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domingo, 18 de abril de 2010

Un documento excepcional... Salome de Richard Strauss.

Pulula por internet, concretamente en youtube, desde hace unos días, un magnífico vídeo, debido a una filmación privada, de Montserrat Caballé cantando la Escena Final de Salome, de Richard Strauss. Como mi última entrada está dedicada a una decepcionante función en Madrid de esta ópera, dejo aquí las dos partes de ese video, para disfrutar de una magnífica Salome. Creo que es la New York Philharmonic, y dirige Zubin Metha, debe ser 1981 o alrededores, y Caballé está impresionante, dándole al personaje la brutalidad que le había impreso desde su encuentro con Leonard Bernstein unos años antes, que hizo que variara la concepción que hasta entonces la gran soprano había tenido del personaje. Un gran documento, que se oye regular, pero que permite escuchar a una de las grandes Salome del siglo XX, y la que abrió el camino para que las sopranos líricas se atrevieran con el personaje.


Salomé, de Richard Strauss, en el Teatro Real.

Mucha gente esperaba estas representaciones de Salomé con fruición, yo uno de ellos, y al terminar debo decir que por mi parte quedé decepcionado. Con varias cosas que paso a comentarte ahora mismo. Cuando la música es maravillosa, da igual lo que suceda en el escenario, que disfrutas por el valor intrínseco de la misma, y eso ocurrió la noche del sábado 17 en Madrid. Pero la función cojeaba por muchos aspectos. Se ha hablado hasta la saciedad del montaje, debido a Robert Carsen, pero no, no es uno de los elementos negativos a destacar. Me gustaron muchas cosas. La idea principal, montar Salomé en el decadente escenario de un Casino en Las Vegas cuadraba bastante bien con la acción, y no fue algo especialmente reseñable. Algunos elementos eran francamente absurdos, pero en líneas generales nadie puede negar que el montaje estaba pensado y calculado. Sobraron, quizás, los personajes travestidos (si es que estaban travestidos, aún no lo tengo claro) y algún concepto sórdido de más. Pero en líneas generales la cosa funcionó y muy bien. Herodes convertido en un mafioso acabado, Herodias en su esposa alcohólica, Salomé en la heredera lánguida y adolescente… No, nada de eso causaba excesivas estridencias. Fantástica, en líneas generales, la escena entre el profeta y Salomé, que se desarrolló con una gran plasticidad y elementos que evocaban al Buñuel de La Edad de Oro. En la escena final faltaba cierta intimidad e introspección entre la protagonista y la cabeza cortada del Bautista, pero tampoco funcionó mal, con los personajes secundarios a modo de coro de tragedia griega dirigiendo la cabeza como si de un juguete interactivo se tratase. Lo único que me pareció absurdo fue la Danza de los 7 velos. No ya el hecho de que Salomé se disfrazara de su madre, que es una idea enjundiosa como luego desarrollaré, sino en general la sordidez del momento y los cuerpos desnudos de tanto anciano sobre la escena. Me pareció más una escena para epatar que otra cosa. La trasmutación de Salomé como su madre no era un elemento fatuo: así representaba, en mi opinión, varias cosas. La propia decadencia de la familia, el triunfo de Salomé como heredera, si así disponía de ello, y la culpabilidad de la madre como causante del rechazo del Bautista al amor de Salomé y la propia maldición que caía sobre ellos, por dar sólo cuatro pinceladas a lo que podría ser el elemento más pensado del montaje, y que dejaba a Herodias preparada para lo que me pareció, conceptualmente, más interesante de la idea general de Carsen. Terminado el ebrio paroxismo sexual se Salomé, esta huye con la cabeza del Bautista, y a la orden de Herodes de “Matad a esa mujer” por esta vez no es Salomé la ejecutada, sino la propia Herodias, convertida así en el símbolo supremo de la locura que acabamos de presenciar y culpable de su advenimiento. Una idea ética resuelta además estéticamente con una enorme tensión, con el “coro” esperando para disparar una única pistola vengativa y ejemplarizante. Si alguien merecía ser castigado, en este montaje, era Herodias, y Carsen lo deja definitivamente zanjado sin paliativos.Además, el montaje contaba con momentos de un gran plasticismo, como la caía de polvo de oro de las cajas de seguridad más altas del decorado. Sin duda, Carsen ha estudiado a fondo el texto y la acción, y su propuesta puede resultar más o menos interesante o gustar en mayor o menor medida, pero no es en absoluto absurda ni gratuita.

Los problemas vinieron dados por la parte musical. En primer lugar, la orquesta, dirigida por Jesús López Cóbos. Se nota que han trabajado más, que se lo habían preparado a fondo, pero hubo dos principios trascendentes que sin duda ayudaron a hacer cojear la noche: en primer lugar, el tiempo, extremadamente medido por el metrónomo cerebral de López Cobos, que tiene un metrónomo incrustado en las meninges y es incapaz de librarse de él. Así no se puede dar aire a una orquestación oceánica como aquella. Lo segundo, faltó introspección y sobró volumen. Hay dos maneras, siempre las ha habido, de acercarse a esta partitura, y tiene mucho que ver con las voces elegidas para interpretarla, supongo. Una es una óptica que inadecuadamente podemos definir como wagneriana, y fíjate que yo mismo digo que esta definición es inadecuada. La otra es más recogida en cuanto a volumen pero que saca más partido del intimismo y los matices. En el primer grupo están, por ejemplo, Solti o Karajan, en el segundo Bernstein, Metha, Baremboin… López Cobos optó por el primer camino, porque se lo cree o porque no da para más. Casi estoy por pensar que por lo segundo, yo a este señor ya no lo entiendo. Porque una cosa es una orquestación triunfal y épica, al estilo Solti, y otra cosa un nivel de volumen tan elevado que rompa los tímpanos y sea definitivamente desagradable, arrasando además con cuanta voz esté intentando cantar en escena. Ese fue el gran problema de la dirección musical de la noche, que alcanzó mínimos históricos en la Danza de los siete velos, donde pocas veces se ha escuchado a una orquesta aburrir tan soberanamente. Vale que es un poco “orientalismo de bazar” como ya la describió un día Terenci Moix, pero tampoco tanto como para pasar por ella sin ganas y sin ninguna personalidad.Eso hizo que un cantante como Wolfgang Koch, que interpretaba a Jochanaan, haya sufrido lo indecible por dejarse escuchar. Koch puede con esta partitura y con más, y el volumen de su voz es más que sobrado para poder triunfar por encima del increíble volumen orquestal en los momentos clave que se le exige. Pero el volumen de la Orquesta del Real, la noche del sábado, era imposible de salvar para cualquiera. Desgraciadamente, mucho aficionado cargará las tintas sobre el cantante, que en líneas generales estuvo soberbio, cuando la culpa estaba en el foso. Por cierto, es casi imposible conseguir una foto aceptable de Koch por internet, así que te pongo una en la que parece que está en su primera comunión, lo siento.

Estupendo el Herodes de Gerhard Siegel, que conoce el personaje y lo que puede hacer con él. Histrión, neurótico, déspota, asustadizo y cobarde, Siegel dibujó un excepcional Herodes humanizado por su conversión mafiosa. En ningún momento, como ha de ser, revistió dignidad, sino todo lo contrario, enfermizo y cruel tirano decadente. En lo vocal resolvió con creces su papeleta, incluido el angustioso intento de convencer a Salomé de no cortar la cabeza al Bautista, ofreciéndole con ansiedad y auténtico pánico las mayores joyas del reino.

Nina Stemme, muy aplaudida, fue para mí lo más decepcionante de la noche. La zona aguda fue un auténtico sufrimiento: no hizo bien ningún agudo en forte hasta el mismo final, donde bien arropada por la orquesta los emitió con seguridad. Todos los demás absolutamente chillados, las más veces calados, e incluso en algún momento lanzado demasiado hacia arriba. Los graves las más veces sólo apuntados, les faltó cuerpo y registro. Y apareció un molesto y turbador, a la par que inquietante, vibrato que no paró de molestar en toda la noche. Mi conclusión no es que Stemme, a quien escuché en año pasado y en general es una cantante solvente, estuviera ante una mala noche o esté en decadencia, sino que está cantando una partitura que no le va. Joan Sutherland dijo en su día que si notaba alguna sensación en la garganta o un problema puntual se repetía incansablemente sin lograr resolverlo, ella misma sabía que estaba cantando mal, o que estaba cantando la ópera equivocada. Sospecho que Stemme, que sin embargo resuelve bien escénicamente el personaje con el aspecto aniñado que se le exigía, estaba cantando lo que no debía. Tener una voz wagneriana y potente no significa que puedas hacer Salomé. Eso también forma parte de la dicotomía histórica de esta ópera. Birgit Nilsson, la gran wagneriana, pudo enfrentarse a Salomé y hacerla, quizás algo fríamente, pero su capacidad de matizar le permitió resolver aquellos elementos de Salomé que no están hechos para las grandes Isoldas. Ya Hildegar Berhens demostró que la voz poderosa no era la más adecuada para Salomé, haciendo una princesa francamente aburrida y con problemas de musicalidad. El camino de las líricas, que abrió Caballé a finales de los 60 con una apabullante versión en disco, y que luego siguieron Vasey, Malfitano, Ewing, Saas y tantas otras, demostró que esta ópera había sido en general mal comprendida, y que una lírico spinto con el suficiente volumen pero sobre todo una especial calidad en los matices y las medias voces hacía más por el personaje que las Brunhildas. Salomé es el mejor personaje escénico, en mi opinión, de Montserrat Caballé, y desde luego tras escuchar a Stemme anoche, por ahora no tiene una sucesora evidente en el trono de ese personaje. Porque a Stemme le fallaba, también, la capacidad de apianar, que se le exige en muchos momentos, y está incapacitada para esa necesaria introspección. Su primer “quiero la cabeza de Jochanaan” falló estrepitosamente porque al tratar de recoger su volumen vocal casi se quedó sin aliento. Ese fue otro de sus problemas la noche del 17 de abril: se ahogaba, puntualmente, pero se ahogaba. Definitivamente, prefiero Salomé en un tono más lírico y menos heróico.

Desde mi punto de vista, la triunfadora de la noche fue Doris Soffel como Herodias. La parte vocal, de poner los pelos de punta, como cuando emitió un atroz forte agudo que hizo bajar hasta un grave perfectamente emitido y que se alargó hasta dejarnos a todos al borde del aplauso. Se la escuchaba, emitía con nitidez, la voz era perfecta para el personaje, ligeramente aguardentosa como le pedía su propia escenificación de una Herodias borracha que se tambalea por el escenario… Su capacidad vocal, evidente y poderosa, estaba a la par de su magnífica calidad con actriz, haciendo de esa patética y peripatética Herodias despreciada por su marido, por su hija, y en el ocaso de su belleza perdida. Al terminar, uno tenía la sensación de que había escuchado otra ópera, en la que Soffel se había llevado el gato al agua… Pero por desgracia Salomé es una de esas óperas que si la titular del rol falla, todo se viene abajo, por lo que esa noche ansiada en el Real de Madrid se convirtió en la noche del desconcierto y la decepción.

jueves, 18 de marzo de 2010

De cine: Precious, de Lee Daniels.

Acabo de ver esta película, muy aclamada en las últimas fechas, de Lee Daniels, y si bien no me ha dejado indiferente, también es cierto que ha tenido cosas que no me han gustado. Si después de que la veas lees que pienso que en algunas partes es algo autocomplaciente, me dirás que si me he vuelto loco, repasando el argumento: una obesa adolescente negra de Harlem es madre de dos hijos, la mayor de ellos con sindrome de down, fruto de las continuadas violaciones de su padre; y vive con su madre, que la maltrata y le causa también todo tipo de abusos sexuales y verbales. Como para verla un lunes y quedarse con buena cara el resto de la semana, vamos. A partir de ahí, una historia de superación personal, pues la chica, semianalfabeta, encuentra una "escuela alternativa" donde va desarrollando sus cualidades hasta conseguir, finalmente, la ansiada independencia. Aunque cuando todo empieza a ir bien y parece que la vida va a ser color de rosa, un nuevo hachazo la desestabiliza, condenándola a una existencia precaria. Pese a todo, habrá final feliz, aunque promisorio.Lo mejor, la propia concepción del film, la crudeza de las imágenes, el estupendo diálogo, y sobre todo las interpretaciones, de entre las cuales brilla con luz propia la actriz cómica Mo'nique, aquí en un registro dramático de altura, interpretando a la atormentada y despiadada madre: es excepcional, tiene uno de los papeles más duros e intensos que yo he visto en una pantalla en muchos años, con una serie de monólogos terribles y un desequilibrio incontenible que plasma con una impresionante calidad interpretativa. Muy interesante también, aunque más limitada, la propia protagonista, Gabourey Sidibe... Hasta Mariah Carey está francamente bien en su papel de asistente social, ¿quién lo iba a decir?Lo peor, que esa América atroz que tan bien queda reflejada a lo largo del film se va malogrando porque el guión no puede dejar de caer en lugares comunes, como la profesora entregada que se implica en el proceso de superación de sus alumnas; o lo que finalmente parece el triunfo del "estilo de vida americano" donde si quieres, y con las oportunidades adecuadas, podrás salir adelante... Algo tremendamente maniqueo, que desluce el resultado final. Pero merece la pena, y yo de ti iría a verla, eso sí, en V.O.S., porque yo tuve la mala suerte de verla doblada, y el doblaje es simplemente espantoso.

viernes, 12 de marzo de 2010

De cine: Michael Haneke, La cinta blanca

Una película completa, excepcional, redonda, una auténtica obra maestra. Esta cinta muy laureada en Europa, me ha impresionado como pocas últimamente. Dirigida por Michael Haneke, puedes pensar (un pueblo alemán en el año previo a la Primera Guerra Mundial) que vas a ver otra cosa que al final se convierte en una estupenda película de suspense plagada de simbolismo. Empezamos con una idea que viene obsesionando a los creadores desde que en el S. XVIII en nuestro continente se redescubrió la infancia: ¿puede un niño ser perverso? Recuerdo al menos seis o siete buenas películas que juegan con esta idea, varios excepcionales libros o relatos, y muchas obras menores o definitivamente malas. La pureza de la infancia y de la adolescencia puesta en duda en medio de hechos trágicos de los que muy pronto empezamos a sospechar la autoría. El problema es el por qué, y eso nos lo encierra Haneke de manera magistral. Una atmósfera opresiva, asfixiante, de colores oscuros nimbados además por el blanco y negro de la fotografía. Personajes enteros y de aparente fortaleza moral que esconden secretos inquietantes. Un Conde que se maneja, de facto, como un señor feudal, un sacerdote luterano de grandes virtudes e inflexibles reglas educadoras; hombres de poderes ilimitados, mezquinos y ruínes; mujeres oprimidas, inexistentes, silenciosas. Y sexo, sexualidad punible y temida, represión concreta que empapa y empaña toda posible felicidad. El ritmo tenso, los hechos mostrados siempre fuera de cámara, los pecados insinuados, que imaginamos, que no acabamos de ver, y un grupo de niños que planea, rodea y pulula alrededor de todos los desastres, anticipo del gran desastre que estaba por llegar con la muerte del Archiduque en Sarajevo. Nada mejor que unas palabras del director para entender la profundidad temática de la historia: Mi objetivo principal era presentar a un grupo de niños a los cuales se le inculcan valores considerados como absolutos y la manera en la cual interiorizan estas ideas. Si se considera como absoluto un principio o un ideal, ya sea político o religioso, se vuelve inhumano y conduce al terrorismo. Es el mejor resumen. No debes perdértela.

De libros: Eudora Welty, La hija del optimista

La Editorial Impedimenta publica esta magnífica novela de Eudora Welty, escritora norteamericana fallecida en 2001 a los 92 años, y que con esta novela fue acreedora del Premio Pulitzer en 1973. Es curioso como una escritora más que notable, perteneciente a la gran generación del autores del Sur de los Estados Unidos, como Truman Capote, y con una trayectoria tan brillante, sea sin embargo poco conocida para el gran público en nuestro país, con sus obras escasamente editadas (de hecho, esta es la primera edición en castellano, con traducción de José C. Vales, de una novela con casi 40 años de vida).
En el magnífico prólogo de Félix Romeo se nos explica el gusto y casi la obsesión que Welty tenía por la literatura infantil y los cuentos de hadas, a los que consideraba un compendio de virtudes estéticas en lo que a localización espacio-temporal se refiere. No está mal esa referencia, porque así La hija del optimista se nos aparece como una obra que, enmarcada en un adusto realismo sin apenas concesiones, puede ser entendido, en clave fantástica, como un homenaje conceptual a esa literatura para niños, pues si rascamos un poco vemos todos los ingredientes posibles. También sorprende en una historia llena de misterios velados, de realidades ocultas, de pesimismo y tristeza, el título, que califica como optimista a quien en realidad vivió siempre en la huída y la ausencia. La historia es muy sencilla, Laurel, una mujer madura, viuda de guerra, regresa de su Chicago natal para atender a la enfermedad de su padre, un recio juez del sur que sufre una delicada operación que ha de superarse con un atroz reposo absoluto. La presencia ominosa de la madre muerta y de la segunda mujer, una vulgar idiota, coronan un relato de costumbres, luces y sombras, renuncias y un supremo acto de madurez intelectual y emocional plagado de abandonos. Un mundo de valores agotados en sus propias mentiras donde los personajes, dibujados con ligeras pinceladas, son al final presencia poderosas y macizas, en un ambiente donde el calor, el ruido y el polvo martillea nuestras conciencias. Excelentemente ambientada y concebida, es una de las grandes novelas americanas del Siglo XX, y no deberías de perdértela.

viernes, 26 de febrero de 2010

De libros: Danilo Kis, Laud y cicatrices.

De lo mucho que he leído últimamente, Laud y cicatrices del escritor serbio (¿o debería decir yugoslavo?) Danilo Kis (1935-1989) es uno de los que más me han impresionado. Apenas 112 páginas que desgranan algunos cuentos, más o menos biográficos, que destilan la lírica oscura y tenebrosa que en muchos casos suele ser elemento común a los autores del este europeo que tuvieron la desgracia de vivir ese enorme error histórico y sociopolítico que significó el Telón de Acero, y que tan brillantemente lleva ya unos años editando y recuperando la Editorial Acantilado. Son una serie de manuscritos inéditos, que como muy bien explica la contraportada, no son un material de desecho ni de aluvión, sino que tienen una unidad narrativa inteligente y difícil, cuyo hilo conductor es el absurdo de algunas situaciones, el desgarro de la condición humana ante lo imposible o lo inviable, y sobre todo un sistema de escritura brillante y escandalosamente práctico. El único pero que se le puede poner viene dado por la edición en sí, pues tanto los traductores, L.F. Garrido y T. Pistelek, como la editora, Mirjana Miocinovic, se empeñan en una sesuda explicación de hasta el último detalle, tanto de la dificultad de limpiar y acomodar unos manuscritos llenos de párrafos y líneas tachadas como de superar elementos propios de unos textos que el propio autor no había todavía previsto para la publicación. Ese exceso de explicaciones complica aún más unas historias de por sí difíciles, a veces, de desentrañar. Me gustaron especialmente el cuento titulado Yuri Golets, en el que un personaje (luego nos enteraremos que puede ser una historia real) desesperado ante la muerte de su mujer, y aceptando que no tiene sentido seguir viviendo sin ella, pide a sus amigos ayuda para suicidarse, en forma de escopeta; y El poeta, que refleja la absurda estancia en prisión de un anciano yugoslavo acusado de escribir poemas en contra del régimen de Tito, y que es obligado una y otra vez a depurar unos versos por parte de sus carceleros, manteniéndose en pie sólo por la esperanza de encontrar con vida a su perro, aunque él mismo sabe que las mentiras que le cuentan sobre el pobre animal no son verdad. Dos historias evidentemente encontradas y semejantes en la desesperanza, la inquietud y, como he dicho antes, el absurdo. Pero hay más, siempre con una poética nostálgica, con la sensación de mundos que se hunden y realidades que ya no se comprenden, como si la alienación del ser humano haga inviable la vida cuando esta acaba, o se convierta, en sí misma, en una razón para vivir. Muy recomendable, pero prepara tiempo y ganas, porque releerás algunos párrafos una y otra vez hasta alcanzar a darle un verdadero sentido.

miércoles, 24 de febrero de 2010

Bernarda Fink, mezzo, en el Teatro de la Zarzuela.

Esta entrada es más cercana, puesto que este recital del XVI Concierto Lied de La Zarzuela fue hace escasamente dos días. No iba yo muy convencido, y si bien no me desagradó, mantengo ciertas reservas y opino que es el más flojo de cuantos ha programado este año el Teatro. La mezzo argentina Bernarda Fink, acompañada, notablemente bien, por el pianista Anthony Spiri, hizo en la Zarzuela un recital poco comprometido, casi autocomplaciente, que comenzó con una primera parte dedicada al Schumann más facilón, con los horribles temas con letra de la Reina María Estuardo incluídos, puesto que salvo las 5 primeras piezas, algo más sesudads el resto se consagró a las referidas canciones con textos de la Reina de Escocia y a una breve selección de Myrthen, canciones de ambiente escocés un tanto abigarradas. La segunda parte fue enteramente hispana, con el ripioso Granados de La Maja Dolorosa, de música excepcional, seis coplas del argentino Luis Giannéo, populares y poco más; lo mejor del concierto, las Quattro Liriche basadas en poemas de Antonio Machado escritas en español por el italiano Luigi Dallapiccola; para finalizar con los Cuatro Madrigales Amatorios de Joaquín Rodrigo. La voz es bella, una cantante correcta y con buena técnica, sin problema alguno de afinación, aunque el volumen es pequeño, no sé qué haría esta cantante en un gran teatro con una orquesta detrás. Sus grandes problemas surgen en los agudos, y muy especialmente en aquellos que tiene que emitir en forte, donde se abre demasiado, los hace fibrosos, e incluso hacen un poco de daño en el oído. Entonces, ¿qué es lo que no me gusta de la Fink? Que es cursi, tremendamente cursi, tanto que no paró de recordarme a María Bayo, aunque no es tan cursi como la navarra ni tiene sus graves problemas de afinación. Pero no se puede cantar todo como si fueras una señorita de provincias. Incluso cuando intentó ser arrabalera, con las canciones populares de Giannéo, lo que quedaba era una señorita bien imitando a una arrabalera. Esperaba yo con fruición el famoso De los álamos vengo de Rodrigo, obrilla que me encanta y a la que tengo un gran cariño, y que se saldó con una decepción: no se puede cantar algo así de una forma tan aburrida y monótona, sin ardor, sin alegría, con una sonrisa algo tontaina, y en resumen tan sosamente. Lo mejor, ya lo dije, las Quattro Liriche, basadas en poemas de Antonio Machado, donde la cantante demostró de lo que puede ser capaz y la amplitud de su voz, repertorio comprometido, muy actual, y difícil. Pero eso fue un pequeño oasis en un recital, por lo general, aburrido.

Joyce DiDonato en el Teatro de La Zarzuela.

Retomo este blog tras muchísimo tiempo porque debido a diversas cuestiones, casi todas profesionales, ha sido imposible entrar aunque fuera un minutito. Y lo hago con algo que ha pasado hace tiempo, pero que no quiero dejar de reseñar. Se trata de la intervención de la mezzo americana Joyce DiDonato en el Teatro de La Zarzuela, dentro del XVI Ciclo de Lied. Sigue con buen paso este ciclo, aunque desgraciadamente hay dos conciertos a los que por problemas de salud no pude asistir, Christian Gerhaher y Matthias Goerne, que se saldaron, por lo que me cuentan, con sendos exitazos.Joyce DiDonato no es mezzosoprano, es una soprano corta, y sobre eso personalmente me quedan pocas dudas. La cuerda de mezzo la mueve con cierta tranquilidad, pero se nota que no está en ella de manera natural. La zona grave es dubitativa y le cuesta, la evita todo cuanto puede, y la salda con cierto oficio, y la zona aguda le es mucho más cómoda, aunque si fuera soprano tendría que ir hacia lugares que no está posibilitada para transitar. Como mezzo se vende, le resulta fácil, pero ciertamente no lo es, no por cualidad, ni por cantidad, ni por color vocal.Es una cantante con cierta tendencia a la frialdad, aunque sus intervenciones están bien pensadas. Poseedora de una buena técnica y mucha capacidad actoral, creo que basa su trabajo sobre todo en lo segundo, aunque su línea de canto no es mala. Pero en líneas generales, pareciera un poco más famosa por cuestiones de marketing que por sus verdaderas capacidades. El público de La Zarzuela, uno de los más raros y divertidos que conozco, no le granjeó a lo largo del concierto el nivel de aplausos que uno cabría esperar, como sucedió en su recital en el Teatro Real el pasado año. Porque es una cantante que no enciende. Puede gustar, se la puede apreciar, es correcta, lo que hace lo hace bien, pero no es un gran músico, y está lejos de ser una cantante excepcional. El concierto era comprometido, con una primera parte dedicada a Arias Antiguas de compositores italianos, de los siglos XVII y XVIII, y piezas de Beethoven y Rossini, y una segunda parte que se adentró en compositores de un XIX tardío o un XX más pleno, aunque, eso sí, con una cerrada y limpia línea melódica, sin excesos debidos a la modernidad. Demostró cierta versatilidad y conocimiento de lo que hace, pero le costó que el público se metiera en el concierto. No cabe duda que se vende bien, es simpática, lo demuestra, y su gama de gestos y de interpretación le ayuda. Pero lo curioso es que realmente no se llevó el gato al agua hasta el final, como cabría pensar que ella misma había calculado. Después del sesudo repertorio de la primera parte, y el más complaciente de la segunda, pero siempre moviéndose con piezas poco conocidas, que permiten evitar la comparación, terminó con piezas como La spagnola de Vincenzo Di Chiara, en la que con cierta pantomima de lo español y mucha simpatía se metió al público en el bolsillo. El remate lo consiguió con los dos bises: Voi chi sapete, de La Nozze di Figaro de Mozart, para el que se puso una pajarita y mostró una buena bis cómica, y sobre todo el Rondó final de La Donna del Lago de Rossini, que he de decir me pareció de los mejor cantados que he tenido la suerte de escuchar, y cuando uno lo ha hecho con Montserrat Caballé y con June Anderson, está diciendo mucho. La coloratura divertida y bien colocada, y la dicción perfecta, ahí estaba la DiDonato metiéndose al público, hasta entonces sólo correcto, en el bolsillo. Pero sin embargo, en su versión durante el concierto de la Canción del Sauce del Otello de Rossini, no logró despuntar y uno no podía dejar de pensar en Federica Von Stade o la propia Caballé, que han hecho grandes cosas con esa pieza.Un concierto pensado, no decepcionante pero en el que sí se me aclararon algunas ideas sobre esta cantante, a la que se puede ir a ver, y que tiene tonos de estrella, pero no ha llegado a serlo. Para terminar, una mención a David Zobel, el más flojo de los acompañantes que han pasado este año por La Zarzuela, preocupadísimo por el metrónomo, podías sentir como contaba el compás con la cabeza mientras tocaba. Le falta aún mucho tiempo.

viernes, 8 de enero de 2010

Luis Ángel Catoni, Figaro, in memoriam

Rara vez he escrito algo personal en este blog, aunque algunas entradas han caído, y pensarás que con lo que soy yo la verdad es que realmente son pocas... Pero hoy me apetece mucho recordar y hablarte de un amigo que ha fallecido ayer, plácidamente, en su casa de Miami. Mientras dormía, sin que nadie se lo esperara, se ha ido Luis Ángel Catoni.Luis Ángel Catoni era conocido por muchos como Fígaro, el nombre con el que firmaba sus crónicas y críticas operísticas en internet y en los medios de comunicación. No nos veíamos demasiado, lo cual es normal teniendo en cuenta que él vivía entre Puerto Rico y Miami, y yo entre Tenerife, Toledo y Madrid. Pero las pocas veces que coincidimos fueros fantásticas, y nuestro contacto durante más de 7 años ha sido contínuo y como mínimo semanal, ya fuera por email, por chats, por foros o por teléfono. Construímos, gracias al regalo para la humanidad que fue internet, una sincera y sólida amistad, más allá de convencionalismos, y ha sido quizás una de las relaciones más gratificantes que he tenido en mi vida. Hablábamos, ya lo dije, cada semana. Y de tanto en tanto me enviaba el mismo correo con el mismo video de youtube, las dos últimas veces por mi cumpleaños y por Navidad. Un día le pregunté por qué me mandaba siempre ese vídeo, dado que yo pensaba que era que no se acordaba y que me lo mandaba una y otra vez en emails en grupo, vamos, que se lo mandaba a todo el mundo. Y me respondió que era porque había sido uno de los momentos en los que más había disfrutado en su vida en un teatro, y que sí, cada cierto tiempo lo compartía con mucha gente, pero que en las fechas indicadas lo hacía conmigo porque sabía que yo lo iba a disfrutar tanto como él, o más. No se equivocaba, y me pareció algo muy bonito. Luis Ángel era una persona muy cariñosa y emotiva. Celebraba dos cumpleaños, el de su nacimiento y el del día que renació gracias a una operación quirúrgica. Y siempre tenía una palabra amable, un gesto cariñoso, un acto de amistad. Conmigo tuvo muchos, jamás nos enfadamos por nada. Es curioso, en una persona que en los foros de internet tenía fama de tremendo y temible, porque no se andaba con chiquitas y cuando tenía que poner colorado a alguien lo hacía. Pero era parte de su timidez y de su emotividad. Cuando te quería, cuando te tenía afecto, era hasta el final. Le gustaba la gente sincera y que valorara la vida, y le gustaba contarte sus sensaciones y sus emociones ante todo lo que pasaba en su vida. Era una gran persona y tenía un corazón de oro. En momentos de panegíricos, siempre las palabras son cursis.Ahora quiero contar una anécdota que me pasó con Luis, o más bien por mediación de Luis. Venían a Tenerife, yo aún vivía allí, un amigo suyo, tenor de cierto renombre en Centroeuropa, y su amigo o pareja (aún hoy no me ha quedado claro) un director de orquesta algo más conocido, aunque no uno de los grandes. Luis me pidio que los acompañara si tenía tiempo, y yo lo hice encantado. Quedé con ellos un día con tal buena suerte que acababan de robarles las llaves del coche y estaban tirados en una plaza con el bañador y la toalla sin poder acceder a su vehículo ni volver a su hotel, en el norte de la isla. Les ayudé con los trámites, conseguimos recuperar el coche y sus pertenencias, y pasé tres días más o menos con ellos. El tenor era encantador, el director de orquesta también, pero trataba sin parar de seducirme, primero con indirectas y comentarios velados, que por supuesto yo captaba pero que podían ser equívocos, con lo cual nunca entraba al trapo, y ya a partir del segundo día de manera más directa. Recuerdo que me dijo Me encantan los chicos como tú, ¿no te causa curiosidad acostarte con un hombre como yo? Y yo muy finamente, por no armar un cifostio, le dije que yo era muy poco curioso. A medida que se agotaban las posibilidades, empezó a aumentar la presión, y el último día ya me tocó el culo con todas sus ganas. Yo pensé ¿le parto la cara aquí mismo o me hago el loco con clase y educación? Y por Luis, sólo por Luis, opté por lo segundo. Es un resumen muy breve de los momentos locos y surrealistas que el maestro me hizo pasar esos tres días de enero. Luego, muerto de risa, llamé a Catoni y se lo conté. Bueno, él se rió muchísimo, pero luego estuvo años, y créeme cuando te digo que fueron años, pidiéndome disculpas porque al director de orquesta él no lo conocía y no sabía en absoluto que iba a sucederme algo así con él. Le molestaba de verdad, y aunque yo no paraba de decirle que no tenía nada de qué disculparse y que yo ya era mayor para zafarme de este y de otras mil flores como ese, siempre le dolió que me pasara eso con su amigo y su acompañante. Aunque gracias a esa anécdota, teníamos como un guiño entre ambos, que era Te deseo muchas fiori este año, o Pásalo bien y muchas fiori, haciendo un juego de palabras con el apellido del director del que no daré más datos que en esto de los blogs nunca sabes quién va a leerte.
La última vez que vi a Luis fue en Barcelona, con motivo de Die Walküre, y fue un encuentro muy breve y emotivo. Nos dimos un fuerte abrazo y hablamos durante unos diez minutos, le propuse cenar juntos pero me dijo que se marchaba al día siguiente y estaba muy cansado, acababa de tener un pequeño problema de salud. Así que lo dejamos para una siguiente ocasión, que no se ha producido. Siempre me invitaba a visitarlo en Puerto Rico o en Miami, y mis últimas palabras para él, hace apenas unos días, fueron la promesa de ir este verano, sin falta. Y se alegró sinceramente.
Lo curioso es que no estoy triste ni abatido. Fue un duro golpe enterarme de su muerte, pero ahora pienso lo bueno y grande que ha sido para mí, lo mucho que nos respetábamos, la vida tan intensa que tuvo, y lo mucho que la disfrutó. Ópera, música, teatro, viajes, conocer mundo, comer como un buen sibarita, compartir... Era un hombre francamente grande, en todos los sentidos, porque estaba enorme y orondo, y una tarde con él te hacía crecer más que muchas otras cosas. Me siento feliz porque ha muerto plácidamente, porque me deja un montón de recuerdos, todos bonitos, y porque hoy se ha visto, en internet y más allá, lo mucho que lo queríamos y la gran familia que lo acompañaba. Creo que esta tarde voy a cenar en un buen restaurante, con una buena botella de vino, y pensaré mucho en él. Como regalo, para él y para todos, pongo dos recuerdos. El primero, ese vídeo que él siempre me enviaba, Montserrat Caballé, su soprano favorita, cantando la oración final de Maria Stuarda de Donizetti. Él estaba allí esa noche, y decía que había sido lo más maravilloso que escuchó en su vida. Nadie ha cantado esa escena como la Caballé, en eso no se admiten discusiones.
Ahora, otra pieza, y otra vez Caballé. El Ave Maria de Othelo de Verdi. Luis era religioso, a su manera. Si hay una vida más allá, Luis Ángel hoy está sentado cenando opíparamente junto a Maria Callas, aunque yo tengo mis dudas de que la Callas esté en el paraíso o a la altura de Luis Ángel, y esto lo escribo para que él, allá dónde esté, si puede leer esto, se coja uno de sus celebérrimos rebotes y venga a pedirme cuentas... Sé que le haría mucha gracia este comentario. Gracias por todo Luis Ángel Catoni, te quiero, francamente, mucho.

jueves, 31 de diciembre de 2009

De libros: Ángeles derrotados, de Denis Johnson

La colección Otra vuelta de tuerca de Anagrama presenta una reedición de la primera novela de Denis Johnson, hoy, 27 años después, un afianzado valor de las letras norteamericanas. Me lo regaló un amigo invisible que ahora es visible, y fue una gran elección. Me gusta la literatura americana de los últimos cincuenta años, la que nace tomando como modelo a Kerouac para retorcerlo y desesperarse, y llega a la de Bukowsky, Auster o Roth. Johnson pertenece a esa familia.Bill Houston y Jamie, dos personas derrotadas aún antes de saber que tenían que luchar. Vidas extremas, estúpidas, en el fondo, de personas que no tienen nada en la vida sino esperanzas y poco coraje o poca fuerza o pocas oportunidades para salir adelante. Se dejan llevar entre droga, alcohol -los grandes totems de la cultura americana- y un irresistible afán por salir hacia adelante sin controlar ninguno de sus pasos, rodeados de personajes igual de acabados y sin sentido, que se mueven sinuosamente en paisajes feos, grises, fríos o extremadamente calurosos. Que lo tienen todo en contra. Unen sus vidas en medio de su huída a ninguna parte, y todas sus decisiones se tornan un desastre. Bill como protagonista de un atraco desastroso que lo lleva a las puertas de la cámara de gas, traicionado por sus hermanos, olvidado por el mundo, incluso por sí mismo. Jaime vilipendiada, violada, adicta a todo, que cae en el oscuro pozo de la enfermedad mental y los psiquiátricos malolientes del estado. Sólo la mentira, al final, parece redimirlos.Ha sido una lectura difícil para un fin de año tan raro para mí como el mismo año que termina. Me costó arrancar, y las diez primeras páginas las leí pesadamente y con dificultad, pero de pronto se obró el milagro, y la escritura valiente y directa de Johnson me hizo continuar con fruición hasta terminar el libro en apenas dos noches de lectura intensa, donde sólo el cansancio pudo interrumpirla. No hay concesiones ni esperanza, algo tan típico de los escritores norteamericanos de este calibre, de los padres del posterior, y para mí menos exitante, realismo sucio, algo más Generación X de lo que debería. Debería ser imposible, desde el calor de mi hogar y mi vida pequeña y burguesa, sentirse identificado con los personajes, pero ahí están, puedes ser tú mismo, en otra lucha, en otro camino, en otra historia. Pero puedes ser simplemente tú. La vida a veces tiene un rostro amargo e insensato, y no te permite huir hagas lo que hagas. Desear no es poder, y querer ni siquiera es una insinuación de posibilidad. Si este libro cae en tus manos, no dejes de leerlo, pero pasa de puntillas por el prólogo de Manuel Gutiérrez Aragón, que no aporta nada.

lunes, 28 de diciembre de 2009

Jenufa, de Janacek, en el Teatro Real

Continúa la temporada del Real, y continúa para mí brillantemente, con una de las sensaciones del año, que era la esperadísima Jenufa que se ha desarrollado entre el 4 y el 22 de diciembre. Me instaba Miguel, en un comentario a mi entrada sobre Cecilia Bartoli, a escribir algo sobre esta ópera, y me descubría porque realmente me estaba costando escribir esta entrada dados las dudas intelectuales que a mí mismo me surgían cuando pensaba en ello. El problema, para mí, es Janacek. Ahora está de moda en Europa, como bien dice alguien a quien quiero y respeto mucho en todos los planos, pero también en el intelectual, y como está de moda, se hace en todos lados y parece que tiene que gustar. Jenufa no es una mala ópera, cuidado, aunque como siempre los argumentos de Janacek me resultan tremendamente oscuros y complicados, no como El caso Makrópulos, pero es de todo menos gratificante. En este caso, con infanticidio incluído.
Pero Leos Janacek, para mí, tiene un problema: nunca sé, musicalmente, a dónde quiere ir, y cuando pongo sus óperas una detrás de la otra no entiendo cuál es su discurso estético. Me parecen todas demasiado diferentes, muy poco personalizadas, y sin un rumbo coherente. Ahí está, ya lo he dicho. El magnífico montaje de Lulu con el que se inició la temporada cosechó el desprecio, estoy seguro de que orquestado, de gran parte del público, y la pregunta sigue siendo ¿y por qué Janacek no?. Quizás es eso: la moda. Con Berg yo sí tengo esa sensación de saber de dónde viene y a dónde quiere ir, con Janacek todo me parece mucho más casual, más causal, y a veces aburrido. Jenufa es una buena ópera, muy lírica, y complicada para los personajes, con un argumento, ya lo he dicho, oscuro y a ratos endiablado. Una joven despreciada por el amante que la he dejado embarazada, desfigurada por el quien la ama de verdad, y con una madrastra tremenda que no duda en asesinar al niño del pecado para salvar la honra de su proahijada. Todo bastante duro y difícil. La orquesta es una de las grandes protagonistas, con un volumen pastoso y cruento a ratos, y las voces están especialmente cuidadas en todo el proceso.
El montaje, en coproducción con la Scala de Milán, basada al parecer en el montaje original del Chatelet de París, es bastante interesante, por su sencillez, y por sus momentos estéticos francamente impactante, como cuando la cuna del niño empieza a ser azotada por la nueve mientras que su abuelastra reflexiona sobre la necesidad de matarlo. Algo más absurdo me pareció, por lo complicado y lo extrevagante, la presencia de las aspas del molino, pues la acción pudo haber funcionado perfectamente sin que aparecieran, pero parece que tratándose de Janacek siempre tiene que haber algo espectacular sobre la escena (en Makrópulos fue la gigantesca esfigie de King Kong). La firma Stephane Braunschweig, con Thibault Vancraenenbroeck como figurinista, y qué gran trabajo hizo este último, con un vestuario tan parco como efectivo y potente. Un escenario enmarcado por enormes tabiques amaderados, de los que a veces simbólicament surgía un hueco de un potente color rojo (en forma de cruz durante todo el tercer acto), que se movían para adecuarse a cada momento de la acción, y un uso admirable de la iluminación, eran la base de todo el proceso, que nos recordaba a veces la tortuosa atmósfera en la que se movían los protagonistas, a veces la esperanza, y otras simplemente, la tristeza. No se puede negar que todos los implicados en el montaje lo habían pensado, y además mucho.
La Orquesta titular del Real estuvo bien dirigida por Ivor Bolton, pero son grandes momentos, creo que Bolton es un director de oficio, pero no una de esas grandes batutas, aunque defendió el puesto con dignidad y logró que los problemas habituales de la orquesta con el joven director titular del Teatro no aparecieran. Silbo mirando para otro lado (el tema López Cobos ya me cansa). También anduvo bien el coro del Real, dirigido aquí por Peter Burian, acompasado y conjuntado, que es lo mínimo que puede pedirse a un coro, aunque a veces no pasa.Un reparto interesantísimo en el que, por primera vez en tiempos, todo el mundo estuvo bien. Yo vi el primer reparto, porque por esas fechas apenas pude permitirme el lujo de llegar a la función que había comprado, se me hacía imposible ir al segundo reparto, aunque quien lo vio dice que la inmesa Ana Silja, como la Madrastra de Jenufa (me niego a escribir Kostenilnosequé, que se me esguinzan los dedos) demostró que quien tuvo retuvo y aunque cantar ya canta poco, hizo las delicias del público. En mi caso, la titular para ese papel, que es la verdadera protagonista de la obra, para qué nos vamos a engañar, fue otra de las grandes voces del pasado, Deborah Polaski, que evidentemente, dada su edad, ya no tiene la voz de antaño, ni nadie lo espera, pero en este personaje supo brillar con luz propia. Estuvo espectacular, si bien en las zonas agudas ya evidentemente chilla más que canta, y hay pasajes que se le resisten, su fuerza escénica y su caudal de recursos técnicos bastan para sacar adelante el personaje con sobresaliente. En sus grandes monólogos (me niego a llamarlos arias) la tensión subía varios enteros, y especialmente cuando decide asesinar al hijo de Jenufa a mí se me pusieron los pelos de punta. Alta, espigada, con unas manos de una fuerza expresiva sin límites, y unos ojos poderosísimos, había que ver lo que este animal escénico era capaz de regalarnos.En la parte masculina estuvieron muy bien Miroslav Dvorský como Laca, con una voz no especialmente poderosa pero sí con un elegantísimo fraseo, y francamente muy bien Nikolai Sukoff como Steva, cuya comprensión escénica del personaje me pareció perfectamente trazado. Mette Ejsing como la Abuela Buryja es una gran cantante que cumplió más que satisfactoriamente con su cometido en un papelito minúsculo.Quiero dedicar unas líneas a una debutante en el Real, la soprano catalana Marta Matheu, que como mujer del Alcalde demostró que es uno de los grandes valores actuales de la lírica española. El papel no daba para mucho, pero su voz, desde que yo la escuché hace un par de años, se ha ensanchado y tomado cuerpo, y corría por el Real con el color y la potencia que uno espera de una gran cantante. Atención a la Matheu, que además es una chica adorable y divertida, y por la que sé que el elenco estuvo muy unido y animado durante todas las funciones, lo que ayudó a la magia de cada noche. Especialmente la del 22 creo que fue memorable. Esta soprano está llamada a grandes papeles. Y algunos dirán que como es amiga mía, aunque amiga es una palabra excesiva pero nos conocemos y tenemos respeto y cariño mutuo, por eso hablo así, pero no, puedo asegurarte que si pensara otra cosa pasaría de puntillas por ella.No voy a detenerme en todos los personajes, aunque también quiero recordar a la jovencísima Marta Ubieta como Karolka a la que también auguro un gran futuro en la ópera.Por último, la titular de la ópera, Amanda Roocroft, como Jenufa, un papel un poco pavisoso pero muy difícil desde el punto de vista musical, algo menos intenso escénicamente desde mi punto de vista. La soprano estuvo simplemente perfecta, lo tiene todo: línea de canto, elegancia, sentido del estilo, técnica, potencia adecuada, elegancia. Si el papel fuera algo más lucido habría sido un triunfo aún más clamoroso del que fue. Es otra de esas jóvenes y grandes voces que nos dicen que los que cacareamos por la crisis de las voces estamos algo sordos, o algo influídos por el pasado.Una noche de éxito y para disfrutar de un compositor que aún no ha logrado llenarme del todo, pero que sí merece, por esta obra, un lugar singular en la historia de la ópera.