. Al final de lo que te cuento de cada cantante, un video para que puedas disfrutar con ellas.
Kirsten Flagstad empezó a cantar Brunhilde a finales de los años 20 del siglo XX.  Astrid Varnay a principios de los 40 y Birgit Nilsson a mediados de los 50. De las tres, a la hora de poder disfrutarlas, juega con ventaja Birgit Nilsson, por dos razones: el primero, práctico, el segundo morfológico. El práctico es que sus grabaciones son técnicamente impresionantes, muy especialmente el Anillo que bajo la batuta de Solti grabó para Decca en la primera mitad de los años 60. Monumental desde todos los puntos de vista, el de la ingeniería de sonido también. El morfológico es que no hay que tener una gran finura de oído para saber que es la que tenía el registro más amplio, desde los graves a los agudos, y la que poseía un mayor volumen. Sólo hay que comparar el tremendo agudo que corona el verso “in mächtigster Minne vermählt ihm zu sein!  a punto de terminar con la escena de la inmolación: lo emite, siempre, con una seguridad y una amplitud que casi parece chulería. Flagstad lo da sin problemas pero acusa la dificultad, a Varnay lo sufre. Por el contrario, es a Nilsson a la que más cuesta apianar, porque cuando se posee un océano vocal, domeñarlo y hacerlo un suave arroyo es un esfuerzo titánico.
Por ser la fonografía la única fuente con la que podemos apreciar su trabajo, la que más sale perdiendo es Kirsten Flagstad. Las tomas de sonido de sus años gloriosos son malas, monoaurales, estáticas, deforman enormemente la voz. Para cuando por fin se la graba con una mejora técnica considerable, a finales de los 40 y principios de los 50, su voz acusa la edad, y no nos llega con la plenitud que debería. Pero es una cantante notabilísima, un músico excepcional, todo lo hace con sinceridad y con una seriedad profesional fuera de toda duda. No obstante fue una soprano que logró unas cotas de éxito y popularidad más allá del círculo de operófilos, considerada la mejor de su época, y todo eso en unos tiempos donde no había mass media para consagrarse: fue la soprano más conocida y aplaudida del periodo inmediatamente anterior a Maria Callas. Por cómo y cuando se formo, es la soprano que más nos acerca a la manera en la que se interpretaba y entendía a Wagner en su primera tradición. La voz, si bien algo menos poderosa que la de Nilsson y con un registro menos seguro en los extremos, sin embargo posee una gran belleza. También sorprenden sus portamentos, muy especialmente hacia el final de su carrera, pues Flagstad no tiene dificultad en usarlos aún cuando están tan contraindicados para la ópera alemana. Eso hará que algunos tengas problemas al escucharla. Sin embargo, a día de hoy, sigue siendo la Isolda más completa que yo haya escuchado jamás. Desgraciadamente, como ya dije, la zona aguda le fallaba cuando las tomas de sonido comenzaron a ser mejores, y los trucos técnicos que se emplearon para suplirlos se notan. Pero hay que ser muy imbécil para estar escuchando una Brunhilde impecable o una Isolda exponencialmente superior y quejarse porque un determinado agudo tiene truco, un puñado de segundos irrisorios en horas de interpretación. Pues bien: hay imbéciles que todavía hoy se regodean en ello.  A Kirsten Flagstad esa realidad, muchas veces, le mortificaba.
Sin embargo, aunque sea una de esas apreciaciones a veces difíciles de explicar, la Brunhilde de Kirsten Flagstad, en los registros que he podido escuchar, establece un planteamiento muy interesante que quizás ha marcado una pauta en el resto de cantantes wagnerianas. La dualidad del personaje, de naturaleza divina y sentimientos humanos, se equilibra y balancea de una forma muy estudiada, muy medida, en todas sus interpretaciones. Flagstad se decanta por la divinidad. Su Brunhilde es un ser superior, un ser puro y por encima de los mortales, una divinidad, mantiene esa elegancia y esa presencia divina en todo momento, muy especialmente cuando comienza su duo con Sigmund. La diosa solemne se entrega a su cometido. Sin embargo, la naturaleza humana, y más aún en el imaginario del S. XIX, la naturaleza femenina, hace su aparición a medida que avanza ese mismo dúo, y se va resquebrajando hasta que notamos, percibimos, que va a imponerse y no seguirá las instrucciones de Wotan. La voz se abrillanta, el entusiasmo altera incluso la línea vocal, se llena de luz. Así se mantiene hasta que de nuevo se encuentra con Wotan, ya al final de la Walkiria, para sufrir su castigo. De nuevo aparece la divinidad, que se entrega a su destino con la dignidad de lo que es. Notamos exactamente la misma resolución del personaje cuando se encuentra con Siegfried, la lucha entre humanidad y divinidad, que la llevan incluso a la exasperación. Es increíble como las dos naturalezas quedan audiblemente diferenciadas sólo con matices vocales, la voz se aligera, se libera, fluye con nerviosismo cada vez que la Walkiria se enfrenta a los humanos sentimientos del amor, se oscurece y adquiere un tinte de infinita elegancia cuando se impone el ser inmortal. Incluso cuando clama venganza por la traición de su amado, es más divina que humana. Claramente significativo en toda la escena de la inmolación, esa barbaridad que Wagner impone a la soprano que, después de haber cantado todo, y a los más elevados extremos, tiene que correr un sprint final de 19 minutos por los que pasa por todos los momentos emocionales, sube a lo más alto del pentagrama, baja a la caverna con insoslayables graves, y necesita de un control de la respiración fuera de toda duda. Aquí es donde, desde mi punto de vista, Flagstad resuelve mejor incluso que sus afamadas colegas, y se lleva el triunfo. Aún hoy me parece la mejor inmolación de cuantas tenemos registro. Sus susurrantes “ruhe!, ruhe! ruhe!” ponen los pelos de punta. El paroxismo final, que muchas resuelven con cierta histeria, alcanza su clímax sin que Brunhilde pierda la cabeza. No es una mujer arengándose para ir al suicidio con dignidad y luchas así contra el miedo: es el ser divino que cumple su cometido, que entra en la muerte con los ojos abiertos, sin titubeos, consciente de lo que va a pasar, sin crispaciones. No es una reivindicación de sí misma, es una reivindicación de lo que significaba el Walhalla y los que allí moraban. De lo que significaba la naturaleza divina de Siegfriedo antes de ser sometido de forma natural y vencido por la naturaleza humana. El misticismo de Furtwangler dirigiendo la ayuda a expresar esa visión, pero la sequedad plúmbea de Leinsdorf no la acobarda, más bien parece que se entrega a la monumental necesidad de superar al maestro que dirige desde el foso. Birgit Nilsson aprende la lección, pues sus últimos compases como Brunhilde siguen este camino, es más, lo desarrollan de acuerdo con un mejor registro vocal.

Si usamos la interpretación de Flagstad como base del análisis, en el caso de Astrid Varnay es la mujer, la muchacha, la que vence en todo momento a la divinidad. Seguidora de Flagstad, quien la impulsó desde los más tempranos momentos de su carrera, también más joven, los registros que nos han llegado son de bastante buena calidad, aunque muchos monoaurales, y todos los que yo he escuchado debidos a tomas en directo, sin posibilidad de maquillaje en estudio. Astrid Varnay tiene una voz amplia, poderosa, segura, pero más ingrata que la de Flagstad y Nilsson desde el punto de vista fonográfico. Aunque sé que es un concepto muy discutible, es la menos bella de las tres voces. Cierta dureza en el registro agudo, tendencia a tonos algo metálicos, harán para los aficionados que, como yo, nunca pudimos verla en escena, que la impresión final no sea tan placentera como en el caso de las otras dos ilustres Brunhilde. Sí, hay momentos en los que la falta de belleza vocal puede distraernos. Pero sin embargo, es posiblemente la mejor actriz de las tres, la que tiene una mayor capacidad de expresar emociones, de poner la música al servicio del personaje y de dotarlo de más sentido escénico. La alocada chiquilla que entra en escena en su primer dúo con Wotan, da paso a una atribulada, desconcertada y desorientada mujer que no quiere cumplir el mandato del padre y sabemos desde el principio que no lo cumplirá. Notamos que se enamora de Sigmund, aunque sea de una manera mística, que salva a Sieglinde a regañadientes, y que como mujer se enfrenta a su padre y asume su castigo de nuevo como una niña asustada. Esa niña trasmuta de nuevo a mujer enamorada y reflexiva con Siegfried, a terrible despechada cuando descubre la traición; y vemos como marca la diferencia con su antecesora en la escena de la inmolación. Aquí, la mujer enamorada se impone en todo momento a la divinidad, la joven que se inmola por y para el amor, que se crispa pensando en lo que sucederá en cuanto cruce las llamas. 
Es una Brunhilde carnal, emotiva, sensorial, que no tiene tiempo para el misticismo. Un matiz de nuevo absolutamente personal: mientras Flagstad sabe en todo momento qué va a decir, pareciera que Varnay reflexiona sobre cada una de sus palabras, las buscara, incluso las perdiera. La más tensa y dramática de las Brunhilde que yo he escuchado, es una experiencia renovadora hacerlo, una lectura radicalmente opuesta, pensada, diferente, que cambia y se acrecienta a medida que pasan los años. Es la actriz, por excelencia, de las tres.
Si nos damos cuenta, aparte de la calidad interpretativa y de la rotundidad vocal, estas tres cantantes se hayan unidas por un denominador común más: son excelentes músicos. Han estudiado detenidamente la partitura y has anotado mentalmente los matices exactos que quieren darle. En el caso de Varnay, la presencia de Keilberth a la batuta en alguno de sus registros más importantes da seguridad a su actuación. Es imprescindible escucharla, yo no he escuchado una Brunhilde tan humanizada hasta la llegada de Irene Teorin hace muy escasas fechas en el feminista “Anillo” de la Ópera de Copenhage.

Entonces llegó Birgit Nilsson, y llegó Decca con su afán de grabar la Tetralogía con los mejores medios técnicos posibles, y un ambicioso Solti empeñado en grabar un monumento musical (es curioso como sus aportaciones en vivo no estuvieron a la altura del gran registro en estudio que hizo para Decca); y pusieron el panorama wagneriano en cotas difíciles de alcanzar. Desde el punto de vista vocal, Birgit Nilsson es objetivamente, y mira que no me gusta utilizar el termino objetivo en cuestiones musicales, la mejor de las tres. El registro es amplísimo, la técnica insuperable. No se resiste ni el escollo más difícil de la partitura, es más, aparecen definidos casi con facilidad. Birgit Nilsson posee un océano vocal, posiblemente la voz más grande de cuantas hayan existido en la historia de la fonografía. Es mi debilidad, por inadecuado que parezca un personaje, su forma de cantar, con un enorme sentido del gusto y de la elegancia, hace placentero escucharla. Incluso su denostada, por muchos, Aida, puede resultar poco convincente, pero nadie dirá que está mal cantada, porque no es cierto. Si analizamos la carrera de Nilsson, vemos que en sus papeles referenciales hay cosas en común: mujeres resueltas, con personalidad, duras. Incluso tiránicas en algunos momentos (Brunhilde, Turandot, Isolda, Elektra…). Con las tímidas señoritas le va algo peor, por supuesto. Lo suyo son las grandes heroínas, donde se impone. En Aida uno espera que empiece a arrear sopapos a Amneris, a Radamés y a Amonastro, y no acabamos de creer en su hesiante personalidad. En Tosca uno no deja de pensar que Scarpia no tiene nada que hacer a su lado. Su voz supera esos papeles. Arrebatadoramente simpática, tenía una capacidad de interacción con el público que le aseguraba el triunfo en  cada presentación escénica. 
Puede que en lo que son mis gustos más personales yo me decante por Kirsten Flagstad, pero Birgit Nilsson es, para mí, del puñado de olímpicas que dominaron la ópera en el S. XX (Flagstad, Schwarkopf, Callas, Tebaldi, Nilsson, Sutherland, Caballé). La prestación de Nilsson para Brunhilde lo tiene absolutamente todo: vocalmente impecable, la manera de analizar el personaje, también. Sería muy fácil decir que es una mezcla de Flagstad y Varnay, pero no van por ahí los tiros. Es una Brunhilde que duda, que no quiere ser manejada ni por Wotan, ni por Siegfried, que los mira de igual a igual, que prácticamente ordena, primero, a Sigmund que la acompañe, y luego lo asiste, también imperativamente, en su duelo con Hunding. Es la portadora de la virtud, y por eso no se achanta ante su padre, porque sabe que él ha traicionado ese mandato de honestidad. Se enfrenta a él sin pestañear, asumiendo su destino, casi lo trata con desdén. Perdió su admiración por él. Es una lectura muy rica, muy matizada, y muy bien cantada, lo cual convierte el acto de escucharla en algo intelectual y sensorial, es placentero. Cuando descubre la traición de Siegfried parece que lo esperara, le duele más como violación de los principios morales que deberían asistir a los héroes que como algo personal. Es una mujer por encima de las mujeres. Se reivindica a sí misma en toda la inmolación, llegando a momentos expresivos de una interiorización que elevan a quien lo escucha. Reflexiva y doliente, más adustamente trágica que dramática. 
Lo curioso es que uno la escucha en sus primeras interpretaciones, se entrega a la grabación de Decca, hasta a actuaciones postreras (Barcelona, finales de los 70), y la idea matriz siempre está ahí, y simplemente se desarrolla, crece, evoluciona. En los mismos niveles de calidad aún incluso cuando la voz comienza a flaquear. El propio control, o dificultad de control, de su océano vocal marca la diferencia en los matices. Es muy difícil para esta soprano recoger su torrente de sonido y cumplir con las pequeñas “p” que Wagner ha colocado en la partitura. Podría sonar a “pero”, y desde luego, si lo es, es el único. La Brunhilde de Nilsson evoluciona en madurez, en intensidad, crece como ser a medida que las experiencias humanas la enriquecen, sean estas positivas o negativas. Su inmolación a mí siempre me ha parecido un “ahí os quedáis, esta realidad no me merece”. Es la Brunhilde virtuosa. Ni inocente, ni divina. Virtuosa hasta el final, elevada a las más altas cotas del misticismo.

Tres interpretaciones tan brillantes como distintas, tan iguales como equilibradas; difícil decantarse por una, lo mejor quedarse con las tres. Desde luego, son el listón por el que medir a todas las demás. Y desde mi punto de vista refutan la idea de que en Wagner los personajes se empequeñecen por la música, por la grandiosidad de las historias, y permiten poca creatividad interpretativa. Bien al contrario, creo que la grandeza musical de Wagner es la que sirve de mejor vehículo a los grandes creadores de personajes.

jueves, 4 de agosto de 2011

Tosca en el Teatro Real

El pasado 18 de julio estuve viendo, y escuchando, la ópera de Puccini Tosca en el Teatro Real de Madrid. Estas son mis impresiones de lo sucedido ese día. Para empezar, debo dejar claro que Puccini no es en absoluto santo de mi devoción. Salvo contadas excepciones, sus argumentos suelen parecerme cursis y con problemas dramáticos insalvables, y la música tremendamente empalagosa, con, además, numerosos trucos (doblar sistemáticamente a los cantantes) y una orquestación que, por intentar ser rica y dinámica, se queda sólo en efectista y aburrida. Tosca es de los argumentos más redondos que tiene, aunque adolece de los mismos defectos, y en mi caso, me parece que tiene un primer acto cursi, un segundo acto redondo, que toca la perfección; y un tercer acto que me aburre soberanamente.El montaje, de Nuria Espert, ha sido recibido con cierta frialdad. Hay a quien le ha gustado mucho, a quien ha horrorizado, y a quien, como es mi caso, no ha acabado de convencer. Para empezar, la frialdad de luces y colores, la conversión de Scarpia en un personaje muy blando, por no poder sustraerse la directora al anticlericalismo (no sé por qué todos los malos son religiosos), y si bien la escena inmediatamente anterior al Tedeum, con los niños cantando y bailando en la iglesia, me pareció encantadora, el Tedeum en sí mismo, con la presencia de los Guardias Suizos y el propio Papa, me resultó totalmente fuera de lugar: disparatada. No es que Espert no haya entendido la obra, es que la entiende tanto que creo que no le apeteció demasiado pensar en ella. Tampoco da, dramáticamente, para mucho más, pero para esto yo habría contratado a Bieito, y al menos nos habríamos reído y epatado. La presencia de la Pietá del Vaticano tampoco ayudaba mucho en el primer acto. Como me dijo un amigo mío, todo eso era para recordar que estábamos en Roma, y punto. Vamos, que también podría haber estado la Fontana de Trevi, o Marcello Mastroniani, y hubiera dado lo mismo.La orquesta y Renato Palumbo, su director, no sonaron del todo mal, aunque en algunos momentos corría, en otros iban demasiado despacio... Me pareció un director irregular con momentos brillantes, pero tampoco es Tosca una partitura que debiera resultar de esa forma, y en líneas generales diré que cumplió, y punto. Siguen siendo referenciales las direcciones de Sir Colin Davis y Riccardo Mutti en esta obra. El coro algo disperso por momentos, sigue siendo la gran tara del primer teatro operístico madrileño.No me voy a detener en los personajes secundarios, porque realmente cantan tan poco que apenas superan la categoría de comprimarios. Así que vayamos al grano, que es lo importante. Lado Atanelli encarnaba al Barón Scarpia. Y si bien me gustó su voz, su elegancia en el escenario, e incluso su figura, le falta aún un poco de fuerza, de garra, de más maldad para encarnar tan fatídico personaje. Las ideas de Espert tampoco ayudaban a darle esa fuerza, y si a un Scarpia le falta mala leche, y perfidia, pierde mucho de su razón de ser. Sin embargo, no es un mal cantante, corto en el volumen, pero de emisión grata. Si adquiere más peso, podrá ser un buen Scarpia en el futuro, pero por ahora, cumplidor, que no es poco.Marco Berti, como Cavaradossi me pareció un auténtico escándalo. Empiezo a estar harto de los tenores trompeteros, que por tener mucho volumen y dar agudos a lo bestia, ya pueden considerarse grandes o sobresalientes. Pues no. Para empezar, carece de toda elegancia, es un cantante basto y tosco (y me ha salido un juego de palabras con respecto al título de la obra). No tiene portamentos, sino grúas, para llegar arriba en el pentagrama empuja y entuba como un auténtico animal. No hay matices, ni nada que se le parezca, la voz tiene color: gris. Desafinó en más de una ocasión, se ahogó... Pero sobre todo es que Cavaradossi no es eso, de ninguna de las maneras. Poco más que un chulo moviéndose por el escenario, más sexualmente interesado en Tosca que enamorado. No da más de sí, y desde luego es un personaje que no sabe hacer en absoluto, y un dolor de oídos para quienes tenemos que sufrirlo. Por cierto que al caer al foso, en la última escena, cuando ya cadaver los soldados lo arrojan, rebotó claramente, dejando en un tris a Tosca de no poder suicidarse. Y si nunca me gusta hablar del físico de los cantantes, porque creo que cuando un intérprete consigue la mágica combinación de voz y actuación que se espera de él, da igual que pese doscientos quilos como que sea enano y calvo, lo cierto es que con tan mala forma de cantar y tan mala calidad actuando, uno no podía dejar de pensar cómo Tosca estaba dispuesta a dejarlo todo por él: yo me habría quedado con Scarpia, infinitamente más guapo. Nunca, porque quien se sube a un escenario para mí tiene el máximo respeto, me habrás oído decir esto, pero Marco Berti, definitivamente, no sabe cantar.Violeta Urmana, soprano titular del papel de Tosca, se llevó el gato al agua. Para empezar, aún con ciertos problemas en los agudos más extremos, que tienden a abrirse, cantó con solvencia. Es una soprano convincente, y en todas las aventuras en las que se mete, suele salir airosa, una buena profesional. Siempre con un plus de frialdad, que sin embargo en esta ocasión sólo apareció en un par de momentos. Mujer enorme, mide más de un metro ochenta porque a mí me saca una cabeza, tiene una importante presencia escénica, y supo utilizar todos los recursos dramáticos del personaje a su favor. Está por encima de sus colegas, y eso no sólo se notaba sino que la hizo brillar más de lo que con otro elenco habría brillado. Pero siempre es gratificante verla y escucharla, y uno sabe, cuando va al teatro, que al menos ella estará bien. Supo ser una amante celosa y caprichosa en el primer acto, una doliente tigresa en el segundo, y una mujer absolutamente dueña de sí misma en el tercero. Tiene un buen fraseo, la zona media es excepcional, la voz le responde, y sabe qué está cantando, lo que hoy en día es suficiente. Este año la había escuchado en el Teatro de la Zarzuela en un magnífico concierto de lied, y tengo un gran concepto de ella, sobre todo por su dominio técnico, que incluyen el fraseo, el legato y la emisión. Emocionante en los momentos más necesarios, pero sobre todo musical y entregada, no se le puede negar su profesionalidad, como ya he dicho. Me gustó en esta Tosca, como me ha gustado siempre que la escucho, aunque no sea un devoto seguidor. Pero mientras el Real apueste por ella, y ella no se salga de un repertorio que le viene como anillo al dedo, cada vez que se presente en Madrid nos dejará con buen sabor de boca.Al final no lo pasamos mal, y el publico aplaudió a rabiar a todos los protagonistas, lo que convirtió la noche un auténtico éxito.



jueves, 21 de julio de 2011

Montserrat Caballé, la voz de un siglo.

Es difícil definir a vuela pluma cuál es la voz de Caballé, cómo es, así como su capacidad global como cantante, dado que su carrera se vierte durante cinco décadas con consiguientes cambios. Pero hay unas líneas generales que podemos introducir y analizar brevemente, las claves de su éxito internacional. Trataré de hacerlo con mis palabras pero apoyándome en las opiniones de otros. Caballé siguió, de una manera determinada, el camino de Tebaldi, pero sin olvidar a Callas. Quiero decir con ello que expresa mejor su arte a través de la corrección técnica y la expresión de sonidos hermosos, pero estos sonidos no son mera belleza en su estado más narcisista, sino que suelen estar preñados de significado y contenido dramático. Siguiendo la senda de Maria, no sólo en la recuperación de papeles olvidados, no olvidó que la ópera no sólo es música, sino también drama.

Creo que uno de los mayores mitos que circulan sobre Caballé es que no era una buena actriz. Una vez, Silvia Munt indicó que eso le parecía una bobada, pues era imposible que una mujer voluminosa como Caballé muriera de tisis en La Boheme o de inanición y agotamiento en Manon Lescaut y que el público la creyera sin ponerlo en duda, si detrás de esa interpretación no había una buena actriz. Es esa magia del teatro de la que carece el cine o la televisión, por eso soy tan poco dado a juzgar las sensaciones que un cantante me produce en dvd, donde la verosimilitud pesa tanto. Cierto, si lo que el público trata de ahogar al final de La Boheme o durante Salomé no es una risotada sino emoción, es que Caballé no ha debido hacerlo mal del todo.

No es una actriz histriónica, ni tampoco dada a la fuerte gesticulación. No puede, como Callas, correr por el escenario y tirarse al suelo si es necesario: Caballé es una mujer obesa, todo eso está lejos de su agilidad física y además, caso de poder hacerlo, realmente le quedaría francamente mal. Bien al contrario, optó por controlar su actuación por medio de una serie de gestos y de posiciones que le permitían empujar las necesidades dramáticas de la acción. Ojos y manos, bien visibles, son su principal arma, como le había descubierto Luchino Visconti en una conversación “Con una voz como la suya, no necesita nada más, sólo la fuerza de sus manos y de sus ojos, que son muy expresivos”. Miradas ardientes, una buena pantomima gestual, y bastante entrega a lo que está pasando en escena, apoyado por su indiscutible fraseo, cargado de esencia dramática. Cuando la voz es capaz de transmitir con todo tipo de emocionalidad, y ésta además se apoya en una economía de gestos que ayuda a la acción sin caer en excesos, Caballé lo consigue. Hace poco, hablando con una amiga de Callas, se me encendió otra bombilla, pues los dos decíamos como Maria, aún en un recital sin vestuario ni posibilidades de interpretación gestual, con una mirada, un gesto, una inflexión era capaz de crear una atmósfera dramática adecuada. Sin salvar ninguna distancia, si vemos a Caballé en recitales o en representaciones en concierto, vemos que sucede lo mismo. Y si alguien sigue dudando, le recomiendo que vea a nuestra soprano cantando junto a Plácido Domingo el dúo “Tu, amore, tu?” de Manon Lescaut en la Gala Bing del MET, y entenderá lo que quiero decir. A finales de los 80, en Madrid, hace el papel de Margarita en el “Mefistófele” de Boito, y recuerdo con gran emoción, pues yo estaba allí, cuando Caballé, absolutamente metida en la interpretación, mira al cielo y se lamenta “Padre Santo, mi salva!”, y curiosamente lo declamó en lugar de cantarlo, y lo hizo con una belleza interpretativa que anulaba cualquier otra consideración, o cuando espeta a Fausto “Enrico, mi fai riprezzo”, de una manera ahogada y casi hostil... Verdaderamente esta soprano sabe moverse en las tablas como nadie. Carreras dijo, para un documental sobre su carrera, que Montserrat Caballé era la soprano que, desde su punto de vista, mejor conseguía meterse en un personaje e identificarse con él, y concretamente dijo que cuando compartía el escenario con ella esta cualidad podía dejarlo “desarmado”.


Caballé es una gran voz, unida a una gran cantante, inteligente, que sabe dosificar sus interpretaciones y estudia los detalles de lo que se trae entre manos. Hay cantantes de ópera galácticos, insuperables, olímpicos, que no conjugaban ambas posibilidades. Ha habido grandes cantantes que no tenían grandes voces (Dietrich Fischer Dieskau, Alfredo Kraus o Teresa Berganza, por ejemplo), y ha habido grandes voces que no han logrado hacer un gran cantante. Las dos cosas que hay que destacar de Caballé, para describir su voz, son capacidad técnica y belleza. La técnica es fundamental, y como Plácido Domingo, Caballé considera que cuando se tiene la técnica adecuada, y el conocimiento del repertorio, se puede cantar todo lo que esté dentro de las posibilidades de la voz. Montserrat forjó esta excelente técnica con Conchita Badía y Eugenia Kemmeny es sus años de formación. Kemmeny era muy peculiar, pues se empeñaba en que sus pupilos conocieran los elementos físicos de la voz, dominaran la musculatura, y supieran usarla según sus necesidades, con una máxima que quizás a la luz de la carrera de Caballé pueda sernos ahora esclarecedora: cantar es como correr una marathón, hay que tener fuerza para aguantar la carrera pero sobre todo para poder hacer los últimos 5 kilómetros sin problemas. Este dominio sobre el cuerpo sigue siendo una costante en sus clases magistrales, en las que tiene una lección titulada “Arquitectura de la voz”. Siempre se recuerda su anécdota con Isabel Rey, quien estando en clase con Montserrat no acababa de entender una idea respecto del diafragma. Caballé le pidió que emitiera un La mezzo forte durante todo el tiempo que pudiera. Mientras Isabel Rey hacía lo solicitado, Caballé fue palpándole el diafragma, y cuando encontró el punto justo empujó con firmeza su puño y lo mantuvo apretado en el abdomen de Rey, conisguiendo que la nota, que había oscilado en fuerza y ajuste, siguiera hasta el final totalmente firme y sostenida.


Dentro de la técnica, que no puedo describir porque ni la conozco totalmente ni soy un experto, destaca el control respiratorio y la emisión. El primero se ha hecho legendario, cómo Caballé era capaz de sostener notas y cerrar estrofas completas sin detenerse a respirar. Se cuenta la anécdota de Karajan, quien preparando el Requiem de Verdi que los debería unir por una única vez, iba indicando a la soprano “respirará usted aquí”, y Montserrat, divertida, respondía que no. “Entonces aquí”, indicaba el director avanzando algún compás, “no maestro”, volvía a decir Caballé... “¿Cuándo va a respirar?” preguntó incrédulo entonces Karajan, tras varias negativas más de la soprano, y esta, con humildad pero sorna le señaló varios compases más adelante “aquí”, lo que fue recibido por el maestro con una expresiva apertura de ojos al tiempo que indicaba “¡perfecto, perfecto!”.


De ahí salieron momentos vibrantes como el sostenimiento de la nota final en Don Carlo hasta el final mismo de la música orquestal, pero aparte de estos alardes sobre una sola nota, es sobre todo un sello de la casa que le permitía sostener fraseos increibles durante un enorme flujo de segundos.


En cuanto a la emisión, tenemos los pianísimos, una búsqueda concreta y pensada que hizo Caballé tras escuchar a Fleta en ese sentido. Lo adquirió desde su juventud, y son un hito en cuanto a emisión y proyección pues consigue emitirlos con gran relajación incluso en momentos de gran volumen orquestal sin que ningún miembro del público, por alejado que esté del escenario, deje de escucharlo. Una emisión focalizada y penetrante de un volumen de sonido perceptiblemente escaso. Cuando aunando ambos principios consigue alardes de una belleza expresiva tan intensa como al final de su primera aria en Parisina D’este, en la que enlazando trinos en pianísimo va elevando la nota hasta las zonas más altas del pentagrama sin detenerse a respirar, puede escucharse, en la grabación del cavernoso Carnegie Hall, como un miembro del público cercano a la toma de sonido empieza a vitorear al grito de “increíble, increíble, dios mío”.


Caballé da a la formación física una gran importancia. Ella misma ha comentado: “llevo décadas practicando lo que me enseñó Kemmeny. Cada mañana, después de desayunar, hago un ejercicio de respiración durante tres cuartos de hora (...) pongo en marcha el cronógrafo y calculo el tiempo que tardo en espirar completamente. Normalmente llego a un minuto cuarenta y cinco segundos, pero mi mejor marca es dos minutos, cosa que puedo hacer si me encuentro en plena forma. Y así es mejor, porque tengo más aire en reserva”.


No es Caballé una soprano de agilidad, y más de un problema tuvo con figuras como el trino, aunque un servidor ha visto un espectrograma de uno de sus trinos y en principio, cuando logra emitirlos, estos no tienen mayor dificultad ni diferencia con los de otras cantantes. Montserrat es una soprano que posee la calidad técnica necesaria para poder superar pruebas de agilidad dentro de su cuerda, sin llegar a los alardes de una lírico-coloratura. Gracias a ello, puede enfrentarse a la cabaletta que culmina el aria inicial de Lucrezia Borgia, así como a la celebérrima “A, non giunge”, de La Sonnambula, o una de sus interpretaciones más indiscutidas, Il pirata. Pero en su caso, dentro de su caracterización de lírico-spinto, la agilidad, y el ornamento, no son el cómo y el por qué, como sucede con Sutherland.


Dije que la segunda característica que describe la voz de Caballé es su belleza. Hace poco escuchábamos a la malograda Lloris referirse a ello. La voz de Caballé es de una extraña belleza, cristalina, ausente en sus momentos de plenitud de exceso de vibrato. Es una voz nítida y clara, muy distinta a la de otras sopranos por esa cualidad de transparencia. Posiblemente, dijo Tubeuf, la voz más hermosa del siglo XX, aquella que ha sido capaz de emitir los sonidos más bellos, insisto que cargados de intención, y se me ocurren dos bellísimos momentos, al final del primer dúo con Rodolfo en La Boheme o el sí bemol que flota en el verso “il sospirato mio ben”, así como el bellísimo pianísimo, interminable, que queda suspendido sobre la orquesta en el aria de Louise, en la palabra “hereuse”, o lo mismo que consigue en “Im abendrot” de Strauss en el verso So tief im Abendrot”, donde el pianísimo con el que remarca la primera sílaba de “Abendrot” flota por encima del sonido orquestal, es una emisión que yo no había escuchado o sentido jamás, y está tanto en la versión en estudio (más lenta) que en vivo (ligeramente más rápida), todo ello en una sola respiración.


Su voz es clara, limpia, de un timbre que, sin ser penetrante, puede traspasar sin problemas esta especie de ‘barrera de sonido’ que es la orquesta de Strauss, que se interpone entre los cantantes y el auditorio. Debe ser por la confianza que tiene la artista en el volumen de su voz, que a veces la emplea con circunspección, complaciéndose en los pianos y en sutilizar el fraseo, cosa que si bien le permite conseguir inflexiones expresivas de una belleza extraordinaria, la aproxima demasiado a los timbres orquestales, con los que llega a confundirse”. Esta definición de la voz de Caballé, a principios de los 60, debidas a Xavier Montsalvatge, habla por sí sola, y resume certeramente párrafos enteros que podría escribir al respecto.


La voz de Caballé tiene un volumen adecuado. No es especialmente gruesa, pero sí dúctil y flexible. No es Birgit Nilsson con su inmenso océano vocal, pero no es el volumen algo que le falte. Cierto es que su apetencia por el pianísimo, así como su negativa a emitir, salvo en contadas ocasiones, sobreagudos que no estén escritos en la partitura, crearon ciertos mitos al respecto. Pero ahí está la escena de los enigmas de Turandot para decirnos lo contrario, en los que la voz suena potente y sin problemas por encima del maremagnun de sonido compuesto por Puccini. Cuando se trata de canto sfogato, Caballé lo hace sin que se noten fisuras, como en la emocionantísima aria final de Butterfly. Cuando arremete en forte, puede llegar a ser temible, y algunos tenores así lo sintieron, caso de Corelli e incluso Carreras.


Tampoco tiene problemas en cuanto a la amplitud. Sus graves no son fáciles ni cómodos, aunque no creo que por lo que escuchemos a una soprano sea por sus sonidos graves, pero llega a ellos con dominio técnico, y a veces, como en Gioconda, empleando un fuerte registro de pecho. Aún así, ¿quién no se emocionó con los versos finales del aria “Pleurez, mes yeux” de El Cid de Massenet, en los que Caballé baja a los infiernos del pentagrama forzando una nota que logra la ovación del respetable? En la otra dirección, los agudos, llega a ellos sin problemas, y cuando hace alarde y emite un sobreagudo que no está en la partitura (Caterina Cornaro, en Londres, la maldita Anna Bolena de La Scala), los resuelve sin dificultad. No es la Sutherland en ese sentido, pero tiene esas notas, que rara vez emplea.


La magia de Caballé, en ese sentido, como ha dicho Horne, no está en los extremos del pentagrama. Con una buena técnica, mal que bien, cualquier cantante sube y baja sin mayor dificultad. Empleando las palabras de Horne “Lo que realmente distingue a los pocos grandes cantantes de los simplemente buenos es la calidad y la belleza de la voz, y, en particular, su registro medio. El de Montserrat es extraordinario. Es capaz de producir sonidos increíbles y hacerlos llegar tal cual hasta tu oído. Actualmente no hay nadie que pueda hacerlo más que ella. En uno de los conciertos que hicimos juntas, Montserrat cantaba un aria de Sancia di Castiglia de Donizetti (una obra totalmente desconocida), y apenas empezó cobró vida. El público se volvía loco, fue maravilloso. Y además de ser una cantante fabulosa es una gran señora y muy divertida, también. La quiero muchísimo”. Suscribo todo lo que se refiere a lo vocal (qué honor sería poder suscribir el resto, porque significaría que conozco a Caballé más de lo que significó estar con ella unos minutos en Perelada y en Tenerife), y creo que ilustra exactamente lo que quiero decir.


Plácido Domingo ha destacado esa misma capacidad, así como su compromiso escénico, y siempre ha visto, por encima de todo, en la versatilidad de la voz de Caballé, apoyada en su técnica, su mayor logro. Curiosamente, cuando a Plácido le preguntaron cuál es para él el mejor papel que había cantado la catalana, respondió “Nedda, de I Pagliacci”, que además hicieron juntos.


En cuanto al timbre creo que en el caso de Caballé es muy cercano al orquestal, de un “inquietante colorido”, como ha escrito Harold Schonberg. Mantiene un esmalte en la emisión que no se apaga y que surge aún en sus más postreros años, una belleza sonora que se basa, sobre todo, en esa emisión matizada. Posiblemente este párrafo sea algo disparatado, pero no soy un experto en el asunto, mantengo sólo un compendio de aquello que he leído al respecto.


Un elemento que me parece indispensable al tratar el tema de la voz de Caballé son sus “acabados”, las terminaciones de versos, estrofas, piezas, que siempre surgen como si de un redondeo de la interpretación se tratase, ya sea controlando el volumen, ya sea con dinamismo vocal, el caso es que imprime, con gran inteligencia, una elegante conclusión a todo aquello que canta, característica esta que no está presente en muchas de sus colegas, y Callas era una de ellas.


El fraseo ha pasado ya a la historia como legendario. La capacidad de Caballé por insuflar todo sentido y emoción a aquello que canta suele ser una vehículo ideal para su lucimiento, equilibrado y notorio. Muchas veces se confunde fraseo con vocalización o dicción, y son conceptos distintos. En este último caso, Caballé comenzó a finales de los setenta a sacrificar la palabra al sonido, dentro de una línea de pensamiento que le lleva a estar segura de que cuando el sonido está bien emitido y tiene la suficiente calidad dramática, la palabra viene dada aunque no se pronuncie.


Podríamos estar horas analizando elementos y constantes en Caballé. Como dijo un crítico, sólo con la entrada en La Straniera, que apenas dura unos segundos, podría escribirse toda una tesis doctoral. Técnica, belleza, fraseo, fiato, limpieza de sonido, timbre cercano al orquestal, colorido, emoción... Son muchos de los elementos que aparecen en su voz y que la hicieron una de las grandes, para algunos, como yo, la más grande pero ahí ya entra la necesaria subjetividad emocional que debe y tiene que empaparnos a los aficionados para disfrutar de la ópera. Caballé ha sido reconocida por el público, por los directores, por sus colegas y por sus discípulos. Ocupa un puesto en el Olimpo de las grandes, junto a Callas, a Nilsson, a Tebaldi, a Sutherland, a Flagstad... Janet Baker, una de las grandes mezzosopranos que ha dado Inglaterra, escribió tras coincidir con Caballé en la grabación de Così fan tutte, que “el rasero por el que ha de medirse cualquier cantante joven es el de Caballé y Fischer Dieskau”.


En cuanto a la afinación, salvo el famoso gallo en La Traviata del Liceu de los años 70, y alguna ligera variación que con oído hipercrítico podemos encontrar en grabaciones como la cabaletta de Lucrezia Borgia, no ha sido nunca un problema de la Caballé. Nunca he leído que tuviera momentos calantes, ni que se fuera in alt. Realmente es una de sus más claras cualidades, mantener el instrumento perfectamente afinado en todo momento, sin recurrir a trucos.


Por encima de gran cantante, o de gran voz, Caballé es un gran músico, es su principal arma, el conocer y dominar perfectamente el lenguaje musical y las esencias de la musicología, y por ello creo que ha cimentado la carrera que ha cimentado. En principio, si las tesituras se lo permiten, determinadas partituras no deben de serle ajenas, ya sean belcantistas, veristas o de cualquier otra índole. También hay que tener en cuenta lo que uno “espera escuchar” que muchas veces no tiene que ver con lo que está escrito en la partitura.


Quiero cerrar esta entrada con dos testimonios dispares, uno de un musicólogo, otro de un músico. El primero es André Tubeuf, el gran musicólogo francés. Voy a traducir sus palabras de un texto en catalán, espero que sepan perdonar los posibles errores que cometa, dado que no soy catalano parlante, y traduzco más con intuición que con conocimiento de la lengua. En el libro dedicado a los 40 años de Caballé en el Liceu, Tubeuf dijo: “¿Que espacio quedaba para nuestra Montserrat cuando se produce su debut? No tenía la sofisticación, el encanto, las geniales inflexiones de Schwarkopf –con la que compartiría más de un papel, desde la Condesa de Figaro a la Mariscala de El caballero de la Rosa. No tenía la llama oscura de la Callas ni su genio, pese a los problemas de su canto. No tenía aquella capacidad de reacción, así como de improvisar, que tienen los animales escénicos. ¿Qué tenía entonces? En primer lugar, el timbre, impalpable e irisado con una transparencia sobrenatural. Con esta calidad perlada se ha de nacer, como con la respiración excepcional, que puede funcionar de manera virtuosa a su alrededor, inflarse o apagarse imperceptiblemente, con un profundo efecto mágico. La naturaleza sólo produce estos fenómenos dos o tres veces por siglo, es tan poco habitual como la genialidad en la expresión, que sólo la inteligencia o el trabajo pueden desenvolver. El problema es hacer coincidir estas facultades fuera de serie con una materia prima también fuera de serie, que permita desplegar estas capacidades, que permita exponerlas y revalorizarlas. Para una jovencita que ha nacido pobre, que ha de trabajar para vivir y buscar su camino entre Basilea y Bremen, por medio de Mimís y Salomés, la probabilidad de que se de esta coincidencia es casi nula”.


Las últimas referencias, para la eternamente (y desde mi punto de vista) erróneamente soprano con la que se compara a Caballé. Maria Callas. Cuando le preguntaron que cantante podría ser llamada su sucesora dijo “Sólo Caballé”, palabras que se convirtieron en leyenda. “¿Existe alguien más que Caballé?” preguntó retóricamente y con desdén a otro periodista francés. El gesto, más allá de las palabras, cuando vio la película que Pierre Jourdan grabó con la mítica Norma de Orange. Callas, nada convencida en principio (“tiene una voz muy bonita pero no es Norma” dicen que dijo antes de ver la película), estaba llena de estupor, y con cierta melancolía, cuando se encendieron las luces, terminada la proyección. No dijo nada, pero envió unos pendientes con los que siempre solía salir a escena para hacer Norma a Montserrat, con una cariñosísima nota en la que expresaba su agradecimiento por la justicia y la grandeza que había dado al personaje. Para Maria no hubo discusión, cuánto se reirá, allá donde esté, cuando oye las cosas que sus seguidores se empeñan en decir de Caballé, y viceversa.


Cuando vemos tantas flores de un día y extraños comportamientos de cantantes actuales, la humildad con la que Caballé expresaba por qué no hacía tal o tal otro papel, “mi voz no puede servir a esa música”, esa declaración de honesta humildad creo que debería convertirse en el a-b-c de quienes comienzan, o al menos en un punto de reflexión para la mayoría. Montserrat es la voz de un siglo.