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martes, 30 de junio de 2015

Por qué creo que Tsipras es un irresponsable.

¿Por qué creo que el referéndum griego es una irresponsabilidad? Si tuviéramos que hacer un puente, se podría preguntar a los ciudadanos si lo hacemos o no. También se le puede preguntar por la estética o el color. ¿Le podemos preguntar a los ciudadanos cómo hay que hacer los cimientos, cuál es la carga que deben soportar, o cuántas vigas de acero deben utilizarse?

No.

Con el referendum de que cambiará la relación de Grecia con la U.E. pasa lo mismo. Votamos a los políticos para que, entre otras cosas, tomen decisiones que nosotros no podemos ni sabemos tomar. Porque, no nos engañemos, si el acuerdo debe o no firmarse no está, ahora mismo, a la altura de los conocimientos del 90% de los ciudadanos europeos. Ni los que tengamos una formación media, ni media-alta, tenemos esa capacidad. ¡Ah! Está Krugman. Es un economista, un premio Nobel. No es el único. No sé por qué es el referente de la economía actual, ni siquiera ganó su premio Nobel por las cuestiones que nos ocupan (un físico puede obtener el premio Nobel por sus magníficos trabajos en electricidad y no tener ni idea de física cuántica). Cuidado, repasemos la hemeroteca: desde el comienzo de la crisis ha fallado en infinidad de vaticinios. Sospecho que ahora se sonríe: si Grecia vota No y sale del euro por fin conseguirá que una predicción se cumpla. Ni Portugal, ni España ni Italia hemos salido del euro, y se tiró dos años escribiendo una columna semanal al respecto. Me recuerda al hijo de Nostradamus, que harto de vaticinar que Toulousse iba a arder en un pavoroso incendio y que no ardiera, se fue una mañana con unas antorchas y algo de brea y trató de incendiarla él. Juega al despiste, porque quiere hacer creer que la crisis es por culpa del monetarismo (muy keynesiano él), aunque sabe de sobra que las razones fueron financieras. También esconde una realidad: el sistema económico griego va a tener que sufrir una profunda reforma con U.E. o sin ella. Hay más economistas. Y sobre todo poco tiempo, porque cuando se hace un referéndum el gobierno que lo convoca debe claramente pedir un voto y vincularlo a unos efectos. 

Ni uno sólo de los amigos que tengo en las redes sociales y que están hablando a favor y en contra del más que probable No griego tienen, como yo, la más mínima idea, en realidad. No sabemos cuáles serán los efectos. Y sobre todo, nos afecta menos, más indirectamente.

Los gobiernos están para tomar una serie de decisiones. Tsipras debió decidir si aceptaba el acuerdo o no, y trasladar su respuesta al pueblo griego. Todo lo demás es transferencia de funciones, y carece de responsabilidad. Eso no se hace. Como primer ministro debió decir "no, ciudadanos, no he aceptado el acuerdo por esto, aquello, y lo de más allá; y ahora nos va a pasar esto y lo otro y vamos a tomar aquellas medidas". No, optó por un discurso melodramático que ha hecho babear a muchos, pero que no aportaba absolutamente nada. Les apasiona, a muchos, el referéndum. El pueblo decidiendo por encima de los grandes centros del poder, los mercados y todo eso que nos encanta. Pero no es el caso. Ese señor que ayer estaba llorando sentado en el suelo ante un banco, por supuesto que va a votar que No. Pero carece de información al respecto. No sabe que un gran sector de los economistas del mundo piensan que si vota que no va a llorar más. No sabe cuál es el plan B que tiene Tsipras, porque lo tiene. Y no tiene tiempo material para decidir al respecto, como ciudadano responsable. Esta decisión es una putada que le hace su gobierno, y además si todo sale mal, encima tendrá la culpa.

Europa, con su insensibilidad, muestra que no es responsable. Estoy seguro de que las mentiras del gobierno griego en la convergencia no colaron al 100%, se les permitió pensando que no pasaría nada sustancial. El gobierno griego, dejando a los griegos la decisión, que puede ser un suicidio, también. Decid lo que queráis, pero es un error, y sé que todos, en vuestro fuero interno, lo sabéis.

domingo, 28 de junio de 2015

Rogier van der Weyden en el Museo del Prado. El padre de la pintura.


Antes de empezar una anécdota personal. Yo era un jovencísimo historiador del arte de visita en Madrid en julio de 1993. Decidí ir al Museo del Prado, que había recorrido entero por primera y única vez en febrero de 1989. En esa primera visita, no había podido contemplar el Descendimiento, de Rogier van der Weyden; y debo decir que tampoco podría haberle sacado demasiado partido: apenas estaba empezando la carrera, no era más que un niño con interés en el arte, e ínfulas, pero sin conocimiento ni sensibilidad. Aunque yo creía que de ambos tenía a raudales. En la segunda visita me encontré de pronto, en una sala, con ese maravilloso cuadro, y he de reconocer que fue un flechazo. Estuve ante él más de 50 minutos, lo recuerdo bien, porque, licenciado y todo, historiador en ciernes y todo, no recordaba haber pasado nunca más de 5 o 10 minutos ante una obra de arte. La tabla estaba recién restaurada, y me subyugó. Todavía hoy me apasiona.
Leí mucho, entonces, de van der Weyden, y se convirtió en uno de mis pintores predilectos. Hoy estoy ya lejos de ser un historiador del arte, lo dejé hace más de 10 años. Ahora soy un profesor de secundaria, y mi labor es docente. Dejé de investigar, que no de aprender o estudiar. Pero sigo guardando un cierto ojo clínico con van der Weyden: reconozco sus cuadros en cuanto los veo, aún sin saber nada, ni leer las cartelas. La primera vez que me di cuenta fue en el Museo Thyssen. Luego ha pasado en más ocasiones. Es el único pintor que reconozco sin género de dudas. Es curioso que me siga sucediendo años después de dejar de ser un historiador del arte, y más aún cuando realmente a lo que dediqué toda mi vida como investigador fue al patrimonio y a la arquitectura.


Espero siempre el momento en que, en el temario de Historia del Arte de 2º de bachillerato, llegan los primitivos flamencos, que en dicha programación apenas ocupa un pequeño espacio que yo dilato todo lo posible. Y cuando aparece el Descendimiento pienso "aquí empieza el temario de verdad", lo cual es una boutade. Intento que mis alumnos lleguen a emocionarse con Rogier van der Weyden como me emociono yo. A veces lo consigo. Tengo que pelear conmigo mismo para no ponérselo sistemáticamente en los exámenes. Por eso, como comprenderás, descubrir que el Prado le dedicaba una exposición fue realmente excitante para mí. Visitarla ha sido arrasador. No he podido durante horas dejar de pensar en todo lo que he visto. En la auténtica dimensión que Rogier van der Weyden tiene para la pintura universal y en el puesto que debe ocupar. Muchísimo más importante de lo que yo incluso sabía o pensaba.


La muestra nos daba la ocasión de ver los tres grandes cuadros de Rogier van der Weyden juntos. Hay otros, claro, pero sucede que de todo el catálogo atribuido con mejor o peor fortuna al genio de Tournai, lo cierto es que sólo 3 tablas están perfectamente documentadas y certificadas como suyas. Y las tres estaban en la exposición: el ya referido Descendimiento, obra maestra del Museo del Prado, el Tríptico de Miraflores, que vuelve a España, aunque sólo sea de visita; y el Calvario del Monasterio de San Lorenzo del Escorial. Por primera vez en una pinacoteca se reunían estas tres enormes piezas, que además contaba con la presencia del Tríptico de los siete sacramentos y la  Virgen Durán, dos pinturas de enorme valor. Igualmente un retrato de Isabel de Portugal, una iluminación para un manuscrito, algunas obras de taller y un tapiz posiblemente diseñado por él. Para ayudarnos a entender la labor del flamenco como productor de repertorio, como artista fundamental, varias obras de pintores notables que muestran la huella que dejó en el arte europeo, como Juan de Flandes (el único cuya copia resiste la comparación con el original), Egas Cueman o el Maestro de don Álvaro de Luna. Además dibujos y bocetos de otros autores sobre la obra de van der Weyden. Y algunas esculturas.
Virgen Durán
No voy a hacer una análisis de la obra de Rogier van der Weyden. Si pones su nombre en Google recibirás más y mejor información de la que yo puedo darte. Te comento sólo algunas ideas que me han quedado claras al ver la muestra. Creo que van der Weyden es uno de los primeros pintores de los que tenemos noticias que era consciente de su propia identidad artística y que creyó en la necesidad de generar un discurso estético. Lo hizo a través de unas constantes. Primero, el diálogo con la escultura. Sus personajes en numerosas ocasiones parecen realmente representaciones de esculturas. Aparte de las decenas que, en los marcos arquitectónicos por ejemplo, son realmente eso. Es curioso que en esa frontera en la que siempre se mueve es donde finalmente consigue generar un discurso propio e identitario para la pintura.
El Descendimiento.
La segunda constante de Rogier van der Weyden es que le interesa el realismo, pero la verosimilitud, o la veracidad, le importan muy poco. Es un pintor que tuvo perfectamente claro que podía representar la realidad con todo lujo de detalle, pero que no tenía por qué hacerlo. Me recordó al Picasso que con 16 años ya podía pintar usando todos los elementos propios de la historia de la pintura figurativa y se lanza a buscar otros caminos porque en caso contrario... ¿hacer una y otra vez eso el resto de su vida? La realidad, y su plasmación, no tiene secretos para Rogier van der Weyden desde muy temprana edad. Su técnica es impecable. Y llegado ahí ¿ahora qué? Pues hacer de cada obra un avance personal y universal.

Tríptico de Miraflores
La tercera constante evidente es su obsesión por la geometría euclidiana y por la proporción. Sus obras son compositivamente perfectas. Es más, en el Calvario la cuadrícula que se forma con el telón rojo de fondo no es más que 8:5 el número áureo. No hay más que ver, además, el Tríptico de los siete sacramentos y darse cuenta de la especial atención a la perspectiva de cada una de las tablas y su relación entre sí. Atentos porque es perceptiblemente distinta al resto de representaciones.
Tríptico de los Siete Sacramentos
La cuarta constante es la perfección técnica. Es increíble como es capaz de plasmar con tanta perfección la influencia de la luz en los tejidos, los materiales, las superficies y la vegetación. Esos brocados hermosísimos que cambian de iridiscencia según la luz incide en ellos. Esas lágrimas que cruzan los rostros con la perfección de su transparencia. Las gotas de sangre, a veces imperceptibles, que brillan con una ligerísima pincelada blanca.  La tridimensionalidad de los objetos. Los detalles de una vidriera en lo alto de una iglesia. La puerta entreabierta de una catedral por la que se ve (en un espacio de poco más de dos centímetros de ancho) no sólo las casas en la lejanía sino a los mendigos que piden limosna en la entrada. La pregunta, que siglos después se harán otros pintores es ¿para qué?. Pues para convertir un cuadro en un enigma, una caja de secretos que una vez abierta esconde otra en su interior, y así sucesivamente y hasta el infinito. En van der Weyden nada es obvio, nada es casual, todo tiene un sentido. Dirige la mirada del espectador, obligándolo a ir del todo al detalle. Regodeándose en su brillantez técnica, pero sin futilidad. El magistral nivel de detallismo no deviene en el cómo y el por qué. Cumple una función importantísima. Detallismo con el que cuida incluso que los modelos para la Virgen, San Juan o el propio Cristo sean siempre los mismos. No cambian ni de apariencia, ni de atuendo, ni de actitud. Pero ni el detallismo es frío ni la forma es la clave del pintor. En esta pequeña exposición pudimos ver, por ejemplo, un catálogo de la expresión del dolor. Sólo en el Descendimiento cada personaje se enfrenta al mismo de un modo diferente y singularizado. En el resto de las obras, encontramos esa expresión de sentimientos infinitamente matizada. A Rogier van der Weyden le interesaba el drama, tanto como la forma.

El Calvario
Aunque hay más constantes, me detendré en una quinta: La simbología, inmensa y difícil, de su obra. Juega con el espectador y lo obliga a un esfuerzo visual e intelectual, como en los marcos del Tríptico de Miraflores, que poseen un programa iconográfico que se lee en dirección contraria a las agujas del reloj y desde el centro de la representación. Sus obras son complejas, incluso las más evidentes como el Calvario. ¿Qué es ese telón rojo?¿Son personajes reales?¿Por qué los mantos de la Virgen y de San Juan son blancos?¿Qué significa la grieta al pie de la cruz?¿Qué significan las lágrimas de Cristo? En fin: ¿Qué me enseña, qué me cuenta, qué hay ahí? La potencia simbólica es tan fuerte que uno acaba por entender otras cosas, y por ejemplo El Bosco deja de ser extravagante.

Isabel de Portugal
A partir de ahí surge todo su discurso pictórico y estético. Y triunfa, vaya si lo hace. Un rastro legible y clarísimo que sigue la estela de van der Weyden recorre toda Europa mucho antes de su fallecimiento. Desde Flandes hasta la Península Ibérica, Francia, centroeuropa, hasta la propia Italia. La sombra del pintor, como sucede con Van Eyck, invade el Viejo Continente. Lo vamos a ver directa o indirectamente relacionado con multitud de obras y autores. Hasta en Durero. Todo ello convierte a Rogier van der Weyden en uno de los padres de la pintura como escribí más arriba. Porque generó repertorio visual y creó una iconografía propia, como los crucificados de brazos muy extendidos, con poco ángulo con respecto a la cruz, y de tronco ensanchado por el esfuerzo físico que supone esa forma de martirio.  


La exposición es todo eso, y más. Uno no puede por menos que echar de menos una serie de gestos que habrían dado, si cabe, más contenido. Hay unos cuantos cuadros que me hubiera gustado ver enfrentados a Rogier van der Weyden, como la Anunciación de Fra Angelico. O alguna obra de Van Eyck. También habría sido interesante que no hubieran optado por la parquedad: frente al exceso de explicaciones de otras muestras, los comisarios de ésta han decidido sólo bosquejar ideas y que el espectador reflexione por sí mismo. Así, la relación de van der Weyden y la escultura se afirma, pero no se desarrolla. Creo que deciden centrarse más en el concepto mismo de realidad. Por otro lado, lo comprendo. Es una exposición pequeña pero cada cuadro merece y necesita de un gran esfuerzo. Si la exposición hubiera introducido más piezas, o más niveles de reflexión, verla habría sido cosa de horas. Ya es muy intensa en sí misma como para complicarlo más.



Por último, la muestra también sirve para difundir una restauración, la del Calvario. Se presenta con un video que describe el arduo oficio del restaurador, y que nos sirve para entender que una obra reintegrada lo más fielmente posible a su estado original permite una lectura  completa que de otra forma se pierde. ¿Cuántos de nosotros no habíamos visto esa enorme tabla en El Escorial con una inmensa grieta central, descoloramiento, manchas, pérdidas de pintura..? Con la restauración, esta obra ha pasado de ser "un notable cuadro de Rogier van der Weyden" a una de las obras maestras más complejas y geniales de la historia de la pintura. El taller de restauración del Museo del Prado nos ha devuelto, así, la grandeza renovada del que voy a calificar, posiblemente con mucha hipérbole, el primer pintor moderno de la historia. Ex aqueo con Giotto, mi otro viejo amor de juventud.

jueves, 14 de mayo de 2015

Comunidad de Propietarios de la Calle Easo 55 de San Sebastián

COVITE, Colectivo de Víctimas del Terrorismo del País Vasco, ha vuelto a colgar en la ciudad de San Sebastián 73 placas recordando a los asesinados por ETA y otros grupos terroristas. El Presidente de la comunidad de propietarios del número 55 de la Calle Easo de esa ciudad ha retirado la placa y ha hecho las siguientes declaraciones:
"Si fueran buenas personas se pondrían en contacto con la comunidad afectada para evaluar conjuntamente los daños ocasionados. Si han recibido una educación inspirada en buenos valores morales y éticos, acometerán la responsabilidad de su acción"
Se refiere a las víctimas del terrorismo. No los considera buenas personas. No los considera personas con educación inspirada en buenos valores morales y éticos. Porque han manchado su fachada. Es una mala persona. Sin paliativos. Es el comentario más falto de ética y de moral que he escuchado en muchos años. 
Como dice Fer Altuna, de los mismos que convirtieron en bandera la frase "algo habrán hecho" llega ahora "La mancha de nuestras conciencias". 
¿Qué habría hecho este hombre inmoral si lo que se hubiera puesto es la placa recordando que en ese edificio vivió o nació un preboste del PNV? Estaría encantado.
No me digáis que no es impresionante. Los que somos de fuera no tenemos ni idea de la esquizofrénica que es la sociedad vasca. Esto no es más que una muestra de lo que ese pueblo ha sufrido hasta la metamorfosis general desequilibrada.

domingo, 19 de abril de 2015

La derrota de los ciudadanos.

Es alucinante. En algún lugar del País Vasco han aparecido carteles, que nadie va a quitar, del tipo "El compañero de mi hijo en el colegio hace cada viernes 800 km. para visitar a su madre" o "Fulanita después de trabajar 10 horas diarias tiene que hacer cada viernes el recorrido hasta Algeciras para ver a su pareja tras un cristal". 

La respuesta es: el señor o la señora que la mamá del primer niño o la pareja de la Fulanita mataron o ayudaron a matar también tenía familia, que estaría encantada de hacer 800, 8.000 u 80.000 km. para ver a su padre, hermano, hijo, marido, abuelo, amigo, madre, hermana, hija, esposa, abuela, amiga... Al menos una vez más... Pero no es posible.

ETA dando clase de moral en unos carteles que nadie quitará. Sí quitaron las lápidas que recordaban a las víctimas. 

Igual habría que enseñar a esos niños que hacen 800 km. que la reconciliación no empieza por ser generosos con los asesinos. La reconciliación empieza porque los asesinos dejen de serlo, entreguen las armas, se disuelvan y esclarezcan los más de 400 casos de asesinato que siguen sin resolver. Entonces ese niño hará, consciente del por qué, los 800 km. para ver a su madre. Y los familiares de las víctimas tendrán un lugar al que ir a honrar a los que fueron salvajemente asesinados. Nunca los recuperarán, pero al menos la tristeza no estará llena, además, de soledad, incertidumbre, ansiedad y traición. 

Lo que más me entristece es que hay gente que leerá esto pensando "ya está Eugenio con sus cosas fachas". O que volverán a bromear con el nombre de ETA por unos like en Facebook. E incluso seguro que siguen ahí los que piensan que todos y cada uno de esos muertos de ETA no eran inocentes. Que algo habían hecho. O se pondrán equidistantes y dirán "lo importante es que hayan dejado de matar". Incluso que "las víctimas no pueden marcar la política del gobierno". Conozco casi todos los argumentos. 

Me siento, a veces, tan derrotado como ciudadano español...

miércoles, 1 de abril de 2015

Rosa Díez, Claudio el Dios, y Luis XIV.

No suelo mojarme demasiado en cuestiones políticas en este blog, pero este tema me subleva desde el sábado, y quiero compartir mis reflexiones. Son las mismas que me hice tanto cuando leí en El Mundo la afirmación de Rosa Díez  "dimitir sería lo más fácil, igual que habría sido fácil abandonar la lucha contra ETA". Robert Graves en  "Yo Claudio" y "Claudio el Dios y su esposa Mesalina" dibuja un emperador inexistente que se declaraba republicano y defendía que el poder ha de basarse en la voluntad del pueblo. No le gusta el sistema imperial creado por su abuelo, Augusto. El problema es que cuando la Guardia Pretoriana lo erige como emperador, pese a que el Senado ha proclamado la República, se ve obligado a aceptar el puesto porque es o la corona o su cuello. No tiene ningún problema en abandonar sus principios y elegir la vida. Nadie muere por cuestiones ontológicas, ya lo formuló Albert Camus en "El mito de Sísifo" de un modo tremendamente irónico y basándose en Galileo.

Pero pasado el tiempo, el republicano Claudio, que sigue definiéndose como demócrata, o todo lo demócrata que puede ser un Romano del S. I, empieza a encontrar excusas para no abandonar el poder. Podría hacerlo sin problemas: ha afianzado su trono y le sería posible una transición republicana. Mirando los planos de varios proyectos de ingeniería para la mejora de Roma,  piensa "¡qué razón tenía Augusto! ¡hay tanto por hacer!"... Es cierto, Augusto no dejaba de decir, y así nos ha llegado por diversas fuentes, que el poder le pesaba mucho pero tenía obligaciones que cumplir por el bien de Roma que le impedían retirarse, como era su deseo.

En ese momento, Claudio deviene por fin en verdadero emperador, y a la vez en hipócrita. Robert Graves le quita, de un plumazo, la dignidad intelectual que le había otorgado hasta ese momento, lo humaniza en la mezquindad, y lo castiga más tarde con el comportamiento de su esposa, Mesalina. Claudio es un dictador más, encandilado por el poder y escondido bajo la mentira, tal vez autística, de que "tiene mucho por hacer y si no lo hace los ciudadanos saldrán perdiendo". Así han actuado todos los dictadores del S. XX, y algunos políticos como Churchill, Rooselvet, De Gaulle u otros que, desde la legalidad demócrata, han luchado por eternizarse en el poder. Estoy convencido de que era intención de Robert Graves incidir en esta cualidad de Claudio, y establecer un claro paralelismo con el  momento político en el que escribió su obra.

Rosa Díez no abandonó la lucha contra ETA porque era su deber. Era lo que le exigía el mandato popular, pero pudo haberlo dejado, y nadie le habría reprochado nada. No es tampoco un comportamiento excepcional: muchos lucharon contra ETA y no abandonaron. No vio crecer a sus hijos y ahora, por esa aventura política que es UPyD, sacrifica ver crecer a sus nietos. Lo mismo que muchos de sus colegas, por no decir casi todos. Incluso dice que sus hijos se lo han pedido. Pero ella se debe a una idea, se debe a una vocación, a una misión, y por eso no abandona, no puede abandonar.

Me parece una declaración miserable, por lo que pretende.

Lo siento, de todo corazón, a quien pueda ofenderse, pero con esa declaración Rosa Díez ha perdido, para mí, todo respeto intelectual e ideológico. Desde mi punto de vista son mezquinos el argumento, la narración de su sacrificio y la doliente actitud. Es utilizarlo en voz alta para derivar la responsabilidad de lo que sucede en su partido hacia las voces que la están criticando. Es tratar de singularizar lo que han vivido, sufrido y sentido cientos de servidores públicos españoles en los últimos 50 años, que son los años de ETA. Me parece deplorable, y una cortina de humo que no puedo aceptar como ciudadano y como votante. No necesito políticos que me digan lo mucho que sacrifican su vida personal por mí, ni por una idea, ni por un proyecto.  Acaso olvidamos, y esta es una vieja reflexión del Dr. Carlos Rodríguez Braun, que Hitler, Mussolini, o el Che, sacrificaron su vida personal por un proyecto, e incluso perdieron la vida por el mismo. Eso no es un valor en sí mismo. Que el auditorio al que se dirigía Rosa Díez se emocionara con esas palabras dice mucho, para mí, de donde está el error. "El Estado Soy Yo", dijo Luis XIV, y vaya si lo era. UPyD soy yo, parece repetir Rosa Díez... Sólo falta la música de Webber y aquella vieja canción, "No llores por mí, Argentina", que no es más que un canto a la hipocresía con mayúsculas...

lunes, 30 de marzo de 2015

Rosa Díez: todo era falso. UPyD se despide de ustedes.

Ayer cuando leí la intervención de Rosa Díez en el Consejo Político de UPyD (la D, curiosamente, no es de Díez, sino de democracia, aunque parecen olvidarlo), me llamaron poderosamente la atención dos afirmaciones, por su desdén y su hipérbole. Pensé que está mujer se ha vuelto loca y que su supuesta coherencia intelectual quedaba en entredicho. Las afirmaciones fueron:

1- "El problema es que creamos un partido para Dinamarca y estamos en España"... Vamos, lo de "el pueblo se equivocó" de Alfonso Guerra. ¿Se puede insultar peor a sus votantes pasados, presentes y futuros?

2- "Dimitir sería lo más fácil, igual que habría sido fácil abandonar la lucha contra ETA". Esta comparación es, en sí misma, repulsiva. Me encendió

Y resulta que lo clavé. Como uno tiene capacidades argumentativas, pero limitadas, me remito al artículo de hoy de Santiago González Díez​, excepcional, cuyo pensamiento transcurre en paralelo al mío, pero lo expresa mucho mejor. Leedlo, porque analiza como yo quisiera analizar esas dos afirmaciones en concreto.


Dos detalles. Artículo de Santiago González hoy en su blog.

sábado, 24 de enero de 2015

De exposiciones: El Retrato en las Colecciones Reales. Palacio Real.

La exposición El retrato en las Colecciones Reales que se ha organizado en el Palacio Real es una de las muestras más interesantes de cuantas se llevan a cabo ahora mismo en Madrid. Cuidada con esmero, muy bien elegidas las piezas y del tamaño adecuado, recorre cinco siglos de retratística asociada a la monarquía española, que formó parte activa en la conformación del retrato como género pictórico. Ya sea atrayendo a los grandes maestros, ya sea por la rígida conformación de la iconografía asociada a la imagen Real, la aportación española es indiscutible. Es una exposición recomendable, encontramos cuadros bellísimos y curiosidades que  muchos no conocíamos, y debes ir (estará hasta mediados de abril).
 
Aunque son formalmente más, la exposición se divide en 3 partes bien diferenciadas. La primera, dedicada a los Austrias, desde los Reyes Católicos hasta Carlos II. Para mí, la parte más interesante, de mayor calidad, y que presenta algunos de los mejores ejemplos de retratistas españoles y europeos desde el gótico tardío hispanoflamenco hasta el barroco. Van der Weyden, Juan de Flandes, Antonio Moro, Pantoja de la Cruz, Rubens, Ribera,  Coello, Giordano y un largo etc. jalonan esta parte de la muestra, que nos hace sentir no sólo la calidad de la pintura asociada a la Corona española, sino también la rigidez de la imagen y la potencia protocolaria que se asociaba a ellos. 
  
Aunque está presente, uno echa de menos algún retrato más del gran Sánchez Coello, sin duda a la cabeza de los retratistas de corte durante el renacimiento; y hay dos notabilísimas excepciones: Tiziano y Velázquez, padres del retrato real de la Corte Española, que sin embargo están presentes en espíritu, esencia y en forma de una pequeña miniatura en el caso del segundo: Diego Velázquez. Creo que no exponer ningún retrato de Felipe IV de Velázquez o de Carlos V de Tiziano es un error notable y sensible; el mayor "pero" a la muestra, y más aún cuando su influencia impregna a gran parte de los pintores que sí tienen un lugar en la misma. No sé a qué se debe la ausencia, si es por una razón práctica, política, estética o ética, pero no hay nada que lo explique desde el punto de vista formal. También faltaban ejemplos notables de Los Leoni (el expuesto era menor).
Por razones de gusto personal, con la llegada de los Borbones aparece también la pintura que deja de interesarme, y es la segunda parte de la exposición. No es culpa de ellos y no se vea en mis palabras una mayor intencionalidad, realmente la pintura del S. XVIII, salvo notables excepciones, no me interesa demasiado. Sin embargo los ejemplos son interesantísimos, especialmente aquellos de Carlos III y Carlos IV que menos se parecen a la "imagen habitual" que tenemos de ambos monarcas. De nuevo los grandes nombres, de entre los que destaca, como no, Francisco de Goya, a quien no se dejó de lado, por suerte. 
La tercera parte comienza con Isabel II y termina con Alfonso XIII. Variada, curiosa, encontramos retratos románticos interesantísimos como el que Esquivel hace a la joven reina y su hermana como dos amigas disfrutando de una tarde en el jardín, hasta los más recientes que Lazlo hizo de Alfonso XIII y de la Reina Victoria Eugenia, pasando por Madrazo, por Benlliure y un excepcional busto de los mismos monarcas; y por un sensible y modernísimo retrato que también para Alfonso XIII realiza el cada vez más recuperado Sorolla. Aquí las ausencia, más que de artistas, son de monarcas. Ni rastro de Fernando VII y sólo un retrato infantil, escultórico y más curioso que trascendente de Alfonso  XII (gran Rey que, salvo por su afición a  la vida nocturna, creo que es el más parecido a S.M. Felipe VI de todos sus antecesores: inteligente, formado, demócrata y culto).
Termina la exposición, todos pensaríamos que la excusa perfecta, por el retrato de la Familia de Juan Carlos I que por fin entregó Antonio López a la Casa Real tras quince años de retraso. No soy un gran seguidor del hiperrealismo ni de Antonio López, pero siempre he reconocido la maestría y la destreza técnica del pintor, por encima de todos los de su generación. Es un pintor consumado, y maneja su profesión como nadie. Por eso me sorprende el plúmbeo y definitivamente aburrido retrato de la anterior familia real que nos ha presentado.  Se entienden los guiños iconográficos al pasado, se entiende la obsesiva presencia de la luz; pero no que los personajes parezcan figuras de cera, sin vida, incluso con una dudosa proporción. No me va nadie a salir con que es una intención temática, política e ideológica.  Lo que hay es desgana, un cuadro al que creo que Antonio López no supo hincarle el diente, quizás por presión, quizás porque no le apetecía, pero el resultado es definitivamente irregular y, desde mi punto de vista, decepcionante. No está a la altura del artista, de los retratados. Muy buen la idea del comisariado de la exposición de enfrentarlo, en la misma sala, a un retrato de D. Juan Carlos realizado por Salvador Dalí, a partir de una foto oficial y con técnicas copiadas de las novedades del momento. Si tengo que elegir entre ambos, me quedo con el surrealismo de un Dalí decadente frente al hiperrealismo de un López desganado e insustancial.  La figura de Juan Carlos, y su reinado, merece más al primero que al segundo. 
 

sábado, 17 de enero de 2015

Sufrir la presencia de niños maleducados en espacios para adultos.

Los padres, desde mi punto de vista, pueden y deben llevar a sus hijos a exposiciones, conciertos, etc. Pero también deben enseñarles a saber estar en esos sitios. No pueden desentenderse, poner sonrisa bobalicona, y decir el clásico "son niños" mientras se encogen de hombros. Y si no, ir sólo a actividades "para niños", pero si quieren que sus hijos vayan a recintos normalmente para adultos, hay que enseñarles urbanidad. Hoy en la exposición del Círculo de Bellas Artes de Madrid sobre Francisco Ibáñez (por cierto, muy floja, le dedicaré una entrada), había decenas de críos. Para empezar: Los padres por un lado, los niños por otro. Es decir, los niños mirando cosas sin entenderlas y nadie que los guiara y enseñara a comprender. Sentándose en las vitrinas, acercándose peligrosamente a los originales expuestos, sáltando entre la gente... Vi a uno pasar su coche de juguete por la silueta del Botones Sacarino (que debe costar una pasta). Gritos, carreras, empujones... Así no es. Esos niños parecían asilvestrados, no moviditos ni traviesos, sino verdaderamente salvajes; y nadie hacía nada por controlarlos. Es la segunda vez que me marcho de una exposición a causa de la presencia de niños maleducados. A eso encima hay que unir a los adultos tontos, porque eso es lo que son, que sacan fotos de todo. ¡Pero si nunca vas a hacer nada con esas fotos! ¡Si las terminarás borrando! ¡Si las puedes encontrar en internet de mejor calidad! ¡Si con el fogonazo del flash la foto va a ser una porquería! De verdad, la falta de educación, urbanidad y respeto a los demás me hizo salir huyendo. Me fui a la Sala Minerva del mismo Círculo, donde había una discreta exposición sobre perfumes, asociada a corrientes artísticas. Allí había un padre con su niña, además discapacitada psíquica. Lo mismo, dejó a la niña a sus anchas. Había unas semiesferas de cristal con una abertura para que acercaras la nariz y olieras diferentes perfumes. La niña literalmente se encaramó a uno, lo vapuleó, lo zarandeó, metió la cabeza dentro de la urnilla hasta que logró hacer caer el perfume que estaba dentro sin que el padre hiciera nada. Me acerqué a la empleada de seguridad para quejarme, y me dijo "pobrecita es que es una niña, y además se ve disminuida" (usó otro adjetivo). Vamos, que si la niña tira abajo la exposición completa, hubiera dado igual... Y échale narices y llama la atención a ese padre, que se sentirá ofendidísimo porque su hija es igual a las demás y tiene los mismos derechos y cómo te atreves tú a decirle nada... Pues sí, tiene los mismos derechos: los mismos que yo a disfrutar con tranquilidad de una exposición... Estuve tentado de ponerme a zarandear uno de los recipientes de perfume a ver qué pasaba... Luego, cuando proliferen los lugares con "niños no permitidos", que no se quejen. Pagan justos por pecadores, mis sobrinos y los hijos de mis amigos, por ejemplo, que no tienen ese comportamiento.

viernes, 7 de noviembre de 2014

Montserrat Caballé como Violeta Valery, en "La Traviata" de Verdi. Dallas, 1965.

Muchos de los aficionados a la ópera creen que el éxito internacional de Montserrat Caballé fue fruto de una casualidad, cuando fue llamada a toda prisa para sustituir a Marilyn Horne en el Carnegie Hall de Nueva York. Pero lo cierto es que, si bien esa sustitución la convirtió en estrella al más puro estilo americano, Montserrat se había ganado una sólida reputación en centroeuropa, y ya tenía cerrados importantísimos contratos en el circuito internacional: Festival de Glyndebourne y una "Traviata" en Dallas.  De otro modo no habría sido llamada para cantar en Nueva York sustituyendo a una de las divas más grandes de la historia de la ópera. 

Ya como estrella, encaró esos contratos, y por suerte tenemos grabación de ellos. Aquí está "La Traviata" de 1965 en Dallas, para que la disfrute el que quiera. Es curioso, también, constatar como Caballé hace una serie de guiños, en ese debut, a la gran dominadora del rol por entonces, que era Maria Callas. Excesos melodramáticos en unos cuantos momentos que no son nada normales en la catalana (atención al "Amami Alfredo!" y lo entenderás) y en un tempo inusual. No pasó un año y esos aspavientos cesaron: Caballé asumió el papel tal y como ella quería y sabía: más cerca de la partitura, más puro musicalmente, más hermoso en lo vocal. Aún así, es un pedazo de documento y vais a disfrutarlo mucho. 

Gracias a "Onegin", el fantasma desaparecido (¿por qué?) por publicarlo en youtube.


sábado, 26 de julio de 2014

El maestro de canto. Carlo Bergonzi, in memoriam.

La primera vez que escuché a Carlo Bergonzi fue en la mítica grabación de "La Traviata" para la RCA en la que compartía cartel con Montserrat Caballé. La registraron alrededor de 1968, y en ese momento, aunque parezca mentira, era de las primeras grabaciones integrales de ese título verdiano. También fue la primera ópera que escuché completa, y la primera que me compré en CD (unos años después). Yo debía estar en 2º o 3º de BUP, y no era ni mucho menos un melómano. Ni siquiera sabía demasiado de ópera, pero me estaba adentrando en ese género, de la mano Montserrat.
 
Por supuesto tampoco tenía ni idea de quién era Carlo Bergonzi. Mis conocimientos acerca de cantantes de ópera se limitaban a Plácido Domingo, José Carreras, Victoria de los Ángeles, Teresa Berganza, Alfredo Kraus, Maria Callas, Renata Tebaldi, Joan Sutherland, Birgit Nilsson  y Luciano Pavarotti.  No sabía de nadie más, y a estos los conocía o por los medios de comunicación o porque en mi afán por saberlo todo de Montserrat Caballé leía artículos en los que aparecían. También por conciertos o representaciones a los que me llevaron a rastras en mi infancia y adolescencia. No sabía de muchos más. Pocos años después mis horizontes eran más amplios. La pasión sustituyó a la curiosidad, la ópera se convirtió en la música que más me interesaba, y aprendí, estudié, comprendí y asimilé. El horizonte de cantantes que me interesaban y gustaban creció, también mi capacidad crítica. Mi gusto se asentó y se fijó. Empecé a disfrutar de la ópera desde el conocimiento. El arte se puede disfrutar de cualquier manera, siendo un auténtico analfabeto y no conociendo ni sabiendo nada sobre lo que se observa, lee o escucha; pero también desde el conocimiento que da el estudio y el análisis. Antes hubiera dicho que son dos formas "igualmente válidas y placenteras". Hoy no lo tengo tan claro, con los años me radicalizo. Creo que saber de arte permite disfrutar más. Lo que se hace más difícil es satisfacer tu criterio, que se torna más exigente o, dicho de otro modo, se eleva. 
Vuelvo a Carlo Bergonzi. Lo escuché sin saber nada de él, ni de canto, y me impresionó. Yo elegí esa grabación de "La Traviata" por Montserrat Caballé, evidentemente, el tenor me resultaba accesorio. Sin embargo sentí algunas cosas que eran nuevas para mí: una voz hermosa, dulce, que paladeaba cada palabra y, sobre todo, que empastaba perfectamente con la soprano. Empecé a investigar quién era ese cantante, busqué fotos, su historia... No era tan fácil, a mis 17 o 18 años no existía  internet. Así que buscar información sobre un tenor significaba irte a una biblioteca y bucear en enciclopedias musicales, revistas... En fin que fue un proceso lento, que sin embargo hoy anhelo.
Descubrí, por ejemplo, que se le consideraba el mejor cantante verdiano del siglo XX. También que había una dicho que afirmaba que no se podía apreciar la ópera hasta que se escuchaba a Bergonzi cantando en italiano y a Kraus en francés.  Leí una entrevista con el gran tenor Richard Tucker en la que acusaba a Bergonzi de tacaño, pesetero y aburrido, con una frase que casi recuerdo literalmente "Bergonzi sale, canta, y regresa corriendo a su casa con la maleta llena de dinero". Conocí que también se semejaba a Kraus por su seriedad y su especial dedicación a la técnica del canto; algo que, créeme, no era muy habitual en otros tenores de su época o inmediatamente anteriores (del Mónaco, Corelli, Di Stefano... tenían tanta idea de música como de física cuántica, aunque, ojo, eran grandes cantantes). Supongo que cuando tu voz no es especialmente grande, ni ancha, ni poderosa, tienes que aprender a usarla si quieres convertirte en estrella. Bergonzi, como Kraus, era un gran cantante sin una gran voz. Aquí entra mi propio criterio personal: siempre he preferido las voces académicas, estudiadas, de técnica solvente. Me da igual si el cantante tiene tal océano vocal que es capaz de despeinar a un espectador que se siente en lo alto del quinto piso del teatro. Si no veo técnica, ni siento musicalidad, me deja bastante frío. En definitiva, me gustan los cantantes que son, además, grandes músicos. Disfruto mucho más con ellos que con cualquier otro. Es, hoy en día, toda una declaración de principios. Me importa tres rábanos que Birgit Nilsson no tenga italianidad o carezca de los elementos básicos que debería tener una soprano para cantar Verdi porque, amigo mío, ¿te has detenido a pensar en lo bien que está cantada su "Aida", pese a todo? En la disputa entre Renata Tebaldi y Maria  Callas, para mí siempre ganará Tebaldi. No es cosa de belleza, cuidado: John Vickers poseía una voz que podía denominarse como fea, pero es un gran cantante. ¡Cómo disfruto escuchándolo!
  
El gusto musical, especialmente el operístico, está lleno de tics, de esnobismo y de estereotipos, y tiene también un fuerte componente emocional. Cuando un cantante te ha hecho vibrar y lo relacionas con una experiencia superior, tiendes a ponderarlo siempre por delante de otros, y encuentras en sus actuaciones los argumentos necesarios para ello. Lo mismo con los cantantes que detestas por la razón que sea. Ya no suelo meterme en discusiones sobre cantantes, porque lo he comprendido. Tampoco creo a ninguna persona que me afirme estar por encima de la "contaminación emocional". Es mentira. Nadie se deshace de ella jamás.
¿Esto es una entrada sobre Bergonzi o sobre mí? Pues las dos cosas. Ni tengo ganas, ni me parece práctico, llenar este post de datos discográficos y biográficos sobre Carlo Bergonzi. Eso lo puedes encontrar en unas doce mil páginas webs. Prefiero contarte lo que Bergonzi significa para mí. Y ya he dicho una gran parte, porque toda esa declaración de principios sobre lo que me gusta o no de un cantante lo aprendí de Montserrat Caballé, Carlo Bergonzi y Dietrich Ficher Dieskau. Luego se sumaron otros, como John Vickers, Nicolai Ghiaurov, Kathleen Ferrier o Elisabeth Schwarkopf. Pero esos tres cantantes fueron los primeros. Los tres con el mismo denominador común: grandes músicos. Por ende, grandes cantantes. 
Para mí Carlo Bergonzi es canto. Belleza en la voz, sin que sea su principal característica (Carreras, por ejemplo, posee, para mí, la voz más hermosa de tenor que conozco). Dominio del canto, de sus matices, de la técnica. Una proyección que atraviesa el auditorio. Un preciosista fraseo en el que cada palabra recibe una clara singularización relacionada con la música que la sustenta y está perfectamente silabeada. La pronunciación académica de un italiano solemne. Impecable conocimiento del estilo y sus exigencias. El valor musical de la partitura, que es lo que da sentido al significado de las palabras, al personaje que se interpreta. Hay cantantes que lo hacen de otra forma: primero el drama, y de él nace el canto. Yo prefiero a los que hacen el viaje al revés, porque nos recuerdan que la ópera no es una obra de teatro en la que casualmente se canta. La palabra está sujeta a la música. La música pone en relieve todas las características del significado de las palabras que el drama necesita. También del carácter del personaje que se interpreta. Decía una gran actriz shakespeariana, creo que Vanessa Redgrave, que no era capaz de entender como Montserrat Caballé podía cantar en un concierto la gran escena de Desdémona en "Otello" de Verdi dotándola de toda su fuerza dramática e intensidad sin necesidad de interpretar la ópera desde el principio, porque ella sería incapaz de hacerlo en un teatro.  No es que Montserrat sea mejor actriz shakespeariana, por supuesto, sino que tiene un apoyo fundamental: la música, que da sentido a todo lo que expresa. Aparte de, como no, la maestría, la genialidad y el oficio. 
Carlo Bergonzi representa todo eso. No lo escuchas y dices "qué gran voz" sino "qué gran cantante". Completo, casi soberbio en su canto, merece el apodo que le dio el público: "El Catedrático". Porque era eso, un maestro del canto, alguien capaz de plantarse en escena, bajito, barrigón, con un pelo imposible, vestido con una armadura que le sobraba por todos lados, y en el mismo momento en que cantaba "Se quel guerrier io fossi..." hasta el final de la ópera se convertía para el espectador, sin género de dudas, en el más joven, guapo y musculoso capitán de los ejércitos del Faraón; como Montserrat Caballé fue, en escena, una de las más creíbles "Salomé" de la historia de la música, pese a sus más de cien kilos y a su incapacidad para bailar la danza de los siete velos. Recuerdo una gala, creo que en honor del muy bruto director James Levine en el Metropolitan Opera House de Nueva York, en el que  Carlo Bergonzi, con muchos años, y más que retirado, se atrevió con una serie de páginas de "Luisa Miller", incluida el aria principal para tenor; e hizo palidecer a los demás participantes, todos ellos jóvenes y maduros cantantes en activo. 
He disfrutado siempre muchísimo con Carlo Bergonzi. Sus grabaciones de "Don Carlo" y de "Rigoletto", acompañado de Dietrich Fischer Dieskau, me resultan memorables, increíbles e inalcanzables; como sus dúos con Montserrat en "La Traviata", "Aida", la pésima "I masnadieri" y "Tosca". Ahora que hemos conocido la noticia de su muerte, y para recordarlo como se merece, pienso escuchar el cofre de Phillips que recopila todas las arias de Verdi que grabó. Si tuviera que elegir un único tenor que salvar para la posteridad, en un improbable escenario de pérdida total de la memoria humana; sería él, sin pensarlo dos veces. Ya no está entre nosotros, pero por suerte siempre contaremos con su presencia sonora. 

domingo, 20 de abril de 2014

De libros (y de amistades): Seis propuestas para el próximo milenio, Italo Calvino.

A veces quedan libros en la estantería que, por la razón que sea, languidecen porque te has olvidado de ellos. Un amigo íntimo me regaló en diciembre de 2002 el libro que voy a reseñar, como celebración de nuestro primer año de amistad. Posiblemente por tener muchos libros pendientes, en un mes lleno de compromisos vitales y profesionales, el libro fue guardado y quedó en una estantería. Luego pasó por tres mudanzas, donde volvió a quedar relegado. Posiblemente primero sucedió que pensé que lo había leído. Luego incluso olvidé que lo tenía. El amigo que me lo regaló, uno de los mejores, no me lo tendrá en cuenta, nos conocemos lo suficiente como para saber que no hubo ninguna otra razón que las expresadas.
 
Hace unos meses leí la última novela de Mario Vargas Llosa (la reseñaré, es una gran obra), y en ella uno de los personajes reflexionaba sobre diversos aspectos de la vida y el acto creativo, citando de fondo el ensayo de Italo Calvino "Seis propuestas para el próximo milenio". Entonces se encendió una luz en mi memoria. Yo tengo ese libro, me dije, creo que lo leí, pero no recuerdo nada de él. Así que lo busqué, y efectivamente, en el lugar adecuado al apellido del autor, allí estaba. Claro que lo recordé, y no, no lo he leído pensé cuando lo tuve en mis manos. Entonces lo abrí. Había una dedicatoria,: "Chuang Tzu dibujó un cangrejo... ¿Qué haremos nosotros en los próximos diez años? Esperemos que sea bello... (ni rico [?] ni leches)". Me emocionó. Han pasado doce años, amigo mío, y mira que hemos vivido cosas. Pero aquí seguimos los dos, amigos después de tantas cosas. No recuerdo una sola vez que nos hayamos enfadado el uno con el otro. Tu dedicatoria, además, resultó predictiva respecto al libro, como descubrirás algo más abajo.
Por supuesto, leí el ensayo. Tenía dos elementos de interés añadido: confío enormemente en la capacidad intelectual de mi amigo, y además causó honda impresión a uno de los grandes escritores del último tercio del S. XX y principios del S. XXI. Un libro publicado en 1988, que debemos entender como "póstumo", y que analiza cómo deberá ser la literatura del segundo milenio. Ahí es nada. Realmente concebido como un conjunto de seis conferencias que Italo Calvino debió haber dictado en la Universidad de Harvard, dentro de la Cátedra "Charles Eliot Norton Poetry Lectures" que fue invitado a ocupar en el curso 1985 - 1986, el primer italiano que recibía tal encargo. Esta Cátedra tiene como peculiaridad que cada año es ocupada por un gran creador e intelectual (entre otros Stravinsky, Borges, Octavio Paz, Panofsky, Hindemit, Baremboin... y sólo un española: Jorge Guillén), que debe elegir un tema y desarrollarlo en seis sesiones. Casi todas ellas han sido publicadas, desde 1926 en adelante.
 
Pero Italo Calvino falleció una semana antes de trasladarse a Harvard, y nunca llegó a escribir la última conferencia, que había decidido completar durante su estancia en la Universidad. Sin embargo, las otros cinco, inmaculadamente mecanografiadas y archivadas, fueron encontradas intactas, y a decir de Esther Calvino y de otros grandes estudiosos del autor italiano, lo más probable es que las hubiera publicado tal cual se encontraron, con pocas correcciones. Cada una lleva como conciso título una característica que para Italo Calvino ha de tener la literatura del S. XXI: Levedad, Rapidez, Exactitud, Visibilidad y Multiplicidad. Por supuesto, el contenido de las mismas desarrolla cada concepto. La sexta sabemos que debería titularse "Consistency", que en español puede traducirse como Consistencia, pero también como Consecuencia e incluso como "Lista de componentes"; así que si los editores de la obra no se atreven a traducir el concepto, yo tampoco lo voy a hacer. Calvino emplea en cada conferencia diversos ejemplos de la historia de la literatura para reforzar sus ideas: Ovidio, Bocaccio, Cavalcanti, Gadda, Musil, Mann, Borges... De las notas que dejó, se sabe que esta última conferencia iba a emplear, entre otros, a Melville, y en concreto a su obra Bartleby. A partir de la edición de 1998, se añadió una conferencia que se encontró entre sus papeles ocho años después de la muerte del escritor, "El arte de empezar y el arte de acabar". Al parecer, Calvino había dicho que tenía material para escribir ocho conferencias, pero la cátedra le exigía cerrar el tema en seis. Incluso llegó a decir que había escrito una más que nunca se encontró y que quizás sea esta, aunque Esther Calvino no se atreve a afirmarlo. Sea lo que sea, está perfectamente encajada en el conjunto, aunque no tenga el acabado perfecto de sus cinco compañeras de edición.
 
No voy a desarrollar cada capítulo, imagino que de una obra editada en 1988 debe haber decenas de reseñas, críticas, reflexiones e incluso ensayos que expliquen mucho mejor que yo cada uno de los contenidos, con los que me he sentido muy identificado como escritor (incluso para reconocer mis defectos, caso de Rapidez). Sólo quiero decir que me parece un libro indispensable para quien desee escribir actualmente, y también para quien desee enfrentarse a los estudios literarios. Es de una gran contundencia, con ideas difícilmente refutables: es Alta Cultura con mayúsculas y surge de un proceso vital, literario e intelectual profundo, exhaustivamente comprendido y analizado. Además es un texto bello en su concepción y su calidad.
Sólo quiero detenerme en algo que me impresionó desde el principio de mi lectura. Mi amigo se preguntaba en su dedicatoria qué nos depararían los siguientes diez años. Curiosamente, esa pregunta tiene mucho que ver con lo que me admiró de las propuestas del libro. Italo Calvino ni conoció, ni se imaginó, la existencia de internet, buscadores y navegadores, redes sociales, teléfonos móviles, procesadores de texto, correctores o editores informáticos. Cuando fallece, en 1985, todavía eso del "ordenador personal" era algo que sonaba a quimera futurista. Nunca se enfrentó a las tecnologías de la información y la comunicación que hoy inundan nuestra realidad y que sin duda han revolucionado nuestra vida y nuestra sociedad hasta límites que aún ni siquiera sospechamos. Insisto en la idea, no sólo no las conoció, sino que ni siquiera las intuyó.
 
Sin embargo, sus propuestas para una literatura del segundo milenio encajan, una a una, en el panorama actual. No hay nada de lo sucedido gracias a la tecnología y a internet que pueda hacer variar un ápice lo reflexionado por el autor. Las propuestas de Italo Calvino parecen haber sido formuladas pensando en la celeridad que hoy en día se exige al texto escrito, motivada por los email, las entrada en facebook o en un blog, los chats como whassap, los casi fallecidos sms, Google e incluso los tuits; en una sociedad en la que el bombardeo informativo audiovisual puede llegar a ser asfixiante. Piensa sólo en el significado de las palabras levedad, rapidez, exactitud, visibilidad, multiplicidad y consistency... ¿Las aplicarías o no a la nuevas formas de comunicación y, por ende, de creación? Pues sí, una tras otra. Otrosí, si estas nuevas formas de expresión quieren ser sustanciales y tener consistencia para convertirse en un proceso creativo trascendente, deberán cumplir estas premisas, o no serán nada.
Ahí está la grandeza de los grandes intelectuales, en la trascendencia de su pensamiento, en la perdurabilidad de sus ideas, en la aplicación de sus análisis incluso cuando las cosas han cambiado tanto. No pasa todos los días, ni siquiera hay muchos ejemplos en la historia. Italo Calvino se convierte, con este libro, no en un visionario, como escribirá algún curso, sino en uno de los indispensables pensadores del S. XX, dejando atrás a otros que aún hoy parecen tener más renombre, pero que el tiempo dejará atrás, tarde o temprano. Te dejo este video encontrado en youtube, de la serie de televisión mexicana "Imaginantes" dedicado a Italo Calvino.