Cuando un artista está en ascenso, cada nueva grabación constituye un hito. Creo que siempre que Andrè Schuen y Daniel Heide, juntos o por separado, sacan nuevo disco, comienzo con la frase "es lo mejor que han hecho hasta ahora". Parece imposible, cuando sus últimas grabaciones juntos han sido los ciclos de Schubert, incluido el incomparable "Winterreise" del que han grabado la que es ya versión referencial del S. XXI. Pues lo han vuelto a hacer con este maravilloso disco dedicado a Mahler. Se trata de los "Lieder cines fahrenden Gesellen", que se suele traducir como "Canciones de un compañero errante", pero muchos germanistas prefieren titular "Canciones de un caminante errante". Continúa con los Rückert-Lieder, con letras del poeta alemán Friedrich Rückert; y luego presenta los dificilísimos "Kindertotenlieder", "Canciones a los niños muertos". El disco culmina con el lieder "Urlicht" "Luz primigenia", originalmente concebido como parte del ciclo "Des Knaben Wunderhorn", y luego convertido también en el comienzo de un movimiento de la segunda sinfonía.
De Andrè Schuen debo decir que su voz se está ensanchando y ganando potencia sin perder nada del resto de cualidades que le conocíamos hasta ahora. El sonido fluye de forma natural, sin luchar con la música, con un canto legato refinado y elegante, perfecto, y un control dinámico y de la respiración que le permite pasar de la intimidad a la expresión dramática intensa sin transición evidente. La voz es de una belleza natural evidente, viril y masculina; que se nos presenta con una técnica impecable, como yo no recordaba en el mundo de la ópera desde Caballé o Sutherland. Pero, además, como aquellas, es un gran músico. Posee una inteligencia musical que se percibe en la relación entre el fraseo, la palabra y la melodía. Pero no nos equivoquemos, Andrè Schuen no es la perfección técnica, por sí sola. Si eso no fuera suficiente (que lo puede ser), lo cierto es que sus interpretaciones son la perfección cargada de sentido. Cuando es capaz de mantener la columna de aire, la estabilidad de la emisión y la continuidad del sonido mientras la voz se extingue, no solo es un alarde técnico que incluso podemos ver en su esfuerzo físico (lo sentí en su rostro en Turín cuando emitió la última nota de un sobrenatural "Winterreise"); sino que es un gradiente expresivo: nosotros sentimos que la voz se suspende, ingrávida, y flote por encima de todos; el sentido interpretativo perfecto para el final de un viaje. Este disco viene a reflejar de nuevo todo eso, pero ya en unos niveles interpretativos y musicales que están fuera de lo habitual. Andrè Schuen ha llegado al Olimpo de las estrellas, es ya un interprete que está por encima de toda su generación. Podría detenerme uno por uno, ciclo por ciclo, pero no quiero escribir un reportaje. Solo mencionar la primera frase de "Urlicht", "O Röschen rot" ("¡Oh, pequeña rosa roja!"), que resume todo lo que de grande tiene este artista. Con un mínimo apoyo, surge la voz articulando esta frase sobre dos erres perfectamente expresadas, hiladas en un inmaculado legato (me permito esta redundancia), y termina dejando extinguir el sonido hasta casi desaparecer con un control impresionante del fiato, en una emisión libre y flexible absolutamente controlada. Daría para escribir una tesis doctoral. No podrás escuchar este disco sin pensar que estamos ante algo realmente imposible.
A su lado está Daniel Heide, que no puede tocar con más inteligencia y brillantez. Siempre me ha admirado de Heide que toca con la mayor humildad. Frente a otros pianistas a los que ves, perfectamente, en la cara una expresión que dice "mira lo que viene ahora y cómo lo voy a bordar", Daniel Heide lo hace diciendo "mirad que maravillosa es la música que viene ahora". Disfruta tocando y lo sentimos. De nuevo nos encontramos con un músico de técnica perfecta, preciso en los matices y en lo que se trae entre manos para ofrecernos su concepción expresiva e íntima del lied. Con Andrè Schuen comparte esa elegancia del fraseo y esa capacidad para pasar de lo íntimo a la sonoridad más expresiva sin inmutarse. Es un interprete con una limpieza del sonido y un sentido tan transparente del mismo que se convierte en una parte indistinguible del cantante. No siento que acompañe, siendo que interactúa, que dialoga. Se anticipa, recoge y apoya cada decisión interpretativa de Schuen. En este disco brilla tan especialmente en sus momentos en solitario, que creo que si no estuviera el resultado sería muy distinto. Andrè Schuen y Daniel Heide constituyen hoy una de las mejores asociaciones musicales del momento. Una colaboración que esperemos siga por muchos años haciéndonos sentir y vivir las experiencias estéticas que tanto nos asombran.
Cómprate el disco. Lo agradecerás.


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