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domingo, 7 de diciembre de 2008

Que 30 años no es nada...


Berlín es una ciudad maravillosa, pero hace mucho frío. Madrid estaba gris, lluviosa, perdida... Hace días que no veo el sol... Cuando pedí un café en el Starbucks, el dependiente que tuteaba a todos el mundo, incluso a hombres mayores que yo, me trató de usted. Llevo todo el día pensando ¿por qué?. ¿En qué momento me convertí en un señor mayor? ¿Realmente aparento tal seriedad? ¿me he equivocado en algo?. El gris me disipa, me entristece, y hace que todo de lo que disfruto pierda un poco de brillo, un poco de realidad, pues se engarza en una gota de melancolía (hay que ver qué jodidamente cursi me ha quedado este comentario). Debe ser eso, y nada más que eso. No estoy solo, vivo solo, disfruto de mi soledad... ¿Por qué demonios hoy no? ¡Qué día de mierda sin que exista una razón real para ello?
El miércoles hizo 30 años de la muerte de mi padre. Es curioso, aunque llevaba recordándolo toda la semana, lo cierto es que justo ese día no lo recordé hasta bien entrada la tarde. 30 años sin padre, es decir, casi toda mi vida. Mis hermanos ya han vivido más que lo que nuestro padre vivió. Yo llegaré a ese puerto dentro de 10 años. Ha sido una vida extraña. Apenas recuerdo a mi padre, su voz, algo, su presencia... Pero recuerdo sobre todo su olor, y hay cosas que me lo evocan a menudo. Era tan niño, y estuve tan arropado, que no fue en la niñez, ni en la adolescencia, cuando eché de menos su presencia, sino ahora. Desde que cumplí los 30 años añoro al padre que se fue, al que no tuve. Pero ¡ojo!, no al símbolo de algo, sino al de carne y hueso, a Ginés José, mi padre, nacido en 1929 en Mugardos, La Coruña, Galicia, España. ¿Cómo habría sido mi vida con él? ¿Qué le diría hoy si pudiera tenerlo delante?
30 años, toda mi vida, y es una semana gris, y hace frío, y ayer paseé solitario por las calles de Madrid, hoy acompañado pero sintiéndome singular y anónimo por las calles de Berlín, que está frío, que es maravilloso, pero no tiene aromas concretos. Acostumbrado ya a ser un descastado, no importará que lo diga: no hecho de menos, en concreto, a nadie de mi familia, a ninguno de los que tengo, a los existentes, corpóreos y reales. Hoy echo de menos a mi padre, que se murió una mañana de domingo de hace 30 años. Y, sólo hoy, me gustaría poder decírselo a alguien. A alguien que fuera sólo mío.
Mañana se me quitará, y posiblemente en unos días borraré esta entrada, jajaja, ya está bien de exhibiciones. Ahora Montserrat cantará algo, que falta nos hace. Mientras la Caballé cante, el mundo será un lugar mejor.

Joyce DiDonato en el Teatro Real de Madrid


El pasado miércoles 3 de diciembre, la mezzosoprano americana, nacida y criada en Kansas (no sé por qué el programa de mano ponía exactamente eso, ¿qué importará lo de criada en Kansas?) Joyce DiDonato dio un recital dedicado a Haendel. No a cualquier Haendel, sino a las llamadas "Arias de Furor" (al menos llamadas así por ella) que coincidían, curiosamente, con el último disco que ha grabado la divette (un paso por debajo de diva) y que firmó a quien quiso comprárselo al final del recital. No pasa nada, es lícito si el producto es bueno... ¿El producto es bueno? A ver cómo lo expreso. Yo lo pasé bien, y no fue un mal recital, pero fue frío en exceso. Para empezar, el público no está demasiado metido en este repertorio, al menos el público mayoritario, con lo que mucha gente se apeó de la representación y no asistió. Los entendidos no acabaron de disfrutarlo porque prefieren otro tipo de voces y de preparaciones... ¿Que nos pasa a los que algo sabemos pero estamos más versados en otros repertorios? Lo contaré más abajo, jejeje.


Además de frío por lo escogido del repertorio y la respuesta de los espectadores, fue frío porque el teatro estaba más o menos al 50%, cosa que la divette pudo comprobar, y nos pidió, en inglés, que fuéramos bajando por favor cerca de ella... cosa que los acomodadores se encargaron cumplidamente de impedir, aunque no a mí ni a los que estaban conmigo, dado que cuando trataron de evitar que nos cambiáramos de sitio, con nuestra mejor sonrisa dijimos que tururú, y que vinieran a desalojarnos con las fuerzas de orden público... creo que al final sopesaron el asunto (eternizar el concierto y no llegar a casa para cenar o dejar que cinco personas se cambiaran de sitio) y pudimos cambiarnos. No entiendo muchas cosas de la política de entradas y trato al espectador del Teatro Real, pero como no es lo que nos ocupa, lo dejaremos para otro día.

Por último, la mezzo, muy buena técnicamente con peros que luego diré, no acabó de meterse en lo que estaba haciendo. en absoluto estaba distraída, pero quizás esperaba uno algo más de entrega, sobre todo en la primera parte, que llegó a ser fría de solemnidad, y apagada en aplausos. Las arias de furor, dicho así con todo el tono coloquial del mundo, son aquellos pasajes de las óperas de Haendel, arias de capo por supuesto, en las que el personaje expresa ira, cólera, furia, enfado... Lo que hace que la pieza esté jalonada de maravillosas y dificilísimas coloraturas. Joyce DiDonato se vino de su Kansas natal con esas coloraturas bien aprendidas, y en ese sentido las resolvió mejor que Viviva Genaux, a quien sufrimos en "Il trionfo del tempo e il disenganno" semanas atrás y que sin embargo es requerida como eximia intérprete del estilo. DiDonato tiene una voz bonita, con una buena gama de colores que sabe usar con profusión en todo momento, una agilidad suficiente para no quedar atrás, y un volumen un poco mayor, y más agradecido, que los habituales de Haendel. Aún no domina el estilo, pero aún así es una cantante preciosista, preocupada por la emisión, lo que la emparenta con la Fleming, lo que la emparenta con la Caballé, lo que la emparenta con la Tebaldi, y suma y sigue (que la emparenta no significa que sea una seguidora ni quiero decir nada más que eso). ¿Dónde falla? Primero en la afinación. Empezó calando, y en general la afinación dubitativa fue la tónica general del concierto, aunque ella corregía continuamente y a veces ni se notaba, pero hay zonas del pentagrama que a la primera no le salen, y no le salen, y no le salen. El segundo error está en la intensidad dramática: o se pasa o le falta, pero no consigue, en los momentos más comprometidos, un lógico equilibrio. Su Scherza infida de la ópera de Haendel Ariodante estuvo bien cantada, llegó incluso a conmover al público en parte, pero resultó más cargada de patetismo que de el verdadero sentido dramático que necesita, y simplemente cumplió, pero no fue excepcional, lo que cabría esperar de quien se atreviera (esta aria es como para otros repertorios la entrada de la Casta Diva en la Norma de Bellini, o la haces para matarnos de placer a quienes te escuchamos, o no la hagas). La segunda parte del concierto, que empezó con esa Scherza Infida, mejoró en intensidad, pero fue al final, en las partes que interpretó de la ópera Hércules, cuando la mezzosoprano consiguió demostrar que podrá ser una gran estrella. Aún así, el clímax fue un poco forzado. Aplausos y vítores, y tres propinas de una cantante generosa y que se metió al público en el bolsillo más por su caracter que por su línea de canto. Por supuesto, cantó de regalo el Ombra mai fù, podíamos haber esperado más.

Muy bien la la orquesta, Les Talens Lyriques, aunque hubo un problema puntual de afinación, pero sonaron bien, conjuntados, y con un sonido muy bonito y ligero, sin asperezas. Esta vez (segunda que lo escucho), Christophe Rousset sí me gustó, estuvo correcto y muy solícito a las necesidades de la mezzosoprano. En fin, que esperamos que vuelva, que seguiremos su carrera, y que por ahora va por buen camino, aunque es una cantante que puede caer en la ñoñería al más genuino estilo María Bayo en cualquier momento. Esperemos que no lo haga. Un video para no perder las costumbres:


martes, 25 de noviembre de 2008

El pintor de su deshonra en el Teatro de Rojas de Toledo

Dentro del ciclo de Teatro Clásico, el maravilloso (salvo la tapicería y las cortinas) Teatro de Rojas de Toledo presentó este drama del honor de Calderón de La Barca, El Pintor de su deshonra. Y una vez más, a cargo la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Bueno, no es una de las obras que más me ha gustado, debido a que este tipo de dramas del honor suelen ser no sólo ideológicamente execrables (desde el punto de vista de la contemporáneidad, por supuesto, pues de acuerdo a la época son perfectamente normales), sino normalmente muy similares unos a otros, e incluso algo absurdos desde el punto de vista de la acción. Aquí sucede lo de siempre: una mujer es deshonrada por un amante secuestrador, que se la lleva en contra de su voluntad, pero con ello realmente el que pierde su honor es el marido, que no puede hacer menos que matarla. A esta tremenda y trágica trama se le yuxtapone una segunda, los amores del Príncipe de Ursino y Porcia, de corte cómico.
En fin, si la obra en sí misma no me gustó del todo, y casi me pareció un ladrillito, lo cierto es que el montaje, el vestuario, y el trabajo de los actores me pareció bastante bueno, como es habitual en nuestra Compañía Nacional. Además, la escena era acompañada por tres músicos femeninos que con instrumentos de época (clave y violas de gamba) remarcaban la acción. Un lujo, además muy bien interpretado por Agathá René Bosch y Alba Fresno a las violas de gamba, y Mercedes Torres en el teclado del clave. El vestuario y la escenografía, que tanto me gustaron, se debieron a Pedro Moreno y Carolina González, respectivamente. Versionada, a su vez, por Rafael Pérez Sierra, la dirección corre a cargo de Eduardo Vasco.Del elenco de actores, destacaría a Francisco Merino, como Don Luis, a Arturo Querejeta como Don Juan Roca, a Eva Trancón como Porcia y a Fernando Sendino como el Príncipe de Urbino. Realmente memorables, con un dominio del verso y del texto (a menudo agobiante) que demostraba la calidad y la clase. El resto del elenco muy bien, especialmente José Ramón Iglesias como Juanete. Algo menos Muriel Sánchez, como Serafina (normalmente el papel lo interpreta la actriz Nuria Mencía, que curiosamente comparte nombre con una de mis compañeras de trabajo) y Daniel Albadalejo como Don Álvaro (conocido por su papel de Benito el segurata en Camera Café). A la primera había muchos momentos que no se le escuchaba, y está muy verde, al fin y al cabo es una cover, pero una cover floja, y el papel es protagonista. El segundo, siendo un buen actor, aún no tiene la calidad suficiente, o la formación, para enfrentarse al teatro clásico... Quedó muy descolgado de sus compañeros.En fin, un buen trabajo dramático y una buena propuesta escénica, pero un texto realmente, al menos en mi opinión, que tampoco es para tirar cohetes, aunque a decir de algunos entendidos es de los más hermosos dramas del Siglo de Oro (yo disiento)... Quién ame el teatro disfrutará, quien quiera acercarse para conocer el teatro clásico, mejor que se espere. Aún así, el trabajo de los actores merece la pena terminar con lo que ya es un clásico en este blog: ¡Aprende Botto!

lunes, 24 de noviembre de 2008

Olga Borodiná en Madrid: uná mantxá le caiojojojo



Sirva el título de simple ironía para el que ha sido un magnífico concierto, dentro del XV Ciclo de Lied del Teatro de la Zarzuela. La excepcional mezzosoprano rusa Olga Borodiná deleitó al público madrileño con un muy buen concierto, bastante pensado y equilibrado, en el que derrochó su talento y su voz con gallardía. Fue un éxito en general, a juzgar por los interminables aplausos (de ahí vendrá una solapada crítica que haré a la mezzosoprano). Éscuché por primera vez a Borodiná hace ya más de 15 años, en aquella memorable representación de Samson et Dalila, de Massenet, en la que cortó el pelo y dió la réplica a un impresionante Plácido Domingo, pero reconozco que poco después le perdí la pista. Ahora ha sido mi reencuentro, no lleno de sorpresas, entre las que destaca su rotunda fisonomía (toma eufemismo). Las voces del este son muy especiales, con un mordiente generoso, y un brillo magnético en los agudos. Posee, además Borodiná, un sobresaliente volumen, que hace que nos demos cuenta de cómo muchas de las voces que escuchamos hoy en día realmente poseen muy poco peso específico. Pero, hay que decir a los nostálgicos, en este caso el tamaño no importa, y si bien Borodiná estuvo magnífica, Bostridge es un genio pese a tener la mitad de su volumen vocal. Expresivamente es correcta, no sobrada, y aunque matiza y tiene una media voz y un piano más que dulce, lo cierto es que acusa, de tanto en tanto, cierta frialdad. Quizás su actual dieta vocal, consistente en la masacrante -y horrenda- Gioconda de Ponchielli, tenga algo que ver (de una vez, sopranos y mezzos del mundo, Gioconda le quitó diez años de carrera a Callas, acabó con Cerquetti, y no ayudó a Caballé... aprended y escarmentad en cabeza ajena).El programa que escogió no es de mis favoritos: Tchaikovschi y Rajmaninov. Son dos músicos que realmente no me apasionan, muy sobrados en emotividad, pero hay que reconocer que sus canciones, aunque muy dulces y efectistas, no se encuentran entre lo más antidiabético de su producción. Hombre, no fue un programa enjundioso desde el punto de vista de la dificultad, aunque facilón tampoco era; y al ser dos compositores tan desmedidamente emotivos, haciéndolo bien y tornando la voz con las inflexiones necesarias, realmente te permite ganarte al público sobradamente, como Borodinà hizo esta noche. Si además optas por las propinas (lo explicaré luego) por las que ella optó, pues es un éxito clamoroso casi asegurado. La primera parte, dedicada a Tchaikovski, constó de lo siguiente: . Nam zvjozdy krotkije sijali Op. 60, n.º 12, Net, tolko tot kto znal Op. 6, n.º 6, Otchevo Op. 6, n.º 5, To bylo ranneiou vesnoi Op. 38, n.º 2, Notchi bezoumnye Op. 60, n.º 6, Pervoe svidanie Op. 63, n.º 4, Kolybel"naya Op. 16, n.º 1, Serenada Op. 65, n.º 3, Zakatilos solntse Op. 73, n.º 4, Snova kak prezhde odin Op. 73, n.º 6S. Aquí hubo un problema: un miembro del público tuvo un enorme ataque de tos y tuvo que salir corriendo hacia el foyer a mitad de la cuarta canción. Así que se perdió parte de el programa, molestó mucho, hasta la cantante lo miró con furia, y se mantuvo fuera hasta que los aplausos le permitieron, ya recuperado, volver, aunque ya no pudo recuperar la intensidad ni la concentración en toda esa primera parte... Obvio decir que fui yo, primera vez en la vida que eso me ocurre, y no he pasado mayor vergüenza jamás, ni mayor ataque de paranoia. Algunas de las canciones las había escuchado uno ya en grandes voces como Nicolai Ghiaurov: Borodiná les hace justicia. Realmente, con un instrumento como el suyo, y una técnica tan personal y depurada, casi todo lo demás no importa. Hablando de técnica, me sorprendí al comprobar que cuando tiene que atacar un agudo en forte, Borodiná toma aire exclusivamente por la nariz, lo que parece incongruente dado que con ese acto la garganta se tensa, y cabría esperar que necesita tenerla relajada para poder llegar a esas alturas. Caballé, Kraus, Pavarotti, y otros muchos grandes sin ir más lejos preferían tomar aire por la boca, salvo que estuvieran en momentos de línea melódica reposada y poco comprometida. Creo que es la primera vez que escucho o veo hacer algo como lo que ha hecho hoy Borodiná (realmente sus inspiraciones nasales se escuchaban furiosamente), y si a ella le funciona, y son más de veinte años cantando y una voz que no muestra signos de cansancio, pues es que sin duda ha sabido encontrar una técnica muy adecuada a sus capacidades. Las grandes voces operísticas muchas veces no consiguen el suficiente nivel de intimismo y de interpretación cuando se pasan al lieder o a la canción en general, como en este caso las romanzas rusas. A Borodiná le pasa hasta cierto punto, y si bien salió airosa, y lo pasamos bien, uno echó de menos una prestación operística para alcanzar cierto clímax.
En la segunda parte, integramente dedicada a Rajmaninov, quizás ese clímax si devino de las propias romanzas. Se trató de la siguiente selección de las mismas: Utro Op, 4, n.º 2, Ditya, kak tsvetok ty prekrasna Op. 8, n.º 2, Son Op. 8, n.º 5, V moltchanyi notchi tainoi Op. 4, n.º3, Rechnaia lileya Op. 8 n.º 1, Zdes khorosho Op. 21, n.º 7, Ona kak polden" horosha Op. 14, n.º 9, Siren Op. 21, n.º 5, Ya zjdu tebya Op. 14, n.º 1 . Aquí las interpretaciones de Borodiná llegaron a lo excepcional, y yo estaba más relajado y, aunque con miedo a repetir el incidente de la tos, pude lograr mayor concentración y tranquilidad. La última romanza, que traducida al español significa ¡Te espero! fue emocionante hasta el arrobo. La brillante y vibrante zona grave de la que la cantante puede alardear jugó muchos puntos a favor del placer de escuchar estas interpretaciones.
Terminado con ovaciones el programa oficial, Borodiná regaló dos propinas, escasas, ambas de... ¡¡¡Manuel de Falla!!! Que tras un recital de romanzas rusas te rematen con esto, es como mínimo curioso, y aunque habría mucho que decir desde el punto de vista teórico sobre la idoneidad de la elección, realmente si no te metes en grandes disquisiciones intelectuales, el salto fue un tanto extravagante. La primera propina fue El paño moruno, donde descubrimos que, sin llegar a orientativo o dudoso, el español del que hizo gala Borodiná fue un tanto eslavo, oyéndose cosas como "uná mantxá lé caio ojojojó". El público agradeció el esfuerzo, y Borodiná regaló un segundo Falla, de nuevo las Siete Canciones Populares Españolas, en concreto Nana en la que el "lucerrito dela maiana" venció y convenció... El público obligó a Borodiná a salir al menos 3 veces más a saludar, pero se mantuvo la rusa inflexible en cuanto a cantar una sola nota más... Debió haberlo hecho, fue un error por su parte cuando estaba teniendo un éxito clamoroso y cuando con menos grandes cantantes del pasado como Berganza o Caballé se lanzaban con quince propinas para arrobo de su público. Lo que me recuerda que le echó narices Borodiná con semejantes propinas, correctas y basta, eso sí tengo que decirlo, a un público acostumbrado a las antes señaladas Caballé o Berganza, y sobre todo a Victoria de los Ángeles.
Quiero hacer una mención especial al pianista acompañante Dmitri Yefímov, uno de los que más me ha sorprendido y gustado en los últimos años: magnífico trabajo (a veces tan poco valorado), máxima compenetración con la cantante, apoyo constante y verdadero pergeñador de que todo saliera redondo, en calidad, cualidad e intensidad. Realmente bueno. En fin, una gran noche, pese a la tos, y pese al frío intenso de la noche madrileña. Vamos con un vídeo para recordar a la mezzosoprano, y si ella fue capaz de coronar un recital de repertorio ruso con Falla, yo por la misma regla de tres la pongo cantando una de mis arias favoritas, la muy cursi Mon coeur s'ouvre a ta voix de Samsom et Dalila, compuesta por Saint Saens.

lunes, 10 de noviembre de 2008

El triunfo del Tiempo y el Desengaño, en el Teatro Real.


El Teatro Real de Madrid ha tenido a bien representar escénicamente este bello oratorio de Haendel. El resultado, para mí, un solemne fiasco. De hecho me marché al terminar la primera parte de la representación, y no recomendaría este montaje ni esta versión a nadie.

¿Qué ha fallado?
  1. Los cantantes han estado irregulares, con gravísimos problemas de afinación y volumen. Quizás por no contar con auténticos especialistas en todo el reparto. La triunfadora de la noche, Vivica Genaux, está absolutamente sobrevalorada, su coloratura es muy sucia, y la mayor parte de las veces la aspira.
  2. El montaje era ininteligible, y muy soso, muy aburrido, en un oratorio sin coros y que no es más que una sucesión de recitativos y arias, con algún dúo muy de tarde en tarde, la puesta en escena no puede ser tan estática. Por otro lado, desentrañar los símbolos se hacía a veces imposible, y cuando deja de interesar hacerlo, te aburres soberanamente.
  3. La orquesta no estuvo mal del todo, pero para este repertorio hacen falta orquestas especializadas, e incluso otros instrumentos más acordes a lo que se está interpretando. Musicalmente la obra es un pequeño joyerito, pero interpretada así, se convierte en un ladrillo infumable.
  4. Una vez más tengo que decir que este tipo de óperas no debe representarse en el Real, porque es un teatro demasiado grande, y el sonido se pierde hasta la desesperación. La Zarzuela, u otro coliseo que haya de buscarse, serían más adecuados.
  5. Un oratorio es un oratorio, y representarlo es una memez. En versión de concierto hubiera estado infinitamente mejor. Vaya manía de inventar la rueda cada cinco minutos.

¿Por qué me fui? Porque me dormía, porque era incapaz de meterme en la historia, y porque los cantantes me estaban llevando al límite de la indignación. Nada de todo eso, con estos mimbres, iba a mejorar en la segunda parte, porque la concepción misma de la representación era un soberano error, así que personalmente un chocolate caliente me iba a ser de más provecho que un muy mal representado Haendel.

Recomiendo escuchar la versión de Minkowsky. Entonces encontraremos la verdadera dimensión de esta obra.

domingo, 9 de noviembre de 2008

El Mercader de Venecia en el Teatro de Rojas

Continúa la temporada del Teatro de Rojas de Toledo, y continua el Festival de Teatro Clásico. En este caso, la sociedad Darek Teatro S.L., o diciéndolo a la antigua, la Compañía de Fernando Conde, presenta El Mercader de Venecia de William Shakespeare...

... y lo presenta muy bien...

Grandes sorpresas durante la noche, pero vayamos por partes. Primero el elenco:

Antonio: Juan Gea.
Salerio / Juez: Ángel García Suárez.
Solanio / Baltasar /Cofre / Juez: Carlos Ibarra.
Basanio: Luis Rallo.
Lorenzo: Jorge Lucas.
Graciano: Camilo Rodríguez.
Porcia: Natalia Millán.
Nerisa: Luz Nicolás.
Shylock: Fernando Conde.
Príncipe de Marruecos / Tubal / Carcelero / Juez: Dritan Biba.
Launcelot/ Cofre / Juez: David Fernández (fabu).
Gobo / Dux: José Hervás.
Yésica / Cofre: Ruth Salas.
Príncipe de Aragón / Juez: Carlos Moreno.

Director de Escena: Denis Rafter.
Escenografía: Javier Roselló / Pedro Moreno.
Figurines: Pedro Moreno.
La puesta en escena muy bonita y preciosista. Basada en cuadros reconocidos del Quatroccento Italiano, por allí pudimos ver propuestas plásticas que recordaban claramente a Piero della Francesca o a los Bellini, entre otros. Un vestuario rico, de colores vivos, variado y elegante. Ni una atribulada concesión a la dramaturgia modernizante o descontextualizante (que también está bien, pero decidieron hacerla de corte tradicional, porque quizás los experimentos que los pague el dinero público, y las manos privadas que conjuguen saber hacer con negocio, o el invento del teatro libre y de calidad se nos viene abajo). La idea general es presentar a los personajes como son, miembros de una fábula, intentando despojarlos de descarnadas lecturas actuales (sí, es un texto antisemita, pero no se regodea en ello, aunque finalmente reivindica el amor de un padre y de una hija). En general una propuesta ideológica sencilla que funciona y se agradece, pues encumbra un texto encantador y genial.
Los actores van de bien a muy bien, y de ahí a excepcional, así que si me perdonáis no me iré deteniendo en cada uno de ellos. Sólo decir que Fernando Conde está inmenso, con una concepción de Shylock impecable, magistral, aunque le pongo un pero: cuando baja el volumen de voz y llega a niveles de franca circunspección debería cuidar más la proyección de la voz pues hay momentos en los que no se le escucha. Un actos de su talla no debería de permitirse ese lujo, y el Teatro de Rojas es más pequeño que el más pequeño de los teatros de Madrid. Su monólogo "si nos pincháis, ¿no sangramos?" ha sido de lo más emocionante que he visto en tiempos, un verdadero ejercicio de estilo, con un dominio escénico total.
Quiero detenerme muy especialmente en Natalia Millán, a quien tuve el placer de saludar al salir del Teatro. Esta actriz, esta magnífica actriz, una de las mejores que he visto en mi vida en un escenario, suele provocarme la mayor abulia, aburrimiento y hasta rechazo cuando la veo en series de televisión. Quizás por su físico delgado y sus facciones la han encasillado en papeles tortuosos donde necesita mucha pose, mucho gesto roto y mucha lágrima, además de suspiros, aspiraciones elocuentes, y mucho pathos. Así estaba en UPA, y así está en El internado, que casi nunca veo y esta semana vi, curiosamente. Pues la Natalia Millán del teatro es otra, simplemente es perfecta. Domina la escena, tiene una voz exquisita (incluso yo diría que algo más aguda que la que ofrece en TV, aunque quizás eso es un requerimiento del personaje de Shakespeare por el travestismo del que hace gala durante el juicio a Antonio), entona y frasea con nitidiez y una buenísima expresividad; y sobre todo me encandiló la elegancia que tiene en sus movimientos corporales, domeñando un vestuario rico pero incómodo sin duda alguna, especialmente con los brazos. No hay que olvidar que es bailarina, con lo cual esa elegancia refinada viene de alguna parte. Es una de las estrellas de la noche, y merece la pena ir a verla sólo por disfrutar de su interpretación. Alguien debería darse cuenta y darle a esta impecable actriz (que hasta hoy un servidor tenía por una starlette de televisión bastante sosa y del montón) la oportunidad de seguirse luciendo. ¿Cómo? A lo mejor con más comedia y menos dramón. Su carisma en la comedia sofisticada queda con este montaje demostrado (y eso en la historia del cine español lo han tenido muy pocas, porque comedia sofisticada no ha habido demasiada, y en el cine americano creo que han dominado este género sobre todo Carole Lombard y Katharine Hepburn). Y cn un texto dramático inteligente es capaz de hacer maravillas. Natalia, por favor, en la tele, más comedia, que eres una diosa en ese registro. Y que cante algo más, que las dos veces que lo hizo durante la función de esta noche nos embelesó.Y ya digo que no voy a seguir uno a uno, porque cometería injusticas (¿qué decir a estas alturas de Juan Gea?), aunque permítanme un apunte: me encantó Dritan Biba, a quien támbien sólo lo había visto luciendo espectacular físico en Los novios búlgaros, y algo más venido a menos en ese sentido en la serie La Tira de La Sexta.
En fin, que salimos encantados. Una nueva propuesta de teatro clásico en España que me sirve, una vez más, para decir: ¡¡¡aprende, Botto!!!

viernes, 7 de noviembre de 2008

El privilegio de escuchar a Ian Bostridge en Madrid

Si recordáis, hace tiempo escribí una entrada dedicada a Ian Bostridge, el excelente tenor inglés de 44 años. Para los que no la conozcan, aquí os dejo el enlace:
Esta semana he tenido el enorme privilegio de escuchar a Ian Bostridge en directo, en el Teatro de la Zarzuela de Madrid, dentro del XV Ciclo de Lied. Acompañaro al piano por Graham Johnson, Bostridge desgranó un magnífico recital dedicado a Schubert:
1ª parte
Widerschein
Der Winterabend
Die Sterne
2ª parte:
Schwanengesand (textos de Rellstab)
3ª parte:
Schwanengesand (textos de Heine).

Miren, si quisieran leer un artículo de erudito aficionado (es decir, un coñazo pedante y el 90% de las veces equivocado, inexacto o directamente ignorante) bastaría con echar un vistazo a algunos foros de ópera de por aquí, donde he llegado a leer cosas que no sólo son estupideces, sino que llegan al invento, y me refiero específicamente a Bostridge... Así que hablemos de otras cosas.

Ian Bostridge es uno de los grandes intérpretes del la historia de la lírica. Con una pose de languidez melancolía victoriana y afectada, perfectamente estudiada y escogida, posee la mayor expresividad que yo he escuchado a un cantante en mi vida; y la sensación que tenía al salir sólo la he tenido antes con Montserrat Caballé o Birgit Nilsson. Para empezar, es un músico excepcional, y sabe perfectamente lo que está cantando y cómo debe de cantarse, con una magnífica musicalidad y una interpretación que conjuga la perfección técnica con un estudiadísimo sentido del mensaje. No hay matiz musical que no nos llegue, y siempre va unido a una necesidad expresiva, pues Bostridge sabe sacar el jugo a todo el texto que interpreta. Sus apoyos son Dietrich Fischer Dieskau (del que es seguidor, o continuador, no imitador como cacarean algunos que no saben que en interpretación musical también existen escuelas y corrientes), pero sobre todo, me mantengo en lo que ya dije una vez, es Peter Pears. Pero es que cuando está en el escenario tiene una capacidad de embelesar, de llevarnos a los puntos más elevados de nuestras sensaciones -siempre intelectualizadamente- que consigue unas atmósferas de tensión dramática en el público poco habituales.

La formación intelectual de Bostridge tiene mucho que ver con sus resultados (yo hace años que dejé de creer en las capacidades de natura, porque donde esté la formación que se quite todo lo demás). Porque lo mejor de todo es que no tiene una gran voz, es una voz pequeña en cuanto a su amplitud, con un volumen que va justo para llenar el teatro y nada más; y sobre todo es una voz muy trabajada, muy entrenada, que sube a las cumbres más altas del pentagrama porque hay una gran concentración técnica y un control impecable de sus posibilidades. Se dosifica con un estudiadísimo equilibrio en los esfuerzos, tanto físicos como emocionales. Al término del recital, tras una escasa hora casi sin pausa, estaba exahusto, como pudimos notar sobre todo en la segunda propina, Du bist Die Ruh, donde un pianísimo lo cogió tan desprevenido que terminó convirtiéndose en falsete perfectamente emitido. Porque los grandes músicos rectifican en los errores también con maestría. Aparte de ese ligero error, debido al agotamiento pero del que supo salir airoso, en el lied Ständchen caló una nota, pero se dio cuenta rápidamente (no todos los cantantes se dan cuenta, no se crean, y sobre todo, no todos los que se dan cuenta rectifican con éxito), y supo aumentar la intensidad del volumen lo suficiente como para alcanzar el tono requerido. Cuando tuvo que repetir la melodía, repitió el traspiés, pero sin que fuera tan perceptible (un ligero temblor en la emisión), así que a la tercera decidió no arriesgarse, y empujó la voz con fuerza y volumen, suficiente para que el agudo apareciera impecable, pero sin excederse como para salirse de estilo. Pues alguien que es capaz de hacer eso y de estar midiendo continuamente el resultado expresivo, aunando tan magistralmente técnica y expresividad, consigue todo lo que se propone. Y el público, conmigo como partícipe en este caso, está ante una de las experiencias vocales de sus vidas. Ian Bostridge es uno de los grandes. Como en su día escribió Terenci Moix, un genio se levanta cada mañana siendo un genio, pase lo que pase... Pero un reventador sólo es un reventador.

Os recomiendo que lo escuchéis. El próximo 20 de noviembre Radio Clásica emitirá el concierto en diferido. Yo pienso repetir. Ahora un video:


viernes, 24 de octubre de 2008

Thomas Tallis, compositor inglés


Hace unas semanas estaba yo enganchado a la serie de TV americana The Tudors donde realidad y ficción se mezclan para dar resultados curiosísimos. Me encanta, casi me fascina, esa capacidad de los guionistas para con hechos objetivamente reales hacer mezclas e interpretaciones subjetivas que dan explicaciones a la historia las más veces ñoñas por intereses de audiencia. En esa serie aparecía Thomas Tallis, músico inglés que vivió entre 1505 y 1585, al que lían primero con un buen amigo del Rey Enrique que resulta ser el contagiado 0 de una epidemia que asola el país, y después cuando no saben muy bien que hacer con él lo lían con dos hermanas ninfómanas de las cuáles una muere pero se le sigue apareciendo a la otra en forma de espectro. Luego desaparece de la acción, y no sabemos si volverá a aparecer en otra temporada. Entonces estuve, a raíz de lo que se contaba en la serie, refrescando (es un eufemismo, en realidad aprendiendo) algunas cosas de la historia de Inglaterra, y decidí comprobar la veracidad de los personajes y de su acción. En esas estaba yo investigando el de Tallis cuando me topé con algunas de sus obras, que estaban en internet, y me interesó un poco más. Comencé a conseguirme algunas de las grabaciones que hay de su obra, y estoy absolutamente arrobado con ellas. De hecho llevo días escuchándolo con fruición, porque además cuando yo me pongo obsesivo compulsivo no tengo límites. Este es el prólogo prosáico a una música exquisita.

Me gusta la música anterior al siglo XIX, y si queremos bajar la frontera, anterior a Mozart, pero no me adentro demasiado en ella porque creo que me va a significar un esfuerzo intelectual notable. Ya sé, creo, todo lo que tengo que saber para disfrutar de la música desde 1800 en adelante, y en el último año he hecho grandes esfuerzos para adentrarme de lleno en Wagner y en la música del siglo XX. Cuando abres una puerta en la música culta, y quieres disfrutarlo como experiencia estética y ética, necesitas de una formación, y de una información, que lleva tiempo. Ahora, bajar por debajo de la frontera de 1700 me produce esa sensación de agobio, esa sensación de que son demasiados siglos de música y que no voy a ser capaz de asimilarlo como se merece, que además estoy muy mayor. Al conocimiento de los lenguajes, las escuelas, la estructura y la teoría musical, hay que unirle las exigencias de la interpretación (la discusión entre historicistas y el resto del mundo), y si bien con 18 años ese reto me lo comía con patatas, reconozco que ahora me causa más pereza.

Y entonces llegó Thomas Tallis, y me obligó a empezar ese esfuerzo, porque su música me ha impresionado mucho. Para empezar, algunas de sus melodías, todavía en unos modos que no dudaré en denominar de tardomedievales, rondando abiertamente el gregoriano, son muy conocidas, e incluso populares, sobre todo por difusión televisiva y cinematográfica. Estoy seguro que si digo Gregoriano muchos tararearán una melodía que ahora sé fue compuesta por Tallis (no diré cual, lo dejo para que al que le interese lo descubra). Pero esa tradición tardomedieval, como lo era en todo el arte inglés de la época de Enrique IV (recuérdese la arquitectura, sobre todo) evoluciona en Tallis hacia otros lenguajes ya plenamente renacentistas de una singular belleza y complicación disfrazada de simplicidad. Sus obras para teclado son interesantísimas, pero las obras vocales simplemente llegan a lo impresionante, por el nivel de exigencia, de pureza melódica, de destreza a la que deben de llegar los intérpretes, y de estructura formal novedosa.

Desde el punto de vista sensitivo, lo que me evoca Tallis, que también es válido porque no todo va a ser el análisis formal, es una gran quietud y serenidad, realmente generada por el fuerte espíritu religioso y místico de las composiciones (no hay que ser creyente para captar eso).

Thomas Tallis nació en 1505 y murió en 1585. No se sabe demasiado de sus primeros años, aunque sabemos que en 1531 está en Dover, concretamente al frente del órgano en el Priorado. De allí pasó a Londres, donde en 1538 ya sabemos que ejerce como músico en la Abadía agustina de la Santa Cruz de Waltham. De ahí pasó a la Catedral de Canterbury, y por último fue nombrado gentilhombre de la Capilla Real en 1543, al parecer con magníficas relaciones tanto con el Rey Enrique VIII, que apreciaba mucho su labor, como con la Reina Catalina de Aragón. Es muy curiosa su posición como músico para dos corrientes del cristianismo: para la Iglesia Católica en sus inicios, luego para el Anglicanismo, y en ambos credos supo crear una estética diferenciada. Si nueva era la Iglesia de Inglaterra (más clara en la cabeza del Arzobispo de Canterbury que en la del muy pragmático Enrique VIII), nueva debería ser también su tradición musical, embebida de las corrientes nacionales. Sin embargo, Tallis supo mantenerse al margen de toda controversia, y contrariamente a otros grandes hombres de su periodo, no acabó con sus huesos en la Torre de Londres ni con la cabeza cortada (esto es una exageración irónica que se permite un servidor). Conoció a toda la línea sucesoria de Enrique, hasta Isabel I, y murió a una edad francamente avanzada.

Como antes dije, el grueso de su obra se cimenta en la música sacra, y es conocido como el padre de la música religiosa inglesa. En sus primeros años, aún bajo la inspiración católica, realizó composiciones litúrgicas de una gran riqueza, que se tornaron más adustas con la llegada de la Iglesia de Inglaterra: tendencia al estilo silábico y abundancia de acordes. Pero la novedad, en Tallis, reside en intentar hacer confluir texto y música, es decir, establecer ritmos y estructuras bien diferenciadas según las características de lo que se dice, impregnando el significado de las palabras de contenido musical. También destaca por su empleo del inglés y del latín, alternativamente, en sus textos. Con Isabel I, un mayor estoicismo inundó el arte inglés, y con ello también la música, y Tallis no fue ajeno: abandono paulatino de la polifonía y composiciones preñadas de un fuerte misticismo.

Así pues, Thomas Tallis es un compositor que, bien asentado en dos tradiciones, la inglesa y la cristiana, sabe, además, experimentar y buscar nuevos caminos. Cada uno de sus periodos tiene grandes obras, pero personalmente me han impresionado, ya en la Inglaterra Isabelina, el motete Spem in allium de una pasmosa simpleza pese a su grandiosidad (ocho coros de cinco personas cantando al unísono) y las impresionantes Lamentaciones de Jeremías.

A su muerte había generado un enorme caudal de composiciones, y toda una escuela había crecido a su alrededor. William Byrd escribió en una de sus canciones: Tallis ha muerto, y con él muere la música lo que dice mucho del éxito que Thomas Tallis tuvo entre sus colegas contemporáneos. Su influencia llega incluso a compositores del siglo XX, como Vaugahn Williams.

Hay unos treinta discos publicados con la obra de Tallis. Incluso existe un grupo, la Tallis Scholars, especializado en interpretar sus composiciones. De todos modos, no son demasiados discos, dada la ingente obra que dejó; ni al parecer, aquí dejo hablar plenamente a los expertos, están todos grabado en las mejores condiciones de interpretación. Raro en los ingleses, aporto yo. Las composiciones que he ido desgranando desde youtube son sólo una muestra de su trabajo. Espero que os guste y os animéis a escucharlo. Aquí os dejo un enlace para que conozcais sus discos: http://www.goldbergweb.com/es/busquedas/?words=Tallis&restrict=/es/discography/.

Dos arquitecturas alemanas 1949 - 1989. Excelente propuesta.

No me gusta hacer comentarios o reseñas de exposiciones o eventos que ya no pueden ir a ver los pocos amigos que se pasan por este blog, salvo en el caso de la ópera, donde por cuestiones de entradas ya suele estar todo el pescado vendido. Por falta de tiempo y exceso de trabajo no he podido contaros antes la magnífica exposición que pude ver en Madrid, concretamente en la Arquería de Nuevos Ministerios, titulada Dos Arquitecturas Alemanas: 1949 – 1989. Ha sido una de las grandes exposiciones del año en Madrid, lástima que aún la arquitectura no suela llamar a grandes cantidades de personas cuando se realizan estos eventos. Por ejemplo, se celebró la Semana de la Arquitectura, que incluía visitas a numerosos edificios y acceso a perspectivas urbanas de Madrid casi desconocidas, y no fue exactamente muy publicitado. Esta exposición se mantuvo pocos días, y terminó el 12 de octubre. Yo la pude contemplar la semana anterior, y salí muy contento. ¿Qué pudimos conocer? Cómo dos naciones que se erigían en “la verdadera Alemania” realizaron dos sistemas arquitectónicos diferenciados, debidos a un programa, en principio, y a unas tesis constructivas muy diferenciadas. La Alemania Federal, con más medios y posibilidades, iniciaba en 1949 un camino estético que la alejaba en todo lo posible de la tradición, que entendían contaminada por el nazismo del que era necesario distanciarse, como si eso le hubiera sucedido a otros o hubiera sido una mala gripe. Ese camino estético pasaba por echarse en manos de las tendencias americanas y norteuropeas, para muy poco después (apenas una década) conformar una corriente estética y un estilo contemporáneo independiente, una suerte de Escuela Alemana de Arquitectura. La Alemania del Este (me cuesta tanto poner eso de Democrática), sin embargo, decidía no romper con esa tradición –Stalin estaba ahí, y esa tradición en la que se había regodeado el nazismo era también la que a él le interesaba, dicho muy a la ligera, lo sé- sino valerse de ella, para conformar con mucha más dificultad una estética propia, pues la onerosa presencia de la estética soviética acompañó al país hasta el final. En ese camino, aciertos y desaciertos. La Alemania Federal parece ganar por goleada, pero cuando se trata de espacios públicos, funcionales o grandilocuentes, o por la arquitectura docente, la Alemania de Este, fiel a su programa de colectivización, triunfa claramente, o el excepcional ejemplo de la Sede de la Filarmónica. Dos estéticas contrapuestas, dos estilos nacionales que optaban por ser el más puro ejemplo de germanicidad, que se ven aquí, por fin, las caras, en una exposición clarificadora que ya se ha visto en otros lugares de España y creo seguirá paseando por nuestra geografía, si los organizadores no se terminan enfadando porque en la exposición de Madrid se rompieron de manera sangrante dos de los paneles, que de igual sangrante forma intentaron ser escondidos con cinta adhesiva oscura y cutredad. Por lo demás, muy bueno el diseño de la exposición, que si bien es demasiado grande (no puede ser menos) se distribuye por tipologías, en enormes paneles, y si quieres ver más al detalle unos planeros en los que toda una serie de imágenes, a las que tú accedes abriendo el mueble, están impresas sobre planchas metálicas (o sobre otro material perfectamente adherido al metal hasta parecer lo primero). Además excelentes maquetas que nos daban una clarísima muestra de lo que allí se cocía.

Ahora sería interesante que mis amigos del joven estudio Aroca & Baudet Arquitectos ilustraran esta entrada con un comentario.

jueves, 16 de octubre de 2008

Un ballo in maschera en el Teatro Real... Triunfo de Marcelo Álvarez

Ha comenzado la Temporada en el Teatro Real de Madrid, y además ha empezado con buen pie (ya era hora, ejem, ejem). Un Verdi como dios manda, y además para disfrutar pese a las irregularidades. Lo pasé muy bien. La escena a cargo de Mario Martone (director), Sergio Tramonti (escenógrafo), Bruno Schwengl (Figurinista) y Duncan Macfarland (coreógrafo), coproducción del Real con el Covent Garden, estreno en la plaza. No es mala, de hecho hay cuadros fantásticos, como toda la escena de Ulrica, pero hay otros, de más baja intensidad (una buena idea para armonizar los clímax) que se pasaron de austeros... Tanto, tanto, que parecía un reflejo de la crisis económica y daban algo de estupor. El acto final, en el baile, muy bueno, con ese espejo que previamente había servido de fondo y que giraba hacia el techo ofreciendo un espectáculo visual muy hermoso (y seco, porque yo he visto cosas en esa escena auténticamente circenses). Buena, con reservas, pero muy sencilla, sin mayores pretensiones, sin intentar "enseñar" al espectador lo que el autor quiso decir (normalmente cuando los directores de escena hacen eso nos hallamos ante la medriocridad intelectual disfrazada de otra cosa).

Un Ballo in maschera es una ópera de Verdi, como antes dije, con libretto de Antonio Somma, que interpreta un libretto anterior de Eugene Scribe para una ópera de similar argumento compuesta por Daniel Auber, y que yo no conozco. Muchos la sitúan como la respuesta italiana a Tristan und Isolde de Wagner, aunque yo creo que esa categoría le calza mejor a Aida. ¿De qué va? Pues de un tenor y una soprano que quieren acostarse y un barítono que se lo impide... que es lo que dijo Bernard Shaw del argumento de todas las óperas... Riccardo (el tenor), gobernador de Boston, está enamorado en secreto de Amelia, esposa de su fiel amigo Renato (la soprano y el barítono). Al pobre Gobernador le crecen los enemigos, y hay unos malos muy malos que lo quieren matar. Riccardo tiene que firmar la orden de destierro de una bruja, Ulrica, pero antes de hacerlo, y no tanto para mostrar su magnanimidad sino para echar unas risas, decide visitarla disfrazado de pescador. La bruja pica, no adivina que es el gobernador, pero cuando lee la mano de Riccardo se asusta y tiembla... Vaticina que va a ser asesinado por un amigo. Concreta aún más, a los requerimientos de Riccardo, que lo matará el primero que lo salude dándole la mano. Riccardo se rie de la profecía, dado que la bruja no ha adivinado que es el gobernador, pero algunos de los conspiradores, que están en la escena, se asombran de que la bruja esté tan cerca de la verdad... Nadie quiere darle la mano al gobernador, por miedo a la profecía, y en eso que entra Renato, Riccardo piensa esta es la mía, y le da la mano: no hay problema, es su más leal amigo y servidor, jamás habría pendencia entre ambos, y menos un asesinato. ¡Ah! se me ha olvidado que previamente, Riccardo había sido testigo de cómo en secreto la bruja Ulrica ha aconsejado a Amelia unas hierbas que crecen bajo la horca para alejar un amor prohibido que ésta siente, y que no es otro que el gobernador. Amelia decide ir a buscar las hierbas esa misma noche pues está consumida por los remordimientos, y Riccardo promete seguirla, declararle su amor e impedir que tome las hierbas que acabarían con tal pasión. Y así llegamos al siguiente acto: en el tremendo paraje de la horca, Amelia busca los hierbajos aleja amores (¡quién los hubiera tenido!) y Riccardo aparece, cantando ambos uno de los dúos de amor más hermosos de la ópera italiana. De pronto llega Renato, marido de Amelia, para avisar a Riccardo que unos conspiradores andan buscándolo por la ciudad para matarlo y que se dirigen hacia allí (total que era un encuentro secreto, pero se ha enterado hasta el gato). Amelia se ha ocultado bajo un velo, y Riccardo decide huir, no sin antes hacer jurar a Renato que acompañará a esa mujer hasta la entrada de la ciudad, que no la mirará ni escuchará, que no indagará en quién es, y que cuando la deje a las entradas de la urbe se marchará dando un rodeo por otro camino... Renato jura, pero cuando está cumpliendo su cometido, es detenido por los conspiradores, que obligan a descubrirse a Amelia, dejando la vergüenza de Renato a la vista. Empieza el pandemonium: Renato se une a los conspiradores y decide matar a su mujer, a Riccardo, al apuntador, y a dos señoras que pasaban por allí y no tenían nada que ver ni con la ópera ni con Boston... Amelia se salva pues pide unas horas para poder despedirse de su hijo. Justo entonces el alegre matrimonio es invitado a un baile de disfraces en el palacio del gobernador (que vaya momento elige para hacer una fiesta, y además que gracioso invitando a un baile de disfraces de ahora para después, a ver quién encuentra disfraz en Boston tan deprisa). Ese es el momento que los conspiradores eligen para matar al titular de dicho palacio. El azar hace que el encargado de cumplir la tarea sea el propio Renato. Con algún que otro avatar de por medio, nos enteramos de que Riccardo, para no ser infiel a su amigo y caer en la tentación de tarle un toquecito por aquí, un toquecito por allá, a Amelia, decide enviarlo, junto con su ésta, a Inglaterra, ascendiéndolo además con honores. En el baile, Amelia, que ha descubierto los planes de asesinato, intenta prevenir a Riccardo, pero finalmente Renato lo pilla, y le asesta una cuchillada. Mientras muere, el gobernador confiesa que no ha habido infidelidad (lo que antes le había dicho ya su la soprano, pero está claro que a las mujeres no hay que hacerles caso cuando dicen esas cosas y que la palabra de un hombre, además moribundo, vale más en esto de la ópera), descubre su plan para enviarlos a Europa, y en su último acto como Gobernador, perdona a los conspiradores. Arrebatados de dolor, todos los presentes asisten a la muerte de Riccardo, que ha sido algo pendoncete, pero menos. Musicalmente está muy bien, muy verdiana, y las arias de todos los protagonistas son espectaculares. Si no la has escuchado, ya tardas. Versiones comerciales en cd, como Pavarotti y Freni (dudo con esta última, pero no tengo ganas de buscarlo), Di Stefano con Callas o la muy recomendable Carreras - Caballé (el tenor en estado de gracia, ella magnífica como siempre), serían recomendables. Tampoco desdeñemos a Domingo. Ni otras que circulan en vivo por esos mundos de dios. En cuanto a los participantes, empiezo por la señora que tienen más arriba, de nombre Elena Zaremba, mezzosoprano, que hace el muy grave papel de Ulrica, otrora confiado a contraltos (Marian Anderson, por ejemplo). Estuvo bien, con momentos titubeantes, un vibrato muy del este, una dicción algo confusa, pero una magnífica presencia escénica. Es muy mona, y lucía terrible sin embargo. Bien en la zona aguda, correcta en los graves, a veces problemas de volumen, pero tampoco tiene mucho tiempo de calentar la voz, todo sea dicho. Provocó una de las anécdotas de la noche: como ahora vamos a la ópera acojonados porque se nos ocurre aplaudir y empiezan los rectores de la etiqueta a mandar a callar (una moda como otra cualquiera, ahora no se aplaude durante la representación) pues las intervenciones de Ulrica no fueron celebradas pese a merecerlo; pero a medida que la noche avanzó el público perdió timidez y fue ovacionando otras intervenciones. Zaremba no salió a saludar al término de la representación, lo que yo creo fue debido a esta falta de sensibilidad del público con su magnífico trabajo. O eso o que tenía la tortilla enfriándose y esperarse más de hora y media para unos aplausos es demasiado tiempo. En todo caso, no fue bonito, no.

Esta chica es Alessandra Marianelli, que me asombró porque la anterior vez que la escuché me había dejado frío, además de que sospeché de alguna que otra trampilla en la emisión. No sé si hubo trampa o no, pero esta soprano hizo un excelente Óscar, con una buena afinación, mejor agilidad, e interpretación entregada. Óscar es un personaje que detesto, pero estuvo encantadoramente interpretado por Marianelli, un lujazo.


Lo más irregular de esta noche (o regular según se mire) fue Marco Vratogna, barítono, en el papel de Renato. Vamos a ver, es un sustituto, y ya está, no le demos más vueltas, y si en lugar de sustituto hace de segundo reparto y a veces de primero, es por los tiempos que corren. Pero engola, cubre en demasía, se estrangulan los agudos y a veces parece bulgaro porque no se le entiende nada de su lengua materna. Hizo lo que pudo. El primer aria un fiasco, y la segunda, mi tan querida Eri tu.. simplemente correcta con todas las reservas del mundo para un cover. El Renato inicial, Carlos Álvarez, canceló por enfermedad, y este cantante hizo lo que pudo en un papel que le viene enorme. Una pena. Escénicamente con cierta tendencia al marmolillo.

Una de las estrellas de la noche, Violeta Urmana, como Amelia. Estuvo maravillosa, cantó muy bien, con una enorme potencia. Uno, en su afán de perfección, pediría algo más de matices, un poco más de apianamiento de la voz, pero cuando se tiene esté océano vocal, pues debe costar un poco. Se ha puesto un poco cachorrona, lo que provocó un momento algo irónico en la puesta en escena (que se tapara con el velo y Renato no reconociera a su orondisima esposa disfrazada de tal forma de mesa camilla): con Caballé, que era el doble de la Urmana en cuanto a volumen, no habría habido esa ironía... No digo más, pero a buen entendedor... Violeta Urmana es una destacadísima cantante, de lo mejor del panorama internacional, pero a mí me resulta algo fría, y si quieres ser fría y cantar Verdi o te apellidas Tebaldi, o Sutherland, o Caballé (que no eran frías, pero si querían podían permitirse el lujo de serlo) o no te sale. Agudos perfectos, afinación correctísima, buena interpretación en general. Lo de la frialdad es problema mío, eso seguro, cualquiera que escuche a esta mujer disfrutará mucho, yo también, pero es que hay papeles que una vez pisados por las olímpicas de los 50, 60 y 70 no ha vuelto a crecer la hierba, y uno es nostálgico. Jopé, no quiero ser burro. Brava Violeta! que siga cantando mucho, por favor, que con lo que hay en estos momentos para elegir si encima nos falla ella la hemos jorobado. Maravillosa en sus dos arias, especialmente en Morrò, ma prima in grazia..!
El triunfador de la noche fue Marcelo Álvarez, tenor del cono sur, concretamente Argentina, con quien dicen que me parezco. Ojo, igual en el pasado, pero ahora él está demasiado gordo (Marcelo, haz dieta que no cuesta tanto y saldrías ganando en soltura escénica) y yo demasiado delgado. En fin, ¡qué decir! Una gozada verlo y escucharlo. Sólo una pega, por la que empiezo, que en las grandes escenas a mucho volumen se reserva demasiado, quedando su voz muy escondida en el conjunto, y uno hubiera querido que destacara ahí un poco más. Pero es muy poca crítica comparado con lo que nos ofreció. Matices, todos los del mundo, unos agudos rutilantes, con eso que los entendidos llaman squillo y que yo estoy convencido que es una chufla y que no existe (lo que pasa con los cantantes es lo siguiente: un violinista tiene mil recursos y figuras perfectamente definibles y repetibles con técnicas muy precisas, pero un cantante no tiene esas posibilidades, lo que hace que entre eruditos -dios nos libre de ellos- freelances, y cantantes orgullosos se hayan inventado toda una terminología técnica para definir cosas y establecer parámetros que muchas veces no son más que tontunas que no existen, pero quedan muy bien... a ti, que no ves el squillo por ninguna parte, te dejan con cara de besugo pensando lo insensible que eres, y da para una conversación de varias horas tan ricamente, el problema es cuando te dicen que el squillo es fundamental para que la voz corra por un teatro, pero que si no tienes squillo corre tambien... una memez). Álvarez convenció. Canto legato, fraseo inmaculado, dicción perfecta, lirismo, voz bella, virilidad, volumen adecuado con aquellos peros que puse al principio... Es uno de los mejores, a años luz de otros que parecen más mejores y que circulan por ahí... Lo tiene todo para hacernos disfrutar, con una zona media (lo que de verdad diferencia a los grandes cantantes) finísima, elegante y certera. Lo mejor de una gran noche.

Hubo otros intérpretes de papeles menores, como Borja Quizá como Silvano... El gallego ha ganado volumen desde que lo escuché en La Boheme en A Coruña, espero que de forma éticamente no reprobable, y su presencia escénica (alzas incluídas porque lo he tenido al lado y me llegaba a la cintura, así que tan alto como luce no es) ha mejorado, siendo ahora más viril. Por cierto que estaba aparcado a mi lado en el parking y su otrora encantadora sonrisa ha sido sustituida por un rictus de mala hostia importante.

La orquesta del Real llegó a estar correcta, y el plumbeo y aburrido López Cobos tuvo momentos importantes. A mí este señor no me gusta, creo que vino al Real en plan ya estoy mayor, unos añitos aquí en casa y luego me marcho, sin más algaradas. Nunca ha sido uno de los grandes, pero si fue un director correcto. Ahora sólo lo es en lo que le interesa. Mediocre su paso por el Real. Algunos lo defienden. La mediocridad siempre encuentra adeptos, sobre todo entre los semejantes. Yo no voy a llorar su marcha, aunque lo que venga sea peor, jamás caigo en eso. El coro también algo mejor que otras veces, así que un pequeño aplauso para su director, Peter Burian. Todo ello referido, eso sí, a la representación del lunes 13 de octubre. Si otras noches fue mejor o peor, servidor no tiene la culpa y no puede hablar de lo que no ha escuchado.

lunes, 6 de octubre de 2008

Jóvenes Arquitectos Españoles en La Arquería de Nuevos Ministerios... con trampa...


Esta vez sí que voy a ser breve, pese a lo que me criticáis algunos de los que os acercáis a leer este blog. He estado en esta exposición en la Arquería de Nuevos Ministerios de Madrid. Bueno, es irregular, hay cosas mejores, y cosas peores. En general, me dio la sensación de periodo de crisis, de un arte, la arquitectura, que no sabe muy bien dónde está ni a dónde va. Y cuando eso pasa ¿qué hay que hacer? Mirar atrás, y rebuscar en la tradición. Los sesenta, los cincuenta, Le Corbusier... Estos son algunos referentes que se me metían en la cabeza con la mayor parte de los proyectos que veía.

Es una muestra interesante, que nos dice que la arquitectura española está en un buen momento, con alguna mirada de interés hacia los Países Bajos, pero en general sabiendo algo de lo que quiere producir: edificios baratos y sostenibles, arquitectura funcional, formas de la sencillez.

Digo en el título de esta crónica que la exposición tiene trampa. Pues sí, porque no es una exposición de jóvenes arquitectos españoles, sino una exposición de jóvenes arquitectos que le gustan a Campo Baeza (arquitecto y profesor) y a sus amigos (hasta el comisario de la exposición, Aparicio, es su discípulo y amigo). El jurado internacional está plagado de amigos, seguidores y discípulos de Campo Baeza, y se nota en los edificios escogidos y en las personas que los firman (algunos de los cuáles también son discípulos o cercanos al brillante arquitecto con Estudio en Madrid). Es un grupo monocolor, y no cupo, creo yo, el debate.
Aparte de los arquitectos de línea estética y ética cercana a Campo Baeza, aparece algún que otro nombre extraño, quizás el precio que hay que pagar, quizás la devolución de un favor, quizás algo más raro todavía, o todo lo contrario. Uno de los casos más sangrantes es Izaskun Chinchilla, arquitecta que desde que acabó la carrera no se ha parado de ponderar (y ya hace años) y todavía no tiene nada de interés levantado. Ni un sólo proyecto que podamos presentar, salvo la reforma interior de su propio estudio, y algunos stands en exposiciones... Es decir, una porquería para lo que debe ser la actuación de un arquitecto. De resto, nada, ni una imagen, ni una pared, muchos proyectos y menciones, pero ninguna realidad. Y a esta chica la seleccionan en esta exposición con, como no, un proyecto, el de rehabilitación del Castillo de garcimuñoz. Se vende bien, eso sí, haciendo maquetas muy chics (ya no, la que está en esta exposición es vergonzosa, y me parece que alguien debería ver por qué se le ha dado a semejante enjendro dinero público para rehabilitar un edificio) donde emplea materiales de deshecho (vi la de su proyecto de fin de carrera en la sede de la revista Croquis, y había hasta medias viejas rotas (limpias, eso sí). La pregunta es, una chica que no tiene obra terminada, ¿qué pinta en esta exposición? La segunda es ¿qué padrinos tiene? La tercera ¿sabe ella que las jóvenes promesas en algún momento tienen que dejar de prometer y hacer algo?. Seguiré con atención la carrera de esra chica, de hecho llevo años siguiéndola, desde que vergonzosamente la incluyeran en otra exposición hace muchos años sobre la mesa del arquitecto... Espero, alguna vez, poder criticar, ya sea en positivo o en negativo, aunque sea una mísera pared levantada por ella...

... Al margen quedan grandes arquitectos jóvenes como Ecosistema 2000 (que le ganó a Chinchilla en el concurso para boulevard en Vallecas) y que serán los únicos representados en el Pabellón de Madrid de la Expo de Shangai... Estos chicos que están haciendo verdadera arquitectura interesante, ¿por qué no están?

No es que la expo no merezca la pena, no es que los arquitectos escogidos sean malos, es que no son una selección de lo que realmente hoy se está haciendo en España. Aquí os dejo una de las maquetas, no es la de Chinchilla, que aún era más patética. Ésta, por lo menos, es cachonda.

martes, 30 de septiembre de 2008

Hamlet en Toledo... Fiasco!


Me he estrenado en el coquetísimo Teatro de Rojas de Toledo, un joyerito que me ha encantado, vamos, una bombonera. No tengo ni idea de cuántas plazas tiene, pero es el teatro más pequeño en el que yo he estado, y debe andar por el mismo tamaño que el de Ourense, que tanto me gustó hace un año cuando lo pude visitar.

Dentro del ciclo de teatro clásico, que presenta interesantísimas obras, la pieza escogida para comenzar ha sido Hamlet, de William Shakespeare. La compañía Centro de Nuevas Creaciones firma una producción dirigida por Juan Diego Botto, con Dramaturgia de Borja Ortíz de Gondra y el mismo Juan Diego Botto. Por la razón que sea, en lugar de usar una traducción crítica actual, que las hay y muy buenas, se decantan por la firmada en el siglo XVIII por Leandro Fernández de Moratín. Se nota, le falto cierta exactitud.

Trataré de ser muy breve. La puesta en escena me gustó, pero resultaba algo anticuada: toda la escena en gris con la sola presencia de dos tronos al fondo y un contínuo juego con una sábana de seda que se utiliza para varias cosas. Bueno, está visto, pudieron haber picado algo más alto. En algún momento los personajes aparecían desordenados, sin un sentido claro del espacio, pero fueron los menos. EL diseño de producción, basado en una extrapolación del drama al siglo XIX, ya la conocemos, es más, es burdamente parecida en lo que a vestuario se refiere a la presentada por Kenneth Branagh para el cine, pero sin aquella voluptuosidad visual.

Los actores estuvieron irregulares. Ninguno de ellos es un gran especilista en teatro clásico inglés, y se nota. Lució por encima de todos Luis Hostalot como Polonio, realmente el más de teatro de todos, y con casi toda la parte joven pudimos aseverar que las nuevas generaciones de actores y actrices no se preocupan casi nada por dicción, vocalización, cadencia o proyección. Así pues me abstengo de nombrarlos a todos y hacerles críticas, algunos mejores, otros peores, en general irregulares. La jovencísima Marta Etura no estuvo bien del todo, hablaba demasiado deprisa, se atropellada, a veces perdía el texto, pero tiene algo... Con el tiempo despuntará, eso se nota. Tiene una buena presencia escénica y pese a que su Ofelia era más una niña malcriada que la heroína de Shakespeare, lo cierto es quen firmando una interpretación mediocre logró interesarme.
Nieve de Medina hizo una buena Gertrudis, con una hermosísima voz, que si bien no acaba de conseguir el tono adecuado a este tipo de obras, salió airosa. Lo mismo cabe predicar de José Coronado como Claudio. Tiene tablas y presencia escénica. Y en un teatro tan pequeño sabe que no necesita proyectar con demasiado esfuerzo, logrando a veces introspecciones que no puede repetir en un teatro de grandes dimensiones a no ser que la técnica se ponga a su servicio. Supo salir airoso.

Me hizo gracia el uso de un mismo actor para varios papeles, al más puro estilo del Siglo XVII.

Bueno, Juan Diego Botto. Este chico lleva años vendiéndose como eximio actor, y está muy lejos de ello. Su cadencia era monótona y espantosa, su proyección puros gritos descarnados, tiene un pequeñísimo repertorio de expresiones de las que abusa hasta la exasperación. No sabe recitar en verso, se pierde, la dicción es penosa, lucha contínuamente con su acento argentino y le sale algo parecido al gallego... Finalmente destacaba entre los demás no por lo que él querría, sino por estar absolutamente fuera de papel y de estilo. Su tono, a veces ridículo, hacía que el público rompiera a carcajadas en momentos muy dramáticos, como cuando rechaza a Ofelia con el conocido ¡Vete a un convento! (el público se rió a gusto). La escena en la que dialoga con el fantasma de su padre fue patética: el actor Jordi Dauder ha grabado la parte, sin necesidad de proyectar la voz. Frente a él, un Botto desgañitándose, a grito puro y casi doloroso, la entonación inexistente. Sus pausas carecen de sentido y no tienen nada que ver con lo que Shakespeare exige, eran a la buena de dios. Uno piensa ¿no tenía un director que lo centrara y frenara? No. Porque el director es él. A eso hay que sumarle una presencia escénica penosa al estar en un grado de delgadez que parece anorexia. Lo peor: olvidaba el texto una y otra vez, y se notaba, y el momento más poco disculpable, en medio del celebérrimo monólogo Ser o no Ser, cuyo resultado fue inenarrable, sin la más mínima emoción. Como dijo Dorothy Azner de Katharine Hepburn en una ocasión, Botto desplegó todo su repertorio de emociones, de la A a la B.

Shakespeare no merecía esto. Espero que si ya han presentado en Madrid, la crítica diga lo que este montaje se merece, aunque como muchos de los implicados, Botto por delante, forman parte del Equipo Médico Habitual (yo me entiendo) sospecho que leeremos grandes elogios. De hecho ya he repasado una en ABC del estreno en Almagro, y tiene la solvencia de cometer dos errores garrafales describiendo la obra y a los personajes... Así que como para creérsela entera... Al final 5 salidas a saludar (inmerecidas y artificiales) dos o tres miembros del público que se fueron durante la representación (yo no porque estaba con amigos y me daba algo de vergüenza dejarlos solos) y algún ocasional pateo, entre ovaciones intensas pero no excesivas.

Por cierto, Horacio es aquí negro... ¿Explicación? Correcto actor, sin embargo, quien lo encarnó, Emilio Buale.

domingo, 21 de septiembre de 2008

Toros: Definitivamente NO.

Me apetecía escribir esto. No voy a poner una sola foto de corridas de toros, no alimentaré el morbo ni sustentaré mis escasas palabras en imágenes sensacionalistas. En Canarias hay pocos toros, la verdad, y poca afición. Que yo recuerde, no ha habido corridas desde finales de los 60. Ahora, creo, están prohibidas por ley (la misma ley que permite las peleas de gallos por tradicionales). Así que siempre he tenido opiniones encontradas al respecto, y nunca he acabado de decantarme. Ahora vivo en un entorno muy taurino, pero muchísimo, incluso tengo alumnos y alumnas que dicen querer ser toreros y toreras. Y he empezado a vivir los toros, desde otro punto de vista. He visto toros embolados, he visto algún encierro, he visto vaquillas... Me falta, lo sé, una corrida, pero ya no quiero ir (hace tiempo sí pensé en hacerlo).
Algunos buenísimos amigos son muy taurinos, y tengo el caso de dos amigas íntimas que siendo de entrada antitaurinas, fueron a una corrida y se metieron en el tema, en lo mitológico, en el rito de la lucha contra la muerte o contra la barbarie, y ahora tienen sentimientos cruzados. Pero aunque pensé que a mí me podría pasar lo mismo, ya sé que no va a pasarme. Conozco todos los argumentos que se me van a dar, desde los del valor de la tradición, a los que intentan crear paradojas: comes carne, a los animales los matan en mataderos de forma tremenda y no te importa; son animales, nosotros seres humanos, no podemos compararnos; te interesas por el bienestar de los animales y luego eres pro-abortista; y un larguísimo etcétera.
A todo ello, desde mi pensamiento, respondo con un ¿y eso qué demonios tiene que ver? Como carne, claro. Mi fisiología animal me obliga, lo necesito para sobrevivir, como un león me comería si me viera. Hay una cadena alimentaria, una cadena trófica, y un orden ecológico. Cuando metemos mano en ese orden, malo del todo. Sí, a los animales no los tratan especialmente bien en los mataderos. Yo puedo pedir que la muerte de un animal para ser comido sea menos dolorosa, más rápida, y minimizando sufrimientos (fíjaos que no uso el término dignidad, pues aunque podría no quiero empezar ese debate, y realmente no me hace falta). Pero eso no significa que, porque como animales, me tiene que gustar torturarlos en público y divertirme con ello.
Tortura. Veamos qué dice el diccionario:
1. f. Grave dolor físico o psicológico infligido a alguien, con métodos y utensilios diversos, con el fin de obtener de él una confesión, o como medio de castigo.
2. f. Causar tormento.
3. f. Dolor o aflicción grande, o cosa que lo produce.
4. f. Desviación de lo recto, curvatura, oblicuidad, inclinación.
Evidentemente, aplicando con rigor el diccionario de la RAE, la posibilidad de llamar tortura a las corridas de toros queda en entredicho. A un toro no se le causa dolor para que dé una confesión. Pero sí se le causa tormento. Y sí se le produce dolor y aflicción grande... Y si el fin no es una confesión, sí lo es la diversión, la risotada, el disfrute, el placer, el morbo... Casi me parece más innoble, creo que habría que inventar otra palabra. No entiendo el causar dolor por diversión de ninguna forma, entendiendo que hay que matar animales y que los matamos. Entiendo la caza, es otra cosa, y el resultado de esa caza se come, alimenta, termina en un valor. Entiendo que matemos ratas, insectos, plagas, pues van en contra de nuestro desarrollo, de nuestra alimentación de nuestro bienestar. Pero no me entra en la cabeza por mucho que lo intento matar lo que sea por diversión, por elevada que ésta sea.
No me atrevo a llamar asesino a un torero, no lo es. Para un asesinato hace falta que el muerto sea un ser humano, seamos serios. No saquemos las cosas de quicio. Pero en general creo que los toreros tienen algo que no me acaba de gustar. Matar un animal no puede ser un acto glorioso, por favor, y desear matar animales tiene que estar motivado por algo no del todo sano.
Miro a mis perros, Mafi y Suerte, y los veo tan desvalidos, me necesitan tanto. Ni se les pasaría por la cabeza un acto violento. Mafi es durísima, sobreviviría a todo. Aún así, es débil. Sin mí no podría vivir, no sería nada. Vive por y para mí, es un acto de supremo egoismo tener una mascota, incluso aunque también sea un acto de amor.
Una vez vi una imagen de un cazador furtivo de tigres de bengala. El poderoso animal atrapado por una pata, extenuado tras horas de permanecer en la misma posición. Llega el cazador, pequeño, que no tendría nada que hacer en un combate cuerpo a cuerpo, y con un fusil lo mata de un tiro. La mirada de ese tigre, que no comprendía nada, y sobre todo, su debilidad, me dejaron muy impresionado.
Seamos serios: los animales son la parte más débil en su relación con nosotros. Sea el bicho que sea, por duro que sea, siempre ganaremos. No tienen ninguna posibilidad. Son como los niños o como los ancianos: débiles e inocentes, no pueden defenderse de lo que les hagamos. La lucha entre un toro y un hombre no es entre iguales, por mucha fuerza física que tenga el toro, no puede compararse a las posibilidades de superviviencia del torero. El hombre posee destreza, inteligencia, entrenamiento, conocimiento, agilidad... El toro sólo posee su instinto, muy depauperado además en una situación de tanto estrés como es una corrida (lo han sacado de su entorno natural, lo han metido en un camión, ha recorrido media España, ha estado encerrado en un chiquero o como se llame, luego lo sueltan a una plaza donde no oye más que gritos y un tipo lo acosa con una tela, y otros le clavan cosas en la espalda).
Una vez oí gemir a un toro, por televisión. Con las banderillas. No cuando lo mataron. Mi perra, Mafi no ha gemido nunca. Para que un animal gima realmente tiene que padecer. En su enfrentamiento con el torero, su posición es tan débil que resulta atronadora. Y la respuesta la tenemos en la estadística: ¿cuántos toreros mueren al año..? Pues algo hay de lo que digo. Son animales, nosotros seres humanos. Pues eso, en la propia formulación del argumento está la respuesta. Como seres humanos, deberíamos de desterrar el dolor gratuito de la existencia. Y quien diga que el dolor es bueno porque si no hacemos tonta a la sociedad, que me cuente cuánto dolor ha soportado desde niño... Porque eso me lo suelen decir personas muy acomodadas... Y sí, me intereso por el bienestar de los animales y soy estoy a favor de que se permita abortar (que no significa que soy abortista). Yo no abortaría, y creo que una mujer mayor y con una vida medianamente hecha no tiene justificación para el aborto... Pero vistas las barbaridades que se cometen, las muertes que había en el pasado por abortos clandestinos, los niños que aparecen en los cubos de la basura, las adolescencias tiradas por el retrete... El aborto me parece un mal menor de una sociedad enferma. El problema es que una corrida de toros también me parece de sociedad enferma, y no es un mal menor. El hecho mitológico... la sociedad cambia, los tiempos cambian... Las tradiciones no son un valor en sí mismo, hay tantas cosas que han desaparecido a lo largo de la historia... ¿Por qué justo esta debe permanecer? No, la tradición no es plastilina que a todo se adapta. Seamos serios, si una tradición que denigra a una mujer, por ejemplo, es mala (que lo es), no podemos usar el argumento de es una tradición, pues queda claro que todas las tradiciones no son buenas. Esta no tiene por qué serlo.
Lo peor de todo es que nunca he visto un pro taurino que argumente con sensatez y tranquilidad, que serenamente exponga sus ideas, o que respete a los que no piensen como él. Cada vez que hay un debate en televisión o en la radio, siempre veo lo mismo: desprecio total hacia el antitaurino, insultos, gritos, no dejar hablar... Joaquín Sabina, traidor a casi todo lo que ha sido, escribió un poema hace poco haciendo una lista con los personajes populares, populacheros, famosillos y realmente de altura que son taurinos. Ahora, los pro taurinos (que por cierto, se ha convertido en algo comodesuperizquierda¿sabes?) lo usan como manifiesto. La respuesta es ¿qué más da? ¿Hacemos la lista de los famosos antitaurinos? La encabezan S.M. La Reina y José Luis Rodríguez Zapatero... luego están muchos otros, como Forges, con quien encabezo este artículo. Pero los famosos dan igual. ¿Es la opinión de Serrat o de Hemmingway mejor que la mía? ¿Por qué? No entiendo nada.
Miro a mis perros, están echados en la cama. Pienso en que ahora yo, a quien conocen, los cojo con violencia y los meto en un cajón. Los transporto sin parar a refrescarlos durante 10 o 12 horas, haga frío o calor, al llegar a mi destino, los encierro en una habitación con muchos más perros, ya no me ven más. Luego los saco a un lugar donde todos gritan, les clavo una divisa. UN desconocido los provoca con un trapo, otro desconocido les clava cinco o seis tachuelas en la espalda, luego cojn un cuchillo de cocina les hago una buena herida en mitad del lomo... y sigo mareándolos mientras sangran, corren, se llenan de arena, se debilitan... Luego les clavan un buen punzón que les atraviese la médula y el corazón, y que debería matarlos en el acto. Pero, seamos serios, los toreros cada vez aciertan menos, y hay que hacerlo varias veces. Mientras agonizan, cinco o seis tipos los agobian con más trapos y más gritos... Sería un acto de absoluta crueldad, de tremenda deshumanización, aunque sea hacia animales. ¿Por qué a un toro nos parece otra cosa?
Junto con las corridas de toros, metan cualquier tradición que signifique dolor o muerte de cualquier animal, y me tendrán enfrente.
Lo peor de todo es que ni siquiera creo que los toreros, los apoderados, los ganaderos, hagan nada por el noble arte sino por dinero, sólo por dinero, en un negocio que da pingües beneficios. Fueron a Europa no a convencer a nadie de que los toros molan, sino a pedir dinero, a mantener un negocio que sin ayudas y subvenciones no existe. Que se mueve en cifras irreales y falsas. Fue un acto vergonzoso, en el que se pedía que aflojáramos todos la pasta para mantener los cortijos y los yates. Ya es suficiente con mantener la fortuna de la Duquesa de Alba o de Mario Conde gracias a las subvenciones europeas (que salen de... ¿dónde?), encima mantener el chiringuito de Mihura, de Jesulín o de Francisco Rivera, o el neurótico de José Tomás, tiene delito. Yo sin llegar a fin de mes y pagando a esos señores su invento. De una vez por todas: si no diera esos rendimientos, no habría toros, y daría lo mismo. Quítenle el dinero, y quizás empiece a creérmelo.
Sólo hay un argumento que es difícil de responder: si no hubiera corridas de toros no habría toros... Bueno, tremenda cuestión. No sé si es cierto, tampoco tengo claro que el argumento sea válido. Me parece un poco fascista, y si lo humanizo pone los pelos de punta, pues justificaría hasta a Pol Pot. Necesita mucha reflexión este argumento, yo aún no le he dedicado el suficiente. Sólo sé que en un mundo cada vez más loco, deshumanizado, y terriblemente cruel, eliminar algo de crueldad no me parece una bagatela. Casi es nuestra superviviencia. En el apartado de links de interés os dejo una de una asociación de veterinarios antitaurinos. Que los hay.