Según blogger, nos han visitado todas estas personas

viernes, 17 de abril de 2009

Paseando por Durham


Te cuento mi visita a la ciudad de Durham. Allí, el ladrillo rojo se ve sustituido por una piedra caliza y regular, apagada, con la que se forman sillares macizos, quizás algo más pequeño de lo que cabría esperarse, como en la Catedral de Toledo. Es una catedral ancha y serena, con esa particularidad tan propia del gótico inglés y que se refleja en la tendencia a apaisar, a la horizontalidad, al contrario de nuestro esbelto y apuntado gótico continental. Otra particularidad que me sorprendió fue que es un edificio cálido y luminoso, frente al normal aire gélido que suele haber en las catedrales europeas. La luz, dirigida desde altos y estrechos ventanales, está filtrada por vidrieras de gran calidad que sin embargo no ocupan la totalidad del vano, con lo cual hay mucha luz blanca entrando a expuertas. El problema, aunque es un edificio espléndido, es cuanto está uno dispuesto a creerse, puesto que ha sido hecho y rehecho en varias ocasiones, una de las más potentes en el Siglo XIX, y lo que los arquitectos del Siglo XIX han tocado no hay Dios, y nunca mejor dicho, que lo arregle. Tampoco es espectacular en cuanto a sus bienes muebles: alguna parte de la sillería, los órganos, dos margníficas custodias,pero poco más: austera, británica y anglicana. Por cierto, como era domingo y no había entrada de turistas hasta muy tarde, para verla tuve que asistir a una misa anglicana. Fue bonita, un poco lenta, y todo el rato coro cantando va, coro cantando viene. Había algo de simbólico en mí sentado entre esos feligreses. El resto de Durham es igual de bonito. Sereno, tranquilo, quieto, pacífico... un coñazo vamos, yo vivo allí y me muero. Ah! como es ciudad universitaria hay varios colleges, y de uno de ellos salían unos alumnos... ¡con toga! a la Oxford y "Brideshead Revisited".

Paseando por New Castle

New Castle es una ciudad espléndida, activa, realmente grande (medio millón de habitantes, o más), muy moderna y a la vez monumental, y es donde además están todos los puentes del Tyne (no obstante la ciudad se llama New Castle Upon Tyne). Estos ingleses están locos, porque o cruzas el río en New Castle, o tienes que hacer lo que a mí me parece un horror de camino hasta el túnel que pasa por debajo, y que por supuesto es de pago. En un tramo muy pequeño, sobre el río, la impronta de cinco o seis puentes: uno pequeño y peatonal, alguno más recio, de finales del siglo XIX, para coches, de un metal verde con enormes enganches y esfuerzos. Más adelante, uno modernísimo, al estilo puente nuevo de Sevilla, y así sucesivamente. Todos se abren para dejar paso a los barcos, pues el río es navegable, y tiene varios importantes puertos comerciales y de pasajeros. El río separa, más o menos, New Castle de la ciudad de Gateshead, donde se encuentra, por ejemplo, el auditorio de música – conservatorio de la más rabiosa modernidad, aunque para mí un poco anticuado, de esas obras de arquitectura moderna que por nuevas que sean adivinas se van a quedar anticuadas muy rápido- que se llama The Sage. Se trata de una cubierta sujetada por enormes tirantes desde el suelo, metálica y reflectante, que cubre un edificio cuya forma no fui capaz de adivinar desde el exterior, donde todo luce como una gigantesca y gorda oruga bulbosa y anillada. Luego está el estadio de las Urracas, el New Castle FC, no de monjas (jeje). La verdad es que hacía algo de frío, y no disfruté de la visita, que fueron un par de horas, todo lo que debía. La catedral es fría y adusta, un neogótico decimonono que a mí no me engaña por mucho que los carteles le aseguran más de quinientos años. Sí, quinientos de la fundación, pero con una remonta y una restauración completa, lavado, centrifugado y suavizante, en el siglo XIX que no pueden esconder, así como las vidrieras, bastante feas. Pero es una ciudad fantástica, hay que visitarla, y como ya os dije por ahí, la raza mejora sensiblemente. Aparte de ser ciudad universitaria y por tanto tener muchísima juventud, el frenotipo es más lo que uno esperaba encontrarse en Inglaterra. Pero esas pieles rosadas de lechoncito, que parece que vas a pinchar con un alfiler y se van a desinflar, esa piel no se las quita nadie. Curiosidades: en los puentes hay carteles una y otra vez animando a los desesperados a llamar por teléfono a un número de ayuda antes de tirarse al río. Normalmente ponen “Si estás desesperado, llama al 000000000”. En uno de ellos, una joven y pícara mano había realizado una falsificación, con lo cual podía leerse “Si estás desesperado, fuma hierba”. También tiene su castillo, claro, de ahí lo de New Castle, aunque no es muy New, ni tampoco muy castle, estos días nos hemos llevado un par de decepciones con castillos que cuando se ven en fotos parecen inmensos e impresionan, y una vez delante de ellos parecen los de la Barbie… Una ciudad para visitar. Yo repetí varias veces durante mi estancia inglesa.

Paseando por Edimburgo


Llevo más de un mes sin escribir en el blog porque tuve que irme un tiempillo a trabajar por esos mundos. Estuve fuera de España, y uno de los lugares en los que recalé fue la ciudad de edimburgo, en Escocia. Me gustaría contarte algo de lo que vi o sentí por allí, aunque sólo estuve un par de días. Edimburgo es una ciudad impresionante y bellísima. Posiblemente de las más bonitas que hay en Europa, y también de las más desconocidas. Es terriblemente cara para la vida diaria, más que Londres, pero posiblemente es la mejor ciudad británica (no decir nunca inglesa). El ambiente es de gran animación, y como llegamos en fin de semana, pudimos comprobarlo: discotecas, pubs, cafés con música en vivo, ruido y melodías por todos sitios. Los escoceses por la calle con unas borracheras de impresión… Saben divertirse, eso sin duda. Por cierto, me perseguían las gaitas (odio el sonido de la gaita, a mí un instrumento que se toca con la axila no me parece serio). Pues gaitas por todos lados. Llegamos cuando había oscurecido, con lo cual la primera impresión de la ciudad, aunque buena, estaba cercenada. Luces por doquier, monumentos iluminados, movimiento, ritmo… Tras comprobar que el hotel no estaba mal, nos echamos a la calle. ¡Ah! Es absolutamente imposible aparcar en Edimburgo. Cuesta 2 libras y media una hora. Han habilitado zonas para dejar el coche en las afueras de la ciudad, con transporte continuado desde allí, y si no debes dejarlo en parking que cuestan unas 20 libras diarias, y que fue lo que hicimos. Al día siguiente pareció que nos habían diseñado la visita. Amaneció brumoso, entre neblina, frío sin exceso, ¡lo que uno espera de Escocia! Subimos a una colina con mirador que como reclamo turístico dice ser el sitio más alto de la ciudad, lleno de monumentos, sobre todo uno muy cachondo que llaman “la vergüenza de los escoceses” porque iba para megatemplo al estilo Partenón, pero más grande, pero el dinero les dio sólo para 8 columnas y algo de entablamento, y así está. Wellington y Nelson están por todos lados, tengo que revisar mi historia de Inglaterra para averiguar por qué los quieren tanto en Escocia. Y, ¡oh sorpresa! Una de sus heroínas nacionales es ¡¡Catalina de Aragón!!, porque mientras su marido estaba guerreando por Europa de la mano de Francisco I de Francia, ella, como regente, defendió Escocia de una invasión (creo que noruega). De lo alto de la colina vino una vasta ciudad que se perdía entre la bruma, dominada por el imponente castillo, las torres, y una piedra oscura y recia. No podíamos ver mucho. Poco después me di cuenta de que Edimburgo se iba a ir abriendo como un joyero, a medida que la bruma se iba disipando, y un sol acogedor y cálido comenzara a iluminar cada rincón de la ciudad. No voy a contarte, sería eterno, cada edificio o cada lugar interesante. Más bien me gustaría hablarte de sensaciones. Escocia, Edimburgo, me parece sinónimo de orgullo, de vitalidad, y de modernidad. El castillo es más impresionante por lo que glosa, la historia nacional, y el orgullo escocés, que por su forma, que no es especialmente grata ni espectacular. Pero cada esquina dice “somos escoceses, no ingleses, somos otra cosa, estos son nuestros hechos”. “Aquí no llegaron los romanos” rezaba una inscripción. La ciudad se va abriendo poco a poco. Monumentos por doquier a grandes hombres nacidos en la tierra: Hume, Walter Scott (cuyo monumento recuerda el memorial del Príncipe Alberto en Hyde Park de Londres pero al escultor en este caso habría que cortarle las manos y sacarle los ojos por si acaso se le ocurre seguir esculpiendo con otras extremidades, qué malo por diossss)… Gente por todos lados, turistas, sobre todo españoles, y también escoceses jóvenes que se tiraron al parque (también ser llama Hyde Park) a recibir los primeros rayos del sol primaveral. Edimburgo es una ciudad monumental, pero de verdad, en orden gigante. Me resultaron muy curiosos los pasadizos, callecitas oscuras, escaleras que atajan y comunican una ciudad con importantísimos cambios de rasante, como en las casi perpendiculares Princess y Victoria Streets. También la presencia de los cementerios dentro de la ciudad, costumbre muy anglosajona, todo sea dicho. Vimos muchos, pero uno en concreto, dedicado a la memoria de ¡un perro! me alucinó, porque las tumbas apoyan directamente en las fachadas traseras de las casas. Bueno, puedes poner al abuelo bajo tu ventana y le cambiar las flores a diario sin salir de casa. Tiene su parte práctica. Y los vecinos no se puede decir que molesten, y desde luego no podrás negar que el vecindario tiene zonas verdes y fértiles… sobre todo muy fértiles… La historia del perro es como sigue: “Greyfriars Bobby” era un perro de lanas cuyo dueño murió en la segunda mitad del siglo XIX. El perro se quedó junto a la tumba de su amo, alimentado por los ciudadanos de Edimburgo, y no hubo manera de sacarlo de allí. Sobrevivió 7 años, sobre esa tumba, invierno y verano, esperando el regreso del amo que, evidentemente –y por suerte- nunca se produjo. Cuando murió, fue enterrado en una tumba principal a la puerta del cementerio, y su nombre fue empleado para denominar tanto al cementerio como al barrio que lo circunda. Una lápida recuerda “la enseñanza del verdadero valor de la lealtad hecha por el más humilde de los animales”. En fin, depende de cómo te lo quieras tomar (a mí, si me muero, Mafi y Suerte empiezan a zampárseme a los cinco minutos, me juego el cuello), pero Greyfriars Bobby tiene hasta su monumento (me extraña que no lo disecaran, este país está lleno de bichos disecados… ¿Camila Parker puede ser una de ellos?). Pero si la ciudad es distinta (qué pedazo de Catedral, por cierto) la gente también lo es. Edimburgo es multicultural y multirracial: chinos, japoneses, hindúes, cientos de pakistaníes, shiíes, chiíes, europeos de todos lados trabajando o haciendo Erasmus… La ciudad tiene una enorme viveza, y se dibuja como un mosaico moderno en un escenario más decimonono que realmente antiguo, pero en continuo cambio. Entre tanta piedra, el Parlamento, del arquitecto catalán Enric Miralles, que sólo pude ver de lejos, es un revulsivo en la extraña composición urbanística de Edimburgo. En cuanto a los escoceses, me impresionaron, en general. El porte es fabuloso, son realmente guapos y guapas, aunque ganan ellos, por su aspecto masculino y duro. Pero lo que más me impresionó fueron los ojos: si bien los ingleses tienen los ojos claros, también, en Escocia resaltaban por la potencia y el brillo. Azules intensos, verdes esmeraldados y puros, que se veían a media milla. Todo es intensidad, en Edimburgo, sus hombres y sus mujeres también. Victoria Street está llena de pubs, cafés a la italiana, bistros franceses, una tasca española, y una tienda infantil preciosa. Había un gran ambiente porque el sol tenía a todo el mundo en las terrazas. Edimburgo se había quitado la pelliza para nosotros, pero aún quedaban sorpresas. El último día paseamos por la National Gallery of Scotland, cuyos mejores cuadros son 3 de Rafael y en general la poca pintura española, con “La vieja friendo huevos” de Velázquez, viejo conocido mío de cuando estuvo en España, a la cabeza. Luego callejeamos hasta salirnos, literalmente, del mapa, aunque nos dio tiempo a hociquear en un par de museos de arte contemporáneo. Tuvimos que volver en autobús. Por cierto, anécdota de museo de arte conceptual: había una obra que era, literalmente, un armario lleno de medicinas. Entonces yo empecé una letanía “esta obra nos muestra el dominio de la química en una sociedad cada vez más deshumanizada en la que lo que nos salva a la vez nos mata y el hombre cada vez más insignificante…” y bla bla bla… Pues la cartela explicativa ponía exactamente eso… Tengo testigos… Si es que la moñez del arte conceptual ya me lo conozco yo como la palma de mi mano, estos estafadores no me engañan. Edimburgo nos había dado sólo una pequeña muestra de lo que ofrece, dos días no son nada, pero como toma de contacto no estuvo mal. Ahora hay que volver, por lo menos una semana. ¿Por qué todos los días, a la 1 de la tarde, lanzan desde el castillo de Edimburgo una bala de cañón que conmemora no sé qué cosa, en lugar de a las 12 como suele ser habitual..? Porque ¿para qué gastar 12 balas a las 12 si una hora después pueden ahorrarse 11? Literal, como suena… Dice mucho de estos escoceses…

martes, 3 de marzo de 2009

Zonas de riesgo en el Caixaforum de Madrid

Con este título presenta el Caixaforum de Madrid una exhibición con un puñado de obras pertenecientes a la Colección de Arte Contemporáneo de la Fundación La Caixa, y que estará en Madrid entre el 11 de febrero y el 3 de mayo. La muestra se explica como un intento de mostrar el arte de frontera, aquel que se mueve entre la globalización y los conflictos que ésta produce. Pero no se refiere a conflictos bélicos, como el título parece proponer, sino que se trata de las zonas de riesgo de la existencia, de la deshumanización, de una sociedad en peligro por focos multicasuales que polarizan y atomizan la realidad con un único denominador común: el tránsito desde la contemporáneidad a lo que sea que nos toca vivir. Fundamentalismos, sinergías Norte - Sur, liberalización u opresión de la mujer, subcultura de masas, inmigración (entendida como flujos de seres humanos sin destino), cambio, permanencia, soledad, interacciones e incongruencias.
Los artistas que componen la propuesta son heterogéneos, y así es también la diferencia de lenguajes y vehículos utilizados para la expresión; aunque el videoarte (hoy infoarte, dvdarte, o como quieras llamarlo) es una parte fundamental en casi todos ellos (no es tan importante el arte objeto, sino la expresión del mismo ante el espectador en forma de relato filmado). Alguna de las obras expuestas, como todo lo que rodea estas exposiciones a caballo entre el arte conceptual y el arte objeto (homenaje tantos años después a Simón Marchán), son un poco espúreas, o como a mí me gusta decir, un poco "pues vale", porque esa es la cara que se te queda después de verlas. Pero en general no es mala exposición y el espectador no saldrá indiferente, ni defraudado, ni con cara de tonto. Casi todas las obras tienen un cómo y un por qué, y se llega a conclusiones concretas. Otra cosa es que el producto de esas conclusiones nos interese. A mí sí, en líneas generales.
De toda la exposición, que no voy a resumir porque no tengo tanta memoria, destaco sobre todo tres obras que me gustaron mucho. La primera es la video obra de la finlandesa Elija-Liisa Ahtila, titulada "Servicio de consolación", a caballo entre el documental y el cortometraje dramático, gira alrededor de la ruptura en una pareja y el reflexivo - racional - emocional proceso que se establece, con la ayuda de una consultora - asesora, que dirige los pasos de la pareja para facilitar el tránsito hacia la soledad. Se mueve entre la perplejidad y la tristeza, muy escandinava en su frío retrato de la inanidad del ser contemporáneo, con un final anunciado entre justicia poética y realismo mágico. Se proyecta en dos pantallas con puntos de vista diferentes. Aquí tenéis un fotograma casi del final.
La segunda obra que me gustó es del albanés Adrián Paci, y tiene un título que es en sí mismo una realidad pero también una incongruencia: Centro di permanenza temporanea. Permanencia y temporalidad, por separado, parecen conceptos opuestos, en el mundo de la emigración son una realidad que convive. Es un video montaje de unos cinco minutos en los que un tropel de hombres y mujeres de piel tostada y multiétnicos (ningún blanco europeo o anglosajón) van subiendo la escalerilla de un avión, en medio de un aeropuerto. Tras una incesante marcha, descubrimos que al final de la escalerilla no hay aeronave, con lo cual un conjunto de inmigrantes se queda encerrado en esa escalerilla, al aire libre, lejos del suelo, sin poder moverse, mientras a su alrededor más y más aviones despegan y aterrizan. La contraposición de ideas del título se convierte en contraposición de imágenes en la frontera entre dos mundos, en la incongruencia que ocupa hoy casi esquizofrénicamente, las relaciones entre el mundo desarrollado y el subdesarrollo, entre esos hombres y mujeres encerrados en una escalerilla mientras tú y yo, nosotros, nos movemos libremente en aviones seguros y confortables.


La tercera de las obras que me gustó es A morir del mexicano Miguel Ángel Ríos. El autor reunió a una veintena de los mejores lanzadores de peonza de México (una tradición muy arraigada en ese país) y dontándolos de peonzas negras y marcando un tablero blanco en el suelo, los invita a jugar. Sin entender muy bien las reglas del juego, lo único que tenemos es la filmación de las peonzas girando, entrando una y otra vez en el tablero, proyectadas sobre tres paredes con tres ángulos de cámara distintos. Se termina convirtiendo en muchas cosas: la propia sensualidad del movimiento y del sonido de las peonzas, y una clara metáfora sobre la salvaje y futil (a la vez que rápida) expresión actual de las relaciones sociales. Es la más estética de todas las ideas que vi en la exposición, aunque no la más extravagante. También es la más sencilla y, ¿por qué no usar ese adjetivo?, la más hermosa.
Yo no dudaría en ir si andara por Madrid. Esta exposición merece la pena.

viernes, 27 de febrero de 2009

Dominique Perrault en la Fundación ICO

La (para mí) recién descubierta Fundación ICO dedica una magnífica exposición al arquitecto francés Dominique Perrault, gran autor que se ha dibujado en los últimos años como uno de los grandes de la arquitectura internacional. La exposición no es ni exhaustiva ni agotadora, y se centra en los últimos diez años -si no me perdí nada- de la obra de Perrault. La sala principal muestra la obra en España del arquitecto, la segunda a su obra internacional. La exhibición comienza con un amplio texto de Perrault en el que deja clara su concepción de la arquitectura, y también de paisaje, de entorno, o de ciudad. Especialmente atractiva, en los tiempos que corren, es su reflexión acerca de la historia y que cito de memoria, viniendo a decir algo así como que no entiende por qué la arquitectura contemporánea, o más bien los arquitectos contemporáneos, han abandonado el concepto de historia en favor del de geografía, amputando así una parte fundamental no sólo al proceso creativo, sino también al concepto mismo de aruqitectura. No sólo es una declaración, también es un hecho en la obra de Perrault, donde la tradición histórica, con mayúsculas, y el hecho histórico del concepto ciudad están presente, en una dialéctica continua entre entorno, paisaje, realidad, pasado, presente, futuro y expresión.Dominique Perrault no se queda sólo en eso, sino que además quiere construir una arquitectura que se convierte en hecho social, entendido este como lugar de intercambio entre seres humanos, y también una arquitectura de espacios íntimos, donde, como no podía ser menos, el edificio no se olvida de la definición más concisa y correcta de la arquitectura: la articulación del ser humano en el espacio. Buscar constantes en Perrault es más sencillo de lo que a priori parece, o yo soy un chico muy listo... Evidentemente no es eso, al menos con el sentido irónico con que lo he escrito: las constantes están ahí, ya sea en arquitecturas enterradas, soterradas o realzadas. Volúmenes puros en geometrías yuxtapuestas, colores diversos con especial mención de platas y dorados, e incluso tonos en principio "antiurbanos"; espacios diáfanos, presencias físicas serenas (el exponente es la Bibliteca Nacional de Francia, en París. Espacios de formas inmutables que, pese a la transparencia, implican intangibilidad y temporalidad. Por encima de todo, un redescubrimiento del metal, como sede, definición, cubrimiento, disfraz, cómo y por qué. El Madrid Olímpico con su Centro de Tenis, el Tenerife moderno de la actuación en la Playa de las Teresitas, el Palacio de Congresos de León; sólo son algunas de las intervenciones de Perrault en España; que conviven y dialogan en esta exposición con el impresionante casco dorado del Teatro Mariinsky II de San Petersburgo, el impecable Tribunal de Justicia de las Comunidades Europeas en Luxemburgo, o la piscina olímpica y el velódromo de Berlín. A modo de conclusión: ahce tiempo hablé con una buena amiga de su experiencia en la Biblioteca Nacional de Francia como usuaria -proyecto tan bello como disutible por diversas razones funcionales como que la luz del sol no es excesivamente buena para la conservación de los libros, especialmente los antiguos. Esta amiga me hacía una narración certera de lo que costaba acceder y salir del edificio, con ese espíritu de la grandeur francesa que al final se traduce en "has llegado aquí, vas a formar parte de una élite, pues para entrar vas a tener que sufrir". Sin esas palabras, pero conociendo el edificio, la propia descripción que del mismo hace Perrault para la exposición redunda exactamente en esa misma idea. No es casual, por disparatada que parezca: como diría Obléliz, "están locos estos franceses". En fin, una exposición que hay que visitar.

sábado, 21 de febrero de 2009

Matthias Goerne en el Teatro de la Zarzuela

El XV Ciclo de Lied del Teatro de la Zarzuela de Madrid continúa su andadura este año consolidándose como una de las citas más importantes de la música española. El nivel de calidad es excepcional, y las figuras invitadas no defraudan, es más, aseguran un gran futuro a estos ciclos. El lied, se ha dicho tantas veces que ya casi es un lugar común, un mito cultural, es el más difícil de los géneros musicales creados exclusivamente para la voz. En un corto espacio de tiempo, el cantante debe asegurar no sólo una impecable interpretación técnica, pues se espera de él el mayor nivel, sino una concreta lección dramática e interpretativa, en textos a veces más intensos, a veces más sutiles, que exigen un conocimiento del estilo y de la composición por encima de toda duda. En el lied no existen los errores, el más mínimo puede dar al traste con la leve atmósfera de concentración que el público necesita. Dentro de este género, Schubert es la cima, el más difícil, el más prolijo, y el más intelectual de todos. Será por eso que los grandes liederistas se cuentan con los dedos de las manos, y que no siempre los cantantes consagrados pudieron o supieron hacer nada notable con el lied.Matthias Goerne es uno de los más destacados cantantes de lied de estos momentos. Después de haber escuchado hace poco a Ian Bostridge, de quien ya he dicho es uno de los más interesantes artistas del panorama internacional, sería un error por mi parte decir que Goerne estuvo a su altura: es al revés, Bostridge logró en su comparecencia llegar a niveles de ejecución similares s los de este barítono, que sin embargo, desde mi punto de vista, logra ser incluso más impecable que el británico. Goerne es alemán, nacido en Weimar, y ha estudiado con los grandes del género: Beyer, Fischer Dieskau, Schwarkopf. Dotado de un inteligente sentido del estilo, desgrana sus interpretaciones con una tensión expresiva como no se ha escuchado en Madrid en mucho tiempo. Por supuesto, ha cantado por todo el mundo, con los mejores pianistas (Brendel, por ejemplo) y se ha cimentado un nombre que ya brilla con luz propia y se convierte, poco a poco, en referencial. En su carrera operística, que lleva con la misma fina inteligencia que demuestra en sus interpretaciones, destacan Mozart, Wagner y Berg. Por ahora, no le conozco incursiones en el repertorio italiano más habitual. Además, comparte sus compromisos como intérprete con la docencia, siendo hasta hace poco profesor de lied del al celebrada Schumann Hochschule de Düsseldorf.Con esa carta de presentación ante un público que ya lo conoce, actuó en Madrid el pasado 16 de febrero, y nos rendimos ante su trabajo. La voz es potente, poderosa incluso, que sabe matizarla hasta conseguir inflexiones de una bellísima emisión. La zona grave está ahí, y no le plantea dificultades, lo mismo que la aguda, a la que llega sin dificultades ni trampas, pasando de modo natural a las alturas del pentagrama manteniendo volumen y emisión intactos. Y la zona media, que diferencia a los grandes cantantes y que es el 80% de un lied, es excepcional. La técnica vocal parece depurada, sin dejar nada a la improvisación, y al menos esa noche no hubo dudas ni problemas en ninguno de los momentos del enjundioso programa. La voz llegaba clara, el fraseo que dota de significado a todo lo que se escucha, impecable, y Goerne no mostró ni cansancio ni perturbación alguna: es una auténtica máquina de cantar. La voz, sin embargo, no es especialmente hermosa, y creo que pertenece Matthias Goerne a ese Olimpo de cantantes que con disciplina, técnica, trabajo y dominio estilístico puede conseguir que nos olvidemos de que el sonido no es bello de manera natural. Está en buena compañía, sólo basta recordar al que ha sido uno de los más inteligentes y prolíficos cantantes del siglo XX, Jon Vickers, o incluso al maestro de maestros, Carlo Bergonzi, y entendemos exactamente lo que quiero decir. Cantar es algo que está por encima, incluso de la belleza de la voz. Por suerte, está grabando la integral de Schubert para Harmonia Mundi, habrá que estar pendiente, será una de las grandes grabaciones del siglo XXI.Estuvo el barítono acompañado por el pianista alemán nacido en Colonia Eric Schneider, que es uno de los mejores acompañantes que han pasado este años por Madrid, no se puede poner un pero a su ejecución y su talento, al servicio del cantante y de Schubert.El programa tuvo una primera parte dedicada a canciones de Schubert escritas en un amplio lapso de tiempo, entre 1814 y 1824, periodo que define la vida del autor, entre la juventud de estudiante y esa primera mitad de la década de los veinte en la que el compositor está sumido en una profunda melancolía y sensación de soledad. Salvo uno, de Hell, los textos son de su amigo Johann Mayhofer, y dan vueltas alrededor de la nostalgia, la muerte, la noche evocadora de tristezas, los rayos de esperanza, la sublimación del espíritu: el Romanticismo en estado puro (este de verdad, que luego por los foros lee uno cada cosa con el Romanticismo que pone los pelos de punta). Goerne paseaba por estas canciones creando un clima de melancolía y de tensión que nos embargó a todos, sólo roto por las toses de los miles de tísicos que esa noche poblaban el Teatro de la Zarzuela (¡qué plaga!). Me gustó especialmente el lied Secreto cuya primera estrofa dice Dime, ¿quién canciones te enseña/ tan amables y tiernas?/ Ellas provocan un cielo/ en la mísera Tierra.. Y el que cerró esta primera parte, Nocturno que habla de la muerte de un anciano con una dulzura y una serenidad de un potente valor lirico, me llevó al arrobo. Goerne, dulce, nostálgico, viril, melancólico, no caía jamás en el patetismo, y creo que dio en la diana del estilo y de la intención, con una lectura inteligentísima de los textos.La segunda parte fue para un puñado de composiciones de Schubert dedicadas a Goethe, primero la serie de Mignon, el suave lamento amoroso, y a partir de ahí el Canto del arpista y una conjunto de poemas contenidos, ligeramente lastimeros, y de una impresionante calidad literaria, como se espera de Goethe, y se traduce en su musicalización. El último lied de la serie Bienvenida y adiós resumió perfectamente el tema de la noche: el hombre ante la soledad, aún rodeado de amigos, la dicotomía entre la felicidad y la desolación. Goerne, impecable, les hizo una enorme justicia. Si tienen la oportunidad, no dejen de escuchar a este artista, quizás el mejor liederista del momento. Dos horas de sensaciones, de elevación, de equilibrio, y para cuando todo terminó un público entregado que, como yo, salían a la fría noche madrileña con la sensación de haber asistido a un banquete para los sentidos. Terminamos con un vídeo.

viernes, 20 de febrero de 2009

Leyendo: El Informe de Brodeck de Philippe Claudel.

Agradezco mucho a mis amigos qué, por inspiración de uno de ellos, me regalaran este libro por mi cumpleaños. Es indispensable, posiblemente el mejor que he leído en años, El informe de Brodeck puede parecer, al principio, un texto más sobre las implicaciones morales de la barbarie que recorrió Europa en los años 30 y 40 y que conocemos como Holocausto. Pero es mucho más, es un texto que estudia y analiza, casi como si no quisiera, la propia miseria de la condición humana. No da tregua, es duro, negro, sórdido, casi desde la primera línea hasta el final, sin un solo respiro. Personalmente, me costaron mucho las últimas 25 páginas, pues a sabiendas de que iba a terminar con escenas durísimas, me resistía a leerlas, aunque al final decidí hacerlo de un tirón. Se cruzan dos historias, que realmente son la misma. Un extranjero es asesinado en un pequeño pueblo alemán. Los culpables, todos los hombres de la población. Encargan a Brodeck, el único que no ha participado en el crimen, que escriba un informe para dejar claros los hechos y que los culpables puedan defenderse. Brodeck, cada vez más inundado por la paranoia, escribe el informe con desgana, y mientras entrevista a los participantes del crimen, rememora sus recuerdos del extraño hombre asesinado, y expone, sobre todo, los hechos que vivió durante su encierro en un campo de concentración nazi por ser judío. Las escenas son duras, y la magnitud de lo que se narra, oneroso. El autor, Philippe Claudel, se mete en la piel del protagonista, que narra la acción en primera persona, y sabe detallarnos con certeza los rincones más espeluznantes de todo lo ocurrido. La miseria de un pueblo mezquino, donde la diferencia, el miedo, genera la espiral de horror que genera la totalidad de los hechos que se nos exponen. Personajes acabados, a veces siniestros, escondidos de su conciencia, extremos la mayor parte de las veces. Los hechos se dibujan poco a poco, como en un cuadro impresionista, y sólo cuando hemos terminado, alejándonos de la historia, rememorando lo leído, somos capaces de entrever la magnitud de todo lo que se nos ha mostrado. Encoje el corazón, arrasa, y desde luego no deja indiferente. Es absolutamente indispensable leerlo, pero prepárense, porque no se puede hacer en cualquier estado de ánimo. Está editado en España por Salamandra.
Adjunto una breve biografía, robada de internet, sobre el autor, a quien yo no conocía pero a quién seguiré, a partir de ahora, con fruición.
Philippe Claudel ha sido docente y guionista de cine y televisión. Durante su época de maestro dio clases en liceos y en la Universidad de Nancy II, donde fue profesor de Antropología Cultural y Literatura. En su tiempo libre también impartió clases a niños discapacitados y a presos. Gran admirador de Simenon y del Jean Giono de la posguerra, publicó su primer libro, Meuse l'oubli, cuando tenía treinta y siete años. Sus novelas y libros de relatos han sido galardonados en varias ocasiones: la novela J'abandonne recibió el premio Francia Televisión 2000, el libro de relatos Petites mécaniques obtuvo el premio Goncourt de Novela 2003; Almas grises, su quinta novela, fue galardonada con el prestigioso premio Renaudot, también en 2003, y El informe de Brodeck fue premio Goncourt de los Estudiantes 2007. En 2008 fue director y guionista de la película Il y a longtemps que je t'aime (Hace mucho que te quiero).

martes, 3 de febrero de 2009

Israelíes y palestinos (macabeos y filisteos)

Por una vez, no voy a dar mi opinión, sino a hacer mía la de otros. Y además, de Javier Marías, que no es mi escritor favorito. Lo publicó en El País recientemente. Ahí va, sin más comentarios:
Creo que, en efecto, hay guerras en medio de cuyas indecisión y fragor es muy difícil medir y saber (...) qué es necesario y qué no lo es tanto. Hay otras, sin embargo, en las que la cuestión es meridiana, y en ellas resulta imperdonable hacer, a sabiendas, mucho más de lo necesario: provocar escarmientos en la población civil, para diezmarla y aterrorizarla; matar a niños que no podrían empuñar un arma aunque quisieran, y si la tuvieran; bombardear hospitales en los que se atiende a heridos, que ya están fuera de combate; o escuelas en las que se refugian mujeres con sus hijos, aún inocuos e inermes. Todo lo que se sabe que es gratuito y superfluo, excesivo y desproporcionado, abusivo y no vital para el desenlace de la contienda, es un crimen. El resto es otra cosa: es guerra, y así son éstas desde que existe el mundo. Israel ha incurrido en todos esos crímenes en su respuesta a los cohetes lanzados sobre su territorio por Hamás desde Gaza. Una vez más ha hecho pagar, desoyendo el viejo mandato, a justos por pecadores, y además con plena conciencia, crueldad, exhaustividad y encarnizamiento. Ha sacado la pistola ante una bofetada y ha hecho uso de ella. Hoy por hoy, es un Estado incivilizado, un venado, una mala bestia, un matón y un chulo. Las consecuencias injustas de su reacción le han traído sin cuidado. Hace años, con motivo de la publicación de una de mis novelas en hebreo, vino un periodista a entrevistarme. Recuerdo que me preguntó: "Si se le concediera un día el Premio Jerusalén, ¿lo aceptaría? ¿Vendría a nuestro país a recogerlo?" Le contesté que sí, en el improbable caso, que no veía por qué no. Hoy mi respuesta habría sido otra: "No", le habría dicho. "Lo mismo que nunca he ido a Cuba, o que no iría a Irán, ni a Arabia Saudí, ni a Venezuela, o que no habría ido al Chile de Pinochet, tampoco iría a Israel. A un país, para ser civilizado y democrático, no le basta con celebrar elecciones libres. Esa condición se gana o se pierde día a día, en la manera de gobernar, y también en la de conducir una guerra. Israel hoy la ha perdido".

sábado, 31 de enero de 2009

Ser amigos, tener amigos

Cuando pasan las cosas, incluso cuando vuelven a pasar, todos los caminos te llevan a los mismos sitios. No por saber que sucederían, ni por intuirlo, ni por conocidas, las mismas vivencias dejan de tener los mismos efectos, buenos, malos, anodinos, mejores, peores, devastadores. Cuando apenas se tiene familia, cuando tu familia son dos personas, y además están lejos, empiezas a darte cuenta de a quien recurres, de quien existe o está dibujado en tu vida cuando esas cosas ocurren. Más cuando eres un ser hermético, que enseñas exactamente no ya lo que quieres, ni siquiera lo que debes, acaso incluso lo que puedes, sino lo que algo, que no sabes que es, te permite enseñar. Surgen, siempre, los amigos, para estar, para disfrutar, para reir, para vivir, y a veces, de tanto en tanto, para sujetarte la espalda cuando vas a llorar, o quieres estar triste, un rato. Amigos que sólo con mostrarse a tu lado te reconfortan, y no hace falta nada más. No sé si soy muy buen amigo de mis amigos, mi desapego, mi inoperancia, a veces, mis castraciones, mis indulgencias... Pero creo saber estar como hay que estar y cuando hay que estar. Aunque no tanto como ellos, ese puñado, esos cuatro o cinco que me miran y me hacen sentir que estoy aquí, que no pierdo los cimientos, y que la vida sigue, y que merece la pena vivirla, porque no nos queda otra, y porque la alternativa es, definitivamente, una porquería. Ayer, una vez más, tomando un te, paseando por la noche por la calle Fernando el Católico, comiendo en un vegetariano, se dibujó esa esperanza de que siempre habrá alguien.

miércoles, 28 de enero de 2009

Ben Heppner en el Real: Maravilloso tenor.

El segundo concierto que vi y escuché esta semana, también en el Real, fue excepcional. Lamento decir que iba sin ganas a escuchar al tenor canadiense Ben Heppner, dado que la última vez que actuó en Madrid tuvo que marcharse a la mitad del concierto y su estado vocal era tremendamente malo, y así me lo transmitió un buen amigo al que quiero mucho. Total: me compré una entrada barata, y allá que me fui. Debo decir que me alegro de haber ido, pese a mis dudas, y que Heppner es uno de los mejores tenores de la actualidad. No es el de hace años, nadie es el de hace años. Su fraseo, su dicción, su vocalidad, su línea melódica, es excepcional, y el dominio técnico bastante bueno, Tuvo dos errores, una pérdida puntual de voz en Lohengrin y una pérdida de memoria en Fidelio pero de resto, iba bastante acertado. Algún idiota, porque no se le puede llamar de otro modo, ha escrito por esos foros de dios que estrangulaba en la zona de paso al agudo… En fin, los hay que por opinar son capaces de vender a su madre, porque no se escuchó nada de eso. El mismo idiota dijo que los bravos fueron intencionados, insinuando que una claque oculta estaba allí para que la cosa fuera más exitosa de lo que fue. Pues un servidor braveó desde el principio, disfruté mucho, y no me considero claque. La manía de desmerecer y de juzgar es lo que algunos confunden con comentar una actuación: si no destrozan no se quedan tranquilos, si no destrozan creen que parece que no saben, y finalmente, como en realidad no saben (porque este no tiene ni puta idea de lo que habla) pues queda como lo que es, un pobre bobo ignorante. ¿Ven por qué no debo leer las chorradas que se escriben por ahí? Porque no soporto la ignorancia. Perdón: el atrevimiento de la ignorancia. Ese es el bobo que me quitó las ganas de hablar de la Kavanoba, pero ahora no me joroba el placer de ponderar a Heppner. Personalmente, con Heppner, disfruté mucho, especialmente su Sigmund, de los mejores que he escuchado nunca. Correcto como Tristán, maravilloso como Lohengrin, excepcional como Max. Si pueden escuchar a este tenor, por favor, vayan a escucharlo (y olvídense de lo que los bobos, yo incluido, escriben en internet).La orquesta del Real, infumable. Eric Hull, el director, hizo lo que pudo, a veces consiguió cosas, pero tantos años bajo la plúmbea batuta de López Cobos hace la aventura de dirigir a esta formación un amargo cáliz. Que es López Cobos el que ha hundido la orquesta, y no al revés, y el que no se quiera enterar, que siga en su mundo de ignorancia. Menos mal que me encontré con otros amigos, apasionados y cultos, como Jorge, como Javier, como Rafa, que sí saben lo que escuchan y sí saben lo que dicen... ¡Gracias chicos!
Un video para que disfruten del tenor: