Según blogger, nos han visitado todas estas personas

miércoles, 20 de mayo de 2009

Dos propuestas del Museo del Prado: "La bella durmiente" y "La obra invitada"

El Museo del Prado nos sorprende estos días con dos propuestas interesantes, y al menos una de ellas imprescindible. No son magnas exposiciones, sino dos ideas mucho más pequeñas pero que aumentan la calidad de nuestra primera pinacoteca.


La exposición La bella durmiente está compuesta tan sólo por 10 cuadros y 6 dibujos, francamente una minucia que apenas ocupa una pequeña sala, pero permite ver en España una serie de obras de la Hermandad de Pintores Prerrafaelitas, muy poco presentes o difundidos en nuestro país. Además, al menos la calidad de una de estas piezas es excepcional, y merece la pena ir de visita al Prado sólo a ver ese cuadro. No es el prerrafaelismo uno de mis movimientos, lo reconozco, y contemplar esta exposición no me ha hecho cambiar demasiado mi opinión. aunque me gusta su preciosismo, y sobre todo su luz, me molesta un poco su tendencia a la frialdad, el exceso de simbolismo, y su irregularidad. Quiero decir que no todos los que formaron el grupo son realmente pintores relevantes, y esta exposición lo demuestra.

La génesis de la muestra está en el Museo de Arte de Ponce, fundado en Puerto Rico por Luis A. Ferré, y que intenta acercar a la isla caribeña las joyas de la pintura europea. Cedida la colección prerrafaelita al Prado, ¿qué nos vamos a encontrar? Para empezar, los principales nombres del grupo: Millais, Rossetti, Seddon, Holman Hunt, y otros, como Burne-Jones, cuya obra El Sueño del rey Arturo en Avalon para por ser uno de los principales de la muestra, y sin embargo a mí no me acabó de convencer, ni por la temática ni, sobre todo, por el acabado, que me parece a ratos infantil, a ratos artificioso. El mismo autor firma la serie sobre La Bella durmiente, que me pareció algo más llena de encanto.


Encantador también el Retrato de Gladys Holman Hunt, realizado por su padre hacia 1893, donde el detallismo de la pincelada y la luz plena y casi dolorosa contraste con la frialdad del conjunto. Pero, para mí, el mejor cuadro de la muestra, que pasa por ser la joya del Museo de Arte de Ponce, y que me pareció soberbio, es Sol ardiente de junio, de Frederic Leighton. Si yo veía frialdad en general en el prerrafaelismo, aquí se convierte en una fuerte sensación de sensualidad y placer, en una simbólica obra envuelta de luz, color, vapor, y sensaciones. Una joven duerme, en una terraza, cubierta por una túnica de seda naranja, bajo una ligera techumbre que impide que un fuerte sol mediterráneo, que tiñe de dorado el mar que podemos observar en la lejanía, queme su delicada piel. Está durmiendo en una postura casi imposible, pero sin embargo parece relajada, feliz, voluptuosamente serena. A su lado, las adelfas, flores engañosas, nos remiten a la idea de la muerte, con la que tantas veces los prerrafaelistas identifican el acto de dormir. Como ya he dicho, la escena tiene una fuerte impronta sensual y erótica, y finalmente suyuga al espectador ante la belleza, objetivo inicial y final de esta pintura, de todo lo que aparece ante nuestros ojos. Sin duda, hay que enfrentarse a este cuadro.
La segunda propuesta del Museo del Prado es pedagógica y muy interesante. Se trata de traer, de tanto en tanto, obras invitadas, cedidas por otros museos, que permitan llenar un hueco, mejorar la explicación, o comparar obras de un periodo o un artista. En esta ocasión, para contraponer las dos obras del mismo autor que se exponen habitualmente en el Prado, y que pertenecen a otro sentido composicional y lumínico, el Museo del Louvre ha cedido la Magdalena Penitente de Georges de La Tour. Es emocionante poder ver esta obra en nuestra casa, y ha sido expuesta además con gran delicadeza. ¿Qué decir de esta obra? Una de las grandes muestras de la pintura universal, expuesta en el Museo del Prado por primera vez. La melancolía de esa mirada, la gentileza de la postura, la luminosidad que proviene de una triste lámpara de aceite: cumbre del tenebrismo, del ascetismo, de Trento, al fin. Realmente, es una oportunidad única, y una idea del Museo del Prado que esperemos que cunda, y podamos seguir disfrutando de obras que, de otra manera, tendríamos que ir a buscar más allá de nuestras fronteras. La lechera de Burdeos, de Goya, que está en Budapest, podría ser otra idea.

lunes, 18 de mayo de 2009

Paul Auster: El Palacio de la Luna.

Nadie tenía la culpa de lo sucedido, pero eso no hacía que me resultara menos difícil de aceptar. Todo había sido un problema de conexiones fallidas, de mala sincronización, de andar a ciegas. Siempre perdiendo la ocasión de encontrarnos por muy poco, siempre a unos centímetros de descubrirlo todo. A eso se reduce la historia, creo. A una serie de oportunidades perdidas. Teníamos todas las piezas desde el principo, pero nadie supo encajarlas.
Cuando la historia que cuenta Paul Auster en esta fantástica novela llega a poco más de su Ecuador, aparecen estas líneas, que resumen de una manera certera y clara no sólo lo que ya hemos leído, sino lo que habrá de suceder. Mi relación con la literatura estadounidense siempre ha sido un poco extraña: nunca la he enjuiciado como una escuela, o como un sistema expresivo, como podría uno hacer con la literatura iberoamericana o la literatura inglesa. Evidentemente lo es, y tiene una entidad equiparable a cualquier otra, lo que sucede es que en mi proceso de lecturas, más o menos dirigido, más o menos caótico, nunca me he planteado la literatura de los Estados Unidos como una prioridad, siempre he tendido más a la europea, a la citada iberoamericana, incluso a la asiática... Sin embargo, si hago catálogo de las novelas estadounidenses que he leído, se cuentan por cientos, y la verdad es que muy pocas me han disgustado. Bukowsky es uno de mis escritores favoritos, por ejemplo. Y desde luego no han faltado entre mis lecturas ni Hemingway, ni Azner, ni Sontag, y un larguísimo etc. No me gusta el realismo sucio, en general, Leavitt me parece un autor menor, y American Pshyco de Bret Easton Ellis una de las peores cosas que he leído. Desde luego, en la literatura de los Estados Unidos hay constantes, sobre todo generaciones, como esos finales abiertos, esos círculos que se cierran (y que tanto le gusta también al cine de aquel país, en los que un gesto inicial, como que a alguien se le caiga un pañuelo, aparece finalmente como colofón de una historia de telarañas enmadejadas), y ese desapego de la esperanza, melancolía, falsos héroes (los John Done)...
No haber leído nunca a Paul Auster me parece, ahora, una auténtica barbaridad, porque esta novela, publicada en los 80, y editada en España por Anagrama (que tiene la exclusiva de este autor) no sólo me ha gustado sino que me ha parecido, pese a ciertos elementos más o menos artificiales, una bellísima lectura de la realidad insubstancial de una sociedad que se cree en decadencia, pero que ni siquiera puede estar segura de haber llegado a ese estado. Puedo contar poco del argumento, salvo que el protagonista, M.S. Fogg, pasa por situaciones dramáticas y absurdas como un convidado de piedra a su propia existencia: se regodea en su tristeza, en su dolor, en su falta de suerte, pero hace de la inacción y del desinterés las verdaderas claves de sus tribulaciones. Todo le viene rodado, casual, agota un plazo y se lanza al siguiente sin planificación, no parece nunca reflexionar demasiado sobre sí mismo y su futuro sin parar, sin embargo, de reflexionar sobre todo lo que le rodea, de modo sugerente y brillante. El escapismo de la persona que mientras cae desde cinco mil kilómetros de altura y sin paracaídas piensa "bueno, de momento todo va bien" (la idea no es mía, pero no recuerdo dónde la escuché por primera vez).
Un hombre joven, ante un tiempo borroso y extraño. Asiste a una serie de acontecimientos, como el hundimiento de su propia vida, y nos los explica detalladamente sin dejar de sorprendernos por su claridad y concisión. Se sumerge en un mundo de extraños a los que a veces ni siquiera vuelve a ver, y son ellos los que le dan la vida, la identidad, el sentido. La muerte lo rodea, vive marcado por ella: su madre, su tío y mentor, su patrón, su padre, su hijo... Y a su alrededor más historias con muertes y extrañas complicaciones, casualidades demasiado increíbles para resultar ciertas, pero lo suficientemente verosímiles como para dar cabida al mensaje, a la idea, a lo que subyace en el interior de la excelente novela de Auster. Es el sueño americano, esa absurda idea de adolescente, que madura, que se hace mayor, mientras en Vietnam mueren por miles los soldados y un tal Neil Amstrong llega a la simbólica luna que, equidistante y objetiva, subyace impávida sobre todo el relato. Al final, M.S. Fogg, crece, se hace un hombre, pero lo hace a pesar suyo, sin detenerse a aclarar su identidad como ser humano, ni su realidad como persona. Huye de sí mismo gracias a las vidas de los demás, y sin pensar demasiado, con alguna ocupación de más que le evita el trago de enfrentarse a sí mismo, hasta alcanzar la edad suficiente en la que ya no se puede jugar, en la que la vida va en serio (como dijo Gil de Biedma), y entonces tampoco hay tiempo para detenerse demasiado. ¿Acaso no ha sido así la historia social y política de los Estados Unidos en la edad contemporánea?¿Acaso esa acción sin detenerse a pensar demasiado es lo que causó que la Tragedia del 11-S, lejos de sacar a los estadounidenses de su letargo, los empapara de paranoia? Si encuentras este libro, léelo, es imposible que no te impresione.
Por cierto, este cuadro, del poco conocido pintor estadounidense del S. XIX Ralph Albert Blakelock, titulado Moonlight y que se encuentra en el Brooklyn Museum, aparece significativamente en la acción de la novela, y además la descripción que M.S. Fogg-Paul Auster hace del mismo y del proceso por el cual va entendiendo colores y matices hasta llegar a comprender un todo es una obra maestra de la narrativa, y una lectura que debería ser obligatoria para todos los que miran sin observar, oyen sin escuchar, y hablan sin conocer. Aquí os pongo una foto del pintor, tal y como aparece en wikipedia.

lunes, 11 de mayo de 2009

Katharine Hepburn escritora: "La Reina de África o cómo fui a Africa con Bogart, Bacall y Huston y casi pierdo la razón".

Katharine Hepburn ha sido, posiblemente, la actriz de mayor éxito de la historia del cine. No sólo es por sus cuatro premios oscars, ni sus reconocimientos en el teatro, sino porque su carrera abarcó 6 décadas en cada una de las cuáles realizó películas reconocidas por el público y la crítica. Cuando sus contemporáneas, como Joan Crawford, Bette Davies, Norma Shearer, Marlene Dietrich, y tantas otras, languidecían en sus casas o se asomaban a la televisión como "estrellas invitadas", ella seguía haciendo papeles protagonistas sin parar para el cine. En los 30, títulos como "Brig me up baby", "Historias de Filadelfia", "La gran aventura de Silvia", "Mujercitas"... En los 40 "La mujer del año", "Corrientes ocultas", "Sin amor"... En los 50 "La Reina de África", "Larga jornada hacia la noche", "Locura de verano"... En los 60 "De repente, el último verano", "El León en Invierno", "Adivina quién viene a cenar".... En los 70 "Las Troyanas", aparte de las formidables (para televisión) "El trigo está verde" 0 "El zoo de cristal"... y en los 80, como gran colofón, "En el estanque dorado". Luego, por razones de salud sobre todo, va espaciando sus intervenciones, y aparece en algún telefilme, pero ya vive prácticamente retirada hasta su muerte. A principios de los 80, una encuesta nacional entre adolescentes norteamericanos la ponen en segundo lugar, tras Michael Jackson, como respuesta a la pregunta "¿A qué personaje famoso admiras?". En fin, una vida trufada de éxitos en todos los campos, y una carrera legendaria.
Pero también escribió un par de libros. Sus propias memorias, con el soberbio título de "Myself" y este que nos ocupa en la cadena que os he preparado: "La Reina de África o cómo fui a África con Bogart, Bacall y Houston y estuve a punto de perder la cabeza". Es poco más que un diario de viaje, un opúsculo, supongo que con los errores y faltas propias de las ausencias de la memoria, pero es un libro delicioso. Lo conseguí el otro día en el rastro, todo debo decirlo, pero debe estar todavía por ahí en las librerías.
Hepburn se nos presenta a sí misma enseñándonos exactamente lo que nos quiere enseñar: se presenta como una actriz menos intelectual de lo que la gente piensa, soberbia y competitiva, y sabe reirse de sí misma en todo momento. Analiza con ironía y admiración a sus compañeros de aventura, Humprey Bogart, John Houston, Lauren Bacall, Sam Spieguel, y sin tapujos ni falsa corrección describe la realidad de lo que vé en África con inconfundible sentido del humor y cierto sentido crítico, no sin olvidar ese peculiar sentido anglosajón de "cómo deberían de ser las cosas". Sus costumbres diarias, su paranoia por un guión que no acaba de ver claro, su relación de amor y odio con Houston, sus problemas intestinales... todo descrito con inconfundible hilaridad, y un estilo rápido y tajante, poco dado a las veleidades ni las florituras. No es el culmen de la literatura, pero creo que es un libro recomendable para pasar un buen rato con anécdotas e ideas de uno de los personajes artísticos más interesantes e importantes del siglo XX. Si te decides a leerlo, lo pasarás muy bien. Además tiene una magnífica colección de fotos, que hará disfrutar a los más mitómanos.

miércoles, 6 de mayo de 2009

En busca del Barón Corvo, de A.J.A. Symons.


Fijaos lo que "viene siendo" la autocensura, porque tras terminar este magnífico libro pensé en escribir una breve reseña, pero dada su temática y lo que quería decir, y ciertos avatares personales de los últimos días, pensé que algunos de esos que entrar en los blog a dar la lata o buscar la cuerda con la que ahorcarte iban a encontrar extrañas y raras razones para fijarme justo ahora en esta historia. Pero tras días de reflexión personal, he vuelto de convencerme de que esta es mí casa, que aquí escribo lo que me da la gana, que mi hipoteca me la pago yo, y que quien quiera ver maldades en mis palabras las verá aunque diga simplemente "hola". A partir de ahora, todos los que leéis blogs para jorobar y hacer cosas raras, de cualquier signo, mejor que lo dejéis, ya sabéis que nunca pongo vuestros mensajes, y los que entran para buscar noséqué... que os vayáis a la mierda, que han puesto noria y está muy divertida. Los que tenéis blogs y lucháis con los colgados que pululan por internet, me entendéis seguro.

Qué a gusto me acabo de quedar.

Vamos con el Barón Corvo, que es el señor de la foto de arriba. "En busca del barón Corvo" es uno de los mejores libros que he leído últimamente. Se trata de la biografía del autodenominado barón que da título a la obra, y que no es otro que Frederick Rolfe, autor inglés de finales del siglo XIX y principios del XX que ha dejado para la posteridad un puñado de obras que pasan por ser de inmensa calidad (Los cuentos de Toto, Adriano IX...), y grandes críticos las admiran como absolutamente primordiales para la cultura inglesa y europea del siglo XX. Sin embargo, Frederick Rolfe y su barón Corvo apenas son conocidos salvo en círculos extremadamente cultistas, y la mayor parte de las veces por esta obra de A.J.A. Symons, a quien os presento en la foto siguiente:
Lo importante de este libro es que se ha convertido en el modelo de cómo se hace una biografía documentada, consiguiendo Symons establecer una estructura sólida, intelectualmente poderosa y bien construída, mezclada junto con un sistema narrativo interesante y muy ameno. Realmente son dos libros en uno: de un lado, Symons investiga y documenta la historia del Barón, y lo consigue, cerrando perfectamente su biografía con fechas, datos, relaciones, comportamientos, etc. Pero también se empeña en hacernos el retrato psicológico de Rolfe, un hombre obsesivo, paranóico, que cree que todo el mundo lo persigue, que termina enemistado con todas y cada una de las personas que tratan de ayudarlo, que siempre se siente minusvalorado en su brillantez (del todo dudosa, pese a todo). Como he leído en una reseña por ahí: De este modo se puede decir que el libro tiene dos tramas. En la primera Symons cuenta cómo consigue desenterrar los secretos de la vida de Corvo, cómo va hallando los distintos documentos, como busca a amigos y colaboradores, su trato y complicidad con otros coleccionistas y estudiosos, etc.; para descubrirnos de esta manera, el secreto del género, por así decirlo, al negarse, siquiera por un momento, a fingir el acostumbrado alejamiento con respecto al biografiado. Por ello este libro, subtitulado «Un experimento biográfico» es también un notable autorretrato: el estudio de la obsesión y simpatía que despierta el personaje investigado en el biógrafo. La segunda trama, huelga decirlo, sigue la no menos apasionante vida del oscuro y enigmático barón.
Pero desde mi punto de vista Symons va más allá, porque tratando de no juzgar al personaje, apasionante, de vida tan extraña como terrible, termina dibujándolo ante nuestros ojos con compasión. Un ser tan absolutamente horrible como Rolfe es, finalmente, recuperado, e incluso reivindicado, por su calidad como escritor y por las razones que, pese a todo, pudo tener para su errático comportamiento. Rolfe vive mil aventuras, y de todas sale mal parado. También actúa como fotógrafo más o menos profesional, y de ahí los libros de jóvenes desnudos que han sido publicados recientemente. Mentiras, veleidades, miseria extrema, abjuraciones y momentos de gloria. Al final, lo detestamos, lo comprendemos, lo odiamos, lo perdonamos, y aparece incluso la lástima. Pero, cuidado, Rolfe es un ser negativo, odioso, de comportamiento inadecuado e incluso horrible, pero también un genio que hizo algunas de las más brillantes páginas de la literatura inglesa. La biografía que construye Symons apasiona porque entendemos su elección, por qué tras leer casualmente un libro de Rolfe se lanza a dedicarle varios años de su vida. Es impresionante por su contundencia, pero aún más por su inteligentisima forma narrativa y su calidad casi novelesca. Creo que nadie debería perderse este libro, editado por Libros del asteroide.

sábado, 2 de mayo de 2009

Nina Stemme en el Teatro Real... Ruhe..!

Me vuelve a pasar lo de siempre... Uno lee cosas por ahí y se pregunta "yo no estuve en el mismo recital, yo estuve en otro", y como siempre las ganas de destruir hacen escribir auténticos disparates. Bueno, ¿qué decir de la actuación de Nina Stemme? A mí me gustó. Me pareció un concierto difícil y comprometido, y sobre todo, con un handicap terrible, que se llama Orquesta del Real, y que se apellida López Cobos. Empezaré por ello. La orquesta tuvo dos momentos en solitario, la "Suite Orquestal" de "El Caballero de la Rosa", de Richard Strauss, y el "Preludio y Encantamiento del Viernes Santo" de "Parsifal" de Wagner. Estas piezas a esa orquesta le quedan grandes, y a las pruebas me remito. Strauss, cuya riqueza orquestal es inmensa, debe sonar limpio, cada miembro de la orquesta ha de brillar en conjunto y por separado. Nada de eso escuchamos esa noche en el Real. El sonido era sucio, a veces un montón de acordes sin orden ni sentido, y cuando se relaja en el vals, que debería soltarse en el rubatto y dar aire a la orquesta, López Cobos se empeñó en dirigirlo como una marcha militar. Estuve siguiendo el compás con el pie, y el metrónomo, como siempre, funcionaba, rígido y marcial. Sigo siendo muy excéptico sobre el pasado de López Cobos, nunca me gustó, y sobre todo estoy alegre porque se anuncia que se marcha. Fue un suspenso en toda regla. En cuando a "Parsifal"... Una de las piezas más bellas y emocionantes de Wagner se convirtió aquí en un auténtico ladrillo que si dura diez minutos más duerme hasta a las ovejas. Ayer le dije a una amiga algo que no sé si me atrevería a decir en otros foros, pero esta es mi casa, y aquí se puede decir lo que se quiera, jejeje. Había momentos en los que ese Wagner me sonaba a compositor norteamericano de los 40 y 50, a un joven Aaron Coplan, por ejemplo, e incluso hubo "momentos Rachmaninov". No, la orquesta del Real es un desastre, y tras todos los años que lleva dirigiéndola, el culpable se llama Jesús López Cobos, y dejémonos de tonterías.
Se quejan en los foros de que a Nina Stemme a veces no se la escuchaba. Ello se debe a dos cosas, la primera a lo poco que muchos están acostumbrados a escuchar a Wagner en directo, donde eso muchas veces es normal, debido al enorme volumen al que la orquesta puede llegar a sonar. Pero en este caso, el volumen de la orquesta, sobre todo en la segunda parte del concierto, fue tal que a veces los metales hacían daño en los oídos, eso no me había pasado nunca. Sonaba mal, excesivamente fuerte, extremada en volumen, sin ningún matiz... Con eso acompañándote, no puedes hacer mucho más.
Los cuatro últimos lieder de Strauss estuvieron bien, lo que sucede es que a uno le gustan más estos lieder interpretados en voces más líricas. Cuando tienes una voz oceánica, las posibilidades de ese lirismo son más bajas, los matices a veces se pierden, y las sopranos hacen lo que pueden. No hay que olvidar que lo mismo lo ocurrió a la grande entre las grandes, Kirsten Flagstad, cuando estrenó las piezas en Londres. ¿Qué pasó aquí? Que Nina Stemme intentó aligerar su voz en todo lo posible, pero a veces no podía o no lo conseguía, le era muy difícil. Sin embargo, consiguió una interpretación interesante, incluso inteligente, contenida y muy metida en el texto, hermosa por momentos, emocionante en "Im abendrot". La orquesta, a su aire, López Cobos haciendo silencios absurdos y bruscos que no existen, pasó varias veces, y la soprano luchando contra los elementos. Pero dejémonos de tonterías, ella no estuvo mal, y puede con esos lieder, es, en mi caso, cuestión de gustos, pues siempre he preferido a Schwarkopf, Norman o Caballé en esa partitura, y no estamos hablando de voces oceánicas.
La voz de Nina Stemme se soltó mucho más en "La Inmolación de Brunilda" de "El Ocaso de los Dioses". Dice alguien, por ahí, que la cantó con la partitura delante, y que eso no se hace. A muchos conciertos no ha ido, porque yo he visto esa presencia de la partitura no en muchos, sino en casi todos los conciertos a los que he asistido, con nombres como Caballé o Domingo a la cabeza. Victoria de los Ángeles decía que la presencia de la partitura ayuda al cantante a mantener la seguridad durante la interpretación, y se ponía muy nerviosa cuando ella salía partitura en mano y Alicia de la Rocha, por ejemplo, no lo hacía para acompañarla al piano. La presencia, por tanto, de la partitura en el caso de Nina Stemme no es excepcional, ni motivo de crítica, es una tontería más. Creo que es la primera vez que Stemme se lanzaba con esta impresionante pieza, y tuvo de todo. Lo que más, desacuerdo total y falta de apoyo de la orquesta y de su director. Vamos a ver, de una buena vez, que la culpa estuvo ahí, no en ella. Dejémonos de tonterías. Que todos los cantantes que pasan por el Real sufren el mismo problema. Estuvo heróica cuando tuvo que estarlo, melancólica en la segunda parte, absolutamente entregada al final, y a mí me saltaron lágrimas cuando recitó "Ruhe, ruhe, ruhe..!".
La voz es importante en cuanto al volumen, apenas utiliza apoyos, se mueve muy bien en la zona aguda y no tiene problemas con la zona baja. Corrió perfectamente por el Real, digan lo que digan las plañideras, y tuvo algún problema puntual de afinación, pero fue muy puntual, porque por ejemplo, al final de la escena las terribles notas agudas estuvieron allí sin dificultad. Es una voz grande, no especialmente grande, pero sí ancha, engarzada en cierta oscuridad, con un vibrato inteligentemente usado, aunque quizás es el único pero que le pondría. La zona media rutilante, y el fraseo muy bien y elegantemente conseguido. Con un océano vocal como ese, el matiz se dificulta, pero Stemme supo hacerlo en Wagner sin dificultad. Emocionó, y los bravos fueron merecidos. He escuchado a alguien decir que el segundo bis fue porque López Cobos se subió corriendo al podio, porque si no no habría sido. Es mentira, después de ese segundo bis siguieron 10 minutos más de aplausos, la gente quería más. Los bises fueron "Traume" de los Wesendock Lieder de Wagner, difícil y con Stemme algo agotada tras el esfuerzo por la escena que acababa de interpretar, le costó conseguir el tono adecuado, pero es normal. "Cecilia" de Strauss estuvo inmensamente mejor, y aquí recordó a Caballé en algunos momentos. No me gustó la orquestación escogida por López Cobos, prefiero la que ideó en su momento Leonard Bernstein.
Cómo siempre un vídeo para ilustrar la cosa.
Yo aconsejaría seguir la carrera de esta soprano, y desde luego, me pareció de muy alto nivel y un auténtico lujo escucharla. La orquesta, una vez más, lo fastidió todo. Me hubiera gustado saber qué habríamos escuchado con una buena orquesta y un buen director, y si los bobos que pululan por ahí dirían lo mismo. Claro que a alguno de esos la "Suite" de Strauss les pareció bien, y fue con diferencia lo peor, así que... Pero una mujer que canta como lo hace en el video anterior... No se merece lo que se ha dicho de ella

viernes, 17 de abril de 2009

Paseando por Durham


Te cuento mi visita a la ciudad de Durham. Allí, el ladrillo rojo se ve sustituido por una piedra caliza y regular, apagada, con la que se forman sillares macizos, quizás algo más pequeño de lo que cabría esperarse, como en la Catedral de Toledo. Es una catedral ancha y serena, con esa particularidad tan propia del gótico inglés y que se refleja en la tendencia a apaisar, a la horizontalidad, al contrario de nuestro esbelto y apuntado gótico continental. Otra particularidad que me sorprendió fue que es un edificio cálido y luminoso, frente al normal aire gélido que suele haber en las catedrales europeas. La luz, dirigida desde altos y estrechos ventanales, está filtrada por vidrieras de gran calidad que sin embargo no ocupan la totalidad del vano, con lo cual hay mucha luz blanca entrando a expuertas. El problema, aunque es un edificio espléndido, es cuanto está uno dispuesto a creerse, puesto que ha sido hecho y rehecho en varias ocasiones, una de las más potentes en el Siglo XIX, y lo que los arquitectos del Siglo XIX han tocado no hay Dios, y nunca mejor dicho, que lo arregle. Tampoco es espectacular en cuanto a sus bienes muebles: alguna parte de la sillería, los órganos, dos margníficas custodias,pero poco más: austera, británica y anglicana. Por cierto, como era domingo y no había entrada de turistas hasta muy tarde, para verla tuve que asistir a una misa anglicana. Fue bonita, un poco lenta, y todo el rato coro cantando va, coro cantando viene. Había algo de simbólico en mí sentado entre esos feligreses. El resto de Durham es igual de bonito. Sereno, tranquilo, quieto, pacífico... un coñazo vamos, yo vivo allí y me muero. Ah! como es ciudad universitaria hay varios colleges, y de uno de ellos salían unos alumnos... ¡con toga! a la Oxford y "Brideshead Revisited".

Paseando por New Castle

New Castle es una ciudad espléndida, activa, realmente grande (medio millón de habitantes, o más), muy moderna y a la vez monumental, y es donde además están todos los puentes del Tyne (no obstante la ciudad se llama New Castle Upon Tyne). Estos ingleses están locos, porque o cruzas el río en New Castle, o tienes que hacer lo que a mí me parece un horror de camino hasta el túnel que pasa por debajo, y que por supuesto es de pago. En un tramo muy pequeño, sobre el río, la impronta de cinco o seis puentes: uno pequeño y peatonal, alguno más recio, de finales del siglo XIX, para coches, de un metal verde con enormes enganches y esfuerzos. Más adelante, uno modernísimo, al estilo puente nuevo de Sevilla, y así sucesivamente. Todos se abren para dejar paso a los barcos, pues el río es navegable, y tiene varios importantes puertos comerciales y de pasajeros. El río separa, más o menos, New Castle de la ciudad de Gateshead, donde se encuentra, por ejemplo, el auditorio de música – conservatorio de la más rabiosa modernidad, aunque para mí un poco anticuado, de esas obras de arquitectura moderna que por nuevas que sean adivinas se van a quedar anticuadas muy rápido- que se llama The Sage. Se trata de una cubierta sujetada por enormes tirantes desde el suelo, metálica y reflectante, que cubre un edificio cuya forma no fui capaz de adivinar desde el exterior, donde todo luce como una gigantesca y gorda oruga bulbosa y anillada. Luego está el estadio de las Urracas, el New Castle FC, no de monjas (jeje). La verdad es que hacía algo de frío, y no disfruté de la visita, que fueron un par de horas, todo lo que debía. La catedral es fría y adusta, un neogótico decimonono que a mí no me engaña por mucho que los carteles le aseguran más de quinientos años. Sí, quinientos de la fundación, pero con una remonta y una restauración completa, lavado, centrifugado y suavizante, en el siglo XIX que no pueden esconder, así como las vidrieras, bastante feas. Pero es una ciudad fantástica, hay que visitarla, y como ya os dije por ahí, la raza mejora sensiblemente. Aparte de ser ciudad universitaria y por tanto tener muchísima juventud, el frenotipo es más lo que uno esperaba encontrarse en Inglaterra. Pero esas pieles rosadas de lechoncito, que parece que vas a pinchar con un alfiler y se van a desinflar, esa piel no se las quita nadie. Curiosidades: en los puentes hay carteles una y otra vez animando a los desesperados a llamar por teléfono a un número de ayuda antes de tirarse al río. Normalmente ponen “Si estás desesperado, llama al 000000000”. En uno de ellos, una joven y pícara mano había realizado una falsificación, con lo cual podía leerse “Si estás desesperado, fuma hierba”. También tiene su castillo, claro, de ahí lo de New Castle, aunque no es muy New, ni tampoco muy castle, estos días nos hemos llevado un par de decepciones con castillos que cuando se ven en fotos parecen inmensos e impresionan, y una vez delante de ellos parecen los de la Barbie… Una ciudad para visitar. Yo repetí varias veces durante mi estancia inglesa.

Paseando por Edimburgo


Llevo más de un mes sin escribir en el blog porque tuve que irme un tiempillo a trabajar por esos mundos. Estuve fuera de España, y uno de los lugares en los que recalé fue la ciudad de edimburgo, en Escocia. Me gustaría contarte algo de lo que vi o sentí por allí, aunque sólo estuve un par de días. Edimburgo es una ciudad impresionante y bellísima. Posiblemente de las más bonitas que hay en Europa, y también de las más desconocidas. Es terriblemente cara para la vida diaria, más que Londres, pero posiblemente es la mejor ciudad británica (no decir nunca inglesa). El ambiente es de gran animación, y como llegamos en fin de semana, pudimos comprobarlo: discotecas, pubs, cafés con música en vivo, ruido y melodías por todos sitios. Los escoceses por la calle con unas borracheras de impresión… Saben divertirse, eso sin duda. Por cierto, me perseguían las gaitas (odio el sonido de la gaita, a mí un instrumento que se toca con la axila no me parece serio). Pues gaitas por todos lados. Llegamos cuando había oscurecido, con lo cual la primera impresión de la ciudad, aunque buena, estaba cercenada. Luces por doquier, monumentos iluminados, movimiento, ritmo… Tras comprobar que el hotel no estaba mal, nos echamos a la calle. ¡Ah! Es absolutamente imposible aparcar en Edimburgo. Cuesta 2 libras y media una hora. Han habilitado zonas para dejar el coche en las afueras de la ciudad, con transporte continuado desde allí, y si no debes dejarlo en parking que cuestan unas 20 libras diarias, y que fue lo que hicimos. Al día siguiente pareció que nos habían diseñado la visita. Amaneció brumoso, entre neblina, frío sin exceso, ¡lo que uno espera de Escocia! Subimos a una colina con mirador que como reclamo turístico dice ser el sitio más alto de la ciudad, lleno de monumentos, sobre todo uno muy cachondo que llaman “la vergüenza de los escoceses” porque iba para megatemplo al estilo Partenón, pero más grande, pero el dinero les dio sólo para 8 columnas y algo de entablamento, y así está. Wellington y Nelson están por todos lados, tengo que revisar mi historia de Inglaterra para averiguar por qué los quieren tanto en Escocia. Y, ¡oh sorpresa! Una de sus heroínas nacionales es ¡¡Catalina de Aragón!!, porque mientras su marido estaba guerreando por Europa de la mano de Francisco I de Francia, ella, como regente, defendió Escocia de una invasión (creo que noruega). De lo alto de la colina vino una vasta ciudad que se perdía entre la bruma, dominada por el imponente castillo, las torres, y una piedra oscura y recia. No podíamos ver mucho. Poco después me di cuenta de que Edimburgo se iba a ir abriendo como un joyero, a medida que la bruma se iba disipando, y un sol acogedor y cálido comenzara a iluminar cada rincón de la ciudad. No voy a contarte, sería eterno, cada edificio o cada lugar interesante. Más bien me gustaría hablarte de sensaciones. Escocia, Edimburgo, me parece sinónimo de orgullo, de vitalidad, y de modernidad. El castillo es más impresionante por lo que glosa, la historia nacional, y el orgullo escocés, que por su forma, que no es especialmente grata ni espectacular. Pero cada esquina dice “somos escoceses, no ingleses, somos otra cosa, estos son nuestros hechos”. “Aquí no llegaron los romanos” rezaba una inscripción. La ciudad se va abriendo poco a poco. Monumentos por doquier a grandes hombres nacidos en la tierra: Hume, Walter Scott (cuyo monumento recuerda el memorial del Príncipe Alberto en Hyde Park de Londres pero al escultor en este caso habría que cortarle las manos y sacarle los ojos por si acaso se le ocurre seguir esculpiendo con otras extremidades, qué malo por diossss)… Gente por todos lados, turistas, sobre todo españoles, y también escoceses jóvenes que se tiraron al parque (también ser llama Hyde Park) a recibir los primeros rayos del sol primaveral. Edimburgo es una ciudad monumental, pero de verdad, en orden gigante. Me resultaron muy curiosos los pasadizos, callecitas oscuras, escaleras que atajan y comunican una ciudad con importantísimos cambios de rasante, como en las casi perpendiculares Princess y Victoria Streets. También la presencia de los cementerios dentro de la ciudad, costumbre muy anglosajona, todo sea dicho. Vimos muchos, pero uno en concreto, dedicado a la memoria de ¡un perro! me alucinó, porque las tumbas apoyan directamente en las fachadas traseras de las casas. Bueno, puedes poner al abuelo bajo tu ventana y le cambiar las flores a diario sin salir de casa. Tiene su parte práctica. Y los vecinos no se puede decir que molesten, y desde luego no podrás negar que el vecindario tiene zonas verdes y fértiles… sobre todo muy fértiles… La historia del perro es como sigue: “Greyfriars Bobby” era un perro de lanas cuyo dueño murió en la segunda mitad del siglo XIX. El perro se quedó junto a la tumba de su amo, alimentado por los ciudadanos de Edimburgo, y no hubo manera de sacarlo de allí. Sobrevivió 7 años, sobre esa tumba, invierno y verano, esperando el regreso del amo que, evidentemente –y por suerte- nunca se produjo. Cuando murió, fue enterrado en una tumba principal a la puerta del cementerio, y su nombre fue empleado para denominar tanto al cementerio como al barrio que lo circunda. Una lápida recuerda “la enseñanza del verdadero valor de la lealtad hecha por el más humilde de los animales”. En fin, depende de cómo te lo quieras tomar (a mí, si me muero, Mafi y Suerte empiezan a zampárseme a los cinco minutos, me juego el cuello), pero Greyfriars Bobby tiene hasta su monumento (me extraña que no lo disecaran, este país está lleno de bichos disecados… ¿Camila Parker puede ser una de ellos?). Pero si la ciudad es distinta (qué pedazo de Catedral, por cierto) la gente también lo es. Edimburgo es multicultural y multirracial: chinos, japoneses, hindúes, cientos de pakistaníes, shiíes, chiíes, europeos de todos lados trabajando o haciendo Erasmus… La ciudad tiene una enorme viveza, y se dibuja como un mosaico moderno en un escenario más decimonono que realmente antiguo, pero en continuo cambio. Entre tanta piedra, el Parlamento, del arquitecto catalán Enric Miralles, que sólo pude ver de lejos, es un revulsivo en la extraña composición urbanística de Edimburgo. En cuanto a los escoceses, me impresionaron, en general. El porte es fabuloso, son realmente guapos y guapas, aunque ganan ellos, por su aspecto masculino y duro. Pero lo que más me impresionó fueron los ojos: si bien los ingleses tienen los ojos claros, también, en Escocia resaltaban por la potencia y el brillo. Azules intensos, verdes esmeraldados y puros, que se veían a media milla. Todo es intensidad, en Edimburgo, sus hombres y sus mujeres también. Victoria Street está llena de pubs, cafés a la italiana, bistros franceses, una tasca española, y una tienda infantil preciosa. Había un gran ambiente porque el sol tenía a todo el mundo en las terrazas. Edimburgo se había quitado la pelliza para nosotros, pero aún quedaban sorpresas. El último día paseamos por la National Gallery of Scotland, cuyos mejores cuadros son 3 de Rafael y en general la poca pintura española, con “La vieja friendo huevos” de Velázquez, viejo conocido mío de cuando estuvo en España, a la cabeza. Luego callejeamos hasta salirnos, literalmente, del mapa, aunque nos dio tiempo a hociquear en un par de museos de arte contemporáneo. Tuvimos que volver en autobús. Por cierto, anécdota de museo de arte conceptual: había una obra que era, literalmente, un armario lleno de medicinas. Entonces yo empecé una letanía “esta obra nos muestra el dominio de la química en una sociedad cada vez más deshumanizada en la que lo que nos salva a la vez nos mata y el hombre cada vez más insignificante…” y bla bla bla… Pues la cartela explicativa ponía exactamente eso… Tengo testigos… Si es que la moñez del arte conceptual ya me lo conozco yo como la palma de mi mano, estos estafadores no me engañan. Edimburgo nos había dado sólo una pequeña muestra de lo que ofrece, dos días no son nada, pero como toma de contacto no estuvo mal. Ahora hay que volver, por lo menos una semana. ¿Por qué todos los días, a la 1 de la tarde, lanzan desde el castillo de Edimburgo una bala de cañón que conmemora no sé qué cosa, en lugar de a las 12 como suele ser habitual..? Porque ¿para qué gastar 12 balas a las 12 si una hora después pueden ahorrarse 11? Literal, como suena… Dice mucho de estos escoceses…

martes, 3 de marzo de 2009

Zonas de riesgo en el Caixaforum de Madrid

Con este título presenta el Caixaforum de Madrid una exhibición con un puñado de obras pertenecientes a la Colección de Arte Contemporáneo de la Fundación La Caixa, y que estará en Madrid entre el 11 de febrero y el 3 de mayo. La muestra se explica como un intento de mostrar el arte de frontera, aquel que se mueve entre la globalización y los conflictos que ésta produce. Pero no se refiere a conflictos bélicos, como el título parece proponer, sino que se trata de las zonas de riesgo de la existencia, de la deshumanización, de una sociedad en peligro por focos multicasuales que polarizan y atomizan la realidad con un único denominador común: el tránsito desde la contemporáneidad a lo que sea que nos toca vivir. Fundamentalismos, sinergías Norte - Sur, liberalización u opresión de la mujer, subcultura de masas, inmigración (entendida como flujos de seres humanos sin destino), cambio, permanencia, soledad, interacciones e incongruencias.
Los artistas que componen la propuesta son heterogéneos, y así es también la diferencia de lenguajes y vehículos utilizados para la expresión; aunque el videoarte (hoy infoarte, dvdarte, o como quieras llamarlo) es una parte fundamental en casi todos ellos (no es tan importante el arte objeto, sino la expresión del mismo ante el espectador en forma de relato filmado). Alguna de las obras expuestas, como todo lo que rodea estas exposiciones a caballo entre el arte conceptual y el arte objeto (homenaje tantos años después a Simón Marchán), son un poco espúreas, o como a mí me gusta decir, un poco "pues vale", porque esa es la cara que se te queda después de verlas. Pero en general no es mala exposición y el espectador no saldrá indiferente, ni defraudado, ni con cara de tonto. Casi todas las obras tienen un cómo y un por qué, y se llega a conclusiones concretas. Otra cosa es que el producto de esas conclusiones nos interese. A mí sí, en líneas generales.
De toda la exposición, que no voy a resumir porque no tengo tanta memoria, destaco sobre todo tres obras que me gustaron mucho. La primera es la video obra de la finlandesa Elija-Liisa Ahtila, titulada "Servicio de consolación", a caballo entre el documental y el cortometraje dramático, gira alrededor de la ruptura en una pareja y el reflexivo - racional - emocional proceso que se establece, con la ayuda de una consultora - asesora, que dirige los pasos de la pareja para facilitar el tránsito hacia la soledad. Se mueve entre la perplejidad y la tristeza, muy escandinava en su frío retrato de la inanidad del ser contemporáneo, con un final anunciado entre justicia poética y realismo mágico. Se proyecta en dos pantallas con puntos de vista diferentes. Aquí tenéis un fotograma casi del final.
La segunda obra que me gustó es del albanés Adrián Paci, y tiene un título que es en sí mismo una realidad pero también una incongruencia: Centro di permanenza temporanea. Permanencia y temporalidad, por separado, parecen conceptos opuestos, en el mundo de la emigración son una realidad que convive. Es un video montaje de unos cinco minutos en los que un tropel de hombres y mujeres de piel tostada y multiétnicos (ningún blanco europeo o anglosajón) van subiendo la escalerilla de un avión, en medio de un aeropuerto. Tras una incesante marcha, descubrimos que al final de la escalerilla no hay aeronave, con lo cual un conjunto de inmigrantes se queda encerrado en esa escalerilla, al aire libre, lejos del suelo, sin poder moverse, mientras a su alrededor más y más aviones despegan y aterrizan. La contraposición de ideas del título se convierte en contraposición de imágenes en la frontera entre dos mundos, en la incongruencia que ocupa hoy casi esquizofrénicamente, las relaciones entre el mundo desarrollado y el subdesarrollo, entre esos hombres y mujeres encerrados en una escalerilla mientras tú y yo, nosotros, nos movemos libremente en aviones seguros y confortables.


La tercera de las obras que me gustó es A morir del mexicano Miguel Ángel Ríos. El autor reunió a una veintena de los mejores lanzadores de peonza de México (una tradición muy arraigada en ese país) y dontándolos de peonzas negras y marcando un tablero blanco en el suelo, los invita a jugar. Sin entender muy bien las reglas del juego, lo único que tenemos es la filmación de las peonzas girando, entrando una y otra vez en el tablero, proyectadas sobre tres paredes con tres ángulos de cámara distintos. Se termina convirtiendo en muchas cosas: la propia sensualidad del movimiento y del sonido de las peonzas, y una clara metáfora sobre la salvaje y futil (a la vez que rápida) expresión actual de las relaciones sociales. Es la más estética de todas las ideas que vi en la exposición, aunque no la más extravagante. También es la más sencilla y, ¿por qué no usar ese adjetivo?, la más hermosa.
Yo no dudaría en ir si andara por Madrid. Esta exposición merece la pena.