Según blogger, nos han visitado todas estas personas

sábado, 31 de enero de 2009

Ser amigos, tener amigos

Cuando pasan las cosas, incluso cuando vuelven a pasar, todos los caminos te llevan a los mismos sitios. No por saber que sucederían, ni por intuirlo, ni por conocidas, las mismas vivencias dejan de tener los mismos efectos, buenos, malos, anodinos, mejores, peores, devastadores. Cuando apenas se tiene familia, cuando tu familia son dos personas, y además están lejos, empiezas a darte cuenta de a quien recurres, de quien existe o está dibujado en tu vida cuando esas cosas ocurren. Más cuando eres un ser hermético, que enseñas exactamente no ya lo que quieres, ni siquiera lo que debes, acaso incluso lo que puedes, sino lo que algo, que no sabes que es, te permite enseñar. Surgen, siempre, los amigos, para estar, para disfrutar, para reir, para vivir, y a veces, de tanto en tanto, para sujetarte la espalda cuando vas a llorar, o quieres estar triste, un rato. Amigos que sólo con mostrarse a tu lado te reconfortan, y no hace falta nada más. No sé si soy muy buen amigo de mis amigos, mi desapego, mi inoperancia, a veces, mis castraciones, mis indulgencias... Pero creo saber estar como hay que estar y cuando hay que estar. Aunque no tanto como ellos, ese puñado, esos cuatro o cinco que me miran y me hacen sentir que estoy aquí, que no pierdo los cimientos, y que la vida sigue, y que merece la pena vivirla, porque no nos queda otra, y porque la alternativa es, definitivamente, una porquería. Ayer, una vez más, tomando un te, paseando por la noche por la calle Fernando el Católico, comiendo en un vegetariano, se dibujó esa esperanza de que siempre habrá alguien.

miércoles, 28 de enero de 2009

Ben Heppner en el Real: Maravilloso tenor.

El segundo concierto que vi y escuché esta semana, también en el Real, fue excepcional. Lamento decir que iba sin ganas a escuchar al tenor canadiense Ben Heppner, dado que la última vez que actuó en Madrid tuvo que marcharse a la mitad del concierto y su estado vocal era tremendamente malo, y así me lo transmitió un buen amigo al que quiero mucho. Total: me compré una entrada barata, y allá que me fui. Debo decir que me alegro de haber ido, pese a mis dudas, y que Heppner es uno de los mejores tenores de la actualidad. No es el de hace años, nadie es el de hace años. Su fraseo, su dicción, su vocalidad, su línea melódica, es excepcional, y el dominio técnico bastante bueno, Tuvo dos errores, una pérdida puntual de voz en Lohengrin y una pérdida de memoria en Fidelio pero de resto, iba bastante acertado. Algún idiota, porque no se le puede llamar de otro modo, ha escrito por esos foros de dios que estrangulaba en la zona de paso al agudo… En fin, los hay que por opinar son capaces de vender a su madre, porque no se escuchó nada de eso. El mismo idiota dijo que los bravos fueron intencionados, insinuando que una claque oculta estaba allí para que la cosa fuera más exitosa de lo que fue. Pues un servidor braveó desde el principio, disfruté mucho, y no me considero claque. La manía de desmerecer y de juzgar es lo que algunos confunden con comentar una actuación: si no destrozan no se quedan tranquilos, si no destrozan creen que parece que no saben, y finalmente, como en realidad no saben (porque este no tiene ni puta idea de lo que habla) pues queda como lo que es, un pobre bobo ignorante. ¿Ven por qué no debo leer las chorradas que se escriben por ahí? Porque no soporto la ignorancia. Perdón: el atrevimiento de la ignorancia. Ese es el bobo que me quitó las ganas de hablar de la Kavanoba, pero ahora no me joroba el placer de ponderar a Heppner. Personalmente, con Heppner, disfruté mucho, especialmente su Sigmund, de los mejores que he escuchado nunca. Correcto como Tristán, maravilloso como Lohengrin, excepcional como Max. Si pueden escuchar a este tenor, por favor, vayan a escucharlo (y olvídense de lo que los bobos, yo incluido, escriben en internet).La orquesta del Real, infumable. Eric Hull, el director, hizo lo que pudo, a veces consiguió cosas, pero tantos años bajo la plúmbea batuta de López Cobos hace la aventura de dirigir a esta formación un amargo cáliz. Que es López Cobos el que ha hundido la orquesta, y no al revés, y el que no se quiera enterar, que siga en su mundo de ignorancia. Menos mal que me encontré con otros amigos, apasionados y cultos, como Jorge, como Javier, como Rafa, que sí saben lo que escuchan y sí saben lo que dicen... ¡Gracias chicos!
Un video para que disfruten del tenor:

Valerie Gergiev en el Teatro Real

He ido últimamente a óperas y conciertos, pero me había abstenido de comentar nada, sobre todo porque después de Katia Kavanoba en el Teatro Real de Madrid, que disfruté enormemente, leí tal sarta de disparates en la prensa seria y en los foros, que llegué a la conclusión de que yo estaba tan equivocado y loco que no merecía la pena decir nada. Si por leer, he leído que la Kavanoba es tardorromántica y tan verista como Pagliacci… Después de leer tamañas tonterías, tamaños disparates, tamañas ignorantadas intelectuales sin la más mínima argumentación, no sé qué me puede quedar por decir o hacer a mí… En fin, que este blog no es para criticar lo que se dice por ahí, pero hay veces que no puedo sustraerme, con lo cual decidí descansar unos días antes de ponerme a hacer sangre con opiniones de personas que, por otro lado, ni me van ni me vienen. Pero regreso por mis fueros, y regreso con dos conciertos que la semana pasada vi en el mismo Teatro Real de Madrid. El primero, irregular y extraño, aunque disfrutable enormemente: Valery Gergiev, dirigiendo la Orquesta del Teatro Mariinsky, presentó Oedipus Rex y El Ruiseñor de Stravinsky. Una oportunidad para escuchar estas obras en el Real, y además disfrutar de Stravinsky, sin tener que soportar a María Bayo, a la que he decidido que nunca más, porque me resulta del todo inaguantable. Aquí tenemos al compositor en una foto peculiar.
Fue irregular por los solistas, que también lo eran del Teatro Mariinsky, y que no estuvieron del todo a la altura de las circunstancias. El tenor Aleksandr Timchenko, que interpretó a Edipo, merecía que le arrancaran los ojos, como a su personaje, y de rebote dos o tres cuerdas vocales. Yocasta, Olga Savova, no iba mucho mejor. Cantando en latín son infumables, todos, con unas “eses” y una pronunciación en general muy poco trabajada. No acabo de entender por qué la narración se optó por hacerla en el ruso original, dado que ni es en poesía ni tiene mayor importancia salvo la dramática, y desde luego, escucharla en ruso y con una entonación monocorde no ayuda a aumentar la tensión del público. Claro, en el Teatro Mariinsky, cuyo escenario vemos en esta foto, se notará menos, pero en Madrid se nota mucho...Y, claro, los espectadores respondieron con calidez pero no excesivamente entusiasmados, y eso que la dirección de Gergiev había sido matizadísima, de una enorme belleza e intimismo, y muy parca en gestos y ampulosidad. ¡Qué gusto da escuchar a un gran director en el Real! Eso sólo sucede cuando viene alguien de fuera, porque el de la casa… ¡Esto si es una orquesta!La segunda parte del concierto fue El Ruiseñor, obra que si bien estuvo perceptiblemente mejor interpretada, sin embargo es un pequeño aburrimiento. La soprano titular, Olga Trifonova (estos rusos tienen los nombres para que yo me esguince los dedos al escribirlos), estuvo bien, todo lo coloratura que puede ser una rusa. Claro, uno escucha a Natalie Dessey en esto y queda encantado, porque con ese tipo de soprano la coloratura deviene el cómo y el por qué. Pero cuando la soprano tiene la agilidad justa, se puede sentir que la partitura no da más de sí. Al terminar, un poco más braveado, sospecho que Gergiev se sentía poco acogido por el Real, porque hizo algo extrañísimo: de propia, de bis, atacó casi tres cuartas partes de El pájaro de Fuego, también de Stravinsky… Maravillosamente. Fue lo mejor del concierto, cuando se vio liberado de esos solistas vocales tan mediocres, y nos pudo demostrar quién es él, y quién es su orquesta. Impresionantes todos y cada uno de los instrumentos, y una dirección con un brío y una fuerza que se escuchan raras veces en el Real. Ese sonido mereció la pena del viaje… ¡Y era un bis! Terminó el concierto con una pieza más corta, debida a un compositor que Gergiev presentó como “Maestro de Stravinsky” pero del que nadie logró entender el nombre (Stravinsky estudió con Rimsky Korsakov, pero desde luego no fue ese el nombre, ni la pieza parecía de ese estilo). Casi todos hubiéramos preferido que esas hubieran sido las obras principales del concierto, y las dos óperas los bises. En fin, un video para no perder las costumbres...

lunes, 12 de enero de 2009

Esto no va a volver a repetirse, así que disfrutemos y escuchemos...

He preparado una entrada con más de 80 minutos de música, espero que os guste, una de esas con mucho que ver y escuchar, saltaros el texto si queréis. La base es el regalo que un usuario de youtube nos ha hecho, dedicándole mucho tiempo y sensibilidad. Un auténtico erudito, aunque yo le vaya a discutir alguna cosa (yo no sería yo...). Además como estoy con faringitis aguda, mola poder hacer algo así. El regalo nos lo hace Stecca, que así es el sobrenombre del usuario de youtube, un italiano, como dije antes, muy culto musicalmente. Hace 8 vídeos formidables titulados "Il soprani nel dopoguerra" que son una auténtica delicia, diferenciadas en grupos que pueden ser discutibles, pero casi todas ellas fabulosas. Son en realidad 3 grandes grupos generacionales de cantantes que no se van a repetir, porque vistos los tiempos que corren, ya sabemos lo que hay... Hay una ausencia clamorosa, que es Victoria de los Ángeles, absolutamente imperdonable, y también se echa de menos a algunas grandes wagnerianas... Pero habrá que perdonarlo. Por otro lado, a partir de los años 70, la cosa decae, y la selección se hace más dudosa... pero como a mí, en realidad, estos vídeos me encantan hasta el 5, con una sola discusión, pues da lo mismo. En fin, comencemos. El primer vídeo está dedicado a las grandes sopranos anteriores a Callas. ¿Qué podemos ver? Excepcionales sopranos que cantan y actúan, que poseen una depurada técnica, y que se comprometen con lo que están haciendo... Pero... ¿eso no fue cosa de Callas..? ¿Y entonces estas señora..? jejejeje... es una cuña que tenía que meter... Son Eleanor Steber, Magda Olivero, Kirsten Flagstad y Renata Tebaldi... Ahí es nada...



Estas señoras sabían cantar como nadie, no puede negarse. Tampoco las que vienen ahora, las olímpicas, las reinas, las que han sido, por mucho, consideradas grandes entre las grandes, primme donne assolutte... Empieza Maria Callas, quizás la soprano más importante (que no por ello la mejor) del siglo XX. Tuvo suerte, y una vida desgraciada, terrible... Sigue la maravillosa Joan Sutherland, con esa voz tan característica, que nos enamoró a todos, que se pasó cincuenta años cantando en italiano y no aprendió una palabra de ese idioma, a la que cuesta a veces entender, pero que respira música por todos sus poros... Luego, Leyla Gencer, una soprano excepcional con mala suerte... ¿por qué lo digo? Porque por carecer de la presencia mediática de otras, y aunque hoy los aficionados la veneran como la veneraron en los 60, las casas discográficas la aparcaron inexplicablemente. Una de las más grandes cantantes de la historia, pero primero la arrasó el vendaval Callas, luego, cuando se recuperaba, apareció la curiosidad Sutherland... y para cuando por fin podía hacerse un lugar como absoluta dominadora en los roles de Donizetti y Bellini, surge aplastante Montserrat Caballé... Leyla Gencer quedó arrinconada para los medios de comunicación, y fue una enorme injusticia. Termina este vídeo la que es posiblemente la soprano más arriesgada, técnicamente más brillante y musicalmente más versatil del siglo XX, Montserrat Caballé, atención a su vídeo... Son La Divina, La Stupenda, La Sultana y La Superba... todas englobadas como "Grandes del Belcanto", aunque el vídeo de Gencer sea Aida, que nada tiene que ver con el belcanto pero... Algo así, cuatro (¿3?) mujeres de este calibre no volverán a aparecer jamás en la historia de la ópera.

En el vídeo 3, con el rótulo de "Escuela Italiana" tenemos a dos grandes entre las grandes, Renata Scotto, a quien no ayudaba su fibrilante agudo (atención a este dúo con Bergonzi), y Mirella Freni, quizás la Mimí ideal, siempre maravillosa en todo. Crecieron a la sombra de Caballé, y sin embargo supieron hacerse un sitio... Luego, como "Escuela Alemana", comienza Elisabeth Schwarkopf... ella y Victoria de los Ángeles, lo diré siempre, son perfectas, no ha habido cantantes más impecables en la historia de la lírica. Absolutamente entregadas, no eran sopranos de grandes algaradas, agudos o demostraciones de fuerza, simplemente cantaban con sensibilidad y una fuerte carga intelectual lo que estaba ante sus manos... Termina el video Birgitt Nilsson... desgraciadamente con un corte de Turandot cuando su verdadera creación es Isolda pero... ¿Alguien ha escuchado alguna vez una voz más poderosa y electrizante?

Comienza el vídeo 4 con dos sopranos de la "Escuela norteamericana" que, desde sus diferentes perspectivas, constituyen un capítulo propio en la historia del canto. La primera, Beberly Sills, para quien, junto a Roberta Peters, también olvidada en estos vídeos, se impuso el adjetivo de "divette"... Luego, la verdiana por excelencia, Leontyne Price, en vivo y en directo, ahí queda eso... Siguen dos cantantes que el autor considera híbridas, es decir a caballo entre soprano y mezzo... Grace Bumbry, qué feita ella pero qué pedazo de cantante, y que demuestra que está a caballo entre las dos cuerdas aunque ese final del aria le queda algo feo; luego viene y Shirley Verret, posiblemente la única y verdadera actriz cantante que ha existido... Lo siento por María Callas... pero es verdad.

En el vídeo 5, terminan las híbridas con la irrepetible, irreductible, intransigente y espectacular Jessie Norman, la gran soprano americana, que tuvo un nivel de autoexigencia elevadísimo y siempre al primer nivel. Entonces empieza un grupo que yo no acabo de comprender, en cuanto a su clasificación, pues Stecca lo denomina "El comienzo de las voces suaves" o "blandas", como queramos traducir "morbida". Bueno, quizás se refiere a una grupo de soprano con un volumen no especialmente amplio, que se regodean más en otras líneas de canto. Claro que comienza el grupo con una soprano que a mí nunca me ha gustado, y que si pudiera decirlo diría que era una auténtica pedorra (ah! la maravilla de escribir para ti), y era Katia Ricciarelli, que creo que está aquí sólo por razones de chovinismo italiano (como otra más adelante). Le sigue, eso sí es una soprano, Margaret Price, que vaya que era feucha y gordota, pero qué línea de canto más maravillosa. Termina el grupo Kiri Te Kanawa, quizás la última gran diva de la ópera... Entonces comienza un grupo que Stecca denonima "La Estirpe de la coloratura", con la inagotable (y agotadora) Edita Gruberova... En fin, que a partir de este vídeo, la cosa decae... La gran generación de cantantes, quizás, acabó justo aquí.

EL vídeo 6 continúa con la estirpe de las coloraturas, y es de nuevo irregular. Empieza Lella Cuberli... un pelo amplificada en este corte, buena soprano, mal editada en disco, pero que no me llena. Luego un clamoroso, para mí, error de Stecca, que es Luciana Serra. Nunca soporté a esta soprano, y la tengo por ahí en un vídeo, con Alfredo Kraus, que si cuando terminan el dúo don Alfredo saca una pistola y la mata el teatro se habría venido abajo y no habría habido nadie que pusiera objeciones. Magnífica, años después, Reina de la Noche, sus agudos, demasiado punzantes, me resultan malos para el estómago... Luego, un salto generacional, aparece la gran Mariella Devia... Claro, cuando Stecca se mete en estas cosas, uno dice "pues vale, si está la Devia nos faltan..." pero nos metemos en un lío. Devia es la gran belcantista de la actualidad. Un dato, nadie cantó, desde que Montserrat Caballé lo hiciera allí por última vez, la Casta Diva de Norma en La Scala de Milán, hasta que Mariella Devia se atrevió... y había pasado más de una década, o dos... Continúa el grupo una de las escasas grandes sopranos de la actualidad, próxima a meterse un batacazo llamado La Traviata... Natalie Dessey, en una escena que le va como anillo al dedo. ¡Qué fabulosa cantante! Montserrat Caballé la adora. No sigas con La Traviata, Natalie, ¡por dios! que no te hace falta.

El vídeo 7 presenta el más raro de los grupos, pues da saltos en el tiempo. Creo que Stecca debió dejarlo en los finales de los 80. En fin, siguen las coloraturas. June Anderson, que se convirtió en estrella también sustituyendo en el último minuto a Montserrat Caballé en Nueva York, cuando esta tuvo los primeros síntomas de un cáncer cerebral. Era espléndida, pero no llegó a dos décadas de carrera al primer nivel. Continúa una soprano de carrera escasa e ingrata, pese a su bella voz, Cecilia Gasdia, que saltó al primer plano internacional, sobre todo, al ser la sustituta de Montserrat Caballé en la Scala de Milán cuando ésta tuvo que cancelar unas aciagas Anna Bolenna de Donizetti. Entra entonces Stecca en un procesolo grupo al que denomina "Dramáticas". Creo que por el afán de clasificar, la cosa ha quedado un poco rara. Son Elena Soliotis, Ghena Dimitrova y Eva Marton... Aguerridas mujeres de carreras basadas en papeles duros y poderosos.

Y para terminar, el vídeo 8. Como "La generación del lirismo" o de las líricas, como se quiera, identifica Stecca a Cheryll Studer y Rene Fleming. Ambas sopranos tienen un referente común, que es Montserrat Caballé, para la bueno y para lo malo. La primera, no era mala cantante, pero decidió que podía cantar lo mismo que Montserrat había cantado. Claro que Montserrat empezó con Mimì y acabó con Isolda, en un tramo de 40 años... Cheryll Studer decidió hacerlo en 7 años... Solución, se destrozó la voz... Luego, Rene Fleming, la mejor, posiblemente, soprano de la actualidad. Quién ponga en duda mi afirmación de su deuda con Caballé, de que es una soprano que ha seguido la línea marcada por la catalana, que se escuche esta grabación de la Louise de Charpentier, y luego la compare con las magníficas grabaciones de Montserrat... Ahí están las dos... Fleming nunca ha negado su deuda con Caballé, ni con Victoria de los Ángeles. Y termina el vídeo, y la serie, con 3 sopranos a quien Stecca denomina "Naturalistas", Raina Kabaibanska, siempre un poco salida de madre para mi gusto pero maravillosa en escena; y sendos brindis al sol: Daniela Dessi y Fiorenza Cedolins. Dos introducciones, para mí, debidas al chovinismo italiano. La Dessi, vale, de nivel pero irregular. Ahora bien, Fiorenza Cedolins... Para mí es un tormento. Renata Tebaldi dijo un día que para cierto repertorio (La Gioconda, por ejemplo) con gritar un poco y poner cara melodramática lo tenías solucionado. Cedolins se lo cree, pero lo aplica a todo lo que canta. Es insufrible, grita como una posesa, y desafina como tres... son dos cualidades que, para mí, la alejan totalmente de esta amplia selección. No debía estar aquí. Porque además, si llegamos a esta frontera de la actualidad, Stecca olvida a algunas (y no me refiero ni a Gheorgiu ni a Netrebko), como por ejemplo la llamada a convertirse en la gran soprano de su generación, del primer tercio de este siglo, Cristina Gallardo Domas.
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Así que para solucionar esa injusticia, aquí va mi querida y admirada Cristina Gallardo Domas, a quien me une un genuino afecto como espectador. Atención a esta Butterfly. por cierto, dirigía (¿?) Plácido Domingo...

Espero que lo hayais disfrutado mucho!

miércoles, 7 de enero de 2009

Recomendando lecturas: Retorno a Brideshead, la alegre decadencia del engaño.

Me pide un buen amigo que haga una crónica con mi opinión acerca de la novela Retorno a Brideshead de Evelyn Waugh, escritor británico que vive entre 1903 y 1966. Un pillo, Waugh, me la dio con queso, luego describiré por qué. Creo que a veces mis amigos ven en mí más aptitudes intelectuales que yo mismo, y estoy casi convencido de que ven más de las que hay, sólo así se entiende la amabilidad y persistencia de Quino en que haga esta reseña. Bueno, soy de los pocos, poquísimos, que no vio nunca la serie de televisión basada –ahora sé que filológicamente– en esta novela. Tampoco leí el libro en su día, aunque me seducía la idea. Debí leerlo hace años, me hubiera gustado más, estoy casi seguro. Por supuesto que lo que escribo en este blog nunca es pontifical, bien al contrario sólo es mi opinión. Una vez leí una definición de la voz de Montserrat Caballé que me gustó mucho: es una perla exquisita y perfecta deslizándose por un suave paño de fino terciopelo. Vale, esta novela es exactamente eso… con un pero… La perla está ajada y vieja, ha recibido golpes y se ha mellado, no llega a ser un aljofar, pero ya no es una esfera perfecta. El paño de terciopelo se ha apolillado, tiene claros y agujeros, no es de muy buena calidad, e incluso se ha resecado y podrido por parte. En esas condiciones, el discurrir de la perla es de todo menos placentero y continuo, más bien tortuoso e irregular, con interrupciones que hay que superar con brucos empujones… Toda esta cursi boutade me sirve para decir que Retorno a Brideshead es una excelentísima historia, una historia magnífica, brillante, excepcional, en manos de un escritor de oficio. Waugh no es un escritor mediocre, pero tampoco es excepcional. Su carrera, como de tapetito –expresión que usaba Fernando Rey para hablar de la suya– lo parece demostrar. Famoso en su generación, hoy muchas de sus obras han caído en el olvido, incluso no se encuentran editadas, y sobrevive esta principalmente. Pero la potencia de la historia es tal que se sobrepone incluso a su propio escritor, y brilla por encima de éste. Uno se pregunta que habría sido de esta historia en manos de un maestro de la escritura. Logra superar al autor, ponerse por encima, y al final Waugh casi es el impedimento que te impide ver todos los matices o ir todo lo rápido que querrías. Algunos ejemplos de cosas que echo en falta: los protagonistas pasan un verano en Venecia, el primero para Charles Ryder, y es despachado en dos páginas, sin casi alusión a la huella que ese escenario tendría que dejar en el alma del joven pintor. Lo mismo con París, con Tánger… Ryder pasa dos años perdido entre América del Sur y África y no hay ni una alusión a las impresiones que pueden generarse en cualquier espíritu. Más bien, Ryder parece pasar por todo ello con cierta limpieza, impoluto, a dos palmos del suelo… tremendamente británico. Waugh sólo tiene interés en dos elementos, y los explota machaconamente, haciendo que todo lo demás pase alrededor de los personajes como un vano escenario. En la serie de televisión, que estoy viendo en estos días y de la que ya hablaré –cuando cojo un tema lo agoto– esta lejanía hacia lo que no sea el objeto mismo de la historia se supera, y al fin vemos a un Ryder extasiado en San Marcos. El exceso de sofisticación es algo que también me carga, pero Waugh lo explica perfectamente en su prólogo, y hay que aceptárselo en tanto es un mito, un paraíso perdido más con un estilo arcadiano o edad de oro perdida que a lo miltoniano. Asume Waugh que es cargante, pero también que es exactamente así como lo quiere, y como lo asume el lector. Al final, parece un relato que le da la vuelta a Voltaire, como si fuera un calcetín, lo cual dice mucho del autor al que sin embargo no acabó de cuajarle la idea. La homosexualidad ¿latente? de los personajes principales es una de las razones del éxito actual de la novela y de que no haya sección gay de librería en el mundo, o librería gay en sí misma, que no la tenga en sus anaqueles. A mí me parece un poco excusa. Un guiño de Waugh, que intenta hacernos creer que Charles o Sebastian son íntimos amigos a la manera inglesa, arcadianos jóvenes en los que el profundo amor es simplemente espiritual, y que no hay nada físico entre ellos. Pareciera que sí, que se quiere dar a Sebastian esta categoría homosexual, sobre todo en su relación con el bruto alemán Kurtz, pero el propio Waugh hace que Ryder diserte sobre eso, y llegue a la conclusión de que no hay nada de vicioso (sic) en ese comportamiento. Bueno, allí estuvo al quite Foster con Maurice para poner las cosas en su sitio: el coqueteo con la homosexualidad de los jóvenes cachorros británicos victorianos y post victorianos es un hecho, y por mucho que Waugh quiera enmascararlo de otra cosa, hoy, que nos gusta mucho más hacer outing y llamar a las cosas como hay que llamarlas, no cuela. A lo mejor es porque son tristes los tiempos que corren y no podemos admitir ese tipo de intensa relación sin pensar en la sexualidad, a lo mejor porque realmente todo es un eufemismo, y Charles y Sebastian serían tremendamente felices si se fueran a la cama. Pero Waugh, viejo bribón, esconde el secreto hasta las últimas 30 páginas. Y por mucho que leí su biografía, donde estaba la clave, yo, que ando muy espeso, de ahí mi perplejidad porque Quino insista tanto en que comente esta novela, no caí hasta que lo tuve delante de mis narices. El hecho religioso esta onerosamente presente en toda la novela. Con esa flema británica protestante tan marcada, pues la actitud de Ryder, siempre crítica con el catolicismo, parecía ser la única razón de que ese tema estuviera ahí. Eso y que realmente nos creíamos que los vicios y problemas de la familia Flyte (los Brideshead, los Marchmain… ¡qué lío los apellidos ingleses y los títulos nobiliarios!) son indefectiblemente debidos a su catolicismo. Es en los últimos dos capítulos cuando descubrimos que realmente la religión es el tema del libro. El hecho religioso, las relaciones religiosas, y sobre todo la grandeza del catolicismo (algo menos intenso que Chauteaubriand, pero ahí está). El catolicismo será indulgente con los últimos años de Sebastian, al cuidado de unos frailes en Marruecos… El catolicismo es lo que romperá la unión entre Julia y Charles. El catolicismo da la paz a Lord Marchmain, que en un último acto de fe acepta la extremaunción. Charles se arrodilla finalmente para pedir que esa misma extremaunción, en la que no cree, no se convierta en un espectáculo vano e hipócrita. Es la vela encendida que informa de la presencia del santísimo en el sagrario, y lo glorifica, de la capilla de Brideshead lo que conforta, finalmente, a Charles, y lo que, en su vida acabada, parece darle una razón de vivir. Sí, en el último párrafo, Charles Ryder nos informa de que su pasado anticristiano, anticatólico, es ahora sólo un recuerdo, y que sólo en la fe ha encontrado una razón para existir, en su retorno a Brideshead… Al releer la biografía de Waugh, una vez más, me doy cuenta de que la clave estaba delante de mis narices y no había caído, porque había pasado por el dato casi tan de puntillas como quien redactó la breve semblanza: Evelyn Waugh se convirtió al catolicismo en 1930, y dedicó enormes esfuerzos en escribir la biografía del mártir jesuita Edmund Champion. Al final, todas las puyas, los ataques y las despectivas líneas dedicadas al catolicismo no eran más que el lustre con el que éste brillaría al final de la novela. La frase del primo Jasper "Cuidado con los anglocatólicos, son todos sodomitas con desagradable acento" se torna al final una divertida paradoja, que unifica los dos temas, el real y el sutil, de la novela: religión versus homosexualidad. No podía ser de otra manera. La pureza en los sentimientos de Sebastian hacia Charles, o de Charles hacia Sebastian, se convierte, entonces, en reivindicación fervorosa. A nosotros nos corresponde decidir con qué nos quedamos. Además, las ediciones españolas han obviado el subtitulo con que la novela se presentó en su primera edición inglesa: A sacred & profane Memories of Captain Charles Ryder. Un apunte más, sobre la traducción de Caroline Phipps… No es mala, pero tampoco buena. Peca de erudita, con notas a pie de página que no sólo no ayudan sino que significan menosprecio del lector y su capacidad intelectual, y a veces cae en errores. Lo echaron a Mercurio no es lo mismo que Lo echaron de Mercurio. La edición, de Argos Vergara, es antigua, supongo que no existirá ya en las librerías, pero a veces tiene demasiados errores de impresión, eso que se llamaba duendes de las linotipias. Yo probaría con una buena edición actual y a ser posible, si existe, otra traducción. Ahora Quino que se moje.

lunes, 5 de enero de 2009

Recomendando libros: Los hombres del Triángulo Rosa. Memoria de la barbarie

Hans Neumann es un escritor austriaco que firma bajo el pseudónimo de Heinz Heger. Es interesante lo de la nacionalidad porque los de La Casa del Libro no se han enterado y lo tiene clasificado como literatura francesa… En fin. Este escritor y documentalista conoció en los años sesenta a un homosexual que presenta con el sobrenombre de Joseph K. (un guiño a Kafka), y que vivió el horror de los campos de concentración nazi, del que Neumann escribe una biografía autorizada. Se titula Los hombres del triángulo rosa, Memorias de un homosexual en los campos de concentración nazi. El triángulo rosa es el distintivo que en la solapa y en una pernera del pantalón debían llevar los homosexuales en la Alemania de Hitler, así como en los territorios ocupados. Durante la barbarie que la Alemania Nacionalsocialista generó en Europa en los años 30 y 40, los homosexuales fueron, junto con los judíos y los gitanos, los que más sufrieron la descerebrada acción del terror. Sé que me van a entender, si leen esto como quiero expresarlo exactamente, si además añado que quizás los homosexuales fueron aún peor parados. ¿Por qué? Entre los propios detenidos en los campos, los homosexuales eran los parias, y todos, absolutamente todos, se sentían con derecho a maltratarlos y humillarlos. Encima, terminada la guerra, los pocos que habían sobrevivido no tuvieron derecho a reparación alguna, y ha sido exclusivamente desde la década de los 80 que se ha empezado, poco a poco, a recuperar su memoria, homenajearlos, y entregarles las pensiones que les correspondían. ¿Por qué? Porque eran homosexuales, un delito en Alemania y en la mayor parte de Europa cuando acabó la guerra. De alguna forma, se estaba diciendo que lo que se había hecho con los demás era horrible, pero que los homosexuales eran delincuentes comunes. Vale, de acuerdo, se había sido un poco duro con ellos, pero no se podía darles reparación alguna dado que su delito era real. ¿A que es repugnante? Por razones más o menos obvias, el tema me afecta y me interesa. Siempre he sentido un especial interés por el Holocausto, casi desde que siendo un niño mi madre me permitió ver la serie de televisión con ese nombre protagonizada, entre otros, por Vanesa Redgrave y Marisa Berenson. En cuanto a testimonios escritos que existen, este es de los pocos, junto con el libro de Pierre Seele titulado Yo, Pierre, Deportado Homosexual. El libro tiene algunas ventajas y muchas desventajas. La ventaja: es descarnado, y nos muestra el horror nazi en toda su extensión, acercándonos además a cómo es la vida cotidiana en un campo de concentración y cómo se organiza, lo cual lo convierte en un documento histórico excepcional. La desventaja, está narrado con demasiada frialdad, con demasiado desapasionamiento, con demasiada lejanía, y cuando trata de ser reivindicativo casi molesta, las reflexiones acerca de la inmoralidad del hecho resultan infantiles y fatuas. Cuando el protagonista reflexiona acerca de su situación, parece como si quisieran cargar las tintas sobre lo que no tiene ya tinta que cargar. Frases del tipo ¿Cómo me podían hacer eso por simplemente amar a una persona de mi mismo sexo? resulta tan vacía y lejana ante lo que se está contando, que a menudo sobran. El hecho del Holocausto, en sí, es tan terrible, el salvaje bestiario que representaron los alemanes que se dejaron seducir por el horror es tan despreciable, que nada de lo que se diga puede acentuar la onerosa sensación de asco que todo el proceso de los campos de concentración significa. Acrecienta el horror la sensación de desprecio que supone no haber reparado a estas víctimas durante más de cuarenta años. La mayor parte de los homosexuales que fueron recluidos en campos de concentración y sobrevivieron han fallecido sin ver reconocida en vida su calidad de víctimas. Hoy por fin se les reconoce. Hace poco se inauguró un monumento en su recuerdo en Berlín, donde ahora mismo sólo había una pequeña lápida en forma de triángulo rosa. Holanda acogía desde los 90 el que hasta ahora era el único existente. Sin embargo, lo recomiendo. En España está editado por Amaranto y viene avalado por el Ministerio de Cultura Austriaco. Termino con la foto de Erwin Schimitzek, preso gay en Auschwitz, muerto a los 23 años, para que le pongamos cara al horror. Hoy tendría aproximadamente 88 años. Se entiende que el triángulo rosa sea, ahora, el símbolo, en positivo, de la lucha del colectivo gay.

domingo, 4 de enero de 2009

Estampas berlinesas... El Museo del Pueblo Judío.

Un concurso internacional le dio a Daniel Libeskind, arquitecto polaco, la posibilidad de construir la sede del Museo del Pueblo Judío, en Berlín. Este interesante, obsesivo y compulsivo edificio es hoy una de las muestras más vibrantes de una ciudad que se empeña en nacer y renacer continuamente, de una ciudad que ha debido volver a ser en un plazo de apenas veinte años. Lo primero que sorprenderá del edificio es su planta, en forma de rayo, y su macizo alzado cubierto de zinc del que de vez en cuando surgen ventanas de diversas formas y tamaños que vienen a reflejar, en su irregularidad y asimetría, las heridas y bandazos que el pueblo judío ha vivido a lo largo de su historia. De esa combinación no surge un espacio interior, sino muchos, con diferentes luces, sonidos, formas… Un viaje que trata de ser tan iniciático, tan envolvente, como la colección que alberga.

Otra de las cosas que sorprenderá es que el edificio no tiene acceso, es una caja hermética, secreta, una suerte de cáliz oculto, un nuevo símbolo… ¿De una cultura tan cercana y tan poco conocida? ¿De una sorpresa? ¿De una historia de dolor?

Si quieres más datos, aquí te dejo las páginas oficiales del arquitecto y del museo:
http://www.juedisches-museum-berlin.de/site/DE/00-Metanavigation/01-Besucherinfo/07-Espanol/espanol.php?meta=TRUE
Es un edificio, ya he dicho, obsesivo y compulsivo, y con una tremenda carga semántica… ¿Qué edificio no es así en Berlín? Realmente la potencia de la nueva ciudad es, a veces, agobiante. Es un escenario telúrico en el que se representa un drama, uno con miles de matices, desde el más amable al más sanguinario. Es curioso, pensé que las salas dedicadas al Holocausto serían espectaculares y casi sangrantes, pero no, el edificio, en sí mismo, es un enorme vistazo al oneroso recuerdo, las salas dedicadas al mismo son mucho más discretas (agradablemente). La Topografía del Horror, en el mismo Berlín, es más impactante.

… Se echa de menos la existencia de una exposición dedicada a la reconciliación con los palestinos… El museo, en sí mismo, no me interesa demasiado, porque nunca me han gustado los museos etnográficos ni antropológicos, y este al fin y al cabo lo es. Pero es muy interesante su arquitectura, así como su jardín inclinado, creo que el Jardín de los Ausentes, un lugar donde no hay nada en vertical ni en horizontal, y por tanto –lo comprobé por mi mismo– es muy fácil caerse.

El patio del Holocausto es una gran sala fría y negra, con una ligera abertura en la parte superior, que se estrecha (la planta es triangular) hasta hacerse de una angostura impracticable. No pude sentirme demasiado impresionado, porque ese sitio necesita de soledad y silencio, y un grupo de turistas jovenzuelos, creo que americanos, nos lo impidieron, preguntándonos cosas como si en España había mujeres bonitas.

Pero sí me impactó, y casi es la razón de esta entrada, el Patio de los Desaparecidos (o de los Olvidados). Se trata de un patio cubierto de caras de acero con rictus de dolor. Para poder visitarlo, tienes que pisar esas cara, lo que ya de por sí es desagradable. Pero además es que las mismas, al chocar, chirrían escandalosamente, y dada la naturaleza del espacio en que se encuentran, ese sonido halla rápidamente un fuerte eco. Al final, pareciera que esas caras te gritan de dolor y espanto mientras caminas sobre ellas. Es una experiencia desazonadora, y uno de mis diálogos con un espacio artístico contemporáneo más intenso. Te dejo un vídeo que he publicado en youtube, pálido reflejo de lo que te quiero expresar.



Si pasas por Berlín, debes visitar este edificio…

domingo, 7 de diciembre de 2008

Que 30 años no es nada...


Berlín es una ciudad maravillosa, pero hace mucho frío. Madrid estaba gris, lluviosa, perdida... Hace días que no veo el sol... Cuando pedí un café en el Starbucks, el dependiente que tuteaba a todos el mundo, incluso a hombres mayores que yo, me trató de usted. Llevo todo el día pensando ¿por qué?. ¿En qué momento me convertí en un señor mayor? ¿Realmente aparento tal seriedad? ¿me he equivocado en algo?. El gris me disipa, me entristece, y hace que todo de lo que disfruto pierda un poco de brillo, un poco de realidad, pues se engarza en una gota de melancolía (hay que ver qué jodidamente cursi me ha quedado este comentario). Debe ser eso, y nada más que eso. No estoy solo, vivo solo, disfruto de mi soledad... ¿Por qué demonios hoy no? ¡Qué día de mierda sin que exista una razón real para ello?
El miércoles hizo 30 años de la muerte de mi padre. Es curioso, aunque llevaba recordándolo toda la semana, lo cierto es que justo ese día no lo recordé hasta bien entrada la tarde. 30 años sin padre, es decir, casi toda mi vida. Mis hermanos ya han vivido más que lo que nuestro padre vivió. Yo llegaré a ese puerto dentro de 10 años. Ha sido una vida extraña. Apenas recuerdo a mi padre, su voz, algo, su presencia... Pero recuerdo sobre todo su olor, y hay cosas que me lo evocan a menudo. Era tan niño, y estuve tan arropado, que no fue en la niñez, ni en la adolescencia, cuando eché de menos su presencia, sino ahora. Desde que cumplí los 30 años añoro al padre que se fue, al que no tuve. Pero ¡ojo!, no al símbolo de algo, sino al de carne y hueso, a Ginés José, mi padre, nacido en 1929 en Mugardos, La Coruña, Galicia, España. ¿Cómo habría sido mi vida con él? ¿Qué le diría hoy si pudiera tenerlo delante?
30 años, toda mi vida, y es una semana gris, y hace frío, y ayer paseé solitario por las calles de Madrid, hoy acompañado pero sintiéndome singular y anónimo por las calles de Berlín, que está frío, que es maravilloso, pero no tiene aromas concretos. Acostumbrado ya a ser un descastado, no importará que lo diga: no hecho de menos, en concreto, a nadie de mi familia, a ninguno de los que tengo, a los existentes, corpóreos y reales. Hoy echo de menos a mi padre, que se murió una mañana de domingo de hace 30 años. Y, sólo hoy, me gustaría poder decírselo a alguien. A alguien que fuera sólo mío.
Mañana se me quitará, y posiblemente en unos días borraré esta entrada, jajaja, ya está bien de exhibiciones. Ahora Montserrat cantará algo, que falta nos hace. Mientras la Caballé cante, el mundo será un lugar mejor.

Joyce DiDonato en el Teatro Real de Madrid


El pasado miércoles 3 de diciembre, la mezzosoprano americana, nacida y criada en Kansas (no sé por qué el programa de mano ponía exactamente eso, ¿qué importará lo de criada en Kansas?) Joyce DiDonato dio un recital dedicado a Haendel. No a cualquier Haendel, sino a las llamadas "Arias de Furor" (al menos llamadas así por ella) que coincidían, curiosamente, con el último disco que ha grabado la divette (un paso por debajo de diva) y que firmó a quien quiso comprárselo al final del recital. No pasa nada, es lícito si el producto es bueno... ¿El producto es bueno? A ver cómo lo expreso. Yo lo pasé bien, y no fue un mal recital, pero fue frío en exceso. Para empezar, el público no está demasiado metido en este repertorio, al menos el público mayoritario, con lo que mucha gente se apeó de la representación y no asistió. Los entendidos no acabaron de disfrutarlo porque prefieren otro tipo de voces y de preparaciones... ¿Que nos pasa a los que algo sabemos pero estamos más versados en otros repertorios? Lo contaré más abajo, jejeje.


Además de frío por lo escogido del repertorio y la respuesta de los espectadores, fue frío porque el teatro estaba más o menos al 50%, cosa que la divette pudo comprobar, y nos pidió, en inglés, que fuéramos bajando por favor cerca de ella... cosa que los acomodadores se encargaron cumplidamente de impedir, aunque no a mí ni a los que estaban conmigo, dado que cuando trataron de evitar que nos cambiáramos de sitio, con nuestra mejor sonrisa dijimos que tururú, y que vinieran a desalojarnos con las fuerzas de orden público... creo que al final sopesaron el asunto (eternizar el concierto y no llegar a casa para cenar o dejar que cinco personas se cambiaran de sitio) y pudimos cambiarnos. No entiendo muchas cosas de la política de entradas y trato al espectador del Teatro Real, pero como no es lo que nos ocupa, lo dejaremos para otro día.

Por último, la mezzo, muy buena técnicamente con peros que luego diré, no acabó de meterse en lo que estaba haciendo. en absoluto estaba distraída, pero quizás esperaba uno algo más de entrega, sobre todo en la primera parte, que llegó a ser fría de solemnidad, y apagada en aplausos. Las arias de furor, dicho así con todo el tono coloquial del mundo, son aquellos pasajes de las óperas de Haendel, arias de capo por supuesto, en las que el personaje expresa ira, cólera, furia, enfado... Lo que hace que la pieza esté jalonada de maravillosas y dificilísimas coloraturas. Joyce DiDonato se vino de su Kansas natal con esas coloraturas bien aprendidas, y en ese sentido las resolvió mejor que Viviva Genaux, a quien sufrimos en "Il trionfo del tempo e il disenganno" semanas atrás y que sin embargo es requerida como eximia intérprete del estilo. DiDonato tiene una voz bonita, con una buena gama de colores que sabe usar con profusión en todo momento, una agilidad suficiente para no quedar atrás, y un volumen un poco mayor, y más agradecido, que los habituales de Haendel. Aún no domina el estilo, pero aún así es una cantante preciosista, preocupada por la emisión, lo que la emparenta con la Fleming, lo que la emparenta con la Caballé, lo que la emparenta con la Tebaldi, y suma y sigue (que la emparenta no significa que sea una seguidora ni quiero decir nada más que eso). ¿Dónde falla? Primero en la afinación. Empezó calando, y en general la afinación dubitativa fue la tónica general del concierto, aunque ella corregía continuamente y a veces ni se notaba, pero hay zonas del pentagrama que a la primera no le salen, y no le salen, y no le salen. El segundo error está en la intensidad dramática: o se pasa o le falta, pero no consigue, en los momentos más comprometidos, un lógico equilibrio. Su Scherza infida de la ópera de Haendel Ariodante estuvo bien cantada, llegó incluso a conmover al público en parte, pero resultó más cargada de patetismo que de el verdadero sentido dramático que necesita, y simplemente cumplió, pero no fue excepcional, lo que cabría esperar de quien se atreviera (esta aria es como para otros repertorios la entrada de la Casta Diva en la Norma de Bellini, o la haces para matarnos de placer a quienes te escuchamos, o no la hagas). La segunda parte del concierto, que empezó con esa Scherza Infida, mejoró en intensidad, pero fue al final, en las partes que interpretó de la ópera Hércules, cuando la mezzosoprano consiguió demostrar que podrá ser una gran estrella. Aún así, el clímax fue un poco forzado. Aplausos y vítores, y tres propinas de una cantante generosa y que se metió al público en el bolsillo más por su caracter que por su línea de canto. Por supuesto, cantó de regalo el Ombra mai fù, podíamos haber esperado más.

Muy bien la la orquesta, Les Talens Lyriques, aunque hubo un problema puntual de afinación, pero sonaron bien, conjuntados, y con un sonido muy bonito y ligero, sin asperezas. Esta vez (segunda que lo escucho), Christophe Rousset sí me gustó, estuvo correcto y muy solícito a las necesidades de la mezzosoprano. En fin, que esperamos que vuelva, que seguiremos su carrera, y que por ahora va por buen camino, aunque es una cantante que puede caer en la ñoñería al más genuino estilo María Bayo en cualquier momento. Esperemos que no lo haga. Un video para no perder las costumbres:


martes, 25 de noviembre de 2008

El pintor de su deshonra en el Teatro de Rojas de Toledo

Dentro del ciclo de Teatro Clásico, el maravilloso (salvo la tapicería y las cortinas) Teatro de Rojas de Toledo presentó este drama del honor de Calderón de La Barca, El Pintor de su deshonra. Y una vez más, a cargo la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Bueno, no es una de las obras que más me ha gustado, debido a que este tipo de dramas del honor suelen ser no sólo ideológicamente execrables (desde el punto de vista de la contemporáneidad, por supuesto, pues de acuerdo a la época son perfectamente normales), sino normalmente muy similares unos a otros, e incluso algo absurdos desde el punto de vista de la acción. Aquí sucede lo de siempre: una mujer es deshonrada por un amante secuestrador, que se la lleva en contra de su voluntad, pero con ello realmente el que pierde su honor es el marido, que no puede hacer menos que matarla. A esta tremenda y trágica trama se le yuxtapone una segunda, los amores del Príncipe de Ursino y Porcia, de corte cómico.
En fin, si la obra en sí misma no me gustó del todo, y casi me pareció un ladrillito, lo cierto es que el montaje, el vestuario, y el trabajo de los actores me pareció bastante bueno, como es habitual en nuestra Compañía Nacional. Además, la escena era acompañada por tres músicos femeninos que con instrumentos de época (clave y violas de gamba) remarcaban la acción. Un lujo, además muy bien interpretado por Agathá René Bosch y Alba Fresno a las violas de gamba, y Mercedes Torres en el teclado del clave. El vestuario y la escenografía, que tanto me gustaron, se debieron a Pedro Moreno y Carolina González, respectivamente. Versionada, a su vez, por Rafael Pérez Sierra, la dirección corre a cargo de Eduardo Vasco.Del elenco de actores, destacaría a Francisco Merino, como Don Luis, a Arturo Querejeta como Don Juan Roca, a Eva Trancón como Porcia y a Fernando Sendino como el Príncipe de Urbino. Realmente memorables, con un dominio del verso y del texto (a menudo agobiante) que demostraba la calidad y la clase. El resto del elenco muy bien, especialmente José Ramón Iglesias como Juanete. Algo menos Muriel Sánchez, como Serafina (normalmente el papel lo interpreta la actriz Nuria Mencía, que curiosamente comparte nombre con una de mis compañeras de trabajo) y Daniel Albadalejo como Don Álvaro (conocido por su papel de Benito el segurata en Camera Café). A la primera había muchos momentos que no se le escuchaba, y está muy verde, al fin y al cabo es una cover, pero una cover floja, y el papel es protagonista. El segundo, siendo un buen actor, aún no tiene la calidad suficiente, o la formación, para enfrentarse al teatro clásico... Quedó muy descolgado de sus compañeros.En fin, un buen trabajo dramático y una buena propuesta escénica, pero un texto realmente, al menos en mi opinión, que tampoco es para tirar cohetes, aunque a decir de algunos entendidos es de los más hermosos dramas del Siglo de Oro (yo disiento)... Quién ame el teatro disfrutará, quien quiera acercarse para conocer el teatro clásico, mejor que se espere. Aún así, el trabajo de los actores merece la pena terminar con lo que ya es un clásico en este blog: ¡Aprende Botto!

lunes, 24 de noviembre de 2008

Olga Borodiná en Madrid: uná mantxá le caiojojojo



Sirva el título de simple ironía para el que ha sido un magnífico concierto, dentro del XV Ciclo de Lied del Teatro de la Zarzuela. La excepcional mezzosoprano rusa Olga Borodiná deleitó al público madrileño con un muy buen concierto, bastante pensado y equilibrado, en el que derrochó su talento y su voz con gallardía. Fue un éxito en general, a juzgar por los interminables aplausos (de ahí vendrá una solapada crítica que haré a la mezzosoprano). Éscuché por primera vez a Borodiná hace ya más de 15 años, en aquella memorable representación de Samson et Dalila, de Massenet, en la que cortó el pelo y dió la réplica a un impresionante Plácido Domingo, pero reconozco que poco después le perdí la pista. Ahora ha sido mi reencuentro, no lleno de sorpresas, entre las que destaca su rotunda fisonomía (toma eufemismo). Las voces del este son muy especiales, con un mordiente generoso, y un brillo magnético en los agudos. Posee, además Borodiná, un sobresaliente volumen, que hace que nos demos cuenta de cómo muchas de las voces que escuchamos hoy en día realmente poseen muy poco peso específico. Pero, hay que decir a los nostálgicos, en este caso el tamaño no importa, y si bien Borodiná estuvo magnífica, Bostridge es un genio pese a tener la mitad de su volumen vocal. Expresivamente es correcta, no sobrada, y aunque matiza y tiene una media voz y un piano más que dulce, lo cierto es que acusa, de tanto en tanto, cierta frialdad. Quizás su actual dieta vocal, consistente en la masacrante -y horrenda- Gioconda de Ponchielli, tenga algo que ver (de una vez, sopranos y mezzos del mundo, Gioconda le quitó diez años de carrera a Callas, acabó con Cerquetti, y no ayudó a Caballé... aprended y escarmentad en cabeza ajena).El programa que escogió no es de mis favoritos: Tchaikovschi y Rajmaninov. Son dos músicos que realmente no me apasionan, muy sobrados en emotividad, pero hay que reconocer que sus canciones, aunque muy dulces y efectistas, no se encuentran entre lo más antidiabético de su producción. Hombre, no fue un programa enjundioso desde el punto de vista de la dificultad, aunque facilón tampoco era; y al ser dos compositores tan desmedidamente emotivos, haciéndolo bien y tornando la voz con las inflexiones necesarias, realmente te permite ganarte al público sobradamente, como Borodinà hizo esta noche. Si además optas por las propinas (lo explicaré luego) por las que ella optó, pues es un éxito clamoroso casi asegurado. La primera parte, dedicada a Tchaikovski, constó de lo siguiente: . Nam zvjozdy krotkije sijali Op. 60, n.º 12, Net, tolko tot kto znal Op. 6, n.º 6, Otchevo Op. 6, n.º 5, To bylo ranneiou vesnoi Op. 38, n.º 2, Notchi bezoumnye Op. 60, n.º 6, Pervoe svidanie Op. 63, n.º 4, Kolybel"naya Op. 16, n.º 1, Serenada Op. 65, n.º 3, Zakatilos solntse Op. 73, n.º 4, Snova kak prezhde odin Op. 73, n.º 6S. Aquí hubo un problema: un miembro del público tuvo un enorme ataque de tos y tuvo que salir corriendo hacia el foyer a mitad de la cuarta canción. Así que se perdió parte de el programa, molestó mucho, hasta la cantante lo miró con furia, y se mantuvo fuera hasta que los aplausos le permitieron, ya recuperado, volver, aunque ya no pudo recuperar la intensidad ni la concentración en toda esa primera parte... Obvio decir que fui yo, primera vez en la vida que eso me ocurre, y no he pasado mayor vergüenza jamás, ni mayor ataque de paranoia. Algunas de las canciones las había escuchado uno ya en grandes voces como Nicolai Ghiaurov: Borodiná les hace justicia. Realmente, con un instrumento como el suyo, y una técnica tan personal y depurada, casi todo lo demás no importa. Hablando de técnica, me sorprendí al comprobar que cuando tiene que atacar un agudo en forte, Borodiná toma aire exclusivamente por la nariz, lo que parece incongruente dado que con ese acto la garganta se tensa, y cabría esperar que necesita tenerla relajada para poder llegar a esas alturas. Caballé, Kraus, Pavarotti, y otros muchos grandes sin ir más lejos preferían tomar aire por la boca, salvo que estuvieran en momentos de línea melódica reposada y poco comprometida. Creo que es la primera vez que escucho o veo hacer algo como lo que ha hecho hoy Borodiná (realmente sus inspiraciones nasales se escuchaban furiosamente), y si a ella le funciona, y son más de veinte años cantando y una voz que no muestra signos de cansancio, pues es que sin duda ha sabido encontrar una técnica muy adecuada a sus capacidades. Las grandes voces operísticas muchas veces no consiguen el suficiente nivel de intimismo y de interpretación cuando se pasan al lieder o a la canción en general, como en este caso las romanzas rusas. A Borodiná le pasa hasta cierto punto, y si bien salió airosa, y lo pasamos bien, uno echó de menos una prestación operística para alcanzar cierto clímax.
En la segunda parte, integramente dedicada a Rajmaninov, quizás ese clímax si devino de las propias romanzas. Se trató de la siguiente selección de las mismas: Utro Op, 4, n.º 2, Ditya, kak tsvetok ty prekrasna Op. 8, n.º 2, Son Op. 8, n.º 5, V moltchanyi notchi tainoi Op. 4, n.º3, Rechnaia lileya Op. 8 n.º 1, Zdes khorosho Op. 21, n.º 7, Ona kak polden" horosha Op. 14, n.º 9, Siren Op. 21, n.º 5, Ya zjdu tebya Op. 14, n.º 1 . Aquí las interpretaciones de Borodiná llegaron a lo excepcional, y yo estaba más relajado y, aunque con miedo a repetir el incidente de la tos, pude lograr mayor concentración y tranquilidad. La última romanza, que traducida al español significa ¡Te espero! fue emocionante hasta el arrobo. La brillante y vibrante zona grave de la que la cantante puede alardear jugó muchos puntos a favor del placer de escuchar estas interpretaciones.
Terminado con ovaciones el programa oficial, Borodiná regaló dos propinas, escasas, ambas de... ¡¡¡Manuel de Falla!!! Que tras un recital de romanzas rusas te rematen con esto, es como mínimo curioso, y aunque habría mucho que decir desde el punto de vista teórico sobre la idoneidad de la elección, realmente si no te metes en grandes disquisiciones intelectuales, el salto fue un tanto extravagante. La primera propina fue El paño moruno, donde descubrimos que, sin llegar a orientativo o dudoso, el español del que hizo gala Borodiná fue un tanto eslavo, oyéndose cosas como "uná mantxá lé caio ojojojó". El público agradeció el esfuerzo, y Borodiná regaló un segundo Falla, de nuevo las Siete Canciones Populares Españolas, en concreto Nana en la que el "lucerrito dela maiana" venció y convenció... El público obligó a Borodiná a salir al menos 3 veces más a saludar, pero se mantuvo la rusa inflexible en cuanto a cantar una sola nota más... Debió haberlo hecho, fue un error por su parte cuando estaba teniendo un éxito clamoroso y cuando con menos grandes cantantes del pasado como Berganza o Caballé se lanzaban con quince propinas para arrobo de su público. Lo que me recuerda que le echó narices Borodiná con semejantes propinas, correctas y basta, eso sí tengo que decirlo, a un público acostumbrado a las antes señaladas Caballé o Berganza, y sobre todo a Victoria de los Ángeles.
Quiero hacer una mención especial al pianista acompañante Dmitri Yefímov, uno de los que más me ha sorprendido y gustado en los últimos años: magnífico trabajo (a veces tan poco valorado), máxima compenetración con la cantante, apoyo constante y verdadero pergeñador de que todo saliera redondo, en calidad, cualidad e intensidad. Realmente bueno. En fin, una gran noche, pese a la tos, y pese al frío intenso de la noche madrileña. Vamos con un vídeo para recordar a la mezzosoprano, y si ella fue capaz de coronar un recital de repertorio ruso con Falla, yo por la misma regla de tres la pongo cantando una de mis arias favoritas, la muy cursi Mon coeur s'ouvre a ta voix de Samsom et Dalila, compuesta por Saint Saens.