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sábado, 31 de octubre de 2026

¿Y tú, qué haces? no hay flores abiertas... Recuperando un disco de Caballé



A veces rescatas un disco que, en su momento, no te acabó de llenar; y de pronto lo escuchas y lo entiendes de otra manera. En mi caso, no está tanto en relación con el estado de ánimo como con el nivel de conocimiento que he ido adquiriendo sobre interpretación y estilo; y también porque me he enfrentado a la obra en cuestión en otras grabaciones, e incluso en directo, y he ampliado mis puntos de vista. Hace poco escuché un concierto en vivo en el que André Schuen, para mí la mejor voz del momento, interpretaba “Poeme de L’amour et de la mer” de Chausson, con el estilo y la belleza delicada y elegante que le caracteriza. Ayer, quizás porque mis tardes de primavera empiezan a llenarse de melancolía, tronaba en mi cabeza el disco que ahora he decidido reseñar. No es nuevo, no, tiene casi cincuenta años, y ahí sigue como un clásico menor, capitalizando periódicamente a los pequeños sellos discográficos que se han ido haciendo con los derechos de publicación. 

 

Mediados los años 60 del siglo pasado, la gran productora discográfica Isabella Wallich y el director de orquesta Wyn Morris fundaban la Orquesta Sinfónica de Londres y, poco después, el pequeño sello discográfico Symphonica; con la única intención de registrar las volcánicas versiones que Morris era capaz de concebir de las sinfonías de Mahler, y poco más tarde Beethoven. Isabella Wallich fue una pionera femenina del mundo de la producción discográfica, y tiene en su haber importantísimos logros, con sellos prominentes como EMI, pero también con editores más modestos. Hizo historia de la fonografía, y así es recordada. Wyn Morris, con un talento excepcional, era también un hombre atormentado y tormentoso, que fue echando por tierra, debido a sus demonios interiores ahogados en alcohol, todos sus proyectos musicales, y finalmente su propia carrera. Muchos lo definieron como el mejor director de su generación, y no son pocos los que aún creen que sus versiones de Mahler son irrepetibles y en algunos casos (la novena especialmente) muy superiores a cualquier otro registro. Eso ha provocado que, aunque Symphonica desapareció para integrarse en un sello igual de minoritario, pero más potente, su catálogo, especialmente el ligado a este director, perviva con pasmosa actualidad, y sea posible de encontrar no solo en tiendas de discos, sino en plataformas digitales, sin dificultad. 

 


En 1977, Isabella Wallis y Wyn Morris hicieron un alto en el camino espectacular. De tuvieron momentáneamente las grabaciones del repertorio más cercano a ambos y a la orquesta, para embarcarse en un proyecto muy diferente, y sin duda inusual. Anuncian la grabación de “La Demoiselle Elue”, de Debussy, junto a “Poeme de L’Amour et de la mer” de Chausson; y lo más sorprendente, que Montserrat Caballé ha aceptado ser la intérprete. Una rareza, desde el mismo momento de su concepción. No era en absoluto el repertorio habitual de Wyn Morris, ni para lo que habían creado la Sinfónica de Londres o el sello discográfico asociado; y tampoco era nada habitual en Montserrat Caballé, por entonces la soprano más importante y poderosa del panorama operístico, que se embarcaba en una grabación incierta en un sello independiente y pequeño. Ella, la gran estrella de la ópera que grababa habitualmente para RCA, para EMI y para DECCA, y que había rechazado un contrato con Deutsche Grammophon. No era la primera vez que se atrevía con un sello independiente, pero asegurándose la distribución mundial con una multinacional. Este no era el caso. Para ahondar en el misterio, pese a que el disco no fue mal acogido, y aún hoy se vende, Symphonica no volvió a grabar proyecto alguno con ningún intérprete consagrado internacionalmente, ni se salió nunca más del repertorio para el que fue creado. A falta de ningún documento que lo explique, y del que no he hallado rastro, las razones de este extraño proyecto deberíamos preguntárselas a sus protagonistas, que ya no están con nosotros, o a quienes conozcan el proceso. Quizás Symphonica quiso abrir sus posibilidades comerciales con proyectos que involucraran a grandes artistas, pero al final los gastos derivados no compensaban; o Wyn Morris, simplemente, quería ser el único protagonista de sus grabaciones, y la presencia de la soprano aquí convertían este proyecto en un “disco de la Caballé”. ¿Y Montserrat? Me extrañaría mucho que lo hiciera por dinero, porque eso se lo aseguraban muchos otros contratos, y cobraba uno de los cachés más altos del mundo de la música. Había aceptado grabaciones, sobre todo de zarzuelas, e incluso actuaciones rebajando su sueldo en muchas ocasiones. Creo que sus razones estaban más ligadas a su curiosidad musical, y a dejar un testimonio de un repertorio que rara vez se le ofrecía. Creo recordar que no fue un debut absoluto, porque había cantado estas piezas en algún recital de su juventud, pero no estoy muy seguro. O quizás fue un favor que quiso hacer, posiblemente a Isabella Wallich; y también es probable que quisiera trabaja con ella, una productora de gran importancia internacional, y con el director, que en esos momentos estaba alcanzando enormes cotas de popularidad. Nunca lo sabremos, pero hay dos cosas que llaman la atención: no existe testimonio alguno de que la relación entre Caballé y Morris fuera difícil, en ningún caso. El mundo de la ópera, y los libros, están llenos de anécdotas y chascarrillos de todo tipo, y de Montserrat Caballé se ha escrito todo sobre la relación que mantuvo con compañeros y directores, incluso las más difíciles. Sin embargo, de Wyn Morris, un hombre conocido por gritar y tratar a patadas a los músicos a la primera ocasión, no hay ni una línea escrita. Caballé conectaba bien con directores, e incluso registas, considerados difíciles, sobre todo si reconocía en ellos talento. Pero no se callaba cuando algo no funcionaba, y la espantada que dio en la Scala de Milán en su primera presentación como “Norma”, por no estar en absoluto de acuerdo con la puesta en escena, fue legendaria. La Scala finalmente aceptó cambiar todo aquello que los cantantes, y especialmente Montserrat, quisieran. Pues todo debió ir bastante bien, ya que no hay testimonios de ningún rifirrafe entre ambos genios. La otra cosa que llama poderosamente la atención sobre lo que debió ser este disco, y significar, es que Isabella Wallich tituló su libro autobiográfico en 2001 “Recording my life: with Elgar, Chaliapin, Caballé, Von Karajan, Furtwangler, Mountbatten and Menuhin”; colocando a Montserrat en el título, y hablando con ella con auténtico afecto y mucha admiración en las páginas interiores. Quizás fue Wallich la encargada de gravitar entre esos dos portentos para que la cosa funcionara y no se saliera de madre. 

 

El caso es que aquí está el disco, publicado una y otra vez, pese a que existan muchas otras grabaciones más adecuadas, en principio, y especialmente canónicas, como la de Veronique Gens. Sorprende la belleza del sonido, impactante, en una grabación que es técnicamente perfecta. Una dirección oceánica, quizás en exceso a veces, pero que sabe recogerse y apoyar a la soprano, de la que sospechamos que no tuvo demasiado tiempo de preparar las partituras y ensayarlas. Aun así, sale adelante, y queda ahí, en el universo musical, como una extraña y notable presencia. 

 

Montserrat encara ambas piezas como cantante de ópera, y lo hace comprendiendo bien ambas obras y su significado. Empecemos por lo que falta: la sutileza de una especialista en el repertorio o de una soprano de concierto, como Victoria de los Ángeles. También la falta de ligereza, especialmente en algunos pasajes, como se espera de estas obras. Por último, la dicción francesa de Montserrat, que sin ser desastrosa si pudo haberse mejorado, pues la ocasión lo requería; como se hizo para su disco de arias de óperas francesas, donde el francés de Montserrat es perfecto. Pero ahí están dos cualidades técnicas de Caballé legendarias para darnos una interpretación válida y que merece la pena escuchar: el control del fiato y los pianísimos. Muy especialmente el primero, pues Montserrat canta compases enteros con un solo hilo de aire, y deja en suspenso sobre la orquesta una línea de canto que no parece terminar. Si a ello le unimos la potencia abrumadora en los momentos de clímax, totalmente integrada en el volumen monumental que Wyn Morris quiere darle al conjunto, este disco se convierte en una rareza apetecible, que ningún oyente, por purista que sea, desechará. Lo que falta de ligereza e intimidad, se suple con un sentido dramático inusual. La interpretación de Montserrat es sensual, carnal y terrenal. Son dos mujeres reales, ciertas, las que cantan, no dos entidades supraterrenales. Montserrat sabe lo que se trae entre mano, y lo que quiere hacer: ofrecernos una lectura personal y meditada.

 

Esta extraña tarde de junio, que se me antoja africana, mi cabeza pedía escuchar de nuevo a esta mujer interpretando estas obras. Bien es verdad, lo dije más arriba, que pocos días antes había escuchado a André Schuen cantar la pieza de Chausson; y me apeteció volver a Montserrat. Pero debo ser honesto, este disco siempre se me había atragantado; y ha sido hace muy poco que me reconcilié con él. Porque yo he madurado como oyente, conozco mejor el repertorio, y ahora sé que no es una interpretación manierista, como me pareció hace décadas, sino que puede aceptarse como perfectamente válida, aunque no la consideremos referencial. La voz de Montserrat está en su mejor momento, y ella es insuperable. Tampoco hay que olvidar la réplica que la acompaña en Debussy, la mezzo soprano Janet Coster, así como el Ambrosian Ladies Chorus, que encajan perfectamente en la propuesta. Montserrat es honesta, y nos dice “esto es lo que yo puedo hacer con esta música, y creo que funciona”. Da cierta ternura oir como tararea por lo bajo, en más de una ocasión, como si no quisiera perderse entre tanto sonido. ¿Y Wyn Morris? Pues creo que entiende lo que se trae entre manos, que está grabando con la mejor soprano del momento, que está haciendo un hito que va a escucha mucha gente en todo el mundo;y a cambio de poder dar alas a su orquesta y convertirla en una limpia máquina de volumen inusitado, apoya y ayuda a la cantante, plegándose cuando ella lo necesita, e incluso aceptando lo que ella parece pedirle en algunos momentos. Esas puntualizaciones, esos matices “made in Caballé”, que siempre funcionan. Creo que estamos ante dos músicos que se respetan y, sobre todo, son conscientes del talento del otro, y que sumando van a conseguir sacar esto adelante. Estoy seguro de que, como sucedió con Leonard Bernstein, Wyn Morris se dio cuenta de que dándole espacio, Montserrat Caballé hacía magia. Y Montserrat, sin duda ante la certeza de que estaba ante un director inmenso que sabía a dónde iba con esta música, acrecentó su interés y se permitió explorar nuevas posibilidades expresivas en estas obras. 

 

Llega entonces, en el tercer movimiento del Poema de Chausson, titulado “La muerte del amor”, un momento portentoso, que en sí mismo merece escuchar este disco. Wyn Morris eleva el volumen y el control de la orquesta de forma brutal, con una limpieza de sonido increíble, hasta terminar en un solo de Cello, a cargo de Franceso Gabbaro, que apabulla por su patetismo controlado, que se funde con la entrada de Montserrat Caballé, que recoge el sonido con la misma intensidad mientras la orquesta se recoge para dejarla hacer, desarrollando su texto haciéndolo flotar por encima de todos con suprema delicadeza. Luego caminan juntos hacia el final, Montserrat con su fiato irrepetible, hilando frase tras frase con una sola respiración, hasta cerrar la obra: 

 

Et toi, que fais-tu? pas de fleurs écloses,
Point de gai soleil ni d'ombrages frais;
Le temps des lilas et le temps des roses
Avec notre amour est mort à jamais.

 

¿Y tú, qué haces? no hay flores abiertas,
ni sol radiente ni sombra fresca;
la época de las lilas y la época de las rosas
murieron para siempre con nuestro amor.

 

https://youtu.be/nGMBiTBVa38?si=fQvZnI-R535HubZU
https://youtu.be/w0ZztelfnyY?si=IyGDayO-6omi0ayg

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