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viernes, 6 de septiembre de 2013

De libros: "Las Historias de un bobo con ínfulas", de José Antonio del Pozo.

 
          
           Cumplir 40 años produce una inflexión en la vida. La juventud queda totalmente atrás, pero tampoco eres, o tienes sensación de ser, “mayor”, ni “maduro”. Es la edad más rara. La década anterior es la de formación, en la que diseñas y haces tu vida, consigues tus primeros logros personales y profesionales. Te das forma definitiva tras la locura de la veintena. A partir de los 50, te asientas, sabes quién eres, la vida ha dado sus frutos… La mayor parte de los cincuentañeros que conozco tienen esa placidez de conocer la vida. En los 40 son las renuncias y las equivocaciones. Si no funciona tu pareja o el desgaste acaba con ella, es a los 40 (aunque yo sea una rara avis, que fundé mi familia justo a esa edad). El ímpetu profesional disminuye  y viene los problemas y las renuncias. La soledad pesa más. Te das cuenta, si vas a una discoteca o cualquier lugar de reunión social, que para mucha gente dejas de existir: no es que no te miren, es que no te ven. Te vuelves transparente. Aún no tienes el atractivo de los maduritos, y has perdido la frescura de la juventud. Tus hijos dejan de ser niños y empiezan a ser insoportables adolescentes, o más allá. Cambia tu relación con ellos. En fin, es un periodo de transición en el que cuesta mucho saber qué pasa, quién eres, o a dónde vas. Te lo planteas todo, te da la sensación de que aún tienes tiempo de cambiar. Te angustias o te mata la ansiedad. Y si no has sido un gran deportista ni te has dedicado a la vida sana, el cuerpo empieza a pasarte factura: el dolorcillo en el cuello al levantarte, los comienzos de algunas enfermedades de “viejo” (artrosis, vista cansada…). Prueba a ir al médico, empezarás a escuchar la expresión “normal a su edad”, que te dejará ganas de reventarle la cabeza al galeno. Da un poco de rabia sentirte pleno mentalmente y que el cuerpo no responda a esa plenitud. El cansancio por cualquier esfuerzo que antes hacías sin importarte. Finalmente, te aggiornas. Es una edad de pérdida de rumbo. Quizás esté exagerando un poco, pero más o menos es así: los cuarenta queman mucho.
           ¿Por qué esta introducción tan negra? Porque es, desde mi punto de vista, una de las claves del libro que quiero reseñarte: “Las Historias de un bobo con ínfulas”, de José Antonio del Pozo, sobresaliente escritor y amigo virtual –no nos hemos visto nunca– que presenta con este libro de relatos una hilarante colección de vivencias de su alter ego, Armando, que bucea en las procelosas aguas de la cuarentena después de la ruptura de su matrimonio. Historias divertidas, historias tristes, historias surrealistas que desgranan las vivencias de un personaje que podemos ser muchos de los que vivimos nuestra adolescencia y primero juventud en los ochenta y encaramos ya la madurez en una sociedad tan cambiada como perdida.
          Harto de intentarlo por las vías habituales, José Antonio del Pozo se lió la manta a la cabeza y ha decidido autoeditar su propio libro, a través de la Editorial Círculo Rojo. Él mismo lo distribuye y vende, más abajo te dejaré el contacto por si te animas, que espero que lo hagas. Es una pena que autores que merecen la pena, escriben bien, y tienen cosas que decir no entren en el circuito de las editoriales, en un país en el que hasta el concejal de festejos del pueblo más recóndito de la meseta consigue que le publiquen y distribuyan un libro. No sé si me explico. Pero las cosas están así, y sospecho que manuscritos de calidad que muchos querríamos leer están durmiendo en los cajones o los discos duros de sus anónimos autores.
             Por eso me llamó la atención la propuesta de José Antonio del Pozo, y decidí comprarle un ejemplar y leerlo con fruición. La verdad es que he disfrutado mucho. Una redacción clara, sin ínfulas, pese al título, que desgrana historias en las que muchos nos veremos identificados. A mí me gustaron especialmente varias historias. La primera, titulada “Triste de mí” en la que el protagonista, presa de un ataque de celos y despecho, ingiere litros de agua del grifo en Egipto con el consiguiente resultado intestinal. Fueron mis primeras carcajadas, y me dieron a entender que el libro que tenía entre las manos merecía la pena. O la aventura en “Mari Gloria peluquería Unisex”, que, como reza el autor “Ya empezamos mal”. O la locura adolescente de la “Chica Rubia de Celeste Diadema”, que como siempre prefiere al deportista malote antes que al insignificante empollón. Historias de sexo escondido, con la tía política insatisfecha, con la china que pide dinero en el metro mientras interpreta música, con la gordita que resulta ser deficiente y te cuesta una soberana paliza, o con la vecina de dulce olor, con la camarera... La graciosísima historia de Julius, que se embarca en una cruzada evangelizadora por puro deseo. Al final se queda con la chica y aparcan ambos la fe. En fin, historias con las que sentirse identificado, en un Madrid de todos, con paisajes variables pero no cambiantes, y que se van graduando con maestría: cada vez un poco menos hilarantes, cada vez un poco más oscuras, cada vez más reflexivas. Pero sin perder el sentido del humor, del pobre triunfador del karaoke que se ve perseguido por dos polacos calle abajo hasta terminar desplumado, literalmente, y con el culo al aire en una mañana gélida.
           Es un libro que hay que leer. Si tienes cuarenta, si los has tenido, y si pretendes tenerlos. Vas a disfrutar mucho con las historias porque debajo del surrealismo subyacen realidades con las que te vas a sentir muy identificado. Altamente recomendable, no debes dejar de leer “Las Historias de un bobo con ínfulas”, que no son más que las vivencias ocurridas o no de un tío muy inteligente. Ponte en contacto con él a su correo, josemp1961@yahoo.es. O en su cuenta de twitter, @joseantoniodelp. También te recomiendo encarecidamente su blog http://elblogdejoseantoniodelpozo.blogspot.com.es/ en el que trata de diversidad de temas, como reza su subtítulo: “Política, literatura, cine, sociedad”. Esperemos que haya más entregas, y que las veamos en las librerías. Y si quieres, pincha aquí y tendrás una entrevista con el autor, que nos explica algunas claves de su obra, de ahí robo esta foto de José Antonio.
 

viernes, 14 de junio de 2013

Flagstad, Varnay, Nilsson: Tres concepciones, una Brunhilde.

Flagstad Varnay Nilsson
Kirsten Flagstad, Astrid Varnay, Birgit Nilsson
Siempre pensé que para acercarme a Wagner necesitaba un esfuerzo intelectual de comprensión, análisis y estudio  que me daba un poco de pereza, lo reconozco. Pero bueno, todo llega en esta vida, y ese momento llegó hace un par de años. ¿Por qué Wagner supone ese esfuerzo? Porque hay que entender el proyecto intelectual que su música pretendía, renovador y reformista; hay que entender la propia estructura musical empleada, desde las orquestaciones, el famoso leit motiv, el uso de instrumentos de manera extravagante para la época (las trompas, por ejemplo); hay que entender el marco ideológico; y hay que estudiar los libretos en relación con todo eso. No significa que sin saber eso no se pueda apreciar o incluso adorar la música del teutón, pero con las alforjas bien llenas, el disfrute puede ser todavía mayor. ¿La ópera italiana es más sencilla? No exactamente, pero sí es más sincera, deviene en sí misma el cómo y el por qué. Wagner tiene un grado de confusión de ideas, y evito conscientemente usar el término complejidad, que lo hacen a veces menos evidente. Sobre todo en la Tetralogía. 
Richard Wagner
Este blog, desde siempre, es para explicar sensaciones y proponer ideas. No voy a ponerme aquí a analizar la obra de Wagner y a desentrañarla primero porque no tengo ni idea de cómo hacerlo, segundo porque me faltan conocimientos, tercero porque no es mi estilo y cuarto porque no puedo, y cuando no se puede no se puede. Además (quinto) si pudiera no querría hacerlo. Me he ido zambullendo en la Tetralogía, cada vez con más intensidad, hasta el punto de que me he llegado a escuchar varias versiones seguidas, e incluso las he comparado. No me da vergüenza decirlo: para ser un melómano, he escuchado más Wagner en mi año 42 que en toda mi vida.
Sellos conmemorativos de la Tetralogía, Uruguay.
Tampoco es que os vaya a contar y analizar versiones, porque están tan manidas que estaría asando la manteca: hay cientos de artículos sobre ellas y miles, en serio, entradas de blogs y foros al respecto. Ahí no pinto nada. Posiblemente tampoco en lo que quiero hacer, pero es algo que me apetece porque he reflexionado sobre ello y quiero ponerlo negro sobre blanco. Se trata de interpretaciones vocales, y muy especialmente de analizar las diferencias y confluencias de 3 sopranos referenciales en el papel de Brunhilde, posiblemente junto a Wotan la gran protagonista del Anillo del Nibelungo. La Walkiria amada, la más noble, la más valerosa, la más fastidiada por su propio destino. Masacrada sistemáticamente por cada hombre que se relaciona con ella de una u otra forma, es un personaje atractivísimo para un estudio feminista del trasunto wagneriano, aunque también algo estereotipado y de cartón piedra. Por cierto, gracias a mi amigo Hugo Álvarez descubro que la reciente versión del Anillo ejecutada en la Ópera de Copenhague desarrolla esta idea feminista con Brunhilde como protagonista.
Pero esta entrada de blog, que ya empieza a ser eterna (no es la síntesis una de mis virtudes) tampoco es para analizar personajes. Quiero contaros mis impresiones sobre tres grandes intérpretes del papel y explicaros por qué desde mi punto de vista siguen siendo las referenciales  en el mismo: Kirsten Flagstad, Astrid Varnay y Birgit Nilsson. A veces fastidia un poco que pese a los esfuerzos de muchísimos, y notabilísimos, intérpretes, haya unos pocos que se alzan con el podio de ser referentes. Ha habido grandes Brunhildes en los 70, en los 80, en los 90 e incluso ahora mismo. Sin embargo, estas tres olímpicas siguen estando a unos niveles por ahora igualados (Irene Teorin, por citar una de las más recientes) pero no superados. Es como si con sus tres visiones del personaje lo hubieran clavado, desde todos los puntos de vista, y aún hoy nadie hubiera sumado un centímetro a la imagen que nos dieron de la Walkiria. Es un poco extraño, porque la Nilsson hizo sus últimas grandes interpretaciones del rol en la primera mitad de los 70, es decir, hace 40 años. El hecho de que algo parecido suceda con muchos roles de la ópera italiana (Norma, sin ir más lejos, que no ha tenido una intérprete referencial desde que Caballé abandonó el rol en los 80) ¿podría llevarnos a colegir que la generaciones de cantantes de los 90 hasta la actualidad adolece de cierto nivel? Pues yo antes pensaba que eso era un cuento de “viejecitos” pero empiezo a pensar que si bien hoy hay grandes especialistas en diversos repertorios, faltan grandes figuras, y faltan grandes figuras porque se ha perdido algo en la enseñanza y tradición musical. Al final de lo que te cuento de cada cantante, un video para que puedas disfrutar con ellas.
Kirsten Flagstad empezó a cantar Brunhilde a finales de los años 20 del siglo XX.  Astrid Varnay a principios de los 40 y Birgit Nilsson a mediados de los 50. De las tres, a la hora de poder disfrutarlas, juega con ventaja Birgit Nilsson, por dos razones: el primero, práctico, el segundo morfológico. El práctico es que sus grabaciones son técnicamente impresionantes, muy especialmente el Anillo que bajo la batuta de Solti grabó para Decca en la primera mitad de los años 60. Monumental desde todos los puntos de vista, el de la ingeniería de sonido también. El morfológico es que no hay que tener una gran finura de oído para saber que es la que tenía el registro más amplio, desde los graves a los agudos, y la que poseía un mayor volumen. Sólo hay que comparar el tremendo agudo que corona el verso “in mächtigster Minne vermählt ihm zu sein!”  a punto de terminar con la escena de la inmolación: lo emite, siempre, con una seguridad y una amplitud que casi parece chulería. Flagstad lo da sin problemas pero acusa la dificultad, a Varnay lo sufre. Por el contrario, es a Nilsson a la que más cuesta apianar, porque cuando se posee un océano vocal, domeñarlo y hacerlo un suave arroyo es un esfuerzo titánico.
Por ser la fonografía la única fuente con la que podemos apreciar su trabajo, la que más sale perdiendo es Kirsten Flagstad. Las tomas de sonido de sus años gloriosos son malas, monoaurales, estáticas, deforman enormemente la voz. Para cuando por fin se la graba con una mejora técnica considerable, a finales de los 40 y principios de los 50, su voz acusa la edad, y no nos llega con la plenitud que debería. Pero es una cantante notabilísima, un músico excepcional, todo lo hace con sinceridad y con una seriedad profesional fuera de toda duda. No obstante fue una soprano que logró unas cotas de éxito y popularidad más allá del círculo de operófilos, considerada la mejor de su época, y todo eso en unos tiempos donde no había mass media para consagrarse: fue la soprano más conocida y aplaudida del periodo inmediatamente anterior a Maria Callas. Por cómo y cuando se formo, es la soprano que más nos acerca a la manera en la que se interpretaba y entendía a Wagner en su primera tradición. La voz, si bien algo menos poderosa que la de Nilsson y con un registro menos seguro en los extremos, sin embargo posee una gran belleza. También sorprenden sus portamentos, muy especialmente hacia el final de su carrera, pues Flagstad no tiene dificultad en usarlos aún cuando están tan contraindicados para la ópera alemana. Eso hará que algunos tengas problemas al escucharla. Sin embargo, a día de hoy, sigue siendo la Isolda más completa que yo haya escuchado jamás. Desgraciadamente, como ya dije, la zona aguda le fallaba cuando las tomas de sonido comenzaron a ser mejores, y los trucos técnicos que se emplearon para suplirlos se notan. Pero hay que ser muy imbécil para estar escuchando una Brunhilde impecable o una Isolda exponencialmente superior y quejarse porque un determinado agudo tiene truco, un puñado de segundos irrisorios en horas de interpretación. Pues bien: hay imbéciles que todavía hoy se regodean en ello.  A Kirsten Flagstad esa realidad, muchas veces, le mortificaba.
Sin embargo, aunque sea una de esas apreciaciones a veces difíciles de explicar, la Brunhilde de Kirsten Flagstad, en los registros que he podido escuchar, establece un planteamiento muy interesante que quizás ha marcado una pauta en el resto de cantantes wagnerianas. La dualidad del personaje, de naturaleza divina y sentimientos humanos, se equilibra y balancea de una forma muy estudiada, muy medida, en todas sus interpretaciones. Flagstad se decanta por la divinidad. Su Brunhilde es un ser superior, un ser puro y por encima de los mortales, una divinidad, mantiene esa elegancia y esa presencia divina en todo momento, muy especialmente cuando comienza su duo con Sigmund. La diosa solemne se entrega a su cometido. Sin embargo, la naturaleza humana, y más aún en el imaginario del S. XIX, la naturaleza femenina, hace su aparición a medida que avanza ese mismo dúo, y se va resquebrajando hasta que notamos, percibimos, que va a imponerse y no seguirá las instrucciones de Wotan. La voz se abrillanta, el entusiasmo altera incluso la línea vocal, se llena de luz. Así se mantiene hasta que de nuevo se encuentra con Wotan, ya al final de la Walkiria, para sufrir su castigo. De nuevo aparece la divinidad, que se entrega a su destino con la dignidad de lo que es. Notamos exactamente la misma resolución del personaje cuando se encuentra con Siegfried, la lucha entre humanidad y divinidad, que la llevan incluso a la exasperación. Es increíble como las dos naturalezas quedan audiblemente diferenciadas sólo con matices vocales, la voz se aligera, se libera, fluye con nerviosismo cada vez que la Walkiria se enfrenta a los humanos sentimientos del amor, se oscurece y adquiere un tinte de infinita elegancia cuando se impone el ser inmortal. Incluso cuando clama venganza por la traición de su amado, es más divina que humana. Claramente significativo en toda la escena de la inmolación, esa barbaridad que Wagner impone a la soprano que, después de haber cantado todo, y a los más elevados extremos, tiene que correr un sprint final de 19 minutos por los que pasa por todos los momentos emocionales, sube a lo más alto del pentagrama, baja a la caverna con insoslayables graves, y necesita de un control de la respiración fuera de toda duda. Aquí es donde, desde mi punto de vista, Flagstad resuelve mejor incluso que sus afamadas colegas, y se lleva el triunfo. Aún hoy me parece la mejor inmolación de cuantas tenemos registro. Sus susurrantes “ruhe!, ruhe! ruhe!” ponen los pelos de punta. El paroxismo final, que muchas resuelven con cierta histeria, alcanza su clímax sin que Brunhilde pierda la cabeza. No es una mujer arengándose para ir al suicidio con dignidad y luchas así contra el miedo: es el ser divino que cumple su cometido, que entra en la muerte con los ojos abiertos, sin titubeos, consciente de lo que va a pasar, sin crispaciones. No es una reivindicación de sí misma, es una reivindicación de lo que significaba el Walhalla y los que allí moraban. De lo que significaba la naturaleza divina de Siegfriedo antes de ser sometido de forma natural y vencido por la naturaleza humana. El misticismo de Furtwangler dirigiendo la ayuda a expresar esa visión, pero la sequedad plúmbea de Leinsdorf no la acobarda, más bien parece que se entrega a la monumental necesidad de superar al maestro que dirige desde el foso. Birgit Nilsson aprende la lección, pues sus últimos compases como Brunhilde siguen este camino, es más, lo desarrollan de acuerdo con un mejor registro vocal.

Si usamos la interpretación de Flagstad como base del análisis, en el caso de Astrid Varnay es la mujer, la muchacha, la que vence en todo momento a la divinidad. Seguidora de Flagstad, quien la impulsó desde los más tempranos momentos de su carrera, también más joven, los registros que nos han llegado son de bastante buena calidad, aunque muchos monoaurales, y todos los que yo he escuchado debidos a tomas en directo, sin posibilidad de maquillaje en estudio. Astrid Varnay tiene una voz amplia, poderosa, segura, pero más ingrata que la de Flagstad y Nilsson desde el punto de vista fonográfico. Aunque sé que es un concepto muy discutible, es la menos bella de las tres voces. Cierta dureza en el registro agudo, tendencia a tonos algo metálicos, harán para los aficionados que, como yo, nunca pudimos verla en escena, que la impresión final no sea tan placentera como en el caso de las otras dos ilustres Brunhilde. Sí, hay momentos en los que la falta de belleza vocal puede distraernos. Pero sin embargo, es posiblemente la mejor actriz de las tres, la que tiene una mayor capacidad de expresar emociones, de poner la música al servicio del personaje y de dotarlo de más sentido escénico. La alocada chiquilla que entra en escena en su primer dúo con Wotan, da paso a una atribulada, desconcertada y desorientada mujer que no quiere cumplir el mandato del padre y sabemos desde el principio que no lo cumplirá. Notamos que se enamora de Sigmund, aunque sea de una manera mística, que salva a Sieglinde a regañadientes, y que como mujer se enfrenta a su padre y asume su castigo de nuevo como una niña asustada. Esa niña trasmuta de nuevo a mujer enamorada y reflexiva con Siegfried, a terrible despechada cuando descubre la traición; y vemos como marca la diferencia con su antecesora en la escena de la inmolación. Aquí, la mujer enamorada se impone en todo momento a la divinidad, la joven que se inmola por y para el amor, que se crispa pensando en lo que sucederá en cuanto cruce las llamas. 
Es una Brunhilde carnal, emotiva, sensorial, que no tiene tiempo para el misticismo. Un matiz de nuevo absolutamente personal: mientras Flagstad sabe en todo momento qué va a decir, pareciera que Varnay reflexiona sobre cada una de sus palabras, las buscara, incluso las perdiera. La más tensa y dramática de las Brunhilde que yo he escuchado, es una experiencia renovadora hacerlo, una lectura radicalmente opuesta, pensada, diferente, que cambia y se acrecienta a medida que pasan los años. Es la actriz, por excelencia, de las tres.
Si nos damos cuenta, aparte de la calidad interpretativa y de la rotundidad vocal, estas tres cantantes se hayan unidas por un denominador común más: son excelentes músicos. Han estudiado detenidamente la partitura y has anotado mentalmente los matices exactos que quieren darle. En el caso de Varnay, la presencia de Keilberth a la batuta en alguno de sus registros más importantes da seguridad a su actuación. Es imprescindible escucharla, yo no he escuchado una Brunhilde tan humanizada hasta la llegada de Irene Teorin hace muy escasas fechas en el feminista “Anillo” de la Ópera de Copenhage.

Entonces llegó Birgit Nilsson, y llegó Decca con su afán de grabar la Tetralogía con los mejores medios técnicos posibles, y un ambicioso Solti empeñado en grabar un monumento musical (es curioso como sus aportaciones en vivo no estuvieron a la altura del gran registro en estudio que hizo para Decca); y pusieron el panorama wagneriano en cotas difíciles de alcanzar. Desde el punto de vista vocal, Birgit Nilsson es objetivamente, y mira que no me gusta utilizar el termino objetivo en cuestiones musicales, la mejor de las tres. El registro es amplísimo, la técnica insuperable. No se resiste ni el escollo más difícil de la partitura, es más, aparecen definidos casi con facilidad. Birgit Nilsson posee un océano vocal, posiblemente la voz más grande de cuantas hayan existido en la historia de la fonografía. Es mi debilidad, por inadecuado que parezca un personaje, su forma de cantar, con un enorme sentido del gusto y de la elegancia, hace placentero escucharla. Incluso su denostada, por muchos, Aida, puede resultar poco convincente, pero nadie dirá que está mal cantada, porque no es cierto. Si analizamos la carrera de Nilsson, vemos que en sus papeles referenciales hay cosas en común: mujeres resueltas, con personalidad, duras. Incluso tiránicas en algunos momentos (Brunhilde, Turandot, Isolda, Elektra…). Con las tímidas señoritas le va algo peor, por supuesto. Lo suyo son las grandes heroínas, donde se impone. En Aida uno espera que empiece a arrear sopapos a Amneris, a Radamés y a Amonastro, y no acabamos de creer en su hesiante personalidad. En Tosca uno no deja de pensar que Scarpia no tiene nada que hacer a su lado. Su voz supera esos papeles. Arrebatadoramente simpática, tenía una capacidad de interacción con el público que le aseguraba el triunfo en  cada presentación escénica. 
Puede que en lo que son mis gustos más personales yo me decante por Kirsten Flagstad, pero Birgit Nilsson es, para mí, del puñado de olímpicas que dominaron la ópera en el S. XX (Flagstad, Schwarkopf, Callas, Tebaldi, Nilsson, Sutherland, Caballé). La prestación de Nilsson para Brunhilde lo tiene absolutamente todo: vocalmente impecable, la manera de analizar el personaje, también. Sería muy fácil decir que es una mezcla de Flagstad y Varnay, pero no van por ahí los tiros. Es una Brunhilde que duda, que no quiere ser manejada ni por Wotan, ni por Siegfried, que los mira de igual a igual, que prácticamente ordena, primero, a Sigmund que la acompañe, y luego lo asiste, también imperativamente, en su duelo con Hunding. Es la portadora de la virtud, y por eso no se achanta ante su padre, porque sabe que él ha traicionado ese mandato de honestidad. Se enfrenta a él sin pestañear, asumiendo su destino, casi lo trata con desdén. Perdió su admiración por él. Es una lectura muy rica, muy matizada, y muy bien cantada, lo cual convierte el acto de escucharla en algo intelectual y sensorial, es placentero. Cuando descubre la traición de Siegfried parece que lo esperara, le duele más como violación de los principios morales que deberían asistir a los héroes que como algo personal. Es una mujer por encima de las mujeres. Se reivindica a sí misma en toda la inmolación, llegando a momentos expresivos de una interiorización que elevan a quien lo escucha. Reflexiva y doliente, más adustamente trágica que dramática. 
Lo curioso es que uno la escucha en sus primeras interpretaciones, se entrega a la grabación de Decca, hasta a actuaciones postreras (Barcelona, finales de los 70), y la idea matriz siempre está ahí, y simplemente se desarrolla, crece, evoluciona. En los mismos niveles de calidad aún incluso cuando la voz comienza a flaquear. El propio control, o dificultad de control, de su océano vocal marca la diferencia en los matices. Es muy difícil para esta soprano recoger su torrente de sonido y cumplir con las pequeñas “p” que Wagner ha colocado en la partitura. Podría sonar a “pero”, y desde luego, si lo es, es el único. La Brunhilde de Nilsson evoluciona en madurez, en intensidad, crece como ser a medida que las experiencias humanas la enriquecen, sean estas positivas o negativas. Su inmolación a mí siempre me ha parecido un “ahí os quedáis, esta realidad no me merece”. Es la Brunhilde virtuosa. Ni inocente, ni divina. Virtuosa hasta el final, elevada a las más altas cotas del misticismo.

Tres interpretaciones tan brillantes como distintas, tan iguales como equilibradas; difícil decantarse por una, lo mejor quedarse con las tres. Desde luego, son el listón por el que medir a todas las demás. Y desde mi punto de vista refutan la idea de que en Wagner los personajes se empequeñecen por la música, por la grandiosidad de las historias, y permiten poca creatividad interpretativa. Bien al contrario, creo que la grandeza musical de Wagner es la que sirve de mejor vehículo a los grandes creadores de personajes.

miércoles, 22 de mayo de 2013

Yoani Sánchez, la libertad posible para Cuba.


Hace unas semanas tuve la oportunidad de ver y escuchar en un acto en la Casa de América de Madrid a la bloguera disidente cubana Yoani Sánchez, organizado por la Asociación de Iberoamericanos por la Libertad (http://www.asociacionail.com/). Al final de esta entrada está el vídeo del acto, y algunas de las fotos que aparecen son del mismo, y las he tomado de la página web de la citada AIL. Quería reanudar este blog, que prometo renovar más asiduamente, con mis impresiones acerca de ese encuentro. He querido esperar un poco de tiempo porque realmente la figura y las palabras de Yoani Sánchez han calado mucho en mí, en mi estado de ánimo sobre algunos temas. Salí hondamente impresionado del encuentro. No quería que ese exceso de sensaciones me hicieran glosar a “Santa Yoani”, y ni creo que fuera bueno, ni seguramente es la imagen que la propia interesada quisiera dar.

Yoani Sánchez es una mujer menuda, pequeña, con ciertos rasgos de delicadeza, esencialmente guapa sin mayores excesos. Pero no da impresión de persona desvalida ni que pida protección. Todo lo contrario. Su lenguaje no verbal es resuelto, genera fortaleza y transmite resolución. Esas características quedan resaltadas cuando comienza a hablar. Carece totalmente de la prepotencia de los que creen estar seguros bajo el cobijo de una ideología dominante, ya sea intelectualmente, ya sea de manera práctica (como Mariela Castro, por ejemplo). Habla en un tono suficientemente alto, pero en absoluto violento ni agresivo, no alza la voz. Sólo esgrime argumentos bien estructurados, con una riqueza léxica (no obstante es filóloga) y capacidad descriptiva apabullante, y no denota intolerancia ni radicalismo. Está dispuesta a escuchar e incluso empatizar con su oponente, sea del signo que sea. Pero, ojo, esa dulzura, esas formas, esa tranquilidad al hablar es contundente: está claro que en un encuentro dialéctico Yoani no parará hasta convencer a su adversario o hasta que la convenzan de que está equivocada. Mejor aún: hasta que se establezcan puentes de entendimiento. No tiene intención soltar su presa y dejarla ir hasta que se lleguen a conclusiones válidas para su manera de estructurar el pensamiento y la imagen que tiene del mundo. No me gustaría tenerla como oponente, porque me exigiría el 100% de mis sentidos puestos al servicio de la conversación. No creo que Yoani Sánchez discuta, más bien conversa, pero sin perder el tiempo en banalidades. No puedo dejar pasar el momento vanidoso en que me fotografié con ella y cruzamos un breve saludo.
Fueron muchos los mensajes, casi todos brillantemente expresados. Se resumen en uno: ser libre. Tener libertad. La libertad es el don más preciado, el que nos hace humanos. No me cuenten historias de educación, de sanidad, de mitos: denme libertad, y luego hablamos. Me impresionó una frase: “yo he decidido vivir en Cuba como si fuera una ciudadana libre y con derechos, lo contrario de lo que el régimen me permite”. Evidentemente, para llegar a ello ha tenido que alcanzar un estatus, en el que se ha dejado mucha piel en el camino. El régimen de los Castro le tiene respeto, miedo, que es lo que tienen los regímenes dictatoriales a los que obtienen la capacidad de emitir opiniones contrarias a la fijada oficialmente. Pero no ha sido un camino fácil. Ahora le tienen respeto porque ha conseguido, gracias a internet, una popularidad internacional que le permite cierta capacidad de movimiento (su gira internacional es un ejemplo al respecto). Los golpes, la represión, tiene que ser modulada. No lo fue al principio, cuando Yoani Sánchez comenzó su labor de narrar la realidad cubana, porque realmente no hace otra cosa. Años después, tras muchas detenciones, muchos golpes, muchas mentiras, insultos, humillaciones; el régimen tiene que buscar subterfugios para actuar contra ella. Es la inopinada cobardía de los dictadores, de los viejos y sanguinarios dictadores. Espero que una suerte de accidente de tráfico no venga a hacer lo que el régimen no se atreve. Por si acaso, yo no me subiría a un coche, y si lo conduce un español de visita en la isla, menos. 
Yoani Sánchez forma parte de lo que se ha llamado la “Generación Y cubana”. Un grupo de cubanos  jóvenes que usan internet para reflejar diferentes realidades acerca de su país y desde los más diversos puntos de vista. Son blogueros, y usan internet como medio de expresión. Puedes localizarlos en el propio blog de Yoani, en este enlace: http://lageneraciony.com/

¿Cómo emplear un medio de comunicación en Cuba que está vedado a la población? En uno de los momentos más divertidos del encuentro que estoy resumiendo, Yoani Sánchez lo explicó, primero hilarantemente “si las madres cubanas inventamos el picadillo de carne sin carne, ahora los cubanos hemos inventado internet sin internet”; luego de manera práctica: empleando las posibilidades técnicas de herramientas como wordpress, que permiten subir varios textos de una vez (desde un hotel, por ejemplo) y programar el momento en que serán publicados. O tuitear por sms, que tiene la posibilidad de emitir mensajes, pero no de interactuar: Te dejo la dirección twitter y la página de facebook de Yoani Sánchez:

Página en twitter: https://twitter.com/yoanisanchez
Usuario de twitter: @yoanisanchez
Página de facebook: https://www.facebook.com/pages/Yoani-S%C3%A1nchez/174301141569?fref=ts
 
En todo caso, los cubanos han inventado mil argucias para saltarse las rígidas normas que en contra de la libertad de expresión ha generado el régimen de aquel que proclamó que la historia lo absolvería…
Yoani Sánchez proclama que lucha contra las etiquetas. No es de izquierda, ni de derecha, ni de Castro, ni de Miami (“yo soy de la Cuba de Martí”). Tecnológica, equidistante, transversal. Desgraciadamente, su afán por desetiquetarse la etiqueta, de algún modo. Lo único cierto es que sólo tiene una meta: lograr la libertad en Cuba y la caída del régimen castrista, que tiene que caer porque con un régimen no puede haber democracia. A partir de ahí supongo que tiene sus ideas propias de cómo ha de organizarse el nuevo estado, pero no es lo importante, por ahora. Para ella, por lo que entendí, lo importante será la futura transición política, aunar los esfuerzos de todos los que busquen la libertad para el pueblo cubano, desde todas las ideologías: derecha, izquierda, centro… Unir en la búsqueda de la libertad, construir la democracia, y luego cada uno, desde su punto de vista, luchar legítimamente por el país que quieran, siempre bajo las reglas del juego del imperio de la ley. No creo tampoco que pretenda ser revanchista, hacer leyes de memoria histórica, ni nada de eso. No se denota de sus declaraciones odios ni rencores, ni creo que quisiera ver a los Castro en la cárcel (yo sí, conste, yo los querría ver juzgados por los propios cubanos y sentenciados por liberticidas y opresores). Es un mensaje de unidad y de reconciliación, que se basa en algo fundamental que todos los castristas han negado siempre a los opositores o disidentes: un profundo amor a su patria. Es la característica principal de Yoani y de todos los disidentes blogueros, y casi de todos los disidentes con los que yo he tratado (en el transcurso de esa velada conocí algunos). Aman profundamente a Cuba, y no quieren dejar de luchar por ella. Desde dentro o desde fuera. Por eso es más escandaloso el trato, la contracampaña, las mentiras y los insultos que desde el régimen, mediante personas e instituciones afectas, o periódicos manipuladores, se lanzan contra ella. Desde el conocido “es una agente de la CIA…” hasta cuestiones absolutamente surrealistas. Un periódico español de extrema izquierda que suele tener bastante eco entre los bobos lanzó a bombo y platillo un artículo: “Las cuarenta preguntas que Yoani Sánchez no quiere responder”… La mayor parte de ellas, yo fui testigo, fueron formuladas y respondidas en este encuentro. Quizás si ese periódico hubiera intentado entrevistar a Yoani Sánchez hubiera conseguido esas respuestas. Pero es más fácil defender, desde Madrid, que los cubanos vivan en la miseria moral, física e intelectual.
Fueron muchas las ideas que Yoani Sánchez lanzó en dos horas de encuentro. Prologada por las brillantes palabras de Mario Vargas Llosa y J.J. Armas Marcelo, Yoani Sánchez atendió a todas las preguntas que le formularon desde el público,  y que se contaron por decenas.  Me interesó mucho lo que  dijo del famoso bloqueo norteamericano, de cómo entre los disidentes hay quieres están a favor, quienes están en contra, pero que realmente no es algo que se discuta o de lo que se hable demasiado entre los ellos. Además, de cómo la realidad viene, cada día, a oponerse a la retórica del régimen: la mayor parte de los bienes de consumo y alimentos que hay en las tiendas cubanas provienen de los Estados Unidos (no es el primer cubano que me subraya la paradoja). Yo le hice una pregunta que tuvo la gentileza de responder. Le pregunté sobre el mito de Cuba, algo de lo que ella ya trató en su día en su blog. Cómo responder a los que te dicen a la cara que vale, que Cuba no tiene libertad pero que la educación y la sanidad son gratuitas y universales.  Me respondió algo que me gustó, y que utilizaré en el futuro. Antes, me dijo, se esforzaba en refutar la idea de la calidad de los servicios de educación y sanidad en Cuba. Como, por ejemplo, en un hospital cubano podría haber una magnífica máquina de tomografía, pero no hilo de coser heridas, que había que llevarlo de casa, o un simple termómetro. O que podías ser atendido por uno de los mejores neurocirujanos del país y posiblemente del continente americano, que tenía los zapatos rotos y los pantalones raídos porque apenas gana 30 dólares al mes…. Pero que ya no intentaba siquiera hacer eso. Ahora simplemente hacía una metáfora: ella no quería ser un pájaro alimentado con agua y alpiste pero en una jaula sin querer volar. Ella quiere ser un pájaro libre, volar donde quiera, y buscarse ella su agua y su alpiste si es necesario. Idea captada: Sin libertad no hay humanidad, no hay pensamiento, avance, progreso, vida. Sin libertad todo lo demás es accesorio y un triste consuelo. La libertad es el valor que genera humanidad. Un cubano, hoy, carece de derechos. No puede circular libremente por su país, no puede conectarse a internet, no puede expresarse libremente, no puede vivir en libertad. El régimen de los Castro se comporta como un padre despótico, que castiga inopinadamente a cualquier niño que se porte mal. El problema es que esos niños son ciudadanos a los que se ha regateado su capacidad de decisión y de acción. Con cárceles llenas de personas por pensar diferente, por actuar libremente, por luchar por las libertades. Y con el mundo lleno, aún, de personas que consideran que las dictaduras comunistas son mejores o aceptables (como hacen el bien da igual que para conseguirlo utilicen el mal). El mito de Cuba es la mayor cárcel para los cubanos, y sólo una transición pacífica e integradora podrá superar la dificultad de una opinión pública internacional intoxicada por un régimen que ha manejado los tiempos, y las informaciones, a su antojo. Caerán. Por una cuestión biológica: las clases medias cubanas, las clases profesionales, han nacido ya años después de la revolución. Los dirigentes superan todos los 75 años sin que haya posibilidad de relevo generacional. El tiempo es lo que les falta, y a los nuevos disidentes, el tiempo es lo que les sobra. Y Yoani Sánchez, quiera o no quiera, tendrá un papel fundamental en ese futuro de transición. Salí de la Casa de América de Madrid con la seguridad de haber visto a una mujer que tendrá mucho que decir en el futuro político de América Latina. Seguro que no me equivoco. Aquí te dejo el vídeo, colgado en youtube, con la intervención completa de la que fui testigo en la Casa de América de Madrid:


miércoles, 15 de agosto de 2012

Un cuento y una película: "El carretero de la muerte" y "La carreta fantasma"


  
Este blog no suele detenerse a trazar biografías o ensayos sesudos de las personas que glosa, sea cual sea el sentido. Así que esta entrada tampoco va a ser una excepción. No voy a redactar una biografía de Selma Lagerlöf, primera mujer en ganar el premio Nobel de literatura,  porque es conocida y porque con buscarla en Wikipedia tienes de sobra, y nada puedo aportar yo. El cuento que leí hace unos días por obra y gracia de Quino y David puede encontrarse en castellano como “El carretero” o “El carretero de la muerte”, aunque al parecer la traducción más correcta sería “La carreta de la muerte”. Una chorrada, vamos. No es la primera obra que leía de Lagerlöf. Antes había ojeado algunos de sus cuentos y sobre todo, de niño, “El maravilloso viaje de Nils Holgersson”, que he decidido releer, y que demuestra lo mucho que se ha depauperado la vida cultural en general, pues ese era un libro para niños hace cien años, así como hoy lo son las insustanciales obras de “Barco de Vapor”. Pero reconozco que no he leído las grandes novelas de la autora sueca, aunque después de este experimento con mis amigos Quino y David he decidido leerlas en los próximos meses. 
En concreto, en “El carretero de la muerte” aparecen ya lo que, según me informo, son los principios de la literatura de Lagerlöf, basada en el universo folklórico e intensamente mágico en el que se crió, y que como literata la alejó tanto del realismo que recorría la literatura europea de su época, pues fue contemporánea de Longfellow, Wilde, Chejov, Jerome y tantos otros. Una noche de San Silvestre, Edith, una salutista (“monja” del Ejército de Salvación) agoniza a causa de la tuberculosis que le ha contagiado David Holm, encarnación misma del mal derivado del alcoholismo, el rencor y la impudicia. Estoy empezando “La saga de Gosta Berling” y sospecho que el alcoholismo es una de las claves de la obra de Lagerlöf. No quiero contar la historia, porque es muy corta y la destrozaría, pero con ese comienzo se desgrana un cuento en el que la fantasía, en forma del carro fantasmal que acude a recoger el alma de los moribundos, se mezcla con una tensa consecución de retratos psicológicos (¡qué momento cuando David Holm destroza el abrigo que amorosamente la salutista ha estado remendándole durante toda la noche!) y de escenas tensas y de atmósfera agobiante (como todo el moralizante final del cuento). 
Con su propia magia, Lagerlöf consigue una narración que recuerda, sin complejos porque estoy seguro que estaba en la mente de Lagerlöf, el “Cuento de Navidad” de Dickens sin absolutamente nada del humor o la dulzura del mismo (es curioso pero tiene hasta una estructura formal parecida); pasando por la literatura de Henry James y engastada en el asfixiante moralismo protestante propio de la cultura nórdica europea. Al final es la historia de siempre, la bondad venciendo a la maldad, pero en un entorno mucho más triste, y con una conclusión deprimente, si la pensamos con detenimiento: ojo con la muerte, que es especialista en desperdiciar vidas que se encuentran en su esplendor. Pero si bien la historia puede resultar un poco ñoña, al fin y al cabo, lo cierto es que las atmósferas y los personajes son tan interesantes y están tan conseguidos que engancha de principio a fin. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan tenso y ansioso leyendo una historia como a lo largo del paseo que David Holm hace hasta su casa en la última escena del cuento, sintiendo casi el peso de cada escalón que sube hasta lograr encontrarse ante la puerta. Merece la pena, y te recomiendo su lectura.
No leí este cuento de casualidad, sino porque Quino me hizo descubrir previamente una película sueca de 1921 titulada “La carreta fantasma” y que está basada, como no, es el cuento que antes te he reseñado. Tampoco voy a hacer la ficha de la película, sólo decirte que fue dirigida y guionizada por Victor Sjöström, que también interpreta el papel de David Holm. Sjöström Fue un magnífico director cuya producción se desarrolla principalmente durante la década de los 20 del siglo pasado entre Suecia y los Estados Unidos (allí como Victor Seastrom). Es especialista en los efectos fotográficos, de los que esta película es ejemplo. 
La película me ha parecido una pequeña joya, no sólo porque refleja muy bien el cuento, con las salvedades y los cambios propios de la adaptación de una obra escrita a otra visual sin el apoyo de sonido o diálogo alguno, sino que incluso enriquece algunos de los argumentos secundarios de la historia de Lagerlöf. Por ejemplo, se recrea más en la pasión de la salutista Edit por el malvado Holm, y como esa pasión la empuja a causar un gran perjuicio y dolor a la esposa de éste, cuestión por la que la más moralizante Lagerlöf pasa de puntillas. A cambio, la maldad de Holm es más perversa en el cuento que en su reflejo cinematográfico, que parece mostrar más conciencia y sombras de remordimiento con breves gestos circunspectos cada vez que realiza una maldad. 
 
La maravilla que consigue Sjöström es convertir una pequeña obrita, un divertimento, un cuento moralizante, en una gran película de sugerentes escenas donde además nos parece encontrar, gracias David, el antecedente de algunas de las más terribles escenas de Kubrick en “El resplandor”. Escenas que se detienen en el gesto, que funden en negro en un rostro que lo expresa todo, silencios que sirven para reflexionar y respirar después de escenas vibrantes, cambios radicales de ritmo según estemos en el carro de la muerte o en la habitación de Edit, en la casa de Holm o en el bar… El film lo tiene todo. Está al nivel de “Metrópolis” o “Nosferatu”. Sjöström demuestra el potencial de la cinematografía sueca, que consiguió en el periodo mudo su mayor esplendor. 
 
No hay que olvidar que no sólo Sjöström terminará en Hollywood, también otros nombres tan importantes para la historia del cine como Ingrid Bergman o Greta Garbo surgieron de la cinematografía muda escandinava. Sin embargo, Sjöström regresará a Suecia a principios de los años 30 y ya no dirigirá salvo en contadas ocasiones, dedicándose a la actuación. ¿Por qué abandonó Hollywood? Pues quizás porque, salvo “Viento”, las películas que le ofrecían no tenían nada que ver con las que él quería contar, y de las que “La carreta fantasma” es un claro ejemplo: personajes endurecidos, extremos a veces tanto en su maldad como en su bondad, y atmósferas agobiantes en las que el hombre ha de enfrentarse a la grandeza y la furia de la naturaleza, caso de su más importante película americana, “Viento”, con Lilian Gish, actriz que guarda un tremendo parecido con Hilda Borgström, que interpreta magistralmente a la mujer de David Holm y que llegó a tener una notable carrera cinematográfica.
Un cuento que merece la pena y una película imprescindible que nos recuerda que el cine mudo está lleno de obras magistrales que obligan al espectador a agudizar sus capacidades receptivas. Un periodo en el que las claves del lenguaje cinematográfico ya habían nacido. No puedes perdértela, y aquí te la dejo completa:

jueves, 19 de julio de 2012

De libros: Amelie Nothomb, "Ácido Sulfúrico" y "Diccionario de nombres propios"


Me gusta mucho la escritora belga Amelié Nothomb, pese a todos sus defectos, de entre los cuáles la necesidad de figurar, singularizarse y "ser alguien" casi es la peor (esa manía de ser portada de todos sus libros, ¡por favor!). Pero tras varios años tragándome con avidez todo lo que publicaba, hace un año y medio o algo así dejé de leerla voluntariamente por un tiempo, aún con dos de sus libros esperándome, aquellos a los que dedico esta entrada. Necesitaba algo de perspectiva, porque la Nothomb empezaba a cansarme. Sin duda alguna, prefiero sus libros autobiográficos a los puramente de ficción, me parecen más cuidados y mejor escritos, haciendo gala de una gran sinceridad narrativa que a veces pierde en las novelas porque se enjaula en su propia necesidad de epatar. Realmente sólo hay una, de entre todas sus novelas, que me ha parecido un auténtico coñazo, "Anticrista", aunque también hay una sola de entre todas sus novelas que me parece excepcional y que debería pasar a la historia de la literatura europea: "Catilinarias", donde consigue todo lo que se propone: atmósfera, ritmo, una historia interesante, unos personajes vivos, y una espectacular narración.
Hay muchas cosas que se convierten en lugares comunes en Amelié Nothomb. No voy a enumerarlas, pero sí a citar una fundamental: la necesidad de hacer historias casi surreales que se desgranan a nuestros ojos con calculada extravagancia. Pero suele cometer un fallo, que siempre está en sus finales. No porque los haga abiertos, sino porque pareciera que agotada por hacer de lo inverosímil algo real, no sabe cómo culminar sus historias. Eso es exactamente lo que sucede con "Diccionario de nombres propios", en los que una historia bastante hermosa, muy bien hilada, con todos los elementos propios de la magia personal de la escritora, se vienen abajo con un final absurdo en el que ella misma, Amelié Nothomb, convertida en personaje, hace acto de presencia, y además inventando la pólvora: genera una reflexión en la protagonista tan evidente que uno se pregunta cómo un personaje tan brillante y capaz de analizar la realidad desde niña como Plectrude (así se llama el personaje) no ha llegado a esa reflexión mucho antes. Además es tan vanal que uno duda que una mujer tan rica espiritualmente pueda sentir la más mínima ansiedad por ese pensamiento que su amiga escritora. Demasiado, y fastidia una historia que encanta desde que comienza. Plectrude es hija de una joven de 19 años que asesina a su marido ante el temor de que arruine la vida de su hija y que acto seguido a dar a luz decide suicidarse. Es criada por una tía algo neurótica y que finalmente se vuelve loca, y su paciente marido, junto a sus primas, que la adoran como una hermana. Niña extraña, sólo encuentra en el ballet clásico el modo de expresarse y sobresalir, su estado natural, que la sumerge en un mundo de princesas, dragones, caballeros y castillos que se convierten en su realidad alternativa. Sin embargo, es mediocre en la escuela, como un personaje de Ionescu, escritor que tendrá su parte protagonista en la novela. Por el ballet llegará a estar a punto de morir, autodestrucción de la que ha hecho gala también en su infancia más tierna, hasta que una lesión le obliga a retirarse, quedándose arrasada. Y hasta aquí puedo contar. Por extraña que parezca, la historia es deliciosa, y merece mucho la pena leerla. Aún así, me atrevo a dar un consejo: déjala inconclusa. Cuando Plectrude y su amor de niñez se reencuentren en un puente parisino, puedes dejar la novela, aventurándote sólo si quieres a unos párrafos más. Pero en cuanto aparezca Amelié Nothomb en escena, deja de leer. Apenas te quedará una página, y recordarás la novela con más placer que si dejas que ese final absurdo se perpetre.
Otra cosa que Amelié Nothomb no puede evitar es querer mostrar a toda costa su enorme cultura y capacidad intelectual. Que la tiene. El problema es que a veces habla de memoria o de oídas, y mete patas culturalmente importantes. Sucede varias veces en "Diccionario de nombres propios", más flagrante en "Ácido Sulfúrico", el otro título de la Nothomb del que quiero hablaros. Cuando llegues a la metáfora con la que recrea al bíblico Simón El Cirineo, lo entenderás, porque la metedura de pata es evidente y echa por tierra toda una parte de su argumentación sólo por no comprobar la autora el ejemplo que la lleva a la reflexión. La historia es apasionante: en un país europeo, en tiempos cercanos, una televisión que recuerda mucho a Tele 5, lo que significa que en Bélgica deben tener algo parecido, se produce un nuevo reality. Se trata de encerrar a cientos de personas en un campo de concentración y tratarlos como sucedió en sus homónimos nazis. Los celadores, los guardas, incluso los prisioneros, son elegidos meticulosamente, con la salvedad de que ser prisionero de ese reality no es voluntario, te "pescan", no se sabe por qué argumentos, y ya está. Dentro de esa miseria esclava del share, Nothomb establece un magnífico análisis de la miseria humana, de la esperanza, de la falta de sentido crítico de la sociedad, de la importancia cada vez mayor de los medios de comunicación más malsanos (¿nos ofrecen lo que queremos o nos ofrecen lo que quieren que queramos?). Son muchos los frentes que abre, y son muchas las lecturas que tú puedes hacer. Esta vez el final es menos agresivo para la historia, y aunque tiene sus problemas, sin embargo mantiene el tipo en una novela notable.
Ambas me gustaron, disfruté un poco más con "Diccionario de nombres propios" pero su final me llegó a enfadar, y "Ácido Sulfúrico" siendo mejor novela es más fría e inverosímil. Yo te las recomiendo, aunque empiezo a situar a la Nothomb en un lugar un poquito más alejado del Olimpo literario donde la tenía ubicada hasta hoy mismo.

lunes, 9 de julio de 2012

De exposiciones por Madrid: Hopper en el Museo Thyssen de Madrid

Hoy estuvimos en la que posiblemente sea la exposición de la temporada en Madrid: una retrospectiva de la obra de Hopper, que puede verse en el Museo Thyssen de Madrid hasta el próximo trimestre. Ni soy un gran conocedor de Hopper, ni creo que pueda ni quiera escribir aquí la vida y milagros del autor. Me voy a detener sólo en mis sensaciones. 
La primera es que salí con las emociones un poco contrapuestas. Me gustó lo que vi, pero no me entusiasmó. Creo que el Hopper que más conocemos y que ha sido icono incluso del cine, no está bien representado en la muestra. Esos bares abiertos a altas horas de la madrugada, con personajes silenciosos y decadentes dentro, simplemente no están. Eso se echa mucho en falta, y es lo que finalmente te hace salir un poco descontento. 
Pero sí hay que decir que es un retrospectiva de cada periodo del autor, incluso de los más desconocidos, que resulta muy interesante. Desde esos comienzos parisinos, hasta las series de paisajes de la América profunda, las arquitecturas decimononas, los jóvenes en sus barcos de vela... Unas épocas que corresponden a unas temáticas pero que pueden resumirse en una serie de características muy claras. En primer lugar, hay que decir que Hopper no es, en absoluto, un pintor del detalle. No se detiene en cortinajes o en los flecos de un telón de teatro, como otros pintores no pueden o podrían evitar. Al contrario, brochazos de colores muy puros, sin apenas mezclas, que se superponen para un todo, pues es la escena, la realidad total del mensaje, lo que Hopper intenta hacernos llegar. 
Muy claro, sobre todo, en su primera época tan influenciada por Cezanne y los post impresionistas, no obstante viaja a París justo en plena eclosión de esos autores. En esos momentos, el trazo es grueso, rápido, con apenas tres manchas se hacen los huecos de las torres de Notre Dame, no hace falta más, es la imagen, el tema en sí, lo que interesa. No creo que te detengas, si ves uno de sus cuadros, a deleitarte con una esquina, es una pintura que simplemente no lo permite. 
Otro elemento que se repite, hasta ser una característica fundamental, es la geometrización de las formas: líneas rectas, vértices, curvas, perfectamente trazadas como si fuera con un tiralíneas, con escuadras y cartabones, con compases... Especialmente en sus paisajes urbanos o de arquitecturas es una realidad, pero se ve perfectamente en toda su obra. A veces, si no se distinguieran las formas, por ejemplo en la arquitectura, estaríamos ante la abstracción. Me ha parecido ver a Mondrian, a Picasso, incluso a Pollock, todos están ahí, de ti depende decidir si antes o después. 
La figura humana es un ejemplo, siempre, de soledad, de inexpresividad que sin embargo lo expresa todo. A veces queda remarcado por unos ojos negros, vacíos, pero lo normal que no haga falta ese elemento formal: basta con mirar y ver la falta de comunicación total de los personajes, cuando están en pareja o en grupos, y las miradas perdidas de aquellos que aparecen solos. 
Un grito a la soledad, a la incomunicación, a la desnaturalización del ser humano, que sin embargo a veces parece perderse en sus personajes campestres, o en sus jóvenes pilotando un velero. 
La tristeza de la cotidianeidad americana, donde hay residencias familiares, pero también muchos, demasiados, hoteles, oficinas, bares... 
 
Lugares donde esa deshumanización, esa sordidez silenciosa y solitaria, se hace más latente. Entonces, no pude evitar recordar a Munch y su celebérrimo "Grito". 
 
Los personajes, los árboles, los edificios, parecen detenidos, congelados, sin movimiento ni desarrollo, en una quietud que casi lo convierte en decorados, y al ser humano en maniquíes. Además, mostrados en encuadres novedosos, a veces extravagantes (picados y contrapicados que además fuerzan escorzos), muy influídos por la fotografía y quizás por el cine. 
La pureza del color, el todo que hace la forma, la obsesión por la luz, que sin embargo no se convierte en científica, no hay nada de "óptico". La sombra sólo es una mancha gris. Es curiosos que en sus primeros periodos, los personajes aparezcan envueltos en luz y sombras, pero no emitan sombra. A medida que avanza si aparece también la propia sombra de los personajes, pero ha sido un camino de décadas. 
Si sigo haré un ensayo sobre Hopper, y no creo que deba, ni sea capaz. Decir, por último, que es muy intensa también su labor como grabador, en la que, por la propia técnica, el detalle se abre paso frente a la mancha del óleo o la acuarela. Más encorsetada, y aquí entrando de lleno en el arte del cómic, las portadas de revistas, de la que se presenta un generoso audiovisual. 
No sé si en este caso me gustan los antecedentes o las comparaciones que se intentan hacer entre Hopper y otros artistas para encontrar sus fuentes. No entiendo la presencia de un Degas en una de las salas, y me falta algún Cezanne, pero los comisarios, al menos presuntamente, deben conocer mucho mejor la obra de Hopper que yo, y si han elegido esos cuadros para ilustrar la formación del artista, ellos sabrán por qué. Pero estoy seguro de que te chocarán cuando los veas. 
Es la exposición de la temporada (que me perdone el Rafael del Prado) y posiblemente del año tras el Hermitage en nuestra primera pinacoteca, y hay que verla. Ahora yo estoy atribulado entre pensar que es la exposición la que me dejó mal sabor de boca, o la propia obra de Hopper, que también puede ser. Pero sin duda, es para disfrutarla, y nosotros la hemos disfrutado. No dejes de ir.