miércoles, 29 de febrero de 2012
De libros: Lágrimas Socialdemócratas, de Santiago González
miércoles, 7 de septiembre de 2011
Adios a "mi árbol".
En el curso de la última primavera, aunque no le saqué fotos, estaba hermosísimo y había crecido considerablemente. Regresando, la pasada semana, a Torrijos, descubrí que "mi árbol" ya no está. Ha sido cortado. No sé si murió de alguna enfermedad o estaba enfermo y hubo que cortarlo, si fue arrancado por cuestiones agrícolas, o si la DGT lo eliminó por ser un peligro para la conducción (aunque no vi nunca accidentes en esa zona, y una persona que va y viene por ese tramo de carretera 2 veces al día durante 9 meses al año, salvo fines de semana, es un buen testigo estadístico). El caso es que "mi árbol" ya no existe, en su lugar, un agujero en el suelo y su compañero, que parece un triste muñón. He sentido que se perdía un pequeño amigo, alguien a quien mentalmente llevo dos años dando los buenos días (alguna vez me sorprendí a mí mismo diciéndoselo en voz alta). Y he sentido tristeza. La alegría y calidez que sentía cuando "mi árbol" me decía hola o adiós cada día, y que yo convierto en un retazo de mi vida, siempre ligado a mi aventura torrijeña; han desaparecido, y ahora es un pequeño rastro de tristeza, hasta el punto en que casi he decidido cambiar de recorrido para no ver ese muñón. Es una verdadera lástima que cualquier razón, por buena que sea, signifique la muerte de un ser vivo tan hermoso, porque de lo que estoy convencido es de que no ha sido replantado en ningún sitio. Posiblemente arderá, como leña, este invierno en algunos hogares de la zona. Quise desde este blog rendirle un pequeño homenaje, mostrándolo en todo su esplendor, aunque también, para que veas que hermosura se ha perdido, dejo dos muestras de lo que ahora puede verse en ese tramo, que ha pasado a convertirse en una carretera anodina más. ¡Adios, amigo mío! Al menos yo nunca me podré olvidar de él.

jueves, 4 de agosto de 2011
De libros: Recuerdos de un callejón sin salida de Banana Yoshimoto.
Hace una semana, más o menos, regalé a mi pequeño duende peruano el último libro de Banana Yoshimoto publicado en España, Recuerdos de un callejón sin salida. Lo hemos leído los dos, y es una obra sobresaliente. Comencé a leer a Banana Yoshimoto hace la friolera de 22 años. Lo recuerdo, porque su primer libro publicado en España, Kitchen, fue uno de los regalos de mi 18 cumpleaños. Era un libro con dos relatos maravilloso, y desde entonces he seguido con fruición todo lo que ha escrito esta grandísima escritora, hija del dibujante de manga Hiroshi Yoshimoto, más conocido como Fujiko F. Fujio, seudónimo con el que firmaba (fue el creador, entre otros personajes, de Doraemon). Suele estar publicada, en nuestro país, por Tusquets, dentro de la colección Andanzas.
Nacida en Tokio en 1964, lo que destaca de esta escritora es su prosa limpia, nada rebuscada ni barroca, muy comprometida por mostrar, casi siempre narrando en primera persona, los demonios interiores y las esperanzas esperituales de los japoneses de hoy, de su generación, sin olvidar, por algo es japonesa, la mirada a la tradición y al pasado. Pero no encontraremos samurais ni un Japón exótico, como el que encandila a Amelié Nothomb, sino más bien un literatura interesada en el hoy, en el individuo, en analizar las relaciones entre seres humanosy hacer una poética mirada introspectiva a los valores que caracterizan nuestro tiempo. Poética, sensible, sencilla, y nada pretenciosa, su literatura es lo que es, ni más ni menos, pero siempre llevará a una melancólica reflexión cada vez que terminemos uno de sus relatos, pues es en el cuento donde Banana Yoshimoto se encuentra más cómoda y resuelve sus mejores historias.
Escribe Yoshimoto en su epílogo (debo decir que tengo cierta tendencia a desconfiar de los escritores que escriben epílogos explicativos a sus obras, aunque Marguerite Yourcenar, mi escritora favorita, lo haga tan a menudo, y aunque en este caso no me moleste demasiado que Yoshimoto lo haga) que últimamente sólo escribe tristes y dolorosas historias de amor. Creo que exagera. Amorosas son todas las historias, pero tristes, sólo en su justa medida. Es verdad que todos estos cuentos, como muchos de los anteriores, destilan una nostalgia y una melancolía, repito el adjetivo, que no pasa desapercibido. Pero realmente no me parecen tan tremendamente tristes, o no creo que la tristeza sea su razón de ser. Puede ser una cuestión cultural, la diferencia entre lo que un japonés más o menos de mi generación y un europeo como yo entendemos como triste. Porque lo cierto es que esa tristeza de la que Yoshimoto habla y hace gala se enmiendan siempre por dos razones: porque siempre deja los finales abiertos de una manera positiva, y por la esperanza en el futuro que resuman todas las historias.
Aún así, cinco personajes, todos femeninos, se preguntan por el sentido de su vida siempre después de haber vivido o recordado un momento desagradable de su vida, en el que el amor se convierte en un golpe de suerte o de desgracia. Mujeres independizadas, o recién independizadas, que sienten sin embargo una fuerte ligazón con su familia, con su pareja, con su pasado, o con una situación que las ha marcado. No puedo resumir mucho más, porque son cuentos relativamente cortos donde los olores, los fantasmas, los niños que vaticinan su propia muerte, el tacto, el sonido, la piel, nos dibujan un Japón distinto, que podría ser, salvo por leves matices, cualquier país occidental, pues todos hemos sentido, o podemos sentir, cosas parecidas.
Muy curiosa es esa especial devoción que Banana Yoshimoto siente por la comida, por el sabor, la forma de prepararla, la evocación que un manjar, por sencillo que sea, puede generarnos. Es una constante desde su primera obra, que al fin y al cabo se titula Kitchen, y es curioso como muchos de sus personajes protagonistas son cocineros, o descienden de cocineros, o sus familias tienen restaurantes, reposterías, bares, casas de té... Lo cotidiano ascendido a la categoría de lo mágico y lo trascendente, como si cada sabor, cada forma de cocinar, diera lugar a una forma de vida. La comida, vista de este modo, se convierte en el personaje central, inmutable, y permanente, de cada una de sus historias. No dejes de leerlo, te gustará, y si es la primera vez que lees a Banana Yoshimoto, busca otros de sus libros, y disfrútalos.Tosca en el Teatro Real
El pasado 18 de julio estuve viendo, y escuchando, la ópera de Puccini Tosca en el Teatro Real de Madrid. Estas son mis impresiones de lo sucedido ese día. Para empezar, debo dejar claro que Puccini no es en absoluto santo de mi devoción. Salvo contadas excepciones, sus argumentos suelen parecerme cursis y con problemas dramáticos insalvables, y la música tremendamente empalagosa, con, además, numerosos trucos (doblar sistemáticamente a los cantantes) y una orquestación que, por intentar ser rica y dinámica, se queda sólo en efectista y aburrida. Tosca es de los argumentos más redondos que tiene, aunque adolece de los mismos defectos, y en mi caso, me parece que tiene un primer acto cursi, un segundo acto redondo, que toca la perfección; y un tercer acto que me aburre soberanamente.
El montaje, de Nuria Espert, ha sido recibido con cierta frialdad. Hay a quien le ha gustado mucho, a quien ha horrorizado, y a quien, como es mi caso, no ha acabado de convencer. Para empezar, la frialdad de luces y colores, la conversión de Scarpia en un personaje muy blando, por no poder sustraerse la directora al anticlericalismo (no sé por qué todos los malos son religiosos), y si bien la escena inmediatamente anterior al Tedeum, con los niños cantando y bailando en la iglesia, me pareció encantadora, el Tedeum en sí mismo, con la presencia de los Guardias Suizos y el propio Papa, me resultó totalmente fuera de lugar: disparatada. No es que Espert no haya entendido la obra, es que la entiende tanto que creo que no le apeteció demasiado pensar en ella. Tampoco da, dramáticamente, para mucho más, pero para esto yo habría contratado a Bieito, y al menos nos habríamos reído y epatado. La presencia de la Pietá del Vaticano tampoco ayudaba mucho en el primer acto. Como me dijo un amigo mío, todo eso era para recordar que estábamos en Roma, y punto. Vamos, que también podría haber estado la Fontana de Trevi, o Marcello Mastroniani, y hubiera dado lo mismo.
La orquesta y Renato Palumbo, su director, no sonaron del todo mal, aunque en algunos momentos corría, en otros iban demasiado despacio... Me pareció un director irregular con momentos brillantes, pero tampoco es Tosca una partitura que debiera resultar de esa forma, y en líneas generales diré que cumplió, y punto. Siguen siendo referenciales las direcciones de Sir Colin Davis y Riccardo Mutti en esta obra. El coro algo disperso por momentos, sigue siendo la gran tara del primer teatro operístico madrileño.
No me voy a detener en los personajes secundarios, porque realmente cantan tan poco que apenas superan la categoría de comprimarios. Así que vayamos al grano, que es lo importante. Lado Atanelli encarnaba al Barón Scarpia. Y si bien me gustó su voz, su elegancia en el escenario, e incluso su figura, le falta aún un poco de fuerza, de garra, de más maldad para encarnar tan fatídico personaje. Las ideas de Espert tampoco ayudaban a darle esa fuerza, y si a un Scarpia le falta mala leche, y perfidia, pierde mucho de su razón de ser. Sin embargo, no es un mal cantante, corto en el volumen, pero de emisión grata. Si adquiere más peso, podrá ser un buen Scarpia en el futuro, pero por ahora, cumplidor, que no es poco.
Marco Berti, como Cavaradossi me pareció un auténtico escándalo. Empiezo a estar harto de los tenores trompeteros, que por tener mucho volumen y dar agudos a lo bestia, ya pueden considerarse grandes o sobresalientes. Pues no. Para empezar, carece de toda elegancia, es un cantante basto y tosco (y me ha salido un juego de palabras con respecto al título de la obra). No tiene portamentos, sino grúas, para llegar arriba en el pentagrama empuja y entuba como un auténtico animal. No hay matices, ni nada que se le parezca, la voz tiene color: gris. Desafinó en más de una ocasión, se ahogó... Pero sobre todo es que Cavaradossi no es eso, de ninguna de las maneras. Poco más que un chulo moviéndose por el escenario, más sexualmente interesado en Tosca que enamorado. No da más de sí, y desde luego es un personaje que no sabe hacer en absoluto, y un dolor de oídos para quienes tenemos que sufrirlo. Por cierto que al caer al foso, en la última escena, cuando ya cadaver los soldados lo arrojan, rebotó claramente, dejando en un tris a Tosca de no poder suicidarse. Y si nunca me gusta hablar del físico de los cantantes, porque creo que cuando un intérprete consigue la mágica combinación de voz y actuación que se espera de él, da igual que pese doscientos quilos como que sea enano y calvo, lo cierto es que con tan mala forma de cantar y tan mala calidad actuando, uno no podía dejar de pensar cómo Tosca estaba dispuesta a dejarlo todo por él: yo me habría quedado con Scarpia, infinitamente más guapo. Nunca, porque quien se sube a un escenario para mí tiene el máximo respeto, me habrás oído decir esto, pero Marco Berti, definitivamente, no sabe cantar.
Violeta Urmana, soprano titular del papel de Tosca, se llevó el gato al agua. Para empezar, aún con ciertos problemas en los agudos más extremos, que tienden a abrirse, cantó con solvencia. Es una soprano convincente, y en todas las aventuras en las que se mete, suele salir airosa, una buena profesional. Siempre con un plus de frialdad, que sin embargo en esta ocasión sólo apareció en un par de momentos. Mujer enorme, mide más de un metro ochenta porque a mí me saca una cabeza, tiene una importante presencia escénica, y supo utilizar todos los recursos dramáticos del personaje a su favor. Está por encima de sus colegas, y eso no sólo se notaba sino que la hizo brillar más de lo que con otro elenco habría brillado. Pero siempre es gratificante verla y escucharla, y uno sabe, cuando va al teatro, que al menos ella estará bien. Supo ser una amante celosa y caprichosa en el primer acto, una doliente tigresa en el segundo, y una mujer absolutamente dueña de sí misma en el tercero. Tiene un buen fraseo, la zona media es excepcional, la voz le responde, y sabe qué está cantando, lo que hoy en día es suficiente. Este año la había escuchado en el Teatro de la Zarzuela en un magnífico concierto de lied, y tengo un gran concepto de ella, sobre todo por su dominio técnico, que incluyen el fraseo, el legato y la emisión. Emocionante en los momentos más necesarios, pero sobre todo musical y entregada, no se le puede negar su profesionalidad, como ya he dicho. Me gustó en esta Tosca, como me ha gustado siempre que la escucho, aunque no sea un devoto seguidor. Pero mientras el Real apueste por ella, y ella no se salga de un repertorio que le viene como anillo al dedo, cada vez que se presente en Madrid nos dejará con buen sabor de boca.
Al final no lo pasamos mal, y el publico aplaudió a rabiar a todos los protagonistas, lo que convirtió la noche un auténtico éxito.miércoles, 27 de julio de 2011
De libros: Economía de los no economistas, por Carlos Rodríguez Braun.
Uno de los más firmes defensores de la libertad, porque liberalismo significa creer realmente en la libertad, en la democracia y en la separación de poderes, es el profesor Dr. D. Carlos Rodríguez Braun, personaje que hace un par de décadas, o algo menos, me parecía desde mis posiciones de izquierda un ser de ideas abominables, y ahora sin embargo considero uno de los pensadores económicos más interesantes que existen, sobre todo por su capacidad de análisis y de divulgación. Recuerdo una vez, cuando leí uno de sus artículos en una revista, en la que hablaba del mito del Ché Guevara, y una de sus ideas me sedujo, y me llevó a reflexionar sobre el revolucionario y a darme cuenta de algunas cosas. Decía el profesor que se entiende como un valor ético en sí mismo el morir por unas ideas, y que era una de las incorrecciones más repetidas para mitificar al Ché. Pero, apuntaba, también Hitler, o Mussolini, murieron por sus ideas. Sólo con esta analogía echaba por tierra un principio que muchos aceptan como moralmente unívoco. A mí me dio que pensar, y fue una semilla que germinó con el tiempo. Ahora el Ché, con su legado de ejecuciones durante su mandato como ministro de industria en Cuba, no me parece un personaje éticamente inmaculado, y desde luego poco recomendable. Nadie que intenta imponer por la fuerza un ideario puede ser saludable para la evolución de la humanidad.
Estoy derivando. He leído varios libros de Carlos Rodríguez Braun, y hace muy poco devoré su última creación: Economía de los no economistas. Es un libro tremendamente ameno y aconsejable, e incluso los que no estén de acuerdo con los supuestos de su autor verán elementos que los llevarán a reflexionar y a debatir ideas, lo cual siempre es saludable. Hace el profesor, en este ensayo, una colección de artículos dedicados a la presencia de las ideas económicas en ámbitos muy alejados a la de los economistas. Son ocho artículos, que repasan desde la imagen económica en la obra de John Ford hasta el análisis, brillantísimo, de las ideas económicas aparecidas en El Mercader de Venecia, de Shakespeare.
No quiero destripar el libro, porque lo que me apetece es que lo leas, ya que si lo haces verás desfilar ante ti nuevas dimensiones acerca del pensamiento económico y la Iglesia Católica, representada por la Encíclica Centesimus Annus de Juan Pablo II (Rodríguez Braun es ateo, como un servidor, por lo que su lectura de esta encíclica es una atinada visión de realidades y contradicciones en el pensamiento económico y social del Vaticano, con rigor, respeto y sin tentaciones anticlericales); tendrás otra visión de la relación entre comercio y prensa, con especial atención a la Transición política y el Estado de las Autonomías; o entenderás el por qué de tantos mitos sobre la economía y los economistas. Si bien todos me han gustado, el sexto, dedicado a Cultura y Economía, creo que brilla con luz propia. Rescato dos citas: La economía no es una parte del mundo, sino una forma de mirarlo (con ella empieza el artículo), y, sobre todo La imagen cultural más extendida es la de una sociedad que sólo puede optar entre la pobreza más abyecta y la riqueza más alienada. Ahí queda eso, seguro que te da que pensar, ahora mismo.
Carlos Rodríguez Braun es una autor acertadísimo, y, como ya te dije, incluso cuando no estés de acuerdo con él, sin duda te hará reflexionar sobre diversas realidades que, a veces, por ser mitos tan extendidos, si siquiera sabemos que pueden estar equivocados. Eso es un logro intelectual de primera magnitud. Sólo por eso, merece la pena acercarse a su pensamiento.
jueves, 21 de julio de 2011
Montserrat Caballé, la voz de un siglo.
No es una actriz histriónica, ni tampoco dada a la fuerte gesticulación. No puede, como Callas, correr por el escenario y tirarse al suelo si es necesario: Caballé es una mujer obesa, todo eso está lejos de su agilidad física y además, caso de poder hacerlo, realmente le quedaría francamente mal. Bien al contrario, optó por controlar su actuación por medio de una serie de gestos y de posiciones que le permitían empujar las necesidades dramáticas de la acción. Ojos y manos, bien visibles, son su principal arma, como le había descubierto Luchino Visconti en una conversación “Con una voz como la suya, no necesita nada más, sólo la fuerza de sus manos y de sus ojos, que son muy expresivos”. Miradas ardientes, una buena pantomima gestual, y bastante entrega a lo que está pasando en escena, apoyado por su indiscutible fraseo, cargado de esencia dramática. Cuando la voz es capaz de transmitir con todo tipo de emocionalidad, y ésta además se apoya en una economía de gestos que ayuda a la acción sin caer en excesos, Caballé lo consigue. Hace poco, hablando con una amiga de Callas, se me encendió otra bombilla, pues los dos decíamos como Maria, aún en un recital sin vestuario ni posibilidades de interpretación gestual, con una mirada, un gesto, una inflexión era capaz de crear una atmósfera dramática adecuada. Sin salvar ninguna distancia, si vemos a Caballé en recitales o en representaciones en concierto, vemos que sucede lo mismo. Y si alguien sigue dudando, le recomiendo que vea a nuestra soprano cantando junto a Plácido Domingo el dúo “Tu, amore, tu?” de Manon Lescaut en la Gala Bing del MET, y entenderá lo que quiero decir. A finales de los 80, en Madrid, hace el papel de Margarita en el “Mefistófele” de Boito, y recuerdo con gran emoción, pues yo estaba allí, cuando Caballé, absolutamente metida en la interpretación, mira al cielo y se lamenta “Padre Santo, mi salva!”, y curiosamente lo declamó en lugar de cantarlo, y lo hizo con una belleza interpretativa que anulaba cualquier otra consideración, o cuando espeta a Fausto “Enrico, mi fai riprezzo”, de una manera ahogada y casi hostil... Verdaderamente esta soprano sabe moverse en las tablas como nadie. Carreras dijo, para un documental sobre su carrera, que Montserrat Caballé era la soprano que, desde su punto de vista, mejor conseguía meterse en un personaje e identificarse con él, y concretamente dijo que cuando compartía el escenario con ella esta cualidad podía dejarlo “desarmado”.
Caballé es una gran voz, unida a una gran cantante, inteligente, que sabe dosificar sus interpretaciones y estudia los detalles de lo que se trae entre manos. Hay cantantes de ópera galácticos, insuperables, olímpicos, que no conjugaban ambas posibilidades. Ha habido grandes cantantes que no tenían grandes voces (Dietrich Fischer Dieskau, Alfredo Kraus o Teresa Berganza, por ejemplo), y ha habido grandes voces que no han logrado hacer un gran cantante. Las dos cosas que hay que destacar de Caballé, para describir su voz, son capacidad técnica y belleza. La técnica es fundamental, y como Plácido Domingo, Caballé considera que cuando se tiene la técnica adecuada, y el conocimiento del repertorio, se puede cantar todo lo que esté dentro de las posibilidades de la voz. Montserrat forjó esta excelente técnica con Conchita Badía y Eugenia Kemmeny es sus años de formación. Kemmeny era muy peculiar, pues se empeñaba en que sus pupilos conocieran los elementos físicos de la voz, dominaran la musculatura, y supieran usarla según sus necesidades, con una máxima que quizás a la luz de la carrera de Caballé pueda sernos ahora esclarecedora: cantar es como correr una marathón, hay que tener fuerza para aguantar la carrera pero sobre todo para poder hacer los últimos 5 kilómetros sin problemas. Este dominio sobre el cuerpo sigue siendo una costante en sus clases magistrales, en las que tiene una lección titulada “Arquitectura de la voz”. Siempre se recuerda su anécdota con Isabel Rey, quien estando en clase con Montserrat no acababa de entender una idea respecto del diafragma. Caballé le pidió que emitiera un La mezzo forte durante todo el tiempo que pudiera. Mientras Isabel Rey hacía lo solicitado, Caballé fue palpándole el diafragma, y cuando encontró el punto justo empujó con firmeza su puño y lo mantuvo apretado en el abdomen de Rey, conisguiendo que la nota, que había oscilado en fuerza y ajuste, siguiera hasta el final totalmente firme y sostenida.
Dentro de la técnica, que no puedo describir porque ni la conozco totalmente ni soy un experto, destaca el control respiratorio y la emisión. El primero se ha hecho legendario, cómo Caballé era capaz de sostener notas y cerrar estrofas completas sin detenerse a respirar. Se cuenta la anécdota de Karajan, quien preparando el Requiem de Verdi que los debería unir por una única vez, iba indicando a la soprano “respirará usted aquí”, y Montserrat, divertida, respondía que no. “Entonces aquí”, indicaba el director avanzando algún compás, “no maestro”, volvía a decir Caballé... “¿Cuándo va a respirar?” preguntó incrédulo entonces Karajan, tras varias negativas más de la soprano, y esta, con humildad pero sorna le señaló varios compases más adelante “aquí”, lo que fue recibido por el maestro con una expresiva apertura de ojos al tiempo que indicaba “¡perfecto, perfecto!”.
De ahí salieron momentos vibrantes como el sostenimiento de la nota final en Don Carlo hasta el final mismo de la música orquestal, pero aparte de estos alardes sobre una sola nota, es sobre todo un sello de la casa que le permitía sostener fraseos increibles durante un enorme flujo de segundos.
En cuanto a la emisión, tenemos los pianísimos, una búsqueda concreta y pensada que hizo Caballé tras escuchar a Fleta en ese sentido. Lo adquirió desde su juventud, y son un hito en cuanto a emisión y proyección pues consigue emitirlos con gran relajación incluso en momentos de gran volumen orquestal sin que ningún miembro del público, por alejado que esté del escenario, deje de escucharlo. Una emisión focalizada y penetrante de un volumen de sonido perceptiblemente escaso. Cuando aunando ambos principios consigue alardes de una belleza expresiva tan intensa como al final de su primera aria en Parisina D’este, en la que enlazando trinos en pianísimo va elevando la nota hasta las zonas más altas del pentagrama sin detenerse a respirar, puede escucharse, en la grabación del cavernoso Carnegie Hall, como un miembro del público cercano a la toma de sonido empieza a vitorear al grito de “increíble, increíble, dios mío”.
Caballé da a la formación física una gran importancia. Ella misma ha comentado: “llevo décadas practicando lo que me enseñó Kemmeny. Cada mañana, después de desayunar, hago un ejercicio de respiración durante tres cuartos de hora (...) pongo en marcha el cronógrafo y calculo el tiempo que tardo en espirar completamente. Normalmente llego a un minuto cuarenta y cinco segundos, pero mi mejor marca es dos minutos, cosa que puedo hacer si me encuentro en plena forma. Y así es mejor, porque tengo más aire en reserva”.
No es Caballé una soprano de agilidad, y más de un problema tuvo con figuras como el trino, aunque un servidor ha visto un espectrograma de uno de sus trinos y en principio, cuando logra emitirlos, estos no tienen mayor dificultad ni diferencia con los de otras cantantes. Montserrat es una soprano que posee la calidad técnica necesaria para poder superar pruebas de agilidad dentro de su cuerda, sin llegar a los alardes de una lírico-coloratura. Gracias a ello, puede enfrentarse a la cabaletta que culmina el aria inicial de Lucrezia Borgia, así como a la celebérrima “A, non giunge”, de La Sonnambula, o una de sus interpretaciones más indiscutidas, Il pirata. Pero en su caso, dentro de su caracterización de lírico-spinto, la agilidad, y el ornamento, no son el cómo y el por qué, como sucede con Sutherland.
Dije que la segunda característica que describe la voz de Caballé es su belleza. Hace poco escuchábamos a la malograda Lloris referirse a ello. La voz de Caballé es de una extraña belleza, cristalina, ausente en sus momentos de plenitud de exceso de vibrato. Es una voz nítida y clara, muy distinta a la de otras sopranos por esa cualidad de transparencia. Posiblemente, dijo Tubeuf, la voz más hermosa del siglo XX, aquella que ha sido capaz de emitir los sonidos más bellos, insisto que cargados de intención, y se me ocurren dos bellísimos momentos, al final del primer dúo con Rodolfo en La Boheme o el sí bemol que flota en el verso “il sospirato mio ben”, así como el bellísimo pianísimo, interminable, que queda suspendido sobre la orquesta en el aria de Louise, en la palabra “hereuse”, o lo mismo que consigue en “Im abendrot” de Strauss en el verso “So tief im Abendrot”, donde el pianísimo con el que remarca la primera sílaba de “Abendrot” flota por encima del sonido orquestal, es una emisión que yo no había escuchado o sentido jamás, y está tanto en la versión en estudio (más lenta) que en vivo (ligeramente más rápida), todo ello en una sola respiración.
“Su voz es clara, limpia, de un timbre que, sin ser penetrante, puede traspasar sin problemas esta especie de ‘barrera de sonido’ que es la orquesta de Strauss, que se interpone entre los cantantes y el auditorio. Debe ser por la confianza que tiene la artista en el volumen de su voz, que a veces la emplea con circunspección, complaciéndose en los pianos y en sutilizar el fraseo, cosa que si bien le permite conseguir inflexiones expresivas de una belleza extraordinaria, la aproxima demasiado a los timbres orquestales, con los que llega a confundirse”. Esta definición de la voz de Caballé, a principios de los 60, debidas a Xavier Montsalvatge, habla por sí sola, y resume certeramente párrafos enteros que podría escribir al respecto.
La voz de Caballé tiene un volumen adecuado. No es especialmente gruesa, pero sí dúctil y flexible. No es Birgit Nilsson con su inmenso océano vocal, pero no es el volumen algo que le falte. Cierto es que su apetencia por el pianísimo, así como su negativa a emitir, salvo en contadas ocasiones, sobreagudos que no estén escritos en la partitura, crearon ciertos mitos al respecto. Pero ahí está la escena de los enigmas de Turandot para decirnos lo contrario, en los que la voz suena potente y sin problemas por encima del maremagnun de sonido compuesto por Puccini. Cuando se trata de canto sfogato, Caballé lo hace sin que se noten fisuras, como en la emocionantísima aria final de Butterfly. Cuando arremete en forte, puede llegar a ser temible, y algunos tenores así lo sintieron, caso de Corelli e incluso Carreras.
Tampoco tiene problemas en cuanto a la amplitud. Sus graves no son fáciles ni cómodos, aunque no creo que por lo que escuchemos a una soprano sea por sus sonidos graves, pero llega a ellos con dominio técnico, y a veces, como en Gioconda, empleando un fuerte registro de pecho. Aún así, ¿quién no se emocionó con los versos finales del aria “Pleurez, mes yeux” de El Cid de Massenet, en los que Caballé baja a los infiernos del pentagrama forzando una nota que logra la ovación del respetable? En la otra dirección, los agudos, llega a ellos sin problemas, y cuando hace alarde y emite un sobreagudo que no está en la partitura (Caterina Cornaro, en Londres, la maldita Anna Bolena de La Scala), los resuelve sin dificultad. No es la Sutherland en ese sentido, pero tiene esas notas, que rara vez emplea.
La magia de Caballé, en ese sentido, como ha dicho Horne, no está en los extremos del pentagrama. Con una buena técnica, mal que bien, cualquier cantante sube y baja sin mayor dificultad. Empleando las palabras de Horne “Lo que realmente distingue a los pocos grandes cantantes de los simplemente buenos es la calidad y la belleza de la voz, y, en particular, su registro medio. El de Montserrat es extraordinario. Es capaz de producir sonidos increíbles y hacerlos llegar tal cual hasta tu oído. Actualmente no hay nadie que pueda hacerlo más que ella. En uno de los conciertos que hicimos juntas, Montserrat cantaba un aria de Sancia di Castiglia de Donizetti (una obra totalmente desconocida), y apenas empezó cobró vida. El público se volvía loco, fue maravilloso. Y además de ser una cantante fabulosa es una gran señora y muy divertida, también. La quiero muchísimo”. Suscribo todo lo que se refiere a lo vocal (qué honor sería poder suscribir el resto, porque significaría que conozco a Caballé más de lo que significó estar con ella unos minutos en Perelada y en Tenerife), y creo que ilustra exactamente lo que quiero decir.
Plácido Domingo ha destacado esa misma capacidad, así como su compromiso escénico, y siempre ha visto, por encima de todo, en la versatilidad de la voz de Caballé, apoyada en su técnica, su mayor logro. Curiosamente, cuando a Plácido le preguntaron cuál es para él el mejor papel que había cantado la catalana, respondió “Nedda, de I Pagliacci”, que además hicieron juntos.
En cuanto al timbre creo que en el caso de Caballé es muy cercano al orquestal, de un “inquietante colorido”, como ha escrito Harold Schonberg. Mantiene un esmalte en la emisión que no se apaga y que surge aún en sus más postreros años, una belleza sonora que se basa, sobre todo, en esa emisión matizada. Posiblemente este párrafo sea algo disparatado, pero no soy un experto en el asunto, mantengo sólo un compendio de aquello que he leído al respecto.
Un elemento que me parece indispensable al tratar el tema de la voz de Caballé son sus “acabados”, las terminaciones de versos, estrofas, piezas, que siempre surgen como si de un redondeo de la interpretación se tratase, ya sea controlando el volumen, ya sea con dinamismo vocal, el caso es que imprime, con gran inteligencia, una elegante conclusión a todo aquello que canta, característica esta que no está presente en muchas de sus colegas, y Callas era una de ellas.
El fraseo ha pasado ya a la historia como legendario. La capacidad de Caballé por insuflar todo sentido y emoción a aquello que canta suele ser una vehículo ideal para su lucimiento, equilibrado y notorio. Muchas veces se confunde fraseo con vocalización o dicción, y son conceptos distintos. En este último caso, Caballé comenzó a finales de los setenta a sacrificar la palabra al sonido, dentro de una línea de pensamiento que le lleva a estar segura de que cuando el sonido está bien emitido y tiene la suficiente calidad dramática, la palabra viene dada aunque no se pronuncie.
Podríamos estar horas analizando elementos y constantes en Caballé. Como dijo un crítico, sólo con la entrada en La Straniera, que apenas dura unos segundos, podría escribirse toda una tesis doctoral. Técnica, belleza, fraseo, fiato, limpieza de sonido, timbre cercano al orquestal, colorido, emoción... Son muchos de los elementos que aparecen en su voz y que la hicieron una de las grandes, para algunos, como yo, la más grande pero ahí ya entra la necesaria subjetividad emocional que debe y tiene que empaparnos a los aficionados para disfrutar de la ópera. Caballé ha sido reconocida por el público, por los directores, por sus colegas y por sus discípulos. Ocupa un puesto en el Olimpo de las grandes, junto a Callas, a Nilsson, a Tebaldi, a Sutherland, a Flagstad... Janet Baker, una de las grandes mezzosopranos que ha dado Inglaterra, escribió tras coincidir con Caballé en la grabación de Così fan tutte, que “el rasero por el que ha de medirse cualquier cantante joven es el de Caballé y Fischer Dieskau”.
En cuanto a la afinación, salvo el famoso gallo en La Traviata del Liceu de los años 70, y alguna ligera variación que con oído hipercrítico podemos encontrar en grabaciones como la cabaletta de Lucrezia Borgia, no ha sido nunca un problema de la Caballé. Nunca he leído que tuviera momentos calantes, ni que se fuera in alt. Realmente es una de sus más claras cualidades, mantener el instrumento perfectamente afinado en todo momento, sin recurrir a trucos.
Por encima de gran cantante, o de gran voz, Caballé es un gran músico, es su principal arma, el conocer y dominar perfectamente el lenguaje musical y las esencias de la musicología, y por ello creo que ha cimentado la carrera que ha cimentado. En principio, si las tesituras se lo permiten, determinadas partituras no deben de serle ajenas, ya sean belcantistas, veristas o de cualquier otra índole. También hay que tener en cuenta lo que uno “espera escuchar” que muchas veces no tiene que ver con lo que está escrito en la partitura.
Quiero cerrar esta entrada con dos testimonios dispares, uno de un musicólogo, otro de un músico. El primero es André Tubeuf, el gran musicólogo francés. Voy a traducir sus palabras de un texto en catalán, espero que sepan perdonar los posibles errores que cometa, dado que no soy catalano parlante, y traduzco más con intuición que con conocimiento de la lengua. En el libro dedicado a los 40 años de Caballé en el Liceu, Tubeuf dijo: “¿Que espacio quedaba para nuestra Montserrat cuando se produce su debut? No tenía la sofisticación, el encanto, las geniales inflexiones de Schwarkopf –con la que compartiría más de un papel, desde la Condesa de Figaro a la Mariscala de El caballero de la Rosa. No tenía la llama oscura de la Callas ni su genio, pese a los problemas de su canto. No tenía aquella capacidad de reacción, así como de improvisar, que tienen los animales escénicos. ¿Qué tenía entonces? En primer lugar, el timbre, impalpable e irisado con una transparencia sobrenatural. Con esta calidad perlada se ha de nacer, como con la respiración excepcional, que puede funcionar de manera virtuosa a su alrededor, inflarse o apagarse imperceptiblemente, con un profundo efecto mágico. La naturaleza sólo produce estos fenómenos dos o tres veces por siglo, es tan poco habitual como la genialidad en la expresión, que sólo la inteligencia o el trabajo pueden desenvolver. El problema es hacer coincidir estas facultades fuera de serie con una materia prima también fuera de serie, que permita desplegar estas capacidades, que permita exponerlas y revalorizarlas. Para una jovencita que ha nacido pobre, que ha de trabajar para vivir y buscar su camino entre Basilea y Bremen, por medio de Mimís y Salomés, la probabilidad de que se de esta coincidencia es casi nula”.
Las últimas referencias, para la eternamente (y desde mi punto de vista) erróneamente soprano con la que se compara a Caballé. Maria Callas. Cuando le preguntaron que cantante podría ser llamada su sucesora dijo “Sólo Caballé”, palabras que se convirtieron en leyenda. “¿Existe alguien más que Caballé?” preguntó retóricamente y con desdén a otro periodista francés. El gesto, más allá de las palabras, cuando vio la película que Pierre Jourdan grabó con la mítica Norma de Orange. Callas, nada convencida en principio (“tiene una voz muy bonita pero no es Norma” dicen que dijo antes de ver la película), estaba llena de estupor, y con cierta melancolía, cuando se encendieron las luces, terminada la proyección. No dijo nada, pero envió unos pendientes con los que siempre solía salir a escena para hacer Norma a Montserrat, con una cariñosísima nota en la que expresaba su agradecimiento por la justicia y la grandeza que había dado al personaje. Para Maria no hubo discusión, cuánto se reirá, allá donde esté, cuando oye las cosas que sus seguidores se empeñan en decir de Caballé, y viceversa.
Cuando vemos tantas flores de un día y extraños comportamientos de cantantes actuales, la humildad con la que Caballé expresaba por qué no hacía tal o tal otro papel, “mi voz no puede servir a esa música”, esa declaración de honesta humildad creo que debería convertirse en el a-b-c de quienes comienzan, o al menos en un punto de reflexión para la mayoría. Montserrat es la voz de un siglo.
Volver al blog, después de tanto tiempo
Deseo dedicar mi primera entrada, después de esta, a Montserrat Caballé, mi mejor amiga y compañera durante más de 25 años, la que ha conseguido siempre que salga de cualquier momento de tristeza y me ha dado las sensaciones más sublimes desde un escenario o desde un disco. Tras cerrar un ciclo con el Profesor Pérez Sánchez, nada mejor que empezar el nuevo con otro genio.sábado, 21 de agosto de 2010
Un gran hombre: Alfonso Emilio Pérez Sánchez
El pasado 15 de agosto (yo estaba de viaje) falleció el Profesor Dr. D. Alfonso Emilio Pérez Sánchez. No voy a hacer una glosa de su personalidad profesional, sino que trataré de contarte otras cosas que hoy alegran mis recuerdos sobre él. Fue, y es, el más importante de los Historiadores del Arte españoles modernos, reconocido internacionalmente y premiado en todos los rincones del mundo. Legiones de Honor, Premios Nacionales, Medallas de Oro... Se lo ha merecido todo, pero todavía merece más.
Una vez alguien me pregunto ¿Cómo es que te llevas tan bien con Pérez Sánchez? Recuerdo que se lo conté a D. Alfonso, paseando los dos en mi coche, unos meses después. Tenía fama de terrible para algunas personas, porque era serio, porque no dejaba que le tomaran el pelo, porque sabía exactamente quién era y no le gustaban ni los aduladores ni quienes se acercaban a él con razones que le parecían improcedentes. Además, era un inmenso tímido, y esa timidez era entendida por algunos (idiotas) como mal carácter. Alfonso Emilio se rió cuando le conté que me habían hecho esa pregunta, le hacía gracia tener esa fama. ¿La razón por la que me quería y respetaba? Primero por ser discípulo de uno de sus mejores amigos, el Profesor Dr. D. Alberto José Darias Príncipe, a quien tanto debo. Pero, sobre todo, porque siempre le mostré un sincero respeto, afecto y cariño. Cuando te vuelvan a preguntar eso, me dijo, diles que te trato bien porque eres un amigo educado y amable, y porque yo me porto bien con las personas educadas y amables. Me agradecía de corazón lo que yo hacía por profesión y por devoción, acompañarlo y hacerle la vida más sencilla cuando venía de visita a Tenerife. Además, aprendía de él como una esponja. Esos años, los primeros de mi carrera, fueron mágicos, porque tuve la oportunidad de conocer a personas de gran renombre, y todos ellos dejaron en mí un poso importante. Pero creo que D. Alfonso Emilio Pérez Sánchez fue el que más me marcó. Me enseñaba y explicaba cosas con sincera paciencia, se preocupaba porque entendiera aquello que el arte me ofrecía, y regaba sus conversaciones con mil anécdotas y gestos cariñosos. Siempre se alegraba cuando nos encontrábamos, y jamás, en ninguna ocasión, me mostró desagrado ni por mi actitud ni por mis constantes preguntas. Compartí con él mesa y mantel en numerosas ocasiones, algunas en la intimidad del hogar de uno de sus mejores amigos y discípulo, que ha estado a su lado hasta el final, en el proceso lento y mezquino que se lo ha llevado. Gran persona este discípulo, en quien muchos deberían de mirarse para entender lo que es el cariño y el agradecimiento, la amistad más sincera, el Profesor Dr. D. Benito Navarrete.
La última vez que me vio me tiró de las orejas porque yo me enrocaba en mi plaza de profesor de instituto y había dejado un poco atrás mi carrera como investigador y como historiador del arte. Pero tras ese tirón de orejas me aseguró que me entendía, la Universidad española se había convertido en algo que nada podía ofrecerme, de verdad, en estos tiempos tan mediocres.
Fue un excelente poeta, y publicó sus versos gracias a su amigo Francisco Brines, a quien tuve ocasión de conocer gracias a D. Alfonso. Además, sus libros y ensayos se esperaban con fruición en los medios académicos de medio mundo. El mejor director, sin género de dudas, que ha tenido el Museo del Prado en los últimos 40 años. Dimitió, sin pensárselo, y dándonos a todos una lección de dignidad, por dos razones: por no haber sido aceptada su petición de que el Museo se ampliara hacia el edificio que hoy ocupa el oportunista Museo Thyssen; y por mostrar abiertamente su rechazo a la intervención de España en la llamada Primera Guerra del Golfo. Dimitió, insisto, por dignidad y por pundonor, y la administración de entonces, que como todas las administraciones no admitía que uno de sus integrantes mostrara disensión, no hizo nada por retenerlo. El ministro era, si no recuerdo mal, Jorge Semprún. Tras Pérez Sánchez, algunos directores mediocres, otros, como Calvo Serraller, a quien no se dejó trabajar y se desfenestró por razones estúpidas; también alguno muy notable, pero todos herederos de lo que fue su gestión: Alfonso Emilio Pérez Sánchez hizo que el Museo del Prado dejara de ser nominalmente una de las 3 pinacotecas más importantes del mundo y empezara a serlo en serio. La magna exposición de Velazquez, de 1988, fue el pistoletazo de salida.
Con Pérez Sánchez, España pierde a uno de sus mejores intelectuales. Yo a un amigo a quien tenía un enorme cariño y respeto. Tuvo el reconocimiento en vida, y lo tendrá por muchos años, porque nos legó un trabajo excelente que engrandeció nuestra cultura. A ese gran hombre, que en las fotos se muestra serio y con una enorme presencia física, lo recuerdo yo, cantando animadamente un tanguillo de Cádiz, y luego glosándome las maravillas de la copla, con estribillos a dúo incluídos. No todo el mundo puede decir eso, y es la imagen que quiero guardar yo, hoy, en mi memoria. Entre otras, ilustran esta entrada dos fotos con el Profesor (¡qué joven estoy!) en una excursión a la isla de la Gomera que hicimos en mayo de 1994. En una de ellas, nos acompaña el gran poeta Francisco Brines.